VOCALOID Dissidia

Tema en 'Archivo Abandonado' iniciado por Al Dolmayan, 25 Abril 2013.

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    Al Dolmayan

    Al Dolmayan Entusiasta

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    Mensajes:
    144
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    Escritor
    Título:
    VOCALOID Dissidia
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    2466
    Nota: Mi nuevo fanfic! Basado en la imagen que ven aqui abajo como portada y un poco del videojuego "Final Fantasy DISSIDIA"; cinco cuentos de hadas, dos diosas, ¿que pasara?​
    Espero lo disfruten.​
    [​IMG]
    "Opening: Calendula Requiem"​
    “La bella durmiente”
    Una feroz tormenta anuncia la catástrofe que está próxima a suceder en el reino de Cantarella. En el oscuro y espeso bosque logra distinguirse la silueta de un solitario jinete que, evadiendo árboles y ramas, avanza sobre su caballo a gran velocidad, retando la fuerza de la lluvia, las poderosas ráfagas de viento, el peligroso batir de los olmos y robles, y sorteando las trampas de lodo que se formaban por la precipitación. A lo lejos, los rayos caían con gran violencia, uno tras otro, golpeando los muros de un palacio oscuro y tétrico, cuyas ventanas vacías dejaban ver los bloques con que fue construido cada vez que el destello de un rayo se presentaba; las vigías estaban cubiertas por completo de maleza y un sinnúmero de arbustos espinosos se extendían por la torre central hasta su techo, sobre el cual, se distinguía una figura humana, la de una mujer, que permanecía parada con gran calma ante la tempestad, siendo su largo cabello lo único que se movía de su persona.
    Aquel jinete de cabello azul, mantenía la mirada fija al frente; sus ojos azules, profundos y decididos, brillaban en la penumbra del bosque a la par de una pequeña corona dorada sobre su cabeza y una gran espada que, colgada a su cintura, golpeaba levemente con cada sacudida el costado del blanco corcel, que se negaba a dejar la carrera y avanzaba a pesar de la dificultad de la situación.
    Desde lo alto de la torre, la misteriosa mujer, cruzada de brazos, observaba con sus fríos ojos rojos al misterioso jinete que no paraba su marcha rumbo al misterioso palacio. Su expresión era seria, haciendo imposible saber que pensaba en ese preciso momento; sólo quedaba claro que estaba muy interesada en aquel joven. Levantó una de sus manos, que inexplicablemente estaba tan seca como el resto de su cuerpo, y abriendo su puño, la dejó caer en un rápido movimiento y un rayo salió disparado entre las nubes, dirigiéndose al jinete. Viendo esto, él tiró de las riendas de su caballo para hacerlo detenerse. El jamelgo relinchó con fuerza y se paró en sus patas traseras siguiendo la orden de su dueño; evitando el golpe directo de aquella centella, pero de igual modo, cuando esta tocó el suelo, ambos salieron volando un metro hacia atrás. Pasando pocos segundos, el hombre de cabello azul se puso de pie, sin siquiera tambalear o quejarse; su mirada no había cambiado. A centímetros de él, estaban su corona y la gran espada negra, de las cuales sólo tomó el arma. La empuñó en sus manos, cargándola con facilidad a pesar de su larga hoja y gran peso; se limpió el lodo del rostro con la manga de su negro saco y se acercó al caballo que seguía tendido en el suelo, el animal había muerto por la descarga eléctrica del rayo. Él joven dio un suspiro de resignación y volvió a avanzar ahora a pie, saltando los obstáculos que la misma tierra le ponía por su relieve; que ante la mirada de la misteriosa mujer no era nada significativo, ella se limitó a mirarlo sin cambiar de expresión.
    De nuevo, ella alzó su mano por lo alto y la dejó caer señalando al muchacho de la espada; el cielo se abrió de nuevo y de este cayeron varios rayos, uno tras otro en dirección al joven, que se cubría con su espada para evitar las descargas. Sorprendentemente, estos no causaban ningún daño en la hoja negra, la cual parecía absorber la electricidad. Ante esto, la dama de ojos rojos hizo una mueca de molestia y dándose la vuelta, caminó sobre el techo para perderse de vista.
    Aquel hombre de cabello azul bajó la guardia tras ver que aquella misteriosa figura había desaparecido, pero permanecía alerta con espada en mano mientras corría a internarse a la torre central de aquel negro palacio. En su interior, una espesa penumbra reinaba; no era posible ver siquiera el lugar que pisaban los pies o algún objeto que se tuviese al frente; pero una cosa estaba clara, la maleza cubría los pisos de roca, pues crujía con cada paso que el valiente esgrimista avanzaba. Al percatarse que los rayos habían dejado de caer y su vista no lograba distinguir más que el color negro, él se detuvo.
    –Espada de la verdad, ilumina mi camino –ordenó con voz firme el joven a su arma, misma que comenzó a emitir un brillo azul desde su navaja. Dicha luz era suficiente para ver en un radio de cinco metros.
    Una vez iluminado su camino, siguió aquel su carrera dando largas zancadas en los pasillos y subiendo de a tres escalones al llegar a una larga escalinata en forma de caracol. Todo parecía ir con tranquilidad, el viento había dejado de soplar y la lluvia cesó de pronto, indicando que aquel fenómeno tenía una relación con la misteriosa mujer de ojos rojos. El silencio dominaba ahora, roto por los constantes pasos del joven y sus leves jadeos por correr tal distancia.
