El Doctor

Tema en 'Relatos' iniciado por Seba Smith, 7 Diciembre 2013.

  1.  
    Seba Smith

    Seba Smith Boom boom piuuum

    Leo
    Miembro desde:
    4 Diciembre 2013
    Mensajes:
    14
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    El Doctor
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Horror
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    891
    Estaba sentado frente mi escritorio de siempre con una vela en mi mano, sosteniéndola junto a mi oído. Siendo mi única fuente de luz la trataba como mi más preciado objeto, ya que en sí. Era mi única posesión importante. Delante de mis ojos apenas podía ver una hoja de papel con letras escritas en un extraño idioma ante los ojos de un extranjero a los sucesos actuales, pero para mí eran palabras completas y valiosas.

    Me recliné sobre el papel y dejé la vela apoyada en la mesa mientras contemplaba la mano que la había sostenido durante apenas minutos. Esta se encontraba como una mano arrugada y llena de cera seca, como una de esas estatuas de museos a los que habría podido ir en un pasado. Mi mente divagaba, debía enfocarme.

    El papel tenía un mensaje que se me había entregado hace dos días, pero no tuve el coraje de leerlo antes ¿Qué habrá cambiado en mí que me hizo aventurarme a descifrar su contenido? Quizás la muerte de mi compañero, un pequeño ratón amarillento de nombre Pelusa que me había sido buena compañía por los últimos dos años, pero que hoy mismo había tenido la suerte de alejarse de este acabado mundo sin la necesidad del suicidio.

    Ante varios pensamientos me encontré divagando nuevamente y repetí en mi mente la misma frase anterior: “debo enfocarme”. Seguí con mis asuntos y leí las primeras líneas de la carta:

    “Para quien pueda leerme, entenderás que no me encuentro en una situación propicia a la buena redacción, así que trataré de ser conciso y directo: Estoy muriendo, como todos en este hospital. El médico a cargo de nuestro pabellón ha hecho horribles experimentos a nