Finalmente, muerta.

Tema en 'Relatos' iniciado por Yoruichi, 16 Junio 2009.

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    Yoruichi

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    Finalmente, muerta.

    One Shot Sangriento
    Finalmente, muerta

    Hann Marlvette recogió la bolsita de plástico que contenía las escasas pertenencias que llevaba encima el día en que la detuvieron. Consistían en un anillo de plata con un dragón grabado, en el ojo del cual brillaba con fuerza un rubí; una cadena dorada, bastante fina aunque resistente, un recuerdo de su madre; un reloj baratillo, cuyas pilas hacía años que habían dejado de funcionar; una cartera con algunos billetes y un bono de autobús, caducado; la tarjeta de visita de un oculista privado y medio folio doblado, de un color amarillento, con algunas trivialidades escritas en él, como “a las seis, oculista” o “compra el pan”.

    Después de guardar todos los objetos en una mochila pequeña, comenzó a caminar hacia la largamente deseada salida. La acompañaba su abogado, que en los últimos meses se había convertido en su mejor amigo. Al llegar a la calle suspiró. Hacía siete años la habían condenado a catorce de prisión, acusada de robo con violencia y homicidio. Su buen comportamiento y el descubrimiento un año atrás de pruebas contradictorias, le habían proporcionado esta considerable reducción de condena.

    Hann miró a su alrededor intranquila, con el semblante serio. Por fin era libre, ni siquiera estaba bajo arresto domiciliario y, sin embargo, algo la preocupaba. Mark la alcanzó cuando llegaba a los límites de la cárcel. Sin pronunciar palabra salieron de ella, observados por una cámara de vigilancia semioculta. Nadie había ido a esperarla, ni siquiera su madre, la persona con la que más hablaba, después de su abogado.

    -Tu madre me llamó para decirme que no podía venir, que tenía que acabar de arreglar unos vestidos -le comunicó.
    -No importa, no es que esperara que fuera a venir nadie... De hecho, es mejor así- respondió ella.
    -Entonces, ¿qué te pasa? –se interesó.
    -Nada, nada…

    La joven de veintinueve años no le había explicado nada de lo sucedido el día del gran robo. Tan sólo le había dicho que sí, ella participó, pero era inocente del asesinato producido. Y él, aunque al principio actuara sólo como abogado, con el tiempo había ido sintiendo afecto hacia ella y se había creído todas y cada una de sus palabras, que se veían apoyadas por algunas de las pruebas recientemente encontradas. Y no es que esas palabras fueran falsas, que no lo eran. Simplemente le había ocultado algunas otras verdades de las que no se atrevía a hablar.

    Salieron a una calle bastante ancha, por la que circulaban gran cantidad de coches, cuyos conductores eran completamente ajenos a ellos. El joven, pocos años mayor que ella, le preguntó si quería ir en taxi o prefería caminar hasta su casa. Tras una pausa larga, contestó que con el buen día que hacía era mejor andar. Además, así su madre tendría más tiempo para coser, aunque aquellas últimas palabras dejaron entrever una pizca de duda.

    Había casi tres cuartos de hora hasta su casa, en los que apenas hablaron del buen tiempo y de cómo habían cambiado las cosas en siete años. Ella continuamente miraba por el rabillo del ojo en busca de alguna cara conocida o alguna matrícula de coche repetida. Nada ocurrió, sin embargo. Llegaron al piso de su madre sin problemas, ni siquiera la habían señalado por la calle y murmurado “es la chica del periódico, la que dicen que mató al presidente del banco BATED”, lo cual ya de por sí era milagroso. Llamaron al timbre y a los pocos segundos una voz preguntó que quién era. Tras identificarse, se abrió la puerta metálica y subieron.

    La madre esperaba en la puerta. Apenas tenía cincuenta años, pero la preocupación por su niña y las habladurías de su entorno la habían estropeado mucho. Sin embargo, sus enormes ojos verdes, parecidos a los de su hija, mostraban una profunda alegría que le iluminaba el rostro. La contempló unos segundos antes de darle un abrazo y decir “has adelgazado mucho, pero no te preocupes, eso tiene fácil arreglo”. Tras el abrazo y el par de besos, pasaron. Dentro había varias personas más, todas ellas conocidas. Estaban su hermano con su sobrina en un carrito, algunos primos, aunque más bien pocos, un par de conocidos con los que no hablaba desde su ingreso en la cárcel y su antiguo novio, la persona a quien en aquellos momentos más odiaba y temía en el mundo, el causante de su desgracia, a quien se había prometido destruir cuando, demasiado tarde, se dio cuenta de su traición.

