Aula 2-3

Tema en 'Segunda planta' iniciado por Yugen, 9 Abril 2020.

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    Apenas me acerque a la chica, esta me dio la bienvenida para después saludarme junto a una sonrisa, al mismo tiempo que se paraba hizo una inclinación de cuerpo, dijo que no preocupara y que le gustaría mucho poder ayudarme a sentirme un poco menos perdida por pura manía y respecto le respondí con una sonrisa en mis labios para ser sincera no me gustaría recorrer todo el edificio había visto lo más importante ¿por así decirlo? Al ingresar con Enzo, aunque había un lugar al que sí quería visitar a toda costa.

    El invernadero.

    Ese lugar era el único al que me interesaba ir después de todo en Italia, tenía uno, era la única persona que pasaba la mayor parte del tiempo allí, Enzo me acompañaba por no dejarme sola y ayudarme en lo que pudiera, a mi madrastra nunca le gusto según ella era una perdida de tiempo y creía yo era muchísimo más fácil hablar con las plantas que con las personas les había agarrado cariño después que mi madre se alejara de mi vida —por no separar a una familia— ella me había enseñado a cultivarlas las cuidaba más que a mi propia vida, era el único recuerdo que tuve conservando y que mi padre me permitió tener y, era raro, yo siendo una persona algo fría estuviera tan cerca de las plantas que eran tan delicadas.

    —Creo suponer que si hay un invernadero, ¿no? —sería imposible que no lo hubiera ¿en dónde iba a pasar mis recesos? Prefería mil ver estar con las plantas que con las personas no se me daba muy bien mantener una conversación tan larga si no tenía algo interesante de tratar—. Quería conocerlo si no es mucha molestia.

    ¿A mí importándome de molestar alguien? Para nada, solo me estaba esforzando de tratar a Emily con amabilidad.

    A ella la miraba calidad.

    >> Por cierto ¿existe el club de jardineria?
     
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    Me dejé caer en mi asiento junto a un suspiro, fijando después la vista en la bolsita que había dejado sobre mi pupitre con un mohín de labios. Estaba convencida de que cualquier otra persona no le habría dedicado más de dos segundos al asunto, pero siendo yo como era... la verdad, me había estado sintiendo bastante mal aquellos días. Había podido hablar con Kohaku y eso me había aliviado un montón, pero la conversación me había dejado pensando en el pobre Haru. Así hubiese sido de manera inconsciente, la verdad era que había invadido su intimidad con Kohaku, y también había pensado varias... cosas de él, así que me sentía bastante culpable en general y quería disculparme.

    Así que le había hecho unas cuantas galletas. La cuestión es que me arrepentí nada más alcanzar su casillero y, objetivamente hablando, acabé huyendo del lugar nada más pensarlo. No era que Haru me impusiese tanto respeto como el resto de los senpai, incluso con su ¿malhumor? general, pero me di cuenta que el gesto podía causar más problemas que soluciones. Quería decir... era probable que no tuviese ni idea de por qué le estaba dejando unas galletas para empezar, pero si acababa llegando a la conclusión acertada, ¿no le molestaría saber que los había visto? ¡Probablemente!

    Suspiré de nuevo, con cierto aire de derrota, y abrí la bolsita para poder llevarme una de las galletas a los labios.

    Quizás solo estuviera dándole demasiadas vueltas al asunto, como hacía siempre.
     
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    Bruno TDF

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    Tanta era la calidez que había ahora mismo en mi corazón, que bien podría haberse derretido como un chocolatito. La sola presencia de Jez ya bastaba para dejarme suavecita. Pero, además de eso, me encantó que me tomara de la mano cuando comenzamos a caminar por el pasillo y, por si no hubiera tenido suficiente, la sonrisa de Beauty estuvo a punto de rematarme por exceso de softness. Me daban ganas de decirle que se veía bien bonita así y animarla a que sonriera más seguido, porque me di cuenta, de soslayo, que su su expresión también pareció hacer algo de efecto en Jez. Fue una lástima que desapareciera tras la puerta, aunque también era cierto que invitarla a un almuerzo grupal no habría sido una idea del todo adecuada. ¡Por ahora…!

    —Tiene sentido, y ojalá se siga soltando cada día más —convine a la apreciación de Jez, llevándome una mano a la mejilla para contener la ternura que se me quería colar por todos los poros; que preguntara por el almuerzo ayudó bastante en ese sentido—. Ah, pues…

    Me llevé un meñique al labio inferior, un gesto que hacía sin darme cuenta cada vez que pensaba con detenimiento…

    —No tengo idea, ups —dije al final—. Hubby nunca mencionó que cocina sus almuerzos, ¡se lo tenía bien guardado su secretito…! —me reí—. Pero me animo a decir que nos preparó algo japonés, bien tradicional. Esto lo digo porque está de intercambio, no se si te lo dijo alguna vez —hice una pausa—. Nuestro kohai viene de Estocolmo y quiere absorber mucho de la cultura de este país, según me dijo; imagino que eso incluye la parte culinaria. Es muy decidido cuando se trata de aprender cosas nuevas —sonreí—. Me gusta mucho esa parte de él, además de su formalidad.

    Su repentino zamarreo me arrancó una risita, más por sorpresa que por otra cosa, y escuché la pregunta sobre Cay. Mientras, ya habíamos alcanzado el segundo piso.

    —Ah, sí. Le hablé hoy por la mañana —respondí—. Me dijo que ya había quedado con su mejor amigo para almorzar, y que tenía ganas de pasar tiempo con él porque llevaba días sin verlo —esto lo dije con cierta ternura en la voz, pero igual me permití un ligero suspiro—. Es una lástima, pero lo comprendo perfectamente. Si yo pasara días sin verte… —afiancé el agarre de su mano, y estiré el brazo libre con cuidado, dibujando un arco sobre nuestras cabezas— Tendría unas ganas así de grandes de volver a estar contigo.

    Mi sonrisa se estiró, entrecerrándome los ojos. Una leve distancia nos separaba de la puerta del salón 2-3, la suficiente para permitir a Jez responderme algo si quería. Luego, al asomar la cabeza para husmear el interior, detecté enseguida a Hubby por su cabello, que intensamente oscuro como el de Al. Estaba sentado junto a una ventana, con dos pupitres acomodados enfrente suyo que formaban una suerte de mesa más grande. Dos sillas vacías nos esperaban, junto a unos bentos ovalados de madera oscura, bastante elegantes a la vista.

    El muchachito observaba el cielo gris, pensativo. Pero nuestra resplandeciente presencia (literalmente) atrajo inmediatamente su atención. Esbozó su sonrisa serena al vernos entrar. Fui la primera en alcanzarlo, radiante de alegría. Hubby se incorporó de su asiento y me ofreció sus manos, las cuales tomé entre las mías para darle un leve apretón: era nuestro saludo, bastante sutil y cortés. Las primeras veces le había dado besos en la mejilla, pero debí renunciar a los mismos tras notar que eso le daba un poco de vergüencita, que el pobre no se animó a decírmelo en su momento.

    —Chicas, gracias por venir —dijo—. Y bienvenidas.

