Coloqué mis manos en mis caderas, como si la estuviese retando. —No salgas corriendo así de repente —le dije, genuinamente preocupada, aunque algo divertida también—. Ahora vamos, veamos si podemos encontrar a ese montañero en alguno de estos cuartos...
Togepi sintió que la estaban regañando, y empezó a poner pucheros para segundos después empezar a llorar, quedándose en el sitio sin seguirla.
—Espera, no llores... —supliqué, mirando alrededor con desesperanza. De verdad que no sabía como tratar con bebés—. Ya está, no estoy enojada, vamos...
Miré a Yair, que acaba de llegar, muy nerviosa. —Se puso a llorar, no se que hacer para calmarla... ¿alguna idea? —intenté hacerme oír por encima de los llantos de Togepi.
Lo miré confundida. —¿Caras graciosas? ¿En serio? —dije, encontrando la idea bastante ridícula—. A ver, hazlo tú.
—No, no hay chance de que haga algo tan ridículo —me rehusé, cruzándome de brazos—.Bien, Togepi vamos, deja de llorar... tu entrenadora no querría verte llorando, ¿no? Ella querría que fueses fuerte...
Las palabras de Effy entristecieron más a Togepi, al recordarle a su entrenadora, y que a lo mejor no volvería a verla. En un arrebato, lanzó un paranormal a los entrenadores y se fue de allí en un mar de lágrimas.
—¡No se me ocurría que más hacer! —exclamé, cruzándome de brazos—. Y tú no digas nada, ni siquiera me ayudaste... Le dí la espalda y salí corriendo detrás del pokémon hada.
—Ahí estás... —murmuré, y procedí a sentarme junto al pokémon justo afuera de la casa del montañero—. Sabes, es difícil cuidar de un pokémon que no es mío... no se como lo hacía tu entrenadora, si lo hago bien o no, si te estoy fallando... y no se cuidar muy bien de otros tampoco la verdad. Me cuesta mucho trabajo ya entender a mis propios pokémon, así que te pido perdón si te molesté, Togepi... de verdad quiero que seamos amigas, y que me dejes llevarte de regreso junto a Liza, donde perteneces.
Togepi escuchó todo lo que le decía Effy con atención. Entendía lo que le explicaba, lo comprendía. La pequeña pokémon se secó su húmeda carita y se levantó, aunque seguía siendo mucho más baja que la entrenadora la cual se encontraba sentada, y la abrazó con cariño. La pokémon hada empezaba a confiar mucho en Effy y tenía la esperanza y la seguridad de que si se quedaba con ella lograría volver con su entrenadora sana y salva, por lo que esbozó una sonrisa ante tal pensamiento, sin soltarse del abrazo.