Capítulo 12 En fila india —Caleb tiene razón —razonó Timothy—. Lo de las cartas y los casilleros, así como la trifulca de ayer no debe interesarnos, sino ayudar a nuestro amigo. Lo que no entiendo es, ¿cómo que una maldición? Caleb los miró más malhumorado. Se encogió de hombros y dijo: —Lo siento, es todo lo que sé. ¿Creen que fue fácil para mí escabullirme de los ojos de la secretaria de la Mariana para entrar hasta la misma oficina de la directora y enterarme de lo que platicaron ella y Modesto Castillo? ¡Está bien que me dicen el misterioso, pero no soy el mago Haudini! ¡Así que si quieren saber más, sigan a Theus, así es como se entera uno de todo! ¡Ups! ¡Revelé mi secreto! ¿Ven lo que me hacen hacer? Y renegando, se fue de allí. Los amigos sólo atinaron a mirarse, después reaccionando, siguieron el consejo de Caleb y se fueron a buscar a Matheus a los sitios del campus que él más visitaba para espiarlo, pero como no lo encontraron, se dieron a la tarea de buscar a Caleb . Lo encontraron en la parte del extenso jardín que funcionaba como comedor. Caleb disfrutaba de sus alimentos, pero cuando vio acercarse a sus amigos, dejó el emparedado a medio terminar sobre la mesa. Supo al instante que era todo lo que comería. Ciro se situó a su lado y ordenó con sequedad: —Tú serás quien vigile a Theus y nos mantendrás bien informados de todo lo que hace. —Sí, sí —dijo Caleb, resignado—, ya sabía que sería yo el que hiciera eso, por eso les comunico que en este momento, Theus y Lorena están platicando detrás de los baños. —¿No que no había venido a clases? —inquirió Silvia —¡No soy perfecto! —gritó Caleb— ¡Yo también me equivoco a veces! ¡Yo qué iba a saber que se escaparía de su casa y vendría a ver a su novio! —Vamos a los baños —dijo Marlon—, Y Caleb, no grites. Todos siguieron a Marlon, pero el reclamo de Caleb había llamado la atención de Damián que, acompañado de René, terminaban su almuerzo sentados en otra mesa, no muy lejos de la que había ocupado el misterioso. —¿Escuchaste, René? —preguntó Damián—. Son los amigos de mi hermano. ¿Será que ellos saben lo que le sucede? Se ven como muy misteriosos. —¿Los seguimos? —preguntó René terminando su refresco con un último trago. Los siguieron sin notar que no muy lejos de ellos, sentada ante otra mesa, Lina los miraba resentida, a su ex, principalmente y el resentimiento creció cuando se dio cuenta que iba detrás de Silvia Macías. Bastante malhumorada, refunfuñó: —¡Traidor! ¡Y sigue negando que no me engaña con esa anciana! ¡No lo perdono! ¡No lo perdono! Así que lo siguió con enormes deseos de tomarlo por esa negra cabellera que tenía y dejarlo calvo. Su pésimo humor no le dio la oportunidad de ver que pasaba al lado de Sarah y que ésta la miraba despectiva, desprecio que aumentó cuando se dio cuenta que iba detrás de René. ¿Y decía no haberle enviado la carta? ¡Mala amiga! ¡No! ¡Mala ex amiga! Ahora, Sarah se dio a la tarea de seguir a Lina. Ajenos a esta persecución, los amigos de Theus llegaron a los baños y con mucho sigilo, los rodearon para ir a la parte de atrás y espiar a los novios que efectivamente platicaban. Damián y René hicieron lo mismo sin advertir que de los baños de hombres salían Mauro y Darío, compañeros suyos y que su actitud de cautela había atraído su atención. —¿Qué hacen esos dos? —preguntó Mauro— ¿Te parece que siguen a alguien, Darío? En eso, frente a ellos pasó Lina y detrás de ella Sarah, tratando de esconderse en unos árboles para ocultarse de las ocasionales miradas que Lina daba hacia atrás. —Me parece que sí. Y Lina los siguen a ellos y Sarah a Lina. ¡Ja! Una curiosa persecución en fila india —dijo Darío— ¿Qué se traerán? ¿Tú crees que haya pelea como la de ayer? —la pregunta sonó llena de entusiasmo— ¡Con lo que me gustan esas peleas! ¿Nos unimos a la fila? —Sí —respondió Mauro—. ¡Pero guarda silencio! No hay que atraer la atención. —¿La atención de quién?—inquirió Marcos Lizardi que iba llegando en ese momento. —La atención de nadie, Lizardi —respondió Darío, desdeñoso—. Ocúpate de tus propios asuntos. Se liaron en un intercambio de palabras sobre cuestión de asuntos propios mientras detrás de los baños ocurría lo siguiente: —¡Oh, Theus! —exclamó Lorena con ojos llenos de lágrimas—. Sé que tienes razón y debemos dejar de vernos hasta que encontremos la solución a esta maldición, pero, ¿no entiendes que mi tía me mandará de interna a Deguchi? ¿No has escuchado nada de lo que te he dicho? ¡Si entro a Deguchi no volveremos a vernos nunca más! ¡Ese internado es una fortaleza! ¡No habrá manera de que me escape de allí! Ahora sus lágrimas corrían por su rostro y sus ojos, brillantes por ellas, miraban suplicantes al muchacho, quien todo acongojado, la abrazó apretándola fuertemente. —Lo sé, Lorena —murmuró con voz ronca—. Yo también sufro al pensar en no volverte a ver, pero no quiero que mueras. El recuerdo de la pesadilla lo estremeció. Lorena recargó su cabeza en su pecho y pudo escuchar el palpitante corazón, demasiado apresurado y supo que él estaba realmente asustado. Levantó la cabeza para mirarlo y los grises le confirmaron el miedo que sentía. —No quiero que mueras —repitió, con voz aún más ronca—. Te amo, Lorena. No muy lejos de allí cuatro pares de ojos los miraban enternecidos y un par con irritación. Muy apenas alcanzaban a escuchar lo que la pareja de enamorados decía, pero la actitud de ellos les decía todo. —La ama —murmuró Silvia emocionada— ¡Qué romántico! —¡Qué tonto! —masculló Ciro con sequedad, obviando que era el de la mirada llena de irritación—¡Qué necio! Atrás de ellos, ocultos por un depósito de basura, René y Damián podían ver a los cinco y también a Theus y Lorena. —¿Qué hace tu hermano? —preguntó René divertido— ¿A quién está abrazando? —No lo sé —musitó Damián—. Creo que es… ¿Cómo se llama? Me parece que va en nuestra clase, pero no sé. Es la chica esa que se cohibió cuando… —¡Ah, sí! Ya la recuerdo. Marcos dijo que se llama Lorena Rivas. Volviendo con Lizardi, se había decidido, después de una discusión sobre los asuntos personales que no llevaba a ningún lado, que los tres, Mauro, Darío y él, se asomarían sigilosamente para echarle una miradita a René, a Damián y a las dos chicas que, ocultas entre las flores del jardín, espiaban. Desafortunadamente para los tres, los lugares que servían para ocultarse y no ser advertidos, estaban ocupados, así que tuvieron que regresar sobre sus pasos, de prisa, molestos por no haber podido ocultarse. —¿Notaron eso? —preguntó Marcos, asomando la cabeza por el final de la pared frontal de la construcción que formaba los baños y que les servía de resguardo, para mirar más allá de Damián y René—. Allá se ven los amigos del hermano de Damián. —¡Déjame ver eso! —pidió Mauro, asomando su cabeza por encima de la de Maarcos— ¡Es verdad! ¿Acaso ese mal compañero está espiando a mi Silvia? —¿A tu Silvia? —inquirió Darío asomando la cabeza por encima de Mauro— ¿Desde cuándo es tu Silvia? —Desde cuando no te importa —respondió Mauro, molesto— ¡Maldito Damián! ¡Quiere con mi Silvia! —Si quieres, vamos allá y le damos una paliza —opinó Darío muy sonriente—, así aprenderá a no meterse con las chicas de nadie. En tanto, Lorena y Theus seguían platicando, planeando lo que harían para poder seguir juntos: —Tengo que ir a esa aldea, Lorena e investigar si de veras hay una posible solución para terminar con esta maldición. Debo encontrar el libro de los Castillo. —Quiero ir contigo —pidió ella, separándose un poco de su abrazo para mirarlo con preocupación. —No, tú me esperas aquí. Lorena se separó de sus brazos y le dio la espalda. Con voz amarga, le dijo: —Si no me voy contigo, mañana seré internada en Deguchi y aunque encuentres la solución a esta maldición, no podremos estar juntos. Mi tía está decidida a encerrarme entre cuatro paredes. No me dejará salir de allí. Un acceso de tos la sofocó. Se estaba repitiendo lo de la tarde anterior y el recuerdo de la última pesadilla llenó la mente de los dos. Theus