La Conquista del Paraíso [LCdP: América] Introducción y capítulo uno

Tema en 'Partidas Inacabadas' iniciado por John Whitelocke, 6 Noviembre 2020.

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    Akumal

    Regreso el gesto al xoloitzcuintle acariandolo detrás de las orejas. Esta vez me funciono en domesticar.

    Pronto decidiré un nombre para él. No llegue aquí para esto, me va faltando el tiempo de pensar algo adecuado.

    Le asiento al comerciante por su felicitación, mostrando también estar conforme con el xoloitzcuintle.

    Si fuera solo para mostrar, no hubiera elegido este animal. Xoloitzcuintle, el compañero en vida y muerte. Una vez domesticado, se quedara conmigo.

    Sigo en silencio. Y abandono el mercado. Ahora lo considero, aceptar sin más pudo considerarse un error.

    Podría tratarse de alguien queriendo ganarse mi favor, es mejor irse. Antes de recibir algo más.

    Barrio: Hueypantonco
     
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    Amelie

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    Catalina

    Avanzaron hacia la pulpería, estaba de buen humor porque tanto ella como Leão habían ganado sus partidas de ajedrez; se mantubo junyo a su compañero mientras descendían del barco.

    —¿Seguro que no sabías jugar? Me has sorprendido— dijo con sinceridad hacia Leão.

    Pedro los guió para que los acompañaran, aquello no le molestaba, era bueno comenzar a conocer al resto, pero al notar que compartiría trahos con su rival de ajedrez no le emocionó.

    —¿Ahora que vas a decirme?—preguntó Catalina hacia Novicio con su trago en mano—¿Que las mujeres no saben beber? —sonrió burlona clavando un tenedor en el pescado frente a ella —¿Qué no pueden comer pescado?
     
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    Gigi Blanche

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    Yohualli Popoca

    Alcancé el santuario a paso calmo, en profundo silencio. La arquitectura de estos lugares tendía a ser similar pero no dejaban de interesarme. Eran relajantes, si se quiere, las energías que transmitían. Eché un vistazo alrededor, advirtiendo la quietud casi inquietante, y seguí avanzando hasta topar con un anciano sacerdote.

    —De los vivos, al menos por ahora. —Nunca había sido la reina de la verborragia o simpatía, pero me forcé a dedicarle una pequeña sonrisa y acariciar la cabeza de mi jaguar, sosegándolo para no asustar al anciano ni nada—. ¿Tú?

    Decidí tragarme la gracia, porque él ciertamente parecía más cerca del otro bando pero tampoco encontraba especial satisfacción en andar burlándome de la gente desconociendo su estatus, influencia o posición.
     
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    rapuma

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    Leão

    —¡Juro que ñao tenía idea!. Siempre lo vi jogar, pero nunca jugué. —respondió entre risas mientras bajaban del barco y seguían a Pedro a un lugar que para el portugués se antojó caótico. Se calló, intimidado a la cantidad de diversos acentos que oía en el aire. Se sintió perdido y agradeció tener a Catalina con él. Se pegó más a ella.

    Cuando entraron en la pulpería la gente empujaba para abrirse paso y Leão tenía la experiencia en el muelle, cuando debía llegar primero a los puestos por el pescado más fresco. Se abrió camino con una sonrisa, empujando con el hombro y apartando con las manazas enorme que tenía en ambos brazos.

    —¿Apostamos?—preguntó hacia la apuesta de Catalina sobre bebidas. — Si yo gano, você me deve um favor y si ganas, estaremos a mano. —le guiñó un ojo mientras arrancaba un trozo de pan y lo engullia junto el pescado.
     
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    John Whitelocke

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    [Tlatelolco]


    -----Teocalli de Tlacochcalco----

    —No estoy ni muerto ni vivo. En esta edad solo se puede estar yendo y viniendo, con un pie en cada mundo, con la cabeza de la serpiente mirando a los mortales y las plumas del águila buscando el horizonte.

    El anciano tenía un aprendiz, el cual se acercó a Yohualli para respetuosamente ofrecerle un amuleto.

    —¿Interesante, no? En el comercio con los cristianos llegados del este hemos recibido esto. Estuve esperando por ti, por este día. Coatlicue me dijo a través de las visiones que esto debía llegar a tus manos. Y ahora queda en tus manos conseguir lo que te falta, un elemento de los llegados del este, un artificio en forma de tubo del falso ídolo de los cristianos, un artificio que explota como el fuego aunque sin ninguna llama, pero que quema cuando vuelves a fijarte en tu piel.

