Homicida [Ian Strahovski]

Tema en 'Historias Abandonadas Originales' iniciado por Lexa, 22 Agosto 2013.

  1.  
    Lexa

    Lexa Fanático

    Tauro
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    27 Diciembre 2011
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    Escritora
    Título:
    Homicida [Ian Strahovski]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    11
     
    Palabras:
    409
    Nick: Alessandra.
    FFC: Crystal Tower.
    Personaje(s): Ian Strahovski.
    Tipo: Long fic.

    Homicida [Ian Strahovski]

    ~

    Introducción.
    Los párpados del pequeño niño se abrían con mucho esfuerzo y lentitud, como si les pesara o quizás temieran ver lo que la luz del día le iba a mostrar. El niño no entendía nada, pero internamente tenía mucho miedo. Dio un gran bocado de aire, rozando en un profundo suspiro para luego incorporarse con algo de trabajo en el banco donde se hallaba. Parpadeó un par de veces para acostumbrar sus ojos azulados a la luz solar, y luego sintió que su mundo empezó a dar vueltas.

    Sostuvo su cabeza con su mano derecha para luego sacudirla levemente, queriendo espantar el fuerte dolor de cabeza que amenazaba con invadirlo y perturbarlo. En eso, desvió sus ojos a su muñeca y la encontró con varias salpicaduras de un extraño líquido color rojo, como la sangre misma.

    Y varias imágenes surcaron en su cabeza ante eso, gritos desgarradores que hicieron que su piel se pusiese de gallina. Su miedo interno incrementaba con cada latido que su corazón daba, pero ciertamente no entendía el porqué de sus reacciones, ni de donde derivaban tales imágenes.

    Hizo un gran esfuerzo por recordar cómo había llegado ahí, ese pequeño banco en medio del parque, o que significaban esas pequeñas salpicaduras que pintaban su rostro y varios tramos de su piel. Se miró lleno de confusión; su camisa color azul fuerte yacía con ciertas rasgaduras en la parte superior, como si le hubiesen tomado con fuerza por ahí y luego quisieran despedazar la prenda; su jean, afortunadamente, sólo tenía par de manchas que parecían ser de suciedad y nada más.

    Sus labios se convirtieron en una fina línea, el niño se hallaba tenso, luchando por no temblar en su lugar. Miró su alrededor, buscando quizás ayuda o tan siquiera algo que le indicara donde estaba o que estaba sucediendo. Pero nada, el lugar estaba tan desolado como un desierto.

    Buscó hacer memoria nuevamente y tragó duro al darse cuenta de que estaba en blanco.

    No recordaba nada, ni siquiera quien era.

    335 Palabras.
     
    Última edición: 16 Marzo 2014
  2.  
    Lexa

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    Homicida [Ian Strahovski]
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    Acción/Épica
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    11
     
    Palabras:
    596
    I
    Tenía ya varios días vagando por las inmensas calles de Australia, buscando que comer y donde pasar la noche, pero lamentablemente la suerte no estaba de su lado. Mordió su labio inferior al ver a la gente caminar de allá para acá, con caras sonrientes e ignorando su presencia, como si el mundo que los rodeara fuese perfecto.

    Suspiró profundamente retomando su caminar. Cuando se vio más calmado el día de ayer, tuvo la vaga idea de ir a la policía y explicarles lo que le estaba sucediendo, pedir esa ayuda que tanto necesitaba, pero se privó de realizar tal acción cuando la sombra de que quizás lo metieran en una casa de adopción hizo acto de presencia en su mente; él no quería ir a esos lugares, donde se olvidaban de los niños que recogían y esperaban que alguien tuviera la bondad de adoptar a alguno. El rubio no quería eso, él simplemente quería recordar e ir a casa, con sus progenitores.

    Sus padres.

    Un leve escalofrío recorrió su columna vertebral cuando se dio cuenta de lo que anhelaba, ir con unas personas que no sabía dónde estaban, tampoco si existían, pero internamente empezaba a extrañarlos.

    Ladeó un poco la cabeza a la derecha, y sus ojos casi por inercia se clavaron en un puesto de frutas, tan frescas y deliciosas que tentaban el hambre que poseía el niño. A sus diez años tenía un apetito inmenso y más si tenía horas sin probar alimento alguno.

    Lo intentaría una vez más.

    —Señor… ¿podría, por favor, regalarme algo de comida? —Hizo un gran esfuerzo por que su voz no se cortara, sin apartar su vista del hombre de expresión malhumorada.

    —¡Chiquillo, ¿qué te crees?! ¡Conseguir esta fruta día tras día es producto de mi gran esfuerzo y bolsillo! —Sacudió su cabeza con arrogancia—, si quieres probar alguna de ellas, ahí está el precio marcado de cuánto vale —apuntó con su dedo índice el pequeño letrero que yacía sobre cada fruta, que con números grandes marcaba el precio.

    El rubio cerró sus párpados con fuerza para luego negar con la cabeza, frunciendo tantito su ceño ante la arrogancia y el mal trato del hombre. ¿Dónde quedaba la solidaridad, la humildad? Una sombra de los buenos tiempos, del pasado que ya no volverá. Retomó su camino nuevamente, dándose por vencido ante sus planes e ideas de conseguir algo de comida. Estaba hastiado de que le rechazaran algo de comer, y con cada día que pasaba empezaba a hastiarse de la situación.

    Para él era algo insólito y poco real lo que le estaba ocurriendo, ¡ni recordaba su nombre! Era desesperante, no sabía exactamente qué hacer, ni a dónde ir, estaba varado en un mundo que para el niño se sentía tan vacío, tan funesto. Estaba en blanco e internamente sentía que estaría así por mucho tiempo, provocándole constantes escalofríos. Era una agonía y le dolía tanto que en las noches lloraba en silencio, gimiendo como un pequeño cachorro que es lastimado. Y es que estaba herido, se sentía solo, sentía que lo perdía todo, aunque no recordaba que tenía, pero simplemente tenía la fuerte sensación de que ya no le quedaba nada. Su identidad con cada día que pasaba quedaba en el olvido absoluto. Y no, eso no era algo que quizás aceptaría con tanta facilidad.

    Él quería ser alguien, quien sea, sin importar si era bueno o malo. Sólo ser alguien.

    571 Palabras.
     
  3.  
    Lexa

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    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    11
     
    Palabras:
    1087
    II

    Dicen que hay que tener cuidado con lo que se desea, pues el Universo puede conspirar a tu favor para que tal anhelación se conceda y deje de ser un deseo utópico. El rubio no sabía eso, y sí quizás lo sabía lo habría olvidado tan fácilmente como la mayoría de sus recuerdos, pero ese era un pensamiento esperanzador, una luz en medio de la oscuridad, lo que el niño necesitaba.

    Eso y mucho más.

    Pateó una piedrecilla que encontró por la cera que caminaba, con la cabeza gacha y hundiéndose en su dolor emocional, su pecho le quemaba con cada latido que su corazón daba, clamando por respirar entre el mar de dolor y pena que sucumbían al pequeño niño. No lo soportaba más, quería desesperadamente que la situación cambiara, despertar de esa pesadilla y sonreír después, con sus labios pronunciando “fue sólo un mal sueño” al paso que soltaba un suspiro de alivio.

    Pero no, el dolor, el hambre, la confusión, se sentían tan real que el rubio se estremecía cada tanto y se perdía en el inmenso mundo otro poco. El niño dobló la esquina y varias miradas cargadas de lastimas atentaron contra su pequeño cuerpo; y es que no era para menos, eso era lo que destilaba con cada paso forzoso que se obligaba a dar. Su ropa y su alma estaban en iguales condiciones, destrozadas, sucias y maltratadas, gritando silenciosamente por algo de ayuda, por un poco de atención.

    La noche caía lentamente y el resplandor de la Luna no tardaría en bañar las calles de Australia, y eso significaba que el rubio tendría que buscar donde pasar la noche, un lugar medio decente, o simplemente un lugar. Se adentró en uno de los callejos de la calle que recorría cuando vio a varios oficiales de policía surcar la calle, no correría el riesgo.

    Entrecerró los ojos, intentando acostumbrar sus orbes azulados ante la poca luminosidad que penetraba al callejón. Estuvo caminando sin un rumbo fijo, viendo todo con total atención y quizás curiosidad. Las paredes estaban formadas por piedras grandes que encajaban perfectamente unas con otras, varios focos fundidos colgaban de largos alambres suspendidos en el aire y la calle estaba hastiada de desperdicios, como si el camión de la basura no supiera de la existencia de esta parte de Australia.

    Dobló la esquina, y un largo camino se alzó ante sus ojos. Varias puertas cerradas con gruesas cadenas y candados dominan esa parte del callejón, el aire se sentía pesado y nauseabundo, un horrible olor a cigarrillo, alcohol y… pólvora.

    Un fuerte escalofrió recorrió la columna vertebral del rubio y algo en su mente le gritó que estaba en un lugar peligroso, la boca del lobo. Dio media vuelta para marcharse justamente por donde entró pero un grito ahogado y desgarrador plantó sus pies al suelo rocoso, privándose de salir del callejón. Volteó su mirada curioso por donde escuchó el grito, y se debatía internamente si ir o no.

    Esperó un poco a ver si escuchaba algo nuevamente, quizás había sido sólo su imaginación, una alucinación por el hambre. Y cuando estuvo por marcharse al no captar nada, otro grito inundó el lugar, y estaba casi seguro que provenía de la misma persona, al final de la calle. Vacilante, el rubio empezó a caminar siguiendo los fuertes y estremecedores gritos de aquella persona.

    Posó su mano en la pared cuando llegó al final de la calle, tan silencioso como el viento que mecía sus hebras amarillas, y asomó su cabeza, cauteloso de ser descubierto.

    Sus dedos se clavaron en la pared y sus ojos se abrieron de par en par llenos de horror y miedo puro, lo que veía seguramente sería algo que jamás olvidaría. Otro grito doloroso brotó de la garganta del hombre que estaba siendo golpeado y humillado de la peor manera, y el rubio luchó no gemir ante esa escena. Pudo divisar a dos hombres junto a la “victima”, de apariencias robustas y corpulentas capaz de hacer estremecer a quien se propusieran seguramente. El más alto de los dos pateó nuevamente al hombre que yacía en el suelo bañando en sangre, con infinidad de golpes y moretones, provocando que éste soltara nuevamente un aullido de dolor.

    —¿Qué sucede contigo, Iván? Gritas y gimes como niña —le habló el mismo hombre que le pateó, con una sonrisa tan siniestra en su rostro que arrancó otro espasmo del cuerpo del pequeño niño que yacía aún escondido.

    —Si vas a matarme, ¡hazlo de una buena vez! —Exclamó con voz ahogada y cortante, tan doloroso.

    —Oh, lo haré, eso es seguro. Me darán muchísimo dinero una vez que accione la pistola contra tu corazón, pero la diversión nunca está de más —su sonrisa siniestra se expandió aún más en sus labios.

    —Ya, mátalo de una vez Mark. No sé tú, pero mi estómago empieza a clamar por algo de comida —le dijo el otro hombre que yacía a un lado de él, con expresión aburrida y un tanto malhumorada.

    —Recuérdame quien es el líder, Josh.

    El otro volteó los ojos.

    —Bien, como quieras.

    Mark soltó una socarrona carcajada para luego sacar el arma que reposaba en la parte trasera de su pantalón, acercándose al hombre que yacía destrozado en el suelo, a un paso de caer en la inconsciencia.

    —¿Corazón o cráneo? —Preguntó tranquilo a su compañero, mirando a su presa con hambre asesina.

    —Corazón.

    Y un estruendo sacudió el callejón completamente.

    Un pequeño grito quedó colgado en el lugar luego de tan tétrico momento, el rubio que yacía escondido vio con más atención al hombre pensando que quizás seguía con vida por el pequeño grito que escuchó, pero éste estaba inmóvil en el suelo, fuera de este mundo. Estuvo por apretar sus labios, temeroso, cuando los encontró entre abiertos y sintió un gran peso sobre su persona. Tembló, el grito que invadió el lugar vino de su persona.

    Ay, Dios.

    Alzó sus ojos a los hombres que le miraban directamente con el ceño levemente fruncido y un tanto sorprendidos. Mark y Josh se acercaban con paso tranquilo hasta su presencia, con aires malvados y sonrisas siniestras. Y entonces, fue en ese momento, cuando el pequeño niño se arrepintió de no hacerle caso a esa voz interna que le gritaba que debía irse, que estaba en la boca del lobo… Ahora era demasiado tarde.

    1.060 Palabras.
     
  4.  
    Lexa

    Lexa Fanático

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    Homicida [Ian Strahovski]
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
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    Acción/Épica
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    11
     
    Palabras:
    1349
    III

    —Vaya, vaya, vaya… —Soltó Mark una vez que estuvo frente al pequeño, con ese tono de voz que rayaba entre el sarcasmo y la burla—. Al parecer, tenemos un visitante en el callejón.

    El rubio luchaba por no temblar en su lugar, porque su piel erizada pasara desapercibida por ambos hombres. Oh, Dios, tenía tanto miedo.

    —Y lo ha visto todo, Mark —dijo el otro con clara molestia en su voz.

    —Lo sé.

    —Lo pido. Estoy aburrido.

    Josh, quien no cambiaba su expresión malhumorada, miró de reojo al niño con esos orbes de un tono grisáceo, vacios como su alma misma. Y entonces al rubio le pareció ver, sólo un por un mísero segundo, un fugaz brillo de lástima por lo que quizás pensaba hacerle, o quizás de orgullo por lo mismo. Ante ambas ideas, se estremeció como una hoja de papel que es agitada.

    En eso, Josh movió su cuello un poco, queriendo desperezarse para entrar en acción. El compañero de Mark dio un paso al frente y el niño retrocedió dos. Estaba mudo, atónito y asustado hasta más no poder, sus pupilas dilatadas. La idea de correr lejos de ambos hombres se vio colgada en el aire, suspendida en el espacio fuera de su alcance; no reaccionaba.

    De pronto, sus orbes azulados captaron un pequeño brillo proveniente de la mano de Josh y fue allí cuando cayó en la realidad. La navaja bien cuidada daba la impresión de ser nueva, con un filo listo para estrenar seguramente con su pálida piel. Tembló y su cerebro dio la orden de correr como si su vida dependiera de eso, como si el infierno mismo le persiguiera.

    Y, realmente, era así.

    Dobló la esquina, tratando de no perder el equilibrio cuando pisó accidentalmente una cáscara de cambur, resopló y no detuvo su torpe andar. Miró por sobre su hombro con la esperanza de que Josh no estuviera tras su persona como un león que persigue su presa con aire hambriento tal y como pasan en los programas de Animal Planet, pero eso era exactamente lo que estaba ocurriendo. Mordió su labio inferior y sintió que un inmenso nudo se formaba en su garganta.

    Era tétrico, no sabía exactamente qué hacer. Y por más que corriera y doblara esquinas, no pedía de vista al hombre, ni mucho menos encontraba la salida del engañoso callejón. Parecía pequeño, pero en realidad era un laberinto sin un fin alcanzable.

    Distraído, trastabilló y rodó en el duro suelo estrellándose contra el mismo. Sintió su mejilla arder, provocando que un gemido brotara de su garganta casi automáticamente, pero su centro de atención cambió abruptamente cuando escuchó pisadas a escasos centímetros de su persona. Horrorizado quiso ponerse de pie y reanudar su carrera, pero tan rápido como lo pensó, se vio atrapado por las gruesas manos de Josh sobre sus hombros, presionándolo contra el rocoso suelo. Su garganta ardió cuando se vio obligado a contener un aullido de dolor producto de las piedrecillas que empezaban a clavarse en su espalda gracias a la fuerza con la que estaba siendo retenido en el suelo, como un animal sin escape alguno.

