Suginami Propiedad Pierce [Casa]

Tema en 'Ciudad' iniciado por Gigi Blanche, 8 Enero 2024.

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    Zireael

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    ¿Qué el vestido era de cuando Saki era joven? Tuve que tensar la mandíbula para evitar que se me cayeran los dientes al suelo, pero no dije nada más para modular mi nivel de grosería ante la gente, por miedo al posible guantazo que podría mandarme de regreso a la puerta, y traté de ser más o menos normal en estas condiciones tan extrañas en las que estaba metido.

    El comentario de la mujer a Sasha había revuelto algo en las corrientes de aire, había que ser incluso más imbécil que yo para no notarlo, y quedó claro cuando recibí la intensidad de su mirada. Podía mirarme como quisiera, pero había cosas que, por el desarrollo de la situación, no tenía caso pretender ignorar o suavizar una vez que llegaban a mí. No era una acusación, nunca acusaba a Sasha por nada, pero al final esta chica era la misma que me había visto con la nariz hecha mierda luego de lo de Ryouta y a la que le había pedido ayuda.

    ¿Qué caso tenía ocultar nada ya? Aunque tal vez lo que permanecía oculto no hacía más que proteger a los otros de mi torbellino.

    Como fuese, el apretón de manos fue firme, asintió, respondí con "el gusto es mío" más formal que me habría oído nadie nunca y regresé la mano a mi espacio cuando me soltó, aunque parte de la harina de la suya se transfirió a la mía no hice nada al respecto. Preguntó a qué veníamos, Sasha le contó lo del té y los pasteles, cuando le contó lo que elegimos algo que me pareció la sombra de una sonrisa le alcanzó el rostro y supuse que fue una buena señal.

    Fue hasta que le preguntó por su prometido (suertudo el tío, sin dudas) que el gesto adquirió algo más de fuerza. Le contestó que la boda era pronto, que la invitación debería llegarle en estos días y me echó un vistazo fugaz antes de decir que Sengoku iría con la novia, que Sasha podía llevar acompañante si quería. Se me ocurrió que lo más apropiado era que llevara a Mason, con lo suavecito, normal y apto para todo público que parecía, aunque no lo dije. ¿Quién iba por ahí serruchándose el piso?

    Dejé que Sasha le lloviera con preguntas de la boda, tragándome la gracia, hasta que Saki tuvo que retirarse y Sasha dijo que cuando volviera nos despediríamos. Asentí con la cabeza y paré la oreja cuando mencionó lo del club de fotografía, el eco de ira me repicó en el cuerpo, como el sonido de una campana pero le agradecí internamente a Saki por haberla aceptado, por haber cuidado de ella cuando yo no pude hacerlo por ser el más cretino de Japón.

    Me contó que aquí debatieron, con Sengoku, lo de la mascarada y que Saki le ofreció el vestido ya que ella no tenía ni la ropa ni el dinero. Al final iba a ser que le debía a Saki la vida entera y no lo sabía, qué cosa tan terrible, de verdad.

    Estiré la mano hacia ella, la ajusté a su cintura y la atraje a mi espacio, no pretendí nada raro en un sitio como ese, fue solo para tenerla a mi lado y ya. Navegué su costado en una caricia vaga, casi distraída y solté una risa por la nariz.

    —Habrá que darle las gracias por muchas cosas entonces, a Saki, habría sido deprimente no haberte conocido en la fiesta más pija de la historia con la anécdota de los cuchillos voladores —bromeé en voz baja, como si fuese un secreto o algo—. Imagina haberme perdido a la pelirroja en el vestido que le quedaba como guante también. No, sería una cosa sin perdón de Dios.

    Negué con la cabeza, de lo más compungido por la idea de haberme perdido semejante alegría a los ojos. Le pellizqué el costado después, fue suave, solo pretendí molestarla y luego usé la mano libre para estirar la camisa de mi uniforme, abierta de por sí y me desinflé los pulmones en un suspiro de lo más trágico todavía. Que hubiese pensado en Mason no significaba que no quisiera hacer el imbécil, como mínimo.

    —No sé si pueda conseguir el disfraz de nuevo, debo admitir —dije conteniendo la diversión tanto como pude—. Una boda es una cosa muy importante como para ir mal vestido.
     
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    Gigi Blanche

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    Arata se había mantenido terriblemente tieso en lo que la conversación con Saki duraba, pero fue que ella desapareciera y su actitud regresara a la transmisión habitual. Suponía que era una buena señal en sí misma, sabía comportarse si la situación lo ameritaba... por escasas que fueran, claro. De cualquier forma no lo había traído aquí con ese miedo latente. Había estimado que Sengoku no tendría problema con él, usara la máscara que usara, y Saki... bueno, habría sido suicida a secas hacerse el imbécil frente a ella. Luego estaba Taki, pero la relevancia de su opinión brillaba por su ausencia.

    Con Saki lejos, Arata alcanzó mi cintura y dejé que me acercara a él sin oponer resistencia. La tontería me ensanchó la sonrisa con cierto gusto y lo escuché soltar estupidez atrás de estupidez. A medio camino me reí, divertida, cuando mencionó cómo me había quedado el vestido aquella noche.

    —¿Piensas que te dejaré pillar más pastel si me comes la oreja, cielo?

    Podía olerle las intenciones y aún así éstas acabar siendo efectivas, pero esa no era información que le daría tan fácilmente; incluso si él ya debía saberla. Sentí la caricia, el pellizco luego y seguí el movimiento de su mano al estirarse la camisa. Genuinamente no entendí qué hacía o a qué se refería hasta que mencionó la boda de manera explícita. Conecté sus ideas de golpe, lo que Saki había dicho de mi acompañante, y me tragué la gracia que me hizo por el bien del teatro. Siquiera me había molestado en plantearme las opciones y que él lo trajera a colación fue... adorable, en cierto modo.

    Of course. —Giré mi cuerpo para quedar frente a él y apoyé ambas manos en su pecho, trazando la curva que tendrían las solapas de un saco—. Hmm, yo podría encargarme de eso. Ahora me pagan bien, ¿recuerdas? Podría ser... un traje verde oscuro, de tres piezas y camisa blanca, ¿qué dices?
     
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    Zireael

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    Ni el pastel más viejo de esta cafetería debía estar tan tieso como yo, eso había que decirlo, era una cosa automática, la fuerza de una costumbre que era incapaz de borrar de mi cuerpo. Llevaba muchos años arrancado de la fracción normal del mundo, me había amputado yo mismo con tal de permitirle a Izu y Sei seguir siendo parte, como niños normales, pero ese sacrificio hacía que apenas ponía un pie en cualquier lugar me arrojara tantas cuerdas alrededor del cuerpo que me quedaba limitado a movimientos y respuestas escogidas de una caja.

    Sasha era el puente con la luz, pero todavía quedaba un trecho inmenso para que me acostumbrara a la idea.

    De todas formas, así como me quedaba trabado en medio segundo también regresaba el sistema a su configuración por defecto con cierta facilidad, como quien sube y baja un interruptor. Por eso arrastré a Sasha en mi dirección, solté la sarta de tonterías correspondiente y ella, como siempre, las contestó de regreso haciendo que la sonrisa me estirara los labios.

    —Creo que es evidente que ya te como la oreja por gusto, no buscando algo —corregí con la diversión impresa en el tono.

    Supuse que no habría entendido de qué mierda hablaba hasta que traje lo de la boda sobre la mesa, cuando entendió la idea giró el cuerpo, quedando frente a mí, y trazó la curva de lo que asumí serían las solapas del saco. La otra soltó tan pancha que podría encargarse de eso, porque ahora le pagaban bien, y yo me desinflé los pulmones lentamente. Había terminado apoyando ambas manos en su cintura, pues porque sí, y fingí pensarlo un rato.

    —Nos estamos poniendo terriblemente formales, según veo. Entre mejor el traje más hijo de la yakuza parezco, es entre complicado y gracioso —advertí sin motivo particular y se me escapó una risa nasal—. Solo espero que los invitados de Saki no tengan todos la contextura para noquearme de un guantazo.
     
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    Su respuesta a mi pseudo acusación me arrancó una risa ligera y lo dejé correr sin más, pues me había pillado y no tenía nada que replicar a mi favor. Bromeamos sobre la boda de Saki y la idea de que mientras mejor el traje, más pinta de hijo de la yakuza, me recordó la pinta que tenía en la mascarada de Akaisa. No pude sino darle la razón, asintiendo un par de veces con la cabeza. Había vuelto a subir las manos hasta sus hombros y desde allí me moví un poquito más para rascarle la nuca. Sabía que era broma pero aún así mi rostro se había tintado de ternura, como si genuinamente le temiera a los invitados de Saki.

    —Entonces hay que explotar el bug, ¿no? Mientras más hijo de la mafia parezcas, menos van a molestarte —analicé.

    Detrás de Arata noté que Saki ya regresaba, me desprendí del chico con movimientos tranquilos y le avisé a la mujer que nos íbamos a ir o se nos hacía tarde para el té. Ella asintió, estoica, y rodeé la mesada para abrazarla. Le eché los brazos al cuello, tuve que ponerme de puntillas y, aunque tardó unos segundos, sentí sus manos en mi cintura.

    Take care, Saki-chan —murmuré cerca de su oído, separándome.

    Ella frunció el ceño y desvió la mirada a su trabajo, girando el cuerpo en dicha dirección.

    —Te he dicho que-

    —Que no te hable en inglés, sí, sí. Pero ya me entiendes bien, ¿o no?

    Regresé junto a Arata, Saki lo miró y también lo despidió con un simple "adiós". Salimos por la puerta que habíamos usado antes, pillé la bolsa que había junto a la caja registradora y, tras abandonar la barra, volvimos a cruzarnos a Sengoku. Usé el brazo libre para achucharlo y luego él le palmeó el hombro a Arata. Estábamos llegando a la puerta cuando un hombre ingresó al establecimiento y pasó a nuestro lado. Nuestras miradas se cruzaron y obviamente nos reconocimos, pero yo lo pasé de largo y salimos a la calle. Una vez allí, se me escapó una risa floja, algo irónica, y aguardé a que Arata me acomodara el casco.