se acercó a ella y la abrazó por detrás. Ella sintió el firme pecho en su espalda y se recargó confiada en él, apretando sus brazos sobre su pecho, en un intento de quitar ese frío horrible que de pronto la estremeció. —Estás ardiendo en fiebre —murmuró él, sintiendo el calor que emanaba de ella— ¡Dios! —Puso su rostro angustiado sobre la cabeza de ella mientras unas lágrimas traicioneras brotaban en sus ojos—¿Por qué? —Prefiero morir a vivir sin ti —musitó Lorena tomando una de las manos de él para besarla—. Seré feliz si muero así, en tus brazos. —¡No! —gritó Theus parpadeando para alejar esas lágrimas inútiles que en nada ayudaban a su amada. Le dio vuelta para ponerla de frente a él y mirándola con esa mirada que ya se había tornado plateada, continuó con voz firme— ¡No vas a morir! Iremos, Lorena. Iremos a esa aldea, encontraremos ese libro y romperemos la maldición. Estaremos juntos. —¿Lo prometes? —preguntó ella inocente, abrazándolo con fuerza, como queriendo fundirse a él para siempre. —Lo prometo —murmuró él besándola, sintiendo el deseo de ella de fundirse para siempre y no tener que vivir separados. Al separarse, él sugirió—. Vamos, te llevaré a tu casa para que descanses. Nos iremos esta noche. Pasaré por ti a las doce. ¿Crees que tu tía ya esté dormida para esa hora? Ella asintió y después de eso, se fueron de allí. En el grupo de los cinco, Silvia se secó unas lágrimas que habían brotado inconscientemente. Con voz ahogada, dijo: —¡Oh, qué triste! ¡No pueden realizar ese amor! ¡Muchachos, tenemos que ayudar a nuestro amigo! —No creo que quiera nuestra ayuda —dijo Marlon muy serio—. Si lo vamos a ayudar, será sin que él lo sepa. —Pero, ¿cómo? —interrogó Timothy— ¿Qué podemos hacer? —No sé —respondió Ciro—. No me agrada mucho esto del amor, pero es mi amigo y mi deber es ayudarlo. Alcancé a escuchar algo sobre una aldea y un libro. Creo que ahí está la clave de todo. —¿Caleb? —todos lo miraron, esperando su respuesta. Se suponía que él lo sabía todo. —Lo siento —negó el aludido, sintiéndose por primera vez un inútil fracasado—. Me temo que esta vez estoy en la más completa ignorancia. Sobre esto, sé lo mismo que ustedes. ¡Nada! Lo único que sé, es que nos están espiando, miren allá. Se volvieron y miraron hacia el depósito de basura. —Yo no veo a nadie —dijo Marlon—, creo que comienza a fallarte ese talento que tienes. —Detrás del depósito —masculló Caleb con irritación—. Es obvio que si nos espían, van a estar ocultos, genio. Silvia se encaminó al depósito de basura y detrás de éste, encontró a los espías. Escondida detrás de un cerezo, Lina se puso roja de la indignación. Eso era lo que esperaba descubrir. El encuentro de esos dos. —¿Ustedes? —preguntó Silvia, sintiendo cómo el rubor cubría sus mejillas al mirar a Damián, por lo de la carta que le había mencionado Caleb— ¿Por qué nos espían? Abochornados por haber sido descubiertos, René y Damián se incorporaron y salieron del escondite mientras las tres cabezas que asomaban por la pared, miraban con interés. —¡Lo sabía! —gritó Mauro con ira— ¡Pero ahorita voy y le doy su merecido a ese roba chicas que le gustan a uno! Salió a la vista, y detrás de él, Darío y Marcos al mismo tiempo que Lina se dejaba ver también y con voz furiosa, gritaba: —¡Damián! ¡Traidor! ¡Así quería verte! ¡Con ella! —¡Hey, tú! ¡Roba chicas que le gustan a uno! —vociferó también Mauro, más furioso que Lina— ¡Aléjate de mi chica! Con eso, todos quedaron al descubierto, excepto Sarah, que sin entender ya nada de por qué había tanta gente implicada, continuó oculta. Continuará. ------------------------------------------------------------- Gracias por tu comentario HarunoHana y por hacerme notar ese nombre que no debía ir allí xDD Nos vemos.
Oh, no tienes que agradecer, es mi trabajo XD Ejem... Oh, ok, las cosas aqui estan posiendose medio raros, no? Jajaja, por lo que lei al final ya se armo otra bien grande, eh, eh. Oh, no, una vez mas los mal entendidos entran en escena y todo por esas cartas que ya eran falsas. Hum. Todos son espias, jeje. Oh, me pregunto si en verdad Matt y Lorena podran ir a ese pueblo fantasma para saber eso de la maldicion. Tienen que salvar a Lorena o sino morira, asi que yo creo que si van, pero habra que ver. Espero el siguinete capitulo. Hasta otra.
Capítulo 13 Agonía —No sé de qué hablas, Mauro—respondió Damián sorprendido, luego mirando a Lina, balbuceó—¡Lina!, ¿tú aquí? —Sí, miserable traidor. Aquí estás con esta anciana —Recorrió a Silvia de arriba abajo con mirada despectiva. —¿A quién llamas anciana? —preguntó Silvia molesta, mientras sus amigos se acercaban a ellos. —¿Qué sucede? —preguntó Marlon, mirando con sorpresa a los espías— ¿Por qué nos espían? —Yo les voy a explicar —dijo Caleb muy serio—, para terminar pronto. Matheus se nos ha ido y debemos seguirlo. Miren, estos compañeros —señaló a Damián y René—, nos siguieron porque nosotros nos veíamos muy misteriosos y siendo amigos de Theus, podríamos saber qué le sucede y ellos quieren saberlo. Apuntó ahora a Mauro, Darío y Marcos —Esos tres espiaban a estos dos por la confusión de las cartas. Esa chica —señaló a Lina—, los seguía a ellos para comprobar lo que dicen esas cartas y allá, aquella chica que está oculta en aquel árbol, espía a su amiga por lo mismo, así que ya todo dicho, vámonos. Se dio la vuelta para marcharse, pero la voces de Lina, Mauro, Damián, y Silvia lo detuvieron, sonando todas al mismo tiempo: —¡Un momento! Caleb volvió a su posición y los miró impaciente. —No entiendo algo —dijo Silvia—. Aclaremos lo de las cartas. A ver, ¿cómo es eso de que yo le mandé a este muchacho una carta de amor? Damián enrojeció. Se sintió pequeño bajo la mirada de Lina que le clavó un puñal de desprecio y la de Silvia que le clavó otro puñal, pero el de ella fue de pleno rechazo. —No. Ya te dije, Silvia. Tú no le mandaste la carta. Se la mandó Lorena y la carta que recibió este otro… ¡Hey, tú! —le gritó a Sarah mientras centraba su atención en René—. ¿Estás escuchando? La carta que tu novio recibió, no se la mandó tu amiga, se la mandó también Lorena. La expresión de Lina fue de sorpresa. Miró a Caleb con incredulidad. Sarah salió de su escondite, de igual manera se sintió como Lina. Todo había sido un embrollo premeditado por alguien más. ¡Estupendo ridículo habían hecho celando a sus novios! —Entonces —habló Mauro—, ¿Silvia no le mandó la carta a Damián? ¿Todavía tengo esperanzas con ella? Ahora la pasmada fue Silvia. Lo miró con los ojos muy abiertos. Carraspeó para poder decir: —Mira, chico, no es que no me gustes, pero yo… Eres muy joven para mí. Mauro se le acercó, todo enamorado y brindándole una gran sonrisa, le dijo: —No me llames chico, puedes decirme Mauro y no importa si soy más joven que tú, es sólo con algunos meses. Muy incómoda, Silvia se movió y fue a ocultarse detrás de Ciro. Con voz alta dijo: —¡Muchachos, creo que es hora de irnos! Mauro, lo siento, pero ahora no quiero tener una relación sentimental. —Está bien —Dijo Mauro, algo triste, pero eso sí, sin perder la esperanza—. Yo esperaré. Los amigos de Matheus comenzaron a irse. Cuando ya se habían retirado algunos metros de ellos, Caleb gritó divertido: —¡Ah!