La Donante

Tema en 'Vampire Knight' iniciado por Shennya, 19 Diciembre 2011.

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  1.  
    Shennya

    Shennya Entusiasta

    Leo
    Miembro desde:
    25 Septiembre 2011
    Mensajes:
    62
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    La Donante
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    6
     
    Palabras:
    5732
    AU
    Sinopsis:

    No hay opciones para nosotros, los humanos, debemos obedecer a los vampiros. Ellos controlan nuestra voluntad y nuestras acciones. Cada semana, desde que cumplimos quince años hasta que morimos, estamos condenados a "donar" nuestra sangre, permitimos que nos corrompan, mordiendo nuestra carne y desgastando nuestra esperanza.
    ¿Podemos escapar? No.
    Me llamo Yuuki, acabo de cumplir quince años y estoy aterrada.


    La Donante
    I
    Tributo
    Desde que tengo memoria, recuerdo a mi madre advirtiéndome sobre los peligros de ir al río. Quisiera decir que le hice caso, pero lo cierto es que jamás la escuché con atención. No puedo explicarlo y no quiero excusarme, pero existía algo, como un latido estridente en mi corazón, que me guiaba hasta el río, y no sólo a él, sino más allá, hacia el bosque. Por supuesto, nunca llegué a internarme en él (no mucho), simplemente lo observaba y escuchaba la canción del viento rozar las hojas… eso me ayudaba mucho a calmarme, sobre todo cuando había algo que me inquietaba.
    Fueron muchas las ocasiones en las que crucé el río, pero sólo unas cuantas se quedaron grabadas en mis recuerdos. La primera fue cuando tenía cinco años, mi perro, Kai, se había escapado en la noche; mi tía había dejado abierta la puerta de la casa (ya eran las ocho, hora del toque de queda), así que, cuando salió corriendo hacia la oscuridad de la calle y yo traté de correr detrás de él, mi madre soltó un terrible grito de terror y se lanzó sobre mí. Jamás la he visto tan desesperada como ese día, sus hermosos ojos oscuros se apagaron y su rostro se puso tan pálido que mi tía creyó que se había enfermado; no me dio tiempo siquiera de sentir el aire fresco de la noche, porque sus brazos me apretaron con fuerza hacia su cuerpo. Y, por más que lloré y rogué que me dejara traer a Kai a la casa, no me soltó. Le gritó a mi tía que cerrara la puerta y me arrastró hasta mi cuarto.
    Me sentó en mi cama y con una fuerza que yo, hasta entonces, desconocía en ella, se aferró a mis hombros; me observó con severidad.
    —Jamás salgas de esta casa después del toque de queda, ¿de acuerdo? —soltó, acercando su deslumbrante rostro hacia mí— ¿Me escuchaste, Yuuki?
    No quería contestar, en esos momentos sentía tanta rabia, no podía creer que ella hubiera dejado a Kai a su suerte; y aun cuando era tan pequeña, sabía que no lo volvería a ver.
    Ella debió notar, por mi ceño fruncido y mis ojos llenos de lágrimas, que mi sufrimiento por mi mascota era más fuerte que mi obediencia; me sacudió por los hombros, viéndose molesta.
    —¡Promételo! —exclamó.
    —Lo prometo, mami —solté, finalmente, dejándome vencer por el llanto. Ella me abrazó, pero noté que temblaba; no tardó mucho en unirse a mis sollozos.
    Recuerdo que esa noche no pudimos dormir. Fue terrible, hasta ahora puedo escuchar los gemidos de las bestias, tras la puerta, recorriendo las calles en busca de algún ser al que poder destrozar. Ese día encontraron a Kai.
    Al día siguiente, como todos (por lo menos mientras el sol fuera visible en el cielo), salí a jugar con mi prima, Makki. Era un logro conseguir que pasara el tiempo conmigo, ya que, ahora que lo pienso bien, nunca le he agradado mucho. Esa mañana corrimos hacia la zona deshabitada, yo iba a la delantera; podía sentir mi cabello castaño agitándose detrás de mí. Salté de alegría cuando llegué al río antes que ella.
    —¡Gané, gané! —grité, emocionada.
    Makki, con su cabello rubio oscuro y su mirada azul, fría, me observó con algo de resentimiento. Era extraño, lo admito, ella era un año más grande que yo y, aún así, siempre fui mucho más ágil que ella y, en ocasiones, más fuerte.
    —¡Hiciste trampa! —me acusó— Saliste antes.
    Intenté defenderme, pero, en su coraje agitó las manos con fuerza y me empujó. Perdí el equilibrio y, sin poder evitarlo, caí al río. Mi cabeza chocó con alguna roca porque, de pronto, experimenté un dolor insoportable en mi nunca y dejé de ver claramente, el mundo se presentaba ante mí como manchas coloridas pero sin forma ni nitidez. A parte del agua en mi nariz y pulmones, y sentir como era arrastrada río abajo, alcancé a distinguir la figura de Makki, pálida de horror, antes de verla correr hacia la ciudad.
    Perdí el conocimiento.
    Desperté, no sé cuánto tiempo después, con una sensación tan horrible en la garganta que tuve que toser sobre la hierba… Expulsé toda el agua que tenía en los pulmones antes de darme cuenta de que volvía a estar en tierra firme. Levanté mi cabeza. Inclinado sobre mí, esta un joven de cabello castaño oscuro y ojos profundos. Tal vez el tiempo que ha pasado ha jugado con mi mente y he cambiado algo de lo que pasó pero, podría decir que estaba preocupado por mí.
    —¿Estás bien? —su voz era, de una forma extraña, atrayente.
    Asentí, incapaz de decir más. Entonces, ese movimiento de cabeza, provocó que un dolor me recorriera desde la cabeza hasta los pies.
    Gemí.
    Los ojos del joven fueron a parar a la parte superior de mi rostro y, en ese momento, me di cuenta: era un vampiro. Pude ver sus ojos brillar como el fuego; era lo que siempre me había dicho mamá, que, algunos de ellos, podrían parecer controlados, amables… pero que si en sus ojos encontraba un destello rojizo, no debía confiar en ellos.
    Quise hacerme hacia atrás, pero estaba muy débil y era muy pequeña, jamás podría competir con él en fuerza.
    El joven me abrazó, pero yo grité y me agité entre sus brazos.
    —Tranquila, tranquila —lo escuché musitar, mientras una de sus manos acariciaba mi cabello—. Voy a curarte…
    —¡Mientes! —chillé— ¡Eres un vampiro, me harás daño!
    Ignoró todas mis protestas y me sostuvo con más fuerza; sentí sus labios sobre la herida de mi cabeza, sabía que estaba a punto de morderme… la herida me dolía mucho… Y, de pronto, algo cálido se extendió, desde mi herida, hasta las puntas de mis dedos. Ya no sentí dolor, incluso, sin contar con el frío que experimentaba por mis ropas húmedas, me sentí mucho mejor.
    Él colocó sus cálidas manos en mi rostro, me observó a los ojos.
    —Yo jamás te lastimaría, jamás, bajo ninguna circunstancia.
    Le creí.
    —Mucho mejor —aprobó con una sonrisa, al verme más calmada—. ¿Cómo te llamas?
    —Yuuki.
    —Yo soy Kaname.
    Asentí, tras un estremecimiento. Él volvió a sonreír.
    —Ven aquí —dijo, extendiendo los brazos hacia mí. Yo dudé sólo unos segundos antes de permitir que me abrazara. Entonces, una ráfaga de viento nos rodeó y, antes de que pudiera reaccionar a lo que ocurría, mi ropa estuvo completamente seca.
    —¿Es magia? —pregunté, emocionada.
    —Podría decirse que sí —respondió él, divertido—. ¿Cuántos años tienes?
    —Cinco.
    —Diez años más —murmuró, ayudándome a ponerme de pie—. Tengo que irme, pero volveré a verte, lo prometo.
    Cuando regresé a casa me di cuenta de que Makki había alterado un poco lo sucedido; mi madre me recibió con la misma tranquilidad como si yo sólo hubiera vuelto de un largo paseo y es que eso le había dicho mi prima que había hecho. Antes de poder pronunciar palabra, Makki me arrastró a su habitación y me tiró en una silla. Parecía preocupada, por lo menos eso fue lo que pensé en ese momento (ahora sé que estaba mucho más asustada por el castigo que recibiría si alguien se enteraba de lo sucedido), me convenció de que lo mejor sería guardar el secreto (tomando en cuenta de que mi madre me había prohibido ir al río) y no volver a mencionarlo.
    Yo acepté, después de todo, no creía que mamá estuviera muy contenta al saber que conocí a un vampiro.
    Sólo fueron varios años después que me atreví a confesarle a Makki lo que en verdad había ocurrido en el río, sin embargo, ella dijo que podrían haber sido puras imaginaciones mías y, debo admitirlo, me convenció de ello (ya que parecía ridículo que un vampiro se preocupara por un humano). Lo cierto es, que ninguna de las dos pudo explicar, dado que lo que recordaba era sólo mi imaginación, cómo fue que logré salir del río.


    Hoy tengo ganas de ir al río. Sí, estoy triste y asustada. Y es que, en esta ciudad, no es ningún motivo de celebración cuando una joven cumple quince años.
    Me pongo mi vestido, el más viejo que tengo pero el que amo más que a ninguno ya que perteneció a mamá, y salgo de la habitación. Afuera, Makki me está esperando con una sonrisa un tanto maliciosa en el rostro.
    Jamás pensé que nuestra relación terminaría de esta forma. Antes parecía que no le agradaba, ahora parece que me odia.
    —Por fin —soltó, con una alegría casi grotesca—. ¿Creías que ibas a escaparte? ¿Qué jamás sufrirías lo que nosotros…?
    La ignoré y pasé de largo. Era un día claro y precioso, así que no tenía ganas de pasarlo en casa.
    Hace tiempo que los vampiros nos controlan y, aunque ellos digan que es por nuestro bien, que sólo lo hacen porque en verdad necesitan de nosotros, yo no les creo. Estamos condenados a seguir sus órdenes, nos quitaron toda libertad posible.
    Cuando un humano cumple quince años es llevado a unos centros de “Donación”, en esos lugares, el hombre o mujer en cuestión debe permitirle a un vampiro que lo muerda hasta que calme su sed. Cada semana por el resto de la vida del humano. Sin excepciones.
    Tal vez no parezca tan grave, pero lo es. Lo es cuando, como el resto de mi familia: mi madre, mi tía, mi prima e incluso Zero, se resisten a ello. Yo he visto los estragos que causa en ellos; el cansancio, el dolor, las heridas inflamadas… Aunque, lo que más les afecta es el miedo. Sus rostros al volver del centro son terribles, como si, de un momento a otro, fueran a desmoronarse ante mis ojos. Yo sé de eso, yo me encargo de recibirlos cuando regresan de un “Día de Donación”, yo curo sus heridas y trato de reconfortarlos.
    Aún así, ni Makki ni su madre me quieren. Por más que me esfuerce en curarlas y reconfortarlas siempre han tenido rencor hacia mí por ser la más joven.
    La que aún no se ha convertido en donante.
    Él único que parece preocuparse por mí es Zero.
    Todavía recuerdo cuando lo conocí, fue un día que me aventuré al río.
    Tenía doce años. Estaba destrozada, Makki había tenido una discusión conmigo; las últimas semanas mi madre se había vuelto muy intolerante a las donaciones, era ella quién regresaba más agotada, quien apenas conseguía moverse para llegar hasta la cama. La pérdida de sangre la dejaba tan mal que duraba varios días en cama. Por ello, comencé a atenderla primero a ella que a mi tía, lo cual causaba cierta irritación a Makki, tanta, que un día me gritó por ello.
    Al escuchar el agradable sonido del agua, supe que estaba cerca. Corrí hacia allá para ver el río cuando algo me detuvo. A la orilla de éste se encontraba un joven, al parecer malherido, inconsciente. Con cierta curiosidad y desconfianza mezcladas, me fui acercando a él, fascinada por los destellos plateados de su cabello. Logré girarlo y lo observé con mayor detenimiento, parecía unos años más grande que yo, quizás dos o tres, no estaba del todo segura. De pronto, se despertó, noté en sus ojos púrpura un miedo terrible, no parecía estar del todo consiente cuando me aferró de la muñeca con mucha fuerza.
    —Tranquilo, no te voy a hacer daño —le dije e iba a seguir hablando, pero un extraño brillo en mi piel me interrumpió; mi tatuaje.
    Desde que nací, o por lo menos eso me había dicho mi madre, tenía una rara pero hermosa figura gravada en la piel de la muñeca derecha; ella también tenía una pero era completamente distinta a la mía. Y aunque mi madre me había dicho que era de nacimiento, yo tenía mis dudas y, en secreto, le llamaba tatuaje porque eso era lo que parecía; tinta incrustada en mi piel.
    Estaba tan acostumbrada a aquel símbolo o figura que jamás le presenté mucha atención, hasta ese momento. Se iluminó y, no sólo eso, sino que algo en el cuello del joven también lo hizo. Y, cuando dejó de hacerlo, me di cuenta que, el símbolo que él tenía tatuado encajaba perfectamente con el mío.
    Él también lo notó, porque se acercó mi muñeca a sus ojos, para observarla con detenimiento, después su mirada se encontró con la mía.
    —¿Qué es esto? ¿Por qué tienes uno igual al mío? ¿Qué significa? —brotaron las preguntas de mis labios antes de que yo pudiera detenerlas.
    —¿No lo sabes? —pareció sorprendido e, incluso, un poco dolido.
    —¿Saber qué?
    Trató de ponerse de pie, pero tuve que ayudarlo porque estaba muy agotado. De pronto, me sentí muy mal por dejar que mi curiosidad se sobrepusiera al sentido común.
    —Vamos, voy a curarte —le dije.
    Él se aferró a mi muñeca y no la soltó.
    —No me vas a creer, si no tienes ningún conocimiento sobre esto… no vas a dar crédito a lo que diga —comenzó a musitar. Lo que, por cierto, sólo me confundía más.
    Observó mi tatuaje una vez más, después levantó la vista hasta mis ojos. Me pareció verlo ruborizarse y él también debió darse cuenta que lo hacía porque desvió la mirada.
    —Esto significa…
    Se interrumpió y perdió el color que había ganado; se detuvo, sin aliento.
    —Deja de hablar —ordené—, sólo te agotas más.
    Nuestra llegada a casa fue todo un alboroto, en un principio, ni Makki ni su madre parecían muy contentas con aceptarlo, sin embargo, mamá, al notar el tatuaje, se comportó de forma muy extraña, como si estuviera alegre de verlo.
    Tardé varios días con sus noches en lograr que se recuperara. Y, aunque mi madre estaba dispuesta a ayudarme, Zero (como después me enteré que se llamaba) no permitía que nadie se le acercara más que yo.
    Lo más extraño fue cuando se recuperó, porque mi madre, que, desgraciadamente, otra vez se encontraba enferma, pidió hablar con él, a solas. Por supuesto, mi curiosidad me permitió ingeniármelas para escuchar tras la puerta, mas lo que escuché no sirvió más que para confundirme.
    —¿Cómo están allá? —escuché que mi madre preguntaba.
    —Bien, seguimos intentando encontrar la manera de liberar a los humanos.
    Mi madre dijo algo muy suavemente, porque no alcancé a distinguirlo.
    —Es inútil… Pero eso no importa ahora, lo único que me interesa es saber si viniste por ella.
    —Sí.
    Escuché un sonido como un sollozo, pero era diferente, como si mi madre estuviera… aliviada.
    —Gracias, gracias… ¿Te la llevarás? ¿No correrá riesgos?
    —Eso es lo que quiero averiguar —soltó Zero—, tengo entendido que los vampiros suelta a muchos nivel E en las noches, para impedirles escapar…
    Otro sollozo de mi madre.
    —Sí, por eso tenemos toque de queda. Si alguno de nosotros sale después de las ocho… es seguro que morirá… No quiero que eso le pase a mi pequeña…
    Me estremecí. ¿De qué trataba todo aquello?
    —No lo hará, se lo prometo. Primero dejo que me maten —soltó Zero, con firmeza—. Por ello quiero quedarme aquí unos años, con ella, para saber exactamente cómo trabaja la seguridad aquí, después iré por algunos de mis compañeros y regresaremos para sacarla de aquí.
    En ese punto cometí el error de moverme un poco, por lo que tropecé y la puerta se abrió, haciéndoles notar que yo estaba escuchando. Después de eso jamás conseguí que me contaran nada, ni logré escuchar otra conversación entre ellos. Mi madre, sin éxito, trató de convencerme que era algo sin importancia. Por supuesto, no lo logró.
    Después… casi tres años después vino la peor noche de mi vida. Tan sólo un mes antes de mi cumpleaños, llegó mi familia de la donación.
    El día de donación era el único en el que los vampiros mantenían a los nivel E encerrados, y es que, para seguridad de los humanos, quienes tenían que ir en la noche a aquellos terribles centros, el consejo de vampiros había decido que esa noche el toque de queda se anulaba. Por supuesto, todas las familias de humanos eran escoltadas por dos vampiros desde que salían de su casa hasta que regresaban.
    Yo estaba preparada, con compresas calientes y hierbas que, después de tantos años de dedicarme a la sanación, había aprendido a utilizar mejor que nadie en la ciudad. Sin embargo, como ya era costumbre, y gracias al apoyo incondicional de Zero, estaba lista para recibir primero a mamá. Pero no estaba lista para lo que vi entrar cuando se abrió la puerta.
    Mi madre se sostenía en los hombros de Zero, quien, a pesar de parecer agotado también, se mantuvo impasible; ninguna queja escapó de sus labios en toda la noche. Con el corazón queriéndose salir de mi pecho, me lancé hacia ellos y lo ayudé a llevarla hasta la cama. A pesar de que su rostro ceniciento y sin vida me indicaba lo peor, me tragué las lágrimas y empecé con las curaciones.
    Mientras tanto, Makki se encargó de relatar lo sucedido. Al parecer, el vampiro que había sido asignado a mi madre para la donación, había bebido demasiada sangre y mamá cayó, en el suelo de la habitación, sin conocimiento. Los encargados del centro la trajeron hasta mi tía y Makki, quienes la esperaban en la salida y se las dejaron ahí, tirada, como si fuera un desperdicio. Zero, al presenciar esto y ver al vampiro responsable salir de la habitación, se lanzó sobre él y lo golpeó en el rostro, pero dos centinelas le impidieron que continuara la pelea.
    Por ese incidente le dieron una amonestación a mi familia. Lo cual era muy grave, porque, después de tres (según el reglamento que se entregaba a cada familia humana) se ataba al miembro más pequeño (en este caso yo) a la tarima de la plaza central y se le dejaba ahí toda la noche, para que los nivel E lo destrozaran.
    Sin embargo, esas consecuencias no me importaban en aquellos momentos.
    Logré curar todas las heridas superficiales de mamá, pero al parecer tenía una infección seria, porque comenzó a tener fiebre. Y, lo peor de todo, a alucinar.
    Por fin, cuando llegó la medianoche conseguí bajarle la fiebre, dejándome a ella y a mí agotadas por el esfuerzo. Mamá pudo quedarse dormida y yo, queriendo un lugar donde relajarme un poco, salí silenciosamente de la habitación.
    Con las manos en la espalda, Zero estaba de pie, junto al sillón en el que estaban mi tía y Makki. Inmediatamente, la más joven se dirigió hacia mí para exigirme que iniciara con sus curaciones. Estaba demasiado cansada para enojarme con ellas, pero admito que sentí cierta irritación al notar que ninguna de las dos preguntaba por la salud de mi madre. Zero fue el único que lo hizo.
    De cualquier manera, asentí y di un paso, pero no pude dar el otro porque me sentí mareada. Zero logró evitar que me cayera y me levantó en brazos.
    —Quítense.
    Me hubiera reído de buena gana al ver las expresiones de mi tía y su hija, cuando Zero les dio esa orden, pero me sentía tan agotada y deprimida como para hacerlo. Ellas, sin poder objetar a la mirada fulminante de mi amigo, no tuvieron más remedio que quitarse. Con mucho cuidado y casi con ternura, Zero me recostó en el sillón. Me pareció que Makki me lanzaba una mirada de odio puro.
    —¿En qué puedo ayudarte?
    Traté de sonreír.
    —No permitas que me duerma, tengo que revisar como sigue mamá dentro de diez minutos.
    —Haremos algo mejor —sugirió él—, te duermes y yo te despierto en diez minutos. ¿De acuerdo?
    —Sí, creo que esa es…
    Makki se situó junto a nosotros, la vi poner una mano sobre el hombro de Zero.
    —Hay que dejar descansar a Yuuki —dijo ella, viéndose, de pronto, mucho más amable—. Si quieres, yo puedo tratar de curar tus heridas…
    —No lo necesito, gracias.
    Ofendida, Makki se dio media vuelta y, junto con su madre, se encerraron en su habitación.
    Zero me acarició el cabello.
    —Duerme.
    Estaba tan cansada que no me costó mucho que mis ojos se cerraran, aunque debo decirlo, me pareció que mi descanso duraba sólo unos segundos, porque, poco después, la voz de Zero me regresó a la vida. Sentí algo se movía junto a mí y, cuando abrí los ojos por completo, noté que mi amigo se había inclinado para besarme la frente. Con las mejillas encendidas me levanté y me dirigí a la habitación de mamá.
    No tardó mucho en despertar y, aunque yo le rogué que intentara seguir descansando, se negó a seguir mis consejos y me pidió que trajera a Zero. Sintiéndome un poco excluida, dejé, como había pedido ella, que hablaran a solas.
    Después, cuando Zero salió, con la expresión más seria que nunca, yo tomé su lugar.
    Volví a preparar las hierbas para contrarrestar el dolor, pero ella impidió que se las diera tomando con fuerza mi muñeca.
    —Por favor, Yuuki, antes quiero que me escuches con atención.
    Quise negarme pero supe, por su mirada, que no iba a tomar nada hasta que accediera a su petición, por lo que, tomé una silla y me senté junto a la cabecera.
    —No quiero esta vida para ti —soltó y supe que estaba conteniendo las lágrimas.
    —Mamá…
    Me tomó las manos, estaban ardiendo, de nuevo.
    —No confíes en nadie, ¿me oíste? —musitó— Sólo en Zero. Ni siquiera en tu tía ni en tu prima. Y no tengo que decirte que los vampiros… pero espero que ya no estés aquí para cuando cumplas quince…
    —¿De qué hablas, mamá?
    —No hay tiempo —dijo, entrecortadamente—. Zero puede sacarte de aquí, pero debes escucharlo y hacer lo que te diga. Él sólo quiere protegerte…
    Me levanté al notar que, en lugar de que sus manos siguieran calientes ahora se enfriaban, tanto, que parecían haberse congelado. Traté de tomar una de las compresas que había llevado, pero ya estaban tibias… Entonces, sin mayor resistencia y con una sonrisa en los labios mamá perdió toda su fuerza y expiró con un “te amo” que consiguió escapar de sus labios.
    Recuerdo que me aferré a su cuerpo y lloré hasta que no me quedó voz y mis rodillas flaquearon. También conservo el momento en que Zero entró en la habitación y me convenció de dejarla, me llevó a otra habitación y, aunque yo no tenía ganas de escuchar nada más, me dio una serie de extrañas instrucciones.
    —Tengo que irme, debo buscar a otros cazadores —soltó, de pronto. Al ver mi expresión confundida, me explicó, rápidamente, que él había llegado por el bosque y que, al otro lado, muy lejos, se encontraban varias aldeas escondidas donde existían humanos que podían oponerse a la fuerza de los vampiros. No le hubiera creído si mi madre, antes de morir, no me hubiera insistido tanto en confiar en él.
    —Pero es peligroso —si, como decía, se encontraba tan lejos, eso significaban días de camino… algún nivel E podría encontrarlo y matarlo. Asustada, lo abracé. Sentí sus labios en mi mejilla y, cosa que hizo ruborizarme, en mi cuello—. Llévame contigo.
    —No puedo, nunca me perdonaría si te pasa algo —dijo—, pero regresaré dentro de un mes antes de que sea tu primer día de donación. Y, con la ayuda que traeré, podremos escapar de aquí sin que corras peligro.
    —No me dejes —rogué, sintiendo más lágrimas correr por mi rostro.
    —Volveré, volveré —prometió, antes de besar mi muñeca. Mi tatuaje y el de él volvieron a encenderse, como el día que nos conocimos.
    —Aun no me has dicho que significa —dije, intentando animarme un poco.
    Zero sonrió.
    —Cuando regrese te lo diré todo.
    Al momento que un humano se hacía donante, su nombre y datos ingresaban a los archivos que los vampiros guardaban, celosamente, en el centro de la ciudad, la cual casi se le podría llamar una capital, ya que era enorme y ahí se encontraba la realeza de los vampiros.
    Siguiendo las instrucciones de Zero, le mentimos a los centinelas al declarar que no sólo uno, sino dos miembros de la familia habían muerto aquella noche. Ya que a los vampiros les importaba muy poco un humano muerto, puesto que ya no servía de nada la sangre fría, aceptaron nuestras palabras como verdaderas sin siquiera inmutarse. Así, para evitar búsquedas y sospechas, Zero fue eliminado de las listas de donantes aquel día.