    —¿Viste el tipo que nos cruzamos recién? El bajito con cara de estreñido. Ese era Taki, mi anterior gerente, mejor conocido como "uno de los imbéciles más grandes de la historia". —Volví a reírme, subiéndome a la motocicleta—. Uno de los móviles robados era el suyo, poor thing.

    El camino desde Poppins hasta casa era breve, precisamente por eso había trabajado ahí. Arata ya ubicaba la fachada de mi casa, nos detuvimos y le indiqué que podía ingresar la moto al jardín delantero si así lo quería. Me bajé, abrí la puerta de la reja y le eché un vistazo a la hora en mi móvil, suponiendo que los niños y papá ya estarían en casa. Fue un pensamiento bastante repentino, no era la mejor observadora del mundo, pero logré asociar su quietud de recién con la idea de mi familia al otro lado de la puerta y busqué sus ojos, acercándome a él para apoyar una mano en su hombro con suavidad.

    No me atrevería a decir que el mundo tenía la capacidad para cohibirlo o avergonzarlo de sí mismo, pero eso no quitaba que ciertas situaciones sociales le escocieran en la piel.

    —¿Todo bien, cielo? —busqué comprobar, así fuera una frase extremadamente vaga.
     
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    Zireael

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    La tontería de la boda de Saki se estiró, no le quedó más que darme razón con las pintas de bebé de la yakuza porque de por sí me había conocido así, bien vestido, con los tatuajes a la vista y lanzando cuchillos, tampoco era que pudiera ponerse a debatirlo. Me hizo gracia igual, aunque me distraje cuando regresó las manos a mis hombros y me rascó la nuca, haciendo que cerrar los ojos unos segundos. Solía hacerme esa caricia y a mí me gustaba, así que todos ganábamos.

    Con lo de aprovechar el bug se me aflojó una risa baja, entretenida, y volví a mirarla. Suponía que tenía razón, entre peor el cuadro que representara era menos probable que nadie quisiera meterse conmigo. Llevaba años funcionando con esa lógica, desde que perdí la cara de mocoso y mi vida comenzó a depender de otros que la conservaban. Si yo le pegaba un susto a alguien era menos probable que nadie nos molestara, en el contexto que fuese.

    —Pero si no serás tú una mente maestra —dije por la gracia, pellizcándole debajo de las costillas.

    Cuando se despegó de mí la dejé ir sin problema, asumí que Saki volví y lo confirmé al girar el cuerpo. Sasha le avisó que nos íbamos porque se nos haría tarde, ella asintió con la expresión inalterable de antes y Sasha rodeó la mesa para abrazarla; a la mujer le tomó unos segundos pero correspondió el gesto. Notarlo hizo que la sombra de una sonrisa distinta me alcanzara el rostro, pero la sensación agridulce del principio me regresó al cuerpo, insistiendo en que nunca tenía que haber salido de aquí. Que Sasha no tenía que haber dejado este café.

    Volvió conmigo, Saki se despidió con un simple adiós y yo alcé la mano para despedirme en lo que salíamos de allí. Al volver Sasha pilló la bolsa junto a la registradora, dimos con Sengoku de nuevo, ella lo estrujó y el chico se despidió de mí palmeándole el hombro. El tipo me había caído bien, así que hice lo mismo antes de irnos y le agradecí por las recomendaciones.

    El tipo que nos pasó cuando íbamos de salida cruzó miradas con Sasha, ella lo pasó de largo, pero yo lo seguí con el rabillo del ojo aunque me hice el tonto. A ella se le aflojó una risa, pasé del asunto mientras le acomodaba el pelo de nuevo para acomodarle el casco con el cuidado de siempre y esperé por las explicaciones de turno que no tardaron en llegar.

    —Tiene cara de ser divertido en las fiestas, obvio —apañé tragándome una risa—. Pobre imbécil, aunque uno no se gana quedarse sin teléfono por ser un buen samaritano, claro.

    Con el comentario hecho subí a la moto, la arranqué y nos pusimos en marcha. Reconocí la fachada de la casa sin más y metí la moto en el jardín como me lo indicó, pues porque siempre era mejor que dejarla en la calle. Cuando se bajó la detuve un instante para sacarle el casco, lo dejé en la moto y seguí sus pasos aunque sentí que las articulaciones se me llenaban de herrumbre de nuevo. Una cosa era venir a meterme aquí solo con Sasha y otra meterme aquí con su familia, era como si cruzara un límite que me había impuesto hace mucho tiempo.

    Era la razón por la que no entraba a casa de Cay.

    Por la que no iba a ver a Ko al santuario.

    La misma por la que no visitaba los restos de Yako.


    Me quedé mirando la entrada como si detrás hubiera un mundo al que no pertenecía, del que debía correr, y pensé que en otras condiciones simplemente habría dado un paso atrás para irme por dónde había venido. Noté que Sasha había buscado mis ojos hasta que me apoyó la mano en el hombro, la miré entonces, entre desconectado y cohibido, su pregunta me rascó en las heridas autoinfligidas, en los límites silenciosos y otras mierdas.

    —No suelo visitar a los chicos, casi a ninguno —confesé como si me hubieran dicho que subiera al estrado y mentir era delito penado con cárcel—. Para no preocupar a sus familias... Ya sabes, para que no sea tan evidente que andaban en mierdas raras. No suelo enfrentarme a las familias de las personas porque no se supone que lo haga.


    se me puso ozone y mi corazón no soporta ozone *sobs*
     
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    Gigi Blanche

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    —Como la piñata, ¿no? —agregué al instante que alegó lo divertido de Taki en una fiesta, y me seguí riendo mientras me acomodaba el casco—. He's an absolute asshole, hope he rots in hell.

    No lo solté con ninguna emoción particular empañándome la voz, fue más bien un comentario al aire que podría haber calificado de opinión sobre el clima si ignorábamos su contenido. De la misma forma cerré el tema, con ello anulé su relevancia y afiancé las manos sobre la cintura de Arata, reiniciando el viaje.

    Aún si fue una idea inconexa, voltear hacia él y notar la forma en que miraba a la puerta confirmó mis sospechas. Decidí traer el tema sobre la mesa, habría sido francamente egoísta de mi parte forzarlo a entrar sin más, y apenas recibí sus ojos le dediqué una sonrisa suave. En cierta forma me rompía el corazón porque sabía, sabía por qué sentía el reparo y no creía que fuese justo. Aguardé con calma por su respuesta y me alegró, al menos, que fuese honesto conmigo. Sostuve mi atención sobre él hasta que selló la última palabra, había mantenido las caricias vagas en su hombro y le eché un vistazo a una de las ventanas frontales. Tenían las cortinas cerradas pero aún así, sólo por si acaso, busqué su mano y lo atraje hasta el abrigo de una de las columnas.

    Parecía una conversación lo suficientemente importante, quería decir, no para tenerla aquí, pero ya estaba hecho. Había dicho que nunca visitaba las casas de sus amigos y contuve mi primer impulso, retuve mi primera emoción, pues no le veía sentido. No creía que quisiera encontrar en mí ninguna clase de lástima, por mucho que la estuviera sintiendo. Arata era... complicado, pero esta clase de detalles mostraban que, a su manera, también era frágil. Pensaba en las cosas que parecían serle indiferentes y en esa confusión se perdía la bondad de algunas de sus acciones.

    ¿Qué podía decirle, sin embargo? Si tenía razón. Dudaba que a ningún padre le hiciera gracia ver paseándose por su casa a alguien con sus pintas, con sus tatuajes y su actitud. A mí no me preocupaba porque papá era demasiado inofensivo hasta para su propio bien, pero no era una regla universal. No lo era en absoluto. Tenía razón, pero también era muy injusto.

    Baby... —murmuré, con la expresión algo contraída, y acuné sus mejillas para seguir hablándole con suavidad—. Entiendo tus motivos, no tiene sentido negarlos, pero tampoco tienes por qué hacerte eso. ¿Alguna vez les preguntaste? A tus amigos, digo. ¿Les preguntaste si de veras quieren esconderte? Estoy segura de que sabes la respuesta. Es muy dulce que quieras hacerlo por ellos, pero no tienes que.

    Sonreí y le agregué algo de liviandad a mi tono, para no volver el asunto tan apocalíptico.

    —A ver, puedo hablar por mí, al menos, y déjame decirte algo: cualquier diablo que realmente sea tu amigo será capaz de valorarte, de apreciarte tal y como eres, y parte de ese contrato implica no avergonzarse de ti. ¿Y si los padres quieren echarle la bronca? Pues qué más da. Es su vida, ¿no? Si te acepta allí, si te acepta y ya, tiene que entender lo que implica. Sus viejos no pueden elegir sus amistades así como tú tampoco puedes decidir sobre él.

    Quizás estuviera siendo demasiado optimista, pero si este tonto llevaba años negándose a aparecer en la casa de sus amigos dudaba que les hubiera dicho el verdadero motivo. Los otros lo tildarían de indiferencia y lo dejarían correr, pero ¿no les haría ilusión? ¿No sería en verdad bonito que esa restricción desapareciera? Aún así, los milagros no ocurrían de la noche a la mañana. Tomé aire, lo solté por la nariz y deslicé las manos de regreso a mi espacio.

    —Si prefieres ir a tu casa está bien, cielo —agregué finalmente, y sonreí con liviandad—. Sé de un par que les alegrará hincarle el diente al pastel antes de tiempo.

    Me daba pena, por supuesto, pero preferí bromear al respecto para no dejar caer sobre Arata ninguna clase de pseudo responsabilidad. La gente tendía a tomar decisiones más reales cuando encontraba una suerte de indiferencia del otro lado.


    pinche ozone *cries*
     
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    Zireael

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    Imaginarme al tipo como la piñata de la fiesta fue glorioso y mira que no lo conocía de una mierda, pero Sasha parecía tenerle tal tirria que me daba risa a secas. Puede que fuese afortunado al no haberme ganado su desprecio, de ahí que me diera risa en vez de preocuparme, además de que al final del día me parecía sano aborrecer a la gente que, bueno, ¿era aborrecible? Uno no iba por la vida fingiendo vomitar flores todo el tiempo, había gente insoportable, yo incluido.

