Péché Parfait [Inuyasha/Kagome][AU histórico] Resumen: El conde de Warwick es un hombre que desconoce el significado de la bondad, de la ternura y del amor; hundido en el profundo abismo de la soledad en que le sumió una serie de acontecimientos devastadores que marcaron su existencia desde la juventud; que no confía en nadie y en el que nadie confía. Pero la densa capa de hielo que con tanto esmero erigió en torno a su corazón se resquebraja ante la mirada inocente y cariñosa de una joven sirena. Después de ser salvada por él , Kagome MacClesfield recibe asilo en el castillo de Warwick, pero ¿cómo podrá estar cerca de ese impresionante hombre si sucumbir a sus viriles encantos? Y sin embargo, inesperados peligros parecen acecharlos a ambos; ¿Son verdad los rumores que corren sobre él ¿Qué es lo que pesa sobre los hombros de Inuyasha como una carga que se niega a compartir?, o aún más importante... ¿Podría amar a un hombre que le guardaba tantos secretos y no confiaba en ella...? Abrumado por emociones que no podía controlar, Inuyasha se ve forzado a tomar una serie de decisiones que podrían cambiar el curso de su vida para siempre. La pregunta es muy sencilla, sólo debía decidir qué era más importante para él: la fría seguridad que siempre le había significado su soledad, o la cálida belleza y el futuro prometedor que le aguardaba en los brazos de aquella apasionada mujer. °-°-° Ciertamente no es lo primero que escribo, pero sí lo primero que me animo a publicar. El prólogo no es nada explicativo, y la verdad es que tampoco espero que le dejen muchos comentarios; la razón es que la verdadera historia no empieza sino hasta el primer capítulo, al que sólo tengo que hacer unas cuantos ajustes antes de subir. También debo señalar que este fic no es apropiado para menores de edad o personas susceptibles. °-°-° Disclaimer: Todos los personajes son propiedad exclusiva de Rumiko Takahashi, exceptuando a otros originales de mi invención; ninguno basado en persona real o ficticia de ninguna otra obra literaria, cinematográfica, etc. Cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia. Actúo sin ánimo de lucro. -----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°----- PRÓLOGO Algún lugar de Willey, Coventry, 1622. Inuyasha McLonney sintió el dolor punzante antes siquiera de abrir los ojos; la luz quemando a través de sus párpados cerrados. Gruñó. Merde... Cubrió su rostro con el antebrazo y giró el cuerpo mientras gemía, vagamente consciente del suelo duro bajo su espalda; el eco de un constante y molesto goteo resonó dolorosamente en sus oídos sensibilizados como un ruido amplificado y aguzado varios decibeles. Parecía rebotar dentro de su cráneo como una pelota de cuero. El olor repulsivo del tabaco viejo y barato, el suelo mohoso y los cuerpos sucios le golpeó el rostro con la fuerza de un mazo y le dejó aturdido, mientras intentaba acostumbrar sus sensibles ojos a la luz. Su mente aturdida por el alcohol intentó en vano reconocer su entorno. Se incorporó a medias sobre un codo y gruñó cuando su cabeza golpeó contra algo duro e hizo un ruido sordo. Una mesa. Una maldita mesa mohosa, como todo lo demás en ese maldito lugar. Su frente se frunció en un desconcertado ceño. ¿Dónde demonios estaba?. Oww... Se sentía tan mal, que casi podía oír las tuercas de su cerebro ajustándose dolorosamente mientras intentaba recordar cómo diablos había terminado en aquel desconocido, sucio y ruidoso lugar, cualquiera que fuera. Espera, ¿tuercas?..., ¿Existía algo llamado así?, ¿Qué era una tuerca?. Bah... Había salido rumbo a Surrey para encontrarse con su amante. Su hermosa, inteligente, rica y, lo más importante, liberal amante divorciada. Hmm... Una sonrisa potencialmente idiota curvó su boca mientras pensaba en lo que más le gustaba de ella: sus pechos. Seguramente la mejor de sus cualidades: exuberantes, maduros, firmes, coronados por esos rosados y deliciosos... ¡Alto! Su mente se paró tan rápido que Inuyasha casi gimió. Aquella sexy y bien dotada mujer ya no era su amante. No; hacía días que todo entre ellos había terminado. Dios, la borrachera casi le había hecho olvidar los últimos dos días de su vida. Casi inconscientemente se dio cuenta de que tenía los ojos abiertos y que miraba fijamente un techo bajo y cuarteado, preguntándose cómo demonios no se había roto la cabeza al entrar en aquella habitación. Aunque talvez sí lo había hecho; a juzgar por ese maldito dolor que no lo dejaba en paz. Su boca se apretó en una fina línea y sus ojos se estrecharon sospechosamente. Por más que intentaba, no podía recordar nada de lo que había pasado la noche anterior. Se incorporó pesadamente mientras gruñía y maldecía blasfemias irrepetibles. Una cansada resignación lo dominó cuando vio sus desabrochados pantalones y los calzones abiertos. Otra vez no... Casi sin querer mirar volvió el rostro y se dio cuenta de que eso con lo que se había pegado no era una mesa, sino el borde astillado de una cama vieja, aunque ciertamente sí estaba mohosa. Vio el vulgar y sucio tono rojizo de una melena larga y desaliñada esparcida sobre unas sábanas olorosas y remendadas con pedazos de tela de varios colores, el cuerpo voluptuoso de una mujer, cubierto apenas por una manta roja. Qué bajo has caído, Inuyasha McLonney... De espaldas al lecho se acomodó la ropa y sus labios se curvaron en una mueca irónica que bien podría haber sido una sonrisa, pero que no llegaba a serlo. Se preguntó qué hazañas habría tenido que realizar aquella mujer para animarlo, teniendo en cuenta que estaba más borracho que una cuba. -No puedo creer que me haya liado con esta puta... Estaba atándose los lazos del pantalón cuando la puerta del cuarto se abrió inesperadamente. Pasó sólo un instante antes de que un grito agudo y aterrado rasgara el aire y el ruido de una bandeja metálica estrellándose contra el suelo le hiciera volverse, sobresaltado. Una chica menuda de no más de quince años lo miraba desde el quicio de la puerta con ojos desorbitados que hablaban de un terror irracional. Frunció el ceño. -Hey, tú... Dio un paso hacia ella, con la intención de tranquilizarla, pero huyó vociferando cual si hubiera visto al mismo demonio. De pronto, sus gritos se ahogaron inesperadamente e Inuyasha oyó los golpes de su cuerpo pequeño contra los peldaños de la escalera. Se precipitó a la puerta y miró hacia abajo. Ella yacía en el suelo, inmóvil. Su cuello torcido en un ángulo imposible y sus ojos, aún abiertos y aterrados, brillaban mortalmente. Bajó los escalones de tres en tres hasta llegar a su lado. Una cocinera que se acercaba, alertada seguramente por aquel escándalo, soltó un grito ahogado y se llevó las manos a la boca. un instante después, Inuyasha estaba rodeado por una docena de ojos, ansiosos por saber lo que había pasado. Los murmullos aterrados y excitados llenaron sus oídos: "Está muerta", "¿Él tuvo algo que ver?", "¿Qué rayos pasó?", "Lástima, pintaba para entrar al negocio el próximo año; un poco menuda, pero hay a quienes les gustan así..." Él los había ignorado mientras acomodaba el cuerpo de la chica y tomaba el delgado rostro entre las manos, pero ese frío comentario realmente le fastidió. Sin saber porqué, Inuyasha sintió la repentina necesidad de explicarse. Cerró los ojos de la chica con una mano y se irguió en toda su estatura. Miró fijamente a la madame. -No se qué la asustó. Estaba en la habitación cuando esta chica entró y empezó a gritar como loca; huyó y cayó por la escalera. Un murmullo colectivo se levantó. Uno de los hombres miró a la chica e hizo una mueca antes de torcer el rostro, sin dejar de mirarla, y escupir. -No parece una puta - habló con voz pastosa - ¿Qué hacía aquí, Darcy?, nunca la había visto. La madame se acercó mientras secaba sus manos con un paño. -Llegó hace dos días. No se si tenía familia, sólo llevaba una muda de ropa y un gato pulguiento - meneó la cabeza -. Era muy pequeña; estaba enferma. No hubiera vivido mucho de todos modos... Inuyasha apretó la mandíbula. -¿Hay alguien que se encargue de su funeral? Madame resopló como si la sola idea fuera absurda. -Aquí no tenemos dinero de sobra para desperdiciar. Esta chica irá a la fosa común, como la vagabunda que es. Los ojos dorados del hombre se achicaron mientras volvía su mirada a la chica. Llevó la mano hasta su cadera para tomar el talego con dinero que siempre pendía de su cinturón, pero no lo encontró ahí. Debía haberlo dejado en la habitación. Frunció el ceño. -No sé qué pudo asustarla tanto... - murmuró, casi para sí mismo. -Yo sí - dijo una voz ronca y ligeramente temblorosa. Todos se volvieron a mirar a la figura parada en las escaleras, frente a la puerta de la habitación. Señaló con un dedo al interior, sin apartar sus ojos -que aparentaban una frialdad que no sentía- de los de Inuyasha. Más intrigado que antes, se apresuró por las escaleras. Cuando el hombre se apartó, Inuyasha miró. El aliento se atoró en su garganta. Nada a su alrededor pareció llamar su atención después de ese momento; ni los jadeos aterrados de los que habían subido tras él y miraban sobre sus hombros, que casi cubrían el ancho de la puerta. Tampoco el hecho de que hubiera una mujer prácticamente desnuda sobre la cama. Ni siquiera el dolor que había martilleado su cabeza sin piedad desde que había recuperado el sentido. Lo único que veía era aquello que sus ojos soñolientos y ebrios habían creído que era una manta roja cubriendo el cuerpo de la mujer. Solo que no era una manta. Por primera vez desde que despertó, supo porqué el aire de la habitación era tan repugnante. No era moho lo que había olido... Era el olor metálico y dulzón de la sangre. -----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°----- Arce.