    Es mi cumpleaños, no cualquiera, cumplo quince años. Estoy frente al mismo río que me ha regalado tantas cosas y tengo miedo, demasiado. Pero no sólo por mí, ojalá mi temor se limitara a que se acercaba mi día de donación pero no, temía porque Zero no regresaba y ya había pasado un mes. Aunque fingía que las constantes palabras de Makki no me afectaban, sí lo hacían. Primero comenzó a tratar de dañarme repitiéndome que Zero no regresaría (aunque desconocía la causa por lo que lo había hecho, dijo, en frente de todas, que volvería), que se había dado cuenta que yo era algo por lo que no valía la pena arriesgarse. Aquella primera táctica no funcionó, a mi me tranquilizaba pensar que, si escogía no regresar, por lo menos estaba bien. Después, Makki comenzó a decir que no regresaba porque había encontrado a otra chica y que se había enamorado de ella. Siguió sin afectarme, primero, a pesar de que la forma en que se había despedido de mí me había confundido mucho, lo consideraba mi amigo. Y el hecho de que fuera feliz sólo me alegraba. Finalmente, completamente desesperada por no arrancar ningún gesto de sufrimiento de mi rostro, Makki optó por meterme en la cabeza que Zero no había sobrevivido. Aquello sí terminó por desmoronarme, sobre todo ahora, que ya había cumplido quince años y no tenía noticias de él.
    Crucé por el camino de piedras y conseguí llegar al otro lado. Mis sentidos se alertaron casi al instante que comencé a internarme en el bosque. Lamentablemente, no duré lo suficiente ahí, porque alcancé a vislumbrar algo a no muchos pasos de distancia. Por supuesto, como me di cuenta demasiado tarde, no debí acercarme a averiguar de qué se trataba.
    Era una mujer, o lo que quedaba de ella, al menos. Su cara había quedado destrozada, le faltaba una de sus piernas y parecía haberse desangrado de todos lados porque, a su alrededor, se había formado un halo de sangre. Sin meditarlo, corrí, atravesando el río y me detuve hasta que reconocí la entrada de la casa.
    Creo que fueron horas las que permanecí encerrada en mi habitación, abrazada a una almohada, porque noté, por la ventana, que ya había oscurecido cuando Makki entró.
    —¿Qué quieres? —solté con mucha rudeza; aun quedaban lágrimas en mi rostro y no quería que se burlara de mí por ello. Sin embargo, me sorprendí mucho cuando la vi con una taza de algo caliente en las manos.
    —Te traje chocolate —dijo, con mucha timidez.
    Extrañada, lo acepté. La vi sentarse junto a mí en la cama.
    —Escucha, mi madre me hizo pensar en todo esto —comenzó, como si le costara trabajo decirlo—, creo que tiene razón, he sido injusta contigo. Lo siento, Yuuki. ¿Aceptarías hacer las paces?
    Asentí, sintiéndome más reconfortada. Lo cierto era que, en mi primer día de donación, no quería, además, tener que preocuparme por las constantes peleas con Makki.
    —Eres muy gentil —dijo, con una sonrisa.
    Yo no pude devolverle el gesto porque le había dado un sorbo a mi taza y estaba terriblemente azucarada, además, el chocolate sabía algo amargo. Así que, lo que emergió en mi rostro fue una mueca de asco.
    —Se me quemó el chocolate —admitió, apenada—, intenté quitarle el sabor con azúcar pero creo que lo arruiné… Si quieres, me lo llevo.
    —¡No, no! —exclamé, terminándomelo. No quería ser la causante de otro problema ahora que estábamos bien, por primera vez en muchos años— No estaba tan mal.
    Escuché la puerta abrirse y a mi tía comenzar a hablar. Seguramente ya habían llegado los vampiros que nos escoltarían. Me puse de pie, con el corazón latiéndome con una fuerza terrible en el pecho.
    —Hay que ir juntas —me sugirió Makki, tomándome del brazo. Le agradecí el apoyo.
    Cuando llegamos a la sala, sin embargo, llegó hasta mis oídos lo restante de la conversación que mi tía mantenía con los vampiros. En un principio, no pude creerlo.
    —Hemos decidido pagar tributo a cambio de liberarnos de la donación —decía ella, con los ojos encendidos—, quiero que esta casa quede protegida.
    —Para que accedamos a perder dos donantes el tributo debe ser correspondiente a esa pérdida y me temo que en esta casa no haya nada que nos interese —dijo uno de ellos, con el ceño fruncido.
    Mi tía no alteró su expresión de triunfo.
    —Todo lo contrario —dijo, lanzándole una mirada a mi prima; Makki me arrastró hacia ella.
    Entonces me di cuenta que el vampiro había hablado de perder sólo a dos donantes. Y éramos tres en la casa.
    —Mi sobrina jamás ha sido mordida —explicó ella— y tengo entendido que los nobles pagan mucho por un donante personal…
    —¿Qué? —grité, horrorizada. Las uñas de Makki se clavaron en mi piel con fuerza, quise liberarme pero comencé a ver borroso, las imágenes se distorsionaron frente a mí.
    Makki sonrió.
    —¿Te gustó el chocolate?
    Había sido una estúpida, por supuesto que me supo extraño, porque ella le había puesto algo para adormecerme y trató de ocultar el sabor con azúcar…
    —¿Por qué…?
    Todo se estaba volviendo oscuro pero aún estuve consciente el tiempo suficiente para escuchar que los vampiros aceptaban el trato.
    —Eliminaremos sus nombres de la lista de donantes —lo escuché decir y me desmayé.

     
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  2.  
    Yuky kuran

    Yuky kuran Iniciado

    Capricornio
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    Pluma de
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    :mad: esaaaaaa maldita Makki como le hace eso a yuuki es su prima por santo cielo!!!
    y que paso con zero porque no fue con yuuki como lo prometio :(
    que noble la comprara ¿kaname? o otro vampiro:confused:
    te quedo muy bn espero que pronto pongas la conti xD
     
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    Kohome

    Kohome Fanático Comentarista destacado

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    Dios!, maldita Makki, la odio, la odio.

    oh bueno, realmente espero que si alguien la va a comprar ese sea Kaname, aunque es muy poco probable pues él es un pura sangre, y según lo que dijiste solo compran los nobles ¿no?.

    Espero que a esas dos les baya mal de lo lindo, y si no dejo de leer XD (miento esta genial).

    Ojala que Zero llegue pronto, y que le explique rapidito a Yuuki que es esa marca que tienen ellos en común, y que se la lleve antes que alguien la compre por que si no... no puedo esperar que puede pasar luego.

    Se va una fiel lectora, avísame cuando tengas conti sayito
     
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    Shennya

    Shennya Entusiasta

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    ¡Gracias por los comentarios! Me alegra mucho que les haya gustado el primer cap, espero que suceda lo mismo con el segundo... xD


    II
    Jaula de oro
    Frío.
    Una de las sensaciones que experimenté al abrir los ojos fue ésa. Mi cuerpo se encontraba demasiado adolorido como para moverse. Primero, la confusión nubló dos segundos, dos segundos en los que no sentí que mi mundo se desmoronaba. Después de ese tiempo, lo recordé todo. Abrí mis ojos y alcancé a ver las estrellas sobre mi cabeza. Makki debió usar demasiada sustancia a la hora de querer dormirme porque aun sentía mi mente pesada y lenta, como si alguien me hubiese golpeado con fuerza.
    No podía enfocar bien, pero pude distinguirlas, también a la luna. Tal vez hubiera sido un espectáculo memorable si yo no estuviera acostumbrada a temerle a la noche. Mi corazón empezó a latir con fuerza dentro de mi pecho y, cuando quise levantarme y sentí la resistencia de algo helado y duro alrededor de mis muñecas y tobillos, me di cuenta que estaba encadenada. Con mucha dificultad me incorporé hasta quedar sobre mis rodillas y me invadió el peor terror de mi vida. En un principio, todo lo que pude ver, entre brumas ya que el efecto del veneno no pasaba, fue la tarima y fue suficiente para provocarme pánico.
    Estaba segura que iba a ser sacrificada a los nivel E. Sollozando, me agité en vano, haciendo sonar el metal de las cadenas; sólo conseguí sentir un dolor insoportable en mis extremidades.
    De pronto, alguien me agarró del cuello. En uno de mis momentos de claridad, logré enfocar la cara de mi agresor: se trataba de uno de los vampiros que habían ido a mi casa.
    —Quédate quieta o te mato —gruñó.
    Tras estremecerme y tragar mis lágrimas, me di cuenta de que, más allá de la tarima, había cientos de vampiros. Sin embargo, ninguno de ellos se veía como un nivel E, a decir verdad, parecían de la nobleza.
    —Les aseguro —dijo otro vampiro, a mi derecha—, que es un espécimen difícil de encontrar, recién cumplió los quince años y jamás ha sido mordida.
    Mi visión casada y drogada me impedía ver con claridad pero, casi podía asegurar que algunos de los vampiros se vieron interesados en las palabras de él. Pero aún no entendía de qué trataba todo aquello, sólo podía intuir que no sería nada bueno para mí.
    Me di cuenta demasiado tarde; ni siquiera mis oídos funcionaban bien, ya que todo sonaba como amortiguado, era como si el sonido se encendiera y apagara, intermitentemente. Alcancé a escuchar una cifra alta y lo supe: los vampiros estaban ofreciendo dinero por mí o por mi sangre, daba igual.
    Como si yo fuera un simple objeto, estaba siendo subastada.
    Parecía que uno de mis captores no estaba satisfecho con las ofertas y decidió hacer algo para solucionarlo; con una rapidez sorprendente tomó mi brazo derecho y rompió la manga del vestido para descubrir mi piel.
    Mi vestido azul, el único recuerdo que me quedaba de mi madre, ahora estaba incompleto.
    Creí ver que el vampiro me sonreía, mostrando sus blancos y afilados colmillos, por un momento, llegó a mi confusa mente la idea de que iba a morderme, pero no fue así. De una de las bolsas de su chaqueta sacó un cuchillo plateado y dirigió su afilada hoja hacia mí.
    Grité.
    Me resistí; con la poca energía que me quedaba conseguí librarme de su mano pero la cadena me impedía alejarla más. Logré ponerme de pie, pero las hierbas que había suministrado Makki en mi chocolate todavía hacían efecto sobre mí, trastabillé, intenté dar un paso, pero las cadenas fueron lo suficientemente fuertes como para hacerme perder el equilibro por completo y regresarme al suelo, arrodillada.
    —Esa estúpida humana —escuché detrás de mí—, ¿no crees que se habrá excedido con la dosis que le dio?
    El otro volvió a levantar mi brazo mientras me lanzaba una mirada y agitaba la cabeza.
    —Sobrevivirá, además, unas vez que nos paguen no será nuestro problema —respondió, en voz baja.
    Intenté liberarme una vez más, pero los dedos fríos sólo se aferraron con mayor fuerza a mi piel, hasta hacerme daño. El otro se inclinó hacia mí y, sin compasión, tiró de mi cabello con fuerza, provocando que mi cabeza se hiciera para atrás.
    —Deja de moverte —gruñó, en mi oreja— o mejor te rebanaré el cuello. ¿Es lo que prefieres?
    Sintiendo un dolor terrible en mi nuca, donde él mantenía sus dedos, negué con la cabeza. Evitando solar algún sonido, soporté el momento en que el cuchillo se abrió paso en mi piel y permitió que la sangre brotara; el hermoso y brillante líquido rojo comenzó a escurrir de la herida. Note que los dos vampiros junto a mí se estremecían, vi sus ojos destellar.
    De pronto, todo sonido desapareció, tanto los vampiros como yo fuimos cubiertos por una esfera de mutismo tal que no se escuchaban ni una sola respiración. Todo lo que llegó a mis oídos fue el sonido de las gotas de mi sangre caer, para ser absorbidas por la madera de la tarima.
    Frente a mí, las miradas se convirtieron en docenas de puntos rojos, lo que sólo podía significar que su hambre había sido despertada.
    El vampiro que se aferraba a mis cabellos me soltó, no sin hacerlo con tanta brusquedad que mi cabeza se estrellara contra la tarima. Me rendí; ya no hice ningún esfuerzo por levantarme, ni siquiera me moví.
    Como un eco lejano comprobé que su idea había funcionado: parecía que los vampiros ofrecían más dinero por obtener mi sangre…
    En ese momento, regresando mi mirada a las estrellas, deseé estar muerta. Pero sabía que eso tampoco se cumpliría. Por lo menos no ahora, tal vez después de varios años de ser usada, tal vez cuando el vampiro que comprara se hartara de beber de mí.
    Me alegré tanto cuando sentí los efectos de la droga volver a aturdirme y agradecí a Makki por haberse excedido, hasta esperé que le hubiera puesto tanto que, después de cerrar los ojos, ya no los pudiera volver a abrir.