    Ya con la conversación seria iniciada era de esperarse que Sasha no solo la arrojara bajo la mesa con tal de ignorarla, ella no hacía esas cosas, pero lo que a ella le parecía injusto a mí me parecía el orden natural del mundo. Llevaba haciéndolo desde hace mucho, tanto que me costaba recordar si fue una decisión consciente, si me lo había pedido Yako para cuidar a ciertos idiotas o solo empecé a hacerlo. Puede que fuera un poco de las tres.

    Todas las decisiones que tomábamos eran un acumulado de otras cosas.

    En los espacios intermedios, sin un líder que aclarara las dudas, mi figura había acabado por volverse incluso más confusa de lo que ya era. No dudaba del afecto que le guardaba a los idiotas que se hacían llamar mis amigos ni nada, tampoco de su capacidad para fingir demencia si aparecía en sus casas, pero había en los ojos de sus familias algo a lo que no me creía capaz de enfrentarme. No sabía si quería evitarle la angustia a los otros o evitármela a mí.

    Una opción era más altruista que la otra, como siempre.

    Sabía que en realidad con quiénes se juntaban les correspondía decidirlo a ellos, no a sus familias, pero para poner un ejemplo, angustiar a Neve Keane luego de que el otro estúpido se le escapaba casi toda la semana me parecía casi imperdonable. Esa suerte de patrón se repetía con cierta constancia en el cuadro por motivos diferentes, era la misma idea en espacios distintos, con situaciones diferentes.

    Sasha me había arrastrado al cobijo de una columna, la dejé ser y la miré cuando me acunó el rostro. Su pregunta estuvo por hacer que le dijera si le había preguntado a ella algo antes de irme a la mierda, pero por suerte conecté neuronas y fui capaz de entender que decirle algo como eso era horrible, que era cierto, pero era horrible y punto. Me limité a negar con la cabeza, resignado, y lo que dijo después me hizo consciente de que quizás nadie se avergonzara de mí, que era solo yo mismo avergonzándome por lo que había tenido que hacer para sobrevivir. Del hecho de que había colado el cuerpo bajo los cimientos y el peso me había reventado los huesos.

    Me ofreció la posibilidad de irme a casa, pero también era estúpido ignorar que ella me estaba trayendo sin preocuparse por todas las mierdas que a mí me angustiaban. Fuese porque le daba igual todo ya, confiaba en que a su familia no le importaría lo suficiente o el motivo que tuviera era indiferente, me había invitado y ya.

    Regresó las manos al espacio, lo pretendió al menos, porque las cacé al vuelo para hacer que me envolviera y poder abrazarla sin más. No tenía nada especialmente inteligente que debatir, no planeaba quedarme aquí atascado en un remolino ni nada, era un sinsentido absoluto. Medio acomodé el rostro cerca del hueco entre su hombro y su cuello, me quedé allí y respiré, negando con la cabeza.

    —Me invitaste sin pensar en las ochenta estupideces a las que llevo yo dándole vueltas hace años, tampoco soy tan tonto como parezco —contesté unos segundos después—. No significa que me vayas a resetear el cerebro ni nada, eso lo sabes, pero se supone que estoy tratando de hacer las cosas diferente o algo así. Es más difícil salir de la sombra que entrar en ella.

    Deshice el abrazo despacio, estiré las manos a ella y sujeté su rostro con cuidado. Me estiré para dejarle un beso en la mejilla, otro en la punta de la nariz y el último en la frente, en medio del flequillo. Los monólogos tampoco eran mi especialidad, ya estaba visto.

    —Nada más no te asustes si me ves demasiado tieso. Se me pasa después de un rato.
     
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    Gigi Blanche

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    Como siempre, me quedé satisfecha con el simple hecho de que me hubiera escuchado. Admitió no haber hablado del asunto con sus amigos nunca, cosa que había supuesto, y simplemente dejé la información en mi mente; al fin y al cabo, mi idea no era tenerlo aquí varado dándole la lección del día. Él debía saberlo mejor que nadie, si acaso mi rol se limitaba al de traducir sus pensamientos a través de una voz ajena.

    Cuando le di la posibilidad de irse alcanzó mis manos, las guió hacia su cuerpo y lo abracé con cariño, hundiendo los dedos en su cabello al instante. Con la mano restante le acaricié la espalda lentamente y parpadeé tranquila, aguardando. No parecía más que un niño asustado y la idea, necia, siguió enterrándose en mi corazón. Había cargado demasiado peso solo, durante demasiado tiempo, pero estaba intentando hacer las cosas diferente. Estaba esforzándose por corregir sus errores, podía verlo.

    Lo dejé retroceder y me quedé quietecita al recibir sus besos, con una sonrisa cada vez más ancha pegada a mi cara. Había querido darle el espacio para irse sin remordimientos, eso no significaba que no me hiciera un montón de ilusión que se quedara. Lo había adivinado ya por su mini discurso previo, pero al recibir la confirmación directa dejé de esmerarme por disimular mis emociones. La sonrisa me iluminó el semblante y se tradujo a una risa breve, liviana, que sólo pretendió liberar parte de la alegría.

    —Tiene su encanto verte tieso, también —bromeé, rodeándolo para dirigirme a la puerta—. ¿Has pensado que en promedio le robas mucho oxígeno al mundo?

    Hundí la mano en el maletín mientras caminaba y saqué las llaves. Ya me había preocupado por él, no pretendía ni creía necesario agobiarlo al respecto, así que no volví a buscar su mirada ni nada que ameritara una confirmación; las personas eran más resistentes de lo que muchas veces creían y la mejor forma de ayudar, según yo, era confiar precisamente en esa fuerza. Darle espacio para existir y crecer.

    Al entrar dejé caer las llaves en la mesita junto a la puerta, contra la pared, y le eché un vistazo general a la sala. La tele estaba pasando un programa infantil a volumen bajo y advertí la cabeza castaña de Danny asomando sobre el espaldar del sofá. Al acercarme noté que Betty estaba echada junto a él y dormía mientras recibía las caricias distraídas del chico. Una risa hizo eco y me asomé, viendo que Fanny jugaba afuera, en el patio, con la señora que cuidaba a granny.

    Where's dad, Dans?

    Took grandma to the hospital.

    Ah, es verdad, hoy le tocaba un chequeo. El niño me había respondido sin despegar los ojos de la tele, busqué a Arata por encima de mi hombro y le sonreí. No quería hacer un gran asunto de nada, así que seguí mi camino hacia mi habitación y, antes de alcanzar el pasillo, agregué:

    —Acomódate donde quieras, cielo. Ya vengo.

    Me apresuré un poco en dejar el maletín en mi cuarto y pasar al baño. Al regresar, eché un vistazo fugaz dentro de la habitación de los niños y vi a Lulu sentado en su cama, leyendo un libro. Frené mi envión, apoyé una mano en el marco de la puerta y metí la cabeza.

    —Lulu, amor, ven a la sala. —Recibí su mirada y le sonreí, pretendiendo captar su interés—. Adivina qué traje para el té~

    Sus ojitos se abrieron un poco más y parpadeó.

    —¿Pastel? —indagó, con la ilusión colándose en su tono.

    —¡Pastel! —confirmé, sonriendo muy amplio, y retomé mi camino—. Vamos, vamos.

    Volví a aparecer en la sala, entonces, y pretendí hablarle a Arata cuando oí el panel de vidrio corredizo deslizándose. Fanny entró primera, como una tromba, y estuvo por saltarme encima pero reparó en la presencia de Arata. Lo miró extrañada, lo recorrió de pies a cabeza y regresó a mí.

    —¿Es tu amigo de la escuela, Sashie?

    Yup.

    Debía haberlo adivinado por los uniformes. La niña no tardó ni dos segundos en ir hasta él y volcarle toda su atención encima.

    —¡Hola! ¿Cómo te llamas? ¿Tienes la edad de Sashie? ¿Viniste a merendar con nosotros?

    Los dejé que coexistieran. Entre tanto, la señora que se encargaba de la abuela se acercó a mí y me saludó con una sonrisa cálida, alcanzando mi hombro con una de sus manos.

    —Hola, cielo, tu papá me pidió que me quedara con los niños hasta que llegaras, así que ya me voy yendo.

    —Oh, perdona la demora. —Señalé la bolsa que había dejado sobre la barra de la cocina—. Pasé a comprar unos dulces para los niños.

    —No pasa nada, no te preocupes. Coman rico, ¿sí? Nos vemos mañana.

    La despedí y ella, al pasar junto a Arata, lo saludó también con un movimiento ligero de cabeza. Entre tanto, Danny seguía pegado a la tele y Lulu había aparecido en la sala, pero se quedó prácticamente adherido a la pared.


    bueno, tremendo mess. Lo corté ahí para no hacerlo aún más caótico JAJAJA dejé un tiempo muerto de Arata solo en el living, pero si le habla a Danny por cualquier cosa sólo asume que el niño lo ignora.

    Como me parecía aún más messy ponerme a describir a todos, te dejo esta wea (marqué a los niños just in case):


    upload_2024-2-1_20-54-40.png
     
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  9.  
    Zireael

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    La comparación era un poco extraña, pero Sasha era algo así como una voz de la conciencia y sabía que no debía serlo solo para mí. Sabía que esa clase de calma no provenía de nada realmente amable, que solo los que habíamos colado el cuerpo bajo una casa entera resistíamos de esa manera, pero algo bueno había que sacar de toda la mierda. No todo era violencia, cancelaciones y límites autoimpuestos, pero quebrar ese molde costaba un huevo y medio.

