Las llamaradas rojizas lo cubrían todo. Los gritos de dolor poco a poco se extinguían y el suelo se encontraba manchado de un líquido carmesí. Todo había acabado. La maldad ganó… Kagome cerró los ojos y cayó de rodillas sobre el suelo, fue cobarde por no terminar con la vida de ese híbrido cuando tenía la oportunidad y ahí frente a ella tenía las consecuencias de su debilidad. La noble gente de la aldea inútilmente intentó detener a ese ser que poseía la imagen de Inuyasha pero que no conservaba nada de ese ser que la azabache aún amaba. Sediento de sangre masacró a todo aquel que se cruzó en su camino. No hizo distinción entre hombres ni mujeres, mucho menos entre niños y ancianos; para ese demonio únicamente existía la satisfacción de desgarras los frágiles cuerpos de los infortunados. Un sollozo escapó de los labios de Kagome. El deseo de regresar el tiempo y las cosas cambiar la estaba carcomiendo por dentro pues saber la imposibilidad de aquello era lo que más dolía. Un ruido la alertó y de inmediato su cuerpo se tenso. Se puso en pie y miró al ser que frente a ella se plantó. Inuyasha sonrió ladinamente al percibir el miedo irracional que invadió a la mujer sólo que él no comprendía que no le temía a él sino al hecho de perderlo. Kagome apuntó una saeta directamente al pecho del hanyou y le sostuvo la mirada, buscando, casi rogando porque de alguna u otra forma esos ojos reflejaran algo del ser bondadoso que la azabache juraba, aún vivía en el interior de ese cuerpo. Pero ahí no había nada. Los orbes en antaño dorados ahora se encontraban teñidos de carmesí y un brillo asesino en ellos hacía que resplandecieran mientras la luz del sol moría. En esos ojos no quedaba una pizca de amabilidad, ahora sólo ostentaban sed de sangre y el deseó de asesinar. En esos orbes no se podía apreciar vacilación pues se encontraban revestidos de determinación. Empero aún sabiendo todo ello quiso saber si de verdad aquella feroz bestia también asesino al amor de su vida. –¡Inuyasha! –Exclamó suplicante, deseando que de un momento a otro la esencia de su amado apareciera. Él aludido no reaccionó, solamente se limitó a mirarla y en ese momento supo que él ya no tenía salvación. Aquella mirada dorada tan llena de bondad, ternura, terquedad, orgullo y amor jamás volvería. En su lugar se encontraban unos ojos enfebrecidos de sangre, relampagueando con un instinto homicida que ya había cobrado la vida de miles y que claramente le gritaban que no se detendría hasta que pereciera uno de los dos. Cerró los ojos un momento y respiró hondo en un intento de armándose de valor para ejecutar su elección. Al abrir los ojos se dio cuenta de que el híbrido caminaba en su dirección, balanceando su mano ensangrentada. Él sonreía y miraba sus garras como si de antemano ya disfrutará el placer que le produciría terminar con la vida de la chica, con ese único lazo que unía la esencia de Inuyasha a su corazón humano. Dolorosas lágrimas corrieron por las mejillas de la azabache mientras tensaba la cuerda y dejaba ir la flecha que se estrelló en el pecho de Inuyasha. Por un momento la luz purificadora de ésta la cegó. Se vio obligada a cubrir sus ojos con su brazo y esperar a que ésta desapareciera. Segundos después en su campo de visión entró el cuerpo inerte de aquel que por siempre sería el dueño de su corazón. Se acercó lentamente a él sintiéndose mareada y abrumada. Se arrodilló a su lado y observó su bello rostro mientras un desgarrador dolor empezaba a morder sus entrañas. En el momento en el que los sollozos incontrolables brotaron de sus labios, él abrió los ojos. –Perdóname… Por una fracción de segundo se miraron y ella con amarga dulzura descubrió que su mirada volvía a ser tan cálida como el mismo sol y después de proferir esa palabra el albino se sumió en un eterno sueño. La sed de sangre cobró a su última víctima. Por fin todo había terminado.