The angel (One-shot) Bueno pues este en un one-shot muy distinto a los temas que yo suelo escribir xD pero espero que les guste :) The angel Recuerdos… son la película de nuestra vida, nuestro diario animado, un diario… que no siempre es sinónimo de felicidad, pero, si todo fuera felicidad, no estaríamos viviendo una vida real, porque vivir es sentir, sentir infinidad de emociones y sensaciones, aunque no siempre estemos preparados para ellas, por eso, simplemente por nuestra frágil naturaleza, somos tan solo humanos, humanos que jugamos demasiado a ser Dios. Se encontraba sentado en aquella sombría oficina, recordando…, recordando aquellos momentos pasados, aquellos dolorosos momentos pasados. Se llevó la mano a la frente, y su rostro adoptó una expresión incómoda, su cabeza se encontraba inundada de escenas, momentos que viajaban a la velocidad de la luz en su cabeza, imágenes que se cruzaban y se perdían al instante, y a esto se le sumó la pérdida incontrolable de lágrimas que brotaban de sus ojos, lágrimas que eran imposibles de contener. Tenía una espina clavada en el corazón, una espina que abrió una profunda herida en su ser, una herida que no se cerraría por más lágrimas que derramara, y con lágrimas, volvió a sus amargos recuerdos, pero que por muy amargos que fueran, también contenían los momentos más felices de su vida, una vida que empezó en aquella mañana en la que creía estaba acabado… Miró su reloj, era la… séptima, o tal vez la décima vez, hasta él había perdido la cuenta de cuantas veces lo había mirado, y aún le quedaba un cuarto de hora, tan solo quince míseros minutos para despedirse para siempre de ella. La cafetería estaba llena, más llena de lo habitual. Era un lugar elegante, con ventadas empotradas, y enredaderas que subían y bajaban como serpientes por aquellas columnas de madera que sostenían el simpático lugar. No era un espacio demasiado amplio, y hoy se notaba más que ningún otro día, estaba hasta los topes. Se levantó un poco, y alzó disimuladamente la vista. Se sorprendió, aquel lugar estaba lleno de más, y comenzaba a notarse cierto agobio en el ambiente. Se sentó de nuevo, y al volver su mirada al sillón beige aterciopelado que se encontraba enfrente de él, pegó un brinco. Vio… un ángel, ¿un ángel?, ¡pero en que estaba pensando! Tan solo se trataba de una mujer de apenas unos veinte, veintiún años, o al menos era lo que parecía aparentar, con las mejillas rosadas, y labios tremendamente sensuales gracias al color fresa que poseían. Su rostro parecía una escultura de arte realizada por el mejor de los artistas, y no solo por la belleza que emanaba, sino también por las perfectas facciones que constituían su cara, además de ese cutis perfectamente cuidado, tan liso, tan terso, tan libre de impurezas, que entraban unas ganas terribles de acariciarlo. Tenía una amplia sonrisa dibujada en el rostro, y… ¡qué sonrisa!, parecía hasta divina. -Perdón, a lo mejor estaba ocupado, si lo desea me marcho. –Dijo emitiendo una voz dulce y aguda, como la de un ángel… Él se quedó en blanco. La mujer tenía unos ojos enormes, con unas pestañas alargadas y curvadas perfectamente ordenadas hacía arriba, y mirando aquellos tremendos ojos chocolates, cualquiera es capaz de quedarse mudo. -¿Se encuentra bien? –Dijo emitiendo de nuevo aquella vocecilla angelical, curvando esas cejas azabaches, totalmente a tono con su brillante cabello acabado en ondas que realzaban aún más su encanto, al ver que no obtenía respuesta alguna. -No-no se preocupe, no esta ocupado. –Dijo al fin con una sonrisa casi inexistente, sin ser capaz de mirarla a los ojos. -Me alegro, ¿sabe que es realmente difícil entrar sobre esta hora a tomar un café en cualquier lugar? -Si, aquí en Osaka, todo