Lucy Anderson es una muchacha de dieciséis que después de su estancia en Inglaterra regresa a Lima, la ciudad que la vio crecer los primeros años de su vida, completamente diferente. Ya no hay vestigios de su bondad y humildad, pero sí de un orgullo que la ciega volviéndola fría e indiferente. Su mejor amiga, Eva Palacio, será humillada por las fuertes comparaciones que dirá ella de acuerdo a su situación social y económica. Este hecho no sólo demostrará lo cruel que puede llegar a ser Lucy sino que también permitirá que una fuerza nazca de Eva incitándola a una venganza que consistirá básicamente en ser mejor que Lucy, y para ello necesitará postular a School of Literature; una universidad prestigiosa de literatura donde los mejores escritores se hacen conocer; porque recuerda cuál fue y seguirá siendo la razón del retorno de Lucy: Ser la célebre escritora del año de School of Literature. Con la idea de acabar con aquel anhelo Eva hará lo posible por ingresar a esta universidad lllegando a un grado de superación nunca antes conocido. A esta competencia de ex mejores amigas se le sumarán las apariciones de distintos personajes que por obra del destino o del azar formaran lazos con cada chica y marcarán línea en el terreno. Erick Roberts, un muchacho que conocerá a Lucy en Inglaterra y se sentirá atraído hacia ella por una serie de sucesos embarazosos. Joel Fernández, un acaudalado y arrogante que será el compañero asignado para Lucy y con el que finalmente desarrollará algo más alla que la amistad. Sandy Torres, una adolescente con inclinación a las artes oscuras y objetos ornamentales del siglo pasado que será una adversaria más para Lucy por el constante sufrimiento que debe cargar Erick debido a ella. Aclaración: Son hermanos. School of Literature "La rivalidad y la amistad en su más tiempo de apogeo"
School of Literature-Ceder a la verdad-Las nubes grises en el cielo indicaban que se avecinaba una férrea lluvia, y quizás seguida de truenos. Las calles de la ciudad estaban, como siempre, congregadas de personas impacientes que se hacían paso a través de empellones; los autos recogían a sus pasajeros como carga de ganado, juntándolos lo más que podían en él. Resumiendo: Lima era un caos. -¡Lucy! ¡Aquí estoy!- tildó una muchacha de largas trenzas y anteojos agitando los brazos desde un semáforo ubicado en la esquina. Lucy estaba al lado de una limusina, viendo inexpresivamente la tienda de flores que se abría frente suyo, al oír su nombre giró e hizo algo parecido a una mueca. Señaló al anciano de traje negro, su chofer, que la llevase hasta la esquina y éste volvió a ocupar el asiento de conductor. Apenas era media cuadra de distancia pero Lucy prefería no caminar y ahorrar sus energías para una causa mucho más provechosa. -¡Oh, Dios Mío! ¡Eres tú! ¡Volviste! –exclamó la muchacha, alborozada y pegando brincos. La gente las ignoraba por completo, pero no sucedía lo mismo con la limusina estacionada a su costado. -Ya, Eva. Eludamos esto y súbete, tengo algunas cosas que decirte. —Aseveró ingresando nuevamente a la limusina sin esperar la respuesta de la otra—Señor, a casa. -Por favor. —completó a la oración Eva cerrando la puerta y abrochándose el cinturón—Lucy ¿A qué hora haz llegado? ¿Por qué no me llamaste? ¿Estuvo bueno el viaje? ¡Ah, estoy tan contenta de verte otra vez! Dime que ya no regresarás a Inglaterra porque, ya sabes, lo prometiste… -No me iré. —tajó con voz lacónica, centrando su mirada en la ventana—pero tampoco estudiaré en tu escuela. Silencio. -¿Qué?—logró articular Eva, intentando en vano no llorar. *-Arriba los brazos. Ahora, ustedes, busquen en sus bolsillos. —ordenó el oficial con la frente consumida de cansancio. Sus subordinados palparon la ropa de los cuatro muchachos, quienes mantenían la mirada en el suelo, resignados aparentemente, excepto uno que tenía marcada una media sonrisa en el rostro que pudo ocultar gracias a la capucha negra de su casaca. -Señor, esto hemos recaudado. —dijo un uniformado mostrando la mesa de la sala en la cual descansaban sobres de plástico. -Bien, ahora márchense. Yo me haré cargo de estos. -Pero señor, las esposas. —recordó el más joven de los subordinados trayendo consigo cuatro pares de ellas. -No son necesarias. —contestó él, impasible y esperando a que la puerta de la sala sea cerrada. -Así que pasta básica de cocaína, eh. Qué infantil. –Opinó dirigiéndose a la mesa y sujetando un sobre—Y mediocre para jóvenes de su edad. -¿Y qué podríamos hacer, Sheriff? ¿Estudiar?