    Al final llegó a su destino; era una enorme y gruesa puerta de madera completamente negra, con toscos decorados de hierro en toda la superficie y la figura de lo que aparentaba ser una serpiente en el centro. Sin problema alguno, el joven la abrió empujándola con ambas manos hasta dejar un hueco suficiente para entrar sin problemas. En el interior de aquella habitación había sólo una cama, simple y nada ostentosa, siendo la cabecera de oro lo único que llamaba la atención, a excepción de una muchacha dormida sobre el colchón. Sus manos estaban enlazadas a altura de su pecho, sosteniendo entre estas lo que parecía ser una delgada cadena de plata, sus ropas eran sin duda de las telas más finas de la región, un vestido blanco con bordados azules; no usaba zapatos, ni alguna joya puesta en su cuello o dedos; su largo cabello rubio estaba suelto, dejando caer unos mechones al suelo, y su rostro mostraba una profunda paz brindada por el sueño bajo el cual se encontraba. No aparentaba tener una edad mayor a los veinte años, pero resultaba difícil saberlo con exactitud por la poca luz y su bien cuidada piel blanca. El muchacho de la negra espada se le acercó con delicadeza, extendiendo sus brazos para cargar a la damisela dormida, pero un repentino relámpago le detuvo.
    –No esperaba menos de ti, príncipe –sonó una voz femenina en todo el cuarto–. Siempre que la princesa se ve en problemas eres tú el que corre primero sin pedir auxilio o llamar a la guardia real –agregó con frialdad.
    –Soy el único que puede enfrentarte en todo el reino –respondió él, tomando con fuerza la espada.
    –¡Oh! Es cierto, la espada de la verdad –comentó con tono de mofa la mujer misteriosa acercándose al príncipe de cabello azul; ella estaba escondida en la penumbra de la habitación, vigilando a la chica dormida. Sus ojos rojos resaltaban bajo unas gafas blancas de una sola pieza; sus ropas se componían por un par de guantes totalmente negros que le cubrían desde a palma de las manos hasta unos centímetros arriba del codo, dejando sus dedos libres, una escotada blusa de cuello alto de color negro, siendo blanca en el busto y el estómago, y dejando ver su ombligo y parte del pecho, un short muy corto de color negro y unas altas notas del mismo color con un tacón de diez centímetros; todo esto conectado por delgadas y brillantes líneas moradas que se reunían en la nuca de la mujer, la cual era escondida por su larga cabellera blanca peinada en una larga cola y sujeta con un listón oscuro.
    –Haku, hada maligna –le habló el príncipe–. ¿Cuándo será el día en que dejaras de atacar a mi familia? Secuestras a la princesa de cada generación y la maldices del mismo modo que a mi tatarabuela. Siempre eres derrotada y, sin embargo, te niegas a rendirte de una vez.
    –Bueno, tengo que divertirme con algo –respondió ella manteniendo el tono de burla, mientras miraba sus uñas–. La inmortalidad es algo aburrida y tus ancestros han sabido entretenerme. Claro que ellos mueren creyendo que ya me vencieron– agregó con una sonrisa–. Que mal por ellos.
    –Más de cuatro veces has hechizado a mi hermana –continuó el príncipe, señalando a Haku con la espada–, y en cada una te he vencido. ¿Cuál es el objeto de esto? Tu magia ya no es tan poderosa desde que mi tatarabuelo te derrotó.
    –¿Acaso estas inspirado hoy, o es que ese cojo raro de tu maestro te enseña a hablar así? Como te lo dije, hago esto por diversión, además… –ella desapareció en el aire, pero de pronto se materializó frente al joven soberano y poniendo su dedo índice en el pecho de éste para dibujar círculos imaginarios, continuó hablando– de todos los príncipes que he conocido, tú eres mi favorito.
    –¡Déjate de juegos!
    –No estoy jugando –aseguró ella, endureciendo su voz–. ¿No te das cuenta, verdad? Tu familia esta maldita, los acosare generación tras generación hasta el día del juicio final o cuando yo muera; algo difícil porque ninguno de ustedes ha logrado despertar el poder verdadero de la espada de la verdad. Pero tú, mi príncipe Kaito –seguía hablando; en su espalda crecían poco a poco un par de alas blancas– eres ideal para vengarme por el trato injusto de tus antepasados; eres valiente, pero torpe e imprudente –terminó ella con una sonrisa maligna.
    El dedo que ella tenía sobre el pecho del príncipe comenzó de brillar con una luz morada. De pronto, una descarga eléctrica recorrió el cuerpo del joven, haciéndole soltar su espada e inmovilizándolo, cayendo de rodillas frente a la maligna hada.
    –¿Lo ves? Eres torpe. Ah, por cierto– agregó con una sonrisa cínica y un tono de voz malicioso–; mis poderes han sido restaurados. Todo a tu alrededor dormirá por siempre.
    Manteniendo el mismo gesto, Haku, el hada maligna, comenzó a despedir un intenso brillo rojo que se extendía por todo su cuerpo; se alejó del príncipe unos pasos y su cuerpo se elevó unos centímetros del suelo de piedra. Sus ojos carmesíes resplandecían con intensidad debajo de los lentes, que permanecían fijos en el príncipe, que aturdido, permanecía en el suelo.
    –Esto es tu culpa Kaito –decía juguetona–, todo es tu culpa.
    Sin dejar de sonreír, el hada maligna desapareció de nuevo, llevándose con ella a la princesa dormida ante la mirada impotente de Kaito.

