One-shot Monokuma y el Campeón

Tema en 'Mesa de Fanfics' iniciado por Lelouch, 4 Agosto 2019.

  1.  
    Lelouch

    Lelouch Rey del colmillo

    Aries
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    Escritor
    Título:
    Monokuma y el Campeón
    Clasificación:
    Para todas las edades
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    4876
    N/A: Adaptación de la pequeña anécdota "Capablanca y el marciano" (?)

    Fandom: Danganronpa x Pokémon Rol Championship


    Monokuma y el Campeón


    Los tenues ruidos de la madera golpeteando sonaban de manera constante y rítmica debajo de aquel frondoso árbol; la solitaria danza de piezas en el tablero era el único ruido apreciable a tan tempranas horas de la mañana en el pequeño parque, tan vacío como de costumbre, mientras el campeón mundial de ajedrez, Hubert Mattsson, se preparaba para una de sus bien conocidas defensas del título. Llevaría ya unas ocho para ese momento, y aunque los desafíos que le llegaban comenzaban a disminuir en cantidad al ver sus posibles retadores cómo había ido derrotando magistralmente uno por uno a cualquiera que le hubiese plantado cara, el campeón seguía entrenando y preparándose todos los días como de costumbre. Aunque tenía plena confianza en sus habilidades, nunca había pasado un solo día sin entrenar. Para Hubert, la preparación previa a un gran encuentro era de vital importancia; sin mencionar que, para él, aquella era la parte más entretenida y desafiante.

    Consideraba que partidas como esas no se ganaban el día del encuentro, sino semanas antes de que ocurriese, librándolas con anterioridad en su mente y en el tablero del parque donde realizaba su entrenamiento; al llegarse la fecha del encuentro, simplemente, se limitaba a recoger una victoria que le pertenecía desde mucho antes de sentarse a la mesa a jugar.

    Aún con toda la preparación que solía llevar a cabo normalmente, era implacable incluso en partidas rápidas o improvisadas. Conocía el juego como la palma de su mano, y cada jugada que hacía era precisa y certera, como una serpiente que clava sus colmillos en sus víctimas, para después engullirlas por completo. Con o sin preparación alguna, sus juegos eran magníficos, pero lo cierto era que Hubert Mattson disfrutaba todo lo que conllevaba prepararse para un encuentro.

    Esa era la razón por la que ese día, como todos los demás, estaba allí sentado, concentrado totalmente en la preparación de su partida. Por eso no se percató cuando un silbido, cada vez más alto y sonoro, comenzó a escucharse por el parque. No hasta que fue lo suficientemente ruidoso como para sacarlo por completo de sus pensamientos; extrañado, levantó la cabeza buscando la procedencia de aquel sonido.

    Se quedó paralizado instantes después, cuando encontró en el cielo el causante de aquel ruido: algo que no pudo identificar caía rápidamente en picada, y la dirección de caída que estaba siguiendo parecía ir directamente hacia él. No pudo mover un solo músculo, mientras contemplaba cómo aquella cosa caía a pocos metros de distancia suyo, clavándose con fuerza en la tierra.

    Con la mente inundada de asombro, y las terminales de su cuerpo negándose a responder adecuadamente, el único motor que le permitió a Hubert moverse al fin fue su insólita curiosidad. Aunque la alerta de peligro resonaba insistentemente en cada uno de sus poros, algo aún más esencial lo empujaba con lenta pero inamovible firmeza a averiguar qué era lo que había sucedido.

    Cuando al fin se acercó lo suficiente para que sus ojos, mareados de puro asombro, pudiesen distinguir algo, lo que encontró fue cuanto menos surrealista: Un pequeño cuerpo, del tamaño y forma de un peluche, se encontraba clavado en el suelo, con lo que parecía ser la cabeza completamente enterrada bajo tierra, y las piernas, que en verdad no eran más que dos pequeñas patas, una blanca y otra negra, se encontraban apuntando al cielo. Pronto, éstas comenzaron a agitarse, cada vez con mayor rapidez, mientras que lo que parecían ser los pequeños brazos de aquel cuerpo comenzaron a empujar el suelo, buscando zafarse de su agarre.

    Tras unos segundos que a Mattsson se le hicieron eternos, un pequeño y seco “¡Ploff!” se escuchó, y la criatura quedó libre.