    El aprendiz se sentó junto al anciano, quien observó al jaguar de Yohualli con detenimiento. Luego se puso de pie, algo que sorprendió incluso al chico que lo acompañaba, ya que era raro verlo moverse.

    —El sol se está poniendo con celeridad. La ceremonia debe estar por comenzar. Vendrás conmigo, joven guerrera. Tu camino está marcado por Coatlicue, ella te guiará en cada paso, y en este momento, nuestra diosa te quiere allí, a dónde vamos ahora.

    Nuevo objeto: cruz de plata

    ------Templo Mayor-------

    Yohualli siguió al anciano hasta el templo, allí se encontraron con Akumal, que se desvió de su camino a hueypantonco cuando vio que todos en el barrio se dirigían hacia la misma dirección. En frente de los miles y miles de mexicas se encontraba el gran monumento.

    [​IMG]

    En la cima del mismo se ubicaba el tlatoani, que entre la parafernalia de su exhibición y los guardias que lo rodeaban, comenzó a hacer gestos rituales característicos de su investidura. Para terminar, se corrió y dejó paso a uno de sus guerreros jaguares que traía un regalo... un regalo para los dioses.

    Se trataba de alguien familiar. Claro, Yohualli y Akumal lo notaron al instante. Era Icniuhtli, el prisionero que habían traído todo el camino por la selva de vuelta hasta la ciudad. Los mexicas presentes, de todos los barrios de la ciudad, clamaban desesperados por sangre. Querían el sacrificio, y el tlatoani disfrutaba de la ceremonia, del fervor de su gente, de la religiosidad de su pueblo.

    Pero no estaban solos, decenas y decenas de tlaxcaltecas prisioneros observaban el sacrificio. Ellos no eran dignos para esto, pero Icniuhtili era alguien reconocido de su pueblo, por lo cual su sangre era algo que haría al pueblo azteca más grande y temido. Las miradas de los prisioneros se fijaban en Yohualli, pero también en Akumal. Sabían por rumores que habían tenido la posibilidad de dejarlo escapar, pero lo trajeron de vuelta. Los hacían responsables de todo, y el odio del pueblo tlaxcalteca era compartido a lo largo y a lo ancho del continente. Los aztecas eran el objeto de ese odio, y ahora, ese odio tenía la cara de estos dos jóvenes guerreros, y sus animales, el jaguar y la serpiente de ella, y el xolo de él.
     
    Última edición: 15 Diciembre 2020
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    John Whitelocke

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    [Santiago]


    Novicio se tomó con un poco de calma las burlas de la victoriosa Catalina, que disfrutaba del pescado mientras sádicamente refregaba su victoria sobre la masculinidad del pelirrojo.

    —Creo que pueden comer pescado sin problema. Debo reconocer que subestimé tus capacidades por tu género. Es innegable que la mujer es el sexo débil, pero hay veces que uno se sorprende.

    Ulrich, el germano, parecía no estar muy interesado en las charlas de la mesa. Miraba al portugués algo extrañado, su problema no pasaba por no entender el español, ya que había vivido mucho tiempo en España. Lo que realmente sucedía era que se estaba tomando toda la cerveza que les habían servido, por lo cual Novicio se la sacó de la mano para comenzar a beber él. Al rato llegó el otro portugués, Pedro.

    —Les traigo novedades—ahora hablaba en español, con acento lusitano—, todos los españoles y europeos que estamos aquí, que podemos contarlos por miles, partiremos en nada, antes de que caiga el sol, directamente al mar de nuevo. No sé dónde es qué iremos ahora, pero los rumores son que el comandante que ha elegido el gobernador nos llevará directamente al continente, sin escalas, a lo que algunos llaman México.

    —¿México? ¿Qué diablos es eso? Suena a—interrumpió Novicio.

    —No suena a nada europeo, ni teutón, ni alemán, ni austríaco, y de seguro a nada hispano tampoco—agregó Ulrich.

    Las copas iban y venían. El bullicio de la pulpería permitía oír palabras que circulaban en conversaciones entrecruzadas. Se escuchaba mucho la palabra "comandante", entre otras, como "gobernador", "bárbaros", "imperio", se oía mucho sobre "oro" y "plata".

    Luego se unieron los otros que iban con ellos en el bergantín, sin contar al capitán. Aparecieron Francisco de Montejo y Francisco de Morla. Ambos cargaban sus trabucos y arcabuces.

