FEELINGS INSIDE Ahí estaba ella, descansando al cobijo de la sombra proyectada por el roble que se erguía sobre su cabeza. Sentía las caricias del viento recorrer con parsimonia sus incoloras hebras, las que caían cual avalancha de nieve hasta la altura de su cadera. Analizaba el fantasioso mundo, limitado a un único valle, donde más allá de sus fronteras sólo quedaba la infinita blancura de la nada. El paraje en que su existencia había comenzado sin saber cómo ni cuándo. —¡Te encontré! —La sorprendió una cantarina voz, seguida por el afable rostro infantil de una niña con dorada cabellera y amarilla vestimenta, viéndose demasiado chillona en comparación a la albina—. Hemos estado buscándote. El contacto de aquella diminuta mano al sujetar la suya resultó abrumador, como si le hubiesen provocado una invisible quemadura con un elemento natural del que no tenía memorias. Aun así, no se apartó, sino que abandonó su ubicación para acompañarla en su caminar. —¿Qué hacías allí? —Le preguntó, mas la joven no supo qué responder, porque la razón también le era desconocida—. No importa. Pero prometiste ir a la fiesta de té conmigo, y espero que cumplas tu palabra. Ella asintió levemente. Al poco tiempo dieron con el lugar de reunión. En él estaban dispuestas varias sillas, ocupadas por distintos muñecos de felpa que se movían a voluntad propia, y una mesa bellamente decorada que alojaba bocadillos y bebidas de extravagante apariencia. El dulce olor a azúcar, mezclado con el aroma de las flores, inundaba el ambiente. Se dejaron caer en dos asientos libres, cada una a un extremo opuesto, de modo que sus miradas se cruzaban constantemente. No pudo dar más de dos sorbos antes de embriagarse con la calidez del oscuro manantial apresado en la taza que sostenía entre sus manos. Era un encanto sutil y a la vez poderoso. Incluso el reflejo de sus blanquecinos orbes en aquel manto caoba la hipnotizaba. Alzó la vista hacia su locutora, en cuyo rostro se dibujaba una, al parecer, perpetua sonrisa de perlada dentadura. —A Bear le gusta el lazo que portas en tu cuello —le dijo la inocente criatura que hacía el papel de anfitriona. El gran peluche con forma de oso, de piel hecha de rosácea tela, giró la cabeza en su dirección, inclinándola en gesto afirmativo. No contestó. Mantuvo un prolongado silencio durante la tertulia, concentrada exclusivamente en la persona que tenía en frente, examinando los detalles más mínimos de su ser. No había movimiento que escapara a su inquisitivo análisis. Y cuando finalmente rompió su mutismo, el tono de voz empleado apenas lograba ser audible con la brisa. —Estás vacía. —¿Qué? —Se sorprendió la rubia. —No hay más que hielo en tu interior. Tu tacto es frío, y tus ojos mienten con un falso refulgir de vida. Eres frágil, tan fácil de romper —Observó cómo el brillo de los ocelos ambarinos de la pequeña se opacaban ante lo mencionado, y su expresión facial se transformaba igual—. Porque que ya lo estás. Eres sólo un rompecabezas de fragmentos unidos que mantienen una vana ilusión de lo que antes fuiste. —¿Y tú? Como si el mundo acabara de interpretar su monólogo como una blasfemia que desenmascaraba el orden cósmico, el suelo a sus pies comenzó a dividirse en infinidad de grietas. El cielo, que hasta el momento no había sido mancillado por una sola nube, se tornó oscuro, y grises halos de luz impregnaron el paisaje con su lóbrega presencia. Potentes estallidos de truenos intentaban ensordecerla, mientras una furiosa tempestad llegaba desde norte para arrasar el campo, llevándose por los aires todo objeto a su paso. Los grandes juguetes se convirtieron en versiones animales deformes, dejando que su relleno escapara por cuanto orificio hallara, cual espuma ácida que corrompía sus entrañas. Los hilos se descosieron y sus pieles cayeron, mostrando aberraciones de carne putrefacta y huesos descompuestos que se proponían acercarse con sus peligrosas zarpas hacia ella. Retrocedió, y al hacerlo tropezó con un pedazo de la vasija anteriormente utilizada. Su cuerpo impactó con fuerza sobre la sucia tierra, desorientando sus sentidos y volviendo borrosa la escena que se esforzaba en contemplar. Fue entonces cuando las monstruosidades se lanzaron a su encuentro.