Re: Péché Parfait [Inuyasha/Kagome][AU histórico] me ha gustado mucho el prologo!! te expresas bastante bien!! q malos q son al enterrar a la chica en una fosa común ¬¬ pobre ToT esta super interesante. espero q lo sigas pronto!! me ha gustado mucho tienes mi apoyo! besos de: sango-chan *sango y kirara* *kirara*
Re: Péché Parfait [Inuyasha/Kagome][AU histórico] Wenas!!! Akabo de encontrarme kon tu fic!! Y me a enkantado el prologo!!!escribes muy bien!! Vaya…pobre chicaToT en fin…espero k pronto puedas subir el primer kapi!! Estare ansiosa de seguir leyendo^^ Tienes todo mi apoyo!!! Byebye!!!pasalo bn^-^*corazon* :kirara: *besos*
Re: Péché Parfait [Inuyasha/Kagome][AU histórico] -----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°----- CAPÍTULO I Castillo de Abingdon, Octubre de 1626 Los aterrados ojos grises la miraron sin pestañear. -¿Asesino de pu... de pu...? -la palabra se le enredaba en la lengua-, deput... -De putas -rió su prima casi alegremente; sus ojos brillantes de excitación y curiosidad-. Sí, así le llaman. Dicen que ha matado a decenas de ellas, pero sólo se le ha podido implicar en dos casos, porque no se encontraron más cuerpos. Primero fue una ramera de Oxhill, hace nueve años -una mirada reflexiva brilló en sus ojos-, la encontraron con el cuello abierto, la herida era tan profunda que casi le cortó la cabeza. Había sangre en las sábanas, en el suelo, en las paredes..., hasta en el techo del cuarto. Fue salvaje..., tenía la cara rasgada y las manos ensangrentadas, como si lo hubiera arañado; como quiera que haya pasado, se defendió todo lo que pudo -afirmó-, luego, hace cuatro años, en Willey, la prostituta con quien durmió apareció muerta a la mañana siguiente. Fue apuñalada decenas de veces por todo el cuerpo. La criada que lo descubrió se rompió el cuello mientras intentaba huir -meneó la cabeza en un gesto de compasiva resignación. Entonces, levantó el rostro y afirmó apasionadamente-: ¡Si yo hubiera estado ahí, habría barrido el suelo con él, le hubiera sacado las tripas y se las habría echado a los cerdos! -tomó aire- ¡Luego lo hubiera cortado en pedazos pequeños para quemarlos uno a uno, y habría disfrutado cada segundo! La joven morena se llevó una mano a los labios y frunció el rostro. ¿Qué fijación tenía su querida prima con esas descripciones sórdidamente explícitas? De pronto, una idea vino a su cabeza. -¿Y dices que no fue detenido en ninguno de los casos, a pesar de que se le encontró en las escenas del crimen? Sango bufó. -Por supuesto que no -torció en un gesto de desprecio- El tipo en un conde. Nadie con dos dedos de frente condenaría a un noble por asesinar a un par de putas. Por eso ha salido impune todas esas veces, ¡nadie hace absolutamente nada por detenerlo! Su prima parecía pensativa. -Pero, si dices que no se encontraron más cuerpos, ¿cómo pueden saber que esas mujeres realmente murieron? Sango elevó las manos al cielo y puso los ojos en blanco. -¡Por el amor de Dios, Kagome!, ¡La gente no desaparece así como así!, ¡Algo les tuvo que haber pasado! Todas ellas pertenecían a burdeles en un radio de diez kilómetros; ¿adivinas dónde?, ¡exacto!, ¡Todos ellos están en ese maldito condado o cerca de su casa de verano en Dubris!..., Y, teniendo en cuenta la reputación del conde de Warwick, no puede ser una coincidencia... Una idea la intrigó y miró fijamente sus blancas manos entrelazadas sobre su regazo. -Warwick -musitó-, eso está a casi setenta kilómetros de Willey, ¿qué hacía el conde allá? Sango se encogió de hombros como si no fuera importante. -Hombres como ése nunca se quedan quietos. -de pronto, pareció que algo la preocupaba-. Quiero que tengas mucho cuidado, Kagome... -su mirada se suavizó mientras la observaba con cariño- Sabes que, si pudiera, iría contigo a Sheldon, pero tengo que permanecer aquí... Kagome le tomó la mano con ternura y le acarició los dedos. -No tienes que preocuparte. Nuestra ruta pasa a algunos kilómetros de Warwick; ni siquiera pisaré sus tierras. Además, él sólo mata rameras, ¿verdad? -aunque dudaba decididamente de la veracidad de aquellas historias, apeló a ello en el momento-, cuando me levanté esta mañana, no era ninguna ramera; al menos eso creo, ¿porqué preocuparse? Sango gruñó. -¡No se sabe! -su voz temblaba con furia y temor- Con ese tipo de locos, nunca se debe dar nada por sentado. Daré órdenes a la diligencia de no parar hasta que estén lo bastante lejos de ese maldito lugar. Kagome rió con suavidad. -Bueno, ¿y si odias tanto a ese pobre hombre, cómo es que sabes tanto sobre él? -¡Pobre hombre! -Sí, bueno; cualquiera al que le tengas tal aversión es, ciertamente, un desdichado... El rostro suave de la chica se sosegó. Miró a su prima fijamente, sin pestañear. -No estoy de broma, Kagome; y tampoco le tengo aversión. Simplemente... prefiero que te mantengas alejada de ese lugar, ¡de cualquier cosa que tenga algo que ver con él! Un suspiro resignado brotó de sus labios y su boca curvó una sonrisa. -Sí, mamá. -¡Por Dios, entiende! -gritó frustrada- ¡Una joven de tu categoría debe tener cuidado! -suspiró y se frotó el puente de la nariz, intentando controlar sus nervios- Podrías ser secuestrada, o asesinada, o violada... Dios. Podrían enviarnos tu dedo envuelto en una tela y amenazar con matarte si no hacemos lo que nos piden. Algo en su tono de voz le dijo que, aquella vez, Sango no bromeaba con su descripción. Era algo que, de hecho, podría pasar. Por primera vez en la tarde, Kagome sintió profundamente la preocupación de Sango. Al ser las únicas hijas mujeres de la Casa, se habían criado prácticamente juntas y siempre se vieron como hermanas más que como primas; lo compartían todo: la ropa, los juguetes, las pinturas; tomaban las clases juntas y cada año se turnaban para ir a pasar una temporada a la casa de la otra. Sin embargo, ese año en particular había sido distinto. Desde la presentación en sociedad de Kagome, los pretendientes la habían atosigado sin cesar, abordándola con elaborados poemas que apenas podían pronunciar, alabando la frescura de su piel y el brillo infinito de sus ojos grises; todos fascinados por su delicada belleza y, muy importante, por su impresionante dote. Era bien sabido que la familia MacClesfield poseía un linaje impecable, de sangre tan azul como la de cualquier miembro de la realeza. La cálida hermosura de los rasgos y el poco común platinado de sus ojos, herencia todo ello de sus ancestros franceses, eran el sello de las mujeres MacClesfield; y su riqueza igualmente extraordinaria. Algunas de las mejores damas de Europa no tenían de fortuna lo que ella llevaba por dote. Y sin embargo, a pesar de los galanteos, ninguno de ellos fue capaz de despertar en su corazón ni una remota flama. Se sentía fría con sus halagos y sus leves caricias; apenas pequeños roces supuestamente indeliberados. No obstante su desencanto, Kagome les trató amablemente a todos; riendo de sus chistes tontos y aceptando piezas de baile, cuando bailar era lo último que deseaba. Pero claro; ninguno de ellos era lo suficientemente consciente de ella para darse cuenta. Excepto uno. Y cuando el imponente duque de Bedford, con sus distantes ojos azules, su cabello rubio y su impecable cortesía, la pidió en matrimonio; nadie dudó. Por eso viajaba ahora: volvería al palacio de Birmingham y permanecería ahí las últimas semanas antes de la boda. Sonrió con cierta tristeza. Cuando, desencantada del amor, conoció a Arthur, creyó que, finalmente, había encontrado a alguien que no sostuviera ningún interés romántico por ella; que había encontrado a alguien que simplemente deseaba su amistad. Durante varios meses, la visitó con cierta frecuencia, paseaban durante horas por los cuidados jardines de Abingdon y charlaban de tantas cosas. Arthur compartía su pasión por la música, las matemáticas y la astronomía. Por fin, podía hablar con alguien de sus teorías, tan inaceptables para tantos otros, sin temor a ser tratada como una cría impertinentemente estúpida. Él la escuchaba; y a pesar de su apariencia fría, algo dentro de él se abrió para ella. Kagome siempre le estaría agradecida. Ella reía tontamente mientras Arthur le acariciaba el rostro con algún mechón suelto de su cabello, o rozaba gentilmente sus nudillos con los labios. Un atisbo de sonrojo cubría sus mejillas mientras apartaba la mano suavemente; entonces él sonreiría de esa manera cálida que sólo ella disfrutaba y seguían andando como si se conocieran de toda la vida. Sí. Su matrimonio con Arthur podría hacerla muy feliz; si ella lo amara... Y sin embargo, toda su vida había soñado con un amor mágico; con un caballero dorado que la arrancaría de su balcón por la noche y se la llevaría con él para mostrarle las delicias del amor. Había soñado con un beso ardiente que la marcara a fuego, con un par de manos que quemaran caricias sobre su piel... El corazón le dio un vuelco. Ni siquiera Arthur podía ofrecerle eso. Fue consciente de un par de dedos chasqueando frente a sus ojos y pestañeó. -Vaya, creí que te había perdido para siempre -musitó con el ceño fruncido mientras se acomodaba de nuevo en el respaldo del diván-, ¿Qué pasa; en qué pensabas? Kagome negó suavemente. -No; no es nada -sonrió. El sonido claro de unos nudillos golpeando suavemente la madera de cedro llenó la habitación. Ambas se volvieron hacia la puerta un segundo antes de que ésta se abriera suavemente. Una cabeza blanca se asomó apenas y los rizos suaves cayeron sobre un hombro delgado. Sonrió. -Ya es hora. Debemos partir ahora si queremos llegar antes del anochecer; saben que cruzaremos el bosque de Malvern. No es un lugar en que me gustaría estar al caer la noche. -Sólo queríamos pasar un rato antes de que me fuera, madre -extendió la mano hacia ella y la mujer entró en la habitación-. Sabes que no nos veremos en algún tiempo. De cerca, la belleza de su rostro era delicadamente velado por las señas de la edad; sin embargo, su figura esbelta, la sonrisa radiante y el antinatural incoloro de su cabello, le daban un aspecto relajado y juvenil que no iba de acuerdo a sus cuarenta y ocho años. Lady Eliana miró los baúles pulcramente apilados junto a la cama. Hizo un ademán y la sirvienta que permanecía al quicio de la puerta se apresuró al interior. Dos hombres enormes entraron en la habitación. -Lleven eso a la diligencia. Partimos en un cuarto de hora. Con un asentimiento respetuoso, se apresuraron a hacer lo que se les había ordenado. -Supongo que habrán acabado de despedirse; Kagome, ¿no hay alguna otra cosa que quieras llevar? Alisando sus faldas de perlado satén, se levantó del diván y sonrió. -Es una lástima que no puedas venir con nosotros -miró a su prima con tanto cariño que a ésta se le saltaron las lágrimas-. Pronto te nos unirás en Birmingham; quiero que estés a mi lado hasta el día de la boda. Sango no pudo evitarlo. Era curioso que una joven tan fuerte como ella pudiera desmoronarse de ese modo. -Voy a extrañarte tanto -sollozó mientras la rodeaba con sus brazos-. Cuando te cases ya no será lo mismo... Kagome no quería llorar. Respiró profundamente y cerró los ojos mientras le devolvía el abrazo. -Anda; acompáñanos a la verja y despídete de mí como siempre haces... Una risa suave quebró la voz de Sango. -Sí, supongo que tendré que arrojarte más arena que de costumbre... Platicando tranquilamente sobre la futura boda, caminaron por los pasillos, bajaron las escaleras y salieron al porche, donde una hilada de sirvientes esperaban para despedirlas. Con los ojos velados y un extraño peso en el corazón, Kagome los saludó con un ademán y, ayudada de un joven lacayo, subió al carro. No quiso mirar por la ventana mientras su madre se acomodaba en el asiento de enfrente, ni mientras sentía que se ponían en marcha. Cerró los ojos, respiró hondo y suspiró. No tenía de qué preocuparse... Sango había cumplido su promesa. °-°-°-°-° -¿Tu última amante te está dando problemas? Los ojos claros del hombre permanecían fijos en las llamas crepitantes de la chimenea que, como único medio de iluminación, proyectaba sobre su rostro un juego de sombras que le hacían parecer abrumadoramente temible. Sus dedos balanceaban despreocupadamente una copa de rumbullion y el líquido almendrado fluctuaba con suavidad. -¿Qué te hace pensar que algo me molesta? -espeto. La sonrisa atrevida del hombre casi le costó un buen golpe. -Te conozco mejor de lo que crees, amigo. ¿Hace cuánto que nos conocemos? -al ver que se disponía a responder, atajó-: Vale, prefiero que no me lo digas. Son más años de los que me gustaría reconocer. Aunque tú seas más viejo que yo... -añadió