Mantra (o “Drama y sensitivas transmitidas del monologo del despertar del Príncipe Ruperto”) La orquesta está tocando una vieja melodía de cuna… La han dedicado a los viejos bardos que narraron el apogeo pacifico, que han llevado esta carga por siglos y que rodearon al mantra estrangulando su ruta. ¡No tengo una puta palabra para describir el poder de este artificio! ¡Dios, perdóname por aquellos que dañe y humille! ¿Qué quieres que diga si tos uñas desgarraron mi piel? Por favor, he atestiguado la construcción de la luz, que estúpido si crees que te mentiré… No eres más que la semilla mortal, un presagio de la mierda que viene. Sí, quiero matarte y beber tu sangre como señal de victoria. Tú y tus jodidos dominós me han alejado, me marginaron. No debes poseerme, no quieras marcarme, sólo trastorna mi mente, inventa una historia. ¡No, quien crees que perdió en el juego de las culpas!... es un ritmo que se pierde en lo ordinario. Gracias, gracias por nada. Eres el hombre correcto, decente… un mozo corriente. ¡Oh!, yo sé que te retorcerás en el lodo, hasta las hojas son llevadas, llevadas al libro de un pobre inocente. ¡Ah!, quiero que mi muerte sea la de un poeta, Quiero que nadie llore, que nadie escriba desgarrando sus pesadillas. Esta es mi muerte perfecta… Una muerte, destino y ley retorcida. No conoces las reglas de Belcebú para las almas desconocidas, Arrojadas al abismal olvido de las lenguas muertas. ¡Porque soy culpable! Culpable de dañar esas armonías, Las que me ligaban a ti, con promesas huecas. Los dioses están enojados, pero todo está bien. Las estrellas se han apagado. Son los libros del ayer.