    Lamentablemente, desperté, de nuevo. Y lo peor de todo era que ahora la droga se había eliminado de mi sistema, por lo que sería completamente consiente de todo lo que sucediera.
    Me incorporé hasta quedar sentada y me di cuenta que me encontraba sobre un sillón verde, en medio de una sala de lo que parecía ser una casa grande. Entonces, entre la penumbra de la habitación, distinguí un par de ojos rojos.
    —Nos vamos a divertir mucho, humana —escuché su voz, como un sonido grotesco, que emergía de algún punto en la oscuridad.
    Puse los pies en lo que parecía una alfombra, ya que mis pies hicieron contacto con algo suave e intenté ponerme en pie. Fui demasiado torpe y lenta, porque, en unos segundos él ya tenía sus dedos sobre mi brazo herido y me obligaba a permanecer en el sillón.
    Se inclinó hacia mí; unos terribles ojos azules, fríos y perversos, se presentaron ante mis ojos. Un cabello negro y largo cubría parte del rostro que se contorsionaba en una mueca de expectación; sonrió, mostrando un par de afilados colmillos.
    Sentí un escozor en mi brazo y me di cuenta de que estaban saliendo gotitas de sangre de mi pie, él pareció darse cuenta también porque sus dedos se quedaron impregnados del espeso líquido rojizo.
    El vampiro acercó la mano hacia sus labios, fascinado con mi sangre; lentamente, pasó su lengua por cada uno hasta dejarlos limpios.
    Se inclinó más, pero yo lo golpeé con el codo en uno de sus ojos; gritó y yo tuve tiempo suficiente para levantarme y correr. Por supuesto, no soy tan rápida. Logré encontrar la puerta, pero cuando me dirigía hacia ella, una mano fuerte tiró de mi brazo y lo dobló hacia atrás de mi espalda; gemí y me detuve, sintiendo tanto dolor en mi hombre que por un momento creí que se me zafaría si seguía ejerciendo presión. Sin embargo, me soltó y golpeó la parte interna de mis rodillas para hacerme caer.
    Lágrimas comenzaron a escapar de mis ojos cuando sentí su aliento rozar mi cuello; sus dedos casi se enterraron en mi rostro, me giró la cabeza en un ángulo que mi garganta quedaba expuesta para él.
    Sentía tanto dolor que deseé volver a desmayarme, pero en esta ocasión permanecí despierta. Su lengua saboreó mi piel y supe que no faltaba mucho para que me mordiera que cerré los ojos con fuerza, imaginando que todavía estaba en casa, que mi madre seguía viva y que Zero todavía seguía conmigo.
    Utilizando mis recuerdos, logré volver al río.
    Repentinamente, un estruendo provocó que mi agresor me soltara y que mis ojos alcanzaran a ver como la puerta de la entrada salía despedida y se hacía añicos al chocar con una de las paredes de la habitación.
    Desde el suelo, distinguí a otro vampiro que dio dos zancadas y, sin que pudiera saber cuándo sucedió, tomó a mi agresor del cuello y lo estrelló contra la pared.
    Como pude, me arrastré hasta el sillón y me apoyé en él. Sabiendo que no tenía oportunidad de escapar con dos vampiros en la habitación, me limité a abrazar mis rodillas y esperar a que todo pasara.
    —No la vuelvas a tocar —me pareció que el nuevo vampiro estaba furioso, por la forma en que su voz salió de sus labios. Y, a pesar de que sus palabras habían salido como un gruñido, hubo algo que me causó una sensación extraña al escucharlas, como si su voz estuviera encerrada en algún rincón de mis memorias.
    —Pagué por ella…
    Me pareció que el otro vampiro apretaba con mayor fuerza la garganta de mi captor, porque sus palabras se interrumpieron en una especie de gemido ahogado. También escuché que lo volvía a golpear contra la pared y noté que ésta ya se estaba agrietando.
    —Por supuesto, haré lo que usted me pida, señor Kuran —logró articular el vampiro, con los ojos brillando con temor—. Es más, puede llevársela, ya no la quiero.
    Los dedos de Kuran se abrieron lentamente y el vampiro cayó hasta el suelo, pero no hizo ningún intento por levantarse; se tocó el cuello, haciendo constantes muecas de dolor.
    Entonces, el otro vampiro se dirigió hacia mí. Aterrada, pero demasiado adolorida y cansada para intentar volver a correr, abracé con mayor fuerza mis piernas y enterré mi cabeza en mis rodillas, esperando…
    —Yuuki, por favor, no reacciones así —me rogó una voz en un tono completamente diferente al que había empleado antes, la misma que se hizo más familiar en mi cabeza—. Yo jamás te haría daño.
    Entonces, reaccioné; debido al temor había pasado por alto que ese vampiro… conocía mi nombre. Levanté mi cabeza y vi un rostro que coincidió con lo que yo creía había sido un sueño o el juego de mi imaginación. Distinguí a un vampiro con unos años más de los que yo lo había visto en el río, pero con el mismo cabello castaño oscuro y los mismos ojos amables.
    —Tal vez no me recuerdes…
    —Kaname —lo interrumpí.
    Su rostro se transformó de forma extraña, me pareció que le alegraba que yo lo conservara en mis memorias o tal vez sólo imaginé su expresión alegre. Extendió su mano hacia mí, me pareció que buscaba mi cara, pero yo no se lo permití, me pegué al sillón lo más que pude, estremeciéndome.
    Tal vez cuando era una niña pude confiar fácilmente y lo cierto es que no podía explicar que me hubiese salvado dos veces, pero, ahora que había visto y experimentado tanta crueldad de los vampiros hacia los humanos, no podía permitirme confiar en ninguno. Además, en las últimas horas había pasado por tanto, que dudaba que pudiera recuperarme del todo.
    Sus ojos se ensombrecieron, primero creí que era señal de enojo pero, al fijarme bien me di cuenta que esa emoción se acercaba más a la tristeza. Como si yo lo hubiera lastimado con mi rechazo. Lo cual era absolutamente imposible.
    Pero, tal vez era que todo me había afectado demasiado porque sentí como si el vampiro estuviese rodeado de una oscura aura de soledad. Y sentí lástima.
    —Tenemos que irnos, Yuuki —dijo, poniéndose de pie. Nuevamente, extendió una de sus manos hacia mí, para ofrecerme apoyo.
    Nuevamente, lo rechacé y conseguí levantarme por mis propios medios. Por supuesto, desconocía lo que me deparaba con Kaname y, probablemente, deseaba obtener de mí lo mismo que su congénere, que aun seguía en el suelo (observándonos con resentimiento), pero de las dos opciones que tenía, prefería ir con Kaname.
    Logré seguir su paso, pero con mucha dificultad, notaba que mis piernas, brazos y todo mi cuerpo dolía insoportablemente; no pude evitar dejar escapar un gemido de dolor cuando llegamos a la entrada.
    Kaname se quitó su gabardina y, a pesar de que yo traté de evitar que se me acercara mucho, me rodeó con ella los hombros y abrochó los botones.
    —Yuuki, no puedes caminar —dijo él, inclinándose hacia mí—. Vas a tener que dejar que te lleve.
    Negué con la cabeza e intenté convencerlo de que yo podía caminar por mi cuenta, pero fue inútil, no soporté el siguiente paso que di. Levanté la vista, todavía me observaba, con cierta preocupación en los ojos.
    —Está bien —musité, cerrando los ojos con fuerza. Y me sorprendió mucho su forma de tratarme; contrario a todo lo que yo había experimentado de los vampiros, Kaname me abrazó y me levantó del suelo con tanta delicadeza que parecía tener miedo de romperme.
    Abrí los ojos y me di cuenta de que estábamos afuera, en las calles oscuras de la ciudad.
    Expuestos.
    Comencé a temblar en sus brazos.
    —No, Kaname, no, no podemos… no… los nivel E —mi voz sonaba trémula, no me expliqué como era que él me entendió.
    Acarició mi cabello y acercó su rostro al mío.
    —Mientras esté contigo, no se nos acercaran —dijo, junto a mi oído—. Tranquila, Yuuki. No hay lugar más seguro para ti que conmigo.

    Kaname cumplió su promesa, a pesar de que yo pasé todo el camino con mi rostro enterrado en su pecho, jamás escuché ningún ruido que pudiera indicar la presencia de los vampiros nivel E. Me atreví a levantar la cabeza tiempo después, cuando sentí que se detenía. Me maravillé por la hermosa mansión y su portón de madera oscura. Y después recordé y volví a sentirme mal; los humanos, no importaba cuanto se esforzaran por trabajar, jamás podrían aspirar a una casa tan grande como la que veía en ese momento.
    Mis pensamientos se interrumpieron cuando escuché el crujir de la puerta y su doble hoja se abrió para mostrar a otro vampiro. Sus ojos verdes fueron lo primero que distinguí, para después observar su rubio cabello.
    —Kaname, todos estábamos muy preocupados por ti… —se interrumpió cuando me notó. Me estremecí pero él, para mi gran asombro, sonrió. Ni siquiera parecía extrañado por mi presencia— Ella debe ser Yuuki.
    Abrí mis ojos, creí que no habría más sorpresas para mí aquella noche, pero me equivocaba. ¿Por qué él sabía mi nombre?
    El vampiro rubio extendió sus brazos en mi dirección.
    —¿Quieres que la lleve a la habitación?
    No era que confiara totalmente en Kaname, pero no quería que me dejara en manos de un vampiro que ni siquiera conocía. Así que, sin pensarlo, me aferré al cuello de Kaname y enterré mi rostro en la curva de su cuello.
    Creo que esa noche mi imaginación se desató, porque ahora creí ver que Kaname sonreía con mi reacción.
    —No, por favor…
    —Me parece que Yuuki no lo va a permitir, Ichijou —dijo él, enterrando sus dedos en mi cabello—, pero lo agradezco de cualquier forma.
    Cuando nos adentramos en el vestíbulo, noté que Ichijou no era el único vampiro que se encontraba ahí. Y, por sus reacciones, supe que ellos no tenían idea de porqué Kaname me había llevado a esa casa. Para ser honestos, yo tampoco lo sabía.
    Además, los murmullos, que llegaron hasta mis oídos, me dijeron que no era muy bien recibida.
    —¿Una humana? —escuché una voz femenina, cargada de cierto resentimiento— ¿Para qué la quiere? ¿Mascota?
    Un poco dolida por sus palabras, volví a escudarme en el pecho de Kaname. De pronto, me pareció, a pesar de que no reconocí a ninguno de los nobles que estuvieron presentes en la subasta, que estaba de nuevo encadenada a la tarima, con todas aquellas miradas crueles sobre mí.
    —No creí que irías a comprar una donante…
    —Basta, Ruka —dijo él, algo molesto.
    Estábamos cerca de unas anchas escaleras; una hermosa vampiresa, con el cabello claro y ondulado se había aproximado a Kaname. Su cara, al escuchar el tono rudo del vampiro, se contorsionó en una mueca ofendida.
    —Pero es sólo una humana —la escuché decir, con cierta repulsión—. No piensas tenerla aquí, ¿verdad? Ellos no deben mezclarse con nosotros.
    —No me hagas echarte de esta casa, Ruka, por favor. Deja de insultarla.
    No sólo ella se quedó callada, sino todos los vampiros en la habitación. Parecían tan sorprendidos por sus palabras que no sabían cómo reaccionar.
    —Yuuki no es mi donante, es mi invitada —dijo él, dirigiéndose a todos—, así que espero que la traten con el mismo respeto con el que me tratan a mí. Está bajo mi protección y, por favor, no me hagan decir lo que le haré al que se atreva a lastimarla.
    Apenas fui consciente del momento en que llegamos al siguiente piso y cuando abrió una de las habitaciones. Con mucha suavidad, me dejó en la cama.
    Al darme cuenta que estaba sola con él, volví a tenerle miedo. Me arrastré hacia la cabecera y permanecí lo más alejada que pude, ya que se había sentado en la orilla de la cama, observándome.
    Me pareció escucharlo suspirar.
    —Espero que, con el tiempo, llegues a entender que jamás me atrevería a provocarte cualquier daño.
    —Pero… —por fin, después de varios minutos, había logrado encontrar mi voz— cuando quieras… cuando tengas sed…
    —No lo haré —me interrumpió, con la expresión llena de esa soledad que vi cuando me rescató—, si no lo quieres, jamás beberé de ti.
    —Entonces… ¿por qué me trajiste aquí? —cuestioné, confundida.
    Kaname esbozó una sonrisa y se inclinó hacia mí, yo, por instinto, retraje mis piernas y las acerqué a mi pecho. Su gesto se borró inmediatamente y, una parte de mí, lamentó ser la causante de ese repentino cambio de humor.
    —Para protegerte —respondió, sorprendiéndome—. Aunque ahora pienso que debí hacer caso al impulso que tuve ese día, en el río, y haberte llevado conmigo en ese momento. Si lo hubiera hecho, tal vez, ahora confiarías en mí.
    De pronto, me sentí molesta; fruncí el ceño.
    —No tenías derecho a separarme de mi familia —solté, sin evitarlo.
    —Por eso no lo hice, pensaba esperar hasta que cumplieras quince años y evitar que te sometieran al día de donación —me pareció verlo apretar los puños, mi corazón latió aceleradamente, aterrado—. Pero ahora me pregunto si hice lo correcto. ¿En verdad fuiste feliz con tu familia? Porque las conocí, ellas mismas me dijeron, sin ningún remordimiento, que te habían ofrecido como tributo… Estaba tan furioso que creí, por un momento… jamás había odiado a un ser humano… Pero no había tiempo; llegué tarde, tuve que hacerles decirme a quién te habían vendido…
    Tal vez era porque jamás había visto a un vampiro tan cerca o porque jamás había hablado con uno tanto tiempo, pero me asombraron las emociones que cruzaron por el rostro de Kaname mientras me relataba cómo me había encontrado. En momentos parecía enojado, después asustado, preocupado, como si estuviera reviviendo ese instante. No podía ser posible… ¿Por qué preocuparse tanto por mí?
    —No toda mi familia fue mala —lo interrumpí, con lágrimas en los ojos—. Yo quería mucho a mi madre y a Ze…
    Me callé, porque, al recordarlo experimenté muchas cosas a la vez. Sin embargo, la emoción que se sobrepuso a las demás fue el miedo, no sabía que había pasado con él.
    Prometió regresar y, hasta ahora, no tenía noticias de él.
    —¿Qué le pasó a ella?
    La pregunta me sacó de mis pensamientos y me entristeció. Bajé la mirada.
    —Murió.
    —Lo siento.
    Kaname se movió, vi su mano dirigirse hacia mi rostro.
    Recordé su último día, cuando me aconsejó no confiar en nadie que no fuera Zero.
    —Un vampiro la mató —dije, volviendo a levantar la mirada.
    Esa mano se detuvo y retrocedió.
    —Tienes que dejarme curar tus heridas, Yuuki.
    Me abracé. El brazo aun escocía, pero sabía que no había sido un corte profundo, por lo que pronto cicatrizaría, de lo demás, sólo eran golpes superficiales, las marcas se quitarían con el tiempo.
    —Estaré bien —aseguré.
    —Sólo la de tu brazo —insistió—. ¿Recuerdas el día en el río? No te hice daño, no bebí de tu sangre. Ahora será igual, lo prometo.
    Un poco temerosa, dejé que me quitara el abrigo. Por primera vez me di cuenta de cuantas marcas tenía del encuentro con el vampiro; sus dedos estaban en mis brazos y en una de mis piernas. Además, mis muñecas y tobillos estaban enrojecidos por los grilletes. Y, mi brazo lucía una herida rojiza.
    Kaname me observó y frunció el ceño.
    —Debí matarlo cuando tuve oportunidad —lo escuché decir, entre dientes.
    Inclinó su cabeza hacia mi brazo y vi cuando sus ojos se encendieron de color escarlata. Retrocedí y negué con la cabeza. Kaname me ignoró y puso sus labios contra mi herida, volví a sentir algo cálido, como aquella vez cuando tenía cinco años, recorrerme.
    Kaname se irguió de nuevo y mi brazo quedó sin marca.
    —En el armario hay vestidos, por si quieres cambiarte de ropa —dijo, antes de ponerse de pie.
    —Espera.
    Él se giró hacia mí.
    —Si quieres ayudarme… entonces libérame —le rogué—. Por favor, déjame ir.
    Otra vez apareció esa sombra en su rostro.
    —No puedo —dijo, desviando la mirada—. Aún cuando te deje salir de día, nunca llegarías con vida a un lugar seguro. Los nivel E están sueltos en todos lados. Además, ¿a dónde irías?
    Él tenía razón, la casa en la que vivían Makki y mi tía ya no era mi hogar.
    Pero… tal vez podría buscar a Zero y juntos podríamos irnos de esta ciudad. Él lo había prometido. Sin embargo, primero tenía que planear bien cómo escapar, tenía que conocer bien el lugar donde me encontraba, porque estaba segura que ahora estaba en el centro. En la zona de la realeza de los vampiros.
    —También puedes ser feliz aquí, Yuuki —dijo él—. Yo me encargaré de que así sea.
    Cerró la puerta y me dejó, en la oscuridad. Pero ahora tenía una meta: encontraría la forma de salir de salir de ahí.
     
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  5.  
    Kohome

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    Escritora
    Hola!, gracias por avisarme fue rápido la verdad jeje.

    Bueno me gustó mucho, pero... pobre Kaname, esta siendo ignorado por su querída Yuuki, sentí tanto pesar que casi lloro.

    Etto, no sabría cor regirte ni nada jeje. Sbes, no es por ser una fangirl de Kaname ni nada por el estilo pero a mi parecer... si Yuuki se quedará con Kaname entonces sobra Zero (no lo odio me parece realmente sexy lindo)

    Bueno, espero que Yuuki pronto le tome confianza porque de verdad me duele más a mi que al mismo Kanamee. TT-TT

    Sin más me retiro, esta lectora fiel se marcha sayito...
     
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  6.  
    patrinas

    patrinas Entusiasta

    Capricornio
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    te falto una ME:
    tampoco se cumpliría. Por lo menos no ahora, tal vez después de varios años de ser usada, tal vez cuando el vampiro que me comprara se hartara de beber de mí.

    los guiones solo lo pones en el inicio pero tu dices algo y debes poner el guion y a continuacion relatar como si tu narraras y asi


    lo demas me ha gustado mucho, kaname parece un buen vampiro y yuki parece una chica muy inocente,
    espero que en el proximo capi me avises.
     
