Chūō Keihan Tsukiji Ginza Grande [Hotel]

Tema en 'Ciudad' iniciado por Gigi Blanche, 5 Octubre 2023.

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    Pierce no tardó en levantarse de la cama, se desprendió de la prenda que quedó a medias y no hice más que seguir sus movimientos. Sus dedos se pasearon por mis brazos, el simple beso me continuó evocando la necesidad de que me pusiera los dedos encima, que me desvistiera conforme continuaba escuchando su voz aterciopelada, lo cual era de lo poco que me mantenía con los pies sobre la tierra.

    Sus besos húmedos continuaron, ladeé un poco el cuello para darle más acceso, mis manos continuaron quietas a mi costado en lo que me sentía respirar por la boca, como si algo de fiebre empezará a abordar el cuerpo como pequeños hilillos de fuego deslizándoseme por la espalda. Sentía mis pensamientos nublados, la garganta seca y el cuerpo tenso. Respiré con pesadez ante el primer mordisco, empuñé las manos ante su segundo y tercera mordida. Ella se estaba haciendo un camino, y yo estaba dándole el tiempo que necesitara para cursarlo.

    —Sash —murmuré, no fue un llamado, simplemente me salió su nombre al sentir sus senos contra mi pecho ya desnudo en compañía de sus dientes en mi cuello.

    El pantalón se deslizó en lo que me comía la oreja, lo aparté a un lado, y ella no tardó en dar con mi centro, me habló de nuevo en inglés y las neuronas apenas me funcionaban para conectar sus palabras con el ruso y el japonés. Sentí la boca seca, remojé mis labios con la lengua y solté el aire de golpe por la nariz, denso como si comenzará a quemarme el pecho.

    —Debes perdonarme, pero no entendí una mierda —siseé áspero.

    Era la primera vez que soltaba una palabra mal sonante con ella, porque en realidad no solían existir en mi vocabulario. Sujeté su mentón, llegué a sus labios y la besé con una manía impropia. Mi mano libre navegó hasta sus glúteos, apretándolos en lo que la hacía retroceder hasta que se sentará en la cama. Mi rodilla izquierda terminó en medio de sus piernas y acomodé las palmas abiertas a cada lado de su cabeza, separándome apenas para besar su mejilla, bajar hasta sus clavículas y continuar con sus senos.

    Era una pena no haberlos atendido antes.
     
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    Gigi Blanche

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    No reaccioné cuando mi nombre brotó de sus labios, no como si hubiera pretendido llamarme, quería decir. Se le mezcló entre la respiración, adiviné el origen del desliz y me sonreí contra su piel, besándolo con un poco más de ganas. Podía interpretarlo como un incentivo, si quería.

    De que me gustaba escucharlo.

    Su tono de voz cambió, adquirió cierta aspereza que sólo siguió contribuyendo al incendio que nos habíamos montado en ese metro cuadrado. Me hizo gracia oírlo maldiciendo, no creía haberlo hecho antes, y estuve por molestarlo al respecto cuando cazó mi mentón y me besó. La tontería fue algo repentina, me puso como la mierda y su mano apretando mi glúteo me arrancó un gemido suave. Reflejé la presión sobre su miembro casi sin darme cuenta, también me pegué a su cuerpo y retrocedí apenas me lo indicó. En ningún momento dejé de besarlo.

    Mis piernas encontraron el borde del colchón y me dejé caer allí, enganchando mi cabello con la mano libre para que no se me pegara a la espalda. Usé ambas manos para acunar su rostro y lo atraje sobre mí, fuera o no fuera necesario. Sus brazos hundieron suavemente el colchón, sus labios bajaron por mi cuello y alcanzaron mis pechos. No me interesó modularlo, seguí respirando con cierto apremio y los gemidos siguieron arrastrándose por mi garganta, en voz más bien baja. Enfoqué los focos en el techo a duras penas, pestañeé con pesadez y mis muslos se presionaron en torno a su rodilla, deslizándome hasta que mi intimidad hiciera lo mismo. Arqueé apenas la espalda, hundí una mano en su cabello y la otra se estiró hasta alcanzar el borde de su ropa interior. Enganché el índice en el elástico, colé los dedos dentro y rodeé su miembro con firmeza, estimulándolo un poco. La mierda sólo me hizo gemir más fuerte, me mordí el labio y presioné el pulgar en la punta, trazando pequeños círculos en la zona más sensible.

    —Eh, cariño —lo llamé en un impulso de estupidez, aunque me muriera de calor y sólo de casualidad estuviera tragándome las ganas de pedírselo—, ¿vas a dejarle algo a los pobres?