¡ ¡Por cierto! ¡Ese amigo suyo, Marcos Lizardi, sabía lo de las cartas! ¡Él siempre supo que su amiga Lorena las hizo como parte de una venganza contra ustedes por ignorarla! —La risa que soltó, se siguió escuchando aún después de que los cinco desaparecieron. —¡Hey, amigos! —exclamó Marcos cuando todos sus compañeros, excepto Darío, lo rodearon, indignados por ese secreto que los hizo sufrir mucho— ¡No van a creerle eso! ¡Darío, ayúdame! —¡Oh, no! Río Darío feliz, trepándose sobre el depósito de basura para ponerse cómodo y mirar cómo los cinco compañeros le propinaban unos buenos golpes a Lizardi hasta arrojarlo al suelo, donde lo patearon. —¡Esto es genial! —susurró para sí Darío—, pero... Después de haberse divertido lo suficiente, bajó del depósito y se acercó al grupo que, todavía ofendido, no dejaba de dar patadas al pobre compañero que acostado en el suelo, soportaba los golpes manteniéndose en forma fetal, con los brazos cubriendo el rostro, pecho y vientre. Seguro que esta golpiza, aunada a la del día anterior en la cancha, haría historia en su vida. —¡Chicos! ¡Chicos! —tuvo que gritar Darío para poder llamar la atención de ellos—. No quieren matarlo, ¿verdad? Creo que es suficiente. No muy convencidos, los montoneros compañeros dejaron el castigo e inmediatamente después, Damián, René, Lina y Sarah se abrazaron jurándose no volver a dudar el uno del otro. Darío, algo asqueado por tanto sentimentalismo, se fue sin prestar más ayuda al compañero caído seguido por los demás. Así que en realidad, el único allí que salió perdiendo fue Lizardi, que todo golpeado, se levantó como pudo escupiendo sangre y doblado de dolor, caminó tambaleante murmurando para sí: —¡Ay, Lorena! ¡De veras que la amistad cuesta caro! ¡Mira cómo me han dejado! Llegó a la parte donde estaban las puertas de los baños y saliendo de una de ellas, vio la más hermosa de las visiones. A sus ojos, claro. —¡Marly! —nombró y por un momento el dolor desapareció, lo que lo hizo erguirse como si nada le doliera— ¡Marly! Marly Íñiguez lo miró y parpadeó detrás de las gafas. Su primera reacción fue correr, pero el pobre aparecido se veía tan mal, que no tuvo corazón para huir de él. Se acercó para ayudarlo. —¿Qué te sucedió, Marcos? —muy caritativa, permitió que el joven pasara un brazo sobre los hombros para apoyarse en ella—. Vamos, te ayudo a llegar a la enfermería. Caminaron uno al lado del otro y todo pareció ir muy bien entre ellos, pero Marcos dejó salir su instinto de animal en celo —cosa que solo ella le provocaba—, y no dominándose más, apretó sorpresivamente contra sí a la chica de sus sueños y la besó. Otra vez. A la fuerza y como siempre, aprovechó la boca abierta de ella para profundizar el beso. Siempre la tomaba por sorpresa y era un experto para deleitarse en los besos que le robaba. —¡Marcos! —gritó ella cuando la soltó, respirando con agitación y, mirándolo con ira, se alejó unos pasos de él— ¿Por qué me haces esto? ¡Maldición, Marcos! ¡Un día me cobraré esta humillación, te lo juro! El chico sonrió feliz. Ella lo miró unos segundos, con deseos de darle golpes hasta desmayarlo, pero como ya estaba muy golpeado, tuvo que refrenar su deseo. —Será para la otra—le dijo amargada y se fue murmurando—. Eso o de plano levantar una orden de restricción. ¡Ah, maldito Lizardi! En cuanto ella desapareció, Lizardi volvió a doblarse por el dolor, sin embargo, la sonrisa en su rostro no lo dejó, ni siquiera cuando tuvo que pasar el resto del día en la enfermería. -o- Theus estacionó la camioneta todo terreno unas casas más allá de la de Mariana Rivas. Apagó el motor y miró la hora en su reloj. Diez minutos para la media noche. Se bajó de la camioneta y algo apresurado, caminó por la banqueta hasta detenerse enfrente de la puerta de la casa, esperando ver a Lorena. Miró a su alrededor y las sombras de la noche, diseminadas un poco por la luz del alumbrado público, lo hizo recordar la horrible pesadilla de la muerte de Lorena. Suspirando de preocupación, se recargó en la puerta, se cruzó de brazos y espero impaciente, atento a cualquier ruido que pudiera escucharse adentro de la casa, pensando que podía escalar el muro hasta la ventana de ella, como lo hacía en su sueño. Miró pasar un auto, no obstante, lo ignoró por completo. Su atención era total para el interior de la casa, así que no pudo ver que el coche se estacionaba más delante de su camioneta y que adentro del vehículo, sus cinco amigos lo vigilaban. Adentro de la casa, Lorena tomó un suéter para ponérselo. Seguramente Matheus ya la esperaba. La fiebre había bajado durante la tarde, pero los escalofríos no la habían dejado. Se sentía bastante enferma, así que sus movimientos eran lentos y eso la molestaba, porque su tía, aunque se había ido a dormir, con frecuencia se asomaba a verla para vigilar sus síntomas. El doctor había vuelto a verla esa tarde y le había recetado unos medicamentos, así que por el momento, la enfermedad estaba aparentemente bajo control. El médico se había sorprendido porque no encontraba exactamente qué tenía, ni por qué le subía tanto la temperatura. La había examinado una y otra vez y no ubicó el motivo de la enfermedad. Al principio había creído que era un resfriado, sin embargo, al final lo había descartado. Su garganta se veía bien y no había lagrimeo. Su nariz estaba seca. Sus pulmones se escuchaban perfectos y su corazón latía de acuerdo a lo que era normal, pero el semblante de Lorena no estaba bien. Y eso podía verse ya a distancia, pues marcadas ojeras rodeaban sus ojos y la tos venía en terribles accesos. El doctor se había ido muy preocupado, porque sus pulmones parecían sanos, así como sus bronquios, por ello no había razón para que ella expulsara esas gotitas de sangre cuando le llegaban los accesos de tos, pero las expulsaba y el sangrado se había hecho más fluido. El médico había decidido internarla para hacerle estudios avanzados, así que había citado a Lorena en el hospital a primera hora. Ella dijo que sí a todo, porque sabía que ya no estaría en casa para entonces. Así que dándose prisa, lo que le permitieron las circunstancias y ahogando la tos con un pañuelo bien apretado contra su boca para que su tía no la escuchara y acudiera a verla, tomó su pequeño bolso, en donde había guardado algo de dinero y los medicamentos que le recetó el médico. Salió de su habitación para caminar por el pasillo con sigilo, extremando precaución al pasar por la alcoba de Mariana y deslizándose en las penumbras, alcanzó la puerta, en donde como había pensado, estaba Theus, quien la abrazó en cuanto la vio, conduciéndola después a la todo terreno ayudándole a subir a subir. —¿Cómo estás? —le preguntó él cuando se puso detrás del volante, encendiendo la luz interior para verla mejor. —Estoy bien —respondió la joven tratando de sonreír, pero lo único que consiguió fue toser con fuerza. Se cubrió la boca con el pañuelo, el que ocultó con rapidez de los ojos de Theus para que no viera el sangrado—. No te importa si no hablo, ¿verdad? Hablar me hace toser más. El hombre la miró un instante notando que no se veía para nada bien como decía. Su demacrado rostro resaltaba por la palidez y las oscuras ojeras. —Trata de dormir. Tal vez con el descanso te mejores —le aconsejó poniendo en marcha la vehículo—. El recorrido será largo. Ella asintió y se acomodó en el asiento. En realidad se sentía cansada y dormir era lo único que ahora quería, más la tos le impedía hacer eso. De cualquier manera, logró dormitar durante el resto de la noche. Como a las nueve, Theus entró a un pequeño pueblo con la intención de comprar algo para la fiebre de Lorena, la que había vuelto. Ella no dejaba de estremecerse y deliraba. Llevaba unas ocho horas manejando y todavía les faltaba un buen recorrido de kilómetros. —¿Ya llegamos? —preguntó ella abriendo los ojos para mirar a su alrededor. Temblaba de tal manera que los dientes le golpearon unos contra otros. La palidez en su rostro era horrible y sus ojos estaban brillantes por la fiebre, viéndose muy hundidos, dando la impresión de que las cuencas que los mantenían en su lugar se hubieran movido hacia adelante. Matheus tragó saliva al verla en su lamentable condición. No porque se le hiciera espantosa, sino más bien por el dolor que atravesó su corazón. La extraña enfermedad de Lorena la estaba consumiendo y estaba avanzando con una rapidez mortal. Se aclaró la voz para contestar: —Necesito conseguir algo para bajar tu fiebre, Lorena. Estás ardiendo. —Yo tengo unas tabletas que me dio el médico —las sacó del bolso—. Sólo necesito agua para tragarlas. —Iré a comprarte una botella. ¿No quieres comer algo? Lorena hizo un gesto de asco. Las náuseas provocadas por la fiebre se incrementaron. Movió la cabeza negativamente, lo que fue un