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  7.  
    Shennya

    Shennya Entusiasta

    Leo
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    III
    Engaño

    La mayor parte de los sueños que me aquejaron esa noche fueron terribles; vi a Zero, muy lejos de aquí, desesperado por llegar a mí, traté de llamarlo, pero de mis labios no podía emerger sonido alguno. Estaba tan oscuro que no podía ver a donde me dirigía, pero intentaba guiarme por el sonido de su voz, sin embargo, después de dar unos pasos me di cuenta que los grilletes todavía estaban aferrados a mis muñecas y tobillos; un par de ojos rojos aparecían en ese momento y yo no podía hacer nada más que esperar…
    Al despertar, mi mirada se fijó en la ventana de mi habitación, cuyo cristal estaba cubierto por una gruesa cortina que apenas dejaba pasar la poca luz que emanaba el amanecer. De pronto, se me ocurrió una idea. Corrí hacia el armario y me cambié de ropa; mi vestido azul cambió a uno rosa, hermoso, de encaje y cuello alto; con un listón de accesorio que se podía colocar en la cabeza.
    Muy despacio, comprobé que la puerta de mi habitación no tenía el seguro puesto y, lo más despacio que me permitían mis piernas, me dirigí hacia las escaleras.
    Yo sabía que los vampiros, debido a su disgusto por el sol, dormían en el día, por lo que supuse que el silencio apoyaba toda la información que mi madre me había dado desde pequeña. Mientras descendía, se me ocurrió que sería demasiado afortunada si las puertas de la entrada estuvieran abiertas, pero, de cualquier manera, tenía que intentarlo. La casa tenía un cierto aspecto triste, me di cuenta, pues cada resquicio, cada ventana, estaban cubiertos por gruesas cortinas de forma que los rayos solares no pudiesen entrar; a pesar de ser de día, todo el lugar parecía sumergido en penumbras.
    Por fin, mis manos se cerraron sobre el frío pomo dorado pero, como una parte de mí me había advertido, era imposible girarlo.
    Resoplé, frustrada. Me giré para buscar otro modo de salir, pero ni siquiera tuve tiempo de dar un paso, porque la alta figura de Kaname, a sólo unos pasos de mí, me hizo quedarme petrificada. Me pareció que sus ojos me inspeccionaban y, cuando su mirada volvió a mi rostro, una amplia sonrisa se dibujó en su rostro.
    —Ese vestido es perfecto para ti, te ves preciosa.
    No supe qué hacer, o qué decir, así que me quedé callada. Para ser sincera, no estaba acostumbrada a que un vampiro me dirigiera un cumplido o escuchar que me dijera algo amable; esto era completamente nuevo y extraño.
    Kaname había dicho que quería protegerme y que jamás iba a pedirme una sola gota de sangre a cambio, pero yo aun no podía creerlo. En mis quince años de vida humana, había aprendido que los vampiros, si te tratan bien, es porque quieren algo de ti. Hasta ahora él no había dicho qué era exactamente lo que esperaba de mí…
    —Si quieres salir, Yuuki, sólo tienes que pedirlo —dijo, interrumpiendo mis pensamientos. Sin que yo lo viera moverse, ya estaba tan cerca de mí que pudo rozar una de mis mejillas con sus dedos. Sobresaltada, di un paso atrás.
    Sus ojos se ensombrecieron. Esas reacciones me confundían cada vez más; era como si mis rechazos cambiaran su humor, como si le afectaran.
    —Kaname… ¿Podría… puedo salir?
    —Por supuesto, el día es completamente tuyo, Yuuki —soltó, provocando que las comisuras de sus labios volvieran a elevarse—. Sin embargo, debes regresar antes de las ocho.
    Asentí. Pero no lo entendía del todo. ¿Cómo es que me permitía salir así, sin más? ¿No esperaba que pudiera aprovechar para escaparme? Por supuesto, los nivel E salían en la noche, pero estaba segura que si me apuraba, podría encontrar un lugar donde esconderme al oscurecer. Era cierto, no estaba muy segura de en qué parte de la ciudad me encontraba, pero de cualquier manera lo intentaría. Porque no iba a desaprovechar la oportunidad.
    Detrás de mí, se escuchó un ruido, como si el seguro de la puerta se hubiera abierto.
    —Ya que te estoy concediendo un poco de libertad —continuó Kaname, impidiendo que me diera la vuelta— creo que merezco algo a cambio.
    Levanté la cabeza rápidamente; estoy segura que mis ojos reflejaron mi repentino pánico porque Kaname se apresuró a negar con la cabeza, me pareció ver tanta tristeza en su mirada que por un momento, se me olvidó todo.
    —Lo prometí ¿recuerdas? No me tengas miedo, Yuuki, por favor —dijo, tomándome de los hombros y haciendo una mueca de dolor al sentir que me estremecía—. No puedes entender… ¿Cómo puedes pensar que yo me atrevería a lastimarte?
    Su voz sonó tan… sincera que sólo creó más interrogantes en mi mente.
    —Sólo pido que intentes tenerme más confianza —soltó, subiendo sus manos hasta mi rostro—, que no te alejes cada vez que hago esto.
    Si todo resultaba bien, no importaría mi respuesta, porque seguramente estaría muy lejos de este lugar y podría encontrar a Zero… Y, si todo fallaba, él tampoco me exigía demasiado. Tal vez podría intentarlo, sin embargo, existía una pregunta que quería hacerle, porque no lograba entender su comportamiento. Aún así, al ver sus ojos, me di cuenta que no podía cuestionarlo, porque algo me decía, que no me gustaría escuchar la respuesta.
    Mi silencio se había estirado demasiado; Kaname pareció rendirse, porque hizo ademán de alejarse, con la expresión completamente seria. Una de mis manos, sin pedirme permiso, tomó la suya y lo hizo detenerse. Creo que los dos nos sorprendimos por mi reacción, aunque, lo acepto, él fue el primero en recuperarse, porque la luz volvió a sus ojos.
    —Está bien —musité, anunciando mi conformidad con su petición.
    Rápidamente, él se llevó mi mano a sus labios, por un momento me asusté pero logré controlarme; depositó un fugaz beso en mi piel y, después, dejó unas cuantas monedas en mi palma.
    Lo observé, con una interrogante clara en el rostro.
    —Aquí no tenemos comida —dijo—, pero afuera podrás conseguir toda la que quieras.
    No sabía cómo había pasado eso por alto, ellos eran vampiros, por supuesto que no tenían comida, sólo necesitaban de la sangre para subsistir.
    Balbucí un torpe gracias y abrí la puerta.
    Me sorprendí al encontrarme en una calle, si bien no muy transitada, pero con signos de actividad humana. Los donantes.
    Un poco aturdida observé a los hombres y mujeres que caminaban por las aceras, quería imaginarme algo diferente pero todo lo que vi en sus rostros fue la misma resignación de años de esclavitud. En eso no se distinguía mucho de donde yo había crecido. Vi rostros ojerosos y bocas formando líneas rectas, ojos sin brillo… Y me pregunté lo que todo el mundo se pregunta en sus corazones, pero que nadie quiere responderse, porque sabe el resultado.
    ¿Podremos ser libres?
    Sacudí mi cabeza y decidí continuar; observé a mi alrededor, viendo bifurcaciones del camino y calles que nacía, una sobre otra, sin darme ninguna pista de la dirección a la que debería dirigirme. Creo que caminé algunos minutos sin sentido hasta darme cuenta que necesitaba un poco de ayuda.
    Por fin, me convencí de acercarme a unas chicas que parecían un poco más grandes que yo. Y, por extraño que parezca, parecían estar sonriendo. Ambas llevaban vestidos sencillos, grises, pero que no les restaba en nada a su belleza. La más alta era una morena de cabello oscuro y rizado, con ojos negros y la otra, completamente opuesta, con unos delicados mechones rubios que bajaban con elegancia sobre sus hombros.
    Los ojos verdes de la rubia me observaron con curiosidad cuando me acerqué.
    —¿Saben dónde está la plaza central? —cuestioné; para mí, la simple mención de ese lugar era detestable pero era un lugar bastante conocido del que podía usar de punto de ubicación para llegar hasta el río, ya que la casa donde había crecido ya no podría considerarla un lugar seguro.
    —En aquella dirección —me respondió la morena, con algo de confusión en su rostro— pero está muy lejos de aquí. ¿Por qué?
    —Tengo que llegar ahí.
    Las dos se miraron y luego a mí, con expresiones que podrían dar a entender que me consideraban una demente.
    —Es imposible —soltaron las dos, al unísono.
    —¿Qué?
    —Nadie puede salir de aquí —dijo la rubia.
    Mi expresión debía reflejar la confusión que me embargaba, porque ambas suspiraron y cada una me tomó de un brazo.
    —De aquí no se ve —comentó la morena—, lo cubren las casas más grandes.
    Se notaba que eran expertas en la distribución de las calles, porque me guiaron muy rápido hacia la zona donde se encontraban las construcciones más pequeñas y hacia (por lo menos eso esperaba) la plaza central.
    De pronto se detuvieron y, con mucha delicadeza, la rubia me hizo levantar un poco la cabeza. Y quise morirme. Porque lo que veía, muchos metros lejos de mí, pero visible entre todo debido a su altura, fue algo que se me figuró como una pared, pero que después supe que era un muro.
    Me solté de su agarre y comencé a correr hacia allá, negándome a pensar que eso sería un impedimento para ser libre… para buscar a Zero, el único que podía considerar mi familia, sólo me quedaba él y ya no lo podría encontrar.
    Las escuché gritarme y, lo que era más curioso, también las escuché seguirme. Corrieron tras mis pasos hasta que dejamos atrás la concentración de casas y llegamos hasta un par de muros, unidos por una gran reja metálica, pintada de un negro que a mí me pareció como el símbolo del encarcelamiento. Parecía ser resistente y firme, unida por una cerradura a la que le percibí los dientes, entrelazados unos con otros, difíciles de separarse.
    Llegué sin aliento y, lo peor de todo, sin esperanza. Mis manos trémulas se aferraron a los barrotes fríos; mis ojos buscaron posibilidades pero encontraron tan imposible escalar la reja como hacer un agujero en los muros de piedra. Detrás de todo, se alcanzaba a ver, a lo lejos, la plaza y la enorme tarima, tan temida y respetada por cada humano que supiera lo que significaba la donación.
    —No… —musité, dejándome caer al suelo, mis dedos aun presionaban con fuerza los barrotes— No, no…
    A mis costados, las dos jóvenes respiraban con dificultad. Mi visión comenzó a tornarse acuosa, hasta que las gotas dejaron de acumularse, para caer sobre mis mejillas.
    —Oye… creímos que lo sabías, todo el mundo que vive aquí lo sabe —soltó la morena—, estamos encerrados. Una vez que entras no sales o por lo menos en el caso de los humanos, los vampiros pueden hacerlo cuando quieran.
    —Cam, basta, ¿no la ves? —reprendió la rubia, quien se inclinaba hacia mí y me ofrecía una mano—. Ven, tranquila, te llevaremos a nuestra casa y te daremos algo de comer. Te sentirás mejor, lo prometo.
    Por supuesto no creí que me sentiría mejor, pero aceptar su oferta parecía mucho más alentador que quedarme en el suelo hasta que anocheciera. Asentí, me sequé los ojos y las seguí, sin prestar mucha atención a donde nos dirigíamos.
    Llegamos a una casita pequeña, pero que me agradó mucho desde el primer momento, porque ahí sólo se respiraba un ambiente humano. Liz (como después me enteré que se llamaba) me sentó en una silla frente a una pequeña mesita y me sirvió un poco de pan y un té. Cam, por otra parte, se sentó junto a mí y se limitaba a mirarme con curiosidad.
    —¿Cómo es que no lo sabías? —cuestionó, frunciendo ligeramente el ceño, en un gesto que se asemejaba más a la confusión que a la molestia.
    —Cam, déjala tranquila —soltó Liz, sus ojos verdes destellaron hacia mí con algo de compasión—, seguramente llegó hace poco. Ya sabes lo difíciles que son los primeros días. Además, se ve bastante joven. ¿Cuántos años tienes?
    —Quince.
    La morena asintió, como si eso explicara todo.
    —¿Cuándo llegaste?
    —Ayer.
    Parecían esperar una respuesta más larga porque se quedaron en silencio, expectantes. Apenas las conocía, pero tenía tantas ganas de desahogarme con alguien, que accedí a contarles la historia de cómo fui traicionada por mi prima y su madre. Admito que logré sonreír al ver sus expresiones, era bueno, de vez en cuando, que alguien se enojara por ti. Cam cerró los puños, se levantó y comenzó a andar de un lado a otro soltando improperios en contra de Makki; Liz, mientras tanto, un poco más controlada, fruncía el ceño y negaba con la cabeza.
    —¿Cómo pudieron hacerte eso? —soltó, con sus ojos brillando como una furia esmeralda.
    Suspiré.
    —Eso no importa ya —solté, rememorando la imagen de la reja que me separaba de mi posibilidad de escapar.
    —¿Por qué quieres irte? ¿Por qué regresar con unas personas así? —cuestionó Cam, debatiéndose entre el asombro y el enojo.
    Negué con la cabeza, al mismo tiempo que una sonrisa astuta se dibujaba en el rostro de Liz.
    —¿A quién más dejaste del otro lado? —cuestionó ella— Es un chico, ¿no es cierto?
    Asentí, aunque tuve la sensación de que estaban malinterpretando todo.
    —Es mi amigo.
    Cam y Liz se observaron, riendo un poco.
    —Por supuesto, lo que digas.
    Ya que siguieron insistiendo en que hablara sobre él, les hablé sobre la vez que se fue, aunque no mencioné cómo lo había conocido o que me había dicho que existía un lugar donde los humanos podrían ser libres. No era que no me cayeran bien, porque se habían portado de maravilla conmigo, pero apenas las conocía y no quería, de alguna manera, ocasionar un problema si eso se llegaba a saber en la comunidad vampírica.
    Cuando terminé, ambas se pusieron serias, no tenía que ser adivina para saber lo que pensaban; tal como Makki, ellas pensaban que Zero no regresaría.
    —Yuuki, quiero ser sincera contigo, ya que me caes muy bien, así que debo decirte que sólo veo dos resultados a lo que me acabas de decir —soltó Cam, ignorando que Liz le clavaba, constantemente, el codo en las costillas.
    Asentí, dándole a entender que permitía que opinara.
    —Es muy peligroso alejarse de la ciudad, sobre todo si se desconoce el camino y el destino; su retraso puede significar que… murió.
    Hice una mueca, pero no di más señales de cuanto me afectaban sus palabras. Por supuesto, lo había pensando muchas veces, pero, una parte de mí, me asegura que si algo malo le pasara a Zero yo lo sabría, tenía que saberlo.
    —Si no fue así —continuó ella, a pesar de que Liz la fulminaba con toda la fuerza de su mirada verde— entonces pudo lograr la libertad, con lo cual dudo mucho que quiera regresar aquí. Nadie en su sano juicio lo haría.
    —Prefiero eso —respondí, con sinceridad—, así por lo menos uno de nosotros estaría bien.
    Liz se levantó y me abrazó.
    —Estarás bien aquí, Yuuki. Prometo que, en nuestra compañía, dejarán de importar los días de donación —aseguró ella—. Por cierto, ¿cómo se llama el vampiro que te compró?
    Negué con la cabeza.
    —No estoy con él.
    Al verlas tan confundidas, les conté el resto de la historia, omitiendo muy pocos detalles.
    —¿Kuran Kaname? —soltaron las dos, arqueando mucho las cejas.
    Asentí.
    —Es un sangre pura —me informó Liz, como si diera su aprobación—, lo más alto en las clases sociales vampíricas.
    —Nosotras también alimentamos a un sangre pura —comentó Cam, aunque me pareció ver cierto miedo y repulsión en su rostro cuando dijo las palabras—, sólo que es muy… no es demasiado cuidadoso cuando bebe.
    —No creo que ninguno sea amable —dijo Liz, viéndose un tanto asustada.
    —¿Ustedes le dan su sangre al mismo vampiro? —cuestioné.
    —Sí, creo que es el único que tiene dos donantes A —informó Liz—, tiene dinero, mucho dinero.
    —¿Donantes A?
    Cam puso los ojos en blanco, pero esbozó una sonrisa amable.
    —No se refiere al tipo de sangre —rió—, lo siento, se me había olvidado que eres nueva en esto. En fin, los donante A son como nosotras, que sólo donamos a un vampiro, el resto son B; de eso ya debes de saber, los que son llevados a los centros y esas cosas…
    Asentí.
    —Y bien, ¿cómo te sientes? —cuestionó Liz, de pronto, se acercó a mí y se dedico a observarme, como una madre preocupada— La primera vez es terrible, supongo que te asustaste mucho…
    —¿De qué hablas? —cuestioné, porque, para ser sincera, no entendía nada de lo que decía.
    Liz curvó los dedos índice y medio y los puso delante de su boca, haciendo la seña de unos colmillos.
    —La mordida, por supuesto. Anoche, cuando el vampiro tomó tu sangre…
    —No lo hizo.
    No parecían creerme, por lo que bajé el cuello de mi vestido un poco para que vieran mi cuello.
    —Ilesa —comentó Cam, asombrada—, es raro, normalmente no se resisten cuando adquieren algo nuevo.
    —Él me dijo que no me mordería —intervine, volviendo a captar la atención de las chicas; como esperaba Liz se mostró sorprendida y Cam incrédula.
    —¿Le crees?
    —No… no sé.
    La joven morena agitó la cabeza, sus rizos hermosos se agitaron.
    —No te dejes engañar —aconsejó—, al final lo hará, no importa cuando tarde.
    Ni siquiera Liz protestó en esta ocasión. Me estremecí y resistí el impulso de abrazarme. Entonces, como si quisieran asustarme más, ambas bajaron los cuellos de sus vestidos.
    Había visto muchas veces a todos los miembros de mi familia con distintas heridas de colmillos, pero nunca unas tan marcadas con aquellas, parecía que el vampiro que se las hizo no sólo buscaba alimentarse sino hacer daño al mismo tiempo. Bueno, me equivocaba, si había visto algo parecido: la última mordida que había recibido mamá presentaba esa misma agresividad.
    En un impulso, y ante sus miradas de desconcierto, me dirigí a su cocina y comencé a calentar agua. Mientras hervía el agua, salí de la casa (ya que recordaba haber visto un pequeño jardín) y no me decepcioné al hallar las plantas que necesitaba. No tardé mucho en preparar unas compresas y comenzar con el proceso de curación que tan bien conocía. Después de escuchar su agradecimiento y ver que la inflamación de sus cuellos desaparecía, les indiqué que plantas debían usar y como aplicarla para que disminuyera el dolor.
    Eran las siete de la tarde cuando me regresaron al punto donde nos habíamos encontrado y, tras agradecerles por todo, me dirigí a la mansión. Esperaba que, cuando la puerta se abriera estuviera Kaname o Ichijou al otro lado, por supuesto, no tenía tanta suerte.
    En su lugar, los ojos irritados de Ruka, la vampiresa bonita que parecía odiarme, me recibieron.
    Quise subir inmediatamente a mi habitación, pero los dedos largos de ella me detuvieron por el brazo, por supuesto, mi corazón se aceleró con temor.
    —No pienses que permanecerás mucho aquí —soltó, aunque me pareció algo más semejante a un siseo—, Kaname reaccionará pronto y te dejará fuera, donde los humanos deben estar. Ya deberías saber que los humanos y los vampiros son muy diferentes por lo que no tienen que estar muy cerca unos de otros, excepto en el momento de la donación.
    Como pude, me solté de su agarre.
    —Yo no quiero estar aquí —le dije con más valentía de la que sentía—, si pudiera, me iría, pero, al parecer, ningún humano puede escapar de este lugar…
    Ruka parecía desconcertada.
    —¿Quieres irte?
    —Por supuesto —contesté, antes de correr hacia las escaleras.

    No sé qué horas eran con exactitud, pero sí sabía que era muy tarde cuando la puerta de mi habitación se abrió para dejar entrar a Kaname. Yo, no hice nada por fingir que estaba dormida, simplemente, con algo de recelo, me levanté hasta quedar sentada y observé su figura acercarse a mí. Durante la noche regresó a mi mente el terrible recuerdo del muro y, por supuesto, las consecuencias de éste hicieron su efecto en mí, otra vez. Con la mayor discreción que pude, traté de secarme con las sábanas, pero él se dio cuenta.
    Kaname se sentó a mi lado, con esfuerzo, resistí el impulso de hacerme más hacia la cabecera.
    —¿Qué ocurre?
    Se inclinó hacia mí y puso su mano sobre mi mejilla húmeda. Permití que lo hiciera durante un rato para que notara que lo estaba intentando pero lo cierto era que aun tenía miedo, aun pensaba que quería mi sangre, por lo que, después de unos segundo me hice un poco hacia atrás.
    Negué con la cabeza, dándole una respuesta a su pregunta, por supuesto, no se lo creyó.
    —Dímelo, Yuuki, tal vez pueda ayudarte —insistió.
    —No hay salida —dije, después de un rato, aunque casi podía adivinar que no podría ayudarme con eso.
    Lo que no preví fue la soledad, que volvió a marcarse en sus facciones. Sonrió, pero la alegría no llegó hasta sus ojos, los cuales continuaron apagados.
    —Lo siento, Yuuki, sería muy peligroso si te permito marcharte —dijo—. Yo no puedo ofrecerte la libertad total pero te puedo dar seguridad. Supongo que es muy pronto para que dejes de pensar en alejarte, pero me gustaría que comenzaras a pensar en este lugar como uno en el que puedes ser feliz.
    Lo miré a los ojos, unos que esperaban una respuesta, pero no podía dársela, no como el que quería. Así que me limité a girar la cabeza en otra dirección.
    Kaname tendió su mano en mi dirección.
    —Vamos, quiero mostrarte algo.
    Hasta ahora, Kaname se había portado bien conmigo y me había permitido salir de día, por lo que, merecía que yo tratara de cumplir con lo que me había pedido. Así que, no sin cierta inseguridad, tomé su mano.
    No necesitaba verlo sonreír para saber que ese gesto lo había alegrado; sus ojos se encargaron de decirlo todo por él.
    Bajamos despacio; escuché el murmullo de una conversación animada, en el salón, supuse que los otros vampiros estaban ahí. No sabía si podría enfrentarme a tantos esa noche, por lo que apreté la mano de Kaname con fuerza.
    —Tranquila, nosotros vamos al estudio —me dijo—, nadie nos molestará ahí.
    Caminamos por el vestíbulo hasta encontrar otro pasillo que parecía salir un poco más allá de las habitaciones del piso de abajo. Me sorprendí, al encontrarme con una habitación que emanaba una luz no tan nítida como la eléctrica, pero lo suficientemente clara para iluminar los sillones y el escritorio del estudio. Era una luz plateada que le daba a todo un toque maravilloso, hasta los libros, formados en los estantes, parecían disfrutar de los destello que provenían de la bóveda. Entonces, cuando por fin estuve en el centro de la habitación y giré mi mirada hacia arriba, me di cuenta.
    En lugar de que la bóveda estuviera hecha de cemento era de cristal; el cielo nocturno con todas sus estrellas y la luna, parecían sonreírme, desde arriba.
    Era maravilloso.
    —¿Te gusta?
    —Sí —respondí, mientras me dejaba caer en el sillón y apoyaba mi cabeza hacia atrás, para observar mejor el firmamento.
    —Esta es la única habitación que estará iluminada —informó—, puedes venir a la hora que quieras y tomar el libro que desees.
    —Gracias.
    De pronto, lo sentí estremecerse así que dirigí la mirada en su dirección. Sus ojos estaban cerrados. No sé qué me sucedió, pero tuve el impulso de estirar mi mano hacia él y lo hice.
    —¿Por qué no abres los ojos? —cuestioné, mientras mi mano se debatía en llegar hasta su rostro o no.
    —No quiero que te asustes.
    Pero lo hice, mi mano se hizo hacia atrás y no pude explicarme cómo era que él sabía lo que iba a hacer, porque su mano atrapó la mía y la colocó sobre su rostro.
    —No puedo cambiar lo que soy, Yuuki —dijo, como si lo lamentara—, pero puedo controlarlo… por ti.
    Entonces, sus párpados se levantaron y me mostraron unos ojos brillantes y rojos, sin embargo, tras unos segundos, volvieron a su profunda oscuridad.
    Lentamente, retiré mi mano y volví a levantar la cabeza, para centrarme en la noche y su hermosura que, durante tantos años, me había perdido.

    Al darme cuenta, a la mañana siguiente, que no recordaba cómo había llegado a mi habitación me di cuenta que me había quedado dormida en el estudio y que Kaname se encargó de llevarme hasta la cama.
    Sacudí mi cabeza, para no pensar más en ello y me dirigí a la ducha. Una vez que salí, escogí un vestido verde, con una sonrisa, se me ocurrió que podría gustarle a Liz. No esperé a encontrarme con nadie, bajé con rapidez las escaleras para llegar hasta la entrada. Pero, antes de girar la manija, alguien pronunció mi nombre.
    Para ser sincera, no me gustó ver a Ruka a unos pasos de mí. Por un momento pensé que volvería a tratar de intimidarme o insultarme, pero me sorprendió con sus palabras.
    —Puedo ayudarte.
    —¿Qué?
    Hizo, con fastidio, un además para indicarme que bajara la voz.
    —Puedo dejarte salir —ofreció—, puedo hacer que abran la reja para ti.
    Mi corazón se aceleró, emocionado y esperanzado.
    —¿Cómo puedo saber que me dices la verdad? —cuestioné, con cierta desconfianza.
    Ruka sonrió.
    —No puedes, pero tendrás que confiar si quieres escapar. Será tu única oportunidad —anunció, giró su cabeza a los lados, como si esperaba que alguien nos sorprendiera—. Nos veremos a las cinco, cerca del muro.
    ¿Cinco? Eso me dejaba sólo tres horas para llegar a la plaza central y encontrar un lugar donde refugiarme; era muy arriesgado, demasiado.
    —Pero…
    —Tómalo o déjalo.
    Sólo tarde unos segundos en tomar una decisión.
    —De acuerdo.