con una sonrisa maliciosa. Decidiendo que la cordura debía caber en uno de los dos y, por consecuencia, que golpear a Miroku hasta la inconsciencia no sería demasiado prudente, prefirió ignorar la pulla. Llevó la copa hasta sus labios y los rozó con ella en un movimiento indiscutiblemente sensual. Dio un sorbo y lo saboreó con placer. -Entonces, ¿me dirás qué es lo que hizo ésta vez? No quería hablar de Kikyo en ese momento, así que no respondió. Oyó a su amigo suspirar teatralmente antes de echar a andar por la habitación de un lado a otro. Por el rabillo del ojo le vio pararse frente a un retrato grande, antiguo. El marco de madera finamente tallado estaba revestido con pintura de oro, y los sobrios colores del melancólico rostro iluminados vagamente por las llamas del hogar le daban un aspecto casi tan abrumador como a él mismo. Era el retrato de una mujer. Una sempiterna belleza inmortalizada por la mano diestra de Van Dyck. Su cuerpo poseía una esbeltez poco común, sentado frente a una ventana abierta; las elegantes manos entrelazadas sobre su regazo con un aire de triste resignación. El cabello, negro como el azabache, caía en suaves ondas sobre sus hombros y espalda hasta la cintura. La piel increíblemente blanca reflejando los insípidos destellos rojizos del atardecer que sus ojos, plenos de un gris vacío, contemplaban nostálgicamente. -Lady Tristesse... -musitó el joven suavemente mientras seguía con ojos hipnotizados las suaves curvas de la mujer- ¿No es una ironía que una mujer tan bella haya sufrido tanta tristeza y soledad? Su amigo bufó. -¿Cómo puedes saber eso, Miroku? -rió despectivamente- Ni siquiera sabemos su nombre. Ese maldito retrato fue la obsesión de mi padre, y de su padre..., y del suyo, también. ¿Qué puede tener que sea tan especial? Miroku rió delicadamente y meneó la cabeza. -No lo entiendes porque tu corazón está tan frío como la copa que sostienes -murmuró con suavidad-. Si te abrieras un poco más al dolor ajeno sentirías la melancolía que emana de este cuadro... Oh, pero Inuyasha sí la sentía. Por eso odiaba la maldita pintura. Era un reflejo constante de su propia existencia vacía. Gruñó. -Sabes que a Kikyo le gusta que a veces sea algo... rudo, ¿no? Miroku sonrió. ¿Inuyasha quería cambiar un tema engorroso por otro peor?. Así fuera. -Recuerdo algo de eso, sí -se volvió hacia él y pasó las manos tras su espalda. Inuyasha volvió a gruñir. -La otra noche dijo que, si tanto me gustaban las rameras, podía hacer de una -ironizó con una mueca seca-; pero que tuviera cuidado, o podía acabar matándola... La carcajada que cruzó la habitación lo puso furioso. -Me alegra que este maldito asunto divierta a alguien, para variar -espetó a través de los dientes apretados. -Lo siento, Inuyasha -apretó los labios para dejar de reír, pero sus mejillas temblaban y sus hombros se sacudían incontrolablemente-; Es una ironía que mientras yo luchaba por mi vida a cientos de kilómetros de casa, tú te la hayas pasado en grande mientras permitías que se extendieran esos ridículos rumores sobre ti. Además, no me reía de eso... El conde de Warwick arqueó una ceja. -¿Entonces? -Pienso que es realmente irónico que Kikyo se ofreciera a hacer de puta. Yo creía que ya lo era. Una nueva oleada de risa venció por completo su postiza serenidad; casi inadvertidamente, notó que una sonrisa curvaba la boca de su amigo. -Es curioso; cuando me lo dijo, estuve apunto de decirle exactamente lo mismo... Él no llegó a reír. Nunca lo hacía; al menos ninguna risa que no fuera irónica. Pero platicar con un buen amigo siempre lo ponía de mejor humor. Y sin embargo, detrás de esa sonrisa cínica, Miroku se dio cuenta de que el comentario de Kikyo realmente le había dolido. Se habían conocido hacía más de veinte años, cuando el estricto y alcohólico padre de Inuyasha todavía vivía y Miroku era el hijo mayor de un comerciante nuevo rico: hijo ilegítimo de un noble que, en su lecho de muerte y al no tener herederos, lo había reconocido en un acto de redención.. Sin embargo, la apetecible riqueza de su familia no le ganó un lugar en los círculos más cerrados de la sociedad. Por ese entonces, a la tierna edad de trece años, Miroku conoció el filo acerado con que la sociedad inglesa trataba a todos aquellos que consideraban "un ser inferior". Fue por eso que, cuando un joven de diecisiete años, de cabello plateado y ojos dorados, cuya mano le ayudó a levantarse después de un bochornoso accidente, le miró a los ojos y salvó su orgullo de una mayor humillación, Miroku lo idolatró. A partir de ese instante, un lazo irrompible se estableció entre ellos. Compartieron las experiencias más insólitas, vergonzosas y estimulantes con una vitalidad y un calor fraternal inquebrantables. Y cuando Inuyasha fue llamado para reclutamiento en el ejército del rey Jacobo, Miroku no lo dudó. Combatieron juntos en la guerra civil y la Revuelta de Bohemia, durante la Guerra de los Treinta Años. Pero entonces, mientras combatían a los españoles en Cádiz, Inuyasha resultó herido de gravedad al defender las espaldas de Miroku de un ataque a traición. El ejército le dio de baja y fue enviado a casa con pocas esperanzas de sobrevirir; pero él, con la voluntad de hierro que siempre le caracterizó, se recuperó más por su frío empeño que por su resistencia física Miroku volvió a la isla un año después, ¿y para qué?; Para descubrir que su querido amigo, al que prácticamente daba por muerto, se había metido en líos de faldas. ¡Y vaya líos! Cuando finalmente su risa se sosegó un poco, preguntó animado: -Entonces, ¿qué le respondiste? Inuyasha sonrió como un depredador. -No lo hice... El rostro de Miroku reveló confusión. De pronto, lo entendió. Otro ataque de risa sacudió su cuerpo bruscamente. Conociendo a Inuyasha, seguramente habría hecho exactamente eso...; lo que ella pedía. -No necesito preguntar cómo la dejaste... -musitó sonriente. -No. Pero puedo asegurarte que no me volverá a sugerir un juego de rol de ese calibre -luego pareció pensarlo-. O talvez sí lo haga. -Sí; Kikyo es una mujer de apetitos extraños... -al ver la mirada interrogativa de Inuyasha, agregó-: Por lo que tú me has dicho, claro. Nunca he estado en intimidad con ella. El conde de Warwick bufó. -No es que realmente sea algo muy íntimo -comentó tranquilo-. Kikyo tiene cierta... tendencia..., a intentar que la gente la vea. -Quieres decir... -casi se atragantó-, que la vea... mientras... -Sí. Una vez, pagó a un chico de la cuadra para que fuera a ensillar su caballo mientras ella me seducía en la grupa -sonrió con sarcásmo-. Es una suerte que yo estuviera de tan mal genio, o nos hubiera encontrado a medio acostón. Miroku silbó. -Vaya; nunca lo hubiera pensado. Entonces, ¿qué vas a hacer? Inuyasha, ya serio, hizo un ademán resignado con una mano. Ni siquiera su amigo sabía hasta qué punto le habían afectado los rumores desatados sobre él. A lo largo de los años, había cargado con el estigma de una culpa que no le correspondía; al principio, había visto el horror en las miradas de las mujeres cuando se les acercaba, aunque fuera sólo para entablar una conversación. Ellas reirían disimuladamente y pronto encontrarían alguna preocupación urgente que atender. Muy lejos de él. Quizá fuera una simple coincidencia lo acontecido con esas rameras. Quizá él simplemente había estado en el lugar equivocado en el momento preciso; no lo podía saber; pero no quería pensar en otra probabilidad, porque eso sigificaría que había alguien detrás de todo ello intentando joderle la existencia. Se alejó de esa línea de pensamiento. -Kikyo es una mujer fogosa -comentó como si fuera cualquier cosa-. Es ocurrente y guapa; pero ya no me divierte como antes. -¿Te buscarás una nueva amante? -¿Es que necesito buscarlas? -rebatió con una sonrisa y sus ojos brillaron con travesura. -No, supongo que no. Ellas te buscarán a ti, sin duda. Inuyasha se recostó en el asiento del sillón y la sombra de Miroku cubrió su cuerpo mientras éste pasaba delante suyo para sentarse junto a la chimenea. -Lo que sin duda es obra de la gracia divina; considerando mi reputación. -Yo diría que más bien del dinero que les pagas -increpó maliciosmente-; todas saben que ser tu amante es sinónimo de buena vida y joyas caras. -Pues Kikyo ya ha tenido bastante de eso... en todos los sentidos. Su amigo volvió a reír. Pero Inuyasha, no. -A veces... -murmuró, casi para sí mismo-; a veces me gustaría estar con una mujer que me mirara como si fuera algo más que un conde, o un asesino..., o ambas cosas. La risa de Miroku murió al instante. -Escucha, Inuyasha; no hay nada malo contigo -apuntó con seriedad-. Y eso de tu reputación... bueno, una mujer que realmente te quiera, no prestará atención. Ella sabrá que no puede ser verdad, que tú nunca harías las cosas de las que te han acusado. El conde hizo un sonido con su garganta que bien podría considerarse una risa amarga. -Llevo esperando a ver si existe esa mujer desde hace casi diez años, Miroku -rebatió con una suavidad nueva, mortal-. Nunca ha habido una que me mire por primera vez sin ese endemoniado terror en los ojos; un terror que no desaparece -sonrió con sarcasmo-. Por lo menos hasta que saben todo lo que pueden sacarme por un poco de compañía y por calentarme la cama -Miroku se sobrecogió cuando en la mirada de su amigo destelló un sentimiento nuevo. Algo abrumadoramente parecido al dolor-. Hace diez años que no he podido estar con una mujer a la que no haya tenido que pagar. Puede que incluso aún más tiempo. Un pesado silencio cubrió la habitación mientras ambos hombres volvían los ojos, meditabundos, a las flamas ardientes del hogar. Repentinamente, Inuyasha se puso en pie; los hombros anchos, rectos, hablaban de la fuerza ganada en batalla y de una potente masculinidad. Caminó con pasos firmes, largos y elegantes, hasta detenerse frenta a aquella indeseable pintura. Durante unos segundos interminables, lo estudió en silencio. Sus ojos dorados se elevaron en crítica admiración, recorriendo con una perezosa calma las curvas prodigiosamente esbeltas y delicadas de un cuerpo que podía considerarse como algo seráfico. Un delicado ángel melancólico. Y mientras se sumergía en la conmovedora emoción del cuadro, un calor extraño le inundaba el pecho. El encanto, como un antiguo hechizo pagano, lo rodeó; y una voz suave, delicada y tibia como la caricia de la llama sobre la carne helada; como un suave murmullo o una exhalación, colmó su mente. Wilmcote... Dio un paso al frente. Su pulso se aceleró imperceptiblemente y cerró los dedos temblorosos en apretados puños. La voz suave soplando en su cabeza como un cántico intermiable. Wilmcote... -¿Inuyasha? -preguntó Miroku, alarmado por la extraña actitud del conde, mientras se acercaba a él -¿Te pasa algo? Pero él no lo oía. El latido de su corazón se incrementó, sintiendo los golpes firmes y constantes contra sus costillas. -Wilmcote... -murmuró con tal suavidad, que su amigo apenas le oyó. -¿Wilmcote? Una mano temblorosa se extendió para tocar el áspero lienzo. O por lo menos uno que debía serlo. Y sin embargo, aún sin llegar a tocarlo, la suavidad del satén le rozó los dedos; que se movieron con la dulzura del toque de un amante sobre de la delineada curva de una pantorrilla perfecta. Miró los platinados ojos de la mujer; el cabello oscuro, los rasgos únicos... De pronto, una certeza estalló en su mente. Con una voz que, por su gravedad, difícilmente podría ser la suya, musitó: -Debo ir a Wilmcote... -¿Qué dices? Pero su mente embriagada de un agitado calor ya no estaba más con él. Con los ojos velados por una profunda emoción, trazó las esmeradas líneas de esa belleza etérea. -Debo ir a Wilmcote. Algo importante me espera allá... No pudo; jamás podría haber adivinado cuán ciertas fueron esas palabras. -----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°----- Bueno, subí el primer capítulo bastante rápido, espero de corazón que les haya gustado^^ Muchas gracias por el apoyo y por leer. Como dije, la historia comienza ahora; me pregunto si alquien se da una idea de cómo se van a encontrar esos dos... n_n Por otro lado, sé que están prohibidas las entradas con palabras malsonantes, y esos calificativos al principio no son precisamente moderados; aún así, no considero que mi forma de escribir sea grosera. De cualquier modo, a pesar de que ese tipo de lenguaje no es uno que yo use con frecuencia, a veces la escena lo amerita. Si a alguien le molesta, quizá debería hacérmelo saber para encontrar alguna forma de sustituir esos diálogos. Un gusto compartir mis ideas con ustedes^^ Saludos. Arce.