error, pues tal acción le provocó dolor de cabeza. Él la miró tratando de ocultar su angustia y luego se fue a buscar una tienda. Lorena se recostó en el asiento y cerró los ojos. Se sentía morir. ¿Acaso no encontrarían a tiempo la solución para erradicar la maldición? ¿Tendría qué morir y ser apagado así el amor que sentía por ese maravilloso hombre que la miraba con ojos llenos de angustiante dolor? Ella estaba conectada a él y podía sentir muy bien sus emociones. Se llevó las manos al pecho en un ademán de sofocar el dolor que sentía y que le daba la sensación de partir su corazón. Lágrimas candentes rodaron de sus ojos mientras en una silenciosa súplica, pidió tiempo. Un poco más de tiempo. Quería vivir. Tosió de manera dolorosa. Colocó el pañuelo sobre la boca y al retirarlo, se asustó al ver la gran mancha de sangre. Estaba expulsando más cantidad. El pañuelo se sacudió por la acción del temblor de sus manos. No escuchó a Theust cuando regresó. —¡Lorena! —exclamó él, también espantado al ver el pañuelo manchado. Ella levantó la cabeza y lo miró con ojos llenos de lágrimas. Theus entró a la camioneta y con ternura, limpió la sangre que había quedado en las comisuras de los labios de ella diciendo: —Lorena, tenemos que ir a un hospital. Ella volvió a negar con un movimiento de cabeza, mientras sufría otro ataque de tos. El pañuelo quedó más húmedo y rojo. —Tenemos que darnos prisa, Theus —murmuró con voz temblorosa—. No puedo quedarme en un hospital. Algo me dice que necesito ir. —Bien, si es lo que deseas —dijo él, sin poder negarse a la mirada de ella que le suplicaba que no la dejara—. Ahora, tómate las cápsulas. Ella se las tomó y cerrando los ojos volvió a acomodarse en el asiento mientras Matheus ponía en marcha la camioneta para abandonar el poblado. Así, con la tarde avanzada, llegaron a la villa donde había crecido Lorena. Allí, ella lo dirigió a la que había sido su casa, la que había quedado abandonada cuando murieron sus padres y ella se mudó a vivir con su tía, porque aunque tenía otros parientes, fue Mariana la que se hizo responsable de ella. Por lo tanto, ahí pasarían la noche. Sería así porque la tarde anterior, Theus había tratado de investigar en la Biblioteca, algo sobre los territorios de la familia Castillo, pero no había encontrado gran cosa. Ni siquiera por internet. Tenía la esperanza de encontrar información al respecto en la Villita, por ser parte del territorio que habían dominado sus antepasados y el unico que aparecía en los mapas. Quizás existiera algún archivo antiguo, un mapa, o algo que lo llevara por el camino correcto al a la aldea que buscaba, ya que en los mapas modernos, lo que buscaba, no existía. Tuvo que cargar a Lorena hasta la casa. La joven estaba muy débil y no pudo sostenerse en pie. Al perderse ellos adentro de la morada, la lona que Theus tenía atrás de la camioneta fue arrojada con violencia a un lado y las figuras de un par de amigos se levantaron. —¡Rayos! —gimió Damián, tratando de estirar sus acalambrados miembros—. ¡Estoy acalambrado y me duele todo! ¡Creí que no llegaríamos a ningún lado! ¡Tengo hambre y sed! ¡Me estoy deshidratando! —¡No te quejes! —refunfuñó René— ¡Yo estoy igual! Continuará. Ren zero, gracias por tu comentario y por leer, lo mismo para tí, HarunoHana, que siempre cuento con tu apoyo. A los demás, gracias por leer. Saludos xD
Jajaja, el capitulo empezo divertido, de verdad. Si Caleb tuvo que aclarar todo eso porque si no, las cosas no podrian avanzar. Ja, todos se llevaron una sorpresa por saber la verdad, pero asi son las cosas. Y al pobre Marcos lo dejaron todo morbundo, no, no; eso le pasa por ser tan buen amigo, el mismo lo dijo, jejeje. Aunque no perdio una oportunidad para hacer de las suyas con la chica de sus seunios. Ahora bien, la situacion entre Matt y Lorena se esta tornada muy, muy complicada. Se han escapado para llevar a cabo ese deseo suyo de encontrar la cura a la horrible maldicion que embarga a sus familias, pero me temo que siento que el tiempo no les alcnaza. La enfermedad de Lorena esta acabando con ella. Podran conseguirlo? Espero ansiosa el siguiente capitulo, porque se ha quedado interesante. Ja, Rene y Damian se han escabullido con ellos. Que chicos! Habra que ver que pasa. Hasta otra.
Actualizo, gracias a todos por leer xDD Capítulo 14 La familia guardián Los dos saltaron abajo con algo de dificultad, pues sus músculos estaban entumecidos por las horas de inactividad que pasaron en una misma posición. —¡Dios! —volvió a quejarse Damián, estirándose cuan largo era y caminando algunos pasos para desentumirse— ¡Sólo a nosotros se nos ocurre seguir a Theus! René lo miró irritado y con voz recriminadora, lo contradijo. —¡No! ¡No a nosotros! ¡A ti se te ocurrió seguir a tu hermano y me arrastraste a esta aventura! Ahora mis padres estarán muy…—De pronto, guardó silencio al mirar que un auto se acercaba a baja velocidad— ¡Mira ese auto! Estoy seguro que lo he visto. Damián lo miró reconociéndolo de inmediato. Era el auto de Ciro. —¡Rayos! —suspiró Damián—. No somos lo únicos que decidimos segur a Matheus. El vehículo llegó hasta ellos y Ciro, mirándolos con ojos entrecerrados por la visible pregunta en ellos de, “¿qué hacen ustedes aquí?”, pasó de largo para ir a estacionarse detrás de la camioneta de Theus. —Uff —suspiró Silvia bajando del auto—¡ Qué cansancio! ¡Menos mal que ya llegamos a algún lado! ¿Y esos, qué hacen aquí? —preguntó centrando su atención en Damián y René—. A Matheus no le va a gustar que su hermano lo haya seguido. —A él no le va a gustar que todos nosotros lo hayamos seguido —afirmó Marlon, bajando también del auto seguido de los demás— ¿Qué hacemos ahora? —¡Hey! —les gritó Damián, pues había quedado una considerable distancia entre ellos— ¿Van a decirme ahora por qué mi hermano tuvo que venir aquí? —¿Cómo? —preguntó Ciro, también a gritos— ¿Vinieron hasta aquí sin saber siquiera cual es el problema de Theus? ¡Qué tontos! —Eso es —masculló Timothy—, sigan gritando, de seguro Matheus es sordo y no escuchará su escándalo. ¡De ninguna manera llamarán su atención! Por supuesto que el culpable de que todos estuvieran ahí no era sordo y los escuchó claramente en el interior de la casa, hasta reconoció la voz de Ciro y la de su hermano. —¡Maldición! —murmuró el hermano mayor asomándose por la ventana para mirar al grupo de espías— ¡Lo que me faltaba! —¿Qué sucede, Theus? —preguntó Lorena qué, acostada en un diván, temblaba por la fiebre— ¿Qué ocurre afuera? El joven regresó a dónde ella y lo angustió su mirada febril. Se sentó a su lado y tomando una de sus manos para apretarla con suavidad, le dijo con voz tierna: —No te preocupes, son sólo mis amigos que vinieron detrás nuestro. Lorena trató de incorporarse, pero la debilidad lo impidió. Con voz temblorosa, musitó: —Hazlos pasar.. Deben estar cansados del viaje. En el centro del pueblo hay un par de buenos restaurantes ¿Por qué no vas y compras algo de comida y los invitas a cenar? Yo… quiero ir a mi cuarto, está en la planta alta. —Claro —dijo él con voz bajísima. La abrazó apretándola contra su pecho, deleitándose en el aroma de su cabello, luego la levantó para dirigirse al segundo piso en donde dirigido por Lorena, la condujo a su antigua habitación. La recostó en la cama y la cabeza de ella se sumió en la suavidad de la almohada, resaltando su rostro horriblemente demacrado en la blanca prenda. Theus ahogó un gemido de dolor. ¡La estaba perdiendo! —Duerme, Lorena. No te preocupes por nada. Vas a ponerte bien, lo prometo. Ella trató de sonreír, pero la mueca fue de dolor. Cerró los ojos y se sumió en la terrible oscuridad que plagaba de pesadillas su descanso. Moría y no podía hacer nada para evitarlo. Ajena ya al mundo consciente, en donde su amor imposible, después de gritarles su enojo y frustración a los espías, les ofreció una apetitosa cena conseguida en uno de los restaurantes mencionados por Lorena. También les ofreció un par de habitaciones para que pasaran