Mi respuesta cayó en saco roto, porque de por sí habría sido un sinsentido de parte de Shinzo contestarme la estupidez, así que seguí andando. Cayden me había dicho que saludara al salir al patio, lo que me mi cabeza, con muchísimo retraso, se emparejó con despedirse al volver al edificio y quizás por eso le eché el último vistazo. Tardé todavía más en hacer una unión entre esas palabras y la conversación del festival, pero no se me podía pedir tanto tampoco. Cuando volví a resguardo del edificio tuve que batallar para mantener la mente en su lugar, porque de repente el flujo de estudiantes, la presencia de Shinzo y la mera existencia comenzaron a parecerme exageradamente ruidosas. El trayecto hasta la oficina de la directora quiso convertirse en un borronazo casi de inmediato, esperé como me indicó Shinzo, luego entré y pues ya. Ni más ni menos. Me indicó que me sentara, pero todo el cuerpo se me resistió porque ni siquiera debía estar aquí para empezar. No me refería a la oficina de la directora, puede que de hecho fuese el único sitio donde debiera estar, me refería a esta academia en general. No pertenecía aquí, jamás lo haría y era inútil pretender lo contrario. —Preferiría quedarme de pie, directora —dije con el tono más neutral que conseguí del repertorio. La preocupación que creí detectar, que no supe si fue genuina o impostada, quiso empeorarme el humor en vez de estabilizarlo. Lo mismo ocurrió con la pregunta, el apelativo y las paredes que habían colapsado sobre mí apenas Shinzo se materializó como salido de la nada. ¿Qué ocurre? Parpadeé, con el cerebro hecho puré por el flujo constante de alcohol, y comprimí los gestos sin darme cuenta en realidad. ¿De qué servía realmente explicarle mierdas a esta gente que jamás iba a entender? Si ninguno de ellos había nacido como nosotros y jamás moriría de la misma manera, si esta señora no había escuchado los llantos de mi madre ni visto el rostro de mi hermano, si no era ella la razón por la que Yuzu había terminado llorando ni la que había evitado que me ahogara en una tina. —Mi padre apareció muerto en un callejón —escupí sin una pizca de interés por la muerte el imbécil—. Sé que no debí venir a la escuela en este estado y que una cosa no justifica la otra, así que la parte del discurso tal vez no haga falta. No quiero que pierda el tiempo.
La directora pareció tener que detener su tren de pensamiento al recibir la negativa de Shimizu respecto a sentarse; lo miró, brevemente descolocada, pero en poco tiempo lo aceptó y siguió hablando, sin demostrar alguna clase de desagrado o desaprobación. Mantuvo un tono de voz moderado para que el chico lograra escucharla desde su posición y aguardó, paciente. Su ceño se frunció apenas Arata abrió la boca y soltó la información sin tapujos ni filtro de alguna clase. ¿Su padre? ¿Muerto en un callejón? La consternación en el rostro de la mujer fue evidente. El resto de lo que dijo Arata no se supo si ella le prestó o no atención. Despegó los codos del escritorio, retrocedió hasta encontrar el espaldar de su silla y ésta, bajo su peso, se reclinó suavemente. Asintió y luego asintió de nuevo; parecía estar ordenando sus pensamientos. Cuando regresó la mirada a Arata, se llenó los pulmones de aire y lo soltó poco a poco. —Mis condolencias, Shimizu-kun, para ti y tu familia —dijo, con seriedad—. Pero no es una cuestión de perder o no mi tiempo, o el de Shinzo-sensei, o el de cualquier otra persona. Desde el momento que pones un pie aquí te conviertes en mi responsabilidad. Permaneció en silencio algunos segundos, balanceándose ligeramente de lado a lado en su silla. Sus brazos habían regresado a su posición original, sólo que esta vez sobre los apoyabrazos metálicos. —Necesitaré una respuesta, Shimizu-kun. ¿Has bebido alcohol en el transcurso de la mañana, dentro de la escuela?
Me pareció que la señora se quedaba descolocada ante mi negativa, pero si debía ser sincero si me sentaba de nuevo no creía poder levantarme. Tenía poquísima comida el estómago desde hace días o no tenía nada en lo absoluto, ya mucho esfuerzo me había implicado sentarme con Cayden sin irme de boca, así que mejor quedarme de pie. Frunció el ceño apenas le arrojé la bomba, la pobre mujer seguro se esperaba cualquier mierda en vez de esa y la noción estuvo a un pelo de hacerme reír, porque solo confirmaba lo que ya sabía, la idea extendida e innegable de que estas personas no pensaban en estos escenarios mientras mi madre esperaba cada noche que no fuese el día que me tuviera que ir a reclamar en una bolsa negra. Los miedos de esta gente jamás serían iguales a los míos. La dejé procesarlo, esperé allí de pie, noté que asintió una vez y luego otra como si estuviera hilando ideas, como si el escenario la hubiese obligado a hacerlo. Me dio las condolencias, hice un remedo de reverencia bastante informal para disimular la sonrisa que me quiso bailar en la cara y al erguirme ya había vuelto a la neutralidad forzada. ¿Qué no era una cosa de perder el tiempo o no? ¿Su responsabilidad? El mundo no se había preocupado por nosotros una sola vez, solo importaba el orden establecido, la limpieza y el silencio; cuando alguien del sistema se proclamaba responsable de nosotros solo decía que no quería que ensuciáramos su imagen, su parque de juegos. ¿Qué tan responsable era esta señora de nosotros en realidad? Si había, fácil, tres apestados en cada salón de tercero, si habían metido a Sasha al puto club de mierda y le habían escrito encima como si fuera una res. El recuerdo vino de ninguna parte, tuve que sacudir la cabeza al notar un parche negro en la visión, un borronazo, y maldije internamente no tener la puta foto ya. Porque habría ahorcado a todos conmigo con tal de no estar aquí. Parpadeé otra vez, el gesto fue denso, pretendió forzarme a usar una paciencia que ahora mismo no poseía. Respiré, traté de centrarme, entender que en la escuela no podía hacer una escena justo como le había pedido a Cay que no la hiciera. No podía repetir tercero otra vez, no podía hacerle eso a mamá y a mis hermanos, era posible que ni a mí mismo. Si fallaba otra vez, de hecho, no habría otra oportunidad. —Habría acabado vomitando las bilis a las nueve de la mañana si no —expliqué en voz baja, serio—. No es muy divertido de limpiar, si me lo pregunta. No tenía que haber venido, no tendría que haberle hecho caso a Sei. —¿Va a expulsarme? —pregunté sin que una sola emoción me cruzara el rostro. Si yo no estaba gastando su tiempo, ella sí estaba gastando el mío. No podría echarme diez minutos con esa incertidumbre, estaba demasiado cansado para poder siquiera pensarlo.