Oh, vaya, el final no lo esperaba, aunque en realidad todo el relato apuntaba hacia alguna dirección misteriosa. Es como si todo fuera tan abstracto e imposible de contar, sólo de vivir. Lo de los muñecos me pareció desde el principio extraño, irónicamente pensé que algo tramaban. Sin embargo no llegué a entender qué relación había entre ambas. Supongo que como tiene continuación, podremos ir viendo y conociendo un poco más sobre ellas. Parecía que estaba como en su propio mundo, ¿no? Me gustaron mucho los diálogos, éstos no se sobrecargan. Además el final fue contrastante con todo lo demás, el relato pintaba para ser muy bonito y al final terminó un poco siniestro, con una frase que iría ligada irremediablemente a algo más grande. Hay que cambiar "inquisidor" por "inquisitivo", y "descocieron" por "descosieron". Ten cuidado con el exceso de adjetivos, es lo único que no me gustó de tu relato, hay demasiados, las frases se extienden porque todo tiene un exceso de descripción, hay mucho adjetivo y sobre todo, cuando son muy rimbombantes, tienden a distraer. No te desanimes, sigue así, escribes muy lindo c: Me dices cuando continúes. Ya te dije que este tipo de tramas son las que me gustan ^^
CAPÍTULO II Abrió los ojos lentamente, permitiendo que sus níveos ocelos se adaptaran a la luz de la estancia. Haces plateados penetraban por una ventana cubierta de polvo, rosando con su opaco resplandor su figura yaciente sobre una cama de lino. El colchón estaba raído. Quizá las polillas se habían apoderado de él antes de que la intrusa ocupara un lugar entre su mar de mantas. Se levantó con parsimonia, observó los aposentos que la rodeaban y grabó cada detalle en su memoria. Desde las muñecas de porcelana que la vigilaban inertes en lo alto de los estantes, hasta la mullida alfombra que elevó una capa de mugre cuando sus pies la rosaron. Todo poseía una apariencia antigua, como si cada objeto llevara décadas en el mismo sitio, desgastándose únicamente con el paso del tiempo. Frente al lecho, ubicado en el centro de la pared del fondo, un tocador portaba erguido un espejo de cobre. Al aproximarse, el reflejo que le era devuelto teñía sus rasgos con un tono carmesí que la bañaba de vida. Sin embargo, el verse de ese modo le perturbaba profundamente. Aunque también, debía admitir, la maravillaban los labios rojos como la sangre, por los que pasó su lengua en un intento de descubrir el sabor que albergaba, los ojos oscuros como el más fino carbón, y el cabello ardiente cual incandescente fogata. Incluso su piel sonrosada se mostraba exquisita. La joven reflejada, que era y no era, se movió por propia voluntad dentro del objeto metálico. Ladeó la cabeza ligeramente, dibujándose en su boca una sonrisa encantadora. Sus orbes pretendían transmitirle algún mensaje mudo que intentó descifrar. Quería, con inusual desespero, llegar a su lado. Y cuando la pelirroja extendió una mano hacia su extremo, ella la imitó. Muy despacio, cautivaba por la belleza, acercó los dedos con intención de tocar los suyos. El roce entre ambas yemas calentó su cuerpo. —Has despertado. Volteó a mirar atrás, con el corazón desembocado por la presencia que se había deslizado en su dirección sin siquiera notarlo. Allí de pie, una muchacha ataviada de prendas impregnadas de barro y húmedas la contemplaba con ojos negros como la noche a pocos centímetros de distancia. Podía ver el vaho de su respiración en el aire, que se había tornado frío antes de que se diera cuenta. No supo qué responder. Se limitó a girar nuevamente hacia el espejo, donde sólo se hallaban reflejadas ella, con su albina apariencia, y la extraña, que mantenía su mirada clavada en el objeto. Luego de unos silentes segundos, habló. —Será mejor que vayas abajo. He conseguido leña —Su voz era impotente, demandante