    —Upupupu~ —aquel amago de risa tan extraño fue lo primero que salió de la boca del pequeño ser, cubierta parcialmente por una de sus patas—, parece que mi aterrizaje no ha sido tan glamuroso como esperaba, ñeh —con un movimiento de “manos” comenzó a limpiarse rápidamente la suciedad que había quedado en su pequeño cuerpo y, una vez que hubo terminado, empezó a escudriñar el lugar que le rodeaba, deteniéndose pronto en Hubert, quedándose allí, plantado, con la mirada fija en él.

    Su aspecto era prácticamente el de un oso de peluche, aunque uno de lo más curioso, sin duda: su cuerpo estaba divido en dos mitades, una totalmente blanca y otra negra, claramente diferenciables entre sí, no sólo por el color, sino por el resto de rasgos. La parte oscura dibujaba una amplia sonrisa en la mitad del rostro que le correspondía, además de un ojo rojo estilizado que, unidos, lucían bastante inquietantes. Y aún así, no se comparaban con lo terriblemente vacía que lucía su expresión en su otra mitad, la blanca, cuyo ojo y boca mostraban una inexpresividad completamente absoluta, y, que en conjunto, hacía sentir al gran maestro de ajedrez desorientado y alerta al mismo tiempo; nunca antes había experimentado semejante mar de emociones y pensamientos arrolladores.

    —Hey, tú —se dirigió al chico, tras un rato largo mirándolo. Su tono de voz era… indescriptible—. ¿Se puede saber quién eres? Arara~

    A Hubert le tomó varios segundos poder recuperar el tren del pensamiento, y aún sin salir del asombro, logró a duras penas conectar un par de palabras.

    —Mi… mi nombre es Hubert —por un momento pensó en decir su apellido, pero no le pareció buena idea—, ¿cómo es que puedes moverte?, ¿cómo hablas y conoces el idioma?, ¿q-qué eres…? —Curiosidad, miedo y nerviosismo se atropellaron uno al otro en cada palabra que Hubert profería, volviéndolas débiles, como una súplica.

    —¿Qué quién soy, preguntas?, ¡Pues soy Monokuma, quién más, upupupu~! —rió de nuevo de aquella manera tan extraña, si es que podía considerarse aquello como una risa siquiera—. MO-NO-KU-MA. ¡Más vale que no se te olvide! —agitó los brazos cómicamente, enseñando las garras en un intento de parecer atemorizante. Quizá ya lo era, aunque no en el sentido que él esperaba—. A todo esto —miró a su alrededor, curioso—. ¿Dónde aterricé esta vez?, ¿y por qué eres el único que está aquí, siendo un espacio tan amplio? —Monokuma comenzó a sudar, moviéndose con fingido nerviosismo—. ¿A-Acaso has matado a todos los demás habitantes de esta zona? ¿P-Planeas matarme a mí también, movido por pura desesperación?

    El chico no entendía nada. ¿Ahora lo estaban acusando?

    — ¿De —tragó saliva, sin saber bien qué decir—… de dónde vienes, qué eres?

    —¡Y eso a ti qué más te da! —gritó el “oso”, levantando sus brazos hacia arriba, y poniéndose rojo de la molestia—. Soy Monokuma, de dónde vengo o el porqué es irrelevante. Yo no te he preguntado de dónde vienes —gruñó, molesto—. Si te dijese que vengo de Marte comenzarías a llamarme marciano, ¡Me niego! —levantó de nuevo las patas, recuperando durante unos instantes el rojo en su rostro—. No soy un marciano, ni un saturnino ni un Galeano, ¡Soy Monokuma, Mo-no-ku-ma!

    >>…Aunque sí que soy un Pionero. Pionero en la moda bicolor, por supuesto —se llevó las manos a la cintura y comenzó a bajar por su cuerpo, en un intento de pose provocativa, incomodando más, si acaso era posible, al campeón—. Upupupu~, pero bueno, ¡Que no se te olvide lo que te había preguntado! —añadió, sacando sus garras como amenaza.

    Hubert suspiró hondo, en un intento de calmarse antes de responder, por más difícil que aquello fuese.