    Efectivamente, ella no había sido más que un peón en su malvado plan. Un peón bonito y divertido, sí, pero sólo un peón más. Él, un joven atractivo y de ideas claras, poco mayor que ella, le había comido la cabeza con un estúpido plan para atracar un banco. Se suponía que ellos dos y cuatro jóvenes más entrarían en el banco con pasamontañas para ocultar su rostro y, como es usual, obligarían a los clientes a permanecer en el suelo en silencio mientras alguna cajera les llenaba varias mochilas de billetes. Entonces huirían en un coche poco llamativo con el botín. Era un plan sencillo pero, teóricamente, efectivo. “No nos llevaremos una cantidad desmesurada ni mataremos a nadie, así no habrá problemas”, eran las palabras que la habían convencido y que cada noche se repetía una y otra vez hasta caer dormida. Sin embargo, nada sucedió como se había planeado, si no del revés. Fue por eso que Hann se preguntó qué habría ido a hacer allí aquel hombre.

    Al percatarse de la dura mirada que su antigua compañera le dirigía, el traidor se acercó a ella y le dijo en un tono falsamente amable: “Hola, no sé si me recordarás, estudiamos juntos en la universidad. El otro día vi en el telediario que iban a dejarte libre y se me ocurrió pasar a saludarte y recordar viejos tiempos… Tu madre ha sido muy amable, me ha invitado a pasar aquí una semana”. Ante esto la joven se quedó muda de asombro. Dirigió una mirada rápida a su hermano, la persona que más cerca estaba de ella, y le respondió en un susurro apenas audible un “no me explico cómo puedes tener tanta cara, pero te vas a enterar. Acabaré contigo, todo saldrá a la luz”. “¿No quieres saber qué ha sido del dinero? Aún puedes cobrar tu parte” fue lo único que obtuvo por respuesta.

    Las visitas se fueron bastante pronto. Todos argumentaron tener cosas que hacer y, tras merendar algo rápidamente, se fueron yendo. Al final sólo quedaron la madre, el hermano, la sobrina, el traidor y el abogado. Cuando comenzó a oscurecer el hermano también se fue: ya mismo tendría que acostar a la niña.

    -¿Clara no ha podido venir?
    -No, eh… No se encontraba muy bien, mañana quizás venga. Aún no se ha recuperado del todo del parto.
    -Dale recuerdos y dile que espero que se ponga pronto bien.
    -Eso haré.

    Cuando se hubo ido, la joven fue a hablar con su madre. Tenía que conseguir que echara a Alan de casa, su presencia allí no auguraba nada bueno. El problema era conseguir que lo echara sin contarle quién era en realidad. Nunca se le había dado bien mentir, por lo que no consiguió nada. Por si fuera poco, su amigo y defensor se iría también, aunque después de cenar. La idea de quedarse a solas con su enemigo no la atraía en absoluto, pero por lo visto era algo inevitable. Decidió esperar y ver cómo actuaba él.

    Las horas pasaron más deprisa que de costumbre, estuvo hablando con su madre hasta la una, sentadas en el sofá, con Alan observándolas desde el sillón, al otro lado del comedor. Fue su madre quien se percató de la hora que era y sugirió que se fueran a dormir, alegando que al día siguiente quería que la llevaran a varios sitios, ya que tenía la despensa prácticamente vacía. Así pues, se levantaron, cabe decir que pesadamente, y cada uno se dirigió a su cuarto. Hann echó el pestillo de manera automática, aunque había sido más un acto reflejo que otra cosa. Se sentó en la silla, buscó en los cajones hasta dar con algunos folios en blanco, los extrajo y, tras comprobar que todos los bolígrafos se habían secado, decidió escribir a lápiz. Tenía muy claro lo que debía escribir. Lo que no tenía tan claro era si le convenía o no hacerlo.

    -Por el momento- se dijo,- lo escribiré. Mañana ya decidiré si se lo doy o no.

    Necesitó varios folios para escribir el borrador. Finalmente, aproximadamente una hora después, decidió que ya estaba bien y comenzó a pasarlo a limpio. Llevaba pocas líneas cuando alguien llamó a su puerta. Tenía la luz encendida, por lo que hubiera sido inútil hacerse la dormida. Preguntó que quién era y la suave pero peligrosa voz del joven le respondió. Resignada, confiando que no se le ocurriría hacerle nada allí, abrió la puerta, una vez hubo guardado los folios entre unos cuadernos de cuando iba a la universidad.

    -¿Qué quieres?
    -Avisarte. No te conviene abrir la boca, lo sabes, ¿no?- preguntó burlonamente.
    -¿Por qué iba ahora a decir nada? De haber querido hablar, lo hubiera hecho en su momento.
    -Vamos, si no dijiste nada fue por miedo a las represalias. Por eso quiero avisarte ahora: no creas que podrás huir. Te encontraremos donde sea que estés. Y si no te encontramos, no te preocupes, tu familia también nos sirve…
    -Tan persuasivo como siempre, no has cambiado.
    -Tú, en cambio, sí. Te has vuelto más espabilada, pero no lo suficiente, créeme.
    -¿Por qué le mataste? Es lo único que no acabo de entender.
    -Oh, motivos personales…

    Así que había sido por eso. Ella había pasado los últimos siete años encerrada porque al que creía el amor de su vida le apetecía… ¿Vengarse? De un banquero. Lo del atraco había sido una tapadera.