    Era casi risible que le temiera más a los ojos de las familias de las personas que me importaban que a la puta calle, pero así era la vida. Habían cosas que se naturalizaban, que se volvían parte del paisaje y ya; te endurecían la piel en los lugares correctos, pero en otros espacios la carne era tan tierna, tan débil, que una punzada con un tenedor podía amenazar con sacarte las tripas por allí.

    Las contradicciones humanas no hacían más que estorbar.

    Por demás, sabía que aunque me hubiera dado la posibilidad de salir corriendo a Shinjuku le hacía ilusión que estuviera allí. La sonrisa le iluminó la cara, se convirtió en una risa y pensé que ella era demasiado tonta para quedarse conmigo o yo me había ganado la lotería al dar con ella. Había algo en la sonrisa de esta chica, esa que se permitía aunque estuviera hundida en la más grande de las mierdas, que te hacía creer que el mundo tenía arreglo. Que podía ser bueno.

    Había sonreído sin darme cuenta, aunque el gesto se me difuminó cuando dijo que tenía su encanto verme tieso y me hice el más ofendido. ¡Encima me decía que robaba oxígeno! Qué descaro, de verdad, qué descaro tan grande. No hacía falta regresar la balanza a su lugar con esa violencia.

    —Un día me van a multar por robar oxígeno y tendré que pedirte un préstamo. —Me quejé de inmediato, pues porque así era—. ¡Uno bien gordo!

    Cuando se dispuso a abrir la puerta ahora sí tomé aire, la seguí con las articulaciones herrumbradas otra vez y me concentré en los sonidos que me alcanzaron, el de la tele. Noté la primera cabeza castaña, que pronto ubiqué como Danny al escuchar a Sasha hablarle y recordé que era este chico justamente al que habían usado para arrastrarla. El perro estaba echado con él, dormido y entre las respuestas en inglés pillé la idea al vuelo; la calma de Sasha me hizo intuir que era más una cosa de chequeo de que urgencia y me relajé, más o menos.

    Ella me dijo que me acomodara donde me lo dijera el corazón, me quedé un rato suspendido en el espacio y al final murmuré un "Permiso" casi inaudible para sentarme en algún lado, respetando el espacio del niño y su mascota. Sabía que no todos los mocosos eran iguales, así que en general les dejaba sus espacios, les hablaba cuando ellos lo hacían o los dejaba tranquilos. En sí Sei era de los que casi hablaban en monosílabos, así que nunca me tomaba nada demasiado personal.

    Sasha volvió, otra niña apareció de cabello castaño, ondulado, y entró como una tromba, pero reparó en mi presencia, preguntó si era amigo suyo de la escuela y luego toda su atención se volcó en mí. Me ametralló a preguntas, lo que bastó para arrancarme una risa liviana y olvidé parte de mi lío mental. Me incliné apenas hacia adelante, para ajustar un poco la altura.

    —Hola, muñeca. Me llamo Arata —contesté con una paciencia que no tenía en el resto de mi vida—, aunque tengo un año más que Sashie. Y claro, tu hermana me invitó a merendar con ustedes, ¿qué te parece? ¿No te molesta? Espero que no, porque me hace mucha ilusión comer lo que pasó a comprar para el té.

    La señora que iba de salida me saludó con un movimiento de cabeza al retirarse, hice lo mismo y regresé la atención a la niña. Al hacerlo me di cuenta que el otro pequeño también había aparecido, pero estaba pegado a la pared. Pues claro, habían venido a meterle un desconocido a su casa, yo también estaría bastante sorprendido.


    belu: tremendo mess
    yo: omg iT'S HAPPENING!!!! *dies*

    me veo muy tranquila pero estoy rodando en el piso
     
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  10.  
    Gigi Blanche

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    Si había soltado la broma con tanta liviandad y descaro fue porque sabía que Arata reaccionaría de igual manera y al instante. Su respuesta me alcanzó desde la espalda y solté una risilla silenciosa antes de mirarlo de soslayo, disimulando la diversión.

    —Tenerte debiéndome algo suena a una gran idea —dije, de forma algo ominosa, pero al instante sonreí y agregué—: ¡Podría pedirte un montón de abrazos!

    Entonces entramos a casa y toda la escena familiar se desplegó de la forma que imaginaba. Danny permaneció en su mundo, Lulu entró a la sala pisando cáscaras de huevo y Fanny se le fue encima a Arata apenas lo detectó. Había hecho lo mismo con Maze en el festival, ni modo. Apoyé las caderas en la parte trasera del sofá y observé su intercambio con una sonrisa de pura ternura plantada en los labios.

    —¡Un gusto, Arata! —le respondió e hizo el saludo protocolario japonés inclinando la cabeza; el movimiento fue bastante tosco y le envió los rizos en todas direcciones, pero se le valoraba el intento. Tras erguirse se mantuvo pensativa—. Arata... A-ra-ta... ¿Con qué kanjis se escribe? ¡Yo soy Fanny, por cierto! Bueno, Stephanie, pero papá, Sashie, la abuela, Lulu, Yanagi-sensei, Mari-chan, ¡todos me dicen Fanny!

    Cuando Arata le preguntó si su presencia le molestaba sacudió la cabeza como un helicóptero y juntó las manitos cerca de su rostro, ligeramente avergonzada. Poco le duró el bochorno, sin embargo, fue oír "comer" y "comprar" en la misma oración y verla volteando hacia mí con la contundencia de un latigazo.

    —¿Compraron algo para merendar? —me preguntó, la ilusión chispeándole en los ojos.

    Yo asentí, señalé la bolsa en la barra y Lulu también reaccionó. Los mellizos encararon hacia el tesoro, uno de forma mucho más atropellada que el otro, y volví a cruzar los brazos bajo el pecho.

    Wait! —exclamé, firme, y ambos se detuvieron. Me miraron y les sonreí—. Lávense las manos primero, conocen las reglas.

    Lulu en la compañía de su hermana siempre se relajaba. La niña lo comenzó a empujar en dirección al pasillo y él soltó una risilla, y de repente estaban jugando una carrera hasta el baño. Sus pasos torpes y ruidosos fueron haciendo eco conforme se alejaban y me reí en voz baja. Despegué el cuerpo del sofá y le indiqué a Arata de un movimiento de cabeza que me acompañara. Rodeé la barra, busqué la pava eléctrica y comencé a llenarla de agua.

    —¿Té o café, cielo? —Y alcé la voz al agregar—: Danny, love! Come help us with the table!

    Bajé cinco platos de la alacena, dejé la pila sobre la barra y, encima, puse cinco tenedores y un cuchillo. Me mantuve ocupada en ir sacando las tazas y demás, y en ese tiempo Danny se acercó, silencioso como una sombra, y me obedeció. Acomodó los individuales, los platos y los cubiertos sin decir una palabra ni alzar la vista de su tarea. Betty se había bajado del sofá, desperezándose, y también vino en nuestra dirección.

    —Ah, te faltaba la más importante de la casa. —Me agaché, le rasqué a Betty entre las orejas y la perra entrecerró los ojos. Miré a Arata desde abajo—. Ven, salúdala. Es más buena que el pan.


    just for reference, Betty es un kelpie australiano like this one
     
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  11.  
    Zireael

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    —¡Chantaje le llaman a eso! ¡Podría demandarte! —apunté con cierto tono acusador, pero en la voz más baja que pude.

    Era broma, por supuesto, si la niña no necesitaba deudas de por medio para abrazarme y lo sabía todo Dios, pero por la gracia. La tontería pretendió relajar el ambiente, como siempre, y lo logró a medias cuando tuve que enfrentarme al cuadro familiar. Al final el problema casi nunca eran los niños, a la edad que tenían los hermanos de Sasha no se preocupaban todavía por esas mierdas, pero las figuras adultas eran siempre otra historia.

    La señora que estaba se fue, el padre de Sasha no estaba y supuse que eso nos dejaba con tres niños, todos con sus personalidades. La niña tenía pólvora en el culo, fue verla acercarse a mí y darme cuenta, pero eso solo consiguió seguir aflojándome el cuerpo, de por sí siempre había tenido la misma incapacidad para mantenerme quieto. Tuve que tragarme una risa al verla hacer la reverencia más brusca que había visto en mucho tiempo y en su lugar asentí de lo más complacido, como si lo hubiera hecho mucho mejor que cualquier japonés de cepa.

    —Fanny me gusta, sí, ¡me sumo al club! —respondí como si yo también tuviera cinco años o algo. En la metralla de preguntas alcé una mano, recordando cuándo les había enseñado a mis hermanos cómo se escribía. Tracé los caracteres con tinta imaginaria sobre mi pantalón, a la altura de la rodilla—. Ah, ¿te suena arashi? De tormenta y... Luego dai, grande. Entonces para acordarte piensas en una tormenta bien grandota. ¡Y listo!

    Cada niño hacía un poco lo que quería con los nombres, por eso Izu me había llamado Arashi por muchos años, pero pues no importaba mucho ahora. La niña había negado que le molestara mi visita con algo de vergüenza, pero se le pasó apenas escuchó lo de la comida y volteó hacia su hermana para confirmar la información. La pieza tan importante de data también hizo reaccionar a su mellizo, pero Sasha los mandó a lavarse las manos y me reí por lo bajo. Danny, entre tanto, seguía en su propio mundo y estaba bien.

    Me levanté cuando Sasha me dijo que la siguiera, preguntó que si café o té, llamó a Danny para que la ayudara con la mesa y el chico, en su silencio, reacción a lo que le pidió su hermana. Lo observé con cierta sutileza, sonriendo apenas sin darme cuenta, y el perro apareció ya que su compañero de siesta de media tarde se había levantado.

    —Café. Ahora tengo que emparejar mi nivel de energía con el de Fanny, es de vida o muerte —contesté de lo más serio, aunque ya se sabía que no ocupaba cafeína en sangre para que también me pusieran un torpedo en el culo—. ¿Te ayudo con algo?