    —Esto es un parque; son… lugares donde predominan los árboles, plantas —señaló el árbol bajo el que se cubría, para que se entendiese de qué hablaba. Desconocía qué tanto sabía o no Monokuma sobre la Tierra— y algunas zonas recreativas para que la gente se divierta —señaló un columpio que se balanceaba a lo lejos—. En general, la gente viene aquí a relajarse y a pasar un buen rato.

    —Ara ara~ —exclamó Monokuma, llevándose la pata de nuevo al rostro, en un aparente gesto reflexivo. Incluso inclinó la cabeza un poco hacia el lado—. Si de verdad es cierto, ¿Por qué eres el único que está aquí? ¡No trates de engañarme con tus mentiras! — dio un paso, amenazante, antes de que Hubert continuase.

    —Es justo por lo que has dicho —aún con aquella extraña presión que sentía caer encima de él conforme el oso se acercaba, el campeón fue certero en su explicación—. Este es un parque pequeño, y la gente no acostumbra venir a caminar o realizar alguna otra actividad aquí a estas horas, ya que hay otros dos parques cercanos en esta zona, mucho más grandes y vistosos. Los únicos que solían venir regularmente por las mañanas eran una pareja de ancianos, pero hace tiempo que ya no viven aquí. En lo que a mí respecta, vengo a este parque justamente por lo solitario que suele ser por las mañanas. Aunque no me considero un hermitaño, lo cierto es que disfruto mucho poder prepararme en silencio y sin demasiadas cosas a mi alrededor que puedan distraerme. De vez en cuando cambio de aires, pero normalmente este lugar suele ser una gran opción para practicar.

    —¿Uh~?, ¿prepararte?, ¿entrenar? —la confusión y el desconcierto se hicieron palpables en el rostro de monokuma, que dejó de aproximarse a Mattson, quedándose quieto tratando de entender lo que el chico decía—. ¿De qué hablas?

    Hubert se llevó una mano al rostro, tratando de encontrar las palabras para explicarse.

    —Esto que vez allí —señaló entonces el tablero de ajedrez que usaba, y que seguía reposando en el pequeño banco de madera debajo del árbol—, a eso es a lo que me refiero —miró de reojo a Monokuma, que seguía igual de confundido que antes; suspiró un segundo antes de continuar—. El tablero que ves allí, junto con las piezas que están encima suyo forman en conjunto algo llamado “Ajedrez”.

    —¿Oh, ajedrez? —preguntó Monokuma, intrigado.

    —Sí, es un deporte que llevo practicando desde que tengo memoria, y al que le he dedicado una gran parte de mi vida. Sin duda es algo que disfruto mucho, además —… se quedó congelado un segundo; hablar de ajedrez le había aflojado la lengua sin percatarse, y no sabía si lo que pensaba decir le convenía—… se me da bastante bien, supongo —aún bastante desconfiado, optó por mantenerse reservado en ese aspecto, soltando un disimulado suspiro de alivio.

    —Oh ho ho, así que se te da bien, ¿eh? ¿Qué tanto es eso?

    Hubert tragó saliva, volviendo a dudar entre hablar o no. Cierto era que no había un motivo palpable por el cuál mentir, pero tenía la impresión y un montón de pruebas circunstanciales de que hablar no sería la mejor idea. Se lo pensó un largo rato, y al final terminó por ceder.

    —“Quizá no pase nada” —pensó. Y, después de todo, era un título que se había ganado a pulso. Quizá no lo fuese diciendo a todo el mundo, pero seguía teniendo cierto orgullo.

    —¿Qué tan bien se me da, eh? Bueno, yo diría que para ser campeón del mundo se me tiene que dar bastante bien, ¿No?

    —…

    —…

    —…

    —…

    —… ¡Upupupu~, esto acaba de ponerse interesante de repente! —comentó con energía Monokuma, colocándose de un salto en el banco—. ¡Estoy ansioso por probar de primera mano la habilidad del campeón mundial de ajedrez! ¡The Number One, Sekai ichi! —comentó con emoción, dando una vuelta completa sobre una de sus patas.

    —¿Eh?

    —No te quedes todo el día mirándome, ¡Comencemos el juego! ¿Quién diría que nada más llegar aquí tendría la oportunidad de medirme con lo mejor que este mundo podría ofrecerme upupu~? De verdad que soy un osito muy afortunado ñehehe.