de inmediata obediencia. La siguió fuera de la habitación, bajando por unas escaleras de caracol cuya madera se encontraba podrida y llena de grietas. La vivienda estaba construida enteramente por pedazos de roble de variante tamaño; fragmentos de árboles que soltaban sus últimos suspiros antes de expirar, llevándose consigo la estructura del hogar. Colgadas en las paredes, cabezas de animales la observaban inquisitivamente: ciervos, osos, pumas, venados y zorros. Entre ellas, la del alce decoraba la parte más alta del muro. La garganta permanecía atravesada por la flecha que puso fin a su libertad, en sus cornamentas se alojaba un nido de arañas, y, posada en su boca abierta, una negra mariposa tomaba un descanso antes de alzar vuelo. El insecto surcó con gráciles movimientos el aire. Pasó a su lado, rozando el lino del camisón que cubría su figura, y detuvo su marcha en la cómoda del otro extremo. Se veía hermosa con esos preciosos zafiros que orlaban sus alas, despidiendo tenues resplandores cuando la luz los rociaba. Era una lástima que su belleza no perdurara. La joven de sucio aspecto cerró su puño entorno a la criatura. No se escuchó el chillar de la mariposa, por lo que su muerte de seguro había sido indolora, demasiado rápida como para percatarse de lo ocurrido. Al abrir la mano, sólo quedaban fragmentos de cristal que se transformaron en polvo y desaparecieron con la suave brisa que penetraba a través de la ventana. —Hay espíritus —dijo en voz suave, alzando la mirada hacia la albina. Sus ojos mostraban un profundo pesar— que necesitan ayuda para encontrar la paz. Después de dirigirle aquellas palabras, dio media vuelta y atizó el fuego que ardía en la chimenea. Las llamas crepitaban agonizantes. El humo que desprendían ascendía cual negra torre hacia el exterior de la posada, perdiéndose entre una columna de ladrillos. Los tonos de las brazas le recordaron al reflejo que apreció en el espejo, empero su imagen se esfumó al tiempo en que el olor a café penetraba por sus fosas nasales e invadía sus pulmones. Alrededor de las cortinas marrones que cubrían el marco de las ventanas, crecían enredaderas marchitas. Espinas sobresalían y se incrustaban en la tela, como si se tratasen de víboras que envolvían a su presa, a la espera de que su corazón estallara para engullirlo con éxtasis. Un único fruto dorado colgaba de la planta. Una extravagante cereza, perfectamente lisa y sin manchas. La acarició con la yema de los dedos. E, impulsada por un hambre desconocida, la llevó a su boca. Oprimió los dientes hasta hacerla pedazos y degustó la sábila que manaba de sus entrañas. Crujía ante su mandíbula, impregnando su paladar con su esencia. El sabor era exquisito cual néctar prohibido. Porque estaba pecando, aunque no lo supiese. Era la nueva Eva. Las hiedras se convirtieron en serpientes y rodearon su cuello en un intento por obstruir el paso del fruto. Ella fue más rápida y tragó en seco. Tan pronto como lo hizo, siseando con sus bífidas lenguas, profirieron advertencias en una lengua que no comprendió. «Reencarnará», creyó interpretar. Los reptiles hicieron más fuerte la opresión sobre su garganta, ahorcándola. Cayó de espaldas, forcejeando para zafarse de su agarre, pero éstas no cedían. El mundo se oscurecía y sus pulmones ardían. Más allá vio la silueta de la joven pelinegra, aunque su vista estaba nublada. Murmuraba algo que ella no escuchaba mientras el mundo iba perdiendo color. Lo único que se enfocaba eran sus labios. Y el fuego que se extinguía. Contenido oculto Hace tiempo no escribía. x.x Gracias por leer y comentar, @Cygnus . En este nuevo capítulo intenté no atiborrar de adjetivos la historia, aunque no sé si lo logré del todo. Ya hice las correcciones pertinentes, y espero no volverlas a cometer a futuro. :3