    La pregunta medio quedó en el aire, porque apuntó que me faltaba la más importante, se agachó para rascar a la perra entre las orejas y yo la imité entonces. Los gatos que se arrimaban a la casa de Cay eran medios estorbosos, pero los bichos parecían quererlo y en sí los perros siempre me habían parecido dulces, así que no tenía problemas de ninguna clase con los animales. Estiré la mano dominante, por si quería olfatearme primero, y finalmente estiré ambas para acariciarle el lomo y los costados del cuerpo.

    —Hola, ¿cómo estás? ¿Estaba buena la siesta con Danny? —le pregunté como si fuese a contestarme, dándole palmaditas livianas en el lomo—. Eres muy bonita, ¿a qué sí?
     
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  12.  
    Gigi Blanche

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    Fanny le prestó toda la atención del mundo a la explicación de Arata, quien utilizó un dedo para trazar los kanjis que conformaban su nombre sobre su propio pantalón. Me llegó el murmullo débil de la niña repitiéndolos en voz baja varias veces, como si afianzara la información. Al final la clave de memoria de la "tormenta bien grandota" valió más que cualquier otra cosa y asintió con vehemencia.

    —¿Y a ti te dicen Arata? —preguntó, ligeramente decepcionada.

    A Fanny le gustaba mucho su apodo por algún motivo, y en general notaba que tendía a adjudicárselos a todos. Podía ser algo que había incorporado de papá o que incluso hubiera heredado de Eloise; encontraba en la niña retazos del amor que ellos sabían profesar, una suerte de consideración instintiva que primaba más allá de su avasallante energía. Decía que los apodos le gustaban porque sonaban más bonitos y sus amigos sonreían al oírlos.

    Yo oía que disfrutaba de hacer felices a los demás.

    Luego de la estampida de los mellizos hasta el baño me dirigí a la cocina para empezar a preparar todo. Las razones de Arata para beber café me arrancaron una risa breve y Betty se acercó a nosotros mientras Danny ponía la mesa. Invité a Arata a que la saludara y, cuando me aseguré de que nadie le arrancaría la mano a nadie, los dejé solos. Me erguí, bajé la caja de té y busqué los filtros para la cafetera. La charla que le daba a la perra me alcanzó desde un costado y sonreí, volteando el rostro para verlos de soslayo un par de segundos.

    —Si quieres acomoda los pasteles en la mesa —le dije luego de eso, yendo a la nevera.

    Saqué el cartón de chocolatada y la agité mientras regresaba. Rellené dos tazas con ella y la devolví al frío. Le eché un vistazo a Danny, quien había acabado con los platos y estaba dirigiéndose al pasillo.

    —¿Comerás con nosotros, cielo? —exclamé, pero no contestó ni se detuvo.

    Lo vi girar dentro de su habitación, Betty lo alcanzó y cerró la puerta con movimientos serenos. Suspiré quedo, acomodé el filtro sobre la cafetera y le eché dos buenas cucharadas de café molido encima.

    No tea, then —murmuré en voz baja, guardando la caja de regreso en su lugar.

    Los mellizos habían regresado para ese momento. Fanny llegó primera y volvió a abordar a Arata, jalándolo de la mano para que se sentara en la mesa. Ella se acomodó en la silla a su lado, de las especiales que teníamos para ellos, y balanceó los piecitos en el aire. Yo me reí, pero no dije nada. Ya empezaba a resignarme a que se lo robaría la tarde entera.

    —Estaba pensando —inició, muy seria—, ¿por qué dijiste que eres un año mayor que Sashie?

    Lulu, entre tanto, vino y se detuvo junto a mí. Comprendí sus intenciones, le alcancé las tazas de chocolatada y le acaricié el cabello, agradeciéndole en voz baja. Fue a dejarlas a la mesa, una frente a su hermana, una frente a él, y yo me quedé vertiendo el agua lentamente sobre el café, de espaldas a ellos.
     
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  13.  
    Zireael

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    Vete a saber qué le había dado a mi madre de usar estos kanji, pero no sería yo quién la juzgara, siempre que se lo explicaba a un niño se quedaban con la tontería de la gran tormenta y a mí me valía. Se les quedaba a mis hermanos, ahora se le quedaba a Fanny y a mí quedaba en la cabeza la inocencia que veía en unos ojos que no eran míos, en las siluetas de los más pequeños, esos que había pretendido proteger al sacrificarme a mí mismo. Mis hermanos ya estaban grandes en comparación, pero existía en ellos una chispa de esperanza diminuta, una que me ayudaba a confiar en que serían ellos los que acabaran con la maldición de una generación.

    —Oh, ¿qué yo también debería tener algo igual de genial que Fanny? —apañé conectando neuronas de puro milagro y le dediqué una sonrisa amplia—. Uno de mis amigos me dice Shikkun o Akkun, a ver qué más... También Mishi, por una mezcolanza rara de mi apellido, y uno de mis hermanos cuando tenía tu edad me decía Arashi y ya. Puedes usar el que quieras, muñeca.

    La verdad era que si me ponía a recapitular tenía tal sarta de apodos que era sorprendente que atendiera cuando alguien me hablaba, pero la verdad era que volteaba a ver me llamaran como me llamaran. En cada uno de esos nombres, incluido Honeyguide, existía el afecto de personas que como señalaba Sasha no se avergonzaban de mí, que aunque se enojaran conmigo o se distanciaran sabía que me guardaban alguna clase de cariño. Los otros marcaban nuestras vidas incluso cuando no queríamos.

    Estampidas, apodos y esas cosas a un lado me entretuve con la mascota familiar un par de minutos. Seguí acariciándola luego del discurso, casi distraído, y pensé que tal vez a Izu le hubiese venido bien tener un perro con eso que era medio nervioso, pero no podía permitirme el cuidado de un animal y mamá tampoco. Solo dejé de acariciar a la perra cuando Sasha me dijo que podía acomodar los pasteles y me erguí para encargarme de la tarea que se me había encomendado.

    Estaba sacando las cosas de la bolsa cuando la escuché preguntarle a Danny si comía con nosotros, pero el niño ni le respondió ni se detuvo en su camino, cerró la puerta una vez que la perra estuvo dentro. Oí el suspiro de Sasha, lo que dijo del té y me enfoqué en acomodar los pasteles en la mesa, había dicho que había tomado el trabajo porque pagaba los medicamentos de Danny y solo entonces entendí que era un tratamiento de otra naturaleza.

    Quise rebuscar por algo qué decir, pero cuando me di cuenta Fanny había vuelto, prácticamente spawneó a mi lado y me cogió de la mano para llevarme a la mesa. Me senté, tuve que tragarme la risa al ver que se acomodaba a mi lado en su silla y la vi balancear los pies. ¿Qué si alguna vez pensé ser secuestrado por una niña de cinco años? No, pero de todo había en esta vida.

    Al parecer el viaje a lavarse las manos le había dado tiempo de pensar, porque indagó de lo más seria por qué dije que era un año mayor que su hermana y la miré con la misma seriedad. Lulu, entre tanto, puso su taza y la de su hermana en la mesa, callado y yo comencé a hablar como si estuviera contando una gran tragedia.

    —Qué problema. Mira, yo creo que Sashie puede confirmar esto, que me conoce ya de hace un rato —comencé con intenciones de medio pasarle el muerto aunque estuviera encargándose del café—. Fanny, lamento mucho tener que decírtelo, pero no soy para nada listo. Increíble, ¿cierto? Pasa que la escuela me da una pereza inmensa, no entiendo muy bien la mitad. Entonces tuve que repetir el último año de instituto y por eso aquí estamos, a punto de merendar juntos.

    Había que ver nada más la clase de verborrea que estaba soltando, había pasado de querer quedarme tieso a volverme el mejor payaso del circo.
     
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    Gigi Blanche

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    La lista de apodos era nueva hasta para mí, que apenas ahora me daba cuenta que yo, a diferencia de Fanny, no buscaba... personalizar los nombres de nadie. En general tendía a adjudicar apelativos cariñosos estándar, los reutilizaba y repartía sin concederle una gota de pensamiento. Shikkun, Akkun, Mishi, Arashi. Fue extraño, una especie de mini revelación que se mezcló con las costumbres de Fanny, lo que veía en ellas. No creía que fuese algo tan decisivo, sólo me apartó de un retrato al cual me había negado a pertenecer mucho tiempo.

    Tomaba lo que me daban y ya.

    No pretendía ir más allá.

    Fanny había ido asintiendo, muy concentrada, conforme Arata le daba la lista de opciones. Bajó la vista a sus manitos, comenzó a alzar sus dedos junto a susurros ininteligibles y de repente volvió a clavar la mirada en el chico.

    —¡Tienes un montón de apodos, qué envidia! Encima son todos bonitos... —Arrugó el ceño, aún indecisa, y al final recuperó la sonrisa—. ¡No importa! Es una decisión muy, muuuy importante, así que lo pensaré bien.

    Más tarde, mientras vertía el café, atendí a su conversación de espaldas. Fanny le había pedido el motivo de ser mayor y yo me tragué una risa, a la expectativa de ver cómo Arata decidía abordar el tema. Para ser siempre tan brusco con el mundo en general era increíblemente gentil con los niños; ya lo había visto con el pequeño de la prueba de valor, por ello no dudé ni un segundo en traerlo a casa. Sin embargo, cuando oí mi nombre aparecer en su boca acabé soltando la carcajada.

    —Creo que la pregunta te la hicieron a ti, Arashi —exclamé, enfatizando el apodo de sus hermanos por la pura gracia.

    Era tierno, de una forma que no pegaba realmente con la cara de perro viejo que Arata llegaba a tener. Cuando hube vertido toda el agua tocaba esperar a que terminara de filtrarse, pero eso lo hacía solo. Me sequé las manos con un repasador y giré el cuerpo, apoyando ambos brazos en la barra. Fanny no lució sorprendida, escandalizada ni contrariada por la revelación del siglo. Era algo loco pensar en la cantidad de eventos y pequeñas decisiones apiladas que derivaban en otras ocurrencias de mayor importancia. El vestido de Saki era como su año de instituto perdido.

    Daba perspectiva.

