Índice: Capítulo 1: La tristeza de una niña Capítulo 2: Mirando por la ventana Capítulo 3: La llegada Capítulo 4: Un poco de amor Capítulo 5: El primer intento Purificar Capítulo 1: La tristeza de una niña Una pizca de sal, un chorrito de aceite y ¡listo! La comida estaba terminada. Con una bandeja repleta de comida, cerveza y pastillas, María se dirigió a la habitación principal, en dónde él estaba acostado. Su rostro denotaba miedo, y era comprensible que lo tuviera. Vivir con ese monstruo era peor que pasar años en la cárcel. Siete años soportándolo, tratando de sobrevivir en la casa en dónde habitaba ese ser al que ella llamaba padre. María caminaba por el largo pasillo de su casa, sus grandes ojos verdes estaban vidriosos y sus manos temblaban. Trató de controlarse, si tiraba la bandeja debido a sus constantes temblores, él le pegaría. Su padre era una persona violenta, por cada error que la joven cometía él levantaba su puño contra ella. Desde que su madre se había vuelto a casar, la vida era un infierno para María. Su padre la maltrataba y su mamá casi nunca estaba en casa. Ella estaba sola con aquel hombre. Los pasos de María se hacían lentos y pesados, parecidos a los de una tortuga. Su cuerpo temblaba incontrolablemente por el miedo, pero no debía detenerse. Tenía que llevarle la cena a padre. Llegó al cuarto y tocó la puerta con una mano temblorosa. —Pasa niña—contestó una voz desde adentro. Sonaba cansada y ronca, como si hubiera estado gritando dos días seguidos. —S-si se-señor—contestó María tartamudeando. Con sumo cuidado abrió la puerta y lo vio. Allí estaba el maldito monstruo que le pegaba cada día. Allí estaba Alberto Castro, tirado en calzoncillos en su cama y mirando ese asqueroso programa de camisetas mojadas. — ¿Qué esperas? Tengo hambre niña, dame la comida—habló el hombre sin apartar la vista del televisor. A su alrededor había ropa sucia tirada, además de varias cajas de pizza y latas de cerveza vacías. Ese lugar era un absoluto chiquero. —Si s-señor—con rapidez, María, fue hasta dónde estaba su padre para darle la comida. Sólo debía llevársela hasta la cama, pero si la comida tenía un solo error, ella estaba acabada. Alberto se levantó y rascándose la pronunciada barriga que tenía se acercó hasta María para tomar la comida. Con un gesto despectivo le quitó la bandeja a la joven —Vete, ya no te necesito ¡Lárgate a tu cuarto estorbo! —le gritó mientras le pegaba en la espalda. María llorisqueó y se fue, escuchando la risa de su padre. Triste y adolorida fue hasta dónde la habían mandado. Llendo por el mismo pasillo que pocos minutos antes había recorrido, llegó hasta una puerta blanca. La abrió lentamente y entró. Una pequeña habitación la esperaba; cálida y acogedora, lo más parecido que tenía a un hogar. Una cama adornada con muñecos de su infancia, cuando ella era feliz, cuando su verdadero padre estaba vivo y una mesita de luz con fotos de su verdadera familia era todo lo que tenía. Tomó a Mr. Tanti, su muñeco preferido y lo miró detenidamente. El pobre muñeco de felpa estaba destruido. Su relleno se salía por un orificio de la oreja izquierda, además de que estaba cubierto de hilachas. Le faltaba un ojo y tenía un parche en su pancita. Así se sentía María, cómo un muñeco roto que han maltratado hasta tal punto que sólo queda un poco de relleno en su interior. Con tristeza se arrojó a la cama y se quedó mirando el techo. Que desdichada era. Un padre que la golpeaba, una madre que iba y venía y un hogar que no merecía llamarse así. Pobre María. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y éstas comenzaron a caer suevamente por sus mejillas, tratando de no dañarla, pues suficiente tenía con el padre ¿Cómo no escapaba del villano de su historia? ¿Por qué no iba con la policía y lo denunciaba? Las respuestas eran sencillas; ella tenía miedo. Tantas veces había ido la policía a su casa para investigar, para meter las narices según su padre y si ella lo hacía, el monstruo con el que vivía la perseguiría hasta cobrar venganza. Haciendo esto, María podría salir gravemente lastimada o muerta. ¿Por qué no le hablaba a su maestra? Seguramente ella la ayudaría, pero había un problema: a María se le tenía prohibido ir a la escuela. Cuando su madre se casó con Alberto, éste no le permitió ir, dejando a la mitad sus estudios primarios. Ella quería estudiar, aprender, conocer nuevas personas y, sobre todas las cosas, alejarse de su casa, de ese sitio en dónde sólo había violencia y dolor. Aquel lugar impuro, contaminado de maldad. Estaba sola, sin su madre. No tenía familiares a quién recurrir, y si los tenía, Alberto no los dejaba que se acercasen a la casa. Alberto sólo se preocupaba por sí mismo, además de sus redes de contrabando y otras cosas, no le importaba nada, ni siquiera que su esposa estuviera desaparecida. Tampoco le importaba la tristeza de una niña.