    Dejé ir sus manos, momento en el que Hubby viró su atención a Jez. Pareció tomarse un segundo de meditación o algo así. Luego de lo cual ofreció su mano a Jez para saludarla, con su sonrisita ampliándose. Me pregunté cuán consciente sería, de la calma elegante que había en sus movimientos y la paz que transmitía.
     
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    Sumar a Beatriz a un almuerzo con varias personas sonaba un poco forzado, no dudaba que fuese posible, pero sí creí que todavía le implicaría muchísimo esfuerzo y nervios extra. El tiempo quizás le permitiría ganar un poco más de confianza, así que tal vez pronto pudiéramos sumarla a un plan así sin sentir que íbamos a provocarle un infarto. Fuese con nosotras o tal vez con su otro amigo, el pelirrojo que había entrado a buscar a Rockefeller.

    Como fuese, asentí ante lo que dijo Vero y luego la charla se desvió por mi pregunta sobre el almuerzo de Hubert. Admitió no tener idea, cosa que me hizo reír y fui escuchándola y negué con la cabeza ante lo del intercambio, en verdad no lo sabía. Sonreí al oírla decir quería absorber la cultura y era muy decidido con aprender cosas nuevas, en lo que se parecía un poco a Altan.

    —Se ve que es muy inteligente además —acoté para luego preguntar por la invitación a Cay.

    Como habíamos pensado que era posible de por sí, resultó que tenía planes y Vero dijo que eran con su mejor amigo, por lo que no pude evitar pensar en cómo había salido huyendo al no encontrar a Kohaku en el salón. También volví a pensar en lo mismo de ayer, en la suerte de realización que tuve, pero me ahorré le comentario una vez más y lo que hizo Vero bastó para hacerme reír.


    —Yo también, cariño —secundé con algo de ternura colada en la voz—. Yo también.

    Nos acercamos a la 2-3 entonces donde ella asomó la cabeza, yo me acerqué al umbral y también identifiqué al muchacho. Había que verlo nada más, había hasta acomodado las mesas y el cuadro también suavizó algunas de las sensaciones incómodas que traía conmigo. No tardó en notarnos, momento en que nos sonrió con serenidad y solté la mano de Vero anticipándome que se acercaría a él, cosa que hizo. La seguí con un poco menos de prisa y absorbí el cuadro, mira que habría que hacer chistes del tercer ojo, porque andaba notando una de cosas que antes seguro habría pasado por alto.

    Creí percibir un hilo conector entre todo, muy desdibujado, pero era la amabilidad de las tres figuras fundiéndose y las reacciones parecidas o eventos fuera de lo que yo esperaba. Quizás fuese hasta obvio visto de fuera, no tenía idea en verdad, pero tuvo sentido que nuestro escapista se rodeara de estas personas.

    Me había distraído un poco en esas ideas, pero atendí a las palabras de Hubert y creí notar su segundo de meditación, un poco parecido a los de Al y Cay, antes de extenderme su mano. El gesto fue calmo, siguió solapando ciertas nociones, y como seguía un poco aturdida no atajé muy bien mis propios excesos de confianza. Alcancé su mano, pero usé ambas para envolverla y le dediqué una sonrisa algo más amplia.

    —Gracias a ti por invitarnos, cielo —dije mientras dejaba ir su mano—. ¿De verdad no fue mucho trabajo para ti?
     
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    Era notable la rapidez con la que Verónica había recuperado su energía tan distintiva, la cual se percibió en el apretón que dio a mis manos y en la sonrisa radiante que condecoraba su semblante pálido. En su mirada vislumbré destellos de entusiasmo y, a su vez, algo que sin dudas era una curiosidad ciertamente profunda.

    Resultaba evidente que su intriga giraba en torno a la comida que les aguardaba; los ingredientes, su presentación, el sabor. Si debía recurrir a la honestidad, diría que no esperé que se mostrara tan sorprendida cuando, ayer mismo, revelé con simpleza mi experiencia con la cocina. No obstante, esa misma noche, mientras preparaba los cuatro bentos, consideré que su reacción tenía sentido: la vez que Verónica me habló de cómo aprendió a hornear galletas con Kakeru Fujiwara, se mostró increíblemente encantada. Por tanto, intuía que admiraba a las personas que tenían cierto dominio sobre lo culinario, aunque yo no consideraba que lo mío fuese algo especialmente destacable. Directamente no me preocupaba por la cuestión, para ser exactos.

    Concretado el saludo con Verónica, no estuve completamente seguro de cómo proceder con Jezebel. Era una realidad que nos conocíamos muy poco, y por esta certeza me detuve un fugaz instante mientras la miraba, procesando opciones. Ofrecerle mi mano fue mi elección, al considerar que se trataba de un acercamiento respetuoso y a la vez cortés; y que asimismo se asemejaba al saludo que acababa de tener con su amiga.

    No hubo el apretón que esperaba.

    Jezebel envolvió mi mano entre las suyas, brindándole un calor agradable. En cualquier otro tiempo y lugar, la inesperada muestra de confianza me habría desconcertado lo suficiente como para que se notara en mi expresión. Sin embargo, llevaba unas cuántas semanas compartiendo viajes en tren con Verónica, quien a fuerza de ciertos gestos y palabras logró que me habituara a algunos actos confianzudos, como el presente. De este modo, estuve lejos de sorprenderme por el gesto de Jezebel, e incluso se lo correspondí, apoyando mi otra mano en el dorso de la suya.

    Oír su agradecimiento amplió mi sonrisa, a la vez que me hizo cerrar los ojos con solemnidad. Casi que podía sentir la mirada de Verónica sobre nosotros. No me hacía falta verla para saber que, con toda seguridad, que estaba llevándose las palmas a las mejillas para contener un potente brote de ternura. Entre tanto, Vólkov y yo dejamos ir nuestras manos y atendí a su pregunta.

    —Quizás—respondí, reflexivo—. Pero dado que habitúo a hacer esto, no se siente como si fuera mucho trabajo. La fuerza de la costumbre aliviana algunas cosas, supongo. En cualquier caso… —esbocé otra sonrisa, mirando a Jezebel— Vale la pena esforzarse por otros. Espero que lo disfruten.

    —Ay, Hubby —dijo Verónica con la ternura inundando su voz; acercó los labios al oído de Jézebel, para decirle algo que sólo ella pudo escuchar— ¿Se puede ser más tierno?

    Me sonreí ante la escena y, con un amable gesto de mano, las invité a ocupar sus asientos. Las albinas quedaron enfrente mío, y Verónica no tardó en acercar su silla a la de Jezebel. Los bentos yacían frente a nosotros, con su madera emitiendo tenues brillos con la poca luz que venía de afuera. Maxwell se frotó las manos y, con una mirada, pidió permiso para abrir su bento, cosa que en realidad no hacía falta. Pero la "autoricé" con un gesto de cabeza.

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    Su sonrisa se iluminó al ver el contenido. Entonces, carraspeó y me miró.

    —A ver, querido Hubby —dijo—. ¿Podría contarle a estas señoritas con qué se van a deleitar?

    Me reí sutilmente por el teatro que acaba de erigir de la nada, y respondí con calma:

    —Debajo hay una base de arroz con semillas, separada con alga Nori. Lo que tienen a la vista es pollo con salsa Teriyaki, rodajas de Tamagoyaki con un toque dulce muy ligero, e incluí porciones de rábano y pepinos. Y sí, Vero, la salsa es casera —añadí al final, anticipándome a la pregunta de la chica.