    Pasé casi todo el día en casa de Liz y Cam, descubrí muchas cosas de ellas; como que sus nombres completos eran Camila y Elizabeth y, también que las dos parecían estar profundamente enamoradas. Liz decía que estaba comprometida con otro donante que vivía un poco lejos de ahí, mientras que Cam no se atrevía a mencionarle sus sentimientos al chico en cuestión.
    —Eres una cobarde —le repetía Liz una y otra vez.
    —No es tan sencillo —se justificaba la otra en cada ocasión—, él es un despistado que sólo se concentra en los libros.
    A pesar de que las escuchaba con atención y me divertían sus discusiones, no podía evitar estar nerviosa y observar, constantemente, el reloj que tenían en la sala, colgado en la pared. Esperaba que no notaran mi estado y comenzaran a hacer preguntas.
    Por fin, llegó la hora de irme; si se percataron que casi salté del sillón y me dirigía con una pobre escusa balbucida con nerviosismo no lo mencionaron.
    Nuevamente, estuve ante el cancel que me separaba de la posibilidad de encontrarlo. Me pregunte, por décima vez en el día, si alcanzaría a encontrar un lugar para esconderme. Pero mis temores fueron interrumpidos por la llegada de Ruka, llevaba una sombrilla y tenía el rostro fruncido en una mueca de disgusto, como si la luz fuera algo tan desagradable que no soportara mucho estar ahí. O quizás ese gesto era por mí. Venía acompañada de otro vampiro, quien jamás emitió palabra alguna, simplemente se limitó a asentir a todo lo que ella le decía.
    Con sus manos enguantadas, sacó una gran llave, la introdujo en la cerradura y la giró en varias ocasiones. Muy pronto, escuché el sonido de varias cerraduras abrirse. El vampiro abrió las dos hojas de la reja.
    Sin embargo, antes de que diera un paso, Ruka se inclinó hacia mí, pasó rápidamente su mano por mis cabellos, al principio no entendí su comportamiento, hasta que vi mi listón verde aferrado entre sus dedos.
    —Ya no lo vas a necesitar —dijo, sonriendo de una forma extraña—. Buena suerte, humana.
    Me quedaban sólo tres horas.
    Le di las gracias y corrí lo más rápido que pude, pensando que no había tiempo para perder.

    Tuve que tomar descansos, pocos minutos en los que me detenía, observaba el cielo y el tramo que me quedaba por llegar a la plaza. Mi respiración ya estaba demasiado agitada y, para ser sincera, comenzaba a pensar que no lo lograría. Aún así, continué corriendo.
    Liz y Cam me había explicado que vivíamos en un lugar que pertenecía a los miembros más altos de la sociedad vampírica, quienes no querían mezclarse ni con su propia estirpe, por lo menos no con los que no pertenecieran a las clases más bajas. Los humanos que teníamos el “privilegio” de estar en ese lugar se lo debíamos al aroma de nuestra sangre. Según la explicación de Liz, tanto donantes A como B, cuya sangre fuera muy atractiva para los vampiros, eran seleccionados y apartados para llevarlos a aquella zona de la ciudad.
    En cierta forma, ahora entendía porque los vampiros que me habían aceptado como tributo estaban tan ansiosos por dejar que mi sangre fuera percibida por todos los vampiros presentes en mi subasta. Sin embargo, me siguió pareciendo repugnante y detestable.
    Por fin, distinguí la tarima, pero no conseguí tranquilizarme, ya que eso sólo significaba que todavía me faltaba mucho para entrar a la zona de los humanos. Cerca de la plaza, sólo vivían familias de vampiros. Y el sol, como si estuviera en mi contra, ya se estaba ocultando.
    Corrí con mayor desesperación, ignorando el ardor que sentía en el pecho y la debilidad de mis piernas, que me rogaban por otro momento de descanso. Pero sabía que, una vez que me detuviera, ya no tendría oportunidad.
    Recorrí demasiadas calles, tratando que mi memoria pudiera ayudarme, pero fueron mis ojos los que lo hicieron; noté un cambio. Había una separación en las calles y después una transformación sorprendente en la forma y tamaño de las casas.
    Me dirigí a la primera que vi y estuve a muy poco de tocar la puerta, cuando escuché la alarma. Desesperada, golpeé la madera y grité a las personas que estuvieran adentro que me abrieran. Sin embargo, ninguna lo hizo.
    Continué con las casas contiguas, con el mismo éxito. La noche parecía consumirme así como el terror. Y, aunque me horrorizó la frialdad con que mis congéneres ignoraban mis gritos, los comprendí. Todos, sin excepción, habíamos sido educados para que, después de la alarma, pasara lo que pasara, no abriéramos nuestras puertas.
    De pronto, cuando pensé en buscar en una casa abandonada o intentar entrar por una ventana, distinguí algo que se movía arriba de mí. Con pánico, observé como una figura, trepada a un techo, caía y se colocaba a unos pasos de distancia. Sus ojos parecían poseídos por un demonio rojo; mientras que su boca estaba abierta, mostrando sus colmillos.
    Sin embargo, lo más aterrador, era que traía mi listón verde en la mano, como si fuera un trofeo. Antes de que pudiera pensar en una forma de escapar, otros dos aparecieron a mis costados, tan hambrientos como el primero.
    En ese momento, supe que iba a morir.
     
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  8.  
    Arleet

    Arleet Fanático

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    Omg! ¿Cómo es posible que Ruka le haya hecho algo así? ¡La odio! Juro que nunca la voy a perdonar é.é

    Sobre la trama... ¡me encanto! Me imagine todo lo que relatas como si eso me pasará a mi, como si éso pasara en todos los pueblos y ciudades aunque yo no me resistiría xD . Me gusta tu forma de narran, es como si todo fuera una película. Pero ten cuidado, hay ciertas palabras que te comes o que están demás. Lo pude notar en los tres capítulos que subiste hasta ahora.

    También pudo notar un verbo, no tengo idea donde en éste momento, pero le falta el acento.

    Adoro como tomas a todos los personajes y les cambiaste la historia. La hiciste tan original.

    Por favor, avísame cuando subas el siguiente capítulo. Estaré ansiosa ante la espera.


    Atte Kyoko Cullen
     
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  9.  
    Kohome

    Kohome Fanático Comentarista destacado

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    O.O... esta historia cada vez se pone mejor, no puedo esperar para saber que es lo que va a pasar con la pobre de Yuuki, ¿quién será el que llegue para salvarla? o lo que es peor ¡llegará alguien?

    Que repugnante la actitud de Ruka, realmente mala, >:/ juro que en mí tiene la peor enemiga que pueda haber conseguido. No mentira, realmente ella me cae bien, bueno no en este fic, pues esta de mala, pero si en el anime, te recomiendo que no la pongas mucho de la mala, pues podría ser Bashin.

    Sin más me retiro, espero que Yuuki le tenga mayor confianza a Kaname en un futuro, si que es terca -.-'

    Sayito.
     
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  10.  
    KuranYuuki

    KuranYuuki Entusiasta

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    Esta fanfic se pone cada ves mejor *-*
    La trama de tu fic es muy buena
    Espero que Yuuki le tenga confianza a Kaname al fin, ¿y que pasó con Zero? A ver cuando aparece y el
    Si no me equivoco el listón verde se lo dio Ruka a esos nivel E para oler el oler de Yuuki y estar segura de que no sobrevivirá.
    Me pregunto quien la salvara o que pasara.

    Espero con ansias el siguiente capitulo, espero que no demores.
     
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  11.  
    Shennya

    Shennya Entusiasta

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    25 Septiembre 2011
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    La Donante
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    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Fantasía
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    6
     
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    IV
    El tatuaje en la muñeca
    Es curioso como el instinto de supervivencia es mucho más fuerte que el razonamiento lógico; esa noche, a pesar de que sabía que no tenía ninguna posibilidad contra tres vampiros nivel E, algo en mis piernas las hizo huir. Por supuesto, conozco los límites humanos y, también, las cualidades de los vampiros. Soy consciente que los vampiros tienen el doble o triple de fuerza y velocidad que un hombre en excelentes condiciones y que, si un mortal se encuentra rodeado por tres de ellos no tiene oportunidad.
    Lo curioso es que aun así lo intenté.
    Corrí, experimentando la terrible sensación de mi corazón, golpeando fuertemente en mi pecho, como si quisiera salirse de él. El pulso había provocado que mi sangre golpeara en mis oídos y aumentara mi tensión; mientras, detrás de mí, tres gruñidos de furia se elevaban hasta alcanzarme. Mis ojos trataron de encontrar, una rendija, una luz prendida o una ventana abierta para poder escaparme, para tener esperanza de sobrevivir. Pero no encontraron nada y, lo peor de todo, es que no me sorprendía. Ahora que los humanos habían escuchado el alboroto afuera sabrían o por lo menos imaginaban lo que sucedía. Y ellos no se arriesgarían a abrir la puerta por proteger a uno de los suyos.
    El miedo nos ha transformado y ha sacado lo peor de nosotros.
    ¿En qué nos hemos convertido?
    De pronto, como si quisiera darme a entender mi inferioridad, otro vampiro saltó y aterrizó frente a mí, traté de cambiar de dirección pero sentí, repentinamente, que uno de mis brazos era aprisionado por una mano helada y tiraba de mí hacia atrás.
    Caí de espaldas, con la respiración entrecortada y la vista nublada, al parecer me había golpeado con demasiada fuerza en la nuca y ahora no podía enfocar bien a mis agresores. Arrastrándome, gritando por ayuda, retrocedí, tratando de poner distancia, pero era inútil y ellos lo sabían. Entonces, uno de ellos, el que traía aferrado mi listón verde, se inclinó con salvajismo hacia mi rostro, como si quisiera destrozármelo con sus colmillos.
    Cerré los ojos, pero, al no sentir el intenso dolor y escuchar una especie de golpe terrible no pude evitar abrirlos de nuevo. Una mano le había atravesado la garganta al vampiro que estaba a muy poco de matarme. Levanté la vista y lo vi: Kaname tenía una expresión en el rostro que sólo una vez había visto, estaba furioso. Con brusquedad retiró su mano y el vampiro cayó sobre el suelo, sin vida. Kaname se giró a los otros dos pero, en esta ocasión no hizo ningún movimiento (no uno que yo pudiera ver, por lo menos); una ráfaga de viento furioso rodeó a los vampiros y éstos se deshicieron en una nube de polvo, como si hubiesen estallado.
    Entonces él se volvió hacia mí; pude observar como la furia se apagó de sus ojos cuando se encontraron con los míos. Se inclinó y extendió un brazo hacia mí.
    —Ven, Yuuki.
    Había algo más escondido detrás de sus palabras, era como si me pidiera la rendición; como si esperara que dejara de tratar de huir.
    Acepté su mano, un poco aturdida, todavía. Él me levantó con una facilidad sorprendente y me llevó hasta la seguridad de sus brazos. Enterré la cabeza en su pecho y comencé a llorar, demasiado afectada aún para poder contenerme. Kaname acarició lentamente mi cabello y yo permití que lo hiciera así como le permití que me llevara todo el camino de regreso en sus brazos.
    —Pensé que te perdería.
    No presté mucha atención a aquellas palabras ni al tono en que las dijo, pues aun no podía olvidar lo cerca que estuve de morir. Y, por primera vez se me ocurrió que, tal vez, nunca podría ser libre.
    Me pareció reconocer al vampiro que me había abierto la reja cuando regresamos al centro de la ciudad, todavía estaba ahí, de pie, listo para cerrar la única forma de salir de ahí, en el momento que los dos estuviéramos adentro.
    —¿Por qué le abriste?
    No culpaba al vampiro por estremecerse, ya que las palabras de Kaname sonaron contenidas, como si tratara de controlar su ira.
    —La señorita Ruka me informó que usted deseaba deshacerse de ella, hasta me hizo enviar a los rastreadores por la humana.
    Por un momento, Kaname no dijo nada, pero pude sentir la tensión que invadió su cuerpo cuando el vampiro le dio aquella información. Incluso yo, me estremecí un poco, al saberlo. No podía creer que hubiera confiado en ella, después de todo era una vampiresa, una que me odió desde el primer momento que llegué a la mansión.
    —De ahora en adelante no puedes dejar salir a nadie sin mi autorización.
    El vampiro ni siquiera se atrevió a contestar, se limitó a asentir con la cabeza, en señal de obediencia.
    Noté la atención que nos prestaban los vampiros en la mansión cuando Ichijou abrió la puerta, por supuesto, parecían más sorprendidos de que sobreviviera que preocupados por mí. Sólo Ichijou se mostró consternado por mí, cuando se inclinó a preguntarme cómo estaba y yo sólo pude balbucir un débil “Bien”. Pero, de todas las expresiones que vi, la más sorprendente fue la de Ruka; tenía una extraña mezcla de asombro, frustración y enojo.
    Kaname, dejándome en el suelo con suavidad, se dirigió directamente a ella.
    —Quiero que dejes la mansión, esta misma noche.
    Ella se quedó petrificada, observándolo con un dolor indescriptible. Como en un retrato, todo se detuvo; los vampiros a nuestro alrededor observaban todo, con una expresión confundida en sus rostros. Todos habían guardado silencio, de modo que sólo se escuchaba mi respiración, todavía agitada por lo que sucedió.
    —Pero…
    Vi sus ojos brillar por las lágrimas y me sentí terrible por ella. Después de todo, la intrusa en esa casa sólo era yo.
    —Por favor, Ruka.
    Kaname no dijo más, se giró hacia mí y me tomó de la mano; dejé que me guiara por las escaleras hasta mi habitación. Sin embargo a mis oídos no se les escapó el sollozo y el murmullo dolido que le siguió:— Pero sólo es una simple humana…
    Tras abrir la puerta, Kaname me levantó y me sentó en la cama. Sus ojos me escudriñaron en busca de algún rasguño o golpe y, al cerciorarse de que me encontraba bien, sus hombros se relajaron.
    Se arrodilló frente a mí, una de sus manos tocó mi mejilla y, por primera vez, no me estremecí de temor. Su cabeza se inclinó más cerca de mí. Y pude ver sus ojos oscuros y las sombras debajo de ellos; jamás había visto a ningún vampiro así, como si estuviera terriblemente agotado. Entonces, él soltó unas palabras que lo hicieron verse aun más exhausto que nunca.
    —¿Tan repulsivo me encuentras que arriesgas tu propia vida con tal de alejarte de mí?
    Me sentí horrible, como si yo fuera la causante de toda soledad que alcanzaba a ver en la mirada que aquel vampiro que tenía frente a mí. Su pregunta me tomó tan desprevenida y me impactó tanto que no pude proferir nada en respuesta.
    Kaname debió tomarlo como una afirmación porque su mirada se apagó y se levantó, para dirigirse a la puerta.
    —Sólo quiero protegerte.
    Con lágrimas en los ojos me levanté de la cama y me dirigí hacia él. Después, hice algo que me sorprendió y creo que a él también; lo abracé y enterré mi cara en su pecho. Una parte de mí comenzaba a creer en sus palabras y a confiar en él; las imágenes de las tres ocasiones en que había salvado mi vida regresaron a mi memoria y me golpearon con fuerza.
    —Extraño mi antigua vida —comencé a explicar entre sollozos— y todavía no puedo acostumbrarme a vivir tras una reja… pero no es… no es por ti.
    Me pareció sentir que se inclinaba y lo solté para aferrarme a su cuello; uno de sus brazos se agarró a mi cintura, mientras que su otra mano subió hasta mi cabello.
    —Gracias por salvarme.
    Él limpió las lágrimas que caían por mis mejillas; su mirada parecía haber recuperado su brillo.
    —¿Ahora entiendes por qué no puedo dejarte ir?
    Asentí, incapaz de decir algo.
    —Dame una oportunidad, Yuuki —pidió él, con su frente apoyada en la mía—, permíteme demostrarte que puedes ser feliz aquí, conmigo.
    Cerré los ojos y esperé que la falta de noticias de Zero significara que se había olvidado de mí y no que se encontraba herido o… sin vida, en algún otro lugar. Los abrí, encontrándome con la mirada oscura del vampiro, expectante, esperando cualquier aceptación de mi parte. Y, mientras la idea de que nadie vendría a rescatarme, de que yo jamás podría cruzar o salir de ahí con vida, se hacía más nítida en mi mente, tomé una decisión.
    —Está bien —solté, mucho más convencida que antes.
    Por un momento, en el que me pareció que mi corazón dejaba de latir, me pareció que Kaname se inclinaba hacia mí para besarme y me deshice de su abrazo, retrocediendo tres pasos. Por supuesto, me convencí que no había sido más que mi imaginación, porque no lo volvió a intentar.
    —Descansa, Yuuki —dijo, sonriendo, antes de salir de la habitación.

    Mi cansancio no me permitió cambiarme en la noche, por lo que, en la mañana, desperté con el mismo vestido. Me di una rápida ducha y escogí otro entre los muchos vestidos que había en el armario; tenía tantas ganas de ver a Cam y a Liz que no me molesté en averiguar si todavía conservaba el permiso de Kaname para salir, y bajé las escaleras rápidamente.
    El movimiento que escuché a mi lado me alertó, pensé que se trataría de Ruka nuevamente, pero comprobé que se la sombra pertenecía a Ichijou.
    —Regresa antes del toque de queda, Yuuki —me recordó, antes de que el seguro de la puerta emitiera un chasquido y una de las hojas se abriera, dejando entrar la radiante luz diurna. Noté que Ichijou hacía una mueca y se quitaba del camino de la luz, refugiándose en las sombras.
    —Lo haré —dije, un poco extrañada por su advertencia, después de todo, había aprendido muy bien la lección la noche anterior.
    Estaba a punto de girarme, pero él hizo un movimiento, acercándose a mí.
    —Jamás lo había visto tan asustado, de hecho, jamás lo había visto asustado.
    Sabía que estaba hablando de Kaname, pero no tenía idea de porqué me estaba diciendo todo aquello a mí. Mi confusión debió ser evidente por la expresión de mi rostro, porque el continuó hablando.
    —Kaname tenía miedo de perderte.
    Mi lengua se secó, mi mirada quedó fija en sus ojos verdes, pero no pude decir nada, era como si sus palabras hubiesen pegado mis labios.
    —Siempre ha estado solo, nunca ha permitido que nadie se acerque lo suficiente a él. Espero que tú puedas cambiar eso.
    —Lo dices como si él… —no pude terminar; negué con la cabeza y desvié la mirada— tengo que irme.
    Sólo cuando logré respirar el aire de afuera me sentí más tranquila y logré ignorar todas las ideas que habían surgido en mi mente después de la conversación con Ichijou, tal vez después tendría tiempo de analizarlo.
    Ya que todavía conservaba el dinero que me había dado Kaname, compré algo de fruta para llevarles a Cam y a Liz, en la ocasión anterior ellas me habían dado de comer, así que consideré esa como una forma de pagarles por ello.
    Al llegar a su casa las dos se mostraron muy entusiasmadas de volver a verme. Me sentaron en la sala y, a pesar de que aseguraron varias veces que no era necesario que yo les trajera nada, se mostraron bastante agradecidas por la fruta. Tengo que admitir que su compañía logró entusiasmarme a tal grado que reí varias veces junto con ellas. Y, ya que estaba demasiado ansiosa por liberar parte de las preocupaciones que tenía, decidí contarles lo que había ocurrido la noche anterior.
    —Pudiste haber muerto —me reprendió Cam, con algo de severidad. No me sorprendió que su amiga le diera un codazo en las costillas.
    —Lo sé —dije—, ahora sé que es imposible escapar de aquí.
    —Pero tuviste suerte —observó Liz, con sus hermosos ojos abiertos con algo de sorpresa—, es increíble que tu vampiro te haya rescatado.
    Cam la observó un momento y asintió.
    —El nuestro se hubiera limitado a observar cómo nos descuartizaban, pensando que era el mejor castigo por haber intentado huir de él —soltó ella, estremeciéndose un poco.
    Liz le lanzó una mirada compasiva y le tocó el hombro.
    —Kuran te trata diferente —comentó la rubia, dándome una escrutadora mirada—, es demasiado… amable contigo.
    Me encogí de hombros, deseando cambiar de tema.
    —Si no fuera vampiro yo podría jurar…
    Cam se interrumpió al ver mi estremecimiento. Comencé a sentir mi brazo caliente, era una sensación que había experimentado antes, algunas semanas atrás, ahora parecía como un recuerdo borroso… Debajo de mi manga, algo brillaba, un poco asustada, descubrí mi muñeca y observé el tatuaje destellar, no tan intensamente como cuando conocí a Zero o como las veces que estábamos juntos, sino que esto era algo más débil, además, palpitaba suavemente como si quisiera decirme algo. No me di cuenta que las dos jóvenes estaban a mi lado, hasta que el tatuaje dejó de brillar y levanté mi cabeza.
    —¿Qué demonios fue eso? —escuché que preguntaban, al unísono.
    Con un suspiro, no tuve más remedio que contarles como había descubierto que mi tatuaje reaccionaba de esa manera.
    —¿Quieres decir que ese chico tenía uno igual al tuyo? —preguntó Liz, observándome con atención.
    —Sí, sólo que él lo tenía en el cuello.
    —¿Y brilló cuando se conocieron?
    —Sí.
    —Nunca había escuchado nada parecido —comentó Cam, parpadeando— ¿Él sabía lo que significaba?
    —Sí, pero nunca me lo dijo.
    —¿Entonces no sabes lo que te pasa? —cuestionó Liz, asustándome un poco. Lo hacía sonar como una enfermedad mortal; observé mi muñeca, que había dejado de emitir ese brillo y esperé que no significara nada malo. Ella se levantó con brusquedad del sillón y le dirigió una intensa mirada a su amiga— Tal vez Mark sepa.
    Cam se ruborizó un poco y una radiante sonrisa se dibujó en sus labios. Me tomó del brazo y me obligó a levantarme.
    —No te preocupes, podemos confiar en él —aseguró Liz—, tanto Mark como John son las mejores personas hay por aquí. Tal vez alguno de ellos conozca algo sobre tu tatuaje.