    —Fin del juego, chiquillo. —Y el niño, por primera vez en la noche, le vio sonreír. Sus dientes blancos y relucientes en combinación de una sonrisa casi perfecta a sus ojos, provocaron que por momentos el rubio se embelesara con su imagen, disipando cualquier chispa de miedo. Jamás había visto una sonrisa así… ni sentía la sensación de haberlo olvido, era hechizante—. Debo admitir y reconocer que corres realmente rápido, ¿ganaste alguna medalla en la escuela por ello, eh? —Movió una de sus manos hasta la garganta del niño, cerrándola con fuerza ahí y con la otra empezaba a rasgar su mejilla herida, dejando que pequeños hilos de sangre bajaran hasta su nuca.

    Y el rubio ante eso pareció reaccionar. Sus azulados ojos se abrieron como dos grandes platos, al paso que comenzaba a forcejear en su lugar, temeroso de lo que estaba ocurriendo y de lo que seguía a continuación. Cuando la mano de Josh se cerró con más fuerza sobre su garganta, el niño se vio obligado a dar grandes bocados de aire y desesperadamente intentar apartar con rudeza la mano que lo apresaba sin consideración alguna.

    —La diferencia de fuerza y tamaño es bastante obvia. ¿No lo crees? —Dijo con autentica burla y sarcasmo—. No nos gustan los testigos cuando trabajamos, sea quien sea.

    El rubio entreabrió los labios dispuesto a hablar.

    —N-no diré… nada… —Aspiró al final, buscando despernadamente respirar. Se estaba ahogando.

    —No nos gustan, sea quien sea —repitió con su ceño fruncido, sin aflojar su agarre sobre la garganta del pequeño—. Eres sólo un niño que estuvo en el lugar y momento equivocado, seré rápido y directo.

    La navaja que yacía en su mejilla, bajó sin delicadeza alguna hasta el pecho del rubio, generando pequeñas rasgaduras en su camisa azulada -insignificantes ante lo que venía a continuación-, para luego quedarse ahí, a la altura de su frenético corazón.

    Y antes de que Josh pudiese clavar la nueva navaja y arrebatarle su vida, el niño hizo algo que jamás pensó que haría, ni si quiera en la vida que no recordaba. Reaccionó y con una fuerza impresionante le pegó en la sien del hombre con la tapa metálica de basura que alcanzó agarrar sin que Josh se percatara.

    El cuerpo del hombre voló lejos del suyo, liberándolo y permitiéndole respirar con normalidad. Desvió sus ojos hasta Josh, sorprendido, quien yacía en el suelo tomando su cabeza con expresión adolorida, la navaja se había desprendido de su mano al instante y éste aún no se recuperaba del golpe para tomarla, agradeció eso. El rubio miró sus manos, como si las desconociera por lo que había hecho, había sido un tremendo golpe, lo reconocía.

    Un silbido por lo bajo atrajo su atención y lo sacó rápidamente de su ensueño, desviando sus ojos hasta Mark, quien había llegado cuando el niño le asentó el golpe a Josh.

    —Eso sí fue un buen golpe —reconoció, ladeando una sonrisa burlona—. Apuesto que te dolerá la cabeza por horas y te saldrá un buen moretón. Estaré encantado de contarle a todos los de la banda como te lo hiciste… o mejor dicho, como te lo han hecho.

    —¡Ya cállate, Mark! ¡Me aturdes! —Gruñó, entrecerrando sus ojos grisáceos producto del dolor.

    —Oh, no. No es mi culpa que el niño hiciera que tu “buen humor” se disipara de esa manera, así que no la pagues conmigo.

    —Voy a matarlo —siseó con un ceño fruncido bien acentuado, logrando colocarse de pie más despacio de lo que hubiese querido. Estaba adolorido, pero más que eso, estaba furioso.

    El rubio aún yacía en el suelo mirando desde ahí como, literalmente, la muerte se alzaba ante sus ojos. Josh tomó la navaja entre sus manos otra vez y se acercó a él mirándolo con esos ojos grisáceos tan peculiar. El niño pensó que esta vez sus ojos no se veían nada vacíos, había una chispa, una chispa que brillaba en sus orbes como un fuego infernal.

    Furia asesina.

    Sus manos temblorosas presionaron en el suelo detrás de su espalda, usándolas torpemente para retroceder. Iba a morir, lo sabía, no había manera de escapar de un hombre que tenía todas las intenciones de despedazar su corazón. Y disfrutar de ello. Miró a su alrededor, pero nada que pudiese ayudarlo para defenderse cruzó su vista, y sentía como poco a poco su instinto de supervivencia empezaba a paralizarse, incapaz de procesar alguna idea que anclara su vida a este mundo.

    Clavó sus ojos azulados en los grisáceos de Josh, casi sintiéndose más pequeño al ver la intensidad de su mirada, esa hambre asesina que le hacía temblar. Y entonces, casi por inercia, los cerró con fuerza cuando el hombre alzó su mano con la navaja en ella, sin titubeo alguno.

    Encontró su voz y jadeó de miedo. Iba a matarlo.

    1.328 Palabras.
     
  5.  
    Lexa

    Lexa Fanático

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    11
     
    Palabras:
    1595

    IV

    Por instinto colocó sus manos sobre su cabeza y la bajó, queriendo protegerse vagamente de la navaja que viajaba directo a su organismo. Su cuerpo se sacudía en pequeños espasmo producto del miedo que él no podía controlar, iba a morir, y esta vez nada podía hacer para impedirlo… A su mente llegaron imágenes borrosas de él junto a un hombre y una mujer que no pudo reconocer, pero que provocaron que la opresión que experimentaba su pecho se acentuara, tan doloroso como si le estuviesen clavando un puñal en una herida abierta.

    Sintió algo arder detrás de sus ojos, y comprendió así, que estaba aguantando las ganas de llorar en ese momento; la imagen, simplemente, empezaba a quebrarle internamente, no comprendía…

    El rubio salió bruscamente de sus pensamientos cuando le pareció escuchar una risilla burlona brotar de la garganta de Josh, y el niño estaba seguro de que disfrutaría su muerte como si fuese el placer más exquisito del mundo, para él obviamente. Mordió su labio inferior, ahogando un gemido, esperando el dolor y la muerte inmediata.

    Pero en cambio, escuchó el sonido de la navaja caer al suelo en un sonido sordo y casi silencioso. Atónito, abrió los ojos y subió la mirada.

    —¿Qué…? —La confusión estaba tatuada en la cara de Josh, quien veía con expresión de sorpresa y sus ojos grisáceos bien abiertos a Mark, el cual aún yacía con la mano extendida la cual usó para con un manotazo desprenderle la navaja —. ¿Por qué hiciste eso?

    El niño pudo percatar en el tono de voz de Josh cierta incredulidad.

    Los ojos de Mark, los cuales el rubio no se había percatado de que eran de un color tan negro como la noche, se clavaron en su persona, ladeando una sonrisa siniestra que no advertía nada bueno realmente.

    —Velo bien, Josh. Hace tiempo que no adquirimos una pieza nueva en la banda…

    —¡¿Estás demente?! —Explotó, interrumpiéndole—. ¡Es un chiquillo!

    Mark contoneó los hombros y adquirió una expresión tan serena que provocó que el rubio le mirara de frente.

    —Yo le veo potencial.

    Josh no pudo evitar bufar en respuesta, un sonido grueso y exasperante, pensó el rubio.

    —¿Has perdido la razón? Es un niño, debe tener alrededor de diez años y seguramente no sabe ni como cortar una manzana —dijo mirando despectivamente al pequeño que era incapaz de moverse de su lugar, así como de articular palabra alguna—. Es un niño —Josh negó con la cabeza.

    —Bueno, siempre podemos enseñarle… Así como hicimos con los demás de la banda, recuerda que antes ninguno sabía tan siquiera como sujetar un chiquillo correctamente.

    Un músculo de la mejilla del otro hombre se crispó, advirtiendo que estaba realmente molesto.

    —Estás bromeando… —Caminó directo a la navaja que reposaba en el suelo, tomándola entre sus dedos abollados por el constante uso de armas—. Acabaré con él y asunto arreglado.

    —He dicho que no, Blackey.

    Josh desvió sus hasta Mark, quien le miraba fijamente y con un aire autoritario, su ceño levemente fruncido. Y entonces, fue ahí, cuando le llamó por su apellido, que éste comprendió que hablaba en serio.

    —Joder, Mark, como digas. —Las palabras le supieron amargas en su boca, ciertamente no entendía a que quería llegar Mark con todo esto, con el niño. Pero no podía hacer mucho si él se le ordenaba que no lo matara, más allá de que el hombre fuese como su parabatai en las peleas, era su líder.

    Las comisuras de los labios de Mark se alzaron, dejando ver una sonrisa que advertía superioridad. Dejó de mirar a Josh y se volvió en redondo, dando par de pasos para quedar frente al rubio quien aún yacía inmóvil en el suelo, contra la pared. Se agachó y clavó sus orbes negros en la figura del niño.

    —Y bien… ¿cómo te llamas, pequeño? —Su tono de voz, peligrosamente, sonaba suave, casi sutil.

    El rubio le sostuvo la mirada, penetrándole con sus orbes azulados. Se encontraba sorprendido de que aún su corazón palpitara, tan fuertemente que el sonido le zumbaba en sus oídos, pero palpitaba. Y cuando el hombre le preguntó su hombre, simplemente tembló.

    —Yo… No lo sé, la verdad… —Sinceró, realmente no tenía idea de qué más decir. No tenía nada en su memoria, ningún nombre y mucho menos un indicio que le indicara cual era. Estaba tan blanco como una hoja de papel.

    El entrecejo de Mark se frunció y se escuchó, segundos después, un sonido estrangulado, al rubio le costó un par de segundos comprender que Josh había carcajeado por su respuesta.

    —Esto es una pérdida de tiempo, Mark. No tiene sentido.

    —No recuerdo haber pedido tu opinión, Josh —le dedicó una corta mirada fría, para luego volver sus ojos al niño—. ¿No recuerdas? ¿Pequeña amnesia? ¿Shock emocional? —Inquirió, casi burlón.

    La mandíbula del rubio se tensó con fuerza, haciéndose notar. Y sacudió su cabeza tan fuertemente que sintió una punzada, seguramente la migraña no tardaría en llegar para su desgracia.

    —Hace una semana desperté en un parque de la cuidad y de ahí hacia atrás, no recuerdo nada… Tampoco mi nombre, es como intentar leer un libro al que le han arrancado las primeras hojas y, siendo así, te das cuenta de que nada tiene sentido, simplemente no comprendes nada… —Su voz se apagaba con cada palabra que soltaba, aún seguía temeroso por todo lo ocurrido, pero extrañamente sentía la necesidad de expresarse, de simplemente desahogarse un momento, sea con quien sea, sólo dejarlo salir y poder respirar.

    Inhalar y exhalar con fuerza; una dos, tres veces… Por siempre.

    Mark lo escudriñó con la mirada unos minutos, examinándolo de arriba hacia abajo como si fuese un objeto nuevo, lleno de curiosidad. Al tiempo, soltó un suave suspiro y ladeó una pequeña sonrisa que no pasó desapercibida para el rubio, una sonrisa que extrañamente no estaba cargada de burla o superioridad, simplemente sonreía sin emoción latente alguna.

    —Bueno, eso parece ser un problema —admitió, colocándose de pie sin apartar su atención del niño—. Pero, he de reconocer que los problemas me atraen… Y tengo la sensación de que ayudaras mucho a la banda, siento que encajas perfectamente con nosotros…

    —¡Estás demente, Mark! —Exclamó de repente Josh, interrumpiéndole—. No puedes incluir a alguien así como así… y menos a un niño.

    A Josh le desagradaba totalmente la situación, era estúpido integrar a un niño sin experiencia alguna a la banda más famosa y peligrosa de Australia, una banda que tenía años formada, integrada por hombres capaces de cumplir el trabajo solicitado, con experiencia de sobra; un chiquillo de diez años no encajaba ni a fuerzas, así lo pensaba Josh. Y mantenía firme su pensamiento, sin importar lo que llegase a decir Mark. Para él, en pocas palabras, era una idea pésima, ridícula.

    Pero Mark lo veía como algo brillante, una nueva adquisición que llevaría la banda a la gloria, su pase a la riqueza. Un nuevo juguetico digno de probar.

    El líder rodó los ojos e ignoró olímpicamente a Josh, torciendo una sonrisa para luego abrir su boca y de que su garganta brotara la pregunta que provocaría que Josh, quizás, se fuera en vómito.

    —¿Vendrás conmigo y te integrarás a la banda?

    El rubio encajó sus ojos azulados en los negros de Mark, aún pasando el susto por lo ocurrido hace minutos… Y ahora, esta pregunta, lo había dejado tan blanco como el primer día que intentó hacer memoria para recordar quién era y de donde venía. ¿Ir con ellos? ¿Con esos hombres que mataron sin sensibilidad alguna a Iván? Una parte de él quería decir que sí con todas sus fuerzas, sea como sea, era un lugar a donde ir, con gente que quizás le daría qué comer y un techo donde dormir, y el rubio estaba tan cansado como para dejar pasar todo eso de lado, pero también estaba martillando en su cabeza lo que había hecho esos hombres, lo que le iban a hacer. Sabía que no eran personas buenas, de confiar, la palabra acechaba como una sombra en su mente, asesinos, eso eran. El niño sabía que era meterse en la boca y, quizás, jamás salir, no con vida. Pero… ¿qué podía perder? No tenía nada que arriesgar y su vida de por sí ya pendía de un delgado y frágil hilo, estaba agrietado y vacío, no era nadie. Mark era esa luz que resplandecía en medio de la oscuridad, una luz maliciosa, pero luz al fin.

    Para el niño, Mark era como el Sol. Una fuerte luz que alumbraba y lo sacaba de la profunda oscuridad en la que empezaba a sucumbir, no tenía nada que pensar, la respuesta era tan obvia que se sorprendió de no haber respondido aún.

    —Sí, lo haré… —Susurró, colocándose de pie aún con piernas temblorosas y caminando directo a Mark, quien asintió con la cabeza y le dedicó una sonrisa. Josh resopló y miró fríamente al niño, el cual sabía que no sería fácil convivir con ellos, pero conviviría con personas que le ayudaría, o eso creía… Estaba aferrado a esa idea.

    —Perfecto.

    El líder de la banda dio media vuelta y se dispuso a caminar adentrándose más en el callejón, y atrás, casi pisándole los talones, le seguía el rubio, quien sabía que su decisión era irrevocable, no había espacio para arrepentimientos, lo sabía y lo aceptaba.

    Su destino empezaría a escribirse con números rojos.


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  6.  
    Kai

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    Ay, me faltó este cap x'D
    Pero te lo comento cuando publiques el otro~ Me pongo al día. Aquí va:

    :fangirlea: Oh, oh. Iancito, pobre ;---;

    Esta parte, oh god:
    Quise ir allí con él y abrazarle. Simplemente un anhelo tan bien descrito, no sé, el párrafo lo dice todo por sí solo, no le repetiré.

    ¿Increíble, no? Pensar que habría consideración por un niño, pero realmente es lo menos que se siente, lo que piensa es: ¿acaso no tiene padres, cómo le dejan andar así? Son simples estorbos, niños no deseados. ¡La sociedad y sus prejuicios!

    Nadie se permitirá realmente ver más allá *suspiro* Feos e.é

    Oh, Ian de niño, oh god, tantas cosas que ha de vivir aún, me da de todo, ¿me dejas ir a buscarlo y cuidarlo? Por favor ;-;

    El primer contacto con quienes serán sus salvadores/destructores. OwO No sé, me emociona. ¡Y niña!, ¿cómo pones esto?, ¿quieres que me dé un ataque o algo? :
    ¡Allí empezó todo, yo lo sé! OMFP <3 Aquí da inicio la personalidad electrizante de este chico.

