Evangeline Jones Me apoyé en la pared contraria a la máquina expendedora, a la espera de que ambas chicas acabasen de tomar lo que necesitasen. Cruzada de brazos y con la mirada perdida en los pies, fruncí el ceño sin poder evitarlo. Dinero. Monokuma nos acababa de ofrecer dinero. Quise ahogar una amarga sonrisa de tan solo pensar en que alguno de nosotros fuese lo suficientemente materialista como para querer pagar una vida por una simple suma de dinero. No dudaba en que ese motivo fuese apetecible en el fondo de alguno, pero con tan solo ver las reacciones del resto, la parte más esperanzadora de mí se sintió algo más tranquila. No había sido la única que pensó que aquel motivo, comparado con el anterior, se había quedado corto. Además... ¿Para qué querría yo toda esa cantidad de dinero? Mi hogar estaba repleto de todo cuanto quería, desde mi más tierna infancia habían llenado los huecos vacíos que dejaban la ausencia de figuras paternas con caprichos, para que estuviese entretenida siempre. En mi caso, lo sentía totalmente innecesario. Lo que verdaderamente me importaba no podía comprarse con dinero. El cariño no podía comprarse con dinero. Alcé la cabeza, sacada abruptamente de mis pensamientos cuando sentí que Karen regresaba de la máquina. Con un ademán algo torpe asentí, volviendo en mí, y busqué entre mis bolsillos cuatro MonoMonedas para invertir en la máquina expendedora. Dos monedas por cada objeto me daría objetos más extraños, según tenía entendido. Contaba con seis en total, así que no me importaba gastarlas. —Bien, allá vamos... —murmuré, insertando las monedas en la máquina.
Hugo Weiss Me había tomado un buen rato llegar al súper mercado y aparte, para encontrar la máquina expendedora; nunca había estado allí, al menos no me tomó mucho encontrarla... Con una chica. Parecía ser la artista... Suspiré y me acerqué a ella y la máquina. Esperaba que no dirigiera la palabra para no tener que hablar. ¿Qué clase de objetos me daría la máquina? Ojalá fuese algo interesante... Si mal no recordaba, fue allí donde mi estetoscopio fue obtenido. Concluí que eran objetos especiales para cada súper estudiante. Carraspeé dándole a entender a la artista que se moviera o que tomara sus objetos para que yo pudiese meter las monedas. Me parecía que lo mejor sería tirar una moneda por cada objeto, tenía 4, así que 4 objetos obtendría.
Karen Foster Mientras Evangeline canjeaba sus propias MonoMonedas, me quedé en un costado sosteniendo mis nuevos objetos. Admito que ver el paquete de patatas fritas me descolocó por unos segundos, pero no fue nada comparado con el tipo de revista que le siguió. ¿Por qué la mía no pudo ser una de chimentos como la de Alethea? ¿U otro libro para colorear? Pero no, debía de recibir el único objeto que se quedaría sin su verdadera dueña. —Menuda suerte la mía... —musité apenas, enrollando la revista y dejándola a un lado. No quería seguir viéndola. Por suerte, uno de los chicos había llegado también a probar suerte con la máquina. Y, precisamente, se trataba de alguien muy oportuno para mí. Ahora si tan sólo pudiera recordar su nombre... —Eh, disculpa... —Hice una pausa, buscando en mi mente cómo se llamaba sin éxito—. Bueno, saqué esto de la máquina y sé que sabrás darle un buen uso —improvisé al tiempo que le extendía el kit de primeros auxilios. Es decir, él es el súper médico. ¿A quién más podría dárselo?
La máquina hizo un curioso ruidito mecánico al ser activada por Evangeline. Se escuchó el sonido de que algo giraba en su interior y… finalmente, una cápsula fue expulsada por la ranura que había en la parte inferior de la máquina expendedora. El objeto… vaya, que curioso. Al abrir la cápsula, Evangeline encontró lo que parecía ser… ¿unos auriculares? Sí, auriculares de color azul marino, adornados con una nota musical en cada una de las dos partes redondas que iban en las orejas… ¡Auriculares obtenidos! La segunda cápsula que obtuvo Evangeline contenía… un par de aretes para las orejas. Eran de color dorado, y parecían ser un tanto ostentosos… pero ciertamente eran bastante bonitos. Parecían ser un accesorio muy hermoso de mirar… ¡Aretes dorados obtenidos!
La máquina hizo un curioso ruidito mecánico al ser activada por Hugo. Se escuchó el sonido de que algo giraba en su interior y… finalmente, una cápsula fue expulsada por la ranura que había en la parte inferior de la máquina expendedora. El objeto… vaya, que curioso. Al abrir la cápsula, Hugo encontró lo que parecía ser… ¿una bufanda? Sí, era una bufanda de color verde y marrón. Parecía ser muy abrigada, ciertamente ideal para la época de otoño… ¡Bufanda de Otoño obtenida! La segunda cápsula que obtuvo Hugo contenía… ¿otra bufanda más? Sí, pero esta era de color amarillo y rojo. Parecía ser más ligera, no tan abrigada, y mucho más adecuada para una temporada del año no tan calurosa, como el verano… ¡Bufanda de Verano obtenida! La tercera cápsula que obtuvo Hugo contenía… ¿una revista? No, al abrirla la pudo ver bien… parecía ser más un catálogo de electrónicos, como computadoras o videojuegos. Al parecer se titulaba "Robo-Revista", y esta era la más nueva edición… ¡Robo-Revista obtenida! La cuarta cápsula que obtuvo Hugo contenía… ¿un mazo de cartas? Sí, era un mazo de cartas de póker. Quizás sería de interés de alguien que disfrutara los juegos de azar… ¡Cartas de Póker obtenidas!