    -¿Dónde están los demás?
    -Disfrutando de su dinero, por supuesto… Ah, cierto, no te he agradecido tu colaboración, qué grosero por mi par…

    La joven no había podido soportarlo más y le había golpeado fuertemente en el pecho, dejándolo por un segundo sin respiración. Entonces se dio cuenta de lo que había hecho y pensó en huir, pero no era aquélla una buena decisión: dejaría a su madre en peligro. Por lo que se le ocurrió una segunda opción: aprovechar el efecto sorpresa y dejarlo inconsciente, como mínimo. Pero no reaccionó a tiempo y se vio forcejeando con el joven, que era bastante más fuerte que ella. Éste, no sin esfuerzo, logró controlarla, y estaba a punto de sacar su navaja cuando sintió una fuerte punzada en la pierna. La chica le había clavado el lápiz con todas sus fuerzas, hundiéndolo casi en su totalidad en la descubierta carne.

    Un aullido de dolor hizo estremecerse al edificio entero. Los vecinos comenzaron a encender las luces, sobresaltados. Mientras, en el primer piso la pelea continuaba. La agresora había intentado pasar por encima del joven, pero éste la agarró por los tobillos, haciéndola caer. Sacó una navaja de su bolsillo y, loco de ira, le hizo numerosos cortes en las piernas. Apareció entonces la madre, quien, muda de espanto al contemplar la sangrienta escena, se tambaleó y a punto estuvo de desmayarse.

    -Madre, ¡vete! ¡Huye o te matará!

    Sin embargo, la mujer no podía dejar a su hija en manos de aquel loco. Fue corriendo a la cocina, de la que cogió los dos cuchillos más grandes y volvió al dormitorio. Las piernas de su hija no se veían de tanta sangre como tenían. Esto, lejos de hacerla vomitar, le dio las fuerzas que necesitaba para acercarse al hombre y clavarle el cuchillo. Pero no era ella una experta en armas y mucho menos en combate. A la primera oportunidad Alan le arrebató uno de los cuchillos de las manos, mientras se cubría con el brazo para proteger su rostro. A duras penas se incorporó, consiguiendo así la ventaja que necesitaba sobre sus dos adversarias. Se abalanzó encima de la más joven, clavándole el cuchillo en el estómago. Sus gritos se oyeron en varias calles a la redonda. Intentaba defenderse, pero había perdido mucha sangre y las fuerzas la iban abandonando. En cuanto a su madre, yacía cerca de la ventana, no muerta, si no inconsciente.

    Cuando la policía llegó al piso (los vecinos no se habían atrevido a ir) encontró el cadáver de la joven con numerosos cortes en todo el cuerpo y un gran charco de sangre a su alrededor. Cerca, al joven, que respiraba entrecortadamente y tenía también algunos cortes profundos que le impedían moverse pero no seguir respirando. Y algo más apartada, a la mujer, que seguía inconsciente.

    Alan no llegó vivo al hospital, había perdido demasiada sangre. En cuanto a la madre de Hann, sanó de su única herida en el brazo, pero nunca se recuperó de lo sucedido aquella noche. Durante varias semanas necesitó tomar calmantes. Solía recordar el cuerpo irreconocible de su hija tirado en el suelo, con algunos dedos a su alrededor y las piernas prácticamente trituradas. Sólo cuando hubieron pasado cinco meses se atrevió a volver al piso, donde ya no quedaba apenas ninguna señal que indicara que allí se había producido aquella pelea. Cuando su hijo le preguntó que qué quería hacer con los apuntes de Hann, le respondió que ya no los necesitaría, por lo que podía tirarlos.

    Nadie sabía a qué se debía la pelea de aquella noche. Como Alan no tenía antecedentes, la versión que la policía había dado era que Hann estaba loca y había decidido matar al chico. Su madre no estaba de acuerdo, pero tampoco tenía pruebas de que la pelea la hubiera empezado el joven. Las únicas pruebas que podían aclarar todo aquel asunto se encontraban entre los papeles que se disponían a tirar. ¡Quién lo iba a imaginar! Por suerte, Mark decidió quedarse con todos aquellos papeles. Eran lo único que le quedaba de la joven en la que en los últimos meses tanto había pensado.



    Es la historia que presenté al concurso de One Shots Sangrientos. El final quedó muy forzado, a mi parecer >.< En fin, espero que os guste xD
     
  2.  
    Quelconque

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    Virgo
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    Escritor
    Re: Finalmente, muerta.

    Sí, un poco forzado, pero funcionó bastante bien (aunque pudiste haberte extendido un poquitín más para que no se viera tan... repentino).
    Me causó coraje por la encarcelación injusta de Hann, también compasión y al final frustración: ¡apenas había salido de su encierro y la mata! (o se deja matar...). Al final me cagó su madre que en vez de ayudarla, le proporcionó armas al atacante (aunque ya enfriando el cerebro, fue un tanto cómico).

    No sé porqué pero siento que ninguno de los tres relatos ganadores fueron completamente "sangrientos" aunque sí causan impresión.

    Saludos.
     
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  1. LucyDei
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