Nunca había querido que las cosas acabaran así. Me encontraba sentada en el bordillo de la acera, con las piernas dobladas y abrazada a ellas. Llovía, no tenía paraguas y por lo tanto estaba empapada. Las lágrimas no paraban de caer de mis ojos. Me hallaba rodeada de edificios medio derrumbados, cadáveres tirados por todas partes -el extraño incendio múltiple había ocasionado numerosos accidentes de coche, y las ambulancias no daban abasto-, algunos charcos de sangre se mezclaban con los que había provocado la lluvia, y otros eran llevados por los pequeños riachuelos que iban calle abajo. Observaba mi reflejo en uno de ellos; estaba llena de magulladuras, quemaduras y tenía sangre por todos lados. Mis lágrimas se mezclaban con la sangre y se precipitaban al suelo provocando ondulaciones, distorsionando mi reflejo. Me tocaron dos veces el hombro derecho. Al no responder dio la vuelta y se arrodilló delante de mí, apoyando sus manos en mis rodillas. Levanté lentamente la cabeza para mirar a la persona que solicitaba con tanta insistencia mi atención, era él...
Intentó tranquilizarme, y recogió una lágrima que estaba a punto de precipitarse mejilla abajo. Me envolvió en sus brazos, era un abrazo cálido y gentil. Y comencé a llorar aún más fuerte, como si fuera una niña pequeña. Era capaz de sentir que sus palabras eran de verdad y no un simple truco para contentarme como en otras ocasiones había hecho. Esta vez era diferente; su mirada, sus gestos, su tono de voz… Se abalanzó sobre mí para tumbarme en el suelo, para hacer de escudo. Un hombre no muy lejos de nosotros nos acababa de lanzar un trozo de escombro que pasó muy cerca de nuestras cabezas. Cuando pude incorporarme él apenas se movía, estaba sangrando, lo zarandeé mientras gritaba su nombre hasta que por fin despertó. Al ver que volvía en si, una sensación de alivio recorrió mi cuerpo de los pies a la cabeza. Nos pusimos en pie y salimos a la carrera, teníamos que alejarnos de allí, ya no estábamos a salvo. Abandonamos las calles principales y nos adentramos por los callejones que se encontraban medio a oscuras hasta llegar a una amplia plaza muy bien iluminada. Nos detuvimos en el centro y las bombillas de las farolas empezaron a explotar de una en una, como si fuera una cadena, para acto seguido iluminarse con un extraño fuego de color azul que otorgaba al lugar un aspecto fantasmagórico. En ese momento él se colocó delante de mí, haciendo de escudo por lo que pudiera pasar. Sentía miedo, me temblaban las piernas, y solo era capaz de escuchar los lentos y pausados latidos de mi corazón. Un grupo de hombres iguales al que nos había atacado antes fueron apareciendo alrededor de la plaza, hasta encerrarnos en un círculo del cual no podíamos escapar.
De repente hacía frío; cómo si la temperatura hubiera descendido de golpe y hubiéramos pasado de estar en verano a estar en pleno invierno. Desvié la mirada al suelo, y observé las largas y delgadas sombras que se proyectaban desde los hombres encapuchados hasta casi rozar nuestros pies. Arwin dio un paso atrás chocando levemente conmigo. Levanté la cabeza y lo observé desde atrás; su expresión era fría, de odio, mantenía los ojos entrecerrados y los dientes apretados. Miraba un punto fijo, a uno especialmente. Giré la cabeza hacia donde él tenía clavada su mirada. La capucha le tapaba la cara. Pero bajo la oscuridad pude distinguir sus ojos azules, que brillaban como el hielo. Un escalofrío recorrió mi espalda. Era incapaz de apartar la mirada de sus ojos, coloqué las manos sobre la espalda de Arwin. -Si salimos de esta, recuérdame que te diga toda la verdad -comentó en voz baja. Tragué saliva y asentí con un movimiento de cabeza. El hombre con capucha dio unos pasos hacia nosotros, y Arwin retrocedió extendiendo el brazo para que me mantuviera detrás de él. Levantó la cabeza y su rostro quedó a la luz de las farolas. -¡Es una chica! –exclamé para mí misma. Su expresión cambió. Ahora su mirada mostraba orgullo, deseo, como la de un depredador que está a punto de conseguir a su presa. Se quitó la capucha y tras examinarme detenidamente de los pies a la cabeza, clavó la mirada en Arwin. Se conocían, vaya que si se conocían. Sus miradas lo decían todo. Noté como él dejaba deslizar por debajo de la manga de su abrigo un cuchillo. Estaba preparado para luchar o defenderse según se diera el caso. En un abrir y cerrar de ojos la chica había desenvainado la espada que llevaba a la espalda y se abalanzó hacia nosotros.