Apenas Karen le entregó a Hugo aquel objeto, hubo un pequeño destello. Y de la nada, una especie de cristal apareció en manos de Karen. Era pequeño, no mucho más grande que las MonoMonedas, y era de color verde esmeralda. Tenía un brillo peculiarmente hermoso. ¡Fragmento de Esperanza obtenido!
Evangeline Jones Mientras esperaba a que los objetos cayesen por la ranura, sentí los pasos de alguien más acercarse a la máquina. No tenía intención de girarme a ver, pues mi único interés en aquel instante estaba en aquella máquina, pero un carraspeo forzado hizo que ladeara la cabeza con desagrado. Busqué el origen del sonido y me topé con la mirada del médico, posada en la máquina significativamente, con notoria molestia. Fruncí el ceño y estuve a punto de replicarle por su impaciencia, pero agradecí que los objetos acabaran cayendo justo en aquel momento. Los tomé casi sin reparar en ellos, y me aparté de la máquina dirigiéndole una última mirada de soslayo. Ugh, odiaba a los tipos como él. ¿Es que acaso no podía esperar su turno como cualquier otra persona? Algo más tranquila y alejada de la zona ahora, y aprovechando que al parecer Karen tenía algo de lo que hablar con ese tipo, me dediqué a revisar con mayor interés los dos objetos que descansaban sobre la palma de mi mano: unos auriculares y unos aretes bastante extravagantes. A primera vista se me vinieron a la cabeza dos chicas en particular a las que creía las dueñas adecuadas para cada objeto. Aún así, a pesar de estar medianamente segura de mi elección, temía volver a equivocarme y desaprovechar la oportunidad de tener un fragmento como me ocurrió con el café de Starbucks. Por alguna razón, lo necesitaba. No quería creer en presentimientos y malos presagios, pero deseaba con todas mis fuerzas que aquel malestar que sentía no tuviera nada que ver. Un ligero bostezo salió de mis labios mientras aguardaba cerca de la salida, y desvié con cierta pereza la vista hacia la ventana más cercana; la noche ya había caído sobre la isla, y en efecto, el anuncio de Monokuma no se hizo de esperar. Sentía mi cuerpo exhausto, aquel día más que nunca, y mis ánimos no eran los mejores. Solo deseaba ponerme cómoda y dejarme caer en la cama de mi habitación, al menos necesitaba descansar lo suficiente para el día que se avecinaba. En otras circunstancias ya me habría ido yo sola, pero en aquella ocasión sentí un escalofrío recorrer mi espalda al ver el oscuro exterior en completa soledad. No iba a admitirlo nunca en voz alta, pero me sentía algo atemorizada. Aparentando naturalidad desvié la mirada hacia donde Karen se encontraba, aún hablando con el médico. Y esperé en silencio, cruzada de brazos y con aparente molestia en mi expresión por la tardanza, cuando lo cierto era que allí me sentía más segura que en el exterior.
Ren Suzugamori La máquina expendedora que se encontraba al final del super mercado me resultaba súmamente atrayente. Primero, se encontraba parcialmente oculta por estar al final de todo, y segundo, porque su contenido era un misterio. Tenía un montón de cápsulas en su interior, y suponía que dentro de estas cápsulas, se encontrase algo más. El contenido de estas me tenía intrigado, y mi mente voló con el mar de posibilidades: ¿Armas? ¿Secretos sobre el resto de estudiantes? ¿Algún motivo para matar? ¿Banalidades varias? Fuese cual fuese la respuesta, estaba deseoso de saberla. Antes, por supuesto, hice una apuesta conmigo mismo. Era una apuesta que bien podía perder, al no tener suficientes datos, pero eso lo hacía todavía mejor. La apuesta era que, de aquella cápsula, saldría algo con lo que podría dañar al resto. ¿Sería correcto o incorrecto? Lo averiguaría en ese mismo momento, pues coloqué dos mono monedas en la máquina y oprimí el botón verde.
La máquina hizo un curioso ruidito mecánico al ser activada por Ren. Se escuchó el sonido de que algo giraba en su interior y… finalmente, una cápsula fue expulsada por la ranura que había en la parte inferior de la máquina expendedora. El objeto… vaya, que curioso. Al abrir la cápsula, Ren encontró lo que parecía ser… ¿un álbum? Era un libro de tapa marrón, no muy grande, y al abrir sus páginas comprobó que no era un libro de texto. Tenía varias páginas en las que se podían guardar fotografías, dibujos u otras imágenes no muy grandes… ¡Álbum de Recuerdos obtenido!
Ren Suzugamori —Está claro que me falta practicar un poco más, un álbum vacío no es precisamente algo con lo podrías dañar a otros; uno lleno, por otra parte, y dependiendo de su contenido, sí que podría resultar más devastador que un arma. >>De todos modos, no puedo seguir prolongando más el asunto. Monokuma ha hecho el anuncio hace rato y, por más que quiera despejar mi mente un poco antes del show, creo que ya he perdido suficiente tiempo. Sí, era cierto. Un nuevo asesinato había ocurrido en la biblioteca, ¿El motivo, asesino y las circunstancias? Eso es lo que todos querrían descubrir, pero probablemente, a mí fuese el que más placer me produciría descubrirlo. La biblioteca, por tanto, era mi nuevo objetivo.