    Ella dejó escapar una risa divertida y asintió. Miró a Jezebel para instarla a destapar su bento. Tres pares palillos reposaban al costados de éstos, envueltos en servilletas limpias. Mientras, yo abría mi propio bento, tranquilo. El que iba a estar destinado a Cay lo mantuve guardado en un pequeño bolso que reposaba junto a mis pies, que había traído específicamente para cargar las cuatro porciones almuerzo.
     
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    Zireael

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    Era posible que por tener ya un tiempo relacionándose con Vero este muchacho estuviera aprendiendo a no ser tan vergonzoso o consciente de ciertas aproximaciones, quién sabe. Todo lo que yo supe fue que correspondió a mi saludo de la misma manera, notarlo me hizo sentir algo de calidez y la manera en que su sonrisa se amplió corrió por el mismo cauce.

    Su respuesta se deslizó por algunos de los recovecos de mi mente, pensé en cómo me había quedado con Kakeru el día que apareció en el observatorio con Ishikawa, pensé en el abrazo que le di a Adara en casa y en como Altan, hace ya tantos años, me había defendido de quienes me molestaban. Pensé en el amor de Nani y tío Vik, en la risa de Anna e Isaac, el almuerzo que Cay había traído ayer y el que yo había traído para Kakeru, preparado con ayuda de los niños. Pensé en Anna buscándome para conversar sobre Altan y no pude hacer más que concordar.

    Porque valía la pena esforzarse por otros.

    Aunque a veces fuese complicado.

    Mi sonrisa se suavizó y a pesar de que sentí el cansancio en el cuerpo, asentí a lo que dijo. Antes de darme cuenta percibí que Vero se ponía a cuchichear conmigo, que fuese tan poco discreta me dio algo de vergüenza y la miré haciéndole un gesto con la mano, que pretendió decirle que no anduviera soltando esas cosas así. De todas maneras aunque me sonrojé un poco, al final la tontería me sacó una risa y solté el aire por la nariz.

    En todo caso, nos sentamos y dejé que el entusiasmo de Vero hiciera el grueso de la labor social. No abrí el mío, sino que husmeé el de ella y esperé con atención a que el muchacho dijera qué íbamos a comer, pero ya sólo con verlo todo se veía muy bueno. Conforme fue hablando se me ocurrió que a Cay lo habría puesto muy contento algo como esto, pero que seguro estaba contento ya de por sí donde estaba. El pensamiento me estiró una sonrisa, fue un poco cómico, pero era mi propio chiste interno.

    Tomé aire cuando noté que Hubert me instaba a abrir el bento que me correspondía y así lo hice, me alcanzó el olor de la comida con más claridad y busqué los palillos. Estaba todo tan bonito y se veía tan rico que me daba algo de pena tener que comérmelo.

    —Se ve muy rico, Hubert —comenté mientras tomaba una porción del rollito de huevo para verla mejor—. A mí el tamagoyaki nunca me salió, ¡ahora imagina decirme que haga una salsa casera! No no, terrible. Últimamente los muchachos están saliendo mejores chef que nosotras, ¿a qué sí, Vero?

    Habiendo dicho eso, regresé el trozo de tamagoyaki y me puse a preparar un bocado con un poquito de todo. Asumí que Vero ya estaría en las mismas, pues porque era Vero.

    —Muchas gracias, cielo, y provecho —dije primero para él, luego para los tres.

    El bocado me supo a gloria, entre el disgusto y el mal clima que había dominado desde la mañana no me había puesto a pensar en el efecto de un almuerzo casero en el estado del ánimo. No me di cuenta, pero casi me derretí en la silla y respiré con cierta pesadez mientras masticaba.
     
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    Bruno TDF

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    Fui consciente del rubor que surgió en el rostro de Jezebel a raíz del acercamiento de Verónica y lo que fuese que hubiese susurrado en su oído. Aunque procuró pedirle prudencia con un discreto movimiento de mano, los ojos azules de su amiga ya se estaban deslizando por su rostro teñido de bochorno, su sonrisa suavizándose con creces. Todo el cuadro finalizó con un intercambio de risas entre las albinas y yo, por mi parte, aproveché que las estaba invitando a sentarse para fingir que no había visto la secuencia completa.

    Hice la presentación de la comida. Mi intención fue que hubiese un equilibrio entre los nutrientes, además del de los sabores. El toque dulce del tamagoyaki combinaba bien con las notas del teriyaki; las verduras también cumplían su función en este sentido, además de que permitían limpiar el paladar entre bocados. Y, por supuesto, no podía faltar el arroz japonés como pilar de este almuerzo, era la base de muchas recetas de este país y parte importante de su tradición. Aprender a cocinarlo fue una pequeña odisea, pero me sentía satisfecho con cómo me quedaba últimamente.

    Jezebel me dijo que todo se veía rico, mientras Verónica seguía admirando su bento. Era un buen comienzo, ya que, como se suele decir, la comida también debía entrar por los ojos. Vólkov tomó una rodaja del tamagoyaki, que se veía esponjoso bajo la presión de sus palillos. Con mi bento ya destapado, escuché con educada atención sus palabras, en las que daba entender sus dificultades con algunas recetas, o tal vez se refiriera a la cocina en general. El comentario de que los chicos estaban saliendo mejores chefs me hizo gracia, si bien también sentí curiosidad por saber a quiénes se refería.

    —Ah, ya lo creo —convino Verónica, mirándola; ya tenía los palillos preparados, los había tomado en algún segundo que no la miramos—. Tal vez debamos unir fuerzas un día de estos, ¿qué opinas? Que los muchachitos también merecen una comidita tan apetitosa como esta

    Cerró los ojos y se permitió sentir el aroma del almuerzo, su sonrisa se ensanchó ligeramente. Deseó buen provecho luego de que Jezebel hiciera lo propio, preparando un bocado a la par de ella. Con una leve inclinación de cabeza les deseé lo mismo, preparando mi respectiva porción. No obstante, me permití una fugaz pausa para estar atento a sus gestos apenas probaron el almuerzo…

    Las reacciones de las chicas tuvieron una intensidad dispar, pero ambas expresaron un inmenso disfrute. Vólkov relajó su postura sobre la silla, como si alguna especie de tensión hubiese sido erradicada de su cuerpo. Maxwell fue más efusiva: mientras masticaba, su semblante se suavizó y se llevó una mano a la mejilla; de su pecho brotó un sonido leve, de gozo.

    Cuando quise darme cuenta, el azul de sus ojos estaba clavado en mi semblante. Había sorpresa e ilusión allí, en ese color de océano.

    —Esto es… maravilloso —dijo, y no sonó a exageración ni broma; la chica volvió a echarle una mirada al bento—. Está tan delicioso que me dejó sin palabras —se le escapó una risa baja, emocionada, mientras preparada un bocado de tamagoyaki— Pero no sólo es lo rico que está, las texturas hacen que se disfrute mucho más. Este tamagoyaki, míralo, Jez: está tan esponjosito y cremoso que da pena comerlo, ¿no crees?

