La vida de maria

Tema en 'Historias Abandonadas Originales' iniciado por AKIRA SORA, 5 Julio 2014.

  1.  
    AKIRA SORA

    AKIRA SORA Iniciado

    Aries
    Miembro desde:
    19 Mayo 2014
    Mensajes:
    4
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    La vida de maria
    Clasificación:
    Para todas las edades
    Género:
    Tragedia
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    2441
    Es una historia inspirada en Resurrección de León Tolstoi y El Túnel de Ernesto Sábato espero que les guste, la he pensado desde hace ya medio año y es la historia de quien por infortunios y giros de la vida sufre, pero tiene una pequeña esperanza y aprender a ver la belleza de la vida, quiero que quede como reflexión, me dirán cruel por lo que pasara y aunque no os guste, o os parezca muy cruel espero poder haber tocado algo en sus corazones.

    Arigato… por leer my historia, díganme si debo cambiar algo, lo tomare muy encuentra.

    ____________________________________________________________________

    LOS CAMINOS DE LA VIDA: La Vida De María

    CAPITULO PRIMERO

    Era una noche oscura, fría y con el cielo despejado, en un rincón de este cielo, se encontraba una habitación estrecha, en esta había una vela encendida que, iluminaba tortuosamente un pequeño rincón oscuro, en su intento de no apagarse por el viento incesante y frio, que entraba por una ventana, cual solo tenía cuatro barras de metal llenas de oxido, pero dejando entrar la luz de la inmensa luna que se encontraba en el apogeo de su belleza, luz inconfundible que intentaba iluminar el camino a los perdidos, el frio entraba sin piedad por un viento que aprovechaba su libertad.

    En tanto en la habitación pequeña, oscura y de fétidos olores, cuáles eran producidos por humedad y el encierro, el ligero olor a parafina era el aromatizante para esta, en un rincón hay una cama pegada a la pared fría con rastros de moho y hongos, allí acostados estaban dos niños pequeños dormidos, los cuales tiritando de frio tosían mientras resonaban sus pulmones por el pasillo, y una madre que sujetaba a sus dos hijos a cada lado de su cuerpo, tratando de darles el poco calor que salía de su cuerpo, miraba fijamente los barrotes por donde se asomaba la esplendorosa luna, sacándola de sus pensamientos la voz de su hijo pequeño de cuatro años.

    —Mama… tengo frio— tiritando de frio, pegándose cada vez más a su madre

    —Solo duérmete Juan, y veras que ya pasara— respondiendo con voz cálida y dulce, tapando a sus hijos con una cobija de lana que dejaba al descubierto sus pies descalzos y fríos, brindándole un abrazo fuerte a sus dos hijos.

    Tosiendo sus hijos, la madre los abrazaba mas fuerte intentando que el calor de su cuerpo los calentase.

    Aquella madre, era una mujer que en tiempos de juventud fue una niña de familia de alto prestigio, esta fue criada por la ama de casa que murió cuando esta tenía nueve años, era una mujer de cincuenta y pico de años, de cara dura, pero muy cálida, de nombre Laila, ella tuvo cinco hijos los cuales crio con duro trabajo, pero debido a que se la pasaba trabajando todo el día lavando ropa no le quedaba tiempo para dedicarle a ellos, cuando llegaba del trabajo se encontraba cansada y de mal humor, llegando a abusar de sus hijos a golpes, por eso crecieron siendo maleducados y no valoraron el trabajo de aquella madre, llegándola a detestar y despreciar, apenas cumplieron su mayoría de edad se fueron y la dejaron sola, estando arrepentida debido a su pasado, el dolor que le producía al recordar esto y en su afán por disculparse, intento buscar a sus hijos, pregunto y pregunto, tomando como última opción ir a la policía temerosa de que le dieran malas noticias.

    Pero como lo suponía se encontró con una terribles noticias, le dieron razón de dos, uno de ellos el menor que se llamaba Davis, se encontraba muerto, debido a que no encontraron datos sobre quien era lo enteraron en una fosa común, este murió de una sobre dosis en drogas, le indicaron las circunstancias en que lo habían que lo encontraron, “tirado en un parque sin signos vitales” hace ya dos años atrás, y que el otro se encontraba en la cárcel, cuyo nombre era Andrés, en libertad se dedico como sicario y había matado a cinco personas en su transcurso, trabajando para la mafia, en la cárcel se encontraba como recluso en el sector de trabajos forzosos con peligro de muerte, como hacían con los reclusos que habían cometido actos así en su vida, le dijeron a la madre que su hijo sería llevado el centro de castigos públicos, donde los parientes de las personas asesinadas y el público en general podían castigarlo hasta el punto de que estuviera a punto de morir, pero no podían matarlo, porque se aplicaría la misma ley para quien lo matase.