    —No te preocupes, ¡yo te entiendo! —afirmó, totalmente seria, y una risa vibró en mi pecho de la más pura ternura—. Lulu es suuuper inteligente, siempre me... memo... siempre recuerda super rápido las canciones que Yanagi-sensei nos enseña, ¡pero a mí me cuestan un montón! Noba-chan me dice que soy tonta y que por eso no me las aprendo, ¡pero eso no es verdad!

    Para ese momento ya había retirado el filtro y volcado el café en las dos tazas restantes. Las llevé a la mesa junto al azúcar y, al pasar detrás suyo, acaricié el cabello de Arata como había hecho antes con Lulu. Me senté, entonces, entre ambos chicos, cerrando el círculo.

    —No me recuerdes a esa Noba-chan porque me asaltan pensamientos poco cristianos —murmuré entre dientes, siendo verdad y broma a medias, y Fanny siguió hablando sin llevarme el apunte.

    —Papá y Sashie dicen que lo único importante es ser bueno en algo, y que hacer eso te divierta. A mí me gusta mucho hacer castillos de arena y andar en bici, aunque papá no le quiere sacar las rueditas...

    —Eres aún muy pequeña, cielo —le recordé, riendo.

    —¿A ti qué te gusta hacer? —preguntó, obviamente, mirando fijo a Arata—. Si la escuela te aburre, algo debe divertirte, ¿no?
     
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    Zireael

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    Puede que estirara mucho la cuerda, pero en el revoltijo de energía de Fanny podía ver algo de Sasha, no me refería a parecidos físicos especialmente, si no a la marca de ella en la niña. Una marca que estaba en Lulu y su timidez hacia la figura extraña, pero en el cuidado con que había puesto las tazas en la mesa y en Danny que no había dicho una palabra pero había puesto la mesa para nosotros cuando se lo pidió. Sasha me había dicho que los niños habían perdido a su madre.

    Eso significaba que ella era la figura femenina más próxima en la que podían apoyarse.

    Mi experiencia me decía que solo las mujeres podían enseñarnos de amor y cuidado, por eso sabía que el amor de Sasha vivía en estos niños. Era la misma que me compartía su almuerzo, la que me hablaba de chispas de luz y a la que le pedía ayuda para cargar con un peso que había soportado solo por años. No tenía nada en común con esta familia más allá del cariño de Sasha y allí, quizás, estaban las respuestas a todas mis dudas.

    Cuando Fanny dijo que qué envidia el montón de apodos se me aflojó una risa, pero todo lo que hice fue asentir con la cabeza. Obviamente esto de los sobrenombres era muy importante para ella, así que podía pensarlo tanto como quisiera, ¡también era de vida o muerte! Como el café para empatarme a su energía.

    Luego tuve que encargarme de explicarle a la niña que, para hacer el cuento cortísimo, era lerdo de cojones y por eso había reprobado tercero a la primera vuelta, aunque también había sido un poco por flojo, pero debía admitir que el año pasado en sí la habíamos pasado medio para el culo. Mamá había enfermado, un colapso de estrés o algo así, tuvo que quedarse en casa, luego también enfermó Sei con una gripe se le transformó en una infección terrible y yo tenía que salir cada noche.

    Vendía información, que no tenía tanta, y saqué varios cuchillos que en teoría eran míos para venderlos por ahí para sacar la pasta para las medicinas, los servicios y la comida. Al final llegaba a clases a dormir o fumaba en la azotea con Altan, pero no me daba la energía para ponerle atención a los profesores. Acabaron por sacarme parte de la beca en el instituto ese, que también era medio pijo, una que me habían dado por las condiciones en que vivíamos, y fue otro motivo para seguir sacando dinero de debajo de las piedras.

    Por eso entre que era denso y no atendía a clases no debía haber aprobado ni un tercio de los exámenes, menos se dijera de pensar en pruebas para universidades. Era un puto sueño de opio, por eso cuando reprobé tuve que regresarme a la escuela del barrio, porque mamá me riñó y me riñó que al menos terminara tercero. Las cosas se torcieron después y terminé en el culo del mundo en el Sakura, pero esa era harina de otro costal, uno a donde pertenecía mi año como repitente y el vestido de Saki.

    El punto fue que hice la anécdota perfecta para el horario familiar y Sasha, a la que había llamado como refuerzo, alegó que Fanny me había hecho la pregunta a mí y me llamó por el nombre que acaba de decir que habían usado mis hermanos. Su risa se me contagió, me entrecortó el parloteo un segundo, pero me recompuse luego de una breve pausa para decirle que solo quería alguien que secundara la información. Casi me ofendí por la manera en que la niña no pareció sorprendida con mi gran revelación de ser más tonto que una piedra, pero se le perdonaba por ser la hermanita de Sasha.

    Afirmó de lo más seria que ella me entendía, diciendo que su mellizo era muy inteligente porque memorizaba las canciones y a ella le costaba mucho. Se hizo un lío con la palabra, tuve que tragarme la risa y en medio de su cuento interrumpí muy bajito, con el tono algo pausado.

    —Memoriza.

    También mencionó a una tal Noba-chan (más bien Cancelada-chan) que le decía que era tonta y yo fruncí el ceño, indignado ante semejante cosa. Sentí que Sasha me acarició el cabello al pasar, eso bastó para hacerme aflojar las facciones y asentí con la cabeza al escuchar lo que murmuró.

    —No creo que la dichosa Noba-chan quiera tener problemas conmigo, pero vaya que los tiene —apañé también en voz baja, para no cortarle el tren de pensamiento a Fanny, no del todo al menos.

    Cuando dijo que su padre y Sasha decían que lo importante era ser bueno en algo que te divierta no pude contener la sonrisa, fue suave, un poco inconsciente también y la seguí oyendo mientras estiraba las manos para tomar la taza de café, la de Sasha en realidad, y el azúcar.

    —¿Cuánto le pones de azúcar, cielo? —le pregunté sin dejar de prestarle atención a Fanny, que me estaba diciendo lo de los castillos de arena y lo de andar en bici, aunque su hermana le tuvo que recordar que todavía estaba pequeñita para quitarle las ruedas a la bicicleta.

    Lo del café y el azúcar fue algo automatizado, como lo del casco, solo me di cuenta después y la miré un instante como preguntándole con la vista si no le importaba... ¿El qué exactamente? ¿El mimo exagerado? En fin.

    —Hmh, algo debe divertirme, es cierto. También me gustaba andar en bici, ¿sabes? Le pedía la bici a mis amigos, porque en casa no teníamos. Ahora ando en moto, que es parecido a una bici si lo piensas, es divertido, pero no vayas a copiarme cuando estés grande porque seguro preocuparías mucho a Sashie —advertí cuando seguro no se acordaría dentro de trece años de semejante cosa dicha por un random que había venido a su casa—. No hace falta que la preocupemos tanto, ¿cierto?

    No tenía mayores grandes aficiones en la vida porque tenía tiempo para ellas, a duras penas pasaba tiempo con algunas personas y ahora con Sasha, así que ni siquiera supe si estaba bien decir que me gustaba estar con mis amigos. A los pobres desgraciados no debía dedicarles ni una mísera parte del tiempo que merecían, pero esas no eran divagaciones que Fanny ni nadie necesitara, así que las dejé acumular polvo.

    Hasta entonces habíamos estado convertidos en loros, pero ya con Sasha también en la mesa, la comida puesta y todo el asunto me atreví a buscar los ojitos de Lulu. El niño no me había dirigido media palabra en comparación a su melliza, pero estaba aquí sentado así que supuse que era una buena señal o una señal al menos. Le dediqué una sonrisa, me mirara o no.

    —¿De verdad te aprendes rápido las canciones de Yanagi-sensei? —la pregunta la hice con tono tranquilo y como siempre era libre de contestarme o no.

    edit: lo escribí del teléfono y no vi hasta que posteé el tocho que resultó JAJAJA me per d0nas?
     
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    Gigi Blanche

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    Obviamente Arata iba a defenderse, ya lo conocía, y con la gracia aún colada en la voz me limité a soltar un "yes, yes, love" de lo más vago por encima de su excusa relámpago. Me estaba reuniendo con ellos cuando Fanny se hizo lío con la palabra, él se la recordó y ella asintió; en su sonrisa hubo una chispa de agradecimiento, incluso si se decantó por un sinónimo, y siguió la historia.

    Cuidar de los niños era un prueba y error constante que no me correspondía plenamente, pero por mucho que papá siempre hubiera intentado recordármelo, lo cierto era que Eloise no estaba. No pude desentenderme ni limitarme a mi vida de adolescente cuando Danny dejó de hablar, Lulu no paraba de llorar y papá siquiera tenía tiempo de procesar su duelo. De ahí en adelante fue inevitable. Ahora les preparaba la merienda, los ayudaba a estudiar, oía sus historias y me enfadaba como una madre cuando su hija le dice que una compañera la trata mal en la escuela.

    Esta tontería de Nobara no era nueva, pero ante la escasez de opciones papá había insistido en que lo correcto era darle a Fanny las herramientas necesarias para sobrellevar la situación; que en tanto no fuese algo grave o escalara a mayores, no podíamos intervenir en cada pequeño conflicto. Sabía que llevaba razón, pero no lo volvía menos frustrante. Cada vez que retiraba a los mellizos del jardín de infantes y veía a la tal Nobara me entraban ganas de enseñarle todo lo que a sus padres se les estaba quedando sin leer en el manual de decencia básica.

    Había puesto mi atención en Fanny, con el codo apoyado en la mesa y la mejilla descansando en mi mano. Cuando noté que Arata agarraba mi taza lo miré, confundida, y su ofrecimiento me descolocó por un segundo. Fue al recibir sus ojos que procesé la información medio de golpe y le sonreí, tranquila.

    —Una y media —murmuré—. Thanks, baby.