    Asdfg. Desde que iba a comentar, pero, ya sabes, yo de despistada forever <3
     
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    Lexa

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    V

    Dobló una esquina del callejón para luego visualizar otro camino repleto de puertas con candados y cadena gruesas, en el aire también estaba latente el fuerte aroma del tabaco, alcohol y pólvora, como si ese fuera el aromatizante de todo el callejón. El rubio miró hacia arriba y se pudo percatar que, a diferencia de la zona donde estaba antes, éste carecía de focos fundidos, todos alumbraban una perfecta luz blanca que encandilaba por momentos la vista, pero con capacidad de costumbre. Y muy diferente al otro lugar, la calle de este callejón presumía una limpieza impecable.

    Mark se detuvo frente a una puerta de color negra opaca, con ciertas rasgaduras en la madera de la misma y un gran letrero que rezaba su nombre en grandes letras rojizas: MARK JACKMAN. El mismo introdujo una llave que sacó del bolsillo de sus vaqueros y la puerta se abrió luego de uno segundos, en un sonido sordo e indescifrable. Se adentró en la habitación y con la mirada le dijo al niño que imitara su acción.

    Sus ojos azulados viajaron por todo el lugar, recorriendo con la mirada hasta el rincón más oscuro. Las paredes estaban bañadas con un color de un tono grisáceo, aunque el niño dudaba si antes las paredes vestían de un limpio color blanco pero con el pasar de muchos años adquiriendo el tono que ahora poseen. Una pequeña sala de estar, alumbrada vagamente con una lámpara sobre una mesita de madera que yacía a un lado del único mueble que hacía acto de presencia en la instancia. Sus ojos se desviaron hasta la cocina, la cual estaba conectada con la sala de estar, el fregadero estaba hastiado de platos sin lavar, seguramente tenía días así…

    Incluso semanas.

    —Bueno… ¿Bienvenido a casa? —Le dijo con un tono burlón, el niño empezaba a preguntarse si eso ya era propio de su naturaleza, permanente.

    Le miró con timidez, sin saber exactamente qué decir y cuando entreabrió sus labios para pronunciar cualquier cosa, un fuerte ruido le hizo sobresaltar en su lugar.

    Desvió sus ojos hasta la fuente del ruido y se percató así que Josh había azotado una de las puertas que yacía en la pequeña casa, cerca del mueble en la sala de estar. El rubio instintivamente sintió una gran opresión en su pecho, una enorme punzada en el estómago que, si hubiese estado lleno de comida, seguramente la estaría devolviendo ahora mismo.

    —No le hagas caso, se le pasará —comentó Mark, dándose cuenta de la mueca que atravesó la cara del niño—. Suele hacer esas rabietas —completó, encogiendo sus hombres y caminando directo al mini-bar instalado frente al único mueble que yacía en la sala, pegado a la pared.

    Al pasar los segundos, el rubio se encontraba sin nada que decir. Veía como Mark agarraba una botella de un licor con un nombre que no pudo reconocer, y se servía el líquido que éste contenía de un color un tanto amarillo en un pequeño vaso de vidrio, luego se sentó en el sillón y degustó su bebida como si fuese un dulce exquisito, digno de relamerse los labios.

    El rubio se encontró mirándolo, con secreta admiración. Ya más calmado, podía percatarse de sus definidas facciones; Mark poseía unos ojos tan negros como una noche sin Luna y tan profundos como la oscuridad misma, su cabello despeinado, pero liso, con una pequeña onda en donde debería estar la cresta era también negro, logrando que Jackman siempre destilara un aura tan misteriosa como los secretos del Mar. Viéndole con más atención, encontró que los huesos que sostenía su mandíbula se acentuaban con firmeza, dándole un aire varonil, más sin embargo, su nariz era tan perfilada como si se hubiese hecho una cirugía plástica. Y, la verdad, si se fijaba con más atención en sus facciones se daría cuenta de que sus labios eran…

    —¿Admirándome? —Pregunté de repente Mark, con esa calma que no parecía nunca perder. Volteó sus ojos y le miró.

    El rubio se sobresaltó un poco en su lugar, estaba tan absorto detallando su imagen, perdiéndose en sus facciones destacadas, que no se dio cuenta del tiempo que seguramente llevaría mirándole, de reojo, sin tan siquiera darse un respiro. Y se sonrojó violentamente ante eso, apenado.

    —Lo siento… No era mi intención incomodarle —Dijo con toda la educación que pudo o conocía, ciertamente no sabía exactamente como dirigirle la palabra a Mark.

    Pero Jackman hizo un movimiento con la mano, restándole importancia al asunto.

    —Supongo que esperas que te diga donde dormirás. Esa —apuntó con la mano que no sostenía el vaso una puerta blanca ubicada en el extremo contrario a la sala, pero sin llegar a la cocina. Y prestando un poco más de atención, el niño se dio cuenta de que Mark era zurdo—, es tu habitación. Mañana te informaré sobre la banda y eso, hasta entonces, que sueñes lindo~

    Incapaz de decir algo más, el rubio se limitó a asentir. Dejando escapar el aire de sus pulmones con cierto pesar. Dio media vuelta, dirigiendo sus pies hasta la puerta que Mark le había apuntado, con el corazón martillando contra su pecho con total nerviosismo.

    —Y, chico —hablo de repente, dando un sorbo a su bebida y hundiéndose en su sillón, con una comodidad y calma que parecía que nadie podía perturbar. El niño se volvió en redondo, mirándole—, descansa. En serio, descansa.

    La seriedad con la que pronunció tales palabras sonaba como una promesa maliciosa, de esas que no advertían nada bueno. Porque en realidad no eran nada buenas. Se limitó a escuchar y una vez que se dio cuenta de Mark no le volvería a hablar más en la noche, giró la manija y en encerró en lo que sería su habitación de ahora en adelante.

    Tanteando una de las paredes cuando entró, encontró el interruptor de la luz y la habitación quedó iluminada. Para la sorpresa del rubio la habitación no era tan funesta como temía. Era sencilla. Un color azul suave bañaba las paredes de la habitación y en el centro yacía una cama individual vestida por sábanas blancas de apariencia suave. Virando sus ojos azulados por todo el lugar, el rubio encontró curiosamente que la habitación no tenía ventanas, era cuatros paredes azules con objetos adentros y nada más, como una caja sin ventilación alguna. Se estremeció, pero intentó apartar cualquier pensamiento y emoción que le ahogara como días antes, tenía que verle el lado positivo a la situación.

    Era, sea como sea, un lugar donde vivir.

    Paralela a la cama, pegada a la pared, yacía un closet sin puertas, con varias divisiones y tubos de aluminio para guardar y guindar la ropa que él, por los momentos, no tenía. Un ventilador de techo giraba en todo lo alto, anclado con firmeza al techo. Era un lugar acogedor después de todo, no podía quejarse demasiado.

    Pasando de la mesita de noche se acercó a la cama, para luego sentarse en el borde de la misma, contemplando todo el lugar sin prestarle ya demasiada atención realmente. Lo sucedido horas antes seguía reproduciéndose en su mente como una película lúgubre, captando su completa atención. Se dejó caer en la cama, dejando que su cabeza reposara sobre la almohada y su cuerpo, casi automáticamente, se estremeció agradeciendo que su esqueleto descansara sobre limpias sabanas, sobre un colchón confortable y no el duro piso de las calles de Canberra, Australia.

    Sentir la suave almohada de plumas contra su cabeza hizo que sus párpados mágicamente se sintieran pesados, y la sensación de ahogo y opresión se iba disminuyendo hasta el punto de ser tan ligera como una pluma. Se hundió en la cama, echando una sábana sobre su pequeño cuerpo de diez años y dejando atrás las imágenes que le torturaban, dejándose simplemente llevar por aquella sensación que le transmitía tanta tranquilidad, que le insinuaba que todo iba a estar bien. Le seducía con promesas engañosas pero la sensación de paz era tan real en el que el niño, por primera vez en tantas semanas, asomó una pequeña sonrisa en sus labios.

    Y luego cayó, sin ser consciente de cuando, en los brazos de Morfeo.

    1.363 Palabras.
     
    Última edición: 19 Noviembre 2013
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    Lexa

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    11
     
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    3477
    VI
    La habitación carecía de iluminación. La negrura que envolvía al rubio le quemaba los pulmones, como si el aire también se hubiese extinguido junto con la luz. No sabía donde se hallaba, pero sin duda que aquel lugar no dictaba nada bueno. En la espesura de la oscuridad el niño oyó un susurro, como si alguien estuviese gimiendo agonicamente a su espalda. Giró en redondo, asustado, pero no vio nada más que negrura. El corazón le latía desefrenadamente, golpeando constantemente contra su caja torácica, estaba tan asustado que sintió ganas de romper a llorar hay mismo.

    Se contuvo, reteniendo el aire en sus pulmones y dejándolo escapar lentamente. De pronto se hallaba recorriendo la habitación, tanteando las paredes en busca de algún interruptor que encendiera la luz, pero cuando estiraba sus manos sólo tocaba el aire, un inmenso vacío. Y el rubio jadeó temeroso cuando oyó un grito desgarrador retumbar en la habitación, una mujer que gritaba como si le estuviesen arrancando el alma en ese preciso momento. Giró su cuerpo nuevamente, aún con el corazón golpeando contra su pecho, pero sus ojos azulados sólo captaban oscuridad, una oscuridad que empezaba a absorberle y crecía, como si se alimentara de su miedo.

    Dio un paso al frente pero se detuvo en seco cuando de repente sintió sus manos húmedas, bajó su visión hasta ellas y un gemido quedó atorado en su garganta cuando reconoció la sustancia que bañaba sus manos...

    Sangre.

    —¡Chico, es hora de despertar! —Exclamó risueño Mark desde el otro lado de la puerta, dándole un suave golpe a la misma.

    El rubio dio un brinco en su cama, exaltado y con el corazón latiendole con fuerza. Dio varios bocados de aire mientras pestañeaba e intentaba liberarse de las telarañas del sueño, o más bien, de su tétrica pesadilla. Había sido tan real que sentía un suave cosquilleo en sus manos, como si de verdad éstas hubiesen estado bañadas de sangre y bajó su vista hasta ellas, sólo para cerciorarse de que sus manos estaban limpias.

    Limpias y secas.

    Otro suave golpe pero más firme que el anterior sonó en la madera de su puerta, con la voz de Mark llamándole nuevamente. El rubio respiró hondo, reircorporándose y pasando sus manos por sus ojos, queriendo espantar la tenue sensación adormilada que aún yacía en él. Y antes de que Jackman volviera llamar a su puerta, el rubio ya se encontraba fuera de la cama y caminando directo a ella. Con algo de la vacilación, la abrió.

    Mark se hallaba recostado en el umbral con sus brazos cruzados sobre su pecho. Vestía una camisa manga corta grisácea, ceñida a su torso y unos vaqueros de un negro desgastado, de su pelo negro caían pequeñas gotas de agua que indicaban que Mark recién había salido de la ducha. Y en un segundo el negro de sus ojos se hallaba chocando con los azulados del rubio, con una expresión divertida.

    —Vaya... Alguien, al parecer, estaba teniendo un placentero sueño~ —Canturreó, alzando las cejas con fingida sorpresa.

    El niño le miró. Y ante sus palabras sintió un leve temblor recorrerle toda la columna vertebral, los 31 nervios espinales. Si Mark supiera lo lejos que estaba de que eso fuera cierto... Negó con la cabeza.

    —¿Qué hora es? —Preguntó cauteloso, queriendo evitar responder el comentario anterior.

    Mark inhaló y exhaló, suspirando con cierto desdén.

    —Las 12 del medio día.

    El rostro del pequeño australiano se transformó en una mueca de sorpresa.

    —¿He dormido tanto?

    —Y creo que hubieses seguido durmiendo sino te hubiese llamado —le dijo, soltando una suave carcajada—. Pero el día tiene que empezar para ti, pequeño. El Sol hace rato que ya salió~

    Había algo en la manera en como Mark hablaba que hacía que el rubio siempre le prestara atención, siempre, memorizando cada palabra que soltaba y cada gesto que articulaba. Pero también estaba aquella aura misteriosa que destilaba, como si toda la energía de Mark gritara peligro en vivas letras rojas y mayúscula, pero de alguna manera aquello era lo que más hacía que el rubio se sintiera atraído a él. Era esa sensación de dar un paso hacia adelante y caer al vacío, pero sabiendo que Mark Jackman estaría abajo y lograría atraparte.

    Se sentía peligrosamente seguro.

    —Quisiera darme una ducha —pidió sintiéndose repentinamente avergonzado por el rumbo que sus pensamientos adquirían, simplemente sabía que eso estaba lejos de estar bien.

    —Por supuesto —asintió con la cabeza—. Te buscaré algo.

    Mark dio media vuelta y se perdió bajó el umbral de la puerta de su habitación. Minutos después, salió con una muda de ropa limpia en su mano izquierda, con una viva sonrisa en su rostro.

    —Le pertenecían a mi sobrino, pero ya no está. Me parece que tenían la misma edad, por tu tamaño, así que supongo que te quedará —se la tendió y el rubio no dudó al estirar sus manos y agarrarlas, sintiendo la suave tela contra sus dedos —. Debes ponerte al día, debes saber en que te has metido. Así que no tardes, te espero en la cocina, pequeño.

    El rubio asintió siendo incapaz de decir algo contra aquello, realmente no había nada que decir. Desde que aceptó formar parte de la “banda” aquella noche, el australiano sabía que no había vuelta atrás. Y, realmente, sentía una pizca de curiosidad por explorar ese mundo que dictaba peligro por todos lados, actrativamente seductor.

    Cuando el rubio cerró la puerta de la habitación y se volvió en redondo para adentrarse en la misma, cayó en cuenta de que se había saltado varios detallitos la noche anterior cuando estaba describiéndola mentalmente. Ciertamente la habitación no tenía ventanas como normalmente se conocían, pero en una esquina, en lo alto de una de las paredes azuladas, yacía una pequeña rejilla por la que entraban varios destellos de luz solar, iluminando vagamente la habitación. Al lado del closet sin puertas y barras de aluminio yacía una puerta de madera color negra con la manija oxidada.

    Con clara sorpresa, el rubio avanzó hasta ella con el leve presentimiento de saber que encontraría al otro lado. Y bueno, había acertado. El baño era todo blanco, absolutamente todo. Al principio se sentía cegador, como si la blancura estuviese gritando desgarradoramente, pero segundos después el rubio se acostumbró a toda aquella blancura. Se encerró en el baño, con la muda de ropa en su mano derecha. Encontró una toalla y varios utensilios de baño en la instancia. Y agradeció eso, quería darse una buena ducha.

    El agua viajó por todo su cuerpo, sintiendo repentinamente las gotas como pequeñas agujas contra su piel, hacía tanto que no sentía el agua caer de esa manera contra su esqueleto que se estremeció y sintió su corazón dar un vuelco de satisfacción, lo estaba disfrutando.

    Y, por segunda vez en muchas semanas, el rubio volvió a sonreír.



    ~


    —Mark, ¿qué demonios estás haciendo? —Preguntó Josh con cierta furia contenida a Jackman, con su ceño fruncido.

    Mark se hallaba en la cocina con la tostadora al frente, sacó par de panes de una bolsa de papel y los empezó a untar con mantequilla. Luego, los metió en la tostadora y esperó que estuvieran listos.

    —Pan tostado con mantequilla, ¿se te antoja? —Le preguntó con cierta diversión en su tono de voz, medio girando la cabeza y mirando por el rabillo del ojo a Josh.