el mundo parece hacerlo todo al unísono, será por el fuerte sentido patriótico que posee la gente de por aquí… ¡Imposible!, iba con veinte minutos de retraso, él, que había salido dos horas antes de su casa…, y todo por haberse entretenido con aquella mujer, ¡y que mujer!, pero no era tiempo para pensar en aquella atractiva mujer, ¡llegaba tarde a su propio divorcio!, y no tenía ningún tipo de excusa razonable, y, aunque dijera la verdad Kikyou no le creería. -Perdón por el retraso, he estado atrapado en un atasco y… -Decía mientras entraba bruscamente en la oficina de los juzgados, pero calló al encontrar tan solo a su abogado. -¿Dónde está Kikyou? -Su mujer…ha dejado esto para usted. El portazo se oyó en todo la comisaría, y como un acto reflejo, todos los presentes giraron el rostro hacia la oficina del inspector. Solo fue uno el que se atrevió a entrar en la boca del lobo. -Que, ¿acaso te ha sacado mucho? –Dijo el atrevido hombre de pelo negro sujeto en una ridícula coletilla, mientras se sentaba en el espléndido sofá que tenía el malhumorado inspector en su oficina. -Miroku no estoy de humor, lárgate. –Dijo fríamente. -Vaya… y yo que pensaba que esta noche saldríamos a emborracharnos. -¡Ja! Sango no te lo permitiría ni aunque luego se lo recompensaras en la cama. –Y dicho eso giro su silla y desvió su mirada hacia la ventana, sin percatarse de la presencia de una mujer de ojos rasgados color café y cabellera castaña. En aquel mismo instante la puerta de la oficina se cerró de nuevo, con un golpe más fuerte aún que el anterior. -Vaya Inuyasha… así que crees que yo funciono así…-Dijo la castaña cuyos ojos desprendían fuego, entre dientes. Él nombrado dejo caer varias gotas por su sien, y tragó saliva repetidas veces. -Vaya… y yo que venía a preguntarte si había habido algún problema con el divorcio, ya veo que me preocupo por nada. –Decía aún con los puños apretados, haciendo que su marido sintiera peligrar su vida. –Por cierto Miroku… esta noche duermes en el sofá. –Y se fue dando un nuevo portazo. -Que carácter tiene esta mujer… -Dijo el acomodado en el sofá con la mirada azulada posaba en la puerta en la cual minutos antes había estado su furiosa mujer, con una ligera sonrisa. –Me encanta… -Vaya… veo que dormir en el sofá no te importa demasiado. -Enserio crees que mi Sanguito no me dejara acurrucarme con ella esta noche. –Dijo abrazándose a sí mismo, y moviéndose como una goma de izquierda a derecha. Inuyasha, sin pensárselo un instante asintió, y su amigo cayó al suelo al estilo anime. -Venga, cuéntame que ha pasado. –Dijo su amigo recobrando un poco de seriedad. -Míralo tu mismo. El hombre sacó del bolsillo de tela de sus pantalones, un pequeño papel arrugado, que tenía unas cuantas palabras escritas. “Cariño, como muestra de mi gratitud te haré disfrutar del hecho de estar casado con la modelo más famosa de Japón un poco más, por el momento a mi carrera profesional no le conviene en absoluto un divorcio, no te enfades, esto es lo que llaman el precio de la fama, ¿sabes?” -Menuda mujer…, te la ha jugado bien amigo, es una lástima que esta noche no podamos salir juntos a emborracharnos. -Sí, me tocará ir solo. –Dijo con una sonrisa irónica. Inuyasha Taisho, veintitres años, e incorporado hace poco a aquella comisaría, como inspector jefe, gracias a su hermano mayor, el cual era el comisario. Era un joven muy atractivo, de mirada dorada, alto, y con un físico muy bien cuidado. Cometió el error de su vida casándose con la modelo Kikyou Matsoura, una de las modelos más famosas de Japón. Su casamiento a una edad temprana era la mejor forma de lanzar su carrera profesional a lo más alto, ya que daría mucho juego para los programas del corazón, y la prensa, y al ser