la noche, pero eso sí, con la condición de que se volvieran a primera hora a sus hogares. —¡No es justo! —gritó Damián airado— ¡Tus amigos saben lo que te pasa y por qué viniste hasta aquí y yo no sé nada! ¡Además, me pones a dormir con ellos! ¿Por qué a Silvia le das una habitación para ella sola? Theus miró con dureza a Damián y no respondió a su pregunta estúpida. Dirigiéndose a sus amigos, dijo: —Llévenselo. Necesita descansar. El viaje le hizo daño. Ciro y Marlon se pusieron uno de cada lado de Damián para escoltarlo a la habitación asignada. Timothy y Caleb escoltaron a René. De camino a la puerta por el amplio comedor, que era donde estaban, Caleb preguntó con seriedad: —Theus, ¿podemos violarlos? Las miradas asustadas de Damián y René no lo divirtieron en lo más mínimo. Tampoco la pregunta de Caleb, quien encogiéndose de hombros, dijo sombrío. —¡Vaya! ¡Ya no se puede bromear contigo, Matheus! ¡Ya no eres el mismo! La verdad, no se sentía él. Al quedarse solo, Theus se dirigió a la habitación de Lorena. Se recostó a su lado manteniéndose en vela. Hubo momentos en que fue necesario refrescar su frente con paños húmedos para controlar la temperatura.. La fuerte tos manchó de sangre la almohada ante su desesperación y por la mañana, notó que la enfermedad había empeorado y el semblante de la joven era lastimosamente más deprimente. Ya parecía una muerta en vida. De hecho, poco podía abrir ya los ojos y su respiración era más rápida y superficial Se estaba muriendo. Y Theus estaba más desesperado, aunque su rostro se veía tranquilo, por lo que los no invitados no pudieron adivinar el gran tormento que sufría. —Voy a salir —les informó con frialdad—. Necesito hacer una investigación, pero no quiero encontrarlos aquí cuando regrese. Vuelvan a casa. Ustedes no pueden ayudarme en esto. Es un asunto demasiado personal. —Te equivocas, Theus —lo interrumpió Caleb con seriedad—, sí podemos ayudarte. Ya sé donde queda esa aldea fantasma. —¿Qué? —preguntaron la mayoría en coro— ¿Qué sabes qué? Mientras que Damián preguntó: —¿Cuál aldea fantasma? ¿De qué hablan? Caleb los miró a todos con un aire de autosuficiencia. Con una pequeña sonrisa, dijo: —Para mí no es nada difícil averiguar cosas. Salí muy temprano esta mañana. Fui a comprar algo para desayunarnos y anduve por allí, así me enteré de la ubicación de esa aldea. Parece ser que ya todo el pueblo sabe de la llegada de dos Castillo. Es una noticia sobresaliente. Hace décadas que un Castillo no pone sus pies por estas tierras. —¿Pero cómo lo supo el pueblo? —Preguntó Theus sorprendido. —Por el dueño del restaurante. Te vio anoche cuando fuiste por la cena. Según supe, es antepasado de un guerrero que peleó al lado de la familia Castillo. En su familia la historia de ellos pasó de generación en generación e incluso, tiene retratos de su antepasado con algún guerrero Castillo, todos pintados a mano. Según él, tú Theus, eres idéntico a un antepasado tuyo que forma parte de su colección familiar. Él sabe sobre la maldición y todo eso. También fue el que me dio la ubicación de esa aldea, uno de los pocos que la conocen. No obstante, me advirtió que no fueras allá solo. Al parecer, hay una familia guerrera, ajena a la familia Castillo, que protege el libro sagrado de tu clan. —¿Cómo? ¿Qué familia? —preguntó Ciro— ¿No se supone que el mismo clan debe proteger su propio libro? —Esta familia que resguarda el libro fue puesta por uno de los alcázar cuando, a petición de la última doncella que murió por la maldición, le hizo prometerle a su padre que resguardaría el libro de los Castillo para que en el futuro ningún Castillo enamorado tratara de romper con la maldición, como quiso hacer su enamorado entonces, así que... —¡Un momento! —lo interrumpió Timothy—. Creo que ya estoy confundido. ¿No se supone que el enemigo es la familia Mondragón y no los Alcázar? ¿De qué lado está esta última? ¿No se supone también que los Alcázar deben estar ansiosos por romper con la maldición, así como los Castillo? Caleb miró a sus compañeros. Su mirada entrecerrada y su mano en la barbilla, les mostró que estaba meditando en la información. —Mi propia conclusión es que todo esto de la familia guardián tiene que ver con el descubrimiento que el joven Castillo hizo para romper con la maldición, pero no logro ubicar cómo se entrelazan. El dueño del restaurante no sabe más que lo que les conté. Todos guardaron silencio por unos momentos y fue Theus quien, con voz ronca, lo rompió al decir: —Entonces tengo que ir hasta esa aldea y descubrirlo yo mismo. —Iremos contigo, Theus —habló Damián, que sin apenas comprender algo de lo que se había dicho, estaba resuelto a apoyar a su hermano en lo que fuera—. No pienso regresar a casa. A menos que tú regreses conmigo. Y muy valiente, sostuvo la mirada irritada que el mayor le lanzó. —Y yo apoyo a Damián —dejó saber René con firmeza. —Nosotros tampoco te vamos a dejar solo —dijo Ciro—. Iremos contigo a esa aldea. Ahora, la mirada de Theus se volvió al grupo de amigos que bien resueltos, habían decidido ir hasta el fin del mundo de ser preciso para apoyar a su amigo querido, así que él no tuvo otra opción que aceptar, aunque más a fuerzas que de ganas, la ayuda de todos ellos. —Bien —dijo con voz agria—, voy por Lorena y nos iremos. —Theus —lo detuvo Silvia cuando él ya se dirigía hacia la escalera. Se detuvo, pero no se volvió a verla—. Yo creo que Lorena debe quedarse aquí. Está muriendo, Theus, no está en condiciones de seguir viajando. Yo me quedo a cuidarla. —No puedo dejarla, Silvia. —Theus... Él no dijo más. Volvió a emprender el camino para subir por Lorena. No podía olvidar sus palabras, “algo me dice que debo ir”. ¡Por Dios! ¡Con gusto la dejaba en un hospital, pero esas palabras dichas con mucha angustia, habían quedado grabadas en su mente. Además, ahora estaba ese asunto de que los Alcázar estaban envueltos con la familia guardián. ¿Sería por eso esa necesidad de Lorena de querer ir? ¿Podía su presencia apaciguar a la familia que custodiaba el libro y garantizar el recobro de éste sin dificultad? ¡Dios santo! Se sentía muy confundido. No obstante, muy en el fondo sabía que no podía dejarla. Estaba casi seguro que de ella dependía que pudiera conocer la solución para romper con la maldición. —Vamos, Lorena —le anunció cuando llegó a su lado—, tenemos que irnos. Ella apenas pudo abrir los ojos para mirarlo con brevedad. Abrió los labios para decir algo, pero su garganta se había cerrado y no pudo pronunciar ninguna palabra. Unas lágrimas rodaron por un lado de sus ojos y cayeron adentro de sus oídos. Matheus, tragándose el nudo que se había formado en su garganta, la cargó y salió con ella de la casa. La depositó en el asiento de atrás. —¡Damián! —gritó cuando no vio a su hermano a su lado. —¡Qué! —respondió el aludido acercándose a él. —Siéntate atrás y pon la cabeza de Lorena en tu regazo. Te encargarás de que vaya cómoda. —¡Sí, señor! —dijo Damián solemne, antes de treparse al asiento de atrás y tomar la cabeza de Lorena con mucho cuidado para ponerla cómoda sobre sus piernas. La miró y de pronto, un sentimiento de calidez lo invadió, lo que lo motivó a murmurar—: Así que tú eres la ya famosa Lorena. La chica que trae loco a mi hermano, la que estuvo en mi clase y que no había notado, la joven que casi logró que perdiera al amor de mi vida… —Deja de murmurar, Damián —le pidió Theus cuando se puso tras el volante—. No quiero oír nada que no sean las indicaciones de Caleb para guiarme a la aldea —Se volvió a mirar a Caleb, el que se había sentado en el asiento de al lado— ¿Estás seguro hacia donde ir? —Segurísimo —afirmó el misterioso—. Theus, debo advertirte que no será fácil recuperar el libro. —Sí, me lo supongo, pero no me daré por vencido —respondió, encendiendo el motor para dar marcha hacia donde Caleb le indicó. Atrás de él Ciro lo siguió, ocupando René el lugar de Caleb en ese auto. Continuará. Aviso que el final llega con el siguiente capítulo xD Saludos.