Re: Péché Parfait [Inuyasha/Kagome][AU histórico] hola!! esta chulisima la conti!!! me encanta!! *-* te expresas genial y esta super interesante!! y bueno, a mi no me molesta los tacos q sueltas en tu fic. toatl en la intro, avisaste, no? continualo pronto pq tienes mi apoyo!! byeee de: sango-chan *sango y kirara* *kirara*
Re: Péché Parfait [Inuyasha/Kagome][AU histórico] Ya hermanita, te doy mi apoyo moral hasta que esto se te llene de post (cosa que ya veo muy cercana) Excelente capi! Por el momento va buena la intro.XD Kykio siempre merodeando para molestar la vida, se le da muy bien. Recuerdo que la primera vez que te leí, quedé encantada con la escena del cuadro, tienes razón cuando dices que eres buena para eso del misterio, y asdf. Ojalá actualices pronto (cosa que no dudo xD) Te quiero hermanita. Adieu! Miyu SparkS
Re: Péché Parfait [Inuyasha/Kagome][AU histórico] Continualo! me ha gustado bastante ^-^, toda la historia es muy interesante, y tengo curiosidad por saber lo que le esta pasndo a InuYasha o0o. Bye! >>lupi
Re: Péché Parfait [Inuyasha/Kagome][AU histórico] Wenas!!! Me a enkantado la konty!!! Escribes genial!!!y te expresas muy bien tb^^ xD Vaya…pobre inu lo acusan de todo al pobre:( Ya kiero ver kmo se conocen inu y kag!! Bueno, espero la konty ansiosa!!!me dejaste intrigada-.- Tienes todo mi apoyo!!! Byebye!!!pasalo bn^-^*corazon* :kirara: *besos*
Re: Péché Parfait [Inuyasha/Kagome][AU histórico] -----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°----- CAPÍTULO II Butlers Marston, a orillas del río Avon. -¿Hacer un rodeo? -la voz preocupada de lady Eliana tembló-. Pero faltan apenas un par de horas para que anochezca; ¡No llegaremos a Birmingham y tampoco podemos acampar a mitad del bosque! El colono se quitó el gorro y la miró, compungido. -Lo siento, milady; pero las lluvias no habían cesado en casi dos semanas...; el río Avon se ha salido de su cauce y el puente que lo cruzaba se destruyó; ya puede ver cómo ha quedado la aldea... Tendrán que dar un rodeo... Exasperada, lady Eliana se frotó el puente de la nariz- -¿De cuánto estamos hablando? -su voz fue casi un gemido de resignación. Al ver que no respondía, insistió-: ¿De cuánto? El cochero la miró nervioso. -Poco más de setenta kilómetros, milady... -respondió sumiso, casi avergonzado de tener que dar malas noticias. -¡Dios bendito!, ¡Eso son otras tres horas de viaje! -Sí -convino-, Tendremos suerte si encontramos posada en Abbots. Es un pueblo pequeño, al otro lado del río... -ofreció poco convencido-. Si partimos ahora mismo, podemos llegar poco después de que anochezca. ¿Quedaba opción? Con la preocupación escrita en el rostro se volvió a su hija, que permanecía de pie junto al carro. Kagome la miraba tranquilamente desde la escalerilla; uno de los peones de Abingdon que las habían acompañado por su seguridad permanecía cerca de ella, mirando recelosamente a todo el que se acercara. Si algo ocurría, al menos tenían a Cabot y a Jared para cuidarlas. El pensamiento la tranquilizó un poco. Si tenían la posibilidad de encontrar asilo para pasar la noche, podrían llegar a Birmingham antes del medio día. Pero tenían que partir enseguida. -Muy bien. Hagan lo que tengan que hacer, pero debemos llegar a Abbot antes de medianoche. Y con ese característico paso suyo se dirigió al carro. Hizo una seña al chofer y Albert cabeceó; éste sacó una pequeña talega con monedas y se la arrojó al colono. Geoffrey, el lacayo, un desgarbado mozuelo de no más de catorce años, le abrió la puerta a su señora y la ayudó a subir. Mientras se acomodaba la falda y alisaba arrugas imaginarias, quizá intentando sosegar el temblor de sus manos, miró a Kagome acomodarse en el asiento opuesto. Jared y Cabot tomaron sus lugares en la parte trasera, y Albert y el mozo subieron al frente de la berlina. -No puedo creer que esté pasando esto. Tantos días planeando este viaje para que al final... -Madre... -llamó Kagome suavemente-; no podíamos haber previsto lo que ocurrió aquí; es algo fuera de nuestro control. Ahora, todo lo que podemos hacer es buscar la mejor solución posible. Lady Eliana hizo una mueca. Nunca le había molestado que su hija perteneciera a ninguna de esas sociedades ideológicas que estaban tan de moda, pero tampoco lo había agradecido. Kagome no se avergonzada de su tendencia pragmática, que había causado gran revuelo en las últimas épocas, y hacía gala, en cualquier oportunidad, de lo práctico y sencillo que era vivir bajo esa filosofía. "Sólo lo útil merece la pena hacerse"; pues bien, despotricar en medio del camino, al lado de un pueblo prácticamente en ruinas, no era algo precisamente útil. Respiró profundamente y exhaló con calma. -Tienes razón -sonrió con suavidad-; no podemos hacer nada. Y, con un poco de suerte, llegaremos con bien a Abbot y tendremos un lecho caliente para pasar la noche. -Yo me conformaría con que tuviéramos un techo sobre nuestras cabezas -rió su hija, y la risa iluminó su rostro de angelical belleza. -Si Dios quiere, sí, hija... si Dios quiere. Pero al parecer, no quiso; porque recién entrada la medianoche llegaron a lo que, en un tiempo no muy lejano, había sido el pequeño pueblo de Abbot. -Cristo... -musitó lady Eliana. Sus ojos recorrieron los restos goteantes de lo que, en mejores tiempos, fueron casas; la tierra, blanda y fangosa, se hundía bajo las ruedas del carro mientras se detenían. Kagome jadeó con horror y se llevó las manos a la boca. nunca había visto tal desolación antes. -Dios bendito, el río... Un suspiro cansado brotó del pecho de su madre. -Sí. No hay más, tendremos que seguir. -Puede que encontremos algún pequeño pueblo de granjeros en el camino. Con todos los asaltantes de caminos, la mayoría de las pequeñas aldeas preferirán permanecer cerca unas de otras, por seguridad. -Sí -musitó lady Eliana-; supongo que siempre podemos seguir hasta el siguiente pueblo. Mientras más lejos estuvieran de ese lugar, mejor; porque los bandidos siempre aprovechaban ese tipo de desastres para cometer pillaje y aunque dudaba seriamente que, aún en sus tiempos más prósperos, la gente de ese pueblo hubiera tenido algo que robar, era mejor no correr ningún riesgo. Con un par de ligeros golpes en la madera junto a su cabeza, indicó al cochero que volviera al camino. Al principio, las ruedas se movieron con cierta dificultad sobre la tierra calada pero, al cabo de unos minutos, volvían a estar en marcha. Después de un rato, Kagome comento: -¿Viste que Albert le dio dinero a ese hombre? -preguntó con suavidad. -¿Lo hizo? -evadió la pregunta astutamente. La chica asintió. -No sé cuánto era, pero por la expresión del hombre cuando lo tomó, deduzco que fue bastante dinero. Eso les ayudará a levantar de nuevo el pueblo. La marquesa se encogió de hombros. -Supongo que sólo habrá querido ser amable. -Supongo -convino con suavidad-. ¿Tú se lo ordenaste? -¿Viste que me le hubiera acercado en algún momento?-su hija negó-. Entonces, ¿porqué haces preguntas tontas en momentos como este? Con un resignado suspiro, Kagome desistió. No entendía ese afán de su madre de ayudar a los necesitados y luego negarlo como si fuera un insulto el simple hecho de suponerlo. Le había parecido ver una mirada extraña en el rostro de lady Eliana cuando se dirigió a Albert, y, un segundo después, éste entregaba una bolsa con oro al colono como el que da los buenos días. Era como un acto bien ensayado..., como si fuera algo que hicieran a menudo. Kagome sabía que su madre siempre había sido una mujer generosa pero, ¿acaso era la bondad una cualidad por la qué avergonzarse?. Las dos horas siguientes pasaron en un incómodo silencio que ninguna de ellas se atrevía a romper. La noche había caído rápido. Más rápido de lo que les hubiera gustado. Los sonidos nocturnos rodeándolas y la lobreguez del camino accidentado no contribuían a calmar sus nervios. En ese instante, las nubes debieron cubrir la luna menguante porque la carretera se sumió en una obscuridad absoluta. Un grito ahogado escapó de la garganta de lady Eliana cuando una de las ruedas tropezó con una roca y el carro entero se balanceó peligrosamente. Durante un terrible segundo, creyó que se volcarían. Ella y Kagome se miraron fijamente con ojos espantados, los rostros pálidos y las respiraciones agitadas; un golpe suave contra la madera envió un escalofrío de terror por sus espinas, hasta que la voz preocupada del cochero penetró la bruma del pánico en sus cabezas. -¿Están bien, milady?, ¿Señorita Kagome? Lady Eliana se llevó una mano al corazón y agradeció a todos los santos conocidos. Kagome, no. No había convivido el tiempo suficiente con ese sentimiento para saber identificarlo, pero era algo frío y denso pesándole, corriendo por sus venas como un fuego helado. Como una premonición. -Sí, Albert; estamos bien... -ni siquiera se había percatado de que el carro se había detenido, hasta ese momento. Una nueva ola de aprensión la cubrió-. En marcha, Albert...