Monoaural Al pan, vino; al aire, exhalaciones… La flor entrega sus pétalos a las marañosas trampas del viento. El viento rompe con las especulaciones de la conversación diaria, desfalleciendo al hombre caminante, entre lo intocable, lo imperecedero. Ahí esta lo que padece el hermano, sus excesos y fallas. Esa cruel artimaña que mueve montañas, espiritualidad metodizada por la suave caricia matutina del rey. Enarbolando su orgullo inspirado en las ondulaciones de la aurora extraña. Esta es el adagio, escrito con su temblorosa mano, transmuta vividamente en una universal ley… Corriendo al negro abismo de la autoidentificación, sin rodear la propia muerte que se ha postrado en el quinto estanque. Hay algo poderoso en la firmeza de los pétalos, algo perteneciente a la pura inspiración, por el aire, definiendo al hombre caminante. ¡Invitando las líneas monstruosas de los pocos idealista en pie! Permitiéndoles que como viles buitres, masacren la carne de mi raza. Esto le pertenece a la tierra, escondiendo el tesoro de sal y miel. Caminante castigado, con los pies ensangrentados, deja las promesas falsas… Puedo sentir tu respirar, aun en el atmosférico dolor inmunizado, que es la joya que jamás brillo, derramando su sangre por entre los campos. Palabras y lagrimas, son las pústulas de las llagas de mi corazón endurecido. Rogando a un santo. Vomita las oraciones autocomplacencia, tragando las ideas de la discordia.