Era difícil discernir si la directora estaba percibiendo las sutiles impertinencias de Arata, ya que no decía una palabra al respecto y su semblante tampoco cambiaba. De la misma forma uno no podía asegurar que lo que decía o las emociones que demostraba fueran genuinas... o quizá fuera simplemente su rol de autoridad. Era más fácil demonizar a unas personas que a otras, a veces por razones que siquiera les concernían de manera directa. Su expresión, por ende, no viró en ninguna dirección al recibir la confirmación directa que buscaba. La confesión, si se quiere. Ni siquiera se vio afectada por la ironía que Arata soltó después. Permaneció impasible hasta que el chico preguntó si lo expulsarían y entonces arrugó un poco, sólo un poco el ceño. —¿Crees que debería expulsarte? Suspendió algunos segundos de silencio, regresó al escritorio y se quitó las gafas junto a un suspiro liviano. —Tenemos un sistema de sanciones para tratar estas cosas, ¿crees que eres el primero que rompe el reglamento, Shimizu-kun? —indagó en tono neutral—. Recibirás una sanción y tu historial aquí está limpio, recién para la tercera falta comenzamos a hablar de expulsiones. Volvió a colocarse las gafas y se giró a su computadora, donde empezó a teclear. —Sin embargo, te recomiendo descansar. —Se detuvo y lo miró—. Ve a casa, descansa y tómate un día más. Una cosa no justifica la otra, tú lo dijiste, no tiene sentido que estés aquí y tampoco es correcto. Mantuvo sus ojos en él, con una ligera intensidad que pretendió darle el peso que pretendía a sus palabras. Era y no era una suspensión, una tácita, si se quiere. —No le informaré nada de esto a tu benefactor, no esta vez, pero tenlo presente. —Exhaló con un suspiro ligero y le sonrió—. Busca tus cosas y ve a descansar a casa. Eso es todo, Shimizu-kun. Contenido oculto Registro de incidencias actualizado.
Discernir si esta mujer estaba pasando de mis comentarios impertinentes, unos que eran casi inconscientes en realidad, era una tarea para la que no tenía energía. En sí no podía leerla en absoluto, así que todo lo que tenía en la caja de herramientas era la noción de siempre, y de todas formas era indiferente. Era la directora de la escuela, así como el hijo de puta de los ojos rosados era un policía; habían protocolos sociales que les exigían comportarse de ciertas formas con nosotros. —No lo sé, por eso lo pregunto —respondí en algo que quizás sonó a ironía, pero fue sincero. No tenía ni puñetera idea de cómo funcionaba eso, en sí porque aunque hacía y deshacía a mi antojo no me había comido sanciones directas en las escuelas más que regaños por los tatuajes y el uniforme de vez en cuando. En fin, que le siguió la otra parte del discurso de que no era el primer diablo que rompía reglas y quise decirle que sí el primero en un rato que se comía una sanción, pero me lo tragué. Que el historial limpio, las tres faltas y la expulsión. Solo volví a prestarle atención real cuando me mandó a descansar, me desinflé los pulmones, cansado, y pensé que un día más o uno menos no servía para una mierda ahora mismo. En casa estaba mamá arrancándose el cabello de la cabeza, las cejas y las pestañas, luego llegaría Sei con su cara de cansancio y tendría que echarme la tarde esperando que a Izu no se le quebraran los nervios. No podía descansar. —Sí, claro —resolví monocorde. Sostuve su mirada, no me provocó nada en lo absoluto, al menos no hasta que mencionó a mi benefactor y entonces el cuerpo me pesó. Era el viejo de Altan el que me había metido aquí, si lo llamaban el tipo caería en el error que había cometido y entonces estaría en sus manos determinar si seguir prestando el nombre para los caprichos de Altan. Dudaba que el viejo, aunque le gustara la caridad, tuviera tiempo ahora mismo para estas cosas viendo como había estado el otro imbécil. —Lo tendré presente, sí. Permiso —dije luego de otra reverencia algo más formal. Giré el cuerpo para retirarme, pero cuando estaba por abrir la puerta trastabillé. Fue un chispazo de decencia humana, ni idea, no quise pensarlo, pero dije una última cosa antes de volver al pasillo. —Gracias.