-el coche no se movió; la respiración de la mujer mayor se entrecortó y con un jadeo asustado intentó de nuevo-: ¿Albert? -pero tampoco hubo respuesta. De pronto, el ruido de un golpe seco se escuchó afuera del carro. Un silencio aterrador las sobrecogió a ambas. Saliendo rápidamente de su letargo, Lady Eliana apagó la lámpara de aceite que iluminaba el interior de la berlina. Permanecieron en un petrificado silencio hasta que, como activada por un resorte invisible, Kagome se precipitó a la cerradura de la puerta con la intención de poner el seguro. Pero no fue lo bastante rápida. Un tirón fuerte le arranzó la manija y gritó cuando el metal frío rasgó la piel delicada de sus dedos. Sintió el aire nocturno golpeándole el rostro al mismo tiempo en que una mano enguantada la sujetaba por la muñeca; un segundo después, permanecía quieta, la mejilla apretada dolorosamente contra la tierra fría, y una rodilla empujaba cruelmente sobre su espalda. Gimió. Como un eco lejano, oyó la voz histérica de su madre llamándola desde el carro y, por el rabillo del ojo, pudo ver una segunda figura, toda negra, empujándola al interior. Intentó gritar, pero el peso del hombre se le clavó en la espalda y gimoteó mientras, contra su voluntad, ardientes lágrimas le empapaban las mejillas. Con frustrada desesperación, escuchó los gritos dolorosos de su madre y el ruido de la tela de su vestido rasgándose inexorablemente. Se debatió; retorció el cuerpo con todas sus fuerzas hasta sentir que el hombre sobre ella le torcía el brazo sobre la espalda en un ángulo insufrible. Habría jurado que podía oír el sonido de sus huesos desencajándose lentamente mientras un dolor insoportable la entumecía. Y aún así, con un brazo doliéndole como el mismo infierno, se revolvió como una criatura salvaje. Entonces, sin un ápice de consideración, arrastró su muñeca izquierda y la juntó con la otra mientras las aseguraba con una cinta de cuero. Kagome apretó los dientes y soportó el dolor. No iba a gemir. Nunca volvería a quejarse: jamás le daría al bastardo esa satisfacción. De pronto, el viento frío le golpeó las piernas y fue apenas consciente de que el hombre sobre ella había desgarrado las costuras de su vestido, arrancándole la falda y parte de las enaguas. Tiritó mientras sentía las manos ásperas manoseando sus piernas hasta la cadera; luego, el peso neto del cuerpo se echó sobre ella. Sintió algo duro clavándosele contra las nalgas. Una oleada de náusea la sacudió. Entonces un puño apretado le tomó el cabello y tiró; lo sintió aspirar el aroma de su melena rizada antes de enterrar la cara contra su cuello y mecerse contra ella con un deprevado ritmo. Y repentinamente, tan pronto como había iniciado, terminó. Sin saber exactamente lo que fue, el peso sobre su espalda desapareció y giró sobre un costado. Sus ojos encontraron el lóbrego manto nocturno; ninguna estrella, ninguna luna le adornaba; en cambio, una tormenta salvaje de nubes negras se debatía sobre sus cabezas, y el sonido del primer trueno llenó sus oídos con una claridad aterradora al tiempo que un grito igual de desgarrador le terminaba de helar la sangre. En ese momento, no escuchó nada... Y lo escuchó todo. Golpes, gritos... y el filo acerado de una hoja dejando la vaina. Y de pronto, el silencio cayó sobre ella como una pesada loza, aplastándola contra la tierra e impidiéndole reaccionar cuando, momentos después, la sombra ancha de un hombre se cernió sobre ella. No distinguió su rostro; y cuando un suave destello plateado logró filtrarse a través de la densa masa de turbulenta agua negra sobre sus cabezas, no pudo ver nada más. Ahí estaba; algo se congeló dentro de Kagome cuando distinguió el extremo afilado y goteante del acero a la luz pálida de la luna. El tiempo perdió su noción para ella. Podrían haber pasado horas, días enteros, y Kagome no lo hubiera sabido, tan sumida como estaba en su tormento. Y el mundo se sumió en un silencio ensordecedor. -¿Qué es esto, Dios...? -su voz fue un murmullo bajo, como el ulular melancólico de un búho herido. Cerró los ojos y, por un instante, permitió que una lágrima perlada se deslizara por su mejilla- ¿Qué es esto...? Percibía los latidos en su pecho como si no fueran suyos; y, de pronto, no sintió nada más. °-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-° Un grito desgarrador le sacudió el cuerpo con la violencia de un trueno. Por un instante, creyó haberlo imaginado: una agonía tan punzante sólo podía ser obra de la imaginación excitada por el ambiente y la tragedia que se respiraba a su alrededor. Y sin embargo, fue estremecedoramente real. Un segundo después, la voz aterrada de la mujer llenó sus oídos y un horror líquido le espesó la sangre en las venas. Se aupó sobre su caballo y lo espoleó en su dirección, guiado a ciegas a través de la penunbra por los aullidos de un dolor que le dejó un peso helado en el pecho. Agitó las riendas, desesperado por llegar a tiempo, desesperado por liberar a aquella desdichada mujer de sólo Dios sabe qué tormento. Durante un aterrador instante, pensó que llegaba tarde; no oyó nada más. Entonces, como el ruego de un pecador ardiendo en las llamas del infierno, la voz se elevó en un aterrador lamento; ahogado por una agonía no sólo del cuerpo, sino del alma. Sus manos se crisparon sobre las riendas y la anticipación corrió a través de él, preparándolo para la batalla cuando divisó, a duras penas, la silueta de un carro mediano. No estaba lejos, veinte, veinticinco metros, quizá. Sus ojos entrenados evaluaron inmediatamente la situación. Una figura delgada, a unos pasos de él, permanecía bajo el peso de otra más grande, más tosca. Probablemente ya estaba muerta. A su derecha, el carro se agitaba con violencia y los sonidos de la lucha lo cubrieron todo. Una incontenible furia lo dominó cuando la voz que le había guiado hasta ahí emitió un ahogado gemido de dolor y bajó del caballo antes de que éste se detuviera por completo. En ese momento, el hombre que mantenía al joven contra el suelo levantó el rostro. Los ojos teñidos de odio lo miraron sin pestañear; un segundo después, el sujeto llevaba la mano al interior de su manga. Sus ojos se estrecharon cuando vio el filo de una daga destellear suavemente mientras la dirigía a la nuca de su víctima en un gesto amenazador. Con una velocidad precisa y mortal, arrancó su propia daga del cinto atado a su pantalón y la hoja cortó el aire, antes de enterrarse profundamente en el pecho del hombre. Por el rabillo del ojo lo vio caer; llevando una mano a su cadera, desenvainó la amplia espada y se precipitó por la escalerilla de la berlina. La ira le veló los ojos cuando vio la figura tosca del hombre apretada entre los muslos desnudos de una mujer. Con un rugido furioso, su puño prendió el traje del hombre y lo arrastró hascia atrás. El atacante trastabilleó con los pantalones enredados sobre las rodillas y dio un medio giro, antes de que el acero mortalmente afilado le separara la cabeza del cuerpo. Fue un golpe certero y limpio. un segundo después, todo se sumía en un silencio abrumador. Un miedo helado le caló hondo cuando no escuchó más a la pequeña mujer. Guardando la espada en su vaina, se arrodilló a su lado y palpó su rostro. Tenía la mandíbula rota y comenzaba a hincharse, pero al menos seguía respirando. Por ahora... pensó con cierta tristeza. Hizo un examen rápido del resto de su cuerpo con un cuidado que contrastaba con la tosquedad de sus manos sobre esa piel fina y delicada. Los retazos de tela se deslizaron entre sus dedos callosos y soltó una maldición. Tenía golpes por todo el cuerpo. Llevó la mano sobre su muslo y palpó. Un escalofrío de recorrió la espina cuando sintió la sangre cálida y viscosa sobre su palma. ¡El muy bastardo! Acarició su frente con tierna suavidad, intentando transmitirle algo de seguridad. Entonces, el rumor de la ropa agitándose le llego del exterior. Vio la figura reptante del hombre acercarse al joven que permanecía quieto, según podía ver ahora, boca arriba. Con uno de esos movimientos veloces que le caracterizaban, llego ahí en unas cuantas zancadas y arrancó la espada de la funda. Un solo golpe de la hoja lo terminó con todo. El cuerpo inerte cayó a un cortado y él se volvió. Sus ojos se ensancharon cuando descubrieron a la figura esbelta que había creído un joven varón. Sólo que no era tal. A sus pies, yacía una conmovedora criatura completamente rota. Una pena profunda se instaló en su pecho cuando vio las magulladuras en su rostro y los raspones en el resto de su cuerpo pequeño, cubierto apenas por un delicado corsé y un desgarrado conjunto de sedosa ropa interior. Miró a un lado y descubrió los restos de lo que en un día debió ser un vestido hermoso; probablemente la última moda de París, a juzgar por el estilo elaborado de los encajes. Vio su cuerpo ponerse rígido cuando percibió el brillo sobre la hoja de la espada, que se apresuró a envainar. Un segundo después, se arrodillaba a su lado para iniciar el mismo proceso de exploración. No había necesitado más que una ojeada a su hombro derecho para saber que lo tenía dislocado. El reto consistía en hacerla girar sobre su cuerpo para poder desatarle las manos sin hacerle aún más daño. -Escucha, linda; tengo que levantarte un poco para quitarte eso, ¿me comprendes? -le hablaba con el tono tranquilizador que usaría con un niño pequeño-. No quiero hacerte daño, pero necesito que cooperes conmigo, ¿lo harás? Un suave asentimiento fue su respuesta. Con movimientos tiernos, a los que estaba poco acostumbrado, levantó la delgada espalda del suelo y, cuando la chica gimió, casi gimió con ella. Los dedos rápidos se apresuraron a desatar el nudo de cuero que mantenía sus manos atadas; bien, ya estaba hecho. Ahora faltaba lo verdaderamente difícil. -Escuchame; tengo que acomodar el hueso en su lugar, ¿me oyes?; No te voy a mentir; esto te va a doler bastante, pero será sólo un momento y luego pasará. Necesito que te relajes y me ayudes a hacerlo, ¿de acuerdo? -otro asensimiento apenas perceptible, pero cargado de una firme convicción que le calentó algo por dentro-. Bien. Los siguientes instantes pasaron tan lentamente para ambos, que estaban seguros de recordarlos por el resto de sus vidas. El sonido sordo de los huesos tomando su lugar correcto resonó en silencio nocturno y el ahogado grito de dolor que le siguió inmediatamente casi le hizo querer llorar. Y sin embargo, en medio de toda esa pesadilla, una parte del vacío que desde siempre habia sentido en el corazón se había colmado; como si por fin estuviera ahí, donde siempre había debido estar. Era una sensación indescriptible; como volver a casa después de un viaje demasiado largo. Pero aún no había terminado. Vio un destello plateado mirándolo través de sus ojos, pero antes de que pudiera discernir si había sido real o un producto de su imaginación, la chica había perdido la consciencia. Suspiró. Después de todo, quizá fuera mejor así. Sus manos continuaron la minuciosa exploración de su cuerpo, pasando por los brazos delgados, la estrecha cintura y las redondeadas caderas. Las piernas tenían varias raspaduras que no tardarían en sanar. Entonces, una nueva inquietud lo abrumó. No habia sido algo tan deducible como con la mujer mayor, pero el ataque llevaba ya tiempo cuando él había llegado. ¿Y si esta preciosa chica había sido ultrajada también? Una oleada la más profunda de ira le inundó y los ojos dorados se tornaron casi negros. Era una lástima que esos hombres ya estuvieran muertos, porque no podía matarlos de nuevo. Casi con miedo de lo que descubriría, separó los esbeltos muslos de la chica con suavidad y su mano amplia se hundió en la abertura de la ropa interior. La tocó. Un estremecimiento involuntario lo recorrió cuando entró en contacto con su calor; pero más potente que su injustificado deseo fue el profundo alivio se cernió sobre