    De que me follara.
     
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    Sus manos se posaron en mis mejillas, imaginaba que por lo oscuro la posibilidad del tenue ardor se escabullía entre la penumbra; no era debido a vergüenza ni nada por el estilo, era más bien por la sensación de placer que traía todo esto. Atendí primero el izquierdo, luego el seno derecho, lamiendo, presionando y succionando sus pezones erectos. Los gemidos suaves que abordaban la habitación acompensaban el ritmo suave de la música, incitándome a terminar lo que no sabría, cuál de los dos habría iniciado la situación, las neuronas ya no me eran lo suficientemente funcionales para discernir.

    La presión de sus muslos causaron que apoyara las rodillas en la colcha, su intimidad se presionó y acaparó el borde de los bóxer, coló la mano dentro y gruñí contra su piel. Estaba sensible, demasiado y ella se tomó la atribución de acariciar el glande, fue como si un corrientazo se desplazará por mi columna.

    —Mierda Sasha —siseé reposando mi frente sobre la suya, se estaba mordiendo el labio entre tanto, hablándome luego de eso.

    Las palabras me demoraron por conectar ya con el cerebro fundido, me alejé de ella para quitarme la última prenda, busqué el condón en la mesilla, destapé la envoltura sin dejar de mirarla y ya luego resbalé el preservativo a lo largo de mi falo, y ya luego retorné a la misma posición, solo que en esta ocasión cacé sus muñecas, haciéndola levantar ambos brazos sobre su cabeza contra la colcha, me acomodé entre sus piernas y capturé sus labios, el beso fue profundo, suave en lo que la penetraba; mordí su labio inferior y entorné los orbes por el calor, sintiendo la presión de su intimidad.
     
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    Era la segunda vez que su frente encontraba la mía, como si necesitara un punto de conexión o un instante para no terminar de irse a la mierda. En cualquier caso, pues no me apetecía concederselo. Repasé sus facciones en las penumbras, por desenfocadas que estuvieran, y me humedecí los labios en lo que seguía estimulándolo. Él entonces se incorporó y por un segundo tuve que pestañear, recuperando cierta noción del espacio. Tenía la respiración un poco en la mierda y aún sentía la cabeza liviana.

    Me incorporé sobre mis codos y seguí sus movimientos, sonriéndome ligeramente en el proceso. Pillé el elástico de mis bragas y las deslicé por mis piernas, dejándolas caer al suelo. Le sostuve la mirada sin una pizca de vergüenza, la oscuridad velaba su rostro y detallé su cuerpo de arriba abajo, tomándome todo el tiempo del mundo. No dije nada, sólo aguardé.

    Regresó a mí, hincó las rodillas en la colcha y me llevó los brazos por encima de mi cabeza. La tontería me ensanchó la sonrisa y lo dejé hacer, si se quiere, repentinamente curiosa, sin quitar mis ojos de los suyos. La expectativa me electrizó el cuerpo, corrió rauda y acepté sus labios con todo el gusto del mundo. Estaba jodidamente sensible, fue apenas sentirlo contra mi entrada y removerme bajo su peso con una chispa de ansiedad. Empezó a deslizarse dentro, alcé ligeramente las caderas y comprimí las manos. Fueron un par de segundos que me olvidé del beso y cerré los ojos con fuerza, con la respiración atorada en el pecho.

    La mordida que me dejó ir en el labio fue una suerte de reactivación, me arrancó el aire con un jadeo suave y, una vez estuvo dentro, abrí los ojos poco a poco. Seguí respirando por la boca, algo agitada, y busqué la chispa de diamante en sus facciones. Permanecí allí un par de segundos, en silencio, y me humedecí los labios antes de hablar.

    —Sui —lo llamé en un susurro, y en un instante de raciocinio creí que era la primera vez que le decía así—. Puedes moverte ahora.

    Ya sentía haberme acostumbrado, el ligero dolor de la intromisión había menguado y el calor en mi piel, la presión entre mis paredes, habían comenzado a lanzarme relámpagos de placer bajo los cuales me removí un poco, pretendiendo acentuarlos.
     
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    Mantuve mi mano derecha atando sus muñecas, con la izquierda sostuve mi peso sobre ella y cuando me sentí ingresar noté que perdió el hilo del beso, dedicándome entonces a besar la comisura de sus labios, su mejilla y su mentón, sin perder la expresión de su rostro hasta que comencó a pestañear. El placer ya comenzaba a inundarme, el calor de su centro se sentía demasiado bien. Me llamó acortándome el nombre y la escuché con una atención nublada, me enterré en su cuello y al tener su instrucción mordí su dermis, liberando sus muñecas para hundir la colcha con la otra palma en lo que empezaba a marca un ritmo.