    Blackey dejó escapar el aire de sus pulmones en un sonido audible, negando con la cabeza. Se acercó al pequeño mesón que dividía la cocina de la sala y apoyó sus codos en el mármol oscuro, sentándose en el taburete.

    —Sabes a lo que me refiero... ¿Qué quieres de ese niño? ¡Es un chiquillo, Mark!

    —Josh... Pensé que ese asunto había quedado claro anoche. El rubio se quedará con nosotros y formará parte de la banda, se le entrenará y será uno de los nuestros.

    —Pero la banda no necesita a nadie más, estamos bien así —replicó.

    —Bueno, que tengamos un nuevo integrante no le hará daño a nadie. ¿O sí? —La expresión de Mark carecía de seriedad. Sus labios estaban curvados en una sonrisa pícara, llena de total diversión. Se giró, con un plato en su mano lleno de pan tostado y mantequilla, lo puso sobre el mesón—. ¿Seguro que no se te antoja?

    Josh le dedicó una mirada dura y gélida como el hielo. Y dejó escapar el aire de sus pulmones con total exasperación. A regañadientes, tomó una tostada y la llevó a sus labios.

    —Te lo digo, es una pésima idea.

    Mark rodó sus ojos negros y tragó el pedazo de pan que masticaba. Abrió sus labios para responder ante lo que Josh decía, pero se evitó tener que hacerlo cuando el rubio salió de su habitación y se dirigía a la cocina, totalmente aseado.

    —Hey. ¿Se te antoja pan tostado con mantequilla? —Le ofreció cuando el niño estuvo frente al mesón, buscando sentarse en uno de los taburetes que reposaba frente al mismo. Asintió, sintiéndose repentinamente incómodo ante la dura mirada que Josh le dedicaba, llena de aversión. ¿Tanto le molestaba su presencia? Tomó una tostada cuando Mark empujó el plato hasta él y su estómago gruñó agradecido al recibir alimento.

    —Gracias —mustió con un hilo de voz, terminando de tragar.

    Mientras comía se sentía incómodo hasta más no poder. Tenía los ojos grisáceos de Josh sobre su persona, examinándolo sin importar cuando incómodo podría resultar la situación para el rubio. Sentía la mirada de Josh viajar por todo su cuerpo, con su ceño fruncido y total desaprobación. Intentó hacer caso omiso a eso, buscando distraerse con el pan tostado que comía y manteniendo su mirada clavada en el plato que reposaba frente a él.

    —Josh, vas a desaparecerlo de tanto mirarlo, dale un respiro~ —Canturreó Mark.

    Repentinamente, Josh desvió su gélida mirada hasta Mark, bufando.

    —En realidad, quisiera que desapareciera.

    El rubio ante eso sintió un inmenso vacío en su estomago, como si le hubiesen arrancando las entrañas de un solo golpe, seco.

    —Josh...

    —Sí, como sea, estaré esperando donde Liam. Todos estarán ahí, di el mensaje anoche como me pediste.

    Y antes de que Mark pudiera responder, Josh ya había azotado la puerta principal, abandonando el lugar.

    —A veces olvido que apenas es un adolescente... Esa rebeldía de un chico de sólo 16 años, supongo que es algo típico —dijo encogiéndose de hombros, sin darle tanta importancia al asunto.

    Al rubio esas palabras sí que le tomaron por sorpresa. ¿16 años? El chico casi podía jurar que Josh rozaba los 20 años, se veía tan desarrollado como un hombre que ha cruzado la mayoría de edad. Poseía facciones definidas y rudas, totalmente varoniles que realmente no encajaban mucho con su edad. Pero, viendo en el mundo que vivía, aquello no debería sorprenderle tanto. Imaginaba que Josh había pasado por un sinfín de situaciones, experiencias que seguramente le habrían obligado a madurar más rápido de lo normal, la rudeza de esa vida que vivía... Y entonces se imaginó a el mismo, ahora era sólo un chico, un pequeño como Mark burlonamente le decía, pero con el pasar del tiempo en ese lugar, ¿también cambiaría y se desarrollaría más rápido, tal y como Josh aparentaba? En realidad, aquello no era algo que le asustara pero la manera y las situaciones que viviría para que eso ocurriera, sí que lo aterrorizó.

    O eso pensó.

    A su mente llegó la imagen de Iván gimiendo de dolor en el suelo, y distorsionó un poco tal imagen. En lugar de recordar a Josh y Mark torturándole, se imaginó a él mismo haciéndolo. Se imaginó con un arma entre sus manos y arrebatándole la vida a una persona, disfrutando de sus jadeos y gemidos llenos de miedo, clamando piedad. Se imaginó como uno de ellos, una persona que disfrutaba lo que hacía en todos los sentidos. Se imaginó como un asesino.

    Y tembló, sorprendido, cuando se dio cuenta de que la idea realmente no le aterrorizaba para nada.

    —Vámonos —le habló de repente Mark parado en el umbral de la puerta principal, sacándole de su ensueño, esperándole.

    Y sin ninguna vacilación esta vez, el rubio le siguió.


    ~


    Resulta que el lugar de “Liam” era un bar situado al final de la calle. Éste yacía dentro del callejón, cruzando varias calles y dolando par de esquinas. En realidad, si se prestaba un poco te atención al callejón, se podía llegar a comprender la manera en que estaba distribuido el lugar. La calle donde se hallaba Mark era la parte donde vivían todos las personas del callejón, y ésta zona que ahora recorrían era la parte donde podían derrochar el dinero entre ellos mismos.

    Era una calle larga, donde las puertas de todos los “locales” yacían abiertas. El rubio ladeó la cabeza y logró visualizar que dentro de un local habían un sinfín de armas, cuchillos y navajas que parecían resplandecer cuando la luz del Sol caía sobre sus hojas, un hombre con barba de par de días y porte musculoso estaba sentado al frente con un cigarrillo en sus labios. Y cuando el rubio le pasó por un lado, sintió estremecerse ante la sonrisa picardiosa que éste le dedicó. El chico apresuró su paso y se situó aun lado de Mark.

    Al final de la calle el bar se alzaba frente a sus ojos azulados. Puertas dobles de un color carmesí abiertas de par en par le daban la bienvenida. Dentro de la instancia, el lugar se hallaba sin música y las paredes era de un color azul pálido, el piso vestía una cerámica negra. Las mesas estaban posicionadas por todo el bar, mesas de madera y sillas de igual material hastiada de hombres con licor frente a ellos, en la barra, varios taburetes de un color rojizo se alzaban frente al mismo. En el aire era latente el fuerte olor a cigarrillo y alcohol, y más tenuemente, el olor a pólvora.

    Mark se acercó a la barra, con el rubio pisándole los talones y evitando devolver las miradas curiosas que se posaban en él. Al llegar a la barra, el rubio captó que el único hombre sentado en uno de los taburetes era Josh, quien no se inmutó al sentirlos llegar.

    —Mark... ¿está todo bien? Josh tiene cara de pocos amigos —susurró el hombre que atendía la barra, pasando un paño por el exterior de un vaso de cristal. Su cabello castaño le caía sobre sus hombros.

    —Josh siempre tiene esa cara —respondió Jackman encogiéndose de hombros y sentándose en uno de los taburetes.

    —Sí, pero está vez siento que tiene ganas de asesinar a alguien.

    Mark inhaló y exhaló con fuerza.

    —Sí, bueno, no está contento que una decisión que he tomado, Liam.

    Los ojos verdes de Liam, reconoció el rubio, brillaron llenos de sorpresa sólo por un segundo.

    —Y... ¿qué decisión? No he recibido mensaje tuyo de algún cambio o trabajo en la banda.

    —Es que no le he informado a nadie más, Josh sabe porque vive conmigo —hizo un movimiento con su mano, queriendo restarle algo de importancia al asunto—.¿Están todos aquí? —Le preguntó, moviendo la cabeza en dirección al centro del bar.

    —En efecto.

    Mark sonrió y se dio media vuelta en el taburete, quedando frente al público que se susurraban entre ellos, a Mark no le fue tan difícil saber que susurraban cuando todos miraban de reojo al rubio que yacía al lado de él. Rodó los ojos y aplaudió una vez, obteniendo la atención de todos.

    —¿Qué hace ese niño aquí, Mark? —Preguntó uno de los hombres, alzando a cabeza y dejando al descubierto su nula cabellera. Sus ojos resplandecían con un peculiar brillo que el rubio no pudo identificar en ese momento, pero se le hacía extrañamente familiar.

    —La paciencia es una virtud, Jordan~ —Canturreó Jackman, aún con la sonrisa en sus labios.

    Mark realmente tenía un porte relajado, a pesar de que todos parecían escudriñarlo con la mirada, con los ceños fruncidos. Tenía ambos codos apoyados en la barra que yacía detrás de él y la barbilla alzada, como queriendo imponer autoridad.

    —Pensaba que no se permitía ningún niño por estos lares —exclamó otro hombre, desde atrás, con una franela tan ceñida a su torso que mostraba lo trabajado que estaba—. Sólo se permitió a tu sobrino, pero hace par de años que ya no está. Y ahora esté niño, ¿qué significa, Mark?

    El rubio pudo notar, sólo por unos segundos, como la mandíbula de Mark se tensaba, tan fuerte que le pareció ver como los huesos de la mandíbula se le marcaban. Y se preguntó, sólo por curiosidad, quién sería el sobrino de Mark y qué le habría sucedido.

    —Siempre tan brusco, Alex —le dijo Mark, ocultando el iris de sus ojos negros tras sus párpados.

    —Pensé que ya lo habías superado —le respondió con cierta indiferencia en su voz, contoneando sus hombros.

    Mark sintió como si le hubiesen abofeteado.

    —Bueno, pero ese no es el asunto a tratar en sí —intervino Josh, hablando por primera vez desde que Mark y el niño entraron al lugar—. Mark ya no le des más vuelta al asunto —le miró de reojo, sus ojos grisáceos destellando impaciencia.

    —Tienes razón —se reacomodó en su silla, como queriendo reponerse de un momento incómodo—. Este chico que ven aquí —apuntó con su mano al rubio— será el nuevo integrante de la banda.

    Un coro de exclamaciones ahogadas resonó por todo el bar, pasando por los orbes de todos los presentes chispas de sorpresa e incredulidad. De repente, todos los hombres miraron de reojo al rubio, quien sintió repentinamente sentirse chiquitico ante las intensas miradas que le dedicaban.

    —Es un niño, Mark —habló nuevamente Alex, sus labios formando una fina línea.

    —Lo sé, pero ya lo he decidido así. Se le entrenará.

    —Vaya... ¿Desde cuando tomas este tipo de decisiones tan a la ligera?

    —Desde que soy el líder, Alex.

    Había algo en el tono de Mark, entre divertido y serio, que daba la sensación de que la conversación había llegado a su fin, que era una decisión irrevocable. El bar estaba sumido en completo silencio, tan tormentoso como una música a alto volumen. Todas las miradas aún descasaban en el cuerpo del rubio, con el ceño tan fruncido que el australiano pensó que seguramente le saldrían arrugas. De repente, se escuchó una estruendosa carcajada, rompiendo el silencio tan repentinamente como un cristal contra el piso.

    —Bueno, no te culpo, Mark —Alex se encogió de hombros—. Viéndolo bien, tiene cierto parecido a tu sobrino. Es una pena que no lo hayas superado... —completó, dedicándole a Mark cierta sonrisa socarrona. Llevó el vaso de cristal a sus labios y el rubio notó como el amargo licor bajaba por su garganta.

    Nuevamente la mandíbula de Mark estaba tensa, con un músculo crispando en su mejilla. Suspiró hondamente, queriendo calmarse pero sin gran éxito. Desde que había visto a Mark,el rubio jamás le había visto tensarse de esa manera, con aquella chispa extrañamente familiar para el niño en sus ojos.

    —Es suficiente, Alex —habló Josh con una voz tan plana como una tabla de madera—. Quizás sea mejor que vayas a dar una vuelta. Si no te gusta la decisión, es tu problema. Pero es un hecho, el chico se queda con nosotros.

    Decir que el niño estaba sorprendido de que Josh le estuviera defendiendo era nada, estaba más que eso, estaba tan atónito que se sentía incapaz de moverse o tan siquiera dejar escapar el aire de sus pulmones con fuerza. Viró su rostro hasta Josh y dio un paso atrás por inercia cuando vio en sus ojos esa chispa que todos tenían en sus orbes cuando le miraron de reojo, esa chispa que le resultaba extrañamente familiar, pero cuando la vio en los grisáceos orbes de Josh supo exactamente que era.

    Furia asesina.

    Pero ciertamente esta vez aquella chispa en los ojos de Josh no era para él, sino para Alex quien le miraba como si fuera un insecto. Tragó duro e instintivamente se acercó a Josh, quien no pareció reparar en eso.

    —Así que has aceptado la decisión de Mark. Me sorprendes, Josh, nunca te gustaron los niños —escupió sus palabras como si fuesen veneno, con la desaprobación latente.

    —Ese no es problema tuyo, Alex... El chico es ahora parte de la banda —le respondió, virando su rostro hasta posar sus ojos en los azulados del rubio. Aún sorprendido el australiano fue capaz de sostenerle la mirada. Pero cuando Josh le sonrió, una sonrisa tan limpia y perfecta, el rubio sintió que su corazón dio un vuelco gigantesco—. Es uno de los nuestros.
     
    Última edición: 13 Diciembre 2013
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    Homicida [Ian Strahovski]
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    VII

    Y tras soltar una risilla picardiosa, Mark disparó.

    La bala viajó a gran velocidad, cortando el aire en un zumbido y dando contra el blanco después de unos míseros segundos. Un pequeño orificio relució en la parte central del blanco metálico plateado, sacudiéndose levemente para luego quedarse tan inmóvil como una estatua.

    El rubio inhaló aire con fuerza, la pólvora y suciedad entrando y saliendo de sus pulmones en un sonido audible. Su ojos azulados estaban clavados en el pequeño orificio que Mark había echo, tan limpio y perfecto que sintió el vello de su nuca erizarse vagamente. Muy buena puntería, pensó el niño con cierto nerviosismo después de que la bala impactara contra el metal. Muy buena, recalcó en su mente.

    —Si practicas y sigues mis instrucciones, no tendrás que envidiar mi buena puntería —le dijo Mark encogiéndose de hombros, con una sonrisita en sus labios. Volvió a cargar el arma, otra bala lista para ser disparada e impactar contra el metal.

    —¿Eso quiere decir que usted me entrenará? —Le preguntó, sus ojos azulados brillando cuando la luz de Sol daba contra ellos.

    —En algunas cosas... Josh también te entrenará, aunque la idea no le haya agradado del todo —rió por lo bajo—. Y tuteame, chico, las formalidades se quedaron en una época que ya no es recordada.

    El rubio entreabrió sus labios para contestar, preguntarle tal vez porque Josh le miraba con tanta aversión, pero su voz fue apagada por el estruendo de la bala siendo disparada por el arma de Mark. Varias palomas abrieron sus alas y volaron lejos del callejón asustadas.

    —¿No le preocupa que fuera del callejón se escuchen los disparos? —Cuestionó el rubio, regañándose mentalmente por no haber usado un tono de voz más informal, pero Mark, para su fortuna, no pareció notarlo.

    —No se escucha nada. Ya lo hemos comprobado —le respondió, quitando el cabello negro que se le pegaba a la frente por el sudor con cierta impaciencia—. El ruido de la calle opaca totalmente el ruido de los disparos... —contoneó los hombros—. Supongo que eso sí es suerte.