    Laila al escuchar aquellas palabras de aquel policía, las lágrimas salieron de sus ojos grises, llorando desconsolada frente al policía diciendo:

    —Es mi culpa, toda mi culpa— diciendo con lagrimas en sus ojos y cubriéndose la cara con sus manos

    —Señora Laila por favor cálmese, tome asiento por favor— compadecido de aquella mujer de avanzada edad

    Poco después su hijo Andrés murió debido a una enfermedad producida por los trabajos forzosos, en su lecho de muerte aquella madre que no se separo de él un instante desde que lo encontró, al no encontrar pistas sobre el paradero de sus otros tres hijos, Andrés era su único hijo en ese entonces, Laila le pidió perdón a su hijo, por no criarlo bien y no dedicarle tiempo, le dijo que la perdonase, como últimas palabras de su hijo al cual al principio al verla de nuevo lo único que hizo fue detestarla, le dijo que lo único que deseaba en el mundo era pasar más tiempo con ella y de que lo perdonasen las personas a cual el arranco la luz del mundo despiadadamente, ya en sus ojos se veía el cansancio de luchar contra la enfermedad en sus últimos minutos de vida de este.

    Mientras que el cuerpo de Andrés se fue poniendo frio, su respiración se hizo más lenta y su piel se fue tornando azulada, la madre no dejaba de llorar sobre el regazo de su hijo, sollozando y gritando de dolor.

    —Andrés, André…, Andr…, And…— gritaba Laila, para que no cerrase los ojos...

    Despacio, muy despacio, Andrés sentía como el cuerpo se le ponía pesado, el dolor se iba, muy lentamente de su cuerpo, sus ojos estaban pesados, ya casi no oía la voz de su madre que gritaba cada vez más duro, lo último que recordó y alcanzo con todas sus fuerzas a decir fue

    —Perdónenme— y una lágrima caía por su mejilla, y en su rostro se figuro una sonrisa su último recuerdo la cara de su vieja madre a su lado llorando, tomando fuerte de su mano que no sentía.

    En la mente de Andrés decía, si vez si me querías, ya no sentía nada, su mente se torno en blanco, su cuerpo era más ligero, no sentía nada

    viendo y sintiendo el cuerpo del joven tendido en una cama de la enfermería del centro donde se encontraba, volviéndose frio e inmóvil, la lagrimas caían lentamente sobre las mejillas de aquella madre, la cual llevo un hijo por nueve meses, a aquel niño lleno de vida y al joven que se encontraba muerto, yerto y de repente un recuerdo vino del último abrazo de su hijo, en ese momento intentaron llevarse en cuerpo a la morgue, pero Laila se aferraba mas a este, las enfermeras al ver esto la dejaron un rato mas pero tuvieron que separarla de cuerpo, Laila cayo arrodillada sobre el piso llorando viendo partir el cuerpo de su hijo.

    Después de dos años consiguió trabajo como ama de casa de un rico empresario y su familia, estos tenían tres hijas, una de quince años llamada Ana, una pelada egocéntrica, que por su status social se creía indiferente e ignoraba a todo lo que fuera inferior a ella, le seguía una chiquilla inquieta de doce años que se la pasaba revoloteando por todos lados y causándole estragos por todos lados de nombre Elena y por último la menor que tenía tres años de nombre María, Laila le tomo especial cariño a esta pequeñita debido a que sentía un gran amor por ella y quería reparar los errores que había cometido como madre con ella, sentía lastima por que su madre la despreciaba y sus hermanas también por ser la favorita de su padre, María era una niña alegre, inteligente y atenta, se sentía muy orgullosa de ella y frecuentemente la llamaba de cariño Lala .

    El tiempo fue notándose en María y Laila, María se hacía más grande y más inquieta a comparación de aquella chiquilla de hace tres años atrás que estaba frecuentemente encerrada en su habitación sola y llorando, a Laila los años se le notaban, sus papados estaban decaídos cuales tapaban sus grandes ojos grises, las arrugas de su rostro mostraban el cansancio de los años, sus movimientos eran más lentos y mas tortuosos que antes, no podía hacer lo que hacía antes, le dolía el cuerpo, pero era feliz al lado de su chiquilla inquieta.

    —María, espérame no puedo correr tanto—diciendo Laila agotada y fatigada de seguirla.

    —Mira, Mira Lala los pajaritos bañarse—respondiendo emocionada viendo a los pájaros bañarse

    —María que te he dicho de correr por ahí, sabes que es muy peligroso además esta mojado todo y podrías resbalarte— regañándola

    —Pero, Pero… yo solo quería ver a los pajaritos Bañarse— Respondiendo mientras agachando la mirada, intentado no llorar.

    —Bueno, Bueno, Ya Vale, ¿Pero que te he dicho sobre llorar?—Mientras se agachaba con dificultad para mirar la cara de María.

    —Que las niñas no deben llorar, tienen que ser fuertes— Respondiendo sollozamente

    —Por eso, entonces mírame y dame un abrazo bien grande— diciéndole con una sonrisa en la cara y recibiendo el abrazo de la pequeña niña de seis años.

    El tiempo volvió a pasar de nuevo y lo que se esperaba se era de gran sorpresa.