    Todo comenzó a dar vueltas en la cabeza de Hubert, mientras trataba de entender el hecho de que aquel extraño ser lo estuviese retando a una partida de ajedrez. Simplemente era demasiado irreal… y aun así, aun así…

    —De acuerdo —supiró, tomando asiento en el banco que estaba libre.

    Sí, que un ser caído del cielo, con forma de oso miniatura bicolor y formas tan raras te retase a un duelo de ajedrez era algo que nadie en su sano juicio estaría esperando que le pasase, pero, al menos, tenía algo de control sobre ello ahora. De toda esa situación, el ajedrez era lo único que le brindaba seguridad. Aún si todo lo demás no tenía sentido, el ajedrez seguía siendo su juego.

    —Por tu reacción, imagino que no conoces las reglas, ¿Me equivoco? —miró durante un instante a su “contendiente”, mientras este negaba sonriente, como si no le importara—. En ese caso, lo primero que haré será explicarte cómo jugar.

    Aunque la voz de Hubert había recuperado su serenidad habitual, lo cierto era que aún seguía bastante conmocionado, así que explicarle las reglas de manera clara a un oso de peluche venido probablemente de otro planeta no fue una tarea sencilla; Monokuma no parecía entender algunos conceptos que a Hubert le parecían cotidianos, y en algunos otros hacía asociaciones bastante raras.

    —Estos son los peones —señaló Hubert a aquellas 8 piezas, las más pequeñas del tablero, y que se encontraban en su segunda fila—, sólo pueden ir hacia delante en línea recta, y jamás pueden retroceder. Sin embargo, para poder atacar a una pieza enemiga ésta debe estar a su diagonal, y no en frente.

    —Ya veo —asintió Monokuma, riendo—, son como los Monokubs, simples esclavos que no parecen gran cosa pero si te descuidas… ¡Zaz, te clavan todas sus garras!

    —E-Eh, sí... claro —respondió el chico, sin entender de qué le hablaba Monokuma o el motivo de siquiera mencionarlo—. En fin, como iba diciendo…

    …Así, Hubert continuó explicando lo mejor que pudo el desplazamiento en diagonal de los Alfiles, el característico movimiento en “L” de los caballos, cómo “comían” las piezas; había tenido que rectificar o aclarar en más de una ocasión para evitar malentendidos, pero pronto Monokuma, que se autodenominó como todo un prodigio en el juego, entendió lo que era un jaque, un jaque mate, las maneras de ganar una partida de ajedrez, la existencia de las tablas (que en el argot del ajedrez así se le llamaba al empate), y cómo se podía llegar a este, como con la posición de ahogado, por ejemplo. Hubert también le mencionó, muy de pasada, que una vez que un peón llegaba a la última fila del tablero, podía coronarse en cualquier otra pieza.

    —Upupupu, bueno bueno, ¿No te parece que ya es hora de que empiece el espectáculo jijiji~?

    Echaron a la suerte las posiciones, y a Monokuma le tocó jugar con las piezas negras, mientras que Hubert manejaría las blancas. El campeón del mundo sabía que su rival no había jugado ajedrez antes, pero eso no significaba que lo fuese a subestimar. Ante un ser que parecía provenir de otro mundo, ¿Cómo no tomárselo con la mayor seriedad posible?

    Con decisión, comenzó el juego, avanzando el peón de rey dos casillas hacia el frente. Monokuma miró el tablero, curioso, y tras unos momentos de reflexión avanzó un espacio el peón frente a su caballo izquierdo. Aunque no era una jugada habitual entre los grandes maestros, Hubert no iba a sorprenderse de ningún movimiento que hiciese Monokuma; no tenía alguna idea preconcebida del juego de ese ser. Los siguientes turnos fueron un desfile de piezas por parte de Hubert, que desplegó la fuerza de su ejército por todo el tablero, mientras que Monokuma se las arreglaba como podía, sin perder aquella extraña sonrisa en ningún momento.