    El australiano no pudo hacer más que asentir, volviendo su vista al frente. El blanco yacía inmóvil nuevamente, esta vez con dos orificios en el centro, uno muy cerca del otro. Se preguntó cuántas veces y cuánto tiempo había entrenado Mark para conseguir esa puntería que rozaba la perfección y cuánto tiempo le llevaría a él tenerla. Volvió nuevamente su mirada a Jackman, el sudor recorriendo su sien, viajando por la línea de su mandíbula y perdiéndose en los huesos de su clavícula. Mark era hermoso. Poseía un porte musculoso y abdomen marcado, se dio cuenta el rubio cuando la camisa se le pegaba a su torso en determinadas ocasiones. Cada hueso de su cara resaltaba, y las manchas oscuras bajo sus pómulos no parecían afectarla imagen varonil que siempre exponía. El rubio se preguntó que edad tendría, y cómo había llegado a ser lo que era, que le había sucedido para que estuviera en este mundo tan rojo y oscuro, pero realmente aún no se atrevía a preguntárselo. Quizás después, cuando haya más confianza, quizás...

    —Mark, Alex se rehúsa a darme un arma para el chico. Dice que no apoyará esta ridiculez —dijo Josh interrumpiendo el hilo de los pensamientos del rubio, sus ojos grisáceos tan vacíos como la primera vez los vio.

    El chico dio un respingo, sorprendido. Estaba tan clavado en sus pensamientos, en la descripción física de Mark que no se dio cuenta cuando Josh estuvo cerca de él, hablando y mirando a Mark con su típico ceño fruncido. Josh, ante la reacción del rubio, le dedicó una gélida mirada, con una pizca de burla.

    —Es un idiota —dijo Mark chasqueando la lengua—. Iré yo mismo. Espera aquí y, por favor, no mates al niño, Josh. Tu mismo lo dijiste, es uno de los nuestros.

    Una expresión de exasperación y molestia cruzó por la cara de Blackey.

    —Ya lo sé.

    Y sin decir nada más, Mark dio media vuelta y se perdió en el callejón, bajo las sombras oscuras que se formaban donde el Sol no llegaba a tocar.

    Nuevamente el rubio experimentó esa sensación de incomodidad como cuando Josh lo escudriñó con la mirada en el desayuno, pero esta vez sentía que, literalmente, se ahogaba de incomodidad. Estar solo con Josh, aunque sea par de segundos, envió una ola de escalofríos por toda su espina dorsal. Desvió su mirada hasta el suelo, encontrando que las piedrecillas que allí residían eran sumamente interesantes.

    —¿Qué te sucedió anoche? —Preguntó de repente Josh con un tono de voz plano y las manos en los bolsillos de sus vaqueros desgastados.

    La pregunta tomó por sorpresa al rubio, haciéndole subir por inercia los ojos hasta los grisáceos de Josh. Realmente no esperaba que Josh le hablara hasta que llegara Mark, bueno, realmente esperaba que Josh nunca le hablara. Parpadeó.

    —¿Qué me sucedió? —Ciertamente no entendía a que se refería Blackey con su pregunta.

    —Sí, te escuché gritar en la madrugada —su vista estaba clavada en los ojos azulados del rubio, penetrándole con la mirada como si pudiera ver más allá de sus pupilas. El australiano sentía que Josh le atravesaba con la mirada como un cuchillo que atraviesa justamente el corazón.

    Apartó los ojos bruscamente, hacia el frente.

    —No recuerda haber gritado, seguramente soñaba.

    Después de varios minutos de silencio, Josh respondió:

    —Seguramente —se encogió de hombros—. Deberías...

    Pero el rubio no pudo saber que debería hacer, o que era lo que Josh iba a decirle. Mark había llegado junto a ellos, con una expresión divertida y asesina en su rostro. La camisa estaba pegada a su torso, tanto por el sudor como por la sangre que bañaba la tela blanca. En su cara habían par de rasguños, así como una larga cortada que nacía en sus pómulos y moría en su cuello, la sangre emanaba de la herida como un hijo rojo.

    Los ojos azulados del rubio se abrieron de sorpresa, incapaz de apartar su mirada del rostro de Mark. Su ceño fruncido, el brillo en sus ojos negros. Y su sonrisa. Muy a pesar de que estaba herido y de lo dolorosa que parecían ser tales heridas, Mark sonreía como si nada de eso le importara, como si estuviese orgulloso de las heridas que portaba. Tan divertido y siniestro.

    Totalmente consternado estaba el rubio, incapaz de hablar. En cambio, fue Josh quien habló:

    —¿Qué diantres te sucedió? —Había incredulidad en su voz, su sorpresa era latente.

    Mark se encogió de hombros.

    —La sangre que está en mi camisa no es mía, es de Alex —quitó el cabello que le caía en su frente, un gesto impaciente—. Está muerto.

    Por un momento todo quedó en absoluto silencio. Espeso, profundo y pesado. La sorpresa tatuada en el rostro de Josh, y parpadeaba, como si aún estuviera procesando la información.

    —¿Muerto? ¿Qué sucedió?

    Una ligera sonrisa apareció en los labios de Mark.

    —Tuve una discusión con él, y cuando le recalqué que yo era el líder y que mis decisiones no debían ser cuestionadas, se me fue encima con cuchillo en mano. Tuve que matarlo.

    —¿Y Alex en verdad quería matarte? ¿A ti?

    —Tenías que ver su expresión, es chispa asesina —dijo ladeando la cabeza—. Sabes a que me refiero.

    —Bueno, él seguro se lo buscó —respondió con un movimiento afirmativo con la cabeza, encogiéndose de hombros.

    Un repentino mareo invadió al rubio, tambaleándose sobre sus talones y obligándose a dar un paso atrás buscando estabilidad, sentir el piso firme bajo sus pies. Era todo muy extraño. Era todo muy tétrico. La manera en que Josh y Mark hablaban de la muerte de Alex como si estuvieran hablando del clima hacía que los pelos de su nuca se erizaran y que de repente su mundo diera vueltas. Sintió que el aire abandonaba sus pulmones y jadeó, sintiendo una gran punzada en su estómago.

    —Chico, ¿estás bien? —Escuchó que Mark le preguntó, dando par de pasos hasta el pequeño australiano.

    El rubio subió su mirada hasta la cara de Mark, clavando sus ojos azulados en los negros del hombre y perdiéndose momentáneamente en el iris de sus pupilas. La respiración del rubio era ruidosa, su pecho subía y bajaba con fuerza y su cara estaba más pálida de lo normal. De alguna manera, el asunto de la muerte de un hombre le afectaba sin él ser consiente del porqué. Varias imágenes surcaron su mente, imágenes de un hombre gimiendo en el suelo y con las mejillas bañadas de lágrimas, la imagen de un niño mayor que el siendo empujado violentamente contra una pared, y el grito de una mujer invadió su mente. Fue un momento muy fugaz, las imágenes pasaron en cámara rápida, como en un parpadeo, para luego quedar todo en absoluto silencio y temor.

    Y de repente, para el australiano, no había nada más que oscuridad a su alrededor, se sentía absorbido por la negrura de los ojos de Mark. Y cuando el rubio pensaba en muerte, las imágenes anteriores y el cuerpo de Iván inerte en el suelo sacudía su mente.

    Sintió sus piernas doblarse, su cuerpo repentinamente pesado y cayendo, el vacío esperando por él. Escuchó que Josh le decía algo sobre su palidez, pero no llegó a saber exactamente a que se refería. La oscuridad le había atrapado, arrastrándolo hasta el vacío sin piedad alguna.


    ~

    De repente todo en la habitación era muy brillante, tan brillante que el rubio tuvo que pestañear varias veces para poder acostumbrarse a tanta claridad. Es como si varios bombillos de luz blanca estuvieran prendidos y esparcidos por cada rincón de la habitación. Pero tras segundos, toda esa luminosidad desapareció y quedó un leve resplandor, como una imagen que se está difuminando.

    Las paredes vestían un claro color amarillo, decoradas por diversos cuadros de dibujos infantiles, coloridos y sonrientes. En el centro de la habitación yacía una pequeña cama individual con un cubrecama azul eléctrico con diseño de caricaturas animadas que el rubio no pudo reconocer. Se acercó con pasos suaves hasta una pila de libros que reposaba en la cama, volúmenes de historias y aventuras con personas mágicos y valientes, dedujo el pequeño australiano por la portada de un libro que presentaba un hombre con brillante armadura y una espada resplandeciente en su mano, cuando estuvo por leer el título el crujido de la puerta siendo abierta llamó su atención.

    Desvió sus ojos hasta el frente, viendo como dos hombres de contexturas gruesas invadían la habitación dando grandes zancadas. El rubio por inercia dio un paso atrás, sintiendo que un gran miedo empezaba a florecer dentro de él, pero se relajó un poco cuando cayó en cuenta de que los hombres no le veían, sus miradas recorrían la habitación pero en ningún momento repararon en su presencia.

    El rubio estuvo por preguntarse internamente que estaba ocurriendo, si quizás estaba soñando cuando se percató que las manos y las ropas de ambos hombres estaban salpicadas de sangre. Sintió repentinamente una gran punzada en su estómago y el miedo se apoderó de su cuerpo.

    No está aquí, ¿crees que quizás huyó?

    Quizás. Pero es sólo un chiquillo, ¿qué tan lejos pudo a ver ido? Debe estar cerca, con sus padres muertos, seguro está en schok y hecho ovillo en una esquina. Sigamos buscando.

    Los hombres luego de intercambiar tales palabras abandonaron la habitación. Y el rubio palideció en su lugar, estremeciéndose. No supo exactamente porqué o qué, pero aquellas palabras lo dejaron frío y sin aliento.

    Meneó la cabeza, intentando calmarse. Era un sueño, estaba seguro de eso. Era un sueño seguramente originado por escuchar a Mark hablar de la muerte de Alex, un sueño seguramente originado por ver la muerte de Iván. Pero algo dentro del rubio le gritaba que no era eso, que era algo más.

    Y de repente, toda la habitación el resplandor desapareció y la habitación se sumió en una espesa oscuridad. El rubio se quedó quieto en su lugar, sin saber exactamente qué hacer y escuchó, tras unos segundos, varios estruendos que hicieron que el australiano se estremeciera y soltara una ahogado grito. Los estruendos siguieron y varios gritos desgarradores se unieron al ruido, más fuertes, más desgarradores.

    El corazón le dio un vuelco, golpeando con fuerza contra su pecho. Y quiso despertar, quiso desesperadamente despertar de aquel sueño, abrir los ojos y ver el Sol contra su cara, o quizás el techo de su habitación. Cerró los ojos con fuerza y se echó al suelo, con las manos en su oídos.

    A despertar, a despertar. Ahora, ¡ahora!” Gimió en su mente, meneando la cabeza. Todo quedó en silencio de repente y abrió los ojos, esperando quizás ver el ceño fruncido de Josh contra su cara, pero sólo había oscuridad frente a sus ojos.

    Aquí está.

    Volvió su miradas hasta la fuente de la voz, a sus espaldas. Y vio nuevamente a los hombres corpulentos frente a él, con una siniestra sonrisa en su rostro. Y el rubio jadeó, temeroso, cuando vio el filo del cuchillo viajar hasta su pecho, abrió sus ojos con sorpresa y gritó, el miedo plantado en su cuerpo.

    ¡Maldición, chico! ¡Ya despierta! —Alguien gruñó y la oscuridad volvió a atraparlo.

    El rubio abrió sus ojos azules con fuerza, respirando con agitación mientras se sentaba de un salto, con el corazón desbocado. Vio el rostro de Josh frente a él, con el ceño fruncido y su boca en una línea fina. Le tomó varias respiraciones tranquilizarse un poco y darse cuenta de que las manos de Josh reposaban en sus hombros, apretando ahí con cierta fuerza.

    —Josh... —susurró aún agitado, llevando una mano a su frente cuando se percató de que varios gotas de sudor estaban aglomeradas ahí —.¿Qué... sucedió? —Le preguntó, con esfuerzo.

    Un suave gruñido brotó de la garganta de Josh antes de soltarlo y arrastrase un paso atrás en la cama.

    —Estabas gritando. Y cuando entré, te estabas revolcando contra las sábanas —le dijo, soltando un largo suspiro llenó de exasperación—. Y estás sudando.

    El rubio tragó duro, contoneando los hombros contra sus mejillas empeñadas de sudor.

    —Estaba soñado.

    —Eso noté.

    Josh se colocó de pie, suspirando y agitando la mano con desdén. Posó sus ojos en el rostro del australiano, aunque éste fue incapaz de devolverle la mirada.

    —Date una ducha. Mark no debe tardar en llegar, querrá hablar contigo —y, sin esperar la respuesta del rubio, abandonó la habitación.

    El pequeño se permitió respirar con tranquilidad una vez que se halló solo en su habitación, pequeños destellos rojizos colándose por las barrotes de la pequeña rejilla que intentaba ser una ventana daba a entender que el Sol se estaba ocultando, dando paso a un atardecer que bañaría las calles de la inmensa ciudad.

    Se dejó caer de espaldas en el colchón, sintiendo las sábanas húmedas bajo su cuerpo gracias al sudor, y tembló ligeramente ante el tacto y al recordar lo que había estado soñando. Los hombres, los gritos desgarradores y la navaja viajando a su cuerpo se sintió tan real que el niño temió que esa fuera la realidad, que eso en realidad estaba sucediendo, pero cuando escuchó el gruñido de Josh en el ambiente se dio cuenta de que no era así.

    Era muy fácil decirle a Josh que sólo era un sueño, sin mucha importancia realmente, pero ciertamente era todo lo contrario. Muchas veces sentía que era más que un sueño, era algo más allá de todo eso que aún no podía entender, como si aquellas imágenes que se deslizaban en su mente fueran una realidad que trataba de olvidar, pequeños fragmentos que aún no podía unir, así como tampoco saber su significado. Todo era sangre, dolor, miedo, gritos y muerte, siempre ese había sido la secuencia en sus sueños, casi siempre la misma escena que hacían pensar al rubio que aquello no era simplemente un sueño sin importancia alguna, que había un trasfondo en todo eso que aún no era capaz de encontrar o entender, quizás estaba relacionado con su pasado...

    El rubio hizo una mueca cuando una punzada en su cabeza hizo acto de presencia interrumpiendo el hilo de sus pensamientos gracias al dolor. Se llevó una mano a su cabeza, sacudiendo su cabellera húmeda para luego cerrar los ojos y suspirar, ciertamente muy cansado de toda esa situación. El australiano pensó que ahora que viviría con Mark todo empezaría a marchar mucho mejor para él, que internamente se sentiría mejor muy a pesar a saber en donde se estaba metiendo, que las pesadillas e imágenes que le desgarraban la mente se esfumarían cuando el estuviera en un sitio estable y con una almohada bajo su cabeza.

    Pero ciertamente no era así.

    Por las noches seguía gimiendo y sollozando de vez en vez, revolcándose contra las sábanas cuando las pesadillas adquirían un color más fuerte. Y el rubio estaba tan cansado. Deseaba con todas sus fuerzas poder dormir toda la noche sin imágenes perturbadoras, poder despertar sin una gota de su dolor y sin que su garganta ardiera. Deseaba tanto no soñar. Pero por más suplicara, por más que lo implorara, las imágenes seguían acudiendo a su mente haciendo caso omiso a su petición.

    Abrió sus ojos de golpe cuando escuchó un golpe en su puerta, con la voz de Josh gruñendo tras ella.

    —Chico, no he escuchado el agua correr. ¿Es qué te has dormido?

    El rubio inhaló y exhaló con fuerza, parándose de la cama y descartando seguir torturándose mentalmente con esa clase de pensamientos que solo lo quebraban internamente, al igual que sus esperanzas.

    —No, ya estoy entrando al baño —susurró con desgano, pero con la suficiente fuerza para que Josh lo escuchara.