    —Por lo general, se pasa su mezcla por el colador una vez, antes de ponerlo en la sartén. Eso permite su consistencia cremosa —expliqué, tras dar cuenta de una pequeña porción de mi bento—. Probé colarlo dos veces, y me alegra saber por ti que no quedó mal.

    —¡Para nada…! Está exquisito y nosotras somos unas privilegiadas —hizo un Chef Kiss al aire, para luego empezar a juntar un trozo de pollo con parte del arroz del fondo—. Algo me dice que tienes mucha experiencia en esto, ¿no?

    —Estás en lo correcto —hice algo de memoria—. Ayudaba mucho en casa, desde que era niño. Aprendí observando a mis padres y luego poniendo en práctica lo que había visto; al principio con supervisión, claro está. Más adelante, había días que estaban tan ocupados con sus profesiones, que yo me encargaba de tenerles la comida preparada —sonreí, fue una expresión más suave al evocar a mi familia, allá en Suecia.

    Verónica intercambio una mirada con Jezebel, e hizo el gesto de quien recibe un flechazo en el pecho. Cerró los ojos.

    —¿Tiny Hubby cocinando? —dijo, visiblemente ablandada—. Aguarden, necesito un momento para procesarlo.

    Suspiré ante el comentario, sonriendo a pesar de todo. Si bien era cierto que por Verónica estaba acostumbrado a los excesos de confianzas, aún no sabía como procesar los halagos que me arrojaba, tanto los implícitos como los explícitos. Miré a Jez y le sonreí, quizá la espera de que me diera una opinión sobre el almuerzo o preguntara algo.
     
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    Habría que estar demasiado distraído para no haberse comido todo el numerito, pero asumí que Hubert eligió hacerse el tonto y pues era mejor así. No que Vero me hubiese dicho algo malo, pero igual era un poco indiscreto habérmelo soltado de esa manera incluso si él no parecía ser de la clase de personas que se molestaban por eso.

    Vero secundó mi comentario de que los chicos nos estaban saliendo mejores cocineros y recordé que no le había comentado todavía del almuerzo que habíamos preparado para Kakeru, tampoco que entre todo hoy había notado que estaba ausente. En todo caso, sonreí ante su idea y asentí con la cabeza, accediendo a su idea.

    —Tal vez deberíamos.

    Me había quedado en la silla y al terminar de masticar busqué algo más de comida, una porción de pollo y arroz. Si bien la inquietud no me abandonaba el cuerpo, al menos me sentía un poco más presente en el mundo, menos desconectada y con eso el riesgo de acabar perdida de verdad se reducía. De nuevo dejé Vero se encargara de comentarios más extensos y pesqué otro trocito de tamagoyaki cuando ella se refirió al respecto.

    —¿Dos veces? Con razón quedó así —acoté un poco sorprendida y comí la porción.

    Nos contó, además, que había aprendido desde pequeño y que en algún punto hasta preparaba las comidas de sus padres cuando estaban ocupados. La mente se me desvió, pensé en las fotos de papá y mamá que había en casa, pensé en mí y pensé en Adara. Había cosas que ya no podíamos hacer, nunca podríamos prepararles una comida... Me quedaban Nani, tío Vic y los niños, no quería desacreditarlos, pero no era lo mismo.

    Me reí un poco cuando Vero se imaginó a Hubert de pequeñito cocinando, la verdad sí daba algo de ternura, y alcé la vista de la comida para mirarlo un momento. Había cierta suavidad en sus ademanes, en la manera que trataba a las personas a pesar de su formalidad, su carácter era afable y sencillo de llevar. Entendía el cariño que Vero y Cay le guardaban.

    —¿A qué se dedican tus padres? Creo que nunca se me ocurrió preguntártelo.

    No tenía comentarios muy elaborados de la comida, todo lo que sabía era que estaba riquísima así que en lo que me respondía fui comiendo un poco más. A la vez balanceé las piernas bajo la mesa, el movimiento fue más para distraerme un poco de mis pensamientos.
     
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    Mantuve la sonrisa al recibir la atención de Jezebel. Se produjo un momento de acogedor silencio en el que nuestras miradas se encontraron, mientras Verónica continuaba con los párpados caídos y la mano en el pecho, lidiando con la evocación de mi yo pasado. Encontraba comodidad en presencia de las albinas, en su amabilidad natural y la dinámica que dejaban ver entre ellas, tan bien provista de confianza y cariño. Vólkov era una chica más tranquila y me daba una impresión de mayor madurez, lo que sin dudas contribuía a la comodidad antes mencionada. A una sinergia mayor, que en nada desmerecía mis otros vínculos.

    La conversación entró en el cauce que había vislumbrado, ya que su pregunta apuntó a las profesiones que mis padres. Un leve asentimiento de mi parte confirmó que, tal como dijo, no había recibido el interrogante con anterioridad. Verónica ya estaba degustando unas rodajas de pepino, de modo que no pudo hacer una acotación y simplemente intercambió una mirada entre nosotros. Al final, asintió con un sutil entusiasmo, como si estuviese aprobando el tema de conversación; lo cierto es que a ella le había hablado un poco de mi familia y a lo que se dedicaban, y en particular la fascinaba el campo donde se desempeñaba Arend Mattsson.

    —Mi padre es científico, centrado en el estudio del universo —comencé diciendo, mientras pasaba los palillos por mi bento—. Se graduó en las carreras de Física y Matemáticas, y posee un doctorado en Astrofísica. Actualmente se desempeña como Director de un observatorio, el Centro Sueco de Investigaciones Astronómicas, CSIA por sus siglas. También colabora, junto con su equipo, en proyectos de la Agencia Espacial Europea.

    Me llevé un bocado discreto al paladar, y degusté sin prisas para que Jezebel pudiera absorber bien la información. Aunque procuré ser escueto, la información era llamativa para gente de nuestra edad. Incluso Bleke, en su impasible calma, mostró cierto interés sobre el tema.

    Verónica aprovechó mi pausa para hacer su aporte, lo cual no me molestó. Le dio un toquecito con el codo a Vólkov, buscando su atención.

    —¿Sabes qué más? Tiny Hubby a veces acompañaba a su padre a su trabajo, y ha pasado noches en el observatorio. Se hizo amiguito de los científicos de allí y hasta le dejaban mirar el cielo en telescopios enormes, tan grandotes que seguro no cabrían en este salón.

    Me reí, el sonido fue suave pero cristalino. Ratifiqué la información de Vero con un sereno asentimiento.

    —Y mi madre… —proseguí— Es dueña de una biblioteca en Estocolmo, que se heredó desde la época de mis tatarabuelos, según supe. Técnicamente se trata de una biblioteca privada familiar, pero hoy día es de acceso público; hasta se implementó un sistema de socios, con Carnet de Lector y demás.

    Hice una pausa para mirar específicamente a Jezebel. Mi sonrisa se extendió, hubo una chispa de simpatía y afabilidad en el gesto. Dado que éramos compañeros del Club de Lectura, sabía bien que esta parte de mi respuesta debía estar trayéndole, quizá, una cuota de emoción.