él, aturdiéndolo como si hubiera recibido un fuerte golpe. Al menos a ella no la habían tocado. Retiró la mano de sus bragas y se apresuró a quitarse la chaqueta. Cubrió su cuerpo tembloroso y la levantó en brazos. Le sorprendió lo excesivamente ligera que parecía. Con pasos firmes, pero suaves para no perturbar a su carga durmiente, se dirigió a Lueur, en cuyo lomo la descargó con ternura. Unos instantes después, volvía con el cuerpo inconsciente de la segunda mujer, a la que acomodó detrás de la que, suponía, debía ser su hija. Quizá llevarlas colgando de los lomos de un caballo no fuera lo más adecuado en ese momento, pero no tenía otro medio: una de las ruedas del carro se había roto al tropezar con una roca espesa. Murmurando palabras tranquilizantes, desenganchó a uno de los caballos con una mano mientras le acariciaba el cuello con la otra y no pudo evitar la pena que le embargó cuando vio el cuerpo de un chico de no más de quince años, tumbado boca abajo sobre el asiento del conductor. A su lado, un hombre mayor todavía aferraba una daga con la que, lo más seguro, intentó defender la vida del chico y de las mujeres a su cuidado. Meneando la cabeza con resignación, llevó al caballo al lado de Lueur, montó y tomó ambas riendas. Sí, ese seria un largo camino a casa... -----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°----- Pues sí, fue algo cruel. Pero ahora me ha entrado la duda sobre si el contenido del capitulo es apropiado o no. Al decir que no se permite contenido erótico, ¿qué tan literalmente se debe entender?, ¿erótico como un beso muy caliente o erótico como un beso muy caliente con algo de mano incluída?, por ejemplo. ¿Eso está prohibido? La alución a la violación de Eliana es bastante obvia, pero no estoy mostrando ningún tipo de contenido explícito. Si debo retirarlo y publicarlo en mi blog, me agradaría que alguien me lo dijera. Agradezco los comentarios de Sango-chan, Miyu Sparks, Lupi_san y Kainusanmiro. También a todos los que lean. Besos y nos leemos después :)
Re: Péché Parfait [Inuyasha/Kagome][AU histórico] Wao. Me haz dejado demasiado intrigada y con un grito en los labios. ¡Te felicito!, ¡tu fic es excelente! La trama es diferente, interesante y buenísima, si bien aún le falta bastante por ver cabe aclarar que desde que empecé a leer me he quedado embobada. Tienes una forma de narrar única, nos das hasta aquel mínimo detalle de los lugares y eso ayuda a que la lectura sea muy sencilla. Si bien tienes unos errores al principio, por ahí te falto una n en un sin y la pregunta ¿por qué? va separado. Bueno, creo que ya me emocione, espero continuación con paciencia.
Re: Péché Parfait [Inuyasha/Kagome][AU histórico] Wenas!!! K linda konty!!!!! Se me fue!!!siento no haberte posteado!!!pense k te postee…pero no:( Lo sientoo!!!! Tu fic me encanta!!!y estoy deacuerdo con Pami!! Escribes genial, y la trama muy linda!!!! Espero k lo sigas pronto!!!y lo siento…de verdad!!estare atenta*-* Tienes todo mi apoyo!!!!:*_*: Byebye!!!pasadlo bn^-^*corazon* :kirara: *besos*
Re: Péché Parfait [Inuyasha/Kagome][AU histórico] -----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°----- CAPÍTULO III Pasaje de Alcester, salida de Wilmcote. Inuyasha Jourdian McLonney Deddington, duodécimo conde de Warwick; marqués de Wolston; barón de Oxhill, de Berry, de Kinver y de Evenley, siempre había creído que la valía de un hombre no residía en la fuerza de sus músculos más que en la agudeza de su mente y la voluntad de su espíritu. A lo largo de su vida había visto demasiadas cosas; más de las que cualquier hombre querría saber; aún así, eran pocas las que no llegaba a comprender. Y sin embargo, no entendía casi nada de lo ocurrido las últimas doce horas. De repente, había visto su vida correr a segunda velocidad, como si no fuera suya; todo su mundo dando vueltas mientras él intentaba comprender las emociones nuevas que lo embargaban. Miró la cálida belleza que reposaba a unos metros de él; sus rizos de ébano derramándose como oro negro sobre las pieles en que descansaba, sus labios cárdenos moviéndose en un silencioso ruego; dulces gemidos aterrados rasgaban su garganta mientras se revolvía con inquietud; como si ni siquiera el sueño la hiciera segura. Parecía tan frágil. Tan pálida y delicada como una muñeca. Tan distinta a la otra y a la vez tan exacta como las dos mitades de una misma figura. Una figura perfecta. Completamente exótica. El cuerpo delgado se sacudía con temblores intermitentes bajo la pesada tela de la manta. Inuyasha sabía que soñaba. Soñaba con el terror mortal, con la sangre, la crueldad y el dolor del cuerpo en una agonía que no acababa. Sentía su angustia perfumando el aire de la habitación como un vaho maldito, rodeándolos y embargándolos de una angustia tal, que ella prefería mantenerse en el tormento de su pesadilla que arriesgarse a enfrentar el horror de la realidad. Pero el sueño era un lugar donde nadie, ni siquiera Inuyasha, con toda su maestría y determinación, podía ayudarla. Inhaló profundamente e hizo algo a lo que, en toda su vida, nunca se había acostumbrado. Suspiró; y necesitó toda su fuerza de voluntad, de la que tanto se enorgullecía, para guardarse de acariciar esa frente pálida, inclinarse sobre ella y acunarla; resguardarla del frío y calentar su cuerpo con palabras dulces que hablaran de momentos dichosos y tiernas promesas. ¡Dios!, él nunca había sido un hombre sentimental... Y sin embargo, una ardiente necesidad de proteger y aliviar el dolor le roía como una afilada garra. Miró fijamente la madera estropeada de las vigas que sostenían el techo sobre sus cabezas intentando ignorar el modo en que ella se movía inquieta y cómo su cuerpo traidor estaba reaccionando a ello. Lo acontecido desde la tarde anterior repitiéndose en su mente como una secuencia viva una y otra vez, reviviendo la angustia y haciéndole preguntarse sobre las circunstancias que le habían llevado ahí, en ese preciso momento, a salvarlas. Se habían detenido en una vieja garita de cazadores a esperar el amanecer cuando Inuyasha se dio cuenta de que la piel de ambas mujeres había empezado a congelarse, literalmente. Sus cuerpos magullados se retorcieron, temblaron y se agitaron en un intento vago de sus músculos por calentarse a sí mismos, pero el clima en esa época del año era implacable. Afortunadamente, y aunque la temporada había terminado hacía meses, los cazadores habían dejado algunas pieles viejas amontonadas en una esquina y suficiente carbón para mantener un fuego constante durante varias horas. Inuyasha miró fijamente a la mujer albina recostada frente a él, enredada en una diminuta manta que a duras penas podía proporcionarle suficiente calor; percibiendo el modo en que el temblor de su cuerpo se había incrementado ligeramente. Observó la sangre seca manchando la suave seda de su vestido, los bordes y costuras desgarrados, las magulladuras tumefactas en sus hombros expuestos, el extraordinario rostro hinchado, ennegrecido... y la vieja ira corrió a través de él con la fuerza de una explosión. Él no sabía nada de medicina, pero estaba bastante habituado a la anatomía femenina. Sabía que un hombre podía hacerle mucho daño a una mujer si era demasiado rudo y, en cuanto la había visto, supo que algo se le había desgarrado por dentro. No obstante, el frío había ayudado a contener la hemorragia. Mortal ironía que el mismo hecho que horas antes le había salvado la vida pudiera quitársela ahora si no entraba en calor. Pero Inuyasha había visto morir a demasiada gente para desear agregar un nuevo recuerdo perseguidor en su consciencia, recordándole que quizá en aquel momento había llegado demasiado tarde o que no había sido lo bastante rápido. No; haría lo posible por salvar a esa extraña desventurada. Al menos así estaría tranquilo. Con pasos lentos, medidos, como caricias de las plantas sobre el suelo astillado, se acercó a ella casi furtivamente sin hacer ruido, con el movimiento ágil y subrepticio de un cazador. Se inclinó a su lado y, con las manos fuertes y aún tan suaves, levantó su cuerpo menudo, manta y todo, y lo apretó a su pecho mientras la acercaba un poco más al hogar que ardía al centro de la habitación. La colocó con cuidado sobre el suelo tibio. Tomó su temperatura y juró en voz baja cuando percibió su fiebre. Su frente, pálida y mortecina, resplandecía con el sudor frío que la cubría; con la esquina de la manta, la secó. Había hecho todo lo que había podido. ¡Él no era médico, maldición! Estaba acostumbrado a las heridas de guerra, no a... Meneó la cabeza con resignación. En otras circunstancias, las habría dejado, seguras y abrigadas, y hubiera ido a buscar ayuda; sin embargo, no podía arriesgarse a dejarlas solas. Algo en su interior, su parte más oscura, esa parte desconfiada y recelosa, le decía que el ataque de la noche anterior no había sido al azar. Si su instinto no le había abandonado, amanecería en cuestión de minutos; entonces reanudaría la marcha y en poco más de una hora estarían frente al portal de la fortaleza de Warwick. Suspiró nuevamente mientras frotaba los brazos temblorosos de ella con sus dedos ásperos. En casa, segura, tibia..., y con la ayuda disponible nada más pedirla. Sacrée merde... Cuando había salido hacia Wilmcote la tarde anterior había estado preparado para encontrarse casi con cualquier cosa y su mente había sopesado todas las posibilidades. Excepto ésta. ¿Quién se hubiera imaginado que Dios..., no; Dios, no; el destino lo hubiera usado como instrumento para evitar algo que no debía suceder y que terminaría cargando con la responsabilidad de dos mujeres solas a las que debía proteger. Dos mujeres de las que no sabía absolutamente nada. Miró el semblante pálido resplandeciendo con el fuego dorado. Su rostro se suavizó. Quizá sí supiera una cosa. No representaban ningún peligro para él. Un gorjeo femenino se oyó a su espalda e Inuyasha se estremeció. Bueno, al menos una de ellas no era un peligro. Giró sobre sí y su corazón se saltó un latido cuando vio un par de somnolientos, profundos y plateados ojos mirándole desde las pieles. Pero lo que tanto, inconscientemente, había temido encontrar ahí, no estaba. Hacía mucho tiempo que Inuyasha se había acostumbrado al terror en las miradas de las personas cuando se les acercaba, ¡Por Dios!, no era que realmente fuera a hacerles daño... En ese instante, Inuyasha percibió hasta qué punto le había calado