    Laila ya no podía jugar como antes con María, su cuerpo no le respondía, se estaba haciendo vieja, era consciente de ello, le preocupaba mucho María, que iba de ser de su pequeñita mujer, no alcanzaría a ver a su chiquilla llorar por primera vez por un hombre, no la iba a poder ver crecer, eso la aterraba, se decía así misma que tenía que luchar contra el tiempo, la pequeña chiquilla se ocho años al darse cuenta de que su querida Lala no podía hacer algunas cosas, trataba de colaborarle, Laila se reía al ver a María tratando de hacer las cosas por sí sola, porque lo hacía torpemente, entonces decidió enseñarle como se hacían las cosas, para que se defendiera, por si sola, María le prestaba mucha atención a Lala y aprendía fácil, era orgullo para Laila.

    Lo más difícil era enseñarle a cocinar pues era muy pequeña, le enseño lo básico

    —Lala, mira, mira cambio de color— Sorprendida al ver cómo cambian de color los vegetales

    —Vaya, Vaya eso estuvo rápido—diciendo

    —¿Lala será que puedo hacer el arroz?- preguntando, emocionada

    —Bueno, primero tienes que tomar la cebolla— indicándole donde cogerla a María

    —Luego la lavas y cortas en pedacitos pequeños—mostrándole como se cortaba la cebolla—a ver hazlo tu María—

    —Si señora—cogiendo el cuchillo descuidadamente y contándose—ay… Lala—gritando

    —¿Qué paso?— respondiendo alertada—¡ah jajaja…. chiquilla torpe, te contaste, déjame ver— tomando la mano María para ver— No te preocupes es una herida pequeña, solo es sangre, lávate la mano—

    —ay, ay Lala, duele— metiendo la mano en agua

    —muchacha, no chilles no es para tanto— diciendo mientras cocina

    Distraída, María con la mano mojada salpica sobre Lala, mientras esta distraída se coloca a reír

    —Eso sí aprendes Fácil — metiendo la mano en agua y sacándola y salpicando a María, empezando una guerra de agua, y riendo con la pequeña María.

    El tiempo pasó de nuevo sin tener piedad, esta vez había arrancado de las manos de una pequeña niña a su querida nana.

    Laila últimamente se encontraba muy enferma, ya casi no hablaba, su voz cada vez era más quebradiza, su respiración áspera era lenta, María preocupada por esto le dijo a su padre, esta al ver la preocupación de la pequeña llamo a un doctor lo más rápido posible.

    Cuando llego el doctor los ojos de María se iluminaron, saludándola y saludando a su padre

    Aquel doctor era un señor de acento Ruso, alto de un metro noventa a los ojos de María, de color de ojos azules grisáceos, de tez blanca, acuerpado pero delgado, -dirigiéndose al padre de María—

    —Gusto de verle de nuevo señor Gregory Nuzori, dígame en que puedo ayudarle— diciendo en doctor a el padre de María.

    —Llámeme Gregory— diciendo en tono seco—Doctor Kloton, necesito que atienda a la señora Laila kolvesky, la ama de casa, sabrá usted que ella tiene ya avanzada edad y yo le tengo cierto aprecio, por eso le llame para que cuidara de ella por unos días hasta que se mejore, del costo eso hablaremos después por el momento quiero que se mejore— terminando de hablar el padre de maría

    —Sera un gusto señor Gregory, pero dígame que tiene la señora Laila Kolvesky— interrumpiendo el silencio de la sala

    —Vera debido a su avanzada edad se encuentra enferma, últimamente tiene una gripe que la ha dejado en la cama y mi pequeña María se encuentra preocupada— Respondiendo en todo calmado mientras daba un respiro profundo

    Interrumpiendo la voz solloza de María— Señor Kloton usted hará que Lala se ponga mejor— agarrándole delicadamente el pantalón de aquel medico

    —Hare lo mejor que pueda Marie— quedando estupefacto ante la inocente mirada de los grandes ojos grises de María

    Dos días después…

    —María, María…, pequeña ven, necesito contarte algo— llamaba Laila a María quien se encontraba sentada al lado de la cama, mirando fijamente a Laila

    —Dime Lala que necesitas…— respondiendo al llamado de Laila

    —Abrázame María—

    Acercándose María lentamente a donde estaba Laila quien se encontraba acostada en su mecedora

    —Te abrazare todo lo que quieras Lala, mientras te quedas a mi lado— Decía María con tono entrecortado, y lagrimas saliendo de sus rojos ojos

    —María, prométeme una cosa…— la voz de Laila de hacia más lenta —que serás feliz

    En un cuarto de una gran mansión, se encontraba María con Laila, pero Laila no le respondía, en cambio estaba sentada en su mecedora, fría con la piel azulada y con una sonrisa en su arrugada cara, con las manos descolgadas de las barandas de la silla, quieta muy quieta.

    —Lala, Lala... respóndeme, abre tus ojos, Lala, oye Lala— decía una pequeña de nueve años, llorando e intentando que el cuerpo de su nana reaccionara.

    Pero no fue así…
     
    Última edición: 14 Julio 2014

Comparte esta página

  1. This site uses cookies to help personalise content, tailor your experience and to keep you logged in if you register.
    By continuing to use this site, you are consenting to our use of cookies.
    Descartar aviso