una celebración de una famosa, saldría hasta en las noticias, y los periódicos. Lo cual la haría que la gente hablase de ella. Era una realidad que debía de aceptar, realmente fue un estúpido, un completo estúpido, y lo peor es que aún la amaba, aquella mujer fría y calculadora que ablando su corazón, y lo hizo completamente suyo, con una máscara de belleza, dulzura, bondad… Fueron dos años llenos de felicidad y entrega, hasta que al fin, a la perfecta mujer con la cual él creía haberse casado se le cayeron los anillos y cometió un grave descuido. La descubrió con otro hombre, en su propio dormitorio… aquellos recuerdos aún despertaban su ira, una ira frustrante hasta el extremo, que lo consumía poco a poco hasta explotar. La puerta de aquella oficina volvió a abrirse de manera violenta. -¡Miroku! Dile a mi hermano que me tomo el día libre. El joven pensaba retenerle, pero antes de que se diera cuenta, Inuyasha ya había desaparecido, “tal vez sea buena idea dejarle solo por el momento…” Llegó al apartamento en el cual había vivido dos años con su esposa, dos años en los que creyó que era el hombre con más suerte del mundo. Se sirvió una copa de aquel carrito en el que se encontraban todas las clases de bebidas alcohólicas que cualquiera pudiera desear en momentos como este. Se sentó en el sofá y comenzó a mirar nostálgicamente un álbum de fotos únicamente de él y Kikyou. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, se maldijo a sí mismo por ser tan estúpido y por no escuchar los consejos de su buena madre…, si ella aún viviera para ver lo que había ocurrido, desearía no haber tenido un hijo así. Las persianas estaban bajadas, su apartamento se encontraba en la más profunda oscuridad, que era lo único que poblaba su gélido corazón en aquel momento. Recuerdos de aquella vida, que parecía tan lejana, brotaban de su mente a cada segundo. Deseaba que aquellos recuerdos se desvanecieran, lo deseaba más que nada, pero aquel era un deseo inconcebible. Pasó una semana. Estaba como siempre en la oficina, revisando homicidios vagamente. Tenía un dolor de cabeza espantoso, la verdad es que llevaba una semana con dolor de cabeza, o mejor dicho, una semana de resacas. El alcohol era la única salida que encontraba a su sufrimiento, un sufrimiento absurdo por una mujer que no lo amaba y que lo había abandonado, una mujer frívola, una mujer que no tenía descripción alguna, al menos para él. Tocaron suavemente la puerta de la oficina, que posteriormente se abrió levemente, pero Inuyasha se encontraba tan absorto de la realidad en aquel momento, que no se dio cuenta de que se trataba de una mujer. -Buenos días. –Dijo la mujer, sin fijarse en el rostro del saludado. Realmente centro su atención en el lugar en el cual se encontraba. Una oficina bastante amplia, con pocos muebles, y también poca iluminación. Inuyasha elevó su rostro hacia arriba con desgana, y se quedó paralizado. Era un ángel, un ángel que había conocido hace una semana en aquella cafetería. Jamás pensó que volvería a ver a esa mujer, realmente, no volvió a pensar en ella, y ahora que la veía de nuevo le parecía hasta más hermosa, además de que ahora podía verla de cuerpo entero, y realmente no podía describirse con palabras. -Bu-buenos días, ¿se acuerda de mí? –Pregunto algo emocionado, con la mirada ambarina encendida. La chica se quedó unos segundos pensativa, pero enseguida le reconoció. -Usted es el hombre de la cafetería. –Y sonrió. –Que coincidencia, ¿no? -Sí realmente el mundo es un pañuelo. –Y dicho eso apoyó su mentón en su puño derecho y le lanzó una mirada seductora. –Dígame, ¿qué es lo que la ha traído hasta aquí? -Pues venía a decirle que desde hoy soy su nueva secretaria, me llamo Kagome Higurashi. La cálida sonrisa de la joven envolvió a nuestro inspector. Tenía una sonrisa espectacular, con unos dientes blancos y perfectos, y no solo era la perfección de su boca, sino los sentimientos que podía trasmitir. Miró hacia la mesa de Kagome a través la ventana de su oficina. Estaba exhausto ante tanta belleza, o el era un romántico empedernido, o realmente se trataba de un ángel caído del cielo. Llevaba un vestido de vuelo, con una cinta debajo del pecho que lo realzaba. Con cada movimiento, sus proporcionadas caderas se hacían aún más deseables. Sonrió, Kagome ya llevaba tres semanas trabajando como su secretaria, y cuanto más conversaba con ella, más se convencía de que se trataba de un ángel, aquella chica ahora era su ángel. ¿Estaba enamorado de ella?, cada vez lo creía con más fuerza. Esa manera que tenía de iluminar todo a su alrededor, esa inocencia que desprendía, quien no se enamoraría de alguien así. -Buenos días, ¿le traigo un café? –Dijo Kagome asomando la cabecilla por la puerta con una de sus sonrisas. -Solo si eres tú la que lo prepara. La chica rió, y seguidamente cerró la puerta. -¿Te parece que este bien? -Miroku, no creo que este bien, creo que es lo mejor que le podía haber pasado a Inuyasha. –Miró hacia la oficina del nombrado. –Mira sus ojos, hacia demasiado tiempo que no le brillaban de ese modo. Miroku la miró con esa dulzura, con la que se mira al ser más querido, y su hermosa mujer, sentada en sus rodillas, le correspondió la mirada, cerrando aquel mágico momento con un tierno y corto beso. -¿Se puede?, le traigo el café. -Kagome, tutéame, llevo diciéndotelo desde tu primer día. –Y le lanzo una de esas miradas seductoramente doradas. Sus mejillas se tiñeron de carmín. El hermoso ángel parecía ahora una niña que acababa de recibir su primer beso, tan dulce, tan inocente, que el único deseo que producía en Inuyasha era el de abrazarla para no soltarla jamás. Al dejar el café en la mesa, Kagome, se enganchó la falda con un pico rebelde de la mesa de su jefe. Dejo su pierna al descubierto, una pierda que tendría que ser perfecta, de no ser, porque tenía varios moratones. -Kagome, me vas a disculpar, pero ¿Qué te ha pasado en la pierna? Ella abrió los ojos de golpe, se quedó pálida en un momento. Desvió la mirada, y tan solo dijo, me caí por las escaleras. Con una sonrisa forzada se marcho, evitando la mirada de Inuyasha. No solía coger el coche, la verdad es que luego era muy difícil encontrar un sitio donde dejarlo, pero no tenía otra opción, no podía dejar de pensar en Kagome, en aquellos moratones, y en la forma en la que le estuvo evitando el resto de la mañana. No hay que ser demasiado listo, como para darse cuenta de que le había ocurrido algo, así que tan solo quería hablar con ella. Kagome vivía en un apartamento de estilo occidental, en un barrio tranquilo. Llegó allí en apenas unos minutos, y subió las escaleras del edificio emocionado, era la primera vez que iba a casa de la joven. Llegó por fin al tercer piso, y cuando iba a llamar al timbre se fijó que la puerta estaba abierta. No se lo pensó ni un instante y la abrió, pero se quedó petrificado. Nada más entrar estaba el salón, pero aquello parecía haber sido devastado un terremoto. La mesa estaba volteada, los cuadros caídos, y todo aquello que era de cristal estaba roto… -¡Kagome! –Gritó con desesperación al ver el panorama. Entro en la casa, y allí detrás del sofá, estaba ella tirada en el suelo boca abajo. -¡Kagome! Corrió hacia ella. Le caía desde la frente un hilo de sangre, y tenía la mejilla izquierda ligeramente hinchada. Sus ojos no podía creer lo que veían, ¿Quién podría querer hacerle algo así a un ángel como ella?, nadie que estuviera en sus cabales, eso estaba claro. -¡Kagome