    Tras un minuto, las extremidades del príncipe pudieron moverse de nuevo; rápidamente se puso de pie y tomando su espada, se dispuso a correr hacia la puerta, aun sin tener siquiera una idea de los planes de Haku o en donde podría estar su hermana. Apenas puso un pie afuera de la habitación, un extraño destello escarlata le hizo volver a entrar, corriendo directo a la ventana. Lo que vio ahí le hiso sentir como su corazón se detenía y toda la sangre en su interior se congelaba.
    En el cielo del reino, sobre el fino y bello palacio blanco, la silueta de Haku, el hada maligna, apareció. Aun rodeada por ese fulgor rojizo, que se intensificaba con cada segundo; manteniendo su maléfica sonrisa y sus ojos fijos en los del príncipe que, a pesar de la larga distancia entre ambos, se podía sentir el cruce de ambas miradas.
    –Toda tu culpa, Kaito –dijo ella. Extendió sus brazos al cielo, creando una esfera en el espacio entre sus manos, preparando el maleficio–. ¡Chaos Dream!
    Violentamente, la esfera escarlata bajó al palacio, impactándose con este para ser absorbida por sus muros, mismos que de inmediato comenzaron a brillar del mismo color que Haku. En segundos, frente al paralizado príncipe, el castillo, calles, edificios y todo el reino en si fue cubierto en un enorme globo, y con esto, todos los habitantes, desde los reyes hasta los vagabundos y mascotas, cayeron víctimas de un profundo sueño maldito, del cual nadie les podría despertar.
    –No… no… ¡No! –repetía a gritos Kaito, con lágrimas cayendo de sus mejillas.
    La risa de satisfacción de Haku resonaba en los alrededores, aunque ella desapareció una vez que todo el reino fue embrujado; seguramente hizo un hechizo para que el príncipe le escuchara, desde donde se encontrara, mientras él permanecía de rodillas, lamentándose por ser inútil y no haber salvado a su reino. Con fuerza, producida por una mezcla de ira y dolor, Kaito golpeaba el suelo con sus manos, no le importaba lastimarse, y sus gritos dolorosos inundaban el lugar.
    –No te preocupes –habló una dulce y tierna voz–, todo estará bien. Deja de llorar, aun puedes salvar a tu reino y tu familia.
    –¿Quién dijo eso? –preguntó él sin levantar la mirada.
    –Acércate a mí. Por favor –insistía con la misma ternura.
    Resignado, el príncipe obedeció a la voz y se puso de pie. Al buscar a la mujer que le hablaba, quedó sorprendido; frente a él estaba la brillante silueta dorada de una mujer de cabello largo, que le tendía la mano mientras que su sereno rostro, visible a pesar de solo ser una silueta, le llenaba de paz gracias a sus hermosos ojos y una inocente sonrisa.
    –¿Quién eres? –preguntó asombrado el príncipe Kaito.
    –Soy la diosa Lily de Cosmos.
     
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