    Le pareció percibir un resoplido al otro lado de la puerta, seguido de varios pasos que indicaban que Josh estaba alejándose. El pequeño australiano caminó hasta el baño, cerrando la puerta tras él y despojándose de la ropa. El único pensamiento que tenía en mente era meterse bajo el agua y ahogar todas aquellas imágenes que le torturaban, ahogar todo sus deseos, sus esperanzas y sus sueños.

    Ahogar todo con la única intención de ya no sentir nada.
     
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    VIII
    Cuando el pequeño australiano salió de su habitación, el agua aún caía de sus hebras amarillas en pequeñas gotas que mojaban su camisa. Ciertamente era muy refrescante sentir el agua contra la piel, refrescado cada poro de la misma y relajando los músculo bajo el agua fría aunque sea sólo en ese preciso momento, pero el rubio no había disfrutado para nada la ducha. Las imágenes seguían haciendo hincapié en su mente, punzando con fuerza y perturbándolo de tal forma que sólo esas imágenes llenas de terror podían. Cerró los ojos con fuerza, negando con su cabeza levemente y suspirando con desdén. Muy a pesar de todo, el rubio tenía que ser fuerte y superarlo, tan fuerte que deseaba con todas sus fuerzas que las lágrimas ya no bañaran sus mejillas, que las pesadillas le supieran a indiferencia, pero la cruda realidad era que el rubio era sólo un niño.

    —¡Chico, aterriza! —Escuchó de repente la voz de Mark resonar en sus oídos, como el gruñido de un animal enfurecido.

    Subió sus ojos azules hasta posarlos en los negros del hombre, caminando hasta él intentando centrar su mente en lo que le rodeaba, aterrizar como le había exclamado Mark y estar presente en la realidad y su entorno. Carraspeó un poco la garganta, con un disimulo mal efectuado.

    —Sí, lo siento. Estaba pensando.... —masculló casi arrastrando las palabras, ciertamente sus ánimos estaban a millones de metros bajo tierra en ese momento.

    —Ya, bueno, te preguntaba cómo estás —le dijo, llevando un vaso de vidrio con un líquido amarillento a sus labios. El rubio vio su garganta moverse suavemente cuando tragó.

    —Estoy bien —se encogió ligeramente de hombros, sentándose en uno de los taburetes que yacían frente al mesón de la cocina.

    —Te desmayaste de repente, estabas tan pálido que Josh pensó que estabas enfermo —otro sorbo a su bebida, sus codos sobre el mesón—. Pero parece que sólo fue un desmayo sin demasiada importancia. ¿Conmoción por escuchar la muerte de Alex, quizá? —Le preguntó al rubio con un tinte de burla en su voz, alzando una de sus cejas.

    El pequeño australiano inhaló con más fuerza de lo normal el aire para que entrara en sus pulmones, reteniéndolos en ellos cuando escuchó la palabra muerte salir de la boca de Mark, provocando que su pesadilla se reviviera en su mente como si aquella simple palabra fuera su interruptor. Negó con la cabeza, viéndose incapaz de pronunciar palabra alguna por miedo que su voz se quebrara. No quería que Mark pensara que era débil, no quería seguir aparentando ser un niño indefenso en un mundo que le exigía todo lo contrario, un mundo que le obligaba a apagar su humanidad.

    Y él estaba dispuesto a ello, dispuesto a ser cualquier cosa por sobrevivir y superarlo todo. De, simplemente, ya no sentir más dolor, no sentir nada que punzara contra su pecho. Y lo lograría, el rubio sabía que Mark le ayudaría. Estaba aferrado a esa idea.

    El sonido de la puerta abriéndose le ahorró tener que responderle algo a Mark en ese momento. Josh entraba por la misma con su típica seria expresión, un ligero fruncido que ya parecía estar tatuado en su frente. Cargaba una bolsa en su mano derecha, la cual la dejó reposar sobre el mesón de la cocina para luego suspirar.

    —¿Trajiste todo? —Preguntó Mark, dejando el vaso sobre el mesón y acercándose a la bolsa para revolver su interior.

    —Sí —dijo, asintiendo con la cabeza también—. Jordan dijo que la ropa te la trae mañana a primera hora.

    Mark volcó el contenido de la bola sobre el mesón, un estruendoso ruido le siguió después. En el mármol varias armas de todos los tamaños y tipos yacían ahora, desde pequeñas navajas hasta pistolas con pequeños cilindros. El rubio sintió que un pequeño escalofrió recorrió su espina dorsal, pero echó esa sensación aún lado casi al instante. Tenía que acostumbrarse a la vista que alzaba frente a sus ojos, ésta era su nueva vida ahora. Respirando hondo, encontró su voz.

    —¿Son para algo en especial?

    Mark le dedicó una breve mirada para luego ladear una pequeña sonrisa.

    —Son para ti, pequeño.

    Esta vez, el rubio no pudo simplemente ignorar el escalofrió que le invadió. Abrió sus ojos con sorpresa, mirando de las armas a Mark con cierta incredulidad.

    —¿Todas?

    —Y cada una —la sonrisa en los labios de Mark se ensanchó aún más, un perfecto hoyuelo hundiéndose en su mejilla izquierda—. Tienes que saber usarlas todas para que así empieces a trabajar lo antes posible —completó, tomando cada arma y examinando el estado de cada una.

    En ese momento, el rubio se quedó sin nada que decir. Estaba absorto en el caos que vivía su mente, sus ojos tan azules como los océanos clavados en el mesón repleto de armas. Cuando el rubio aceptó ir con Mark, estaba consciente de que su vida cambiaría completamente, sabía donde se estaba metiendo y sabía que era lo que le venía a continuación, pero ciertamente no había sido algo que hubiese creído, no hasta que vio las armas frente a él y escuchar a Mark hablándole cuál iba ser su futuro, en sentido general.

    Se encontró tragando fuerte, regañándose mentalmente por sentirse un poco asustado ante lo que veía. El rubio sabía que esto iba a llegar en cualquier momento, lo había aceptado y tendría que lidiar con eso. Iba a apagar su humanidad a cualquier costa, no importaba cuantas veces tendría que reprenderse por mostrar vulnerabilidad. Respiró hondo, estirando su mano hasta el mesón y dejando sus dedos se envolvieran en una pistola completamente negra. Tenía que empezar a familiarizarse con aquellas armas que seguramente no tardaría en utilizar, con las que podrían llamarse ahora herramientas de trabajo.

    Sintió el peso en su mano, el frío recorriendo cada uno de sus dedos. Cerró cada uno de sus dedos en torno al arma, como si de repente el contacto con la misma dejara de parecerle tan aterrador como en un principio. ¿Aquello era una buena señal, no? Casi como si las invocara, a su mente vinieron los recuerdos de los malos tratos que recibió en la calle, de las personas que le gritaron y le dieron la espalda cuando él más necesitaba ayuda. Sintió el dolor y tristeza que vivió en ese momento punzando contra su pecho y, de repente, toda aquella tristeza y dolor fue suplantada por una rabia profunda. ¿Por qué debía sentir humanidad por personas que ni siquiera parecían tenerla?

    —¿Todo bien? —Mark le preguntó y el rubio subió su mirada.

    —Sí, todo bien —contestó, esbozando una pequeña sonrisa ante la sola idea de no inmutarse ante el dolor de los demás, de apagar su humanidad como esas personas lo habían hecho, y que no hubiera nada en el mundo que pudiera perturbarlo, nunca más.

    —Bien. Mañana veremos que tal es tu puntería —le dijo—. Aunque hoy tengo curiosidad de saber que tal es tu resistencia.

    El rubio parpadeó, dejando el arma en el mesón. Le pareció sentir que Josh tomaba un profundo bocado de aire.

    —¿Cómo? —Preguntó, ladeando un poco la cabeza y mirando a Mark de reojo, quien le devolvió la mirada. Una siniestra sonrisa extendiéndose en sus labios—. ¿Será doloroso? —No pudo evitar preguntar ante las reacciones de ambos hombres.

    —No te va a gustar —respondió, tomando su bebida y dándole otro sorbo.

    ~
    El callejón que Mark había escogido para saber que tal era la resistencia del pequeño australiano era uno de el rubio no había visto antes. Éste era más amplio, las paredes rocosas con rastros de pintura seca de diferentes colores y los bombillos colgando en un alambrado alumbrando todo el lugar. Ciertamente al rubio le había parecido que el callejón completo era muy raro, poco después se enteró que era una cuadra completa que la banda había agarrado y remodelado a su gusto, alzando paredes que dividían las diferentes zonas, haciendo parecer que todo era un callejón, un gran laberinto sin fin. El pequeño australiano pensó que, quizás, le tomaría un tiempo familiarizarse con el lugar, reconocer cada callejón y poder caminar por todo el lugar sin temor a perderse u olvidar el camino a la casa de Mark.

    Se podía decir que el pequeño australiano estaba en el medio del callejón y pasos más adelante, muchos pasos más adelantes, estaban Josh y Mark mirándole de frente. Mark sonriendo, Josh frunciendo el ceño y con un tinte de preocupación en su voz.

    ¿Preocupación? ¿Josh? El frío nuevamente estaba recorriendo su espina dorsal, erizándole. Aspiró con fuerza, negando con la cabeza para que los pensamientos de horror abandonaran su mente, no era momento para eso. La situación exigía concentrarse en lo que haría, su atención en el momento.

    —Bien, te daré algunas recomendaciones, pequeño —habló Mark con fuerza, su voz resonando por todo el lugar—. Es la prueba de resistencia. Es decir, que sea lo que sea, pase lo que pase, tienes que resistir. Ignorar el dolor y mantenerte en pie, ¿me captas? —Había burla en su expresión, había socarronería en su sonrisa.

    Oh, no. Nada bueno vendría de todo esto, menos si estaba relacionado con el dolor. Tragó duro, demasiado duro para luego asentir. En eso, captó como Mark sacaba un arma detrás de sus pantalones, plateada, resplandeciente. El australiano abrió sus ojos un poco sin poder contenerse, otra vez el frío plantado en su espina dorsal.

    —Sé fuerte. Tus pies plantados al piso. Ignora el dolor, no caigas. Si caes pierdes y si pierdes estás muerto —comentaba Mark mientras subía el arma, apuntando de frente al pequeño rubio que estaba estático en su lugar.

    Mark iba dispararle, entonces él iba a morir. Lo sabía, lo presentía. Moriría, Mark le mataría si accionaba el gatillo. Alto, alto, alto…

    Y Mark disparó.

    Al principio ciertamente no sintió nada. Nada, todo estaba tan estático como si el mundo se hubiese detenido, sus ojos bien abiertos. Pero después todo explotó en él, el dolor ardiendo en su hombro izquierdo con una intensidad incomparable. Respiró con fuerza, con demasiada fuerza, sintiendo luego como sus piernas flaqueaban por el dolor y como sus ojos ardían por las lágrimas que querían escapar. Apretó los labios, no queriendo dejar escapar un sollozo de ellos y llevó una mano al hombro herido, sus dedos tiñéndose de un rojo escarlata. Su pecho subía y bajaba con demasiada fuerza que también ardía, el dolor empezando a punzar su cabeza.

    Medio dobló sus rodillas, a punto de caer incapaz de soportar el dolor pero en eso la voz de Mark hizo eco en su mente, con fuerza ‘Si caes pierdes, y si pierdes estás muerto’ Y él no quería morir. Se obligó a estabilizarse, se obligó a respirar con normalidad e ignorar el dolor. Esta era la prueba de resistencia para Mark, no era saber cuánto resistías antes de caer, era saber si te mantendrías en pie sin importar lo que te obligue a caer, si te mantienes en pie ganas y si ganas vives.

    Suspiró, abriendo sus ojos y mirando de reojo a ambos hombres, quienes se mantenían observando sus reacciones. Le pareció ver una pequeña sonrisa en los labios de Josh, pero sólo un momento antes de que el mundo le diera vuelta y su visión se tornara un poco borrosa. Resistía, estaba de pie, pero el dolor era insoportable.

    Sintió un gran alivio al ver como Mark guardaba su arma, su mundo amenazando con desplomarse. Pero no, de pie. Dio un paso al frente, su hombro latiendo en demasía, sus ojos ardiendo como una herida abierta. Siguió adelante, llegando a estar escasos centímetros de Mark y Josh.

    —¿Aprobé? —Al rubio le pareció notar que su voz se alzaba con un toque burlón. Su visión empezando a nublarse cada vez más, el piso bajo él sintiéndose demasiado inestable.

    Entonces, el australiano le vio sonreír a Mark, agachándose hasta quedar hasta la misma altura que el rubio.

    —Sí.

    Y el rubio no supo nada más, todo se volvió negro, su cuerpo cayendo al duro y rocoso suelo. Y en el último segundo antes de caer a la inconsciencia lo sintió, su cuerpo entonces siendo atrapado por las manos de Mark.

    ‘Era esa sensación de dar un paso hacia adelante y caer al vacío, pero sabiendo que Mark Jackman estaría abajo y lograría atraparte’.

    Ahora entendía aquella sensación.
     
    Última edición: 18 Febrero 2014
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    Lexa

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    Homicida [Ian Strahovski]
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    IX
    El rubio despertó en su cama.

    Pequeños destellos de luz solar se asomaron por la rejilla que yacía en su habitación, sus ojos parpadeando poco a poco para entornar mejor lo que le rodeaba. Dejó escapar un bostezo, tranquilo, hasta que intentó incorporarse. Oleadas de dolor lo mandaron de vuelta a la cama, su mano viajando instintivamente hasta su hombro izquierdo, el cual notó que estaba vendado completamente.

    Y entonces, las imágenes atacaron su mente. Sintió su garganta seca, ardiendo contra el recuerdo de la bala impactando contra su hombro, el dolor recorriendo cada músculo, y la sonrisa amenazando con besar sus labios ante el recuerdo de la decisión de mantenerse en pie, ante su fuerza. Después de todo, no era tan débil como pensaba.

    Pero el hombro le ardía en demasía, demandando descanso y reposo. Pero él sabía que eso no iba a suceder, no ahora. Con esfuerzo y cuidado logró sentarse en la cama, suspirando y entonces se miró. Tenía ropa nueva y limpia, una franela de tela suave blanca y unos pantalones de tela azul marino, una pijama de su tamaño. Sonrió un poco, pero la sonrisa no se terminó de extenderse hasta sus ojos ante la pregunta de quién habría sido el que lo cambió sacudió su mente. Tembló ligeramente, echando aquel pensamiento aún lado. No necesitaba pensar en eso.

    Se colocó de pie, aún su mano sobre su hombro y caminando directo al baño. Se vio en el espejo, su reflejo saludándole y extrañamente se sentía bien. Podía observar sus ojos azules brillando como si no hubiese recibido un balazo en el hombro izquierdo, como si todo estuviera bien y todo lo que estaba ocurriendo le gustaba, lo aceptaba. Algo que quería vivir y le hacía sentir más fuerte, las lágrimas sin escapar de sus ojos nunca más.

    Se lavó la cara y dientes como pudo, pero ya importándole poco el dolor que sentía su hombro, era un recuerdo de su fortaleza y lo que era capaz de hacer. Salió del baño y se sorprendió ligeramente al encontrar a Josh parado en medio de la habitación, esperándole, su postura impaciente.

    —Te estaba esperando —se limitó a decir, el rubio notó que su tono de voz no era tan rudo como el habitual.

    —¿Sí? ¿Pasa algo, Josh? —Preguntó, secando su rostro con una toalla mientras se sentaba en la cama.

    —Desayunarás e irás a la parte trasera del callejón, Mark te espera —hizo una pausa, muy breve—. Practicaremos tu puntería.