–sus amigos rieron al mismo instante en que volteaban, osados a desafiar la ley—Lamento informarle que… no tenemos los recursos necesarios para hacerlo, como verá—bajó la capucha que le cubría y sonrió, asqueado—nosotros no crecimos como niños mimados, ni con la autoridad de un adulto que pueda corregirnos a su debido tiempo. Este es nuestro camino y ya nadie puede revertirlo. Oigan, chicos, vayámonos, es realmente exhausto tener una conversación con alguien que parece no captar ninguna palabra. Y sonriendo con suficiencia se encaminaron a la puerta, dispuesto a salir de aquel lugar a cualquier costo. -Rafael. —Susurró el oficial recobrando la postura perdida y sosteniéndose en la mesa. Su cara estaba media pálida--¿Eres tú? Rafael fue el último en salir y alcanzó a oírlo, pero tan solo dijo, con voz reacia: -¿Quién mas? Y fue de refuerzo junto con sus amigos para enfrentarse contra la docena de uniformados que aguardaban fuera. *-¿Puedes parar ya, Miguel? Me desesperas. Miguel seguía dando constantes golpecitos al suelo con su calzado de cuero, incapaz de contener sus nervios, ya de por sí alterados. -Son las pruebas ¡Las pruebas! –soltó como si fuera un gran descubrimiento digno de muchas consideraciones o por lo menos, de una comprensión. -Anda, tío. Actúas peor que mi hermana. —recalcó, suspirando y recargando su cabeza en el asiento. -¿Y eso? ¿Siguen enemistados? –inquirió, olvidándose del retraso que llevaba el taxi por el reciente tráfico en la pista. -¿Qué quieres que te diga? La muy tonta se molesta y dice que soy la peor persona del mundo por haber interrumpido su sesión de morreo en mi dormitorio. -Vaya, qué… Señor, no, a la derecha ¡No! ¡Dije a la derecha! ¿No me oye? ¡Ah! –se fastidió, presionando los puños y soportando la idea de golpear al chofer en la nuca. -Cálmate, llegarás a tiempo. Me pregunto porqué habrá tránsito a estas horas. No es normal… Su comentario quedó perdido en la mitad de su garganta pues había dado con la respuesta, a lo lejos, cerca de la siguiente cuadra una limusina azabache estaba detenida, interrumpiendo el cruce de ambas pistas y provocando un leve estupor entre los demás coches. -Miguel. -¿Qué?-dijo de mala manera. -Sal del taxi. Iremos a pie. —comunicó pagando al señor el dinero correspondido. -¿Eh? ¿Estás loco, Erick? No llegaremos aunque corriésemos. -Lo sé. -¿Y entonces? -Tú simplemente sígueme ¿Vale? –Y echó a correr a la limusina con una desbordante emoción. *Lucy no tuvo reparos para objetar al chofer que detuviera la limusina en medio de la pista. Aceleró con un sonoro chillido y a continuación, los demás vehículos expresaron su disgusto vociferando al causante de tal número. -Encárgate de ellos. –dijo Lucy algo molesta por el barullo que se armaba fuera. -¿Por qué haces esto? –preguntó Eva con un hilo de voz, secándose las últimas lágrimas y queriendo dar con la respuesta de su mejor amiga. Lucy comenzaba a exasperarse por la ingenuidad de Eva y decidida a enfrentarla la miró a la cara, sin vacilaciones. -Ya no hay razón por la cuál tú y yo sigamos siendo amigas. Somos completamente distintas ¡Fíjate tan solo en nuestros aspectos! Yo uso ropa importada del extranjero, tu del mercado nacional; he llevado estudios superiores en Inglaterra, tu siquiera haz logrado salir de Lima; tengo una familia que trabaja allá y tu una madre que vende flores en la avenida. ¡No somos compatibles, comprende! Si yo en algún tiempo hacía caso a tus llamados, pues desde ahora no lo haré. ¿Y sabes por qué? Porque quiero rehacer mi vida con personas que sí valgan la pena. Eva tenía cubierta una parte de su boca, como si lo que acababa de oír fuera algo poco creíble o producto de su imaginación que le daba una mala pasada. Tragó, cayendo poco a poco en la cuenta ya de una verdad muy clara. Se desabrochó el cinturón con incontrolables temblores en sus dedos y forzó a la puerta para abrirse. Quería más que nada en el mundo no respirar el mismo aire de Lucy, quería ser tragada por la tierra y desaparecer. Logró salir del vehículo y corrió, evadiendo a cada auto estacionado y recibiendo quejas por parte de los conductores. Con la respiración agitada se detuvo en un poste ensuciado por la falta de mantenimiento y apoyó sus manos en él. De pronto sintió que gotas se deslizaban por su cara y pensó que eran lágrimas suyas, pero como estas cobraban más intensidad y aumentaban no tuvo más remedio que culpar a la lluvia. *-¡Oye, Erick, ERICK! –Gritaba Miguel empezando a creer que nada de lo que dijera él surtiría efecto en su amigo ya que este tenía la cabeza en otra dirección.--¿Pero qué… narices… le pasa?—se preguntó dejando la carrera y doblando su cuerpo en dos para normalizar su respiración. Sólo faltaban atravesar unos dos carros y lo conseguiría, volvería a encontrarse con aquella chica de cabello castaño adornado por un flequillo que en su visita por Inglaterra había conocido y se podía decir que tenían una relación buena… o al menos según su perspectiva. Pero al momento de llegar la limusina echó a andar, torciendo la calle con un movimiento inverosímil y desapareciendo bajo la cortina de lluvia que se manifestaba.