    Resultó que Mark y John eran donante B, según me explicaron mis amigas, y vivían bastante cerca de su casa. Cosa bastante conveniente ya que Liz era la novia de John y así podían verse bastante seguido. Y, por lo que me susurró Liz al oído, también era maravilloso para Cam puesto que estaba enamorada del hermano menor de John, Mark.
    Llegamos a una casa pequeña, con el pórtico formando un arco sobre la puerta de madera oscura. Con singular alegría, Liz tocó a la puerta. No tuvimos que esperar mucho, ya que nos abrió, pocos segundos después, un joven alto, con el cabello bastante rubio y los ojos azules, medio ocultos tras unas gafas. Todo el estaba vestido de negro, no había ningún detalle en sus prendas que mostrara otro color. Sus botas, con hebillas metálicas, eran de trabajo, como si estuvieran diseñadas para suelo muy difícil de transitar. Alrededor de su cuello, traía un collar con picos, el que supuse, ocultaba una o varias cicatrices de los días de donación. Sonrió y nos permitió pasar hasta la sala. La presentación rápida que hizo Liz me hubiera ayudado a averiguar quién era sino fuera porque la mirada que intercambió con Cam, antes de invitarnos a pasar, me hizo saber que se trataba de Mark.
    Liz abrió los labios, pero él pareció adivinar su intención porque la interrumpió:— Mi hermano salió a comprar comida, no tardará en regresar.
    —No era eso lo que iba a decir —dijo ella y aunque no la conocía tan bien, me pareció que mentía. Se rió—. Queríamos preguntarte algo sobre nuestra amiga, Yuuki.
    Mark arqueó las cejas y dirigió su vista hacia mí, como si quisiera averiguar qué secreto escondía y si era algo que valiera la pena averiguar.
    Entonces, me di cuenta de los estantes, había como tres de ellos, grandes, y repletos de libros.
    —¿Qué ocurre?
    Sin pedir mi permiso, Liz descubrió mi tatuaje. Los ojos de Mark se abrieron, fascinados, sus dedos tocaron el dibujo como si con eso pudiera averiguar de qué trataba.
    —¿Sabes qué es? —cuestionó Cam.
    Mark la observó unos momentos y negó con la cabeza.
    Yo suspiré, algo decepcionada.
    —No… aunque… esperen un minuto.
    El joven se dirigió a los estantes y sus ojos comenzaron a buscar ávidamente, de vez en cuando sacaba algún libro, lo hojeaba y después resoplaba con frustración. Lo curioso fue que, a pesar de que las tres nos encontrábamos ahí, él parecía habernos ignorado por completo, como si, de pronto, hubiésemos desaparecido.
    Cam puso los ojos en blanco y suspiró, sin embargo, me pareció que le agradaba tener la oportunidad de poder observarlo sin ser descubierta, por lo menos, no por él.
    De pronto, sonó la puerta de la entrada abrirse y cerrarse y pronto, se unió a nosotros un joven bastante parecido a Mark; eran de la misma estatura y sus rasgos se asemejaban mucho, pero diferían en algunos detalles. John, por ejemplo, tenía el cabello rubio pero un poco más oscuro que el de su hermano y era más musculoso que él, además, la vestimenta de John, aunque se componía de colores oscuros, ninguno era negro.
    Liz lo recibió con un beso en la boca, lo cual hizo a Cam negar con la cabeza y poner los ojos en blanco, nuevamente. John se sentó junto a Liz, en el sillón que estaba frente al que Cam y yo habían tomando como asiento.
    Él extendió una mano hacia mí y me la estrechó con amabilidad, después de que Liz hiciera las presentaciones.
    —No te había visto —comentó—, ¿cuánto llevas aquí?
    —Un par de días.
    Frunció ligeramente el ceño, girando la cabeza hacia su hermano, quien seguía escudriñando los libros y murmurando palabras para sí.
    —¿Qué hace ahora?
    —Busca algo para nosotras —respondió Cam—, sobre el tatuaje de Yuuki.
    —¿Tatuaje? —John arqueó las cejas, interesado.
    Rápidamente Liz le explicó, sintetizándolo bastante bien, la historia de mi tatuaje.
    —¿No recuerdas cuando te lo pusieron? —cuestionó él.
    —Lo tengo desde muy pequeña —respondí—, mi madre también tenía uno pero jamás hablaba mucho sobre ello.
    De pronto, una exclamación nos hizo girar a todos la cabeza, Mark traía un libro de pasta café y lo levantaba como si fuera un trofeo. Sin hacer el menor caso a nuestras expresiones de desconcierto, se acercó a nosotros y lo abrió. Me acerqué un poco a él, con cierta curiosidad y vi en las páginas que pasaba con rapidez, muchos dibujos parecidos al mío.
    —Sólo cierta clase de humanos solían hacerse estos símbolos, los cazadores —dijo, levantando la cabeza, captando la atención de todo. De pronto, su mirada cayó en mí—. Yuuki, si lo que dice aquí es cierto, entonces tu tatuaje es el símbolo del linaje al que perteneces: eres una cazadora de vampiros.
     
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  12.  
    Kohome

    Kohome Fanático Comentarista destacado

    Libra
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    Wow, wow, wow, con calma ¿cómo que cazadora?, eso me dejó torpe, literalmente.

    Vaya!, si que tiene muy buena trama tu historia eh,aunque no me avisaste sobre la conti.

    Ejem, dejando a un lado eso, me ecantó de verdad, no se de donde, pero la imaginación que posees es impactante, ni a palo se me hubiese ocurrido una historia así.

    Oye, retomando, no creo que Yuuki sea casadora, es ridículo, digo, ni pudo con tres nivel E, ¿cómo podría con más?, nee, demasiado.

    Etto, espero que ese Mark se este equivocando respeto a eso, porque, bueno, ¡Yuuki es una vampira pura sangre!, o no se si en tu fic jeje.

    Avísame cuando tengas conti (enserio), la leere gustosa.
     
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  13.  
    KuranYuuki

    KuranYuuki Entusiasta

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    Me dejaste paralizada como que, ¿cazadora?, no me lo esperaba
    Kaname salvo a una cazadora y esta interesada claro en ella, me pregunto ¿si Kaname lo sabe o los se la mansión lo saben?, aunque no creo que lo sepan.
    ¿Y que paso con Ruka, se fue de la mansión?
    Me dejaste con mucha intriga además de que cada vez se pone más interesante

    Amo tu fanfic o historia.

    Espero que no te tardes con el siguiente capitulo *-*
     
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  14.  
    Shennya

    Shennya Entusiasta

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    V
    La fiesta de gala
    Si bien las palabras de Mark fueron los suficientemente impactantes como para dejarnos impactados a todos durante unos minutos, todos coincidimos en estar incrédulos ante esa explicación de mi extraño tatuaje. Es cierto, Zero había mencionado, o por lo menos insinuado, que él vivía muy lejos y que pertenecía a una comunidad que se encontraba libre de la donación. Sin embargo, algo que me había inquietado a lo largo de mi vida, después de conocerlo, era que no podía explicarla la razón que tuvo para abandonar a su comunidad libre y llegar hasta aquí, a la ciudad gobernada por vampiros. Y, de pronto, tras la muerte de mi madre y la cercanía mi cumpleaños, todos esos deseos suprimidos en su interior, regresaron; quería volver a su hogar. Pero no quería irse solo, no estaba en su naturaleza abandonarme al cruel destino de los esclavos. Zero prometió llevarme, regresar, y, hasta ahora, no sabía nada de él. Tal vez pareciera poco creíble para alguien que me escuchara pronunciarlo pero, en verdad, no me interesaba el hecho de que yo no pudiera ser libre, me conformaría sólo con saber que él estaba vivo y era feliz.
    Sin embargo, no había ninguna manera de que yo pudiera averiguar eso. Quizás esa sería una preocupación que me acompañaría hasta el día de mi muerte.
    Discretamente, sequé las esquinas de mis ojos con la manga de mi vestido; di gracias a que todos estaban demasiado centrados en Mark y en su libro.
    —No todo lo que viene en un libro tiene que ser cierto, Mark —Cam fue la primera que reaccionó—. Todos conocemos las leyendas de los cazadores, son cosas que nos contaban nuestras madres antes de dormir, para darnos esperanza.
    Lo curioso, me di cuenta en ese momento, mientras los otros asentían vigorosamente, dándole la razón a ella; era que mi madre jamás hizo aquello. Sus historias sí eran de un mundo libre; ella decía o, mejor dicho, creía con firmeza que un día la opresión de los vampiros terminaría. Admito que me gustaban esas historias y, cuando era pequeña, las creía con la misma firmeza que mi madre las relataba, pero, conforme fui creciendo mi esperanza se fue marchitando hasta que quedó convertida en un recuerdo alegre sobre los días en que ella aún estaba a mi lado. Tal vez era una mujer diferente, pero lo cierto es que ella no siguió el patrón de las demás y jamás mencionó a los cazadores.
    —Debe ser una coincidencia que Yuuki tenga esa extraña figura en su piel —dijo Liz, apoyando completamente a su amiga—. La historia real nos dice que los cazadores fueron destruidos hace mucho tiempo.
    —¿Qué mejor prueba quieres que todavía estemos en este horrible lugar? —soltó Cam. Tal vez era mi imaginación pero me pareció ver un brillo acuoso en sus ojos—. Si todavía existen, ¿entonces por qué nos dejan aquí? ¿Por qué nos abandonan?
    En un principio, Mark parecía dispuesto a protestar a los argumentos de las dos jóvenes, pero el cambio en la actitud de Camila pareció desconcertarlo. Detrás de los cristales de sus lentes, pude ver, por primera vez, un destello de lo mucho que le importaba ella. Con cierta inseguridad, avanzó unos pasos y la abrazó. Cam aun se veía alterada, pero alcancé a ver que una leve sonrisa se asomaba en su rostro.
    —Yo no creo que hayan desaparecido del todo —dijo Mark, observándonos a los demás, ya que la cabeza de Cam ahora descansaba en su pecho—, creo que la última lucha, hace tanto tiempo, mermó tanto sus fuerzas que se vieron obligados a esconderse y correr el rumor de que habían muerto.
    Su hermano abrió la boca para contestar pero Mark, una vez que se separó gentilmente de Cam, hizo un gesto con la mano para callarlo.
    —Si lo que yo creo es cierto, entonces quedaron algunos y han estado haciéndose más fuertes y numerosos a lo largo de todo este tiempo. El hecho de que no hayan actuado todavía significa que no tienen la fuerza suficiente para enfrentarse a los vampiros —continuó Mark—; en estos momentos, ninguno de ellos se arriesgaría a perder a unos de sus miembros por venir aquí y liberarnos…
    —O, simplemente —lo interrumpió con brusquedad John, frunciendo el ceño—, decidieron que es mejor vivir a salvo y se olvidaron de nosotros.
    Mark dio un paso hacia su hermano, parecía que esa discusión no era la primera vez que se suscitaba entre ellos.
    —Los cazadores nacieron para protegernos; está en su código genético. Su propósito, para lo que nacen y son entrenados, es mantener a los vampiros alejados de los humanos.
    —Mark, ¿por qué no puedes aceptar que ya no existe ninguno? —resopló John, un poco más enojado que antes—. No les des esperanzas que después las destrozarán.
    Mark frunció el ceño; tal vez si se hubiera quitado los lentes, si se vería amenazante, con toda esa ropa negra cubriéndole. Se acercó a mí, lo que, por un instante, me hizo soltar un respingo de sorpresa; pero, simplemente, tomó mi brazo y descubrió mi muñeca, para mostrárnosla a todos.
    —Esto no es una coincidencia, no puede serlo.
    John parecía querer protestar de nuevo, pero Liz se acercó a él y lo abrazó.
    —Por favor, no es momento para discusiones. Sólo deja que tu hermano termine de hablar, ¿de acuerdo?
    No muy convencido, John terminó por acceder a la petición de Liz.
    —Sólo necesito una oportunidad —comenzó a decir Mark—; los libros que tengo aquí no tienen la información suficiente, pero estoy seguro que en la biblioteca podemos encontrar alguno.
    John volvió a resoplar, pero no hizo ningún comentario, fue Cam quien intervino.
    —Sabes que la biblioteca está prohibida para nosotros —le dijo—, sólo podríamos acceder a ella si algún vampiro nos lo permite y, para ser sincera, no creo que ustedes puedan conseguirlo. Ni siquiera Liz o yo podríamos y eso que somos donantes A; nuestro vampiro jamás nos lo permitiría.
    Los hombros de Mark cayeron, se veía tan derrotado, que sentí pena por él. Sin embargo, Liz soltó una exclamación que nos distrajo a todos por un momento. Ni siquiera me di cuenta cuando se había dirigido a mí, pero, cuando parpadeé ya me había tomado de los hombros.
    —Dijiste que tu vampiro te salvó la otra noche, ¿no es cierto?
    Asentí, confundida, pues no sabía a dónde quería llegar.
    Liz sonrió, el resto estaba tan desconcertado como yo.
    —De todos nosotros, tú pareces tener más probabilidades de conseguir ese permiso; Kaname parece tratarte mucho mejor de lo que cualquier vampiro trataría a un donante.
    Era cierto que Kaname se había portado muy bien conmigo y que, en los días que habían pasado, mi confianza en él había aumentado un poco. Sin embargo, todavía no podía creer que él pudiera controlar su naturaleza por mucho tiempo y que, tarde o temprano, terminaría bebiendo mi sangre. Y, lo cierto era que no deseaba pedirle un favor para quedar, todavía, con más deudas. Pero, al ver la expresión de triunfo Mark y la débil luz de esperanza que se formó en todos ellos, no pude evitar negarme.
    —De acuerdo, se lo pediré.
    —Gracias, Yuuki, tú sólo consíguenos la entrada y yo haré el resto —soltó Mark—, porque estoy seguro que ese libro estará en una sección prohibida, pero me encargaré de encontrarlo. Además, como dije antes, los cazadores no se arriesgarían a venir hasta aquí por nosotros, pero, si lo que pienso es cierto, ellos si se arriesgarían a venir por una cazadora. Y si lo hacen, el resto de nosotros podría huir con ellos. Podríamos ser libres, por fin.

    Me resultaba un poco inquietante que Mark y los demás (aunque no quisieran admitirlo) depositaran sus esperanzas en algo que podría resultar una simple leyenda. La idea de libertad era demasiado tentadora para cualquiera de nosotros y lograba seducir hasta los más renuentes, como John, sin embargo, si esos libros sólo demostraban que la teoría de Mark era un error, entonces todos caeríamos en una desilusión que podría deprimirnos durante varios días.
    El cielo todavía estaba de color naranja cuando llegué a la mansión, pero prefería llegar un poco temprano a arriesgarme a ser asesinada por uno o varios nivel E. En aquella ocasión, decidí, en lugar de permitir que alguien abriera, probar con la manija; mi éxito al abrirla quedó borrado cuando me di cuenta que, en lugar de encontrarme la casa vacía (ya que aún faltaba para el anochecer) descubrí que todos los vampiros que habitaban ahí se encontraban despiertos y en movimiento. Pero, a pesar de ser algo fuera de lo común, no fue eso lo que más me sorprendió, sino que todos parecían estar vestidos para una… fiesta.
    —Yuuki, me alegra que hayas regresado temprano.
    La voz de Ichijou me sobresaltó tanto que casi salté, sin embargo, él lucía igual de amable que siempre, aunque, algo preocupado, a decir verdad.
    —¿Por qué no subes a tu habitación mientras nosotros terminamos aquí? —cuestionó, esbozando una sonrisa— Me parece que tienes un regalo allá arriba.
    Parpadeé dos veces antes de asentir y hacer lo que me decía; para ser sincera, todavía pensaba haber escuchado mal, hasta que abrí mi puerta y descubrí el hermoso vestido extendido en mi cama.
    Era de un color rosa que me recordó al primer vestido que me puse al llegar a este lugar, sólo que éste era completamente diferente, tenía muchos detalles como encaje en el cuello y las mangas, además parecía más elegante que los otros que me había puesto y mucho más costoso. Entonces, creí entender el significado de aquel vestido y no me gustó para nada.
    —Espero que sea de tu agrado.
    Me sobresalté. Comenzaba a irritarme esa habilidad de los vampiros por emerger de las sombras en el momento menos adecuado. Me giré lentamente, para encontrarme con la figura de Kaname acercándose a mí.
    —Por supuesto, gracias.
    Otra vez noté ese terrible cansancio en su mirada, me pregunté a qué se debería. Tal vez ese sería un buen momento para pedir el permiso para entrar a la biblioteca pero el presentimiento que tenía era demasiado pesado en mis hombros como para concentrarme en otra cosa.
    —Yuuki, dentro de unas horas comenzará una especie de reunión; vendrán los vampiros más importantes de la sociedad —dijo, como alguien que dice que debe hacer algo desagradable—. Sé que no tengo derecho a pedirte esto pero, como podrás suponer por el vestido, quiero que, cuando sea la hora, bajes conmigo.
    No quería, definitivamente no quería enfrentarme a más vampiros que desconocía y que podrían hacerme daño. Kaname debió ver el rumbo de mis pensamientos escritos en mi rostro, porque se acercó a mí y, por primera vez, yo no tuve el instinto de retroceder. Él puso sus manos sobre mis hombros y se inclinó hacia mí.
    —Prometo que no dejaré que nadie te haga daño.
    Negué con la cabeza y me alejé. A pesar de que sabía que él me protegería, eso no lograba tranquilizarme.
    —¿Por qué tengo que estar ahí? —cuestioné— Estoy segura que ningún vampiro me querrá en la fiesta, después de todo soy sólo…
    —No importa lo que piensen los demás, Yuuki —me interrumpió—. Si ellos ven cuánto… si ellos te ven a mi lado comenzarán a respetarte y eso es lo que quiero.
    No entendía porqué Kaname deseaba que los vampiros me respetaran, además lo creía muy poco probable pero, por lo que vi en su mirada supe que no podría negarme. Y, tal vez, si accedía en aquel momento, podría tener más oportunidad a que él me concediera esa visita a la biblioteca.
    —De acuerdo.
    No sé porqué en ese momento, cuando vi en su rostro que deseaba decirme algo más, pensé que, su presencia siempre me provocaba esa sensación, como si en todo momento quisiera decirme mucho más de lo que salía de sus labios.
    Sin embargo, aquélla como muchas otras veces, prefirió marcharse.