    Succioné suavemente su piel sin medir la posibilidad de dejar algún tono rosa, moviéndome dentro, era lento, profundo. Deslicé la yema de los dedos por su muslo, colándome hasta su espalda baja para ajustarla, casi trayéndola hacia mi cada que me deslizaba contra ella, chasqueé la lengua en algún punto y respiré contra su oreja.

    Aún no es suficiente, Sash.

    Me reincorporé al apartarme de su cuello, repasando la cascada de fuego de su cabello entre las sábanas blancas, sus facciones, y sus labios inflamados por tanto besarlos. Me apropié de sus piernas de nueva cuenta, pasé sus tobillos sobre mis hombros para ejercer mayor profundidad y retomé el movimiento de mis caderas, acuné sus senos entre mis manos, pellizqué sus pezones y descendí el pulgar hasta su humedad, aumentando las embestidas en lo sentía la respiración arderme en el pecho.
     
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    Sus besos, ligeros, se habían distribuido por mi rostro durante el tiempo que me llevaba habituarme a la intromisión. Me habían resultado un poco tiernos, incluso en medio de todo el desastre. Lo llamé poco después de que se escondiera en mi cuello, las puntas de su cabello me cosquillearon en la mejilla y la mordida me indicó que me había oído, sí, pero también que había estado esperando hacerlo. Se retiró lentamente, volvió a deslizarse dentro y respiré con pesadez, mi cuerpo tensándose en el instante que alcanzaba el punto más hondo. Una vez, y luego otra, propagando la sensación placentera por todo mi vientre.

    Había liberado mis muñecas, pero tardé varios segundos en moverme. Recogí los brazos, con ellos envolví su espalda y, al sentir lo que hacía en mi cuello, le hinqué las uñas en la piel con suavidad. Lo presioné contra mí, contra mi torso, en lo que subía los pies a la cama y alzaba las caderas, trazando un vaivén pausado que se acompasara a sus movimientos. Seguía con los tacones puestos, para la gracia, pero no me importó demasiado. Su mano se ancló a mi espalda baja y acentuó aún más la intensidad de cada penetración, arrancándome gemidos suaves directo del pecho. Era lento, profundo, y me estaba derritiendo las neuronas una a una.

    Dios, se sentía demasiado bien.

    Se había deslizado a mi oreja y allí chasqueó la lengua. Aflojé el abrazo al notar sus intenciones de incorporarse, sentí sus ojos encima y dejé caer mis brazos por ahí. Para qué iba a negarlo, me encantaba que me mirara y especialmente así. Sus manos encontraron mis tobillos, me instaron a acomodar las piernas sobre sus hombros e incluso si creí anticiparlo, cuando volvió a penetrarme y se hundió tan profundo el aire se me atoró en la garganta. Mi cuerpo rebotó apenas, repitió y gemí de forma casi inconsciente. Fue intenso, el calor me lamió la piel y mi gesto se comprimió.

    Fuck —mascullé, agitada.

    Fue un instante que me mandó la cabeza a negro y el placer bombeó, insistente, bañándome el cuerpo. Suiren mantuvo ese ritmo, alcanzó mis pechos, deslizó la otra mano a mi intimidad y mis uñas se enterraron en sus brazos, buscando un punto de apoyo.

    Just like that —jadeé, incapaz de razonar para hablarle en japonés, y arqueé la espalda en busca de acentuar las sensaciones—. Baby, just like that.
     
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    Mordí la piel de su pantorrilla en algún momento, aumentando gradualmente el ritmo de cada embestida, sus gemidos reboloteaban entre las paredes, magnificando el placer que me permeaba. La corriente se me deslizó por la espina dorsal y gruní apenas con cada presión que sentía entorno a mi miembro. Sentí sus uñas deslizarse por mis brazos, aún así el tacto terminó nublandome por completo el pensamiento, cerré unos segundos los ojos, abriéndomos luego con una pesadez impropia.

    —Sash, voy a venirme —murmuré con la voz ronca.

    Mis manos abandonaron el tacto en sus puntos para ceñirse en sus caderas, atrayéndola de nuevo hacia mi cuerpo como movimiento contrario, ejerciendo una velocidad más tosca. Su interior me apretaba con insistencia, y podía decir que mi mente se había apagado hace un rato ya. Tenía una imagen clara de Pierce, sus facciones eran un deleite, y sus gemidos habían logrado lo que el alcohol no.