    —Esa biblioteca es, asimismo, el hogar donde crecí —conté—. Mis padres y yo vivimos en un sector del edificio donde funciona. Si bien los espacios están separados, en cada rincón de la casa igual verías pilas de libros aún sin catalogar, recibidos de grandes donaciones —hice un pausa para comer un poco, para luego añadir:—Cuando la biblioteca cerraba y no quedaba nadie, daba pequeños paseos entre sus estanterías, buscando mi siguiente libro por leer.
     
    Última edición: 27 Febrero 2025
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    Vero estaba ocupada comiendo, por decir algo, aprobó el tema de conversación sin detenerse como tal y notarlo me hizo reír por lo bajo. En todo caso, centré mi atención en Hubert y en lo que el muchacho hablaba fui comiendo un poco más, traté de ir barriendo también cualquier sensación extraña o pensamiento fuera de lugar. Empezamos fuerte, porque resultaba que el padre era graduado de Física y Matemáticas, con un posgrado en Astrofísica, al oírlo abrí un poco más los ojos, sorprendida. Encima sonaba importantísimo, con el puesto de director y los proyectos.

    —¿Hace mucho es director del CSIA? —Busqué saber, curiosa.

    No me sorprendería que resultara que Hubert era hijo de una suerte de Erik Sonnen, la verdad, había mucha gente inteligente en el mundo. Además eso también explicaría algunas cosas que percibía en él y la información que soltó Vero luego de haber llamado mi atención se sumó a eso. Se me escapó una risa por la nariz al imaginar a un adolescente entre científicos, pero era lo mismo que Altan entre informáticos. Algo los hacía parecer más cómodos y tranquilos en ese ambiente.

    —Seguro conoces un montón de gente interesante —afirmé con algo de diversión en la voz.

    Él continuó con su madre entonces y apenas dijo que era dueña de una biblioteca, dejé los palillos en el bento y lo miré con muchísimo más interés. Era una herencia, encima, contaba como biblioteca privada aunque eligieron abrirla al público y eso me parecía maravilloso, incluso me hizo sonreír con más amplitud. Lo que añadió luego me hizo pensar en el observatorio con su telescopio y los libros, pensé también en cómo Cayden había parecido aliviado al encontrar ese espacio de silencio. A todos nos aliviaba, tal vez, en diferentes grados. Al menos a los introvertidos quería decir.

    —Haber crecido con acceso a una biblioteca así debió ser increíble —afirmé junto a una risa—. Y explica también tu gusto por la lectura, sin duda.
     
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    En el semblante de Jezebel noté la impresión que le causó la trayectoria y profesión de Arend, y por lo mismo hice la pequeña pausa para que asimilara el hecho lo mejor que pudiera. Verónica acompañó su reacción, a pesar de que ya conocía estos datos sobre mi padre. Escucharme hablar sobre su carrera y el observatorio le provocó la misma fascinación que la primera vez, lo que se vio en el brillo de sus ojos, mientras seguía dando cuenta de su ración de almuerzo. Ella misma me reconoció, en uno de nuestros viajes en tren, que no era una entusiasta de las ciencias ni de temas complejos similares; pero remarcó que escucharme hablar de mi padre le hacía ver las estrellas de otro modo.

    Vólkov preguntó por el tiempo que Arend llevaba como director del observatorio. Asentí en silencio, mientras mis ojos repasaban tranquilamente la mesa improvisada. Antes de hablar, hice un discreto gesto con la mano hacia las chicas, como pidiéndoles que me concedieran un segundo. Me incliné sobre el bolso que yacía junto a mis pies, y de él saqué una botella de agua mediana y tres de los cuatro vasos descartables que poseía, los cuales había pedido como cortesía a las empleadas de la cafetería. Debido a mi repentino cambio de planes, que implicaba que Jezebel y Verónica quizá no pasaran por la máquina expendedora de abajo; preferí adelantarme a la posibilidad apenas comenzó el receso, valiéndole de la agilidad de los ascensores.

    Acomodé los vasos frente a las chicas y, mientras les servía el agua, respondí a la pregunta.

    —Arend, así se llama mi padre; es director del CSIA desde su fundación hace diez años —dije, con la mirada puesta en los ojos ámbar—. De hecho, impulsó su construcción y financiamiento con apoyo del Ministerio de Ciencias de Suecia y organizaciones relacionadas al tema. Es un hombre de gran prestigio en el campo de las ciencias, aunque él no le da mucha importancia a la cuestión —expliqué con calma, dejando entrever que yo tampoco me estaba luciendo al respecto—; pero eso le fue de gran ayuda para cumplir su propósito, ya que con el observatorio impulsa el desarrollo de la ciencia y tecnología en nuestro país. Aunque yo creo que la verdadera clave… fue que supo contagiar su pasión a los demás —les sonreí, a ambas—. Si amas hacer algo, como estudiar los misterios del universo, practicar artes marciales o leer… chispas de ese amor pueden inspirar a otros y ampliar sus horizontes, aunque sea un poco.

    Comí un poco de rábano para despejar los sabores adheridos al paladar, que terminé de limpiar con un trago de agua. Verónica entonces le contó sobre mis visitas al observatorio y mi trato con los demás profesionales. Jezebel apuntó que debía conocer personas interesantes, y el tono divertido de su voz se me traspasó a la risa que dejé escapar tras mi mano, que sonó baja y suave.

    —Y son todos son entusiastas, de buen corazón —apunté, sin darme cuenta del cariño que se imprimió en mi voz al recordar a los científicos del observatorio—. Es un grupo no muy grande, aunque sí muy variado en cuanto a historias, aspiraciones y edades. Los mayores, sin excepción, se la pasaban diciendo que me querían adoptar como su nieto —finalicé con gracia, a la vez que Verónica se reía de lo más enternecida.

    Lo cierto es que me hacía bien hablar del observatorio con los demás. Jezebel acertaba al pensar que los introvertidos encontrábamos cierta tranquilidad en espacios de estas características, así fuese en el sólo acto de evocarlos. En cualquier caso, pronto pasamos a hablar de otro lugar que me transmitía la misma paz, que era la biblioteca donde había crecido. Jezebel dejó los palillos reposando en el bento, su mirada se tornó mucho más centrada, reflejando la profundización de su interés. Verónica no dijo nada. Su rostro estaba girado en mi dirección, pero, sin ningún tipo de disimulo, miraba de reojo a la chica. El azul de su mirada se llenó de suavidad al ver cómo la sonrisa de Vólkov se ampliaba al escuchar que nuestra biblioteca era abierta al público. Para mí, resultaba evidente lo mucho que a Maxwell le gustaba ver sonreír a una persona tan querida para ella. Además, según me dijo una vez, admiraba la faceta lectora de Jezebel y deseaba que un día le leyera algo, cerrar los ojos para imaginar lo que su voz relatara.

    En cualquier caso, asentí con serenidad al comentario de la albina, de que lo de la biblioteca explicaba mi gusto por la lectura.

    —Era mi destino, por estar rodeado de libros desde mi nacimiento —apunté a modo de broma, si bien lo que dije era cierto; por lo mismo, aprendí a leer a una edad muy temprana, antes de empezar la escuela, pero no lo mencioné por creer que sonaría presumido de mi parte—. ¿Cómo empezaste tu camino por el mundo de la lectura, por cierto? ¿Hay algún libro o autor que atesoras de forma especial?