    El juego se fue desarrollando con fluidez, y Hubert no dejaba sin analizar ninguno de los cambios que ocurría en el tablero en cada turno. De principio a fin jugó con todo lo que tenía, incluso si a cada momento le era más claro que el juego de Monokuma era el de un principiante. El oso jugaba bien y no solía cometer errores tontos, pero carecía de estrategia a largo plazo, basándose sólo en lo que veía en el tablero en ese momento. Siendo su primer juego, tampoco podía reprochársele nada. Más aún, conforme el juego avanzaba, el campeón se sumergía más en el juego, pues algunas de las jugadas de Monokuma tenían cierta brillantez oculta, como la de un niño prodigio que recién empieza, o la de una máquina cuyo potencial en el juego apenas está desarrollándose. Hubert notaba que todas sus jugadas carecían de verdadera armonía entre ellas, pero en su lugar eran sumamente creativas como jugadas individuales. Monokuma jugaba de manera agresiva, y las piezas comenzaron a abandonar el tablero rápidamente; además, a diferencia de la gran mayoría de jugadores terrestres, Monokuma solía mover mucho a su rey a lo largo del juego y a apoyar al resto de piezas, cosa que Hubert comenzó a imitar, atraído por la invitación. Las “jugadas Monokuma” eran un soplo de aire fresco para él.

    Un ajedrez que no había visto antes.

    Aun así, aquella nueva vertiente no era todavía rival contra el sobrio estilo de juego de Hubert, que en cada uno de los turnos encerraba lentamente a su rival, cortando poco a poco sus opciones, estrujándolo con sus propias piezas como si de una serpiente se tratase. Hubert había ido ganando la ventaja de poco en poco, pero la balanza ahora estaba inamoviblemente inclinada hacia el campeón mundial.

    En sus últimos estertores, Monokuma logró llevar a sus filas (que ya para ese momento se componían únicamente de su Rey y dos peones) hasta el lado opuesto del tablero, mientras que Hubert dominaba prácticamente todo el campo de juego, no sólo por la distribución de sus piezas, sino porque contaba aún con una gran cantidad de soldados: dos caballos, dos alfiles y tres peones, además de su rey. El tablero, en ese momento, lucía así:

    [​IMG]

    Hubert movió su Rey a la casilla c2, sabiendo que su victoria estaba firmada. Monokuma no podía mover ya ni su rey ni el peón que tenía detrás, por lo que sólo podía adelantar su peón restante y coronarlo, lo que le permitiría cambiarlo por alguna otra pieza, pero escogiese la pieza que escogiese, aquello no cambiaría el resultado. En su siguiente turno el chico llevaría uno de sus alfiles a la casilla d4, causando Jaque mate al rey de Monokuma.

    Hubert se recargó sobre el árbol, soltando un leve suspiro. Había sido una partida que con seguridad recordaría. Fijó la vista en Monokuma, y luego, en aquel peón de la columna H.

    Pero cuando Monokuma tomó el peón y lo coronó, Hubert se dio cuenta que la partida aún estaba lejos de acabar.



    Era un Rey.

    Lo que Monokuma había coronado —de manera más literal que nunca— cuando su peón alcanzó la última fila, fue otro rey negro.

    Hubert se aclaró un poco la garganta, y le señaló a Monokuma que aquella jugada que había hecho no era válida, pues no se podía cambiar un peón por un rey. Después de todo, el objetivo del juego era dar mate al rey, sería ilógico que hubiese más de uno en cada bando.

    Monokuma desestimó todos sus argumentos con senda furia.

    —¡Mentiras! ¡Calumnias! —gritó, vehemente, poniéndose rojo y agitando los brazos—. ¡No esperaba que el supuesto campeón del mundo fuese tan rastrero! Tú me dijiste las reglas de manera muy clara “¡Cuando un monokub llega a la última fila, puede coronarse como cualquier pieza!”.

    Ignorando el cambio de nombre a los peones, Hubert se dio cuenta, bastante tarde, de que su nerviosismo al explicarle las reglas a Monokuma había hecho que no se explayase demasiado en aquella regla. Para él se entendía que “cualquier pieza” no incluía al propio rey, pero Monokuma jamás lo entendió así.

    Y ahora no tenía más remedio que continuar jugando; si seguía insistiendo, no solo haría enfadar a Monokuma (y sólo Dios sabe lo que pasaría en dicho caso) si no que, además, estaría faltando a su honor como jugador. Sí, Monokuma había hecho una jugada ilegal, pero había sido culpa suya al no explicarse bien. El oso llevaba toda la partida jugando alrededor de que aquella jugada era legal, negárselo era ponerlo en desventaja.