    —¿Bellezas no? Los indios corren al instante cuando los ven. Y si no saben de qué se trata—se refería a las armas de fuego—, al oír la pólvora estallar no vuelven a acercarse. Mucho menos cuando sienten el impacto del proyectil—habló de Montejo.

    —Todo muy lindo, ¿pero saben algo sobre el famoso comandante? ¿todas esas goletas y galeones?—lo interrogó Novicio.

    —Obviamente son las embarcaciones en las que llegaron todos los demás que ves pululando por Santiago, idiota—le espetó de Morla.

    La charla se volvía inquisitiva y dinámica. A medida que pasaban los minutos el sol parecía alejarse, y si habían prometido que zarparían antes del atardecer, esa promesa comenzaba a volverse en una duda. ¿Dónde estaba el famoso comandante?
     
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    Catalina

    Observó a Leão mientras este le sugería aquella apuesta —Nadie apuesta si no está seguro de poder ganar —le sonrió mientras sostenía su trago —Ya te debo un favor por ayudarme antes ¿Acaso quieres librarme de mi deuda?

    Antes de que su compañero pudiera contestarle, escuchó las palabras de Novicio —Puedo tomar eso como un cumplido —dijo sin querer discutir con él; la verdad es que ella también consideraba que en fuerza no podía competir con la de un hombre; pero había muchas áreas dónde ella se sentía superior, por lo que una discusión no le apetecía, a final de cuentas estas personas estaría a su lado en la misión tan secreta.

    Después llegó Pedro quien dejó ir información interesante. ¿México? ¿Dónde estaba eso?

    —Este comandante, seguro está esperando el momento para hacer una entrada impactante para que todos veamos lo superior que es —mencionó mientras seguía bebiendo —así como aquellos hombres con sus armas de pólvora. ¿Ustedes que creen? —preguntó a aquellos en la mesa —¿Qué son realmente esas tierras llamadas México?
     
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    Akumal

    Malicia. Tal era la pesadez que sentía en aire, alertandome de ojos que me observaban con malas intenciones.

    Elegí un buen o mal lugar para ubicarme y contemplar la ceremonia del Tlatoani, rodeado de una multitud de mexicas. Limitando en gran medida una vista lejana hacía los lados. Impidiendome encontrar la dirección de dónde vienen esos ojos.

    De nada me serviría mostrarme desesperado. Si alguien planea algo, mejor se prepare si es conflontarme de frente. No caeré sin dar pelea.

    Callado y atento, las manos preparadas en mis armas en el peor caso. Manteniendo de igual forma poco distancia de Poktli, el nombre que le he dado al Xolo.
     
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    Gigi Blanche

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    Yohualli Popoca

    No planeaba responderle nada al anciano, y de cualquier forma me vi librada de la necesidad al advertir la llegada de uno de sus aprendices. Estaba alcanzándome algo y lo observé sobre mi mano, alzándolo a contraluz luego, mientras el sacerdote me explicaba su origen. Era metálico, brillante y el sol poniente le arrancaba algún que otro destello azaroso. Bastante bonita, aunque me resultara sumamente extraña su forma.

    Clavé mi mirada en el anciano a mitad de su discurso. ¿Lo había visto en las visiones? ¿Tenía que ser mío? Una extraña sensación de deber y responsabilidad se instaló en mi pecho y envolví el puño en torno a la cruz de plata, asintiendo solemne. ¿Le faltaba una pieza? La explicación me resultaba por demás incomprensible, pero me grabaría cada detalle a fuego para reconocerlo hasta en la cueva más oscura.

    —Es un honor —me limité a afirmar, inclinando ligeramente la cabeza—. Muchas gracias.

    Era hora de la ceremonia. Caminé junto al sacerdote hacia el Templo Mayor, seguidos de cerca por mi jaguar, y en medio de la muchedumbre reconocí la silueta de Akumal. Me detuve a una distancia prudencial, no planeaba pasar el tiempo con él ni similar pero quizás había sido movida simplemente por la familiaridad de su rostro, en medio de tantos desconocidos. Como fuera, mi atención se enfocó en el tlatoani, ubicado en lo alto del monumento, y una indiscutible sensación de orgullo vibró en mi pecho al identificar al prisionero junto a él. El pueblo clamaba por sangre y esa sangre sería derramada gracias a mi impecable trabajo, de eso no cabía duda.

    Las miradas sobre mí, sin embargo, comenzaron a pesar en mis hombros y le eché un vistazo a las hileras de prisioneros. Encontré en sus ojos, incluso a la distancia, el rechazo y desprecio que emanaban, y adiviné sin contratiempos que intenciones similares debían estar también dirigidas a Akumal. Lo observé de refilón, impasible, y me tragué la sonrisa condescendiente al acercarme a él.