Eh? Ya se va a acabar esta histoira? No!!! Bueno, todo tiene que acar algun dia, no? Hasta nosotros, pero bue... Oh, asi que no solo Damian y Rene siguieron a los jovenes enamorados, sino que tambien los amigos de este, eh. Se nota que Matt es alguien que se da a querer, mira que tener amigos asi. Debe ser en ocasiones frustrante, pero seria genial. Je, ese Caleb es genial, en verdad que se entera de todo muy bien y de que manera. Pero es una gran ayuda porque ya podran ir por ese libro, aunque aqui esta la cuestion esa del guardian. De la familia Red para que ningun Castillo lo tuviera? Hm, en que consiste la ruptura de la maldicion? Esto esta poniendose bueno. Espero ansiosa la siguiente actualizacion. Hasta otra.
Hola, HarunoHana, gracias por tu apoyo en esta historia. Tus comentarios me encantaron y me instaron a seguir publicando. Ahora a ti y a aquellos que tienen la amabilidad de pasarse por aquí, les dejo el final... Gracias a todos. Capítulo 15 El libro Al ir pasando por las calles, se dieron cuenta que mucha gente había salido de sus casas para verlos pasar. Era como si estuvieran en un desfile y ellos fueran el principal espectáculo. —¡Matheus! —exclamó Damián, admirado de ver tanta gente— ¡No sabía que los Castillo fuésemos tan famosos. —Esa fama se las acaba de dar el dueño del restaurante —le informó Caleb—. Los Castillo por estos lugares estaban olvidados, pero los relatos que ha estado contando el hombre desde anoche corrió de boca en boca y ahora, el pueblo sabe de ustedes. Sienten curiosidad. Desean conocer a los antepasados de la poderosa dinastía Castillo. No se habló más y en silencio, dejaron el pueblo. Al cabo de un par de horas de recorrido por un sendero entre la espesa vegetación, Theus preguntó: —Caleb, ¿estás seguro que es por aquí? —Estoy seguro, mira allá adelante. Esa es la aldea Castillo. El hombre miró y de pronto, el sendero se amplió y el panorama cambió. Todos esperaban ver fincas en ruinas, abandonadas y polvorientas, pero lo que encontraron fue muy diferente. Lo primero que vieron destacar fue un templo. Éste estaba rodeado de un extenso y frondoso jardín, mientras que atrás de la espléndida construcción había unos terrenos cultivados con diferentes tipos de vegetales, verduras y árboles frutales, así como sembrados de maíz. Había tres casas de bonita fachada a cada lado del santuario y en cada uno de los patios de las casas estaban dos o tres niños jugando, los que al verlos, comenzaron a gritar a una voz, asustados: —¡Extraños! ¡Mamá, papa! ¡Han llegado unos extraños! Tanto padres como madres se asomaron por las puertas de las casas, mirando como los forasteros bajaban de los vehículos, notando éstos de inmediato a los hombres en las puertas, un total de cuatro y a la vista, grandes guerreros, los que a su vez ordenaron a las mujeres y niños que entraran a las viviendas y no salieran para nada. Después, los hombres se acercaron a los recién llegados y para Theus y sus amigos no pasaron desapercibidas las armas que los hombres portaban. Espadas y cuchillos . De igual manera pudieron darse cuenta que esos hombres vestían legendarios trajes de combate. Era como si por ellos no hubiera pasado el tiempo. —Soy Matheus Castillo —se presentó el hermano mayor con voz neutra— ¿Quién de ustedes es el encargado aquí? Los hombres se miraron entre sí, luego, uno de ellos dijo: —Síganos. Theus tomó en brazos a Lorena y en medio de sus amigos, siguieron a los guerreros que los dirigieron al interior del templo. Recorrieron algunos pasillos antes de entrar a una amplia habitación. En medio de la estancia había una vitrina de vidrio y madera. En el interior de ella estaba un grande y grueso libro. —¿Será ese el libro que buscamos? —preguntó en un susurro Marlon— ¿Nos lo darán así de fácil? —Rami —habló uno de los guerreros—, estas personas vienen por el libro. Hasta ese momento, los forasteros notaron al hombre que, con semblante serio, los miraba desde un lugar de la habitación que estaba en penumbras, pues la luz del día que entraba por una pequeña ventana no llegaba hasta allí, por lo grande del aposento. —Lo sé —respondió el de las sombras con frialdad—. Un Castillo no puede venir a otra cosa. Salió de la penumbra y la luz le dio de lleno. Era un hombre delgado, de cabello rojizo, ojos escudriñadores y sin emociones en su rostro, pero no fue eso lo que realmente llamó la atención de los recién llegados, sino la gran hoz que sostenía con su mano derecha, descansando el mango en el suelo. La hoz tenía tres hojas en la parte superior del mástil, coronando la cima la más grande, debajo otra mediana, seguida de una pequeña; sobresaliendo las filosas hojas de metal por encima de la cabeza del llamado Rami. La imagen les confirió a los jóvenes la extraña sensación de encontrarse en un film de ninjas o algo por el estilo. Aunque Silvia pensó que el sujeto era la muerte misma, por el arma que le inspiró temor. —Lo siento —volvió a hablar Rami—, pero este libro no sale de aquí. Los cuatro guerreros habían rodeado al grupo de Theus, quien fríamente, dijo: —Tengo entendido que ese libro pertenece a los Castillo, así que no me puede prohibir llevármelo. —Es verdad —respondió Rami, igual de frío—, pero nosotros hicimos una promesa a la familia Alcázar y la tuya también estuvo de acuerdo, así que con nuestra vida protegeremos este libro, aunque se trate de un Castillo. —¿Cómo? —preguntó Caleb sorprendido—. Esa no me la sabía. ¿Cómo que el clan Castillo consintió esto? ¡Eso no puede ser verdad! —Lo es. Así que mejor se van marchado. Nada tienen que hacer aquí. —¡No! —gritó Theus con desesperación— ¡Necesito leer ese libro! La vida se está escapando de esta joven, la única solución está en ese libro. Rami miró a Lorena. Ninguna emoción modificó su expresión, la que permaneció inmutable. Se encogió de hombros y dijo con algo de ironía: —Sí, pobre princesa enamorada. Una más que sucumbe ante la maldición. Matheus sintió arder por la ira. Dispuesto a no marcharse sin ese libro o por lo menos, sin haberlo leído, levantó su pierna derecha apoyándose en la izquierda y, girando al lado izquierdo, fue a estrellar su pie contra uno de los guerreros que estaba a en ese lado, el que tomado por sorpresa, fue a dar al suelo. El guardián que estaba detrás de Theus, levantó a su vez su pierna derecha para atacarlo por la espalda, pero Timothy corrió hacia él, así que el hombre, viendo su ataque, giró la pierna para recibir al joven con la intención de darle en pleno rostro, sin embargo, el valiente compañero logró agacharse para esquivar el pie del guarda y aprovechó su posición abajo para dar un fuerte puñetazo en la pierna izquierda que sostenía al cuidador, derribándolo por el dolor. Entonces otro centinela sacó su espada y atacó a Theus con ella, pero el joven se movió de lado a lado y brincando hacia atrás, logró sacarse los golpes de espada, no obstante, traer en brazos a Lorena le impedía defenderse y la horrible sensación de que en cualquier momento los alcanzaría el filo, le dio escalofríos. —¡Theus! —gritó Silvia que, detrás de la vitrina que contenía el libro, yacía en cuclillas para protegerse de la lucha que se había desatado— ¡Tráela! ¡Yo la cuido! Matheus aprovechó la ayuda de Ciro para ir a donde Silvia y depositar a Lorena en el suelo, en donde Silvia la tomó en brazos, cubriéndola con su propio cuerpo para ampararla de cualquier ataque. Y aunque ellas estaban seguras donde estaban, Silvia temió por sus compañeros, escalofriándose cuando escuchó el grito de Timothy, el que había sido herido en el hombro izquierdo por el guardián que había derrumbado Theus con la patada. La herida hecha por una estrella era dolorosa y mientras salía de su asombro, el centinela al que había golpeado con el puño en la pierna, estaba por arrojarle una daga, pero René se arrojó contra el hombre, como si de un jugador de fútbol americano se