    Aún cuando él dejó de prestarme atención mantuve mis ojos en su rostro un par de segundos. No tuve ninguna intención particular ni pensé nada concreto, sólo rumié un poco más en torno a los gestos que este chico, aparentemente incapaz, sí sabía tener, y me pregunté si sería consciente de ello. No eran ninguna locura, no necesitaban serlo, y aún así eran cálidos y entrañables.

    —Sashie —me llamó la niña a mitad de la respuesta de Arata—, las motos son esas grandes que pasan muy rápido y hacen brrrom brrrom muy fuerte, ¿no?

    —Las mismas.

    —¿Y por qué te preocuparías?

    —Es que las motos son algo peligrosas —le expliqué, sin modificar mi postura—, y sus conductores tienden a ser un poquito imprudentes...

    —¡Pero eso no es culpa de la moto!

    Ve a luchar contra la lógica de un niño. Solté una risa nasal y me encogí de hombros, cerrando el tema allí. Estaba incorporándome para cortar las porciones de pastel cuando Arata dirigió una pregunta a Lulu. El muchacho había mantenido las manos alrededor de su taza, bebiéndola de a sorbos cortitos, y sus ojos habían rebotado entre nosotros conforme hablábamos. Recibir la atención directa de Arata lo dejó un poco tieso y le coloreó suavemente las mejillas. Era una pregunta un poco trampa de por sí, afirmar implicaría darse unos aires que seguro le causaban mucha vergüenza. Pensé que bajaría la mirada a su taza y Fanny acabaría respondiendo por él como solía ocurrir, pero para mi sorpresa asintió con la cabeza.

    —Es divertido —respondió, en voz baja.

    Nunca se lo había mencionado para no matar al pobre niño, pero de vez en cuando, al pasar cerca suyo, lo notaba tarareando. Fuese hojeando un libro, coloreando o husmeando los juguetes de la tienda, cuando se relajaba y perdía cierta noción del mundo a su alrededor empezaba a cantar.

    —Muy bien, tenemos marquise y pie de limón. —Miré a los niños—. Me atrevo a adivinar qué querrán ustedes, monstruos del azúcar.

    —¿Y eso de ahí? —inquirió Fanny, señalando la bolsa dentro de la cual se veían algunos envases más.

    —Esos son para los hermanos de Arata.

    Me puse a cortar las porciones y, por supuesto, la nueva pizca de información le reactivó los motores. Giró el torso hacia Arata y afirmó ambas manos al borde de su silla, inclinándose en su dirección. Yo, entre tanto, le puse a los niños unos cuadraditos de marquise y el resto lo dejé cortado donde estaba para que Arata se sirviera a gusto. Yo pillé una rodaja de pie de limón.

    —¿Tienes hermanos, Akkun? —le preguntó, emocionada—. ¿Cuántos? ¿Cómo se llaman? ¿Qué edad tienen?

    vivimos en tocholandia miss, nada que perdonar
     
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    Zireael

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    No me paraba a pensar en mi cambio de actitud con los niños ni un segundo, era una cosa automática, la tenía escrita en el cuerpo y en la mente. En un hogar vacío era yo quien había tenido que sustituir una figura que, incluso de haber estado, no habría servido para nada. Fui yo el que tuvo que relevar a mamá con los deberes de mis hermanos, con las dudas y los proyectos incluso si no entendía mis propias asignaciones.

    Por eso Yuzu, aunque fuese por error, había acertado al llamar a Sasha mi espejo y luego Izu confiaba en que yo los protegiera de cualquier peligro, por caótica que fuera mi manera de hacerlo. Quizás no lo reconociera yo mismo, pero había quienes confiaban en mi capacidad de cuidarlos. Yako había confiado en mi para ello, creía que podía ser yo quien los guiara a una suerte de tierra prometida.

    Algunos reyes confiaban demasiado en sus peones.

    Lo de la tal Noba-chan era para encabronarse, pero también era cierto que los críos tenían que defenderse solos en cierta medida. No le quitaba a nadie el derecho a enfadarse, como yo me enfadaba cuando alguien se metía con Izu y Sei, a veces uno pensaba cosas muy poco cristianas pero había mocosos que eran bastante necios o cabrones. Yo había sido uno de esos, lo seguía siendo. Molestaba a quien me saliera de las pelotas, pero si alguien molestaba a los míos entonces le prendía fuego al mundo. Era hipócrita, pero daba igual.

    Sasha me había contestado, así que le puse el azúcar, revolví y el alcancé el café para repetir el proceso con mi propia taza, aunque solo le puse media cucharada. Ahí fue que le solté la advertencia a Fanny de no subirse a una moto en su vida y la niña preguntó si eran las grandes que hacían ruido al pasar y se me escapó una risa.

    —Pues no, pero digamos que corres más peligro en una moto que dentro de un coche —interrumpí aunque contra la lógica de los niños no se luchaba y usé un dedo para dibujar un cuadrado sobre la mesa—. Es como si metes algo en una cajita, está protegido del viento, la lluvia y los golpes, ¿pero en una moto? No mucho, porque estás sentado fuera de la cajita.

    Con la explicación que nadie pidió echa me enfoqué en el niño, se quiso quedar tieso por recibir mi atención y la carita se le tiñó un poco, cosa que me hizo gracia. Atendió, sin embargo, y aunque pensé que no contestaría dijo que era divertido, cosa que me estiró un poco la sonrisa. No quería provocarle un colapso de vergüenza ni nada, así que disimulé el gesto dándole un sorbo al café.

    —Seguro que sí —secundé de todas formas cuando regresé la taza a la mesa, aunque de repente me alcanzó una duda y no la frené antes de que me abandonara la boca—. ¿Entonces te gusta la música, Lulu?

    Sasha les ofreció lo que trajo, adivinando lo que querrían, y Fanny preguntó por lo que quedaba dentro de la bolsa. La respuesta fue que era para mis hermanos, la nueva pieza de data reactivó a Fanny y tener su atención de nuevo me atoró un trago de café a medio camino, tosí apenas para acomodarlo y asentí con la cabeza. Al final se decantó por llamarme Akkun y lo interioricé en automático.

    —Tengo dos. Seiichi tiene dieciséis y luego está Izumi, que tiene quince —contesté después mientras me servía una porción de pie también y sin darme cuenta sonreí con un dejo de nostalgia—. Ya están grandes.

    Con la comida servida, dos sorbos de café en sangre y el generador marca Pierce a un lado tenía energías renovadas, la verdad, quería decir para seguir hablando hasta por las orejas. Medio me incliné hacia Fanny y señalé el postre.

    —Ahora a comer, ¡trajimos un manjar! —apunté como si yo me hubiera dejado la billetera limpia por los pasteles o algo—. Bueno, trajimos suena a manada, pero detalles.
     
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    Gigi Blanche

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    Arata me regresó el café ya endulzado y murmuré un "gracias" en voz baja, intercambio que, noté de refilón, Lulu había atendido. Era probable que el niño, en su silencio y capacidad de observación, estuviera almacenando datos que era aún demasiado pequeño para comprender e interpretar. La superficie, lo evidente era claro, sin embargo, y al invitar a Arata a casa fui plenamente consciente del hecho: era la primera vez que traía a alguien aquí, fuera amigo, fuera ligue, fuera compañero de clase. Era la primera vez y sabía que los niños lo notarían tarde o temprano. Quizá se tratara de una declaración en sí misma, una reafirmación de lo que tantas veces le había dicho a Arata.

    Que confiaba en él, de todas las formas posibles.

    Su explicación de la cajita fue lo suficientemente sencilla para una niña de cinco años. Fanny fue asintiendo, concentrada en el dibujo invisible sobre el mantel, y sonrió al buscar los ojos de Arata. No agregó ni replicó nada, el gesto cargó la simple alegría de haber comprendido algo. Luego, con la conversación derivada hacia Lulu, su ceño se arrugó ante la cuestión de si le gustaba o no la música. No había necesidad de pensar tanto las cosas, pobrecillo, pero él era así. Puede que en ese sentido nos pareciéramos.

    —Me gusta, sí —afirmó finalmente, aunque Fanny casi habló encima suyo.

    —¿A quién no le gusta la música? —replicó, entre indignada y confundida, y miró a Arata muy fijamente—. ¿A ti te gusta la música, Akkun?

    De forma bastante súbita recordé aquella vez, en el pasillo, donde me había mostrado la canción que iba oyendo. No hice nada con la información, me limité a repartir el pastel y Arata le contó a Fanny sobre sus hermanos. Lulu había empezado a comer y beber su chocolatada de a sorbos tranquilos mientras la niña jugueteaba con el tenedor.

    —Ya están grandes, sí —coincidió, sorprendida, y abrió grandes los ojos—. ¡Van a peparatoria y todo!

    —Preparatoria —la corrigió Lulu, en voz baja y casi sin despegar los ojos de su plato.

    Fanny lo miró, pero fue breve y al instante regresó a Arata, movimiento que le lanzó el cabello en varias direcciones. Al final, su carita se despejó y la sonrisa le iluminó el rostro.

    —¡Eres el mayor, como Sashie! —Por algún motivo la revelación le hizo muchísima ilusión y soltó una risilla; por cómo se movió intuí que estaba balanceando los pies bajo la mesa—. Ahora tenemos que definir quién es el mejor hermano mayor, ¡pero la tienes difícil, Akkun, porque Sashie es la mejoooor hermana mayor del mundo!

    Había alzado los brazos y a mí se me aflojó una risa, entre avergonzada y enternecida. Colé el cuerpo con suavidad en el espacio de Arata y arrimé el plato frente a la niña.

    —Cielo, vas a agotarle las baterías al pobre chico —murmuré con paciencia—. Anda, come, que se hará tarde y no tendrás hambre en la cena.

    Ella quiso quejarse, pero el mohín permaneció estático en su rostro hasta que cedió y se llevó un gran bocado de pastel a la boca.

    Fine —accedió, de mala gana, y apenas tragar agregó—: ¡Pero luego de merendar me dejas jugar con Akkun!