    Embriagarme.
    Me dejé venir, la sensación de placer golpeó mis sentidos, me incliné apenas para tomar aire. Cuando me sentí algo recompuesti di un beso casto sobre sus labios y salí de ella.
     
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    Su anuncio sonó más bien embotado contra mis oídos, para cuando llegué a procesarlo sus manos ya se habían aferrado a mis caderas. Lo conocía, era ese momento donde a los hombres el cerebro se les volvía genuinamente inútil y no atendían a nada. Se encargó de acompasar mi cuerpo a sus embestidas, ruidosas, contundentes, y me deleité con su carita cuando finalmente se corrió. Una sonrisa se había abierto paso en mis labios, divertida, y acaricié sus brazos de forma liviana y suave, bajando las piernas de sus hombros. Le di unos segundos para regresarse la cabeza al cuello, normalizar un poco su respiración, y cuando pretendió salir de mi interior afiancé mis dedos alrededor de sus brazos con fuerza.

    —Eh~ ¿Tan caballero y vas a dejarme así?

    Subí a sus hombros y de allí nos empujé hacia un costado, haciendo que él quedara sentado sobre la cama y yo en su regazo, a horcajadas. Mis rodillas se hundieron a los costados de su cuerpo y le concedí una sonrisa sedosa desde arriba, deslizando una mano por su cabello. Puede que a él le hubiera gustado así y estaba bien, pero yo tenía otras... preferencias.

    —¿Sabes al comienzo? ¿Cuando empezaste a moverte? —susurré sobre sus labios, y ejecuté un vaivén lento y profundo con las caderas que me sacudió el cuerpo—. God, hon. You were killing me back then.

    Repetí el movimiento, sentí cada segundo, cada centímetro de la intromisión y solté un gemido suave sobre su boca. Una de mis manos se ancló a su nuca, la otra usó su hombro de apoyo y seguí moviéndome. Estaba caliente, era jodidamente intenso y aumenté la velocidad hasta que mi propio cerebro quedó inútil y perdí noción de la realidad. Cerré los ojos con fuerza, sin tener idea del volumen de mis gemidos, y sentí morirme por un instante.

    La petite mort.

    Poco a poco volví en sí. Había hundido el rostro en su cuello y me había aferrado a su cabello, por lo que aflojé el agarre y estiré los dedos, algo entumecidos. Mi respiración había mojado su piel y se me escapó una risa floja, dejándole allí un beso de nada; justo como él había hecho hace un rato.

    —Ahora sí te dejo irte —susurré, risueña, irguiendo el cuello para encontrar sus ojos.

    Alcé las caderas, sosteniendo el preservativo de la base, y me deslicé fuera. Solté un suspiro, pasé saliva y lo rebasé para gatear por la cama hasta dejarme caer boca abajo, enterrando la cara en un almohadón. Dios, estaba totalmente exhausta.
     
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    Cuando me habló la voz de igual forma me rebotó, digamos que apenas comenzaba a hilar cuestiones luego del desplazamiento de placer. Sentí su mano alcanzar mi hombro, me senté sobre la cama por el impulso que me propocionó y la miré desde abajo en lo que subía a ahorcajadas, parpadeé con lentitud al sentir como me deslizaba dentro.

    Subió y bajó con una lentitud marcada, la sensibilidad al hace poco acabar me hizo echar ligeramente la cabeza hacia atrás, sintiendo su aliento cálido sobre mis labios. Alcancé a conectar su idioma con el mío en mi cabeza y una risa ligeramente ronca se me coló entre los labios, solté el aire por la boca en lo que aumentaba el ritmo.

    Sasha era una mujer que conocía su cuerpo, para encontrar su punto.

    Descansé mis manos en su espalda, apreté su piel y en algún momento deparé en la parte posterior de su cuello al sentirla enterrarse en el mío, enredando algunas hebras entre mis dedos e impulsandola hacia abajo cada que descendía sus caderas. La contracción de su interior fue evidente, su cuerpo tembló en compañía y me sonreí lejos de sus ojos, relajando las facciones en lo que ella buscaba los míos.

    Limpié con el dorso de los dedos el hilo de sudor que se deslizaba por su frente. Ya luego se levantó sujetando la base para evitar cualquier derrame, gateó por la cama y la acción me generó algo de ternura.