tratara y lo derrumbó con violencia. —¿Estás, bien, Timothy? —le preguntó René. —Sí, gracias —respondió el joven, con un suspiro de alivio— ¡Cuidado, René! La advertencia le llegó tarde. René miró las tres hojas de acero con su filo mortal dirigirse a él y no pudo moverse. Casi se sintió partido, si no es porque Damián, a un lado de él, puso sus manos en el costado derecho del amigo y, utilizando una gran fuerza, quizás obtenida de la desesperación, empujó a René poniéndose por un momento en su lugar y el filo de una de las hojas fue para él. La más grande rozó el pecho, haciéndole un corte de manera diagonal. —¡Maldición! —refunfuñó Rami— ¡Fallé! Al escucharlo, Damián se dio cuenta que el corte era superficial, aunque muy doloroso. Airado con René, le gritó: —¡Idiota! ¡Ten más cuidado! ¡Por poco te parten en tres! —¡Vaya, vaya! —Dijo Rami, algo sorprendido y mirando retador a Damián—. Veo que eres un muchacho muy fuerte, pero de nada te va a servir eso. No deberías estar aquí. Se nota que no valoras tu vida. ¡Vas a morir! —¿Quién será quien me quite la vida? —preguntó Damián aceptando el reto—¿ Tú? Veremos quien muere. Y de inmediato, Damián se lanzó contra Rami, dando un gran salto para golpearlo en el rostro con una patada, pero el hombre, con una maniobra sorprendente, volteó la hoz y con la parte inferior recibió al muchacho, deteniéndolo al colocar la punta del mastil en su estómago. Fue un milagro que el muchacho no hubiese sido traspasado cuando quedó suspendido en el aire, sostenido tan sólo por la parte inferior de la hoz. Con una cruel sonrisa en su rostro, Rami, sin aparente esfuerzo, movió ahora la hoz y arrojó a Damián sobre una mesita, la que, con el peso del joven, se partió en dos. —Ya te dije, tendrás que morir —Sentenció Rami acercándose al joven. Deseoso de utilizar sus filosas hojas de acero, levantó la hoz para dejarla ir contra Damián, en un intento de clavarlo en el suelo por el vientre, pero el joven tuvo la energía para moverse hacia atrás y la punta de la hoja más grande quedó clavada en el suelo, en medio de las piernas del chico. —¡Damián, amigo! —gritó René, preocupado al ver el peligro que corría. No obstante no pudo ir a ayudarlo porque él mismo estaba combatiendo cuerpo a cuerpo con el guardián que quiso clavarle la daga a Timothy, mientras éste último peleaba con el que le había lanzado la estrella. —¡Oh, Dios! —murmuró René al momento de recibir en pleno pecho una patada voladora que lo derribó dolorosamente. Desde el suelo, miró a Theus y a Marlon que peleaban con otro de los centinelas ninja, un gran guerrero que los atacaba con una letal espada y por sus movimientos, resultó que era un gran maestro de esa arma y a los dos amigos les estaba resultando difícil coordinar un buen ataque. Ambos ya lucían cortes en su piel. De igual manera resultaba con Ciro y Caleb que, tratando de esquivar el filo de la espada del otro guardían, no estaban para ayudar a nadie. Darse cuenta de eso fue lo que le dio fuerzas para levantarse y seguir luchando contra el guerrero, mientras Damián hacía lo mismo para seguir enfrentando a Rami. Puesto ya de pie, Damián comenzó a retroceder ante los golpes de la hoz que el hombre movía de un lado para otro. Así fue retrocediendo hasta que llegó a una puerta y se introdujo a otra habitación. Ahí, el joven miró con brevedad un par de pilares y fue a escudarse detrás de uno de ellos, pero Rami, blandiendo su hoz, la levantó y la dejó ir contra el pilar que ocultaba a Damián. El joven pudo escuchar el sonido del aire al ser cortado por las hojas y logró dar unos pasos para alejarse del pilar en el justo momento en que las navajas atravesaron el material y éste fue partido, derrumbándose la parte superior. Ahora, sin el pilar entre ellos, quedaron frente a frente. Una sonrisa siniestra cambió la nula expresión de Rami. Había colocado las hojas de acero en el suelo, pero con un rápido movimiento las levantó y con el contrafilo trató de golpearlo, pero Damián movió la cabeza un poco hacia atrás y sólo pudo sentir el aire de las hojas al pasar cerca de su barbilla, no obstante, Rami, rápidamente dio vuelta a la hoz, colocando las navajas hacia abajo y nuevamente, con la punta de la parte inferior de la hoz, lo golpeó de lleno en el pecho. Mientras Damián se doblaba por el dolor, Rami, igual de veloz, dio vuelta a la hoz y utilizando el lomo de las hojas de acero, le dio ahora debajo de la barbilla, irguiéndolo, para después arrojándolo con fuerza contra la pared. Rami no le dio tiempo de caer al suelo, sino que lo detuvo con el lomo de la hoja grande puesta en su cuello y lo pegó bien al muro. —Ya me cansé de jugar contigo, niño —le dijo con voz aburrida, entonces, utilizando otra vez la parte inferior del mástil, lo golpeó en el rostro y con una dolorosa patada, lo derribó al suelo—. ¡Este es el fin! Con enorme crueldad, le hizo varios cortes con las hojas en brazos y piernas antes de levantarlas con la intensión de ensartar a Damián con ellas. El muchacho, ya casi sin energías, miró las hojas ir contra él y cerró los ojos en espera del desenlace, el que no fue el que esperaba. Finalmente Theus y sus amigos habían obtenido la victoria contra sus enemigos noqueándolos, encontrando a Damián justo en el momento en que Rami se proponía quitarle la vida, por lo que, actuando sin demora, Theus tomó una estatuilla que adornaba una mesa de pared y se la lanzó a Rami antes de que le clavara la hoz a su hermano, dándole justo en la cabeza a la altura de la sien, así que el siniestro hombre soltó la hoz que fue a caer al suelo, mientras éste se tambaleaba, sangrando por el golpe. Acto seguido, sin darle tiempo de nada, todos se fueron contra él y el malvado hombre recibió los puñetazos y patadas de los furiosos chicos, hasta que Theus gritó: —¡Basta! ¡No lo maten! No somos asesinos. Tráiganlo, vamos por el libro. Entre Ciro y Timothy levantaron a Rami y lo llevaron a la habitación, en donde Silvia cuidaba a Lorena. Silvia se espantó al verlos. Todos sangraban y parecían bastante heridos, pero luego suspiró de alivio porque a pesar de que habían recibido un abuena paliza, todos conservaban la vida y eso era lo que importaba. —Entréganos el libro —le ordenó Matheus a Rami, quien milagrosamente no se había desmayado de tanto golpe recibido. —El libro es nuestro, para qué pedirlo —dijo Damián al tiempo que rompía el cristal de la vitrina con un candelabro. Tomó el libro y se lo dio a su hermano—. Aquí tienes, date prisa y busca lo que tengas que buscar. Theus no pudo evitar temblar al tener el tan deseado libro en sus manos. Quiso abrirlo, pero estaba sellado, como adentro de una caja que no podía abrirse y era justamente del tamaño apropiado para contenerlo. —¡No! —gimió Theus al darse cuenta que el libro no podía ser abierto. No tenía cerrojo ni nada que pudiera indicar como hacerlo. Las carcajadas de Rami se escucharon por toda la habitación. Lorena, ya casi en su último aliento, abrió los ojos. Se sentía muy confundida por la fiebre, pero algo claro tenía en su mente y era que estaba aquí por lo del libro. Miró ansiosa a Silvia. No podía hablar, pero sus ojos hablaron por ella. —¡Matheus! —llamó Silvia, con voz ahogada por detener el llanto que pugnaba por brotar al ver el lamentable estado de la joven enferma—. Lorena quiere saber qué sucede. —Es el libro, no se puede abrir. —Así es, Castillo —informó Rami sin dejar de reír—. De nada les sirve tener el volumen en sus manos. Mi antepasado se aseguró de ponerle un seguro que no puede ser violado por nadie. Ese libro quedará sellado para siempre. ¿Notas esa franja hundida en medio? Allí debe ir la firma del amo Castillo que estuvo de acuerdo con la idea de custodiar el libro. Hace décadas que murió ese Castillo y si notas la firma en el lomo de la caja, que es la del mismo, es muy complicada y difícil de falsificar. Nadie podrá abrirlo. La caja