O sea, ya llegué, no me lloren(?) xD Está muy interesante tú historia, me llama mucho la atención. Por mi parte no encontré ningún error, además de que no soy muy buena en eso... Tu narración me gusta mucho, es muy buena. Por Dios, que tipo tan detestable, repugnante y pesado. Pobre María que tiene que soportarlo por miedo, se siente una frustración enorme al saber que hay personas así. ¡Espero impaciente el siguiente capítulo!, ettoo... ¿Me avisas cuando lo subas?, te lo agradecería. Bien, adiós amiga :3 atte.: Mily-chan =^^=
Vaya... Penny... Me ha encantado! La forma en que describes los sentimientos de maría es... impactante porque expresa tanta realidad... Y, sí pore maría... Explicaras en el proximo capitulo que paso que el verdadero padre y uqe obligó a la madre a casarse con ese tirano? En la opinión ortografíca... no encontré ninguna falta pero, ( siempre hay un pero) debes narra un poquitin más para que en el siguiente apitulo me sienta aún más embriagada con la esencia de la obra. Avisame al proximo cap! BYE!
Me ha gustado mucho ya es tiempo desde que leo un fic con tanta tristeza y dolor me gusta mucho (sobre todo por el genero que has escojido ^^) la forma en la que narras a Maria sola y prácticamente abandonada a los maltratos de su padrastro es impactante, espero que en los capitulos que viene Maria se vaya haciendo poco a poco una niña fuerte. Bueno y que su madre se casara con ese tipo de hombre creoque cada uno tiene su razon pero si esta en contrabando por que no le paga a una empleada para que le haga los que haceres espero que expliques un poco mas de la situacion... En cuanto a lo tecnico no note fallas ortograficas pero te recomendaria mas narracion... bueno creo que eso es todo por este capi ^^ espero que me avises la conti byes ^^ XOXO Yuen
Me gusto mucho es muy interesante, me gusta en la forma en la que narras la historia y pobresita Maria si yo fuera su madre me diborciaria y solo me dedicaria en cuidar a Maria:)
Hola linda, sé que te dije que esperaba por tu fic xD Al avisarme corrí a leerlo; sólo le dí a "me gusta" pero acá te dejo mi opinión acerca del mismo o.o la verdad me he llevado una grata sorpresa, me ha gustado la historia y como la vas desenvolviendo, bastante atrapante. De errores, ninguno he percibido, escribes muy bien, conoces las maneras correctas y las aplicas. Pobre tesorito, sumida en la desesperanza, su único consuelo es ese pedacito de muñeco que nunca la abandona, a diferencia de los otros.