despierta!, ¡Kagome por favor abre los ojos! –Gritaba desesperado, impotente, al no saber que hacer. -¿Inuyasha? –Dijo casi en un susurro, y con los ojos entre abiertos. -¡Kagome!, ¿Qué ha pasado?, quien ha podido hacerte algo así… Tuvo que detenerse. Los grandes ojos chocolates de Kagome estaban poseídos por el pánico, y de ellos brotaban lágrimas de un rostro que no poseía expresión. No pudo soportar aquella mirada, y la abrazó lo más fuerte que pudo. Dejo su hermosa cabeza azabache recostada sobre su pecho, que comenzaba a humedecerse debido sus lágrimas. Ella tan solo le correspondió al abrazo, y le dijo un gracias…como pudo, antes de desmayarse. La cogió en brazos y la sacó de allí sin pensárselo dos veces. Pesaba tan poco, y parecía tan frágil… y ese carácter inocente y cálido que tenía, realmente era una niña atrapada en el cuerpo de una mujer. Los rayos de sol se filtraban de entre las persianas. Abrió los ojos lentamente, y encontró la cama vacía. Se levantó de golpe. -¡Kagome! –Dijo nervioso, pero se tranquilizó al momento, al verla asomada al balcón, con su cabello danzar al compás del viento. Se acercó a ella. -Kagome… -He estado casada dos años. –Comenzó a decir sin mirar a Inuyasha. –Fue un matrimonio concertado, pero aún así yo estaba enamorada. Esa fue la primera vez que me enamoré de verdad. El primer año como su esposa, fue el año en el que creí que mi vida era perfecta, estaba llena de felicidad, y tan solo deseaba estar junto a él, pero poco después de nuestro aniversario, comenzó a beber. Al principio no le di importancia, pensaba que era por el estrés del trabajo, pero un día…-Se le humedecieron los ojos. –Me pegó. Comenzó a pegarme cada vez que estaba borracho, y si no bebía, siempre estaba de mal humor. Aún así yo le seguía queriendo, hasta que un día después de hacer la compra, me lo encontré en casa con otra mujer, y decidí poner fin a aquella mentira. Inuyasha no era capaz de encontrar las palabras, jamás pudo haberse imaginado, que detrás de Kagome se encontrara una historia así, que en parte le recordaba a la suya. Se quedaron así, en silencio, dejando que el viento se llevara su dolor por un instante. -Y, hace unos días…volvió. Yo como una estúpida pensé que estaba arrepentido, pero tan solo quería dinero, y cuando me negué a dárselo… Inuyasha no la dejó continuar. La abrazó y sus miradas se encontraron, dos miradas que llevaban a parejo el peso de un corazón herido. Compartían un dolor mutuo. Eran dos almas en pena que se habían encontrado por un capricho del destino. No hicieron falta palabras, todo quedo sellado con un beso. Un beso en el que intercambiaron sus sentimientos, el dolor, la pena, pero también la alegría de haberse podido encontrar el uno al otro, y el amor que había nacido entre ellos, sin ni siquiera haberse dado cuenta. Aquel beso dio paso a otro, otro lleno de pasión y deseo, que ambos sentían el uno por el otro, un deseo que había permanecido encerrado, y que ahora era libre. Eran dos pájaros que habían escapado de los grilletes que los mantenían encerrados en la jaula de la soledad, y ahora podían volar juntos, compartiendo cada uno de sus seres. -Kagome…te quiero, desde la primera vez que te vi. –Le dijo mientras hacía remolinos en su cabello. -Yo también, desde que te encontré en aquella mesa sin compañía. –Dijo aferrándose al formado pecho de Inuyasha. Estaban en la cama de Inuyasha, con una sábana como única vestimenta. No necesitaban explicar como se sentían, su unión había sido más que suficiente, como para descubrir todo el uno del otro. Fueron tres años los que el tiempo dejo que pasaran el uno junto al otro, tres años en los que creyeron que el cielo existía en la tierra, y que ellos eran los reyes, tres