es de material indestructible. No cabe duda, mi antepasado estaba adelantado en tecnología para su tiempo. Lorena gimió al escuchar la explicación de Ramiro. Haciendo un supremo esfuerzo, logró tomar a Silvia por el cuello de la blusa y acercarse a ella hasta su oído. Con voz rasposa por el dolor de garganta, pudo decir un par de palabras: —Libro… traer… —¡Theus! —lo llamó de nuevo Silvia, angustiada— ¡Lorena quiere ver el libro! El joven le llevó el libro y tomando el lugar de Silvia, la abrazó para sentarla sobre él. Como Lorena ya no tenía fuerzas para sostenerse por sí sola, apoyó su cabeza en el pecho de Matheus, mientras Silvia sostenía el libro ante ella. La Alcázar parpadeó mientras unas lágrimas rodaban por sus mejillas. Silvia sollozó al ver que las lágrimas estaban rojas. Lorena estaba llorando sangre, sin embargo, la enferma joven hizo un movimiento con la mano para indicarles que necesitaba un bolígrafo o algo para escribir. Todos se miraron. Silvia recordó que traía uno en su bolso, así que fue al auto de Ciro, en donde lo había dejado, así, dándose toda la prisa que pudo, no tardó en regresar con el bolígrafo en su poder. Lorena miró la firma en el lomo de la caja y a continuación, colocando la punta del bolígrafo en la franja de en medio, movió la mano con firmeza a pesar del intenso trémulo que la sometía y logró falsificar la firma del difunto Castillo, tan idéntica que, el seguro de la caja saltó y permitió acceso al libro. No hubo tiempo de asombrarse, sino que Theus tomó el libro y buscó la parte que les interesaba. —¡No! —gimió otra vez cuando encontró y leyó sobre la solución para romper la maldición— ¡Dios mío! —murmuró angustiado, tomando de esa parte del libro una fina daga hecha de plata, la que aguardaba para ser usada. Sollozó añadiendo—: Ahora entiendo por qué la princesa Alcázar estuvo en contra de la solución, pues lo único que hay para romper la maldición, es dar vida por vida, es decir, el Castillo enamorado debe sacrificarse por su princesa. Debe morir en lugar de ella. Debe hacerlo antes de que la princesa muera, de lo contrario, su sacrificio será en vano. Por ello la Alcázar le pidió custodia para el libro a su padre y también por eso, nuestros antepasados lo consintieron. El jefe Castillo no estaba dispuesto a ver el sacrificio de su hijo. —¡Así es! —Se burló Rami— ¿Estás dispuesto a dar tu vida por ella? Lorena lanzó un gemido. “¡No!” Deseó gritar, pero lo único que pudo hacer, fue acrecentar su sangriento llanto. Sintió como Theus se levantaba con ella en brazos mientras Silvia tomaba el libro. “¡No! !No!” La negativa de Lorena permaneció muda. Ella sintió como era depositada en brazos de Ciro y buscando con la mirada a Theus, se encontró con su triste mirada. Él entendió la silenciosa petición de sus ojos, pero con una voz muy dulce, su amor le dijo: —No te preocupes, Lorena mía. Vas a ponerte bien —Se acercó a ella para depositar besos sobre sus labios, mejillas y frente—. Te lo prometí, que rompería la maldición. —¡No! —gritaron todos sus amigos y hermano— ¿Qué vas a hacer? ¡No, Matheus! Con la daga en la mano, el mayor de los Castillo retrocedió y dándoles la espalda, les dijo con voz casi alegre: —Ninguno de ustedes se preocupe. No voy a hacer nada que los mortifique. Se quebró su voz. Se quedó inmóvil por un momento y luego, doblando las rodillas, cayó al suelo. Quedó sentado sobre sus pies, con la mirada fija adelante y las manos fuertemente aferradas sobre el mango de la daga, la que había clavado directamente en el corazón, hasta la última parte de la hoja de plata. Su último pensamiento fue para ella, su amada Lorena e incluso, al pensar en su maravillosa chica, hizo que una pequeña sonrisa se dibujara en su rostro. Así murió Matheus Castillo. Él ya no supo que en los brazos de Ciro, uno de sus mejores amigos, daba su último aliento aquella joven que amaba. Pocos minutos después de morir él, moría Lorena, deseosa de reunirse con su príncipe soñado, su caballero andante y su romeo anhelado. La enfermedad de la maldición había avanzado tanto, que el sacrificio de Theus no había sido su beneficio. No obstante… -o- Veinte años después: —¡Papá! ¡Mamá! ¡Ya llegué! —gritó Matheus Castillo entrando a la casa, acompañado de una hermosa joven de cabello oscuro y ojos negros. Damián y Lina salieron de donde estaban para recibir al mayor de sus dos hijos, y por lo visto, el más gritón también. —¡Ah! —Exclamó Lina al ver a su futura nuera—. Lorena, ¿cómo están tus padres? Todos se saludaron con un beso en la mejilla. —Están bien, Lina, gracias. Como siempre, discutiendo sobre donde será la fiesta de nuestra boda. Mi tía abuela Mariana dice que ella tiene más derecho de que sea en su casa, ya saben, como ella me puso el nombre de Lorena cuando nací y ha vigilado mi desarrollo muy estrechamente, se siente también con derechos sobre todo este asunto. —¡Oh, sí! —exclamó Damián— De hecho, se siente con derechos sobre todos sus ex alumnos. —Dímelo a mí, papá —murmuró serio Theus— ¡Tendré que soportarla toda mi vida! ¡Pasará a ser mi tía también! En este momento quisiera ser hijo de alguno de los amigos de ustedes ¡Sobre ellos no existe esa amenaza! —¡Matheus! —exclamaron sus padres y prometida con voz aparentemente escandalizada, pero después, la queja pasó a ser causa de risas. De seguro, los difuntos Matheus y Lorena, si pudieran ver esto, estarían muy contentos porque su sacrificio no fue en vano. No habían podido romper el lazo de amor que uniría a los Castillo con las Alcázar, pero sí habían roto lo negativo de la maldición. Ahora, finalmente podían estar para siempre juntos en vida, sin que sufrieran la amenaza nefasta del encantamiento. ¿Fin? Ya mero... —¡Y olvídate de que esta vez te perdone, Marcos! —gritó Marly anfurecida— ¿Cómo pudiste olvidar nuestro aniversario de bodas? Marcos Lizardi se agachó para evitar que el florero lanzado por su airada esposa le diera en la cabeza. Marly buscó a su alrededor que más lanzarle, así que cuando menos se dio cuenta, ya tenía a su olvidadizo esposo pegado a ella, robándole como siempre lo hacía sus besos, pero ahora sus besos lograban calmarla. —¡Wow! —exclamó Minerva, la adolescente hija de Mauro Perales y Silvia Macías— ¡En verdad admiro a tu padre, Marco! ¡Con qué facilidad calma a tu madre! El joven vástago de los Lizardi se puso rojo. Se levantó del sillón y sin ver a sus amigos, pasó su mirada por la sala de su casa, que era donde se encontraban y por ello habían sido testigos de las airadas quejas de su madre, pues la habitación de sus padres no estaba muy retirada. —¡Hagamos algo de mayor interés! —sugirió incómodo— ¡Vamos a patinar! —¡Eso me agrada! —apoyó Francisco Liud, el hijo de René y Sarah— ¿Tú qué dices, Gilda? Miró entusiasmado a la chica de sus sueños, Gilda Torres, la hija de Daniel Torres y Hilda Enríquez. Ella se ruborizó bajo su mirada y levantándose del sofá, asintió. Así, los cuatro descendientes de una parte de la generación protagonista de esta historia, se fueron a hacer cosas de mayor interés. Ahora sí, el fin… ¿O será el comienzo? F I N
Ah, jajaja, claro. Marcos y Marly no podian faltar, esos dos hacian una pareja super rara y genial. Ohg, ya veo, ese extra esta genial. Por lo de los descendientes de los que se inmiscuyeron en la vida de Matt y Lorena. Ah, Marina, ha sido en verdad una histoira genial la que nos has dado la oportunidad de leer aqui. El fin, fue... wow! Ame la lucha final por el libre, fue tan genial que no pude evitar emocionarme. Cuando lei lo de dar la vida por vida, ufff, me quede O_O Pero, claro, asi es el amor, eh. Jejeje, me asuste cuando vi que Lorena no pudo salvarse, pero como vimos, la parte mala de la maldicion quedo anulada con ese sacrificio. Si, es un nuevo comienzo para todos ellos. Insisto, una historia genial. Bueno, no teniendo mas que decir me despido. Te cuidas y te quiero. Hasta otra.