    —Descuida, ¿crees que podrían hacer algún movimiento justo aquí? —murmuré, repasando a las multitudes y las decenas de guardias sin prisa alguna—. Disfruta de la ceremonia y relaja esas manos, tu cuello no corre peligro al menos hoy.
     
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    John Whitelocke

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    [Santiago]


    Contestaron a la pregunta de Catalina:

    —¿México? Más selva y más mosquitos, y probablemente vacíos de oro y plata como los salvajes en esta tierra.

    Leao seguía en silencio, no parecía muy conversador últimamente. La charla prosiguió en temas más futiles, hasta que todos empezaron a salir del local para regresar al centro del muelle. Catalina y Leao se fueron detrás de esa corriente.

    Allí se hallaba Amador de Lares, hablando en lo alto a todos los presentes.

    —El comandante de esta gran expedición ha sido destituído... repito, ha sido destituído...

    A medida que levantaba la voz, todos se iban agolpando.

    —Pero él se niega a acatar la orden, ya he informado al gobernador, y pronto vendrá a poner orden en esta situación.

    Los murmullos, charlas y conversaciones continuaron en medio del alboroto, algunos se dispersaron pero la mayoría siguió en el muelle durante al menos media hora. Hasta que el gobernador Velázquez se apersonó allí mismo, y les dijo a todos.

    —He decidido que mi sobrino será finalmente el comandante, Juan de Grijalva. No hay más que decir, estoy redactando un documento ahora mismo que será dirigido a Castilla y Aragón.

    En eso se oyó una voz en alto, que venía de entre las malezas de una porción de selva que se confundía con parte del muelle, a unos cuantos metros del centro donde estaba la multitud.

    —¡También hay otro documento que has redactado, gobernador Velázquez, y que me hace empoderado de la expedición, con tu sello!—, gritó Hernán Cortés, que aparecía ante todos.

    [​IMG]

    El gobernador tragó saliva, no se esperaba que Cortés se presentara así.

     
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    [Tlatelolco]

    ------Templo Mayor-------

    La ceremonia continuó. La mirada de los tlaxcaltecas se hacía cada vez más agresiva y hostil. El tlatoani siguó con los ritos, hasta que en un momento dado tomó una daga y decidió abrir al prisionero que Yohualli y Akumal habían arrastrado hasta Tlatelolco. Lo abrió a lo largo del abdomen y luego cortó su garganta.

    La sangre descendía por las escalinatas, confundida con algunos restos de tripas. Los comentarios resonaban entre el pueblo, decían que el tlatoani había estado impreciso, el corte había sido muy profundo, entre otras cosas.

    A pesar de todo los ritos continuaron, pero cuando Akumal y Yohualli volvieron a observar al resto de los tlaxcaltecas presentes, notaron que algunos ya no estaban. ¿Se habían ido? ¿acaso no eran prisioneros también?

    La sangre del sacrificio teñía la ciudad de rojo, el viento comenzaba a soplar. Todo se hacía más pesado. El anciano que había llegado con Yohualli le susurró al oído:

    —Hay un vaticinio. Hoy sangrarán las estrellas, pero no una sola.

     
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    Amelie

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    Catalina

    Necesitaba el pago; pero no le motivaba la situación, había algo en la organización que no le parecía adecuado, pero entendía que ella era un peón más en todo eso, tendría que hacer más preguntas pero en el momento apropiado a las personas precisas. La información que había obtenido hasta el momento era muy vaga.
    Siguió al resto, fue allí dónde pudo ver a los que dirigían todo esto, o al menos eso creía ella por la forma en la que se dirigían a los demás. Sopló como si de un caballo se tratara, ahora debían de esperar al gobernador para que pusiera orden, aquello le parecía sumamente molesto, se cruzó de brazos esperando que les dijeran que deberían de mantener su posición aun mas de lo que ya habían hecho, allí estaban, de un lado a otro sin verdaderas instrucciones, esto no era una expedición controlada, incluso ella tenía mejor sistema con los ladrones locales de San Sebastián. Al parecer entre más reclutas mayor desorden. Catalina comenzaba a dudar en la elección que había hecho, posiblemente conseguiría oro más rápido a su manera que siguiendo una expedición que no parece tener cabeza.
    El gobernador apareció nuevamente y habló ante todos, no le dio importancia, no conocía esos nombres, no le interesaban, ya estaba harta.