ese frío desprecio. Se descubrió acercándose a la chica con cautela, como un cervatillo temiendo ser herido, temiendo confiar demasiado y acercarse a beber de la mano del cazador. No una actitud común en él. Sin embargo, lo que vio en esas profundidades grises fue algo completamente inesperado. Podía percibir la ternura de su alma como un halo inherente a ella. Un curioso calor lo rodeó y el sentimiento le resultó extrañamente familiar; como un recuerdo anhelado durante mucho tiempo y que la crudeza que lo rodeaba casi le hubiera hecho olvidar. La cálida inocencia de los ojos que le miraban con adormilada curiosidad fue para él una experiencia nueva. Habían pasado tantos años desde la última vez que sintió la mirada límpida de alguien recorrerlo sin aversión, que la repentina sensación de felicidad que estalló en su pecho lo abrumó. Pero claro, él no permitiría que ella se diera cuenta... -¿Cómo te sientes? -murmuró mientras se arrodillaba junto a ella y le tocaba la frente. La vio mover los labios sin emitir sonido, como luchando por encontrar las palabras. Miró su bonita frente fruncirse en un encantador ceño mientras sus ojos inquietos se movían, como si intentara enfocarlo. Una ternura desconocida se extendió a través de él. Maldición, odiaba su vulnerabilidad porque le hacía sentir cosas que no podía comprender. De pronto, todo el cuerpo de ella comenzó a temblar; Inuyasha se movió rápido. Sus manos grandes tomaron sus hombros frágiles y la levantó contra su pecho. Hizo aquello que había deseado hacer desde el mismo instante en que la encontró. Se vio y sintió a sí mismo acunarla, cubriéndola con su calor, susurrando una letanía de palabras cariñosas que ni siquiera sabía que conociera. El murmullo bajo llenó en ambiente de una cómoda calidez y el cuerpo de ella dejó de temblar poco a poco, relajándose hasta un punto letárgico contra él. Se había quedado dormida. Un suspiro satisfecho brotó de él mientras disfrutaba de la suavidad de su cuerpo apretado contra el suyo; y casi maldijo al primer rayo de luz que se filtró por la ventana porque le robaba su pretexto para seguir abrazado a ella. Reticentemente, la colocó con cuidado sobre las pieles y caminó a la puerta. A la luz del día, las copas de los árboles tenían delgadas capas de nieve que resplandecía y la tierra mojada parecía haberse congelado. Movió la bota por encima y vio cómo la nevisca, de apenas media pulgada de espesor, se corría bajo la suela. Caminó a la parte trasera, de la que sobresalía un cobertizo pequeño; miró a Lueur resoplar y el vaho salir de sus fosas nasales mientras movía una pata delantera en signo de bienvenida. Inuyasha le acarició el cuello y desató la brida que había atado a un travesaño por la noche. Miró con frustración el pelaje de su lomo cubierto por la misma capa blanca y sintió el pelo congelado bajo los dedos. Mierda, nunca antes lo había expuesto de ese modo y se aseguraría de que no hubiera una segunda vez. Con movimiento ágiles, desató y llevó a ambos caballos a la entrada de la garita. Una ráfaga de aire frío entró con él al cuarto y su mirada fluctuó entre ambas mujeres: las dos seguía inconscientes. En cuestión de minutos, lo tenía todo listo. Había apagado el fuego con una de las mantas antes de envolverlas unas sobre otras en los hombros de ambas. Cuando las sacó de nuevo al frío exterior, no parecieron notarlo. Sin embargo, la idea de llevar a la chica colgando del lomo de un caballo no le parecía tan adecuada ahora. Torció la boca en una mueca molesta mientras acomodaba a la mujer albina sobre el alazán. Mientras llevaba a la joven en brazos, se decidió. La llevó al lomo de su propio caballo. Si alguno debe llevar el peso de dos, tiene que ser Lueur, se dijo, Ese caballo flaco no las aguantará hasta Warwick. Quizá si siguiera repitiéndoselo todo el camino, llegaría a convencerse y, también, sería mejor ignorar el hecho de que el segundo caballo fuera casi tan magnífico como el suyo propio. Después de acomodarse sobre la silla, jaló la suave figura envuelta al interior de sus brazos. Se demoró más tiempo del necesario en asegurar su comodidad, sus dedos rozando constantemente a la carne expuesta de su cuello. Qué conveniente. Con un ceño en el rostro, tomó ambas riendas, enredó las bridas en torno a sus puños cerrados y apretó un brazo sobre el vientre de la mujer, estrujándola contra su pecho. Era sólo para asegurarla, continuó diciéndose; ella no inspiraba ninguna emoción en él. Miró a la mujer albina y de nuevo se aseguró de que no caería repentinamente. Luego, con una presión casi imperceptible de sus rodillas, Lueur comenzó a andar. °-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-°-° -Vaya -tronó una voz jocosa-. Cuando dijiste que algo te esperaba en Wilmcote, no imaginé que te referías a esto... La construcción imponente de Warwick se alzaba frente a él, como una promesa de añorado confort. La piedra ancha y lisa relucía al sol como una gema pulida, las puertas de cedro eran anchas y poderosas; unas puertas hechas para la defensa, diseñadas para resistir la crudeza del asedio. Exactamente del mismo modo en que una gruesa coraza helada resguardaba su corazón, porque lo que había dentro era demasiado vulnerable. Inuyasha gruñó con fastidio mientras observaba a Miroku descargar con cuidado a la mujer sobre el alazán. Luego tomó a su propia carga preciosa y, reticentemente, la entregó a los brazos expectantes de Herrick, un viejo amigo que debía haber ido a buscarle durante su ausencia. -Pero qué cosa más divina -musitó éste, sosteniendo a la joven mujer contra su pecho y mirando sus rasgos, idiotizado-. No sabía que te dedicaras a robar princesas, Inuyasha, ¿es que estás tan desesperado? -el tono convincentemente serio que había utilizado hizo reír a Miroku. No así al conde, que no apreciaba ser objeto de burla. -No tientes a tu suerte, Herrick -amenazó con voz sedosa-. Puede que no te haya visto hace mucho tiempo, pero eso no me detiene de pegarte una paliza. ¿Por qué no hace algo útil, para variar, y vas a buscar a Judd? Descendió del caballo con agilidad y entregó las riendas a un mozuelo de menos de doce años. Casi con vehemencia, arrancó el cuerpo delgado de brazos de su amigo, que le observó sostenerlo con algo parecido a la posesión. Ninguno de los hombres sonreía ya. Ambos miraron a las mujeres con desconcierto y preocupación. Cuando Miroku finalmente se percató de la hinchazón de la mandíbula de la mujer mayor, exclamó horrorizado: -¡Por la sangre de Cristo, está rota! -miró a Inuyasha con interrogación. -Las encontré anoche cuando eran atacadas -dijo simplemente mientras andaba, con Miroku a su lado, hacia la enorme puerta. Con vaguedad percibió que Herrick se había ido-. Maté a ambos hombres. Mientras hablaban, entraron a un gran salón. Un hombre maduro, algo canoso pero de constitución fuerte se acercó de inmediato con pasos elegantes. Hizo un gesto de deferencia hacia su amo. -Señor... -la bienvenida del mayordomo se cortó cuando se percató de lo que ocurría-. Voy a prepararlo todo -un instante después, había desaparecido por las puertas que daban a la cocina impartiendo órdenes. El castillo se sumió en un murmullo colectivo mientras decenas de sirvientes se movían de aquí para allá con presteza. Para cuando Inuyasha llegó a una habitación, la cama ya había sido calentada y la chimenea encendida. Dejó a la joven con suavidad sobre la colcha blanda y le quitó las mantas sucias del cuerpo. Un silbido desde la entrada llamó su atención. Herrick permanecía de pie ahí con los ojos admirados clavados en ella mientras un hombre, varias pulgadas más alto pero de complexión delgada, entraba a la habitación. -Herrick me ha dicho algo de unas mujeres... -miró a la joven yaciendo fabulosamente hermosa-, ¿Es ella? -sin esperar respuesta, Judd se adelantó sobre el lecho, dejó una bolsa de cuero negro en la mesa de noche junto a una palangana y comenzó a aflojar los lazos del ajustado corsé con manos expertas. Un extraño calor invadió el rostro de Inuyasha mientras lo miraba desnudarla lentamente. Contrólate, Inuyasha..., no estaría bien que le cortaras las manos a Judd, Inuyasha..., no; no estaría demasiado bien.. Apretó los puños y rechinó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. Creyó escuchar a los hombres intercambiar algunas palabras, pero ya no les prestaba atención. Su mente nublada por una emoción también nueva. Más primitiva. Más oscura. Hacía tiempo, había rescatado a un viajero de ser asesinado por la Randa, un grupo de bandoleros que asoló los caminos de Malvery impunemente hasta que él y sus hombres los enfrentaron y entregaron a las autoridades. El hombre no escatimó en su agradecimiento e insistió en acompañarle en su vuelta a Warwick; su orgullo alemán exigiéndole compensación. Ese hombre era Judd Goette, un médico inmigrante que fue repudiado y forzado a dejar el pueblo donde había vivido durante más de diez años, por el único delito de haber cumplido con su deber. A partir de entonces, él se había encargado de todas las emergencias médicas de la fortaleza; había salvado decenas de vidas inglesas, a pesar de la manera ruin en que sus compatriotas le habían tratado en el pasado. Eso había sido hacía tres años, y aún, Judd no mostraba signos de querer irse. No; definitivamente, intentaría controlar su genio. No había sido su intención sentirse tan repentinamente posesivo hacia esa muchacha. Después de todo, Judd estaba intentando ayudar... Pero toda su fría voluntad se desmoronó cuando vio al joven médico comenzar a quitar la tela que cubría el pecho turgente, demorándose quizá demasiado tiempo más del estrictamente necesario. De pronto, la idea de cortar esas manos profanadoras se le antojó bastante sensata. Acarició casi con ternura el puño de la espada que colgaba de su cadera. -Sabes, Judd -su voz sedosa resultó aterradoramente persuasiva-, creo que mejor deberías revisar a la otra. Tuvo una hemorragia y me parece que está bastante peor. Sus formas habrían podido intimidar a cualquier otro, pero no al obstinado Judd Karlton Goette, que sabía perfectamente que todo aquello no era más que una fachada. Lo enfrentaría, sí; como siempre hacía; le haría rabiar con su terquedad a pesar de que sabía que, al final, iría adonde su habilidad hiciera más falta. Cuando no se movió, Inuyasha casi le peló los dientes; de pronto, la atractiva boca alemana parecía dispuesta a encajar