Capítulo 2: Mirando por la ventana Miranda miraba por la ventana. Había visto llegar al padre a la casa. Pobre niña, seguramente estaría sufriendo con ese monstruo ¿pero qué podía hacer ella? ¿Denunciarlo? Puf…lo había intentado varias veces, pero no daba resultado. Los policías no encontraban evidencia alguna de maltrato, ni siquiera en la niña. De entrada, salvar a esa jovencita de un hombre perverso era imposible. La mujer tomó los binoculares de la mesa y se dispuso a observar a Alberto. Recorrió cada ventana de la casa, buscando al padre de la niña, y lo encontró. Allí estaba el desgraciado. Tirado en su cama, se reía cómo un loco. Tenía una cerveza en la mano y estaba en calzoncillos, era un bastardo. —Cerdo asqueroso—masculló enfadada Miranda. Eso era Alberto, un maldito cerdo asqueroso egoísta. Luego de varios minutos observando la casa de los Castro, Miranda, tomó el teléfono y llamó a una de las tantas vecinas que velaban por la pobre niña que vivía en esa vieja casa destartalada. Estuvieron conversando más de una hora, y planeando estrategias para mandar a Alberto a la cárcel. Después de despedirse de Amelia, la vecina con la que estuvo charlando, Miranda se dirigió a la cocina. Pretendía seguir vigilando la casa, por lo menos hasta que el sinvergüenza de Alberto estuviera bien encerrado en una celda, además que desde la cocina se podía ver mejor. Comenzó a pensar la familia Castro… Lo que hacía ese hombre con María no tenía perdón, sólo un demente lo haría. Maltratar así a una niña de sólo trece años era inhumano. En sí, maltratar a una persona estaba mal, pero aquel tipo no tenía conciencia, no tenía bondad ni nada en su corazón. Con fuerza, Miranda apretó el teléfono. Nunca antes había estado tan enojada, ni siquiera cuando mataron a Carmela en su novela favorita. De sólo pensar que una niña aguantara a semejante hombre y no pidiera auxilio ni nada, la llenaba de furia ¿En dónde estaba la madre? ¿Muerta? Aunque quizás era una mujerzuela que no le prestaba atención a su hija, quién sabe. Con la mirada ensombrecida, volvió a mirar por la ventana. El cerdo seguía allí, engullendo lo que encontrara ¿Dónde estaba la niña? Tomando los binoculares, comenzó la búsqueda de María por toda la casa. No la encontró en su habitación, pues se podía ver algo a través de la pequeña ventana que tenía el cuarto de la joven. Tampoco la encontró en la cocina, ni en la sala. Furiosa, enfocó a la ventana del pasillo, y la vio. Allí estaba, llevando una bandeja vacía, seguramente le había estado llevando la comida a su padre. Su pálido rostro denotaba temor, y sus pies se movían con lentitud. Estaba flaca, casi parecía un palillo con su delgadez. Seguramente, Alberto ni se preocupaba por la salud de su hija. Se notaba que temblaba, y a cada rato se mojaba los labios con saliva. Capaz que la niña tenía hambre. Seguramente era eso, un hombre cómo el que vivía en aquella casa no prestaba atención para saber si su hija tenía hambre o no. Decidida a darle de comer a María, tomó su abrigo y con su cartera en la mano salió afuera. Cuando abrió la puerta una fría ráfaga de viento la sorprendió. Era un día triste y gris. Las calles carecían de personas, y sólo unos perros negros estaban allí, rasgando bolsas de basura, buscando algo qué comer. Caminó por las limpias veredas de la calle Alcorta, siempre dándose vuelta para mirar aquella casa, en dónde la niña que soñaba liberar, vivía. Una fuerte ventisca comenzó, y de las nubes que estaban en el cielo, miles de gotitas empezaron a caer. Empeñada en no mojar su abrigo nuevo, Miranda corrió para poder llegar a la panadería. Eran casi cuatro cuadras de viaje, pero eso no la detuvo. Todo sea por María. Llegó hasta la avenida principal, que estaba un poco más concurrida que la calle en