    —De acuerdo, admito que fue de esa manera como yo he enunciado la regla. Jugaremos así, pues: un peón puede coronar en cualquier pieza.

    Se escuchó un Upupupu~ de fondo, mientras Hubert se reclinaba por segunda vez, dispuesto a analizar la nueva posición. En su situación, un segundo rey no debía suponer demasiado problema.

    Miró durante unos breves instantes el tablero, y fue entonces, con las pupilas dilatadas por la sorpresa…



    … que se dio cuenta de su error.

    Dos reyes no le suponían un problema menor. Dos reyes era, en ese momento, un problema insalvable.

    Aún podía causarle jaque mate con su alfil al primer rey tal y como lo tenía planeado; o, si lo prefería, podía provocar jaque mate al segundo rey que había aparecido, gracias a su otro alfil, ubicado en la diagonal blanca.

    No, el problema no era su valor individual, sino el colectivo. Si Hubert decidía dar jaque mate a cualquiera de los dos reyes, el sobrante quedaría en posición de ahogado, al no poder moverse ni él ni su peón restante hacia ninguna casilla. Y Hubert sabía amargamente bien que Monokuma no aceptaría eso como una victoria de Hubert. La existencia de los dos reyes negros sólo se debía a un único motivo: debía dar un jaque mate doble si quería ganar.

    Incluso si ya había dado un jaque mate, con el otro rey ahogado (lo que se traducía en una posición de tablas) el veredicto estaba claro.

    La partida terminaría en empate.

    Escuchó cómo Monokuma se regocijaba en frente de él, y levantó la vista.

    —Upupupu~ —sigó riendo el oso, cubriéndose la boca con las patas, sin poder ocultar su alegría—. Supongo que es cierto que no puedo ganarle al campeón mundial con mi nivel actual, ¡Pero un empate no está nada mal! Sin duda empatar contra alguien así en tu primer partida es todo un logro, ¿No? —inclinó la cabeza, con falsa inocencia—. Si tras una sola partida ya estoy a nivel mundial, este lugar será más fácil de dominar de lo que pensaba.

    Un escalofrío recorrió el cuerpo de Hubert cuando escuchó la palabra dominar, pero fue una rabia fría la que escaló por todo su cuerpo. Monokuma no sólo lo estaba insultando a él y a sus habilidades de juego, si no al resto de personas que habían dedicado su vida entera a aquel deporte.

    Había dicho sin miramientos que si ese era el tope al que podían llegar los humanos, no le supondrían ningún problema para lo que fuese que quisiera hacer. Para Monokuma, un empate significaba una victoria aplastante.

    Respiró hondo y volvió a concentrar su atención en el juego; sí, no podía realizar un Jaque mate en ese turno o la partida terminaría allí mismo en un empate, pero aún podía hacer otros movimientos que no fueran un Jaque mate instantáneo. Se tomaría su tiempo y comenzaría a reordenar sus piezas en el tablero, teniendo cuidado de no ahogar a alguno de los dos reyes por accidente. Realizar aquella simulación mentalmente, analizando las jugadas necesarias para llegar a dar Jaque mate a los dos reyes era demasiado extenuante; Hubert no podía darse el lujo de comenzar a mover sin estar seguro de que aquello no lo llevaría a un callejón sin salida. Y todo se complicaba si entraba en juego el otro peón de Monokuma, que si llegaba a coronarse sería, con toda certeza, un tercer rey, y entonces allí la dificultad para evitar un ahogado sería más de la que podía imaginar.

    Monokuma comenzaba a hacer mella en la mente de Hubert, a quien le costaba concentrarse cada vez más. El osito sólo sonreía, viendo cómo el campeón caía presa de la desesperación. Probablemente había alguna manera de vencerle, pero tomaría tanto tiempo, movimientos y análisis que Monokuma estaba seguro que su oponente jamás la alcanzaría. A Hubert comenzaba a preocuparle lo que pasaría si Monokuma se salía con la suya, y eso mermaba aún más su espíritu. Había comprendido que aquello nunca había sido sólo un juego amistoso.