    Verónica asintió con el entusiasmo de antes.

    —Lo mismo quiero saber, preciosa —dijo, clavando el codo en la mesa y reposando la mejilla en su mano, mirando a Vólkov con una gran sonrisa—. Nunca se me ocurrió preguntártelo, ups.
     
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    Pregunté por el tiempo que llevaba su padre siendo el director, pero el muchacho no respondió de inmediato, en su lugar hizo una seña y me limité a esperar. Lo que hizo finalmente fue sacar una botella de agua junto a unos vasos para servirla, el gesto me pareció precavido de su parte en vistas de que no habíamos ido a la máquina de abajo al final. Lo miré servir el agua en tanto él me contestaba y, para sorpresa de nadie, resultó que Arend había estado involucrado desde la fundación del CSIA. Me permití una sonrisa que fue más para mí que para el grupo y fui asintiendo, para que supiera que seguía oyéndolo.

    —La pasión es clave para hacer cosas bien hechas —acoté antes de alcanzar el vaso que me correspondía para darle un sorbo, usé ese tiempo para pensar un poco—. De hecho, hay una cita muy bonita de las cartas de Van Gogh a su hermano Théo, es un poco más larga, pero en una parte dice "Es bueno amar tanto como se pueda, porque ahí radica la verdadera fuerza, y el que mucho ama realiza grandes cosas y se siente capaz, y lo que se hace por amor está bien hecho". Aplica para muchas cosas creo yo, pero lo pienso con frecuencia al ver a personas que aman y disfrutan las profesiones que eligieron, pues es así como su conocimiento alcanza a los demás.

    Lo de las personas que conocía nos llevó a otra respuesta en apariencia apropiada según lo que se veía de su carácter. Comí un poco de pepino, para cambiar un poco de sabores, y me reí al escuchar que los mayores hasta querían adoptarlo como su nieto. No los culpaba, había algo en Hubert, en su manera de ser, que despertaba cierta necesidad de cuidado o protección o al menos a mí me lo parecía.

    No vi necesario añadir nada más respecto a eso, así que no lo hice y nos movimos a los de la biblioteca de la que se encargaba su madre. Su respuesta me estiró una nueva sonrisa, al final el asunto desembocó en una pregunta para mí y atendí a ella luego de haber comido algo más y bebido agua de nuevo.

    —De pequeña, imagino que tendría menos de cinco años. Hay fotos mías con libros de cuentos, que ya con algo más de edad recuerdo que me leían y me gustaba mucho. De ahí supongo que empecé a asociar los libros con cosas agradables —dije mientras preparaba otro bocado—. Leer por mí misma me costó un poco... El proceso de lectoescritura ocurre en simultáneo, a fin de cuentas, y escribir medio que fue un incordio. Soy zurda y una de mis maestras estaba empeñada en que usara la mano derecha, hasta que pude escribir con la mano correcta pude avanzar bien en lo demás.

    Hice una nueva pausa, esta vez fue para pensar en lo de los autores o libros que atesorara, sobre todo en vistas de que a Vero también le interesaba saberlo. Solía cambiar los autores que me gustaban con frecuencia, un año era uno, al siguiente otro y de repente volvía al que me había gustado antes. Estaba el libro de cuentos nórdicos y ahora la versión de cómic que me había regalado Kakeru.

    —Anduve leyendo a Kokoro de Sōseki Natsume, aunque no suelo leer autores japoneses, y me gustó el flujo de la narración. Me parece llevadero y comprensible, me leí un par más de libros suyos en paralelo —contesté entonces, no me di cuenta de que había ampliado la sonrisa—. Me gusta mucho una colección de cuentos nórdicos, East of the Sun and West of the Moon ilustrada por Kay Nielsen y hace poco un amigo me regaló un libro de cómic que traía varios cuentos de estos, entonces creo que me gusta más que antes. No es nada complejo, sólo tiene valor emocional. ¿Tú tienes algún favorito, Hubert? Autor o libro.
     
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    Jezebel acompañó mis palabras con una cita proveniente de la correspondencia de Van Gogh. En la misma, el pintor hablaba del amor como el lugar donde residía una fuerza que nos servía de impulso para obrar en diferentes cuestiones. La chica comentó que pensaba en esto al ver a las personas gozando con plenitud de sus profesiones, como podía ser el caso de Arend y asimismo el de mi madre, que amaba la biblioteca y todo lo que había en ella, incluyéndome a mí y a mi padre. Aunque la charla se enfocaba en profesiones y actividades… no pude evitar pensar en el amor que uno podía dar a otra persona. Mi mente se desvió en una dirección ajena a esta mesa, lo que me forzó a beber un poco de mi vaso mientras asentía en dirección a Jezebel. Disimulé mi instante de distracción, que aunque no duró más de un segundo, tuvo un impacto tan certero como frustrante.

    Porque rememoré el intenso amor que había dado a Effy, y en cómo esa fuerza se transformó en algo que estuvo a punto de hundirme.

    Algo contra lo que aun luchaba.
    No acoté nada más, la charla siguió su curso y entonces, con mi mente recompuesta, quise saber sobre la incursión de Jezebel en la actividad de la lectura. Mi interés era genuino y, además, con esto pretendía conocerla un poco más, tal vez por un deseo inconsciente de que entabláramos amistad en un futuro cercano. Verónica, que ya había dado cuenta de una cantidad generosa de su almuerzo, me acompañó en la pregunta que hice, e incluso se acomodó para poder mirarla mejor. En los ojos de Maxwell volví a ser testigo de ese brillo particular, que sólo aparecía en presencia de Vólkov. La forma en que la miraba no sólo reflejaba lo mucho que la quería, sino que además no se detenía a moderar su expresión. No escondía el amor que contenía su corazón, lo enseñaba sin miedo alguno. Verla así me hizo pensar en la cita de Van Gogh.

    Una sonrisa quiso bailarme en los labios, la cual atajé para escuchar el pequeño relato de Jezebel, que comenzaba en su infancia temprana.

    —Me encantaría ver esas fotos —dijo Verónica aprovechando una pausa; por el modo en que cerró los ojos y afianzó la mano sobre su mejilla, fue obvio en lo que estaba pensando—. Es que… ¿Little Jez, ya con libros en sus manos? Seguro eras una cosita super-dulce y muy bonita —abrió los ojos, le sonrió y luego le dio una caricia en el hombro—. Justo como ahora.

    Honestamente, admiraba la soltura con la que Verónica podía decir cosas semejantes.

    Comí otro poco mientras seguía escuchando la respuesta de Jezebel, y fue en la parte de los libros donde presté una atención mayor. Me llamó la atención que no leyera autores japoneses, quizá porque contrastaba con mi propia experiencia: desde que había a llegado a Japón, me volqué por completo a la lectura de sus autores nativos, más que nada porque los libros que aquí se vendían no llegaban, en su mayoría, a tierras europeas. Pese a todo, Vólkov me contó que había leído Kokoro de Soseki Natsume, título que quedó inmediatamente grabado entre mis memorias para una lectura futura. Pero lo que más captó mi atención fue la segunda mención, la del libro de cuentos nórdicos; el interés se habrá visto con claridad en la oscuridad de mis ojos.