perfectamente con sus nudillos. Con un apresurado asentimiento, Judd recogió la bolsa de cuero. Sólo lo hacía porque realmente la otra mujer podía estar más grave, se repitió todo el camino mientras se dirigía a la puerta. No; definitivamente no le temía a esa arrogante bestia engreída. Los otros dos hombres permanecieron en silencio hasta escuchar el sonido de la cerradura al trabarse. Herrick le miraba fijamente, como sopesando las probabilidades que tenía de hablarle sin que lo mordiera. -¿Quieres hablar de lo que pasó? -su voz, agradablemente masculina, sonó extrañamente conciliadora. Miró a su amigo caminar hasta el lecho y sentarse junto al cabecero-. Para empezar, ¿qué hacías tú allá a mitad de la noche? Inuyasha volvió el cuerpo para tomar el paño de lino de la jofaina, doblarlo cuidadosamente y limpiar el rostro de la joven. Sus mejillas arreboladas contrastaban con la mortal palidez del resto de ella. -Es algo difícil de explicar -murmuró evasivamente-. Sería mejor que fueras a ver si puedes ayudar a Judd en algo... Herrick sonrió. -Si lo que querías era atenderla personalmente, no hacía falta que le ladraras al pobre Karlton. Dios, tener que aguantarte todos los días; no sé cómo no se ha vuelto loco. -Este podría ser un buen momento para largarte, Herrick... Son una sonrisa insolente, el joven rubio hizo una burlona reverencia y se dirigió a la puerta. Inuyasha no le vio salir. Una mano grande, de dedos largos, fuertes y elegantes, sujetó la de ella con firmeza. Se encontró acariciando la palma lisa con movimientos dóciles, sensuales; deslizándose entre los suaves pliegues del interior de sus dedos en una caricia sensiblemente erótica. Ni siquiera por un instante sus ojos se apartaron del rostro durmiente, del aliento suave escapándose entre esos labios llenos, entreabiertos, que para entonces ya habían recuperado su color natural. Bueno, si es que ese espeso carmín podía considerarse natural. Parecía dolorosamente frágil. Su figura fláccida y pálida se revolvió ligeramente e Inuyasha sintió la abrumadora necesidad de mecerla en sus brazos como en la garita. Juró en voz baja mientras soltaba la mano esbelta. ¿Qué había sido de su entereza; de todo ese autocontrol del que tanto se enorgullecía?. Ahora, sucumbía a la bella fragilidad de una mujer de la que no sabía nada con la misma facilidad con que se derriba en combate a un escudero novato. Se levantó del lecho maldiciéndose por ser débil. Caminó a la puerta, salió y la cerró con violencia. En el vestíbulo, una pequeñas ventanas dejaban entrar suficiente luz para no necesitar antorchas durante la mayor parte del día. Se asomó brevemente y miró a sus hombres entrenando, como cada mañana, en el patio de armas. La odiaba. Odiaba a esa maldita mujer porque le hacía sentir cosas que no deseaba. Odiaba su belleza y su vulnerabilidad, porque le inspiraban una necesidad abrumadora de protegerla. Odiaba esa frescura suya porque era un recordatorio constante de lo que él mismo había perdido mucho tiempo atrás. No volvería a acercarse a ella, se juró. Aunque necesitara toda su fuerza de voluntad, no la tocaría. Sintió un movimiento a su espalda y se volvió. Herrick estaba apoyado en la pared al lado de la puerta; sus brazos cruzados sobre el pecho en una actitud relajada. Parecía llevar ahí algún tiempo e Inuyasha se preguntó hasta qué punto se había cegado con esa mujer para no percatarse de su amigo cuando salió de la habitación hecho una furia. -Creo que tienes que saber algo sobre nuestras invitadas -murmuró, descruzando los brazos y acercándose tranquilamente; su mirada perdiéndose más allá de la pequeña ventana, miró a los hombres entrenar arduamente. -¿Qué ha dicho Judd sobre la otra mujer? Su amigo no lo miró. -Al parecer sufrió un desgarre. Afortunadamente, fue bastante superficial. Su hubiera perforado la matriz, ya estaría muerta. Como ha parado la hemorragia, sólo tiene que mantenerla limpia y evitar una infección; le ha dado láudano, para el dolor. Cree que puede recuperarse. La hinchazón en su rostro no disminuirá hasta dentro de varios días, hasta ahora, no puede hacer por ella más que vendarla y asegurarse de que se mantenga quieta. Ya sabes, sus huesos tienen que sanar solos. -¿Y después? Herrick suspiró. -Ya le ha dado algo para contener una posible concepción. Mas allá del daño físico, no podemos hacer nada. El dolor del alma es algo que la ciencia médica no puede curar. Inuyasha no respondió. Él sabía mucho de eso. Entonces, repentinamente, Herrick le miró con un ceño de preocupación. Se llevó una mano al bolsillo del pantalón y sacó un objeto metálico. Se lo tendió. -¿Qué es? -preguntó el conde mientras examinaba con admiración la figura labrada con esmero; apreció las líneas que representaban la forma de una corona de rosas cruzadas por dos espadas. -Pues es un reloj, Inuyasha -respondió condescendiente. -¡Ya sé que es un maldito reloj, Herrick! -espetó-; Me refiero a ¿qué haces con él; porqué lo tienes?, Me resulta familiar, pero no sé porqué. -Debe parecértelo. Judd lo encontró en un pequeño saco escondido en el corsé de tu adorable protegida -al ver que su amigo se preparaba para protestar, le atajó-: ¿Es que no lo reconoces, Inuyasha?, Es el escudo de armas de los MacClesfield. -¡MacClesfield! -sus ojos se extendieron con incredulidad-. ¿Estás diciendo que esa brujita anónima pertenece a una de las familias más poderosas de Inglaterra? -Eso es exactamente lo que digo. -¡Pero es imposible!, ¿Qué harían dos mujeres solas, pertenecientes a una familia aristocrática de tal renombre, paseando solas en medio de la noche en Wilmcote? -¿Solas? -se extrañó-, ¿Es que no había alguien más, nadie destinado a protegerlas? Inuyasha negó con aire meditabundo. -No. Cuando llegué sólo estaban ellas, un anciano y un niño. Dios, no me lo puedo creer... -musitó para sí. Sin decir nada más, se volvió a la puerta de la habitación y caminó hacia ella con pasos lentos. Algo en su pecho dolió cuando vio a la figura tendida de esa manera tan indefensa; un puño de hierro pareció oprimirle el corazón. Con pasos lentos y medidos se acercó a la cama. Durante su sueño, la joven se había movido y su rostro estaba girado hacia él. Se sentó a su lado, apoyando su peso sobre un puño al otro lado de ella, rodeándola. La observó durante largo rato, apreciando el ligero temblor de sus tupidas pestañas rizadas e increíblemente negras. Su pecho se movía apenas con su respiración; y la mano de Inuyasha cobró vida para cumplir una fantasía secreta. No se percató de lo que hacía hasta que sintió la piel suave, el pulso latiendo contra los dedos ásperos. De pronto, se encontró a sí descansando sobre la carne tierna, justo en el nacimiento de su seno izquierdo. Se dijo que sólo se había dejado llevar por la necesidad de sentir los latidos de su corazón; convencerse a sí mismo de que seguía viva, y que seguiría así mientras de él dependiera. Pero los dedos traidores se encontraron acariciando la piel suave en perezosos círculos. Apartó el cabello húmedo de su frente y se inclinó sobre ella; un brazo sujetándole de la cabecera mientras sus labios enviaban el cálido vaho de su aliento contra ella. -Así que eres una pequeña princesa, ¿eh? -su boca se movió apenas, rozándola antes de depositar un beso en la sensible zona detrás de la oreja-. Y te expusiste a tanto peligro anoche -sintió que el cuerpo esbelto se estremecía y supo que, aún en su inconsciencia, ella le sentía; podía percibir el calor de su caricia y la insinuante promesa en sus palabras-; ¿Por qué no despiertas de una vez para que pueda gritarte por ser tan imprudente? De pronto, algo cambió; e Inuyasha supo que estaba despierta. El pulso bajo su mano se aceleró, pero él no detuvo sus caricias. Levantó el rostro y miró esos enormes ojos plateados. ¿Era él, o ese encantador sonrojo se había intensificado? Una sonrisa casi tierna se formó en su boca y, dejando su pecho, le acarició la mejilla. -¿Puedes decirme tu nombre, princesa? -su voz fue un murmullo consolador. -Kagome... -Inuyasha casi gimió ante el sonido indefenso de su voz. Ella era una criatura tan completamente pura, que se sentía culpable de tocarla-. ¿Dónde estoy? Estuvo apunto de decirlo. Sus labios iniciaron el movimiento, pero un nudo le cerró la garganta. De pronto, un temor fulminante lo asaltó. Esa mirada inocente y cálida que había visto en sus ojos desde la primera vez podía cambiar. La única razón por la que no le temía era porque ignoraba quién era. En el instante en que le dijera su nombre, cuando supiera quién era el hombre que la había abrazado, que la había consolado, que la había tocado con atrevimiento de un modo en que sólo un esposo o un amante debería, ella lo repudiaría; como todos los demás. Sonrió forzadamente y se obligó a contestar: -Estás a salvo. Eso es lo único importante. Pero ella estaba muy confusa, y quería respuestas. -¿Quién es usted, milord? -su inocente curiosidad fue algo difícil de soportar. Inuyasha no quería mentir, pero la idea de ver esos preciosos ojos plateados teñidos del óxido acerado del desprecio le sacudió el corazón. -Deddington... -musitó sin pensar-, Jourdian Deddington; ahora será mejor que la deje descansar. La sonrisa que ella le dio fue tan limpia que una oldeada de remordimiento lo recorrió. Incapaz de soportarlo más, se dirigió a la puerta. Bien, no le había mentido, pero tampoco le había dicho toda la verdad. Por ahora, se conformaba con pasar unos días más en su compañía, cuidarla sin que su maldita reputación se interpusiera. Y el día que ella lo descubriera, cuando el odio velara su dulce rostro, otra pequeña parte de él moriría. -----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°-----°----- Autora: Primero que nada, me disculpo si encontraron algún error; entre escribir el nuevo capítulo, la traducción de este fic y mis propios asuntos personales, no tengo mucho tiempo para dedicarme de lleno a la edición de PP. Agradezco los comentarios y a quienes leen, aunque debo avisar que éste será el último capítulo que publicaré en CZ, ya que por cuestiones practicidad no me conviene publicar aquí. Para quienes quieran dar seguimiento al fic, en mi perfil hay un link al de FF.net. [Gracias, Pami, por las sugerencias. Sé que ambos son diferentes, pero tengo la horrible tendencia a cambiarlos a la hora de escribir. De cualquier modo, ya he estado practicándolo y no me pasa tan seguido como antes ;))