    Cerró los ojos con fuerza, y su mente se vio devorada por aquel espirar de pensamientos y jugadas que terminaban chocando una y otra vez contra un bloqueo mental imbatible; era incapaz de pensar en más jugadas, en más movimientos. No es que no hubiese, si no que su cerebro las rechazaba todas sistemáticamente con un dolor de cabeza como respuesta.

    La verdad, la respuesta al acertijo, se alejaba de él lentamente al no estar a la altura de las circunstancias. No había sido una falta de talento lo que lo había sentenciado, sino de resistencia mental. El campeón mundial no había resistido a Monokuma.

    Las trivialidades se convertían en problemas insalvables en su mente, y no podía dejar de dar vueltas en círculos en movimientos inútiles. La brillante mente que podía ver decenas de movimientos por delante, ahora no podía seguir jugadas de tres pasos.

    —“La regla… el peón… dos reyes… tres reyes… la regla… Monokuma… negro… blanco —su mente golpeaba con fuerza—… un jaque… ahogado… dos reyes… quizá incluso un tercero… quizá un tercero… un tercero…”

    Entendió entonces lo limitado que había sido su juego con respecto al de Monokuma. Mientras el segundo había instaurado su propio modo de juego, Hubert seguía aferrado al antiguo estilo de juego. Había concedido la jugada de Monokuma como una excepción, en vez de como una completa modificación al juego. Ya no estaba jugando al ajedrez corriente, por tanto, no tenía sentido seguir pensando linealmente. En el ajedrez de Monokuma, las posibilidades eran infinitas.

    Y allí, tan alejada de los dos reyes negros, se encontraba la respuesta que había estado buscado.



    Tomó su peón de la columna A, el que estaba a un solo paso de la última columna y lo coronó. Pero no lo coronó como una pieza normal; tampoco se colocó a sí mismo un segundo Rey como había hecho Monokuma; en su lugar, la pieza que coronó Hubert fue un tercer rey negro.

    [​IMG]

    Monokuma no mostró sorpresa alguna durante unos instantes, hasta que comprendió lo que aquello significaba.

    —¡H-Hey, un momento! No puedes coronar una pieza mía —arguyó Monokuma, comenzando a sudar.

    —Por supuesto que puedo —le respondió Hubert con el rostro repleto de aquella confianza que había perdido—. ¿He de ser yo ahora quién te recuerde cuál es la regla?: “Cuando un peón llega a la última fila, puede coronarse en cualquier pieza”. Cualquiera, sin importar si es un rey o no… o si le pertenece al contrario.

    Monokuma tragó saliva, siendo ahora él el acorralado por sus propias palabras.

    Aquella posición era muy clara. Monokuma no podía mover ninguna de las otras piezas que había tenido hasta ese momento, pero aún no estaba ahogado, dado que había una pieza que sí que podía mover: El rey que Hubert había coronado para él.

    A regañadientes hizo el único movimiento que podía hacer, mover el rey a la casilla B8, mientras Hubert adelantaba su peón restante una posición; ahora estaba a solo un movimiento más de coronar otra pieza.

    Monokuma estaba completamente encerrado. Su rey sólo tenía un movimiento posible, por lo que estaba obligado a hacerlo. Regresó a la casilla anterior, la A8, en lo que parecía un baile de dos pasos. Era lo único que podía hacer, ir y venir de una casilla a otra. Aunque ese baile llegó a su fin en el siguiente turno, cuando Hubert volvió a coronar un peón.

    Esta vez no fue nada extravagante, sólo una simple reina que, en aquella posición tan alejada, en la esquina sobrante del tablero, terminó dando jaque mate a todos los reyes de Monokuma en ese mismo turno.

    [​IMG]

    Y con eso, la partida terminó. Hubert levantó la vista del tablero para mirar a su derrotado rival, que tenía un estado deplorable. El peluche cayó al suelo, y cuando el chico se agachó a buscarlo, no pudo encontrarlo por ninguna parte.

    —Jaque mate, pequeño marciano —declaró Hubert, cerrando su tablero con todas las piezas dentro—. Hasta nunca.

    Agotado por todo lo que el duelo había supuesto, Hubert decidió marcharse a su casa, a tomar un largo descanso tras la defensa de título más difícil que jamás tuvo y jamás tendría.