la que Miranda vivía. Cruzando por la senda peatonal llegó a la librería de Marta, una de las tantas amigas que poseía. Adentro vio que su amiga tomaba un café y leía un libro. Con una mano la saludó a través del vidrio y siguió con su camino. En su viaje se topó con varias personas que la saludaron, pero ella siguió sin darle mucha importancia. Ya no podía darse vuelta mirar la casa de los Castro. Estaba demasiado lejos como para hacerlo. Consultó su reloj por la hora, 20: 45. Era tarde, si quería llegar temprano a casa para preparar la cena a sus hijos y esposo, debía apurarse. Siguió caminando, ésta vez un poco más rápido, y al cabo de diez minutos ya estaba en la panadería. Su dueña era Carla Montreal, una de sus mejores amigas. De cara regordeta, espeso cabello negro azabache y grandes ojos azules, así era la mujer. De carácter amable y dulce, demasiado tranquila, todo lo contrario a Miranda. Ésta era impulsiva, arrogante y pelirroja. Con ojos marrones claros, observaba cada movimiento de su familia y cada movimiento de Alberto Castro. —Buenos días Andy—la saludó Carla con voz amable. “Andy” era su sobrenombre de la secundaria, y sólo sus ex compañeras la llamaban así, en éste caso, su mejor amiga. —Buenas Carli. Vengo a buscar algunas masas y tortitas. Espero que te queden algunas—contestó Miranda sonriendo. Su amiga hizo el mismo gesto y con una mano, le señaló que se acercara al mostrador. —Mirá, justo nos llegaron los cañoncitos. Sé que son los preferidos de tu hijo, y también tenemos las medialunas, para tu esposo claro—fue sacando algunas masas para mostrárselas a su clienta. Ésta las examinó pensativa. No sabía qué le gustaba a María, en realidad, no sabía nada de ella. La única información que poseía sobre la niña era que su padre la maltrataba y su nombre. Nada más. —Carla, las facturas no son para mi familia, son para María. Vos sabés, la hija de…—no pudo terminar la frase, ya que su amiga la completó. —La hija de Alberto Castro. Miranda ¿te enteraste de lo que ocurrió ayer? Ya lo sabe todo el mundo a éstas alturas—le preguntó su amiga. Cómo dueña de una panadería, y chusma del barrio, Carla sabía cada chimento del lugar. Desde qué marca de ropa usaba la empleada del kiosco de Don Juan hasta qué había pasado con la madre de Marina, otra de sus amigas. —No, la verdad es que no me he enterado de nada. No he tenido tiempo de salir. Contáme, así me voy enterando—contestó Miranda, impaciente. Realmente quería saber que había sucedido. —Bueno, ayer vino un abogado de la capital a comprar raspaditas. Parecía muy cansado, y yo le pregunté que lo traía por aquí, me contestó que un caso de narcotráfico y contrabando de no sé qué cosas. Uff, llendo al grano, me comentó que era defensor de un vecino de por acá cerca de apellido Castro—chismorreó rápidamente Carla. Sin duda estaba muy satisfecha con lo que sabía. Ya que sentía que la convertía en la poseedora de un importante secreto. — ¡No puedo creerlo! Yo me había escuchado algunos comentarios sobre que este tipo hacía cosas así, pero pensé que era mentira. Qué asco de hombre, realmente no creo que tenga dignidad—con una mueca de desprecio, Miranda, enfocó con sus ojos de águila a su amiga— Estoy segura de que sabés algo más. Tu cara te delata. Seguí hablando Carli. —Ay bueno, esto no lo sabe nadie más. El abogado también comentó que anteriormente, le habían dado una orden de desalojo a Alberto, pero parece que se negó a irse. Por eso tiene tantos problemas, y Fernanda, la del drugstore, me contó que no se ha reportado al trabajo en seis meses, aunque realiza visitas diarias al supermercado, en busca de comida. Cristina, la cajera me dijo que sus importes son de mil pesos y más ¡Y paga en efectivo! Además nadie sabe de dónde saca tanto dinero—contestó