Todos buscamos nuestro lugar en el mundo, el que más o el que menos sueña con poder encontrar un sitio, un rinconcito que sienta que ese es su verdadero hogar. Aunque resulte irónico yo he encontrado ese lugar, ese sitio donde siempre quiero estar, donde me siento cómoda, donde puedo ser feliz sin importarme nada más que mi propia felicidad. Antaño, cuando era pequeña tenía fobia ese lugar y ahí radica la ironía, porque con el paso de los años he ido cambiando hasta llegar al punto en el que ahí me siento realmente cómoda. Puede ser irónico, puede que sea algo extraño o distorsionado de mi antigua realidad, pero el único lugar en el que me siento cómoda, es en la más negra oscuridad.
Oteé el horizonte, a través del doble cristal de mi ventana y pensé en lo bonito que era sentir aquello de nuevo. Tomé un largo sorbo del vaso de agua, mientras todavía mantenía la mirada perdida, lejos, en un mundo maravilloso. Estaba empezando a sentirlo, de forma arrolladora, de nuevo venía a mí aquel sueño que siempre me había rondado, de nuevo tenía ganas de plasmar todo lo que pensaba, estaba sintiéndolo y no me lo creía. — Me alegra tenerte de vuelta, vieja amiga —le dije para mis adentros. Sin ella no era nada, la necesitaba para llegar a donde siempre había soñado. La necesitaba para hacer cosas que le pareciesen realmente buenas. Estaba de vuelta, no pensaba dejarla escapar. No, hay que aprovechar al máximo la inspiración, hay que mantenerla a tu lado todo el tiempo que haga falta, sin comer, sin dormir, sin lo que sea, pero manteniéndola ahí, para que no se vaya, velando por ella, día y noche, era importante si quería ser escritora. No podía dejarla ir, no tenía otra alternativa. — Te necesito —dije casi en un un susurro— ahora más que nunca te necesito. Y ella me abrazó, me abrazó como antaño, como si nada hubiese pasado, calmando mis heridas aún latientes, me abrazó con la misma ternura con lo que lo hace una madre, porque era una madre para mí.