    Fue entonces que de entre la maleza aparecía una verdadera voz autoritaria, de esas que Catalina estaba acostumbrada a escuchar de los guardias, de hombres que habían tomado a Diego preso. Miró a aquel hombre sin aflojar sus brazos, al parecer tenía un documento que le daba el poder, y al ver como el gobernador se amilanaba ante aquel hombre supuso que su autoridad seguía vigente.

    —¿Y entonces a quien debemos seguir? —Preguntó Catalina con irreverencia, no estaba acostumbrada a nada de eso —No hablo por los demás, hablo por mi al decir que no parece que mis pies avancen con un propósito en esta expedición— ese tipo de actitudes la habían metido ya en varios problemas en el pasado; posiblemente esto le traería perores repercusiones por la magnitud del proyecto, pero ya no podía esperar mas, quería respuestas —Yo seguiré a aquel que tenga un plan.
     
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    Monpoke

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    Akumal

    Preferí no darme cuenta de la desaparición de los prisioneros, pudieron transferirse a otra sección de la celda o de verdad fugarse.

    "No cuento con la habilidad suficiente para permanecer relajado en todo momento. Prefiero no bajar la guardia, hoy o los dias siguientes". Le regreso una respuesta a Yohualli mientras finjo mirar con ojos atentos la ceremonia. Ceremonia o religiones, es obvio no son mi punto de atención. "Sera territorio aliado, pero uno nuevo para mi. Aun debo adaptarme a este nuevo ambiente".

    Pero le doy un punto a favor. Es mejor permanecer aquí, al menos por el momento. Entre tantos no hay mucho que logre hacer un puñado ellos. Sin mencionar que no sería capaz de moverme como quisiera por esta ciudad.

    Es mejor esperar el momento adecuado, ser quien recibe o realiza el movimiento. Desde el momento en que gane su ira en un terrero en cual probablemente tengan mayor conocimiento, esa dejo de ser mi decisión.
     
    Última edición: 8 Enero 2021
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    Gigi Blanche

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    Yohualli Popoca

    La ceremonia prosiguió acorde a lo tradicional, absolutamente nada cambió en mi expresión cuando el tlatoani abrió el cuerpo del prisionero en dos, ni siquiera la llamarada de orgullo reverberando en mis entrañas. Le guardaba un profundo respeto a este tipo de rituales, uno que le profesaba a muy pocas cosas en la vida. No me pasó desapercibida, sin embargo, la repentina desaparición de algunos prisioneros. Reparé en el hueco en sus filas y arrugué el ceño en un gesto contraído no de preocupación, sino más bien concentración.

    La voz de Akumal alcanzó mis oídos aunque no consideré que tuviera nada que responderle. Habló el anciano, entonces, y sus palabras endurecieron aún más mi expresión.

    —¿A qué se refiere? —pregunté, en tono plano; sin importar la sensación de inquietud que estuviera creciendo en mi pecho nada conseguía filtrarse a exposición de los demás—. Hable con claridad.
     
  15.  
    rapuma

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    La cerveza se le había ido a la cabeza luego de tanto tiempo en la taberna. Sonreía como un estúpido y se hizo amigos de varias personas a las que codeaba y se reía con fuerza; el portugués era un bruto, siempre más alto que el resto por una cabeza y no era consciente del cuerpo que tenía encima, por lo que siempre con palmadas fuertes en la espalda de sus nuevos amigos siempre terminaban las cervezas derramadas y ojos asesinos hacia él. Pero el portugués estaba feliz, luego de tanto tiempo. Tomó mucha agua antes de irse de la taberna, y luego de terminar su segundo pescado, salió al exterior donde la luz del día lo encegueció bastante. Parpadeó muchas veces para acostumbrarse y se limitó a caminar cerca de Catalina, no quería hablar y que su lengua espesa diga cosas impropias. Se conocía de sobra y no quería arruinar una amistad tan reciente.

    Escuchó muchas voces pero no podía distinguir las palabras, por su estado de embriaguez. Hizo un esfuerzo sobrehumano y entendió que la expedición no tenía un plan fuerte. Entendió que había oro y más salvajes. Leão no quería volver a matar en lo posible y comenzó a sospechar que esa expedición trataría más sobre eso que sobre lo primero. Miró a Catalina como queriendo decirle algo pero la mujer habló con fuerza y determinación hacia el hombre que había aparecido nuevo. Un tal Cortez. No generó nada en el portugués, Leão era más alto.

    Tocó el hombro de Catalina y le sonrió. Él quería lo mismo.
     
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