    —Upupupu~ —cuando Hubert se marchó, el cuerpo de Monokuma salió de debajo del mismo banco donde éste había estado sentado. ¿Dónde se había escondido todo ese tiempo?—. ¿Hasta nunca, dices? —se llevó la pata a la cabeza, pensativo, para luego sonreír—. ¡Ni de broma! Ésta sólo ha sido una pequeña prueba, Hubert Mattsson. Los siguientes juegos serán sin duda mucho más entretenidos que éste, puehehe.

    >>Después de todo, ¿Qué es más divertido que vivir la desesperación una y otra vez?
     
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    Que alguien me explique por qué esta obra maestra solo tiene dos ratings ( (?) ) si es de lo mejor que tiene la mesa de fanfics, like?? Creo que te has currado muchísimo esta historia y se nota en todo el empeño que le has puesto, tanto a nivel de estructura como en la gramática. Si hasta le has puesto banda sonora y todo (y es una cosa que amo de las historias, escuchando algo de fondo te sientes mucho más inmersa aún en la historia.

    No sé si en lo que te has basado es en un cuento popular o algo así pero yo ni idea de nada, así que se me hizo más fresco y original leer cómo nuestro Hubby ajedrecista se encuentra con Monokuma en el duelo definitivo (?) Ahora entiendo por qué me preguntaste lo del Ara Ara pero nunca lo encontré así que no pude decirte nada xDD Igual siento que le pega un montón así que está bien así. Me he reído mucho con los comentarios, los gestos y las referencias de Monokuma y creo que Hubert ha estado muy bien encarnado, no se me ha salido del personaje así que considero que lo has hecho muy bien, y se nota que le conoces bastante.

    Mira que escribir una partida de ajedrez es algo que no imaginaba ver de una forma tan dinámica, y creo que es el mayor mérito de todos. Has sabido crear estrategias y contraestrategias para enlarcarlas en la historia y wow, a mí me resultaría bastante complejo, pero mírate. No me ha resultado pesado en ningún momento y todo se entendió bien (y me encantaron las imágenes del tablero online JAJA).

    Espero que Bruno te lea pronto porque esta historia merece ser leída. Sueles escribir poco en la zona pero cada vez que lo haces me encanta, así que espero seguir viéndote por aquí, eh <3
     
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    Amane

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    Escritora
    AAAAAAA me arrepiento mucho de haber tardado tanto de leerte y comentarte esto, Juanjo, pero bueno, dentro de lo que cabe, aun estoy en un buen margen (?) Y bueno, qué te puedo decir, me parece, sin exagerar, una obra maestra. Espero que estés orgulloso de este escrito porque es de lo mejor que he leído en mucho tiempo, como dice Andy en su comentario, se nota que le has puesto mucho empeño y cariño y es por eso que te ha salido tan bien.

    Me encanta el ajedrez pero hace mucho que no juego y la verdad es que no soy ninguna experta, hay muchas cosas que se me escapan, pero aun así, no pensé que narrar una partida sería tan interesante. Y sin embargo, lo ha sido, sobre todo porque no ha sido una partida normal, y eso me encanta. Supongo que a cualquiera le ha sorprendido el plot twist de Monokuma y su segundo rey negro, pero lo cierto es que cuando conoces un poco las reglas y has jugado algo al ajedrez, esa estrategia te sorprende un poquito más. A nadie en su sano juicio se le ocurriría hacer otro rey, pero bueno, para eso está Monokuma.

    Me encanta la estrategia de Hubert después. El momento en el que se da cuenta que no es juego normal y que puede crear una estrategia que no es lo común y hace esa jugada tan épica, me encanta. Y el final tan intrigante, uuuh.

    Me encanta que hayas puesto la musiquilla y las imágenes, le da un toque estupendo a toda la historia. La narración es buenísima, lo único que he visto que te recalcaría es una "haz" en lugar de "has" que se te ha colado por ahí, pero por lo demás, 0 quejas. Muy disfrutable, entretenido, y al final no se me ha hecho nada largo aunque al principio me daba miedo leerlo por eso, la narración es muy fluida.

    Me gustaría leer más cosillas tuyas porque se nota que le pones cariño y eso hace que las lecturas sean muy amenas <3 Y no es que esté deseando leer ese Ian x Emily ni nada (???
     
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