    Mi sonrisa se ensanchó ligeramente al saber del regalo que le hicieron. Me permití centrarme un poco en eso, antes de contestarle.

    —Ha sido un gesto muy bonito, el de tu amigo —comenté ante todo, mientras preparaba otra porción entre los palillos.

    —Estoy muy de acuerdo, señorito Hubby —acotó Verónica, enternecida—. El que le dejó el regalito fue Fuji, ¿no es un amor?

    —¿De verdad? —sonreí, intercambiando una mirada con las chicas; comí otro poco, pensativo— Kakeru parece ser un senpai muy atento y considerado, por lo que veo.

    —¡Y dulce…! Sería muy bonito que algún día se conozcan. Ustedes dos son muy tranquilitos y amables. Seguro se llevan muy bien.

    Cerré los ojos y asentí, sereno. La idea no me sonaba mal, pero quién sabe si algún día coincidiríamos por nuestra cuenta. Habría que dejar que el tiempo lo decidiera. Mientras tanto, mis ojos volvieron a encontrar los de Jezébel, a quien respondí.

    —Mi autor favorito es Edgar Allan Poe —dije—. En general, me aboco mucho a la lectura de relatos de suspenso, pero la prosa de Poe tiene algo que me resulta especial, aunque indefinible. Es un misterio en sí mismo —hice una pausa, pensativo—. Me gusta mucho su cuento titulado Los crímenes de la calle Morgue, el cual fundó las bases para la narrativa de detectives y asentó las bases del género policial clásico. Incluso se dice que Sherlock Holmes está basado en uno de los protagonistas de este cuento, el detective Chevalier Auguste Dupin.

    >>Este cuento, por otra parte, comienza con un interesante monólogo que habla de la figura del “analista” y cómo este interpreta el mundo a través de un extremo raciocinio, con la capacidad de observación como su único recurso. Estas nociones se aplican al personaje de Dupin, pero… —bebí un poco de agua y sonreí con algo de vergüenza, no mucha—. Admito que me identifico un poco con eso.

    Fue entonces que percibí algo, quizá por intuición. Mis iris negros se desviaron por un momento hacia el distante umbral de la puerta del salón. Reconocí la figura de Bleke, su cabello corto, el rubio ceniza, pero no me encontré con el celeste oscuro de sus ojos a pesar de que, por algún motivo, sentí que alguien me había mirado. Consideré la posibilidad de saludarla con un movimiento de mano, cosa que al final no hice al ver que estaba conversando con otras dos personas, de cabello negro. En cualquier caso, su presencia en la puerta del salón me recordó lo que me había hablado en la biblioteca de la mansión Middel. En el craso error que cometimos con tanta torpeza en el campamento, y sobre el que todavía estaba pensando si valía la pena actuar o no.

    Verónica notó el movimiento de mis ojos. Miró de reojo en mi misma dirección. Sólo supe que también notó a Bleke, porque de entre sus labios brotó un “Oh” y luego, cuando regresó la atención a mí, me dedicó una sonrisa cargada de picardía a la que preferí no darle un significado concreto.


    ¿La calle "Cerrar una interacción"? Disculpá, no soy de por acá.
     
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    Al elegir la cita no se me ocurrió que implicara más cosas aunque siempre era una posibilidad, yo misma podía hacer otra lectura de ella sin demasiado problema, pero hoy no fue el caso. Jamás habría pensado que, sin querer, había desviado los pensamientos de Hubert a otra área y aunque ahora estaba en un viaje de "darme cuenta", lo cierto era que no tenía un gran don de observación, mucho menos si la gente disimulaba su estado. Una cosa era ver a Altan deteriorado y a Cay siempre cansado y atontado, otra que Hubert dejara lo que había sentido bajo la mesa.

    La conversación siguió su curso, Vero se comió una buena parte del almuerzo y la vi acomodarse mejor para poder verme. No hizo falta que la mirara para que notara el cariño que debía haber en sus ojos, pues era siempre el mismo, fue ese el cariño que luego se solapó con lo que dijo de querer ver las fotos. La tontería me dio algo de vergüenza, pero también me hizo reír y estiré una mano para depositarla en su regazo. Usé la suerte de ancla para zarandearla un poco.

    —Basta, no te distraigas tan fácil, Vero —la molesté medio porque sí, ni siquiera se había desviado tanto de la charla.

    No me quedaba mucho en el bento, así que sin apartar el punto de contacto comí lo que me quedaba y sentí con más claridad que el almuerzo me había ayudado, que me sentía un poco más fresca y más yo misma. De hecho hasta había dejado de llover y eso sin duda me ayudaría con el ánimo, luego quedaba el qué hacer con el asunto de Adara. No quería dejarla sola, pero tampoco quería borrarme a mí misma para lograrlo. Debía tener la conversación con tal de avanzar, lo sabía.

    En todo caso, les hablé del autor del momento y también del libro de cuentos nórdicos, se los habría mostrado porque era usual que lo llevara conmigo, pero pues estaba en el salón por el tema de que pedí permiso para retirarme. A Hubert le interesó, al menos eso noté, y supuse que no tendría problema en prestárselo alguna vez. Era lector, iba a cuidarlo y ahora que tenía el libro de cómics no lo echaría tan en falta.

    —Lo es —acoté a los comentarios sobre Kakeru, aunque volví a pensar en su ausencia y algo vibró de forma un poco distinta—. Me olvidé de contarte, Vero, pero el otro día le traje un almuerzo que preparamos en casa, porque como a los niños también les gustó pues todos queríamos darle las gracias. Le gustó bastante, se veía contento...

    Lo narré por encima, para no desviar tanto la conversación de su centro, ya otro día le contaría de Shinomiya y en el camino de regreso al tercer piso podría decirle que estaba ausente. Con eso en mente, fue nuestro turno de escuchar a Hubert y me hizo algo de gracia que dijera que su autor favorito era Poe, el hombre me parecía un poco... desesperanzador. Contrastaba con la amabilidad del muchacho, era lo que quería decir.

    —Creo haber leído algo sobre eso, de la relación de este cuento con la posterior aparición de Sherlock Holmes —comenté al encontrar un espacio entre sus palabras, también me permití una sonrisa al oírlo decir que se identificaba con la identificación del mundo a través del raciocinio (y no cualquiera, ojo, era uno extremo)—. Nadie te conoce mejor que tú mismo. Por eso es curioso cuando leyendo a veces nos encontramos reflejos propios, algunas veces incluso ayudan a reflexionar, ¿no crees?

    Fue un poco automático, pero seguí la mirada de Hubert cuando se desvió y así reconocí el cabello de Bleke, pero vi que estaba con otras dos personas y reconocí, un poco al vuelo, al otro muchacho de cabello negro. Era de los nuevos, bueno, relativamente nuevos, ¿no? Lombardi era el apellido. Total que en ese breve vistazo me perdí de la reacción de Vero.

    Bebí algo más de agua, se me ocurrió revisar la hora en el móvil y vi que no nos quedaba demasiado tiempo. Era una lástima, estaba bien aquí y no me entusiasmaba especialmente la idea de regresar al salón, pero tampoco podía escapar todo el día.

    —Gracias de nuevo por la comida, cielo, estuvo muy rica —dije para Hubert dedicándole una sonrisa—. Y también me gustó mucho pasar el receso con ambos.