    El rubio asintió, sin mucho que decir realmente. No le parecía mala la idea de ir a practicar su puntería cuando de ahora en adelante estaba casi seguro que siempre portaría un arma. Y sinceramente la idea no le desagradaba del todo. Recordó el peso de la misma sobre su palma la otra noche, el frío del metal y la sensación de miedo disolviéndose como azúcar en agua. Y le gustó.

    Se cambió rápidamente por un jean negro con una franela blanca que estaba en su closet, seguramente era la ropa que Jordan le había dado a Mark para él. Suspiró mientras salía de la habitación y luego de la casa, pisándole los talones a Josh. Había tomado un pan de la mesa, el cual estaba relleno como si fuera exclusivamente para él. Dio un mordisco al mismo mientras doblaba en una esquina, su hombro ardiendo levemente. Justo cuando había ido a la cocina para buscar su desayuno, Josh le había dado dos pastillas blancas pequeñas diciendo que eran para el dolor, y el rubio no dudó en tomárselas. Dudar de las personas que le habían dado un lugar en sus vidas era demasiado absurdo para ese instante.

    Mark yacía al final del callejón, viendo el arma que descansaba en su palma como si estuviera detallándola en busca de alguna anomalía. Cuando sintió la presencia de Josh y del pequeño, subió su vista hasta ellos y les sonrió a modo de saludo, incitándole con la mano a que terminaran de llegar hasta él. En el fondo, el rubio pudo visualizar los blancos con orificios en la placa metálica, unos muy cerca del otro.

    —¿Cómo sigue tu hombro? —Preguntó al pequeño australiano, su voz serena como el mar por la mañana.

    —Arde, pero está bien.

    Mark asintió mientas se acercaba a la mochila que yacía en el suelo y sacaba un arma completamente plateada del bolso, un poco pequeña a comparación de la que él tenía en la mano. Se la tendió al rubio sin decir nada, éste aceptó sin responder algo.

    —Primero dispararé yo, y tú intentarás copiarme en todo lo que se te sea posible, ¿de acuerdo? Esfuérzate por sujetar el arma con las dos manos, aún eres un novato en esto —lo último lo hacía en referencia a su hombro adolorido, pero tendría que forzarlo a alzarlo.

    El rubio notó que Jackman separaba sus piernas a la altura de sus hombros, sus manos firmes alrededor del mango del arma. Los ojos negros de Mark yacían fijos en el blanco metálico frente a él, su postura como demasiada soltura como si aquella acción le hubiese hecho demasiadas veces. Entonces notó los músculos de su brazo contraerse en rigidez y firmeza, y disparó.

    Decir exactamente cuantos segundos tardó la bala en perforar el metal, para el rubio, era imposible en ese instante. Había echado un paso atrás por el sonido estrangulado de la bala siendo disparada, que todo lo pudo registrar en el momento que disparó fue el metal sacudiéndose.

    —Bien, tu turno. No te preocupes por hacerlo mal a la primera, te corregiré.

    De repente el rubio sintió mucho nervio. Una cosa era tener el firme pensamiento de hacerlo y estar seguro de ello, y otra muy distinta era hacerlo. Tragó duro, disimuladamente, mientras subía el arma y la tomaba con sus dos manos. Se obligó a reprimir un jadeo de dolor cuando alzó su brazo izquierdo, parpadeando, queriendo echar el ardo en sus ojos hacia atrás, muy atrás. Copió lo mejor que pudo la postura de Mark, piernas separadas a la altura de los hombros, sujetando el arma con tanta fuerza que sus nudillos empezaban a adquirir un tono blanco. Vio el objetivo, y no pensó nada más, no quería pensarlo más, y entonces disparó.

    La fuerza de la bala saliendo del arma la hizo echar su cabeza hacia atrás rápidamente cuando notó que el arma viajaba hacia su cara por la fuerza, entonces bajó el arma y miró al objetivo. El objetivo tenía tres círculos, estaba el rojo que marcaba el centro, el amarillo que rodeaba un poco más lejos del centro, el verde que marcaba mucho más lejos que el centro, y luego todo el metal por todos los lados que no marcaba nada. Y ahí fue donde el rubio disparó.

    —Bueno, para ser la primera no estuvo tan mal… Hay gente que no le da a nada a la primera, tú por lo menos diste al metal, muy alejado del centro, pero al metal al fin y al cabo —acotó Mark mientras se encogía ligeramente de hombros, su arma aún en su mano izquierda.

    El rubio escuchó por lo bajo una risilla burlona proveniente de Josh, quien estaba recostado contra una de las paredes con las manos en sus bolsillos. Algo dentro del pequeño australiano burbujeó ante la burla del otro, una pequeña chispa de molestia encendiéndose dentro de él. Hace rato había tenido el pensamiento de que quizás Josh le estaba aceptando, ya que empezaba a tratarlo mejor, pero estaba equivocado. Él aún le despreciaba.

    Lo ignoró, no necesitaba aferrarse y prestar atención a situaciones que en ese momento no le favorecían.

    —Estabas bien de postura, pero muy rígido. Tienes que relajarte un poco —Ah, claro, muy fácil relajarse cuando tienes un arma entre tus manos, bastante lógico. Pero entendía a que Mark se refería, él tenía años en eso, obviamente el peso del arma en su mano le era familiar, y seguramente en algunos casos reconfortador—. Y sólo céntrate en el objetivo, quieres disparar en el centro, anhélalo tanto como si tu vida estuviera en peligro. Deséalo.

    Miró al frente nuevamente, sus ojos clavados en el círculo rojizo donde anhelaba disparar y demostrarte tanto a Josh como a Mark que tenía madera para este tipo de cosas. Subió nuevamente el arma, reprimiendo nuevamente una mueca de dolor por alzar su brazo, separó sus piernas e intentó con todo su ser centrarse en el objetivo. Lo veía claramente, sólo tenía que acertarle a donde sus ojos exactamente miraban. El círculo rojo, el círculo rojo… Disparó y la bala dio contra el metal nuevamente, ésta vez un poco más cerca del círculo verde, pero demasiado lejos del objetivo aún.

    Su ceño se frunció un poco, entre la frustración y molestia mientras sentía a Mark suspirar.

    —El problema son sus pensamientos, es la primera vez que sujeta y dispara un arma, su mente debe estar vuelta un caos —habló Josh para la sorpresa del rubio, acercándose a él. Se colocó a su lado, sus brazos cruzados sobre su pecho mientras lo miraba de reojo, intimidante—. Deja de pensar si esto es correcto o incorrecto, es lo que es. Y tú sólo debes acoplarte a eso o no tienes nada. Deja de pensar y siente el arma en tu palma, tú la tienes, tú la dominas y por lo tanto tú tienes el control de donde aterrizará la bala.

    El rubio se mordió ligeramente el labio inferior, evitando soltar una exclamación de incredulidad ante las palabras de Josh, no entendí del todo al chico. ¿Le agrada o no? Pero ciertamente no era momento para pensar en eso, menos cual él le decía que debía dejar sus pensamientos aún lado. Miró el arma en su palma, el frío del metal cosquillando en su piel desnuda. Cerró los ojos un momento mientas cerraba su mano nuevamente en el mango de la misma, botando el aire lentamente por su boca mientras volvía a tomar la posición copiada. Vio el objetivo, la adrenalina de disparar por cada una de sus venas como si fuera parte de la sangre. Tensó su agarre cuando pensó en disparar, pero Josh volvió a hablar:

    —Trata de relajar tus dedos, tomar el arma con firmeza no significa que la tomes con tanta fuerza que tus nudillos se pongan blancos —le escuchó gruñir mientras terminaba de soltar sus palabras. Y el rubio trató en todo lo posible de hacer caso, aflojando su agarre pero aún sosteniéndola con estabilidad frente a él—. Deja de pensar, y dispara.

    No pensó, su mente en blanco, y disparó.

    ~

    El bar de Liam estaba a medio llenar, varias mesas estaban hastiadas con grandes platos de comidas y vasos llenos de licor de diferentes tonalidades. Mark se acercó a la barra y saludó con una palmada en el hombro a Liam, quien daba un sorbo a su bebida que era completamente blanca y transparente. El rubio pensó que era agua, pero aquél pensamiento era demasiado inocente y absurdo, así que lo desechó. Se acercó y se sentó en uno de los taburetes, Josh tomando asiento a su lado sin ni siquiera mirarlo, su ceño demasiado fruncido.

    El pequeño australiano se encontró debatiendo las palabras que debía decirle al chico como agradecimiento. Gracias a Josh y sus palabras, el rubio había dado justo en el círculo rojo, logrando que una sonrisa triunfante se asomara en los labios de Blackey poco después, disolviéndose al instante que el rubio se giró a verlo con sus ojos brillando de alegría, no queriendo que la notara, pero lo había hecho.

    Sus manos reposaban en su regazo, blancas y diminutas como su edad. Para esos momentos, no poseían algún rasguño o cicatriz, su piel tersa y limpia, inocentes manos de un niño. Era increíble que esas mismas manos minutos antes habían sujetado un arma, y la había accionado.

    Y se había sentido tan bien.

    Cuando decidió hacerle caso a Josh y echó sus pensamientos aún lado, la sensación de tener el arma entre sus manos le envolvió de tal forma que era embriagadora. Cuando no escuchaba a sus pensamientos, en su cuerpo se plantaba una gran sensación de disfrute.

    —Josh… Quería agradecerte por ayudarme a mejorar mi puntería —subió su mirada hasta él, viendo cuál sería su reacción ante sus palabras pero Josh estaba tan imperturbable como siempre. No entendía ciertamente que ocurría con él, es como si lo aborreciera pero a la vez no. Siendo así, no esperaba respuesta, no cuando empezaba a conocerlo realmente, así que estuvo por desviar su mirada pero se cohibió de hacerlo cuando Josh, en el último instante, le devolvió la mirada.

    Entonces asintió, sin decir nada más mientas tomaba su vaso lleno de licor y bebía, despegando sus ojos de él. Pero… ¿Josh le había sonreído? No, imposible. No lo había notado, por lo tanto no.

    Miró entonces a Mark, quien parecía tener una frenética conversación con Liam sobre un trabajo con buena paga. Mordió el interior de su mejilla sin mucho que hacer en ese instante. Después de haber disparado varias veces contra el blanco y sólo haber acertado unas pocas, pero esas pocas en el círculo rojo o amarillo, Mark había dicho que era hora de un descanso, que el hombro del rubio podía necesitarlo, pero se había acostumbrado tanto a ese dolor que ya se le hacía indiferente. Jackman le había dicho que si tenía hambre que pidiera lo que quisiera, pero el rubio no tenía apetito.

    Se colocó de pie, saltando del taburete mientras caminaba directo a la salida del bar. Volteó a ver sobre sus hombros, pero ni Mark ni Josh parecían reparar en su salida. Y estaba bien, no quería dar explicaciones ni nada por el estilo, sólo salir a caminar un poco.

    Salió del lugar mientras metía las manos en sus bolsillos y dejaba a sus pies trazar el camino que quisieran. En su mente se repetían constantemente las imágenes de todo lo que ha vivido hasta ahora, hace un par de días había despertado en un parque sin idea de quién era, ahora, tenía un “hogar” pero aún no sabía quién era. Era bastante frustrante. Para el rubio era un poco inaudito y extraño escarbar en su mente y ver todo en blanco, sin ni siquiera un nombre.

    Su nombre.

    Era como andar por la calle sin identidad, sin nada. No tenía indicio de cual era, su memoria completamente vacía. De repente, deseó que Josh o Mark le pusiera un nombre, cual sea, pero ellos no parecían aún prestar atención a eso, y el rubio aún no tenía la confianza suficiente para decirles. Completamente sumido en sus pensamientos, dobló una esquina sin notar cómo era seguido. Se obligó a salir de su mente cuando vio un muro de bloques grises alzarse frente a él, cortando su camino.

    Y pestañeó, cayendo en cuenta donde estaba. Miró a su alrededor y notó varios bombillos fundidos en el lugar, un olor poco agradable rozando en lo nauseabundo. Un camino largo, sin salido, con varias puertas en los costados con gruesas cadenas y grandes candados. El lugar se le hacía extrañamente conocido, aquella sensación de haber estado ya ahí. Buscó en su mente, retrocediendo ante sus recuerdos y la imagen de Iván golpeó su mente.

    Claro que había estado ahí.

    Este era el lugar donde Mark mató sin titubeo alguno a Iván, donde fue descubierto y Josh estuvo por matarlo en ese instante. Sintió algo pesado caer contra su estómago, como si la imagen de Mark disparando al corazón de Iván y la navaja de Josh a centímetros de su cuerpo fuese aún imposible de digerir. Dio media vuelta, no quería estar ahí, pero detuvo sus pasos cuando visualizó a un hombre frente a él, sus ojos chispeantes.

    —Así que tú eres el pequeño rubio de Mark —habló dando un paso al frente mientras su cabello rojizo se ondeaba por la brisa—. A ti te estaba buscando.

    La mente del rubio gritaba alerta por todas partes, hasta el rincón más oscuro. Lo sentía, lo presentía, esta situación no significaba nada bueno.

    —¿Para qué me buscabas? —Pudo articular la pregunta, queriendo que sonara con firmeza tal y como hablaba Mark, pero la diferencia era notable.

    El otro hombre alzó sus cejas mientas sacaba algo del bolsillo de su pantalón. Y, por la forma en la introducía su mano y luego la sacaba, el rubio dedujo que era una pistola. Se obligó a no temblar, sus pies firmes contra el piso.

    —Alex era mi hermano, y está muerto.

    Oh, no.

    —Mark lo mató por tu culpa, y duele, duele tanto. Por alguna extraña razón veo que Mark te tiene aprecio, debe ser porque le recuerdas a su sobrino… En fin —se encogió ligeramente de hombros, el arma contra su mano sin disimulo alguno—. Yo sólo vengo de devolver un poco de ese dolor —Y apuntó al rubio, y disparó sin más.

    Al pequeño australiano apenas le dio tiempo de echarse aún lado para que la bala no le diera contra su pecho, pero no fue tan rápido como quiso y la bala rozó su costado, tocando sólo piel. Se llevó una mano a la herida, y sus dedos se tiñeron rápidamente de un rojo escarlata mientras el ardo empezaba a saludarle. Volvió su vista al frente, notando como el hermano de Alex le volvía a apuntarle y disparaba, sin darle tiempo ni siquiera a reponerse.

    Ésta vez el rubio pudo esquivarlo, lo venía venir mientras se lanzaba contra una de las puertas y tiraba de las cadenas, sin éxito alguno. Se maldijo por no tener un arma en ese instante, para algo Mark le había regalado un morral entero y le estaba entrenando. Tensó su mandíbula mientras se agachaba y se arrojaba a otra puerta, evitando un disparo contra su cuerpo. La herida de su hombro y costado ardiendo en demasía, pero no era momento de prestar atención a eso.

    Tiró de unas cadenas viejas y demasiado oxidadas, las cuales parecieron ceder ante la instancia del rubio dándole paso a la habitación. Adentro todo apestaba a polvo y humedad y algo más que no pudo identificar en ese instante ya que el hermano de Alex había entrado en la habitación, el rubio corriendo y escondiéndose tras lo que parecía ser el mesón de una antigua cocina. Todo estuvo en silencio por unos minutos, minutos que rogó porque aquél hombre se haya ido, pero realmente no era así.

    Escuchó unos disparos contra una de las puertas del lugar, luego la misma cayendo contra el piso y al final un gruñido. Él no iba a irse. El rubio observó a su alrededor buscando algo con que defenderse, pero no había nada al alcance en ese momento. Arriba, en el mesón del frente, reposaba un cuchillo con la hoja oxidada, pero corría el riesgo de pararse para sostenerlo y que el hombre le disparara en el intento.

    —Deberías salir, así acabamos con esto de una vez por todas… No me iré, sabes que no lo haré —su tono de voz estaba bañado de serenidad. Lo cual el rubio sabía que no era una buena señal.