    Oh, dear. —Reí en voz baja y suspiré, mirando a Arata—. Eso tiene que decidirlo él, ¿no crees?


    lamento mucho la tardanza, mi abuela tuvo un accidente y hace pocos días falleció y estoy intentando volver a mi vida usual de a poquito. De ahora en más voy a intentar recuperar el ritmo <3
     
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    Zireael

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    Puede que me hiciera el imbécil una mayoría importante del tiempo, pero entendía los mensajes en las acciones de las personas y había una parte de mí que seguía resistiéndose a la confianza que Sasha depositaba en mí, fuese con negocios de mierda o ahora invitándome a casa con su familia. No era que no la quisiera, la confianza que me daba o a ella, era más bien que me parecía demasiado bueno para ser real. Una cosa eran las personas con las que había compartido un cacho de mi adolescencia, otra esta chica que había salido de nada y había acabado manchada.

    En ella había un amor tan grande que me costaba procesar ser merecedor si siquiera de una fracción, pero no podía rechazarlo más.

    Mi explicación adaptada al público en el rango de edad de cinco años al menos pudo ser comprendida, que fuese interiorizada ya era otro tema. Vi asentir a Fanny, le regresé la sonrisa cuando buscó mis ojos antes de que la conversación se desviara a su mellizo que hablaba entre poco en nada y el contraste seguía siendo tan brusco que casi daba risa.

    Afirmó que le gustaba la música, sonreí más para mí que para el resto de la clase, y me distrajo el atropello de Fanny aunque me sacó una risa. Era una pregunta absolutamente válida, suponía que a toda la gente le gustaba la música solo que en menor o mayor grado, estaban los que llevaban instrumentos a la espalda y los que seguían sus melodías. Estaban los que solo oíamos canciones en la calle y ya, pero al final era lo mismo.

    —Me gusta —afirmé con simpleza, sonriendo todavía, y de paso le di un break al niño de la mini entrevista—. No oigo tanta música ni nada, pero me gusta. A veces me acuerdo de personas cuando escuchó canciones, es muy bonito.

    La cosa rozó el sincericidio, no era un secreto de Estado ni nada, pero no solía hablar de cosas como esas. Entre que no escuchaba demasiada música de forma activa y la vida me tenía demasiado cansado, los recuerdos asociados a melodías o letras estaban un poco estancados, pero no por ello dejaban de existir. Había imágenes atadas de forma irremediable a canciones lejanas dentro de mi cabeza.

    Sasha repartió el pastel, Fanny me puso atención cuando le hablé de mis hermanos, su mellizo había empezado a comer y la niña se hizo un lío diciendo preparatoria. Tuve que usar todas mis neuronas, que tampoco eran muchas, para no descojonarme y fue que la corrección de Lulu, aunque paciente, también me hizo mucha gracia. Lo disimulé dándole otro sorbo al café.

    Seguí el movimiento de su cabello cuando pasó de su hermano a mí otra vez, y cayó en cuenta que así como Sasha yo era el mayor. La cosa le hizo mucha ilusión, estableció que habría que definir quién era el mejor, pero que yo la iba a tener difícil porque Sasha era la mejor (con muchas O) hermana mayor. Percibí su cuerpo colarse para alcanzarle el plato, también le dijo que iba a agotarme las baterías y el resto del intercambio me suavizó las facciones.

    —¿Sabes una cosa? No suelo meterme en competencias que sé que voy a perder. Sé que Sashie es la mejor hermana mayor, es muy buena, amable y hace que la gente se sienta querida.

    No lo pensé mucho, pero estiré la mano para sacarle a Fanny algunas hebras de cabello que le habían quedado muy cerca de la cara luego del movimiento de antes aunque no le estorbaban en todas las de la ley. Lo hice con la misma paciencia de la que carecía en el resto de mi vida y volví a mi propia porción de postre, me bajé un bocado y prácticamente me derretí en la silla.

    —¿Cómo voy a decirle que no a Fanny? —solté de lo más escandalizado hacia Sasha cuando ya había tragado—. ¡Por eso me puse un café, para estar bien despierto! Aunque si me truena una rodilla jugando se tienen que hacer responsables, me llevas al doctor.


    como te dije por whats, todo a tu tiempo <3

    espero que no se caiga el foro otra vez (??) vengo con energía y softness renovadas, a su servicio, dama
     
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  20.  
    Gigi Blanche

    Gigi Blanche Equipo administrativo Game Master the lovers

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    Fanny le había preguntado a Arata si le gustaba la música y él afirmó, destacando que ciertas canciones le recordaban a determinadas personas. La niña probablemente pasara del dato, pero a mis ojos tenía demasiado potencial como para mostrar piedad. Lo miré desde mi posición con intenciones claramente malignas mientras jugueteaba con un mechón de mi cabello, enroscándolo y estirándolo. Había clavado el codo opuesto en la mesa, también, para recargar la barbilla en mi mano.

    —¿Por ejemplo? —indagué, suavizando el tono adrede.

    La verdad era que no me imaginaba a Arata como este meme de Chandler con los cascos abrazado a un disco de música, pero por la gracia aprovecharía la oportunidad de molestarlo. Quizá lo que me cayó encima después fue liso y llano karma, ya que Fanny me avergonzó con su tontería y Arata lo hizo aún más con su respuesta. Escondí la cara en la taza de café para fingir demencia y le di un par de tragos, carraspeando la garganta luego. De repente temí una alianza de estos dos infiernos, dudaba ser capaz de sobrellevarlos si se ponían en mi contra.

    Fanny había soltado una risilla y algo del estilo "¡eso sonó muy inteligente, Akkun!", pero se quedó quieta cuando él le acomodó parte del cabello. Observar el pequeño intercambio me puso increíblemente suavecita y regresé a mi porción de pastel en silencio, sintiendo una mezcla muy bonita de tranquilidad y alegría. Creía en el poder de los niños. Creía que, con la atención suficiente, éramos capaces de aprender muchísimas cosas de ellos. El proceso de comprender a Danny y todas mis idas y venidas con Fanny me enseñaban más de lo que alguna vez había aprendido por mi cuenta, yendo a la escuela o tomando pedidos. Quizás Arata, demasiado cansado de lidiar con su vida y demasiado preocupado por irrumpir en los lugares donde no se creyera bienvenido, encontrara una o dos respuestas en los ojos de los niños. Ojos que no lo juzgaban y que sólo ansiaban entender.

    Era, como tantas otras, una simple esperanza que guardaba bajo llave.

    El chico se escandalizó por mi pregunta, como si rechazar a Fanny mereciera la pena capital, y la niña soltó una risa cristalina al oír su comentario de los huesos.

    —¡No dramatices, Akkun, no estás tan viejo! —replicó al instante.

    La respuesta me arrancó una risa a mí, divertida, y lo señalé con el tenedor.

    —¿Ves? Hasta los niños piensan que te quejas demasiado —agregué.

    —¿Podemos salir a jugar, entonces? —insistió Fanny, alzándose sobre su silla con emoción (a duras penas) contenida.

    Miré su merienda, lista para decirle que cuando acabara de comer, y me quedé genuinamente sorprendida al encontrar tanto el plato como la taza vacíos. ¿En qué momento se había tragado todo? Solté una risa nasal breve y me encogí de hombros.

    —Pues sí. Vayan, yo mientras junto y lavo las cosas aquí.

    Fanny se bajó de su silla y se aferró a la mano de Arata, tironeándolo en dirección al patio trasero de casa. Ese lugar era como un cementerio de juguetes, había de todo y con papá ya nos habíamos resignado de mantenerlo relativamente ordenado, así que las posibilidades... eran infinitas. Los seguí con la mirada hasta que desaparecieron, volví a reírme en voz baja y miré a Lulu, quien se había mantenido en su asiento.

    —¿No quieres ir con ellos, cielo? —Se quedó pinchando los remanentes de pastel con los labios cada vez más fruncidos y sonreí—. ¿No crees que deberías ir a vigilar que Fanny no haga cosas raras con tus juguetes? Ya la conoces, a veces se emociona demasiado...

    Un relámpago de apremio le cruzó el semblante al mirarme y yo disimulé la diversión. Se bajó de su silla, también, y siguió a los otros dos que ya estaban en el patio. Sus voces me alcanzaban desde la sala y comencé a juntar los platos con calma.




    Lo que había en el patio trasero de la casa era, genuinamente, una acumulación de juguetes de todos los tipos y colores. Balones, raquetas, triciclos, monopatines, cuerdas, estructuras desarmadas, formas geométricas de plástico, inflables de diversos tamaños, palas y cubetas. Estaba todo apiñado al fondo, junto al árbol más grande que crecía en el centro del espacio. Su tronco era robusto, daba una sombra prominente y, a su alrededor, había una gruesa capa de arena cubriendo las raíces donde los niños, al parecer, solían jugar y armar pequeñas estructuras. Había desperdigados moldes de estrellas, caracolas, casitas y demás insectos y animales. Había, también, sutiles decoraciones distribuidas de forma bastante anárquica, como las libélulas de vidrio aferradas al árbol, los llamadores de ángeles tintineando cerca de las ventanas, las mariposas pintadas en el paredón lindante y los atrapasueños pendiendo de las ramas.

    Todo era herencia y recuerdo de Eloise.

    —¡Bienvenido! —exclamó Fanny, deteniéndose con los brazos en jarra junto a su... montaña de juguetes; se oía muy orgullosa—. ¿A qué te gustaría jugar, Akkun? ¡Tenemos de todo!

    Pese a la variedad, también era cierto que casi todos los objetos lucían viejos y desgastados. Probablemente hubiesen sido juguetes heredados o comprados en remates y ventas de garage. Por fuera de la... montaña, también había un tobogán bastante pequeño, una estructura metálica herrumbrada de la cual pendían dos columpios, y una calesita de tres asientos.


    me arrastré a Arata al patio con el poder de: Fanny

    Realmente puedes inventarte el juguete que quieras que veas que Arata escoja. Si sirve de algo, mientras escribía el post recordé esta mierda con la que me entretenía muchísimo de chikita. La dejo de referencia nomás, por si no se te ocurre nada
     
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