    Nos quedaban unos minutos, así que podríamos charlar un poquito más y ya luego subir. Como estábamos a medio camino no teníamos que pensar en que llegaríamos tarde.

    —Ah, otro día puedo mostrarte el libro de cuentos nórdicos si te interesa. Incluso podría prestártelo, no sería un gran drama.


    pasame la dirección otra vez, porque no encuentro esa calle

    BUENO se intentó cerrar, este vendría a ser mi último post, así que gracias por inventarte este almuercito de los niños uvu lo disfruté mucho
     
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    Frente al comentario que hizo Verónica sobre Jezebel, opté por no hacer acotaciones y evitar cualquier ademán que pudiese incomodar a la destinataria. Si bien Maxwell comenzó refiriéndose a las fotografías de la niñez de su amiga, no perdió ocasión para dedicar un cumplido hacia su dulzura y belleza actuales, algo que terminó calando en Vólkov a un punto tal que me permitió percibir el aura de vergüenza que la envolvió. Pese al hecho de tenerme como testigo, la albina aceptó con una risa las palabras recibidas y, acto seguido, estiró la mano hacia el regazo de Verónica. Mis ojos, tan inevitablemente atentos, percibieron la sutileza con la que el cuerpo de Maxwell se estremeció al recibir el contacto, aunque pronto se echó a reír por lo bajo cuando le pidieron que no se distrajera con tanta facilidad. La broma terminó por causarme gracia a mí también, por lo que reímos los tres juntos. Con un ligero rubor en las mejillas, Verónica apoyó su mano sobre la de Jezebel y continuaron comiendo así, sin perder el punto de contacto, mientras la conversación fluía.

    Al hablar de Fujiwara, Vólkov recordó que le había traído un almuerzo preparado en su hogar, mencionando a unos niños a los que también les había gustado el libro de cómics. Fue un detalle con el que expresaron su gratitud por el obsequio de Kakeru, lo que iluminó un poco mi sonrisa serena. Hasta debí retener una ligera risa tras mis labios cerrados, pues el hecho se me hizo bastante tierno. No iría a decir eso en voz alta.

    Verónica dejó escapar un suspiro que suavizó su sonrisa. Acarició la mano de Vólkov, acción que quedó fuera de mi vista.

    —Seguro lo hicieron feliz —dijo con convicción—. A Fuji le llegan mucho este tipo de cosas. Hay a veces que, además de dulce, se me hace un chico sensible.

    Sonreí. Tenían en buena estima a Fujiwara, lo que contribuía a que sintiera cierto interés por conocerlo en persona, entablar alguna conversación cordial. El tema, no obstante, finalizó en este punto para dar lugar a mi predilección por Edgar Allan Poe, un gusto que sorprendía a más de uno en vistas del carácter que poseía. Aunque en principio dudé, también confesé que me identificaba con la figura del analista extremadamente racional. Jezebel hizo un comentario al respecto, hablando de reflejos. Asentí, acompañando su perspectiva.

    —Toda reflexión es necesaria, cada reflejo nos ayuda a crecer —convine— Aunque algunos pueden llegar a ser ciertamente duros...

    Para este punto no nos quedaba mucho tiempo de receso, así lo confirmó una mirada al reloj. De todos modos, nuestros bentos se hallaban casi por completo vacíos, por lo que me alegró haber calculado bien las cantidades de comida. Jezebel agradeció nuevamente por el almuerzo que les había preparado. Volvió a llamarme “cielo” con la misma confianza que al principio de esta reunión, apelativo que terminé aceptando con naturalidad casi sin darme cuenta. En cualquier caso, le sonreí con suma amabilidad. Y cuando añadió que le encantó pasar el receso con nosotros, Verónica la envolvió en un abrazo y le dio un par de besos en la mejilla.

    —Lo mismo digo, Jezebel —dije, tras guardar los bentos vacíos; la sonrisa me entrecerró los ojos—. Espero que podamos tener más momentos como este, y a la brevedad —luego, cuando propuso prestarme el libro de los cuentos nórdicos, no pude disimular del todo el brillo de entusiasmo que hubo en mi mirada— ¿Segura que no hay drama con eso? —quise corroborar, y al final la sonrisa me cerró los ojos por completo, contento por esta muestra de confianza— Muchas gracias.

    Nuestros minutos finales transcurrieron en calma y, para cuando les llegó la hora de regresar, le pedí un favor a Jez: que le diera a Cay su bento, y que por favor le dijera que lo había cocinado yo. Pero, además de eso, incluí una nota escrita por mi puño y letra: contenía una cita de Unamuno sobre la amistad.


    “Cada nuevo amigo que ganamos en la carrera de la vida nos perfecciona y enriquece más aún por lo que de nosotros mismos nos descubre, que por lo que de él mismo nos da” - Miguel de Unamuno
     
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    Podían llamarme loca, pero creí notar que Vero se estremeció cuando la toqué y me debatí un momento si había sido por mí o por otra cosa, en vistas de lo de ayer; de haber estado solas la habría molestado de nuevo, pero me reservé la tontería. De cualquier forma, ella apoyó la mano sobre la mía y nos quedamos así el rato restante, entre los comentarios sobre el almuerzo para Kakeru y lo demás.

    Asentí cuando señaló que también era sensible, ahora me quedaba más claro, y recibí la caricia de Vero en la mano. La verdad tenía pinta de que podía llevarse bien con Hubert, los dos parecían tranquilos y llevaderos, aunque quizás fuese un poco gracioso de ver por las maneras tan formales del menor. No me sentía todavía lo bastante cercana a Hubert como para decirle de presentarlos, tal vez sondearlo con Kakeru era menos extraño y todo, pero a fin de cuentas podrían conocerse en otro momento o eso quería pensar.

    Un rato después, ya en la conversación de la reflexión, giré con cuidado la mano para estrechar la de Vero y asentí a lo que dijo el muchacho. Comprendía que los reflejos también eran difíciles de aceptar, me acordé de la conversación con Anna, lo de Adara y varias otras cosas. Casi nada era fácil en esta vida si debíamos ser sinceros, así que lo mejor era que lo aceptáramos y nos quedáramos con los buenos momentos.

    Luego de agradecerles, Vero me envolvió en un abrazo y reí por lo bajo, estirando los brazos para corresponderle el gesto lo mejor que me permitió la posición. Acepté los besos también y le dediqué caricias vagas en la espalda antes de soltarla. Después de todo lo que le había dicho a Cay era cierto, estar con ella me tranquilizaba.

    —Para nada, cariño. Si quieres te lo puedo traer algún día de la otra semana, sin problema, y me lo devuelves cuando gustes —afirmé ante lo del préstamo del libro, su entusiasmo se me antojó tierno.

    Cuando llegó la hora de despedirnos para subir Hubert me pidió que le llevara a Cayden la comida que le había preparado y por supuesto que accedí. Intuía que a una parte de él le daría pena haber rechazado el almuerzo, mucho más ahora que llegaría yo con algo que su amigo le había preparado, pero también asumí que lo haría sentir mejor un gesto así.


    *emoji de auto rojo* KACHOW

    ahora sí, colorín colorado, este cuento se ha acabado
     
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