    —Sueles ser siempre tan carismática, hasta para irte a dormir, Sash —murmuré en lo que sacaba el preservativo, me encaminé al baño y lo tiré anudado dentro de la bolsa de basura, me lavé las manos y al mirarme al espejo denoté una que otra pequeña marca en la piel pálida de mis hombros.

    Salí del baño luego de secarme las manos, busqué mis bóxer, me los coloqué y repasé a Pierce al estar acostada de espaldas, las luces del exterior reboloteaban en pequeños destellos; sujeté la sábana para cubrirla hasta la cintura y me acosté a su lado, abrazándola y acariciando con el pulgar la piel de su espalda hasta dormirme.
     
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    Apenas me desplomé en la cama me hice un ovillo pequeñito y me vacié los pulmones, bien abrazada a la almohada. Las sábanas estaban tan suavecitas y todo me parecía tan comfy que estuve a medio pelo de quedarme dormida incluso antes de que Suiren regresara. Había escuchado lo que dijo, de que era carismática hasta para irme a dormir, pero tenía el cerebro bastante lleno de aire y si acaso solté una risa floja en respuesta.

    Su peso hundió el colchón un rato después, aunque no definí muy bien cuánto tiempo había pasado. Sentí las sábanas deslizarse por mi piel y giré sobre mi espalda para recibirlo en mi espacio. Él me abrazó, exhalé por la nariz y me estiré para dejarle un beso en el cuello. Su piel estaba tibia, las caricias en mi espalda acabaron de relajarme y me dormí prácticamente al instante.

    . . .

    La realidad se arrastró como venida de otra dimensión, despertándome a regañadientes. Sobre la oscuridad reconocí poco a poco el sonido de la alarma de mi móvil y entreabrí los ojos, terriblemente adormilada. Me tomó un rato recordar dónde estaba, lo que había ocurrido y a qué se debía el bendito despertador. Lo tenía programado para sonar siempre a la misma hora, de lunes a viernes, y había olvidado desactivarlo la noche anterior. Le eché un vistazo al ventanal sin moverme, deslicé la mirada a Suiren y solté el aire por la nariz. La criatura estaba totalmente dormida y me sonreí en silencio, enternecida. Había algo tranquilizante, suponía, en ver a las personas dormir, con sus facciones totalmente relajadas y aquel ritmo de respiración pausado. Sólo me había ocurrido con Daute antes de esta noche, pero la idea era la misma.

    Eran pequeños cachitos de confianza que le entregábamos al otro.

    Me deslicé lejos de su cuerpo con el mejor equilibrio que encontré entre mi sueño, la prisa por apagar la alarma y el cuidado de no despertarlo. Navegué el espacio de la habitación hasta que adiviné el origen del sonido: mi cartera. Me acuclillé, la abrí con cuidado y apagué el bendito aparato. Suspiré, enjugándome un ojo, y chequeé la hora. No le había prestado demasiada atención al detalle de que era día escolar, pero ahora que ya no estaba borracha, ni caliente, y que ya me había despertado, pues... Repasé el cielo sobre la ciudad y suspiré, incorporándome.

    Nobleza obliga, ¿no?

    Me vestí de a poco, buscando las cosas que habían quedado desparramadas. Tenía que pasar por casa a ponerme el uniforme, de todos modos, así que me bañaría allá. Recogí los tacones y los dejé junto a la mesita, donde me detuve para escribirle una nota breve a Suiren. Me parecía muy rollo de peli esto de abandonar el hotel antes de que el otro se despertara, pero la pobre criatura seguía dormido como oso y no me dio el corazón para interrumpir su sueño.


    Buenos días, cielo. Perdona que no te desperté, estabas muy dormidito y me dio pena. Me fui a clases, luego hablamos, sí?
    Me divertí mucho ayer, gracias por todo.


    Además, en el fondo, quizá lo prefiriera así.

    Le eché un último vistazo antes de dejar la habitación, y si en algún punto sentí un pinchazo de culpa, lo envié al fondo del océano. En el lobby me acerqué a la recepción y pagué la estadía en la habitación por adelantado, aprovechando que tenía la oportunidad y que Suiren no me había dejado pagar nada en el bar. Le agradecí a la chica, le eché un vistazo a mis pintas y mandé las finanzas un poco a la mierda. Mejor pillaba un taxi hasta casa. Sería más rápido, además.

    Seguramente llegara un poco tarde a clases, pero no perdería el día.


    por acá cierro con Sasha, then. Gracias por rolear esta salita conmigo, estuvo muy linda <3
     
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