    Tenía que intentarlo, tenía que hacerlo. O moriría, y todo lo que había echó hasta ahora se iría al caño. Subió su cuerpo lentamente, empezando a estirar las piernas y mirando por sobre el mesón con demasiada cautela. Afortunadamente, el hermano de Alex estaba de espaldas, abriendo otra habitación con su arma en alto. El pequeño australiano tomó el cuchillo sin hacer ruido alguno y lo alzó, apuntando a la espalda de aquél hombre, justo en los omoplatos. Si lanzaba con fuerza, si el cuchillo se enterraba lo suficiente él caería de rodillas y soltaría el arma.

    Presionó sus labios mientas echaba su brazo hacia atrás, buscando impulso y lanzaba el cuchillo con toda la fuerza que poseía. Para ese instante, el hombre de cabellera rojiza dio la vuelta, echándose a un lado cuando vio el cuchillo viajando contra su cuerpo y enterrándose un poco más abajo que su clavícula.

    Soltó un gruñido de dolor mientas sacaba el cuchillo, la hoja oxidada bañada en sangre, dejándola caer en el suelo. Sus ojos marrones centellaban muchísima rabia para ese instante, castañeando sus dientes. No dijo nada, subió su arma y apuntó en el entrecejo del pequeño australiano.

    El rubio yacía inmóvil, preso de la sorpresa y el miedo para ese entonces. No le había acertado como era debido y el hombre seguía vivo, de pie, e iba a matarlo. Ordenó a su mente correr, huir, agacharse, ¡lo que sea! Pero sus capacidades motoras estaban paralizadas.

    Vio el brillo del cañón apuntándole, oh, no…

    —¿Últimas palabras? ¿Para Mark, quizá? —Preguntó con cierta burla el hombre, su otra mano presionando la herida en su piel.

    El australiano no dijo nada, sus labios en una fina línea y tensa. Iba a morir, por segunda vez en varios días tenía aquél fuerte presentimiento.

    Entonces escuchó unos pasos entrando a la habitación, sus ojos moviéndose hasta la nueva persona que entraba.

    —Dulces sueños, Robert.

    Y la otra persona que entró le disparó en el pecho.

    El cuerpo de Robert cayó al suelo, soltando el arma en el instante, la vida abandonándole mientas su cuerpo descendía y tocaba el suelo.

    Un jadeo brotó de la garganta del rubio mientas observa la escena frente a sus ojos, con demasiada rapidez para siquiera parpadear y reparar en lo que sucedía. Echó un paso hacia atrás, su mano limpia contra su boca.

    Había visto la muerte de Iván, había escuchado la muerte de Alex y ahora había visto la muerte de Robert. Sentía que era demasiado….

    —¡Ya reacciona! —Escuchó un gruñido cerca de él, en su oído, mientas un golpe no tan suave dio contra su hombro sano, queriendo que reaccionara.

    Entonces lo miró. Miró a quien le había salvado la vida. Ojos grisáceos y ceño fruncido, voz tosca y gruñona.

    Josh. Josh Blackey le había salvado la vida.

    El dolor de su hombro y costado le hicieron ahogarse en un gemido, la imagen de Josh alzándose frente a sus ojos azules, frente a sus ojos bailando puntos negros. Sí, era demasiado.

    Su mundo amenazó con venirse en picada.
     
    Última edición: 17 Marzo 2014
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    Y corría.

    Su pecho subía y bajaba con fuerza mientras corría con bastante frenesí, el corazón latiéndole con fuerza y golpeando con insistencia su pecho mientras el largo camino de piedras se extendía frente a sus ojos, y no parecía tener fin. Era extraño, no sabía porque corría o si huía de alguien, sólo sabía y tenía esa fuerte sensación de que tenía que correr. Esa tétrica sensación de que si paraba a descansar o pensar qué estaba sucediendo, aunque sea un segundo, iba a sucumbir y no quedaría nada él.

    Tomó un profundo bocado de aire, mientras la negrura le absorbía y corría hacia la nada. Pestañeaba con insistencia intentando disipar entre tanta oscuridad algo de luz, pero lo único que sentía era el duro piso golpeando sus talones.

    Pero de repente, tropezó con algo. Cayó de bruces al suelo mientras soltaba un gemido por la repentina caída. Se incorporó con rapidez, muy temeroso, mientras trataba de enfocar que se había intersectado en su carrera. No veía nada, pero mientras con sus piernas temblorosas se acercaba, empezaba a distinguir una silueta tendida en el suelo. Una sombra negra, inmóvil, un bulto en el suelo. El rubio se acercó otro paso más y lo vio, sus manos temblaron.

    Una persona muerta, la sangre llenando todo suelo.

    Iván.

    Un sonido estruendoso lo sacó de la inconsciencia de golpe. El pequeño australiano soltó un jadeo mientras intentaba incorporarse en la cama y dejar atrás su pesadilla. Prefería no pensar en eso, prefería dejar que se hundiera en su mente hasta que dejara de hacer efecto. Aún, cuando no quería, veía como la vida abandonaba el cuerpo de Iván y él no había hecho nada para impedirlo. Por el contrario, estaba viviendo con los hombres que había cometido aquél crimen y se iba a convertir en uno de ellos.

    Pero el rubio había decidido que no le importaba. Tenía la firme esperanza de que las pesadillas dejaran de atormentar sus sueños y todo estaría bien. Él iba a estar bien.

    Saltó fuera de la cama soltando un suave suspiro. Agradeció que ni Josh y Mark estuvieran en su habitación, para ese entonces, el rubio no tenía ánimos de hablar con alguno de ellos. Muchos menos con Blackey, quien le había salvado la vida y él debía agradecerle.

    Caminó hacia el baño y cerró la puerta tras él, para luego mirar su reflejo en el espejo, quien le devolvió una imagen bastante deplorable. Tenía ropa limpia y un vendaje nuevo, su hombro no ardía y pero traía el cabello tan despeinado y los ojos tan hundidos que soltó un suave gemido al verse así.

    Se sacó la ropa y se metió a la ducha, dejando que el agua fría despertara su cuerpo y quizá le dieran una mejor apariencia, llevándose por el drenaje todos aquellos pensamientos que le torturaban. Se aseó y luego salió de la ducha secando su cabello rubio con la toalla, para luego entrar a su habitación nuevamente y ponerse ropa limpia y fresca.

    En eso, su estómago gruñó mientras deslizaba la camisa por su torso. Hizo memoria de cuándo fue la última vez que había ingerido alimentos, pero se encontró pensando nuevamente en lo ocurrido en el callejón y el rostro de Josh. Ladeó la cabeza con fuerza mientras salía y cerraba la puerta tras él. El pequeño australiano paseó sus ojos por toda la instancia, encontrándose con Mark en el sofá viendo televisión, quien subió su rostro hasta posar sus ojos en los azules del rubio y sonreírle.

    —Hey —saludó, haciendo ademán con su mano izquierda para que se acercara—. Mi bello durmiente aún sigue con vida.

    El australiano sintió una pizca de incomodidad ante las palabras de Mark, pero sabía que él bromeaba. Lo dejó pasar mientras se sentaba lo más lejos posible de él en el sofá de cuero negro.

    —¿Y Josh? —No pudo evitar preguntar cuando no lo notó por ningún lugar de la sala y cocina, experimentó una pequeña opresión en su pecho cuando Jackman contoneó sus hombros desinteresadamente.

    —Se fue hace rato, me dijo que ya volvía. Quizá se cansó de esperar que despertaras.

    Eso, definitivamente, sorprendió al rubio. Abrió sus ojos con evidente sorpresa, mientras la duda le carcomía por dentro. ¿Josh en serio estaba esperando que despertara? Pensó, él estaba seguro que lo que el chico sentía por el pequeño australiano era todo menos simpatía.

    —¿Él te lo dijo así?

    Mark se recostó aún más en su sofá, bostezando para luego extender una sonrisa burlona en sus labios.

    —Por supuesto que no. Pero se le veía a leguas.

    —Yo pensé que Josh me aborrecía.

    —Es un chico difícil de leer —contoneó sus hombros, indiferente—. Pero Josh empieza a tener empatía contigo, puedo verlo, y tú también. Lástima que apenas tengas sólo diez, pero crecerás y seis años serán nada.

    El rubio arqueó lentamente una de sus cejas, no entendiendo muy bien a qué se refería Mark con esas palabras. ¿Seis años serán nada? ¿Para qué exactamente? Se preguntaba, y por más que le diera vueltas a tales preguntas en su cabeza la respuesta lastimosamente no flotaba en su mente. Entonces miró al Mark para obtener respuestas, pero él estaba muy concentrado en la televisión.

    El pequeño australiano dejó escapar un suave suspiro, algo cansado. Lo dejó pasar, y en cambio optó por levantarse del sofá e ir a la cocina por algo de comida, su estómago lo demandaba.

    Mientas comía un pan que se preparó con lo que encontró en el refrigerador, echó un vistazo por la ventana. Era un día bastante soleado ciertamente, sin nubes y todo estaba en completo silencio. Se sentía extraño, que después de pasar por varios momentos intensos, todo siguiera tan tranquilo como si nada hubiese ocurrido.

    Cuando terminaba su desayuno y estaba por limpiar su plato, la puerta principal se abrió. Josh entró por la misma con su semblante serio y el cabello revuelto, sudando, como si hubiese corrido una maratón. Mark arqueó automáticamente sus cejas, dedicándole una mirada interrogativa.

    —Nada, sólo me dio por trotar un poco —defendió con su voz dura y gruesa. Mark sólo hundió ligeramente sus hombros.

    Josh cerró la puerta que daba a la calle, adentrándose en la casa y soltando un respiro. Se notaba algo cansado y agitado, pero era mínimo. Estaba caminando directo a su habitación para seguramente tomar una ducha, sin mirar hacia los lados, pero cuando llegó a su puerta y la abrió, no pudo evitar ladear su rostro hacia atrás y clavar sus ojos en los del pequeño australiano. No dijo nada, ni hizo alguna mueca. Simplemente le miró para luego cerrar la puerta y perderse dentro de su habitación.

    El aire salió tan fuerte y ruidosamente de la boca del rubio que se sorprendió. No había notado que había estado conteniendo la respiración desde que Josh llegó, tampoco había notado hasta ese entonces que su corazón latía tan desenfrenadamente. No entendía porque tenía tales reacciones ante la presencia de Blackey, pero le ponían nervioso ciertamente. No creía que fuera algo normal.

    Negó suavemente con su cabeza, suprimiendo tales pensamientos infames. Rió un poco, algo no debía estar bien con él.

    Pero no importaba.

    —Tierra llamando al pequeño —dio un respingo ante eso, notando como Mark estaba chasqueando sus dedos frente a él. Pestañeó confuso—. Vaya, ¿en quién pensabas tanto, eh~? —se burló, ladeando una sonrisa—. En fin, te decía que apenas salga Josh, iremos a entrenar nuevamente. Tienes que empezar a ser útil si quieres seguir conmigo. ¿Quedó claro?

    El rubio no tenía más opción que asentir.


    ~


    Desde que estaba viviendo con Mark y Josh, el rubio consideraba que sólo éste último era el más insensible de los dos. Pero a medida que pasaba las horas entrenando físicamente su cuerpo, sentía que estaba equivocado. Llevaba horas corriendo a lo largo de todo el callejón, alternando entre hora y hora peso sobre sus hombros. A la hora y media, el rubio estaba desgastado completamente.

    En un momento determinado donde trotaba y jadeaba, sus piernas simplemente no dieron más. Cayó de bruces al suelo, la mochila con piedras cayendo aún lado de él y sus manos temblando. Sudaba, su cuerpo entero estaba bañado en el sudor más puro. Y respiraba con tanta agitación como si se estuviese asfixiando. Como pudo se sentó en el suelo y posó sus manos en sus rodillas, inhalando grandes bocados de aire y queriendo llenar de oxigeno todo su cuerpo.

    Sentía que todo dentro de él ardía.

    Mark que estaba a par de pasos de él no había dicho nada, ni Josh. Simplemente observaban, y en la mente de Jackman se estaba profundizando una seria evaluación sobre la situación. Aborrecía lo que veía ciertamente. Entonces se acercó al pequeño australiano, provocando que éste subiera sus ojos tan azules como el cielo hasta el rostro de Mark.

    —No está bien, pequeño —le dijo, con cierta dureza en su voz. Josh se había acercado con pasos lentos—. Nuestro chico más débil de la banda, dura dos horas y media corriendo con peso. Tú a duras penas has llegado a una. No está nada bien.

    Algo dentro del rubio se estremeció, quizá miedo, quizá rabia. No sabía con exactitud. Vio que Mark lo miraba con el ceño fruncido, con evidente molestia y poco complacido. El rubio iba a decir algo, ciertamente él no tenía experiencia en nada de lo que estaba haciendo, pero se encontró mudo ante la situación, sin aliento.

    Josh lo vio y, casi como si se lamentara, habló por él.

    —Recordemos que es un niño, Mark. Y que no sabe nada, ni como se llama —bufó sus últimas palabras, queriendo tapar que en realidad defendía al rubio.

    Mark entonces arrastró su mirada hasta Blackey, mirándolo con cierta frialdad y dureza, el pequeño rubio temió que éste se fuera contra Josh. Entonces el más grande alzó una ceja, casi incrédulo.

    —¿Le estás defendiendo?

    —Por supuesto que no —gruñó con aire ofendido—, sólo digo lo que es evidente. Le pides mucho a alguien que está completamente en blanco.

    El otro hombre se mantuvo en silencio con la mirada puesta en el rostro de de su compañero. De repente, el callejón se encontró en absoluto silencio, apenas siendo interrumpido por los jadeos del pequeño rubio. El niño logró ponerse de pie cuando notó la tensión que se había generado, y casi cae al suelo al notar que la rodillas le temblaban y los talones le ardían, pero se obligó a mantenerse firme. Siempre de pie, siempre.

    —Yo… estoy bien —mintió con poca convicción, queriendo disipar la tensión que era bastante evidente entre ambos hombres—, si debo seguir, seguiré.

    El pequeño australiano no sabía de dónde había sacado el coraje para decir aquello, pero algo de dentro de él le dictaba que no era una opción rendirse ni mostrarse débil, se supone que él estaba ahí para ser fuerte, para ser alguien, y ese alguien definitivamente no podía ser un hombre miedoso y débil.

    Mark entonces bajó su mirada hasta posarla en el pequeño niño, escudriñándole con la mirada, en sus ojos parecía haber un brillo peculiar que el rubio estaba seguro que no había visto jamás en sus ojos.

    —No —negó también con la cabeza el líder, suspirando—, Josh tiene razón, ha sido suficiente, deber ir a descansar.

    El semblante serio del hombre mayor desapareció, siendo reemplazada por una pequeña sonrisa despreocupante, como si minutos antes no hubiese estado enojado ni nada.

    —Pero… —iba a objetar el pequeño australiano, pero se calló al instante al notar la dura mirada que Josh le estaba dedicando.

    —Simplemente vámonos.

    Y se dio media vuelta, empezando a caminar fuera del callejón sin importarle si le seguían o no. Mark le miró irse, con una sonrisa en sus labios y negando levemente con su cabeza, para luego volver a posar sus ojos negros en el rubio.

    —Está empezando a sentir empatía por ti —le murmuró, con un peculiar brillo en los ojos—, y luego, cuando crezcas, seis años serán nada.

    El rubio parpadeó confuso sin saber exactamente a qué se refería Mark con esas palabras, pero su corazón había empezado a latir con fuerza. Esas palabras estaban empezando a provocar una sensación extraña en él que no le desagradaba del todo ciertamente.

    Seis años serán nada.
     
    Última edición: 1 Febrero 2015

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