    Estaba pasando, por última vez, el cepillo por mi cabello cuando el reloj dio las ocho de la noche, lo que, para mí, significaba dos cosas: Uno, que iniciaba el toque de queda para todos los humanos y, dos, que era hora de enfrentarme a los vampiros que asistirían a la fiesta. Para animarme, intenté sonreírle a mi reflejo, pero el cristal sólo mostró los restos de una joven asustada y cansada. Entonces, encontré algo más que no había buscado desde que llegué a este lugar; a mi madre. Noté que su esencia se quedó conmigo, pues mi rostro conservaba algo de ella. Y, como era de esperarse, el dolor de su despedida regresó. Cerré mis ojos y tuve que hacer un esfuerzo muy grande para reprimir mis lágrimas y recobrar la compostura antes de que tocaran a la puerta.
    —Quédate a mi lado —solté cuando comenzamos a bajar las escaleras. Ni siquiera yo podía creer que había dicho eso, pero estaba tan nerviosa que decidí analizarlo después.
    Algo cálido se encendió en los ojos de Kaname cuando esas palabras salieron de mi boca, me pareció que en su rostro se esbozaba la primera sonrisa completamente alegre que le había visto en todo el día.
    —Siempre.
    Me ofreció su mano y yo no sólo la acepté sino que entrelacé mis dedos con los de él y apreté con fuerza, como si no quisiera dejarlo ir y es que, los invitados que ya habían llegado, estaban todos congregados en el salón principal y habían levantado la vista para observarnos.
    Ante las presentaciones que Kaname hacía de mí, hubo distintos tipos de reacciones. Algunos vampiros preferían ignorar mi existencia y dirigirse exclusivamente a mi acompañante, por lo menos hasta que él los obligaba a dirigirme la palabra. Después, no les quedaba mucho que decir y, con un gesto de repulsión y una pobre excusa se alejaban de nosotros. Comencé a pensar que mi presencia podría perjudicar a Kaname pero él no parecía muy afectado por los desaires de los vampiros, incluso se veía aliviado al verlos ir. Sin embargo, no todos los vampiros eran tan fáciles de tratar; el otro grupo prefirió tratarme como si fuera la linda mascota de Kaname que bien podrían probar alguna vez. Y, a pesar de que la mayoría tenía esa mirada en su rostro cuando me veía, sólo uno fue lo bastante valiente como para sugerirle a Kaname que si al final de la velada podría prestarme.
    No sé qué fue lo que me causó más temor, si la mirada lasciva del vampiro que deseaba beber mi sangre o la reacción de Kaname ante tal sugerencia. Por supuesto, para estar furioso, Kaname fue lo bastante discreto como para que el gruñido que emergió de su garganta sólo alcanzara a mis oídos y los del otro vampiro. Eso fue suficiente para que se alejara y, además, para que nadie a observarme de esa manera de nuevo; probablemente aquel vampiro se había encargado de hacerle la advertencia al resto de los invitados.
    Todos los vampiros presentes parecían mostrar un respeto casi reverencial por Kaname, por supuesto, se debía a que, como había mencionado Liz, él era un sangre pura. Sin embargo, cerca de las once, hizo su aparición una figura que recibió el mismo trato que Kaname. Era un vampiresa tan hermosa que no me extrañó que todos los ojos volaran hacia ella. Y, por lo que murmuró Kaname en mi oído, parecía tratarse de lo más alto en la realeza vampírica: era una princesa.
    —Shizuka —soltó Kaname, con aparente indiferencia.
    Ella sonrió, pero su gesto estaba cargado de tantas cosas y ninguna de ellas cercana a la alegría. Todo su cabello blanco se agitó cuando su cabeza se inclinó en mi dirección. Después volvió su mirada hacia Kaname.
    —Desde pequeño me pareciste alguien que no estaba hecho para la compañía —comentó—, había cierta nube de tristeza que te rodeaba todo el tiempo. Y, ahora… Espero que no te haya equivocado al tomar esta decisión. Sigue mi consejo, Kaname, las cosas preciadas se deben guardar, no presumirse porque corres el riesgo de que te las quiten. La sociedad parece preferir que, vampiros como nosotros, estemos solos por siempre.
    Quizás, si su tono hubiera sido diferente, me hubiera pasado por la cabeza que Shizuka estaba amenazando a Kaname, sin embargo, parecía más una advertencia. Una que, al parecer, había lastimado a la propia Shizuka; mientras hablaba me pareció que un recuerdo se asomaba en sus ojos, como si ella misma hubiese perdido algo.
    —Parece infeliz —se escapó de mis labios, mientras la veía alejarse.
    —Eso es lo que pasa cuando amas demasiado.
    —¿Ella está…?
    —Estuvo. Una vez, hace mucho tiempo.
    —¿Qué pasó?
    Kaname me miró a los ojos y sentí que su mano se cerraba con mayor fuerza en torno a la mía.
    —Lo perdió.
    A pesar de que consideraba a Shizuka como uno de los vampiros más intimidantes de aquel lugar, sentí compasión por ella. No podía imaginar cómo un amor podría afectarte de aquella manera y es que, ahora que la observaba moverse entre los invitados esbozando débiles sonrisas de cortesía, noté que parecía como una sombra, como si toda su luz se hubiese ido.
    Durante la noche, había acumulado tanta tensión que agradecí cuando nos acercamos al salón de baile; la música comenzó a relajarme, por lo menos un poco. Entonces, Kaname me invitó a bailar y yo sólo dudé unos segundos antes de aceptar. Me pareció que aquello podría hacerme olvidar todas las miradas que me habían lanzado los vampiros durante la fiesta. Además eso me sirvió para retroceder un poco en el tiempo.
    Toda niña que nace como esclava, es consciente que jamás podrá asistir a una fiesta; mi generación, por ejemplo, o parte de ella, creció sin aprender a bailar. Yo fui una de las pocas excepciones ya que mi madre pensaba que, no porque los vampiros nos obligaran a pasar sufrimiento durante toda nuestra vida, no tenían porqué quitarnos los momentos divertidos. Así que yo bailaba con ella y, unos años después, con Zero, puesto que mi madre nos obligaba a ensayar juntos. Aunque, ninguno de los dos lo vio como algo desagradable.
    Así que me sorprendí mucho cuando descubrí que bailaba bien ya al momento de estar en el salón de baile con los tacones y la música. De pequeña, uno de mis sueños era el de asistir a un baile, aunque jamás pensé que aquello se volvería realidad.
    Entonces, las memorias agradables explotaron en mi cabeza; todos aquellos momentos en que pisaba a mi madre y nos reíamos juntas por mi torpeza, o las veces que, no sabía cómo, había tirado a Zero al suelo.
    Cuando me di cuenta, descubrí que llevaba todo el tiempo sonriendo, mi corazón estaba alegre, siguiendo con su latir el ritmo de mis pasos y el de la música. La mano de Kaname sobre mi cintura no parecía amenazante, como antes habría imaginado, sino que la sentía cálida y reconfortante.
    Kaname respondía a mi sonrisa; noté que esa aura solitaria que había tenido desde que nos conocimos desaparecía, sólo en ese momento, en el que bailamos en la pista.
    De pronto, nos detuvimos con brusquedad porque Ichijou se acercó hacia nosotros, por la expresión en su rostro podía notar que estaba bastante preocupado.
    —Él llegó.
    Toda expresión cercana a la alegría desapareció del rostro de Kaname para ser reemplazadas por la tensión. La mano que me sostenía con firmeza se aflojó y me acercó al otro vampiro.
    —Llévatela a la terraza y que te acompañen los demás.
    —Kaname…
    Olvidé lo que iba a decirle cuando se inclinó y tomó mi rostro entre sus manos para depositarme un beso en la frente.
    —No te preocupes, Yuuki, pronto estaré contigo.
    —¿Qué pasa? —le pregunté a Ichijou después de que llegamos a la terraza y me cubrió con su saco. El resto de los vampiros que vivían en la mansión se encontraban ahí también, formando un extraño círculo a mi alrededor.
    —Rido Kuran acaba de llegar.
    De pronto, me percaté de que estábamos muy cerca del jardín y que me encontraba muy expuesta, ya que el aire frío de la noche sacudía mi cabello. Nerviosa, giré mi cabeza hacia ambos lados, preguntándome si algún nivel E no se acercaría a atacarme en cualquier momento.
    —Tranquila, Yuuki, ellos no se acercan a las propiedades.
    No debí parecer muy convencida porque otro vampiro, uno de cabello rubio y ojos azules que reconocí como Aidou, me sonrió y acercó un poco a mí.
    —Mira esto, te hará sentir mejor.
    Extendió su mano y, en segundos, se formó una rosa de hielo en su palma. Me la dio y, por un momento temí que la calidez de mis dedos la derritieran pero parecía inmune a ello.
    —Gracias.
    No pasó mucho tiempo para que los vampiros a mi alrededor se tensaran y la puerta de cristal que conducía a la terraza se volviera a abrir.
    —Me alegra ver a todos tus amigos reunidos aquí, Kaname —soltó una voz que no ocultó su sarcasmo, no sabía porqué pero esa voz me sonaba un tanto siniestra.
    Los vampiros que me rodeaban se hicieron a un lado para dejarme ver a un vampiro alto, con el cabello oscuro y unos ojos extraños: eran de dos colores distintos, el de la derecha era azul, mientras que el de la izquierda era de un rojo oscuro.
    —No entiendo porqué tu ansiedad por ocultarme a tu donante, querido sobrino, aunque no entiendo qué hace aquí —soltó, observándome atentamente, de pronto, respiró profundamente y una sonrisa se dibujó en su rostro—, ¿quizás planeas darla como cena? Porque no me molestaría probar un poco…
    Una de sus manos se había extendido hacia mí y me hubiera agarrado por el cuello si Kaname no lo detiene. Su mirada era un odio tan profundo, que me pregunté porqué Rido no parecía intimidado, incluso soltó una carcajada.
    —Ella no es mi donante —soltó Kaname con firmeza—, es mi invitada.
    —Los humanos sólo sirven para una cosa, ésta no tiene porqué ser diferente.
    —Lo es y la considero mucho más importante que todos los que están aquí esta noche.
    La siniestra sonrisa de Rido no lo abandonó.
    —Es evidente que has dejado de alimentarte; ahora entiendo qué querías decir con que ella no es tu donante, sin embargo, no comprendo porqué la abstinencia, entiendo que en esta ciudad hay muchos donantes disponibles. Debes tener cuidado Kaname, sino te alimentas, te vuelves débil y vulnerable.
    —Vete.
    —De acuerdo —Rido retrocedió, como si aparentara estar intimidado—, de cualquier forma esto ya se volvió aburrido.
    Kaname siguió a Rido, mientras Ichijou me tomaba de la mano y me guiaba nuevamente al gran salón.
    Por supuesto, tenía cientos de preguntas acerca de todo lo que había sucedido, sin embargo, sólo una escapó de mis labios: —¿Es cierto que Kaname no ha tomado sangre en mucho tiempo?
    Me sorprendí al notar que, en lugar de sonar temerosa, sonaba preocupada.
    —Sí.
    —¿Por qué?
    Ichijou me condujo por las escaleras hasta llegar a mi habitación y cerró la puerta tras él; tiempo atrás esa acción me habría dado pánico, pero esta vez sólo sentí un poco de nervios.
    Suspiró.
    —No puede.
    Mi cara debió mostrar mi confusión, porque Ichijou se desordenó el cabello, incómodo.
    —A pesar de que no tengas ninguna herida, nosotros podemos oler tu sangre si estás cerca.
    Asentí, para hacerle saber que comprendía, aunque esa información no me tranquilizara.
    —El resto de nosotros lo tomamos bien, puede decirse que ya nos acostumbramos a tu presencia, sin embargo, parece que a Kaname le ha afectado más que a nosotros. El deseo que le provoca el aroma de tu sangre ha ocasionado que rechace todas las demás.
    Me senté en la cama y cubrí mi cuello con mis manos, como si quisiera protegerme.
    —¿Crees que pueda solucionarse su problema?
    Ichijou, en lugar de contestarme, se acercó a mí.
    —Escucha, Yuuki, yo sé que esto ha sido muy difícil para ti, pero considera todo lo que él ha hecho por ti —me tomó de la mano y me guió hasta el armario y me señaló todos los vestidos que había en él—. Quizás más de una vez te has preguntado a quién perteneció esta habitación y todo esto, ¿no es verdad?
    Asentí, incapaz de hablar.
    —Bueno, digamos que siempre ha sido tuyo.
    Sacudí mi cabeza con brusquedad.
    —No puede ser, yo llegué aquí hace muy poco.
    —Esta habitación siempre ha estado cerrada y, por lo que sé, vacía. Hasta hace aproximadamente dos años Kaname la abrió, comenzó a amueblarla y adornarla, y compró todos estos vestidos que ves aquí. Por supuesto, esto no pasó desapercibido para ninguno de nosotros, así que, de cierta forma, ya esperábamos que alguien más llegara a la casa; el resto creyó que se trataría de una vampiresa, sólo yo sabía que eras tú; Kaname ya me había hablado de ti.
    Mis ojos comenzaron a analizar cada rincón de la habitación, la misma que me pareció hermosa desde el momento en el que llegué. Era extraño saber que estaba preparada para mí. Para ser sincera, tenía tantos pensamientos en la cabeza que sentía que iba a explotar en cualquier momento.
    —¿Por qué? —fue todo lo que salió de mis labios. Por supuesto, no era una pregunta dirigida a él y mucho menos esperaba que la contestara; ya tenía suficiente con todo lo que había ocurrido aquel día.
    —Conozco a Kaname y sé que, aunque experimente todo el dolor de la abstinencia, jamás traicionará la promesa que te hizo y no te pedirá tu sangre. Pero, te pido, Yuuki, que si ves que empeora, hagas algo, aunque sea por todo lo que ha hecho por ti. Piénsalo.
    Afortunadamente, Ichijou se fue pronto y me dejó con mis confusos pensamientos.
    Tal vez no era la intención de Ichijou de hacerme sentir culpable pero, en el momento en que entró Kaname a la habitación sentí que era responsable de las sombras oscuras que se marcaban debajo de sus ojos. A decir verdad, después de toda la información que había recibido, no estaba segura si estaba lista para verlo. En aquellos momentos, quería estar sola.
    —¿Cómo te sientes, Yuuki? —preguntó Kaname mientras se acercaba a mí.
    —Bien, no te preocupes.
    La idea de ofrecer mi sangre comenzaba a surgir en mis pensamientos, después de todo, durante años me había hecho a la idea de que tendría que donar, sin embargo, ahora, sentía pánico sólo pensarlo.
    —No debes temerle a Rido, él no te lastimará mientras yo esté aquí —dijo él, malinterpretando mi expresión. Por supuesto, le tenía miedo a aquel vampiro, pero en aquellos momentos eso no era no que me preocupaba.
    Ichijou tenía razón, Kaname había hecho mucho por mí. Pero aun estar consciente de ello no me ayudaba a darme el valor suficiente para ofrecer mi sangre. Tal vez, dentro de unos días, él olvidaría su obsesión y podría volver a alimentarse…
    Me cubrí el rostro, desesperada y confundida, olvidando por completo que él seguía ahí.
    —Yuuki, ¿qué ocurre? ¿Estás bien?
    Escuchar su ansiedad por mí sólo hizo sentirme peor, así que, cuando sus brazos intentaron rodearme me aparté de él y me dirigí a la cama.
    —Sólo estoy cansada —dije, recostando mi cabeza en la almohada.
    Se despidió, pero antes de que cruzara el umbral lo llamé y se detuvo. Sin embargo, en lugar de armarme de valor para ofrecer lo único que podía darle para agradecerle, todo lo que salió de mis labios fue: —Quiero pedirte algo.
    Cuando se giró, vi que sus ojos se apagaron.
    —Yuuki, no puedo dejarte ir…
    Negué con la cabeza y noté que sus hombros se relajaban, hasta su expresión se tornó un poco más alegre.
    —No es eso, sólo quiero entrar a la biblioteca de la ciudad.
    Kaname sonrió.
    —No hay problema, hoy arreglo eso.
    —Y también quisiera llevar algunos amigos —añadí.
    Él accedió a eso también y se marchó. Poco después, noté que el ruido se desvanecía y supe que la fiesta había terminado, sólo entonces pude dormir.
     
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    Kohome

    Kohome Fanático Comentarista destacado

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    Esto va mejor de lo que pensé.

    ¡Dios, apareció Rido! O.O me da miedo, es damasiado extraño... Además que eso de "¿la preparaste para la cena?" me estremeció, ¡está chiflado!

    En fin, creo que en la posición de Yuuki en esos momentos tampoco sabría que hacer. Ni mucho menos puedo decir "yo le daría mi sangre", por que bueno, no eh vivído su situación y no se que es lo que se siente en carne propia.

    Veo que no piensas avisar sobre la conti (lo que me entristeze) pero es tu desición y la respeto. En fin, no puedo esperar a ver que pasa.

    Solo una cosa más, bueno dos:

    No uses tantas comas.

    Separa más los párrafos (se vuelve confuso si te distraes en algún momento y te pierdes con facilidad).

    Bueno, me retiro, me gustó mucho. Va muy bien.

    Sayonara Priscila-chan.
     
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    Shennya

    Shennya Entusiasta

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    VI
    La rosa
    "Cuanto más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimado por la muerte, el amor que no termina en la tumba.
    Y la rosa maravillosa enrojeció como las rosas de Bengala. Purpúreo era el color de los pétalos y purpúreo como un rubí era su corazón"​

    El ruiseñor y la rosa, Oscar Wilde.

    La noche decidió no ser mi mejor compañera esta vez. Se experimenta una sensación curiosa cuando despiertas con una emoción en la garganta y derramándose por los ojos (como a mí me ocurría en aquellos momentos) y no recordar el sueño que había ocasionado eso. Las sábanas ya no parecían ser suficiente para volver a dormir. Por la ventana alcancé a distinguir la oscuridad; todavía no amanecía.
    Sin saber por qué lo hacía, me bajé de la cama y dejé que mis pies desnudos tocaran el suelo, un escalofrío recorrió mi columna al entrar en contacto con el suelo helado. Con un poco de nerviosismo, me dirigí hacia la puerta y salí al pasillo. Era bastante extraño el contraste de la casa en aquellos momentos, completamente solitaria, a diferencia de hacía unas horas, en la que estaba llena de vida nocturna.
    Quizás el hecho de encontrarme cerca de la verdad sobre mi pasado, una que mi madre jamás quiso decirme, fuera lo que estuviera actuando en mi estado emocional. Aunque gran parte de mi malestar, por más que quisiera olvidarlo o negarlo, era por un culpa que comenzaba a crecer dentro de mis pensamientos. Conforme pasaba los días en la enorme casa me daba cuenta que Kaname se iba debilitando y, a pesar de que sabía que yo no había tenido intenciones de que mi sangre lo tentara de aquella manera, no podía evitar sentirme culpable. Y, como Ichijou me había hecho entender bastante bien, tenía una gran deuda con Kaname.
    Me senté en el primer escalón y recargué mi cabeza sobre la pared. Esperaba tener unos segundos de quietud, cerrar mis ojos y regresar a los momentos en los que sólo me preocupaba llegar hasta el río y escuchar a su corriente cantar para mí. Sin embargo, cuando había conseguido rememorar mi infancia, el golpe de la puerta principal me hizo regresar a la realidad.
    Me puse de pie y estaba lista para salir corriendo hacia mi habitación, cuando mi mirada alcanzó a distinguir la silueta de Kaname. Era él quien regresaba a la mansión. ¿A dónde habría salido?
    Un destello me hizo desviar la mirada de su rostro y mis ojos hicieron contacto con algo brillante que traía en su mano, no alcancé a distinguir que era, todo lo que podía decir era que le causaba gran satisfacción ya que sonreía mientras lo observaba. Con algo de inseguridad, decidí unirme a él en el vestíbulo y bajé apresuradamente las escaleras. Desgraciadamente, noté el movimiento rápido de su muñeca; en el momento preciso que se percató de mi presencia, la mano que encerraba ese brillante secreto se ocultó en uno de los bolsillos de su saco. Al parecer, era algo tan importante, que no podía compartir conmigo. Una simple humana.
    El malestar me sorprendió bastante, después de todo, debía estar acostumbrada al menosprecio de los vampiros. A fin de cuentas, todos nos veían igual: como algo inferior.
    —Yuuki.
    Ahí estaba, lo que siempre me hacía dudar. A penas me convencía que todos los vampiros eran iguales y Kaname decía mi nombre, como si fuera algo importante, como si de verdad le preocupara lo que ocurriera conmigo.
    Entonces me di cuenta de algo más en su mirada profunda: el cansancio había aumentado. Y, aunque quisiera ocultarlo, su respiración se había vuelto difícil.
    Sin meditar en lo que estaba haciendo, me acerqué a él y lo agarré del brazo.
    —¿Estás bien?
    Algo pareció encenderse en sus ojos, su aspecto mejoró pero no lo suficiente como para tranquilizarme…
    ¡Tranquilizarme! ¿Qué me estaba pasando?
    Un poco asustada por la sensación que embargaba mi pecho, lo solté y retrocedí unos pasos.
    Él no pareció darse cuenta de mi repentino pánico y si lo hizo, no lo demostró.
    Sonrió.
    —¿Te preocupas por mí, Yuuki?
    Desvié la mirada, incapaz de contestar. Entonces, sentí que tomaba mi mano y se la llevaba a los labios, un extraño cosquilleo pasó por mi brazo, como si una corriente eléctrica se escurriera entre mis dedos y se enredara en mi piel.
    —Kaname… ¿Necesitas mi sangre? —solté, repentinamente. Mi corazón estaba martilleando con una fuerza increíble dentro de mi pecho. No sabía cómo era que había tenido el valor para pronunciar esas palabras.
    Vi como el destello escarlata se apoderaba de su mirada, pero, en esta ocasión, no retrocedí. Se puso rígido y apretó la mandíbula; cerró los ojos.
    —Yuuki, creo que lo mejor será que regreses a tu habitación.
    Sin embargo, después de lo que había dicho ya no había marcha atrás para mí; si esa era la única forma que tenía por agradecerle todo lo que había hecho por mí, entonces no me iría hasta el final.
    —Te ofrezco mi sangre.
    El vampiro se estremeció, como si luchara por resistirse a la tentación. Debía tener mucho tiempo sin alimentarse, porque ahora lucía como si estuviera sufriendo bastante.
    —Yo te prometí…
    —Que no harías nada que yo no quisiera; no te preocupes, esto es lo que quiero.
    Kaname volvió a abrir los ojos; el color rojo se había apagado. Se inclinó sobre mí y me tomó de los hombros.
    —Si lo hago, creerás que eso era lo que quería de ti y no es así —sus brazos me rodearon por completo y, en esta ocasión, yo se lo permití—. Yo quiero que te quedes a mi lado y que seas feliz aquí, conmigo. Si deseo tu sangre es sólo porque lo que siento por ti es muy fuerte y…
    —Acepta mi sangre —lo interrumpí. Sus palabras comenzaban a asustarme y, de momento, no estaba lista para escucharlas. Aunque sonara extraño, todo lo que podía ofrecerle era mi sangre. No estaba lista para ceder nada más.
    Nuevamente se estremeció, como si la sed fuera mucho más fuerte que él. Me estrechó con mayor fuerza contra su cuerpo.
    —Acéptala —insistí.
    —Yuuki —volvió a nombrarme, como si ya no pudiera decir nada más. Sentí su cálido aliento en la curva de mi cuello y supe que la tentación pudo más que su voluntad. Sus labios besaron mi piel y esta vez fui yo la que me sacudí, de pies a cabeza, antes de sentir sus colmillos perforar mi cuello.
    Un ligero dolor me atravesó, pero fue muy rápido. No era nada comparado a lo que me habían relatado mi madre, mi tía o mi prima; ellas siempre se quejaban de todo el sufrimiento por el que tenían que pasar cada vez que un vampiro bebía de ellas, yo, en cambio, sentí una extraña calidez recorrer mi cuerpo. Y, cuando terminó, sólo noté algo de sueño, pesando en mis párpados.
    Kaname me levantó con cuidado, como si temiera romperme en cualquier momento y me llevó hasta la cama de mi habitación, donde me depositó suavemente. Se arrodilló a mi lado y se inclinó sobre mí; pude notar el cambio en su semblante inmediatamente, todo el cansancio se había borrado de su rostro, incluso, se veía más fuerte.
    Sonreí, no supe por qué, tal vez porque el sueño me estaba venciendo.
    Pasó sus dedos por mi cabello y dijo algo, algo que debió ser bastante importante por la forma en que brillaron sus ojos cuando las palabras salieron de sus labios. Creo que hizo algunas preguntas, también, pero yo no estaba del todo consciente en aquel momento.
    —Dame esperanza, Yuuki, dime que un día podrás cedérmelo.
    ¿De qué tanto estaba hablando? No entendía, así que lo observé fijamente, sin darle ninguna respuesta. Mis ojos se cerraban… Me pregunté cuánto tiempo faltaría para el amanecer.
    Probablemente había comenzado a sumergirme en la inconsciencia porque alcancé a ver a Kaname que se inclinaba hacia mí y unía sus labios a los míos, por supuesto eso debió ser parte del inicio de un sueño.