rápidamente Carla. Su cara estaba roja, parecía muy acalorada. Con una sonrisa de suficiencia, se dirigió hacia dónde estaban las bandejas con las masas y demás. —Me impresionás mucho Carli, se nota que sabés mucho. Yo tengo que seguir con lo mío, así que dame medio de pan y medio de tortitas con azúcar, ya se me hace tarde, y tengo que ir a llevarle esto a María, antes de que se me haga de noche y tenga que preparar la cena tarde. Carla asintió y le preparó lo que deseaba. Miranda pagó y despidiéndose con un beso en la mejilla, también agradeciéndole la información a su amiga, se dirigió hasta la calle Alcorta, tenía que llevarle las tortas y el pan a María. Cruzó la misma senda por la que había pasado media hora atrás, y caminó dando pequeños saltos. Estaba feliz. Antes de darse cuenta, ya estaba enfrente de la casa de los Castro. En su vereda había bolsas de basura rotas, dónde la mugre se salía, dejando ver cáscaras de huevos, varias latas de cerveza y papel higiénico. Con asco, rodeó las cosas tiradas y se dirigió a la puerta. Cuando llegó la golpeó tres veces seguidas, y nadie contestó. Enojada, volvió a golpear, y desde adentro se escucharon gritos y un gran estrépito. La puerta se abrió lentamente, y se asomó un hombre gordo, feo y barbudo. Sostenía una botella de cerveza y estaba en calzoncillos; su expresión simulaba la de un chimpancé cuando recién se despierta. — ¿Qué quiere? —preguntó el hombre apoyándose en el umbral y tomando un trago de cerveza. —Buenas noches señor Castro, soy Miranda Gutiérrez, su vecina. Venía a entregarle éstas masas a María; según sé, ese es el nombre de su hija—contestó la mujer sin inmutarse. Con su pronunciada barbilla en alto, lo miró fijamente, expresándole todo el odio que sentía. — ¡María! ¡Vení acá chiquilla! —gritó el hombre mirando hacia adentro. En seguida, una niña de unos doce, trece años se apareció. Era bella, ya que poseía grandes ojos verdes y un cabello rubio ceniza hasta la cintura. Venía con un pobre muñeco de felpa en los brazos. — ¿S-si p-padre? —tartamudeó la joven. Temblaba continuamente, haciendo ver el miedo que le tenía a ese ser con el que habitaba. —Tomá. Llevá esas cosas a mi habitación, ¡y más te vale que cuándo yo vaya no falte ninguna, o te mato! ¿¡Me escuchaste?! —le gritó a María. Ésta se encogió por el susto y asintió. Con sumo cuidado las tomó y dio dos pasos. Antes de que se hubiera alejado lo suficiente, su padre la jaló de los cabellos y se rió. Recordando que Miranda existía, cerró la puerta. “Andy” no pudo ocultar su furia. Quería matar a Alberto, quería meterlo en la cárcel hasta que se pudriera, lo odiaba con toda su alma, y no descansaría hasta que el maldito estuviera entre las rejas. Con paso firme se dirigió a la casa de enfrente, también conocido como su hogar. Allí la esperaba su familia para que hiciera la cena. Pero esa noche iba a ser diferente. Investigaría en internet todo lo posible sobre ese hombre, y lo más importante, seguiría mirando por la ventana. Cuidando de María.
PERO QUE TIPO TAN CRUEL!!! Hola Penny, me dejaste con las ganas de seguir leyendo jijijijiji, por el lado de los errores, solo note algunas tildes en lugares que no iban... como ya te dije me parecio ultra chido! Avisame cuando publiques la conti... BESOSSSS :)
Manita x) Estuvo muy interesante el capítulo. Te juro que cada vez odio más a ese tipo, es un ogro en todos lo aspectos. Pobre María, tiene que vivir con temor... Al meno ahora tiene a Miranda, eso me gusta. Ahora tiene a un ángel que la cuidara como pueda. La trama me gusta, es interesante, emocionante y atrapante. Con respecto a lo técnico, noté algunos errores. Creo que todo lo demás está bien, al menos para mi... Bueno, espero que me avises cuando subas la conti :3 ¡Adiós! atte.: Mily-chan =^^=