años, que les sirvieron para cerrar las heridas de sus corazones, tres años en los que aprendieron que su amor era lo que les daba sentido a sus vidas. -Entonces mañana es el día. -Sí, mañana seré libre, y podremos casarnos. –Dijo Inuyasha con una ilusión que se manifestaba en el brillo de sus ojos. Por fin Inuyasha había conseguido el divorcio, y mañana, se casaría con su ángel. Pero, el destino es caprichoso, y una mala decisión puede ser fatal. Si, así ocurrió, el dejarla sola, aunque solo fue para subir a su casa un instante, si tan solo se hubiera bajado del coche y hubiera subido con ella, Kagome estaría viva. El demente de su ex-marido, no solo era un alcohólico violento, si no que también había caído en el mundo de la droga. El sonido del disparo, se oyó en todo el barrio, un disparo que le atravesó el corazón a Kagome, aquel corazón que tanto le había costado sanar, ahora encontraba su descanso eterno. Las últimas palabras de Kagome aún resonaban en su mente, gracias amor mío. Aún a pesar de haberla dejado sola le daba las gracias. Aquel ángel descarriado por el destino había encontrado al fin la paz. La sombría oficina hoy estaba más oscura que nunca, una oscuridad, que sería eterna, ya que su ángel no estaba allí para iluminarla. Había pasado un año, y por más que lo intentaba, su vida ya no tenía sentido, Inuyasha comenzó a vivir el día en que conoció a Kagome, y su corazón murió con ella aquella mañana. Ahora solo era un recipiente vacío, sin rumbo, sin aspiraciones, sin nada que le diera un motivo para vivir, y por ese mismo motivo, decidió reencontrarse con ángel, en un lugar en donde nadie podría separarlos. Recuerdos… eso era lo único que quedaba del corazón de Inuyasha, unos recuerdos que le destrozaban la existencia. Este no es el final, tan solo es el comienzo de la eterna vida entre dos ángeles, que habían encontrado su felicidad.
Re: The angel (One-shot) Wouuu...por un momento pense que le darías un final felíz O.o...qu triste que Kagome haya muerto justo cuando iban a casarse ToT...pero en realidad me ha gustado mucho la forma en que narraste la historia, no especificas quien era el esposo de Kagome pero supongo que no tiene importancia saber el nombre de ese patan ¬¬...me gusto mucho tu one-shot, algo dramatico pero le da un toque original, sigue asi
Re: The angel (One-shot) jeje pense en especificarlo, pero ya eran demasiadas palabras u.u, en un principio decidi hacer un final feliz, pero como eso es algo tan visto, me incline por la tragedia xD
Re: The angel (One-shot) Bueno, algo diferente no nos va a matar en el foro XD...de todos modos como ya lo dije antes me gustó mucho tu one-shot...espero ver un fanfic tuyo pronto...
Re: The angel (One-shot) ........... T________T Al dejar el café en la mesa, Kagome, se enganchó la falda con un pico rebelde de la mesa de su jefe. Dejo su pierna al descubierto, una pierda que tendría que ser perfecta, de no ser, porque tenía varios moratones. Eso no lo he captado muy bien la verdad, me he perdido, pero por lo demás... Me encanta tu fic aunque tenga un final triste y los dos terminen muertos, porque al final has intentado arreglarlo diciendo que los dos ángeles estarían felices y amandose en elcielo.. pero que vamos, eso se nota que lo has puesto para que de un toque menos triste xD En fin, pues eso, aclárame esa parte que he citado de tu historia por favor, quememolestaquesea lo unico que no he logrado entender =( Adiós me ha encantado de verdad!
Re: The angel (One-shot) pues, con eso simplemente quiero decir, que tenia varios moratones en la pierna, que no pasaron desapercibidos para Inuyasha, ese es el principal motivo por el que luego fuera a su casa. espero haber aclarado tu duda :) si no es asi dimelo! bye~