    La más hermosa rosa roja amaneció a mi lado, en la cama. No pude evitar tomarla con mis dedos y acercar sus pétalos a mi nariz, su aroma me recordó a algo suave y cálido. La sonrisa que se dibujó en mi rostro fue espontánea y sincera.
    Probablemente era su forma de decir gracias, por la sangre. Entonces, como si la noche anterior regresara a mi cabeza de golpe, me levanté de la cama y me dirigí al espejo: ahí estaban, dos puntos en mi cuello, las cicatrices del recuerdo de mi primera donación. Y, por extraño que suene, tal vez era el primer humano que de verdad ofrecía su sangre voluntariamente.
    Curioso.
    Recordando que mis amigos estarían esperándome para ir a la biblioteca, me apresuré a cambiarme; era maravilloso que todos los vestidos tuvieran cuello alto porque ahora sí lo necesitaba, tenía que cubrir las marcas.
    Tomé la rosa, pues esperaba encontrarle un jarrón adecuado antes de irme y bajé las escaleras apresuradamente. Para ser sincera, no conocía mucho sobre la mansión, así que caminé en dirección al jardín para ver si podía encontrar algo que le sirviera a la rosa. Sin embargo, antes de poder abrir la puerta de cristal, una sombra me interceptó. Detestaba que los vampiros se aparecieran de aquel modo, todo lo que ocasionaban era que yo me asustara, como en aquel momento que casi grito.
    —Lo lamento, Yuuki, tenía que evitar que abrieras la puerta. En estos momentos, no siento muchas ganas de enfrentarme a la luz solar —dijo Ichijou. Me extrañó un poco verlo despierto, ya que se veía bastante cansado, además, para cualquier vampiro, ya era bastante tarde.
    —No te preocupes.
    —¿Buscabas algo para esa flor? —cuestionó observándola fijamente, la tomó entre sus dedos y me sonrió— En un momento regreso.
    Era increíble cómo, viviendo en una casa llena de vampiros, todavía no me acostumbraba a su rapidez sobrehumana. Él regreso pronto, con un hermoso jarrón rojo quemado y la rosa muy bien acomodada adentro.
    —Tiene otro regalo para ti.
    —¿Disculpa? —sus palabras fueron tan repentinas, como si le hubiesen escapado por accidente, que tardé un momento en descifrar a qué se refería. Además, la rosa distraía mi atención, entre mayor tiempo pasaba viéndola, mayor era mi certeza de que era la más hermosa que había visto.
    —Kaname —aclaró, aunque ya no era necesario—, tiene otro regalo para ti.
    —¿Qué es?
    Ichijou sonrió, de nuevo y me guiñó un ojo.
    —No puedo decirlo, ni siquiera debí mencionarlo —soltó con el último rastro de buen humor que le quedaba, porque, poco después, su rostro se tornó serio.
    Le dije que dejaría la rosa en mi habitación, pero insistió en acompañarme, incluso, se ofreció a llevarla el mismo.
    —¿Sabes lo que le harías si te fueras?
    Tomé el jarrón, sin contestarle aún y lo deposité en el tocador. La rosa hacía ver mucho más hermosa la habitación.
    Me pregunté por qué Ichijou hacía sonar aquello como si… como si Kaname pudiera sentir algo por mí. Sacudí mi cabeza y le eché una última mirada a mi rosa.
    —Creí que era imposible salir de aquí, sin morir en el intento —dije, sin responder a la pregunta.
    —Cierto —coincidió, un poco más relajado, como si en verdad hubiera considerado la posibilidad de que yo escapara uno de aquellos días—. Pero aún le afectas cuando le pides que te saque de aquí, que te dé libertad.
    Fruncí el ceño, tratando de evitar que mis ojos soltaran lágrimas. Ichijou, siendo vampiro, no podía entender la situación de un humano.
    —Lo siento, Yuuki —se disculpó, como si adivinara mis pensamientos—. Es sólo que, todos aquí, apreciamos mucho a Kaname. No hay ningún vampiro que habite esta casa que, en algún momento, no haya recibido su ayuda. Por eso queremos verlo feliz.
    Asentí, porque entendía aquel sentimiento. Tanto mi madre, como Zero, habían sido los únicos a los que podía llamar verdadera familia y por los que daría cualquier cosa por verlos felices. Sólo que ahora que mamá había muerto, sólo me quedaba Zero, de quien, hasta ahora, no sabía absolutamente nada.
    —Tú lo haces feliz.
    Me abracé, como si quisiera protegerme de algo. Aquel comentario parecía tan profundo y fuerte que no estaba segura de querer aceptarlo.
    Negué con la cabeza.
    —Yuuki, tú no lo conoces lo suficiente como para darte cuenta de que, antes de ti, él casi no sonreía. No lo conoces lo suficiente como para saber que ayer, mientras bailaba contigo, fue uno de sus momentos más felices en su existencia, y sabes que nosotros vivimos bastante.
    Ya no quería escuchar, porque aquello era imposible, porque él era un vampiro y aquellos seres no eran como Ichijou describía a Kaname.
    —Hablamos después —balbucí, con la voz un poco quebrada—, necesito irme.
    Me di la vuelta, pero aún, antes de cruzar el umbral, pude escuchar su voz.
    —Yuuki, ¿sabes algo sobre El ruiseñor y la rosa?
    —No.
    Se quedó un momento en silencio, como si meditara mi respuesta, finalmente, antes de despedirse añadió: —No desprecies la rosa que se te dio.
    Si no tuviera tanta prisa y no estuviera segura de que esa frase tenía un significado oculto, tal vez le hubiera preguntado al respecto.

    Después de que Liz y Cam me regañaran por mi tardanza y que Mark y John me cuestionaran si me había costado mucho trabajo conseguir el permiso, nos dirigimos a la biblioteca. Mark, quien parecía conocer todo lo que se relacionara con libros, nos dijo que aquel edificio, en horas diurnas, estaba custodiado por humanos, por lo que, no tendríamos problemas con los “préstamos” que pensábamos tomar. Mark aseguró que los libros que buscábamos se encontrarían en alguno de los cuartos adyacentes, por lo que, mientras el resto de nosotros se dividía por toda la biblioteca y alguno se encargaba de molestar a la bibliotecaria, él encontraría la forma de robar los libros.
    Una vez que terminó de dar la explicación, y al darme cuenta que todavía nos faltaba un gran tramo por recorrer hasta llegar a la biblioteca, decidí preguntarles a Cam y a Liz algo que me estaba provocando una curiosidad insoportable.
    —¿Conocen algo sobre El ruiseñor y la rosa? —pregunté quedamente, mientras observaba que Mark y John, discutían, caminando delante nosotras, sobre qué podrían encontrar en la biblioteca de la ciudad sobre los cazadores.
    Liz juntó las manos y suspiró; su rostro brilló con una tristeza fusionada con la emoción.
    —Es el cuento más triste y hermoso que he leído —se adelantó a responder Cam.
    La rubia asintió con vehemencia.
    —Siempre que lo leo me dan ganas de llorar.
    ¿Por qué Ichijou me había mencionado un cuento? Esto comenzaba a traerme un mal presentimiento.
    —¿De qué trata?
    —Una mañana —comenzó Liz, acomodándose su largo cabello hacia atrás— un hombre se asoma por una ventana y se lamenta porque su amada no asistirá con él a un baile hasta que le lleve una rosa roja, pero es invierno y no hay rosas. Un pequeño pájaro que dedica su vida a cantar a todo lo que es hermoso, un ruiseñor, lo escucha y decide ayudarle.
    —Pero, a pesar de que tiene la ventaja de volar, no encuentra la rosa —continuó Cam, ignorando la mirada fulminante de Liz al robarle la narración—. Así que va preguntado de arbusto en arbusto hasta que uno de ellos le dice que puede darle una rosa roja, pero tiene que hacer un sacrificio…
    —¿Cuál? —pregunté, casi con temor.
    —Tiene que dar toda su sangre, para que la rosa se abra y pinte sus pétalos de rojo —respondió Liz, tocándose el pecho, donde tenía el corazón, como si aquello le afectara realmente.
    Lo cierto es que a mí sí me estaba afectando.
    —El ruiseñor permite que las espinas del arbusto lo rodeen y se le entierren profundamente, una entra directamente al corazón, pero el continúa cantando…
    Cuanto más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimado por la muerte, el amor que no termina en la tumba —recitaron las dos, con cierta tristeza mientras lo hacían.
    —¿Qué ocurrió después?
    —Murió, pero de su sacrificio nació la rosa roja más hermosa que haya existido —dijo Liz—. El hombre la vio y se la llevó a su amada, pero ella lo rechazó y, en un acto de rabia, él tiró la rosa y un carruaje pasó sobre ella y la aplastó.
    Me llevé las manos al pecho, como si mi corazón hubiese sido destrozado junto con la rosa.
    —¿Por qué?
    —Ninguno de los dos sabía lo que era el amor verdadero, ni siquiera lo conocían —dijo Cam, sencillamente—, por eso despreciaron el regalo del ruiseñor. Por eso dejaron morir a la rosa.
    No desprecies la rosa que se te dio.
    —¡Llegamos! —gritó Mark, sin darme tiempo para meditar todo aquello.
    El guardia que se encontraba fuera del gran edificio no presentó ningún problema para nosotros, tan sólo tuve que mencionar el nombre de Kaname para que nos permitieran pasar. Y, una vez adentro, la bibliotecaria, una mujer madura, con algunas canas en su cabello oscuro, se mostró bastante amable con nosotros. Y, no era para menos, ya que éramos prácticamente los primeros humanos en pisar aquel lugar, sin contarla a ella y los guardias.
    Rápidamente, seguimos las instrucciones de Mark y nos dividimos en áreas alejadas, para que costara más trabajo para los guardias detenernos, en caso de que ocurriese un problema. Los estantes de libros eran muchos y demasiado grandes, pronto me sentí agobiada y, al mismo tiempo, emocionada por todo aquello.
    —¿Tienes problemas para encontrar algún libro? —cuestionó Martha, la bibliotecaria, esbozando una enorme sonrisa.
    Negué con la cabeza.
    —Iré a ver a tus amigos por si necesitan ayuda.
    Detrás de ella, alcancé a ver la silueta de Mark, quien se adentraba en una puerta, ubicada casi al fondo de todo. La mujer se iba a dar la vuelta y dirigirse hacia allá, cuando decidí intervenir:
    —¡Espere! Recordé que quiero encontrar el cuento de El ruiseñor y la rosa.
    Martha pareció mucho más entusiasmada que antes.
    —Te ayudaré, mi autor favorito también es Oscar Wilde.
    No muy lejos, Cam nos observó y levantó el pulgar hacia mí, en señal de aprobación.
    Entramos al área de literatura muy rápido y, con las fichas que ella traía en la mano, pudimos hallar dos, una colección de cuentos y, uno que me fascinó: un libro pequeño pero de pasta gruesa, en el que sólo se encontraba ese cuento pero cada página estaba lleno de preciosas ilustraciones. En la portada, incluso, estaba aquella roja perfecta que relataba el cuento.
    Como autómata, me senté en uno de los sillones del área de lectura y comencé a pasar las páginas del libro. Sólo me detuve hasta ver la imagen del ruiseñor, quieto, cubierto de espinas.
    Una gota cristalina cayó sobre la página y me di cuenta que había venido de mis ojos. Rápidamente, me los limpié con el dorso de la mano, para evitar mojar más el libro. Lo cerré y lo acerqué a mi pecho.
    —¿Quieres llevártelo? —cuestionó Martha, al regresar a mi lado.
    —¿Podrían prestarme este?
    —Por supuesto, ven a mi escritorio.
    Una vez ahí, la mujer abrió un libro de registros enorme, con todas sus páginas en blanco. Con cierta parsimonia, puso la fecha y la hora.
    —¿Qué tipo de donante eres?
    —A
    —¿A qué vampiro perteneces?
    —Kuran Kaname.
    —Perfecto, eso es todo —anotó el nombre del libro, el código y me pidió que lo regresara la siguiente semana.
    —De acuerdo, gracias.
    Estaba a punto de regresar al área de lectura, cuando Liz me tomó del brazo y acercó sus labios a mi oído.
    —Los tiene —murmuró—, vámonos de aquí.

    Fueron tres los libros que Mark pudo encontrar que mencionaran algo sobre los cazadores, sin embargo, por más ansiosos que estuviéramos por saber que decían, acordamos verlo al día siguiente. Además, Mark tenía que estudiarlos primero, después de todo, era él quien tenía más experiencia en la investigación.
    Aún quedaban tres horas para el toque de queda, pero decidí regresar a la mansión, para leer con mayor detenimiento el libro que había conseguido. O, por lo menos, esos eran mis planes hasta que el tatuaje en mi muñeca comenzó a brillar, como en otras ocasiones. Sin embargo, había algo diferente esta vez.
    Sentí una terrible necesidad de correr hacia la entrada, donde se encontraba la reja que dividía las dos secciones de la ciudad.
    Fue un impulso que no pude ignorar y que me dejó completamente agotada.
    Afortunadamente, la mayoría de los humanos que vivían ahí jamás se acercaban a ese lugar, sabían que era imposible escapar así que, ni siquiera lo intentaban. ¿Y los vampiros? Era demasiado temprano para que salieran de casa, además, a ellos no les importaba vigilar la entrada, el humano que se atreviera a salir, moriría, simple y sencillo.
    Me aferré a los barrotes, como si algo me estuviera esperando afuera, pero no lograba ver nada. Ni siquiera sabía por qué había llegado ahí en primer lugar.
    Entonces, escuché la voz llamándome, una que yo jamás podría confundir con otra.
    —Yuuki.
    Como si fuera un sueño cruel, distinguí la figura en la distancia, la que muchas veces deseé ver.
    —¡Zero! —exclamé, con lágrimas corriendo por mis ojos. Tan pronto como pronuncié su nombre estuvo cerca de mí, acariciando mi cabello y mi rostro. Nuestros tatuajes brillaron intensamente, como si estuvieran felices de estar cerca, el uno del otro.
    Lo pude tocar, todo lo que la reja me lo permitía.
    —Perdóname por haberme tardado tanto… pero no sabía qué había ocurrido contigo después de que tu tía y tu prima te hicieran aquello —dijo, sus últimas palabras salieron con una rabia incontrolable. Yuuki se preguntó si se había enfrentado a ellas.
    —Zero, es peligroso, debes irte, si alguien te ve…
    Sus labios consiguieron besar mi frente.
    —Estaré bien, eres tú quien me preocupas.
    —No debes hacerlo, estoy bien, te lo prometo, sólo debes cuidarte y regresar de donde vengas… aquí no estarás a salvo, te esclavizarán de nuevo…
    Zero me tomó de la mano, sus ojos me observaron severamente.
    —Si piensas que te dejaré aquí, Yuuki, es que no me conoces realmente.
    —¡Es imposible salir de aquí!
    —Difícil, pero no imposible —me corrigió—. Sólo debe darme tiempo, mis compañeros y yo estamos planeando como sacarte sin arriesgarte.
    —¡Tú eres quien correrá peligro! —exclamé, desesperada— Por favor, no insistas.
    —No puedo estar lejos de ti —dijo de una forma tan seria y contundente que me estremeció. Entrelacé mis dedos con los de él.
    —Te extrañé —admití.
    —Yo también, demasiado —dijo, antes de darme otro beso rápido en la frente—. Tengo que irme, prometo que vendré por ti pronto.
    —Zero…
    Pero me ignoró y se alejó de mí, vi su figura hasta que desapareció de mi vista. Me dejé caer en el suelo, sintiendo mis dedos demasiado fríos después de que los soltara. Y lloré pensando en muchas cosas a la vez, en su ausencia, en su regreso y en la rosa que me esperaba en el tocador de mi habitación.
     
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    Kohome

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    Que lindo va... de verdad que me tocaste el corazón de una manera inimaginable. Ciertamente me dejó con un sabor de boca bastante amargo saber que ahora, debe decidir, es complicado digo: Kaname al parecer la ama ¡al igual que Zero! TT-TT no puede ser ¿qué se hace en esos casos de extremo cuidado? Porque bueno, Kaname la ha tratado de lo mejor, y ha intentado siempre hacer que se sienta bien; la esperó durante diez años, y ahora parece que la ama.
    Zero estuvo con ella en los peores momentos, y juró que volvería por ella, según los tatuajes estan echos el uno para el otro (según mi concepto. Aunque claro, no es que lo quiera así), y creció a su lado.

    ¡Madre mía! Ésto de está poniendo bueno.

    Avísame cuando esté la conti.

    Sayito!
     
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    Kohome

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    ¡Ay Dios no! Sabía que ésto iba a pasar (ok no, no todo).

    Y aún así ¡me encantó! Jajajaja, ésto se pone bueno, aunque si ¡quiero que se quede con Kaname! Aunque Zero también merece cariño puuuf ahora la entiendo bien. La verdad esque debe de ser bastante complicado, por dos razónes:

    1. Por un lado esta Kaname con eso de que ama tanto como en los poemas... ¡y a ella! Asdf que confuso. Además que imagino todo el dolor que llegará a sentir su su amada Yuuki se va y lo deja así, como si lo odiara y llego ha sentir cierto remordimiento ¡en serio!
    Además ¡lo besó! Imagíno todas esas iluciones que debió haberse echo con ello.

    2. Y por el otro, esta Zero, que (como dije antes) estuvo con ella siempre, y ahora resulta que es su "prometido" y que la ama también (¿qué se hará ella para que la quieran tanto?). Y fuera de eso les prometió a sus amigos que los sacaría también.

    Mejor me ahorro las cosas, y te dejo seguir (ojalá aparesca alguien más que apasigue el dolor de alguno en caso de que ella se valla con el otro).

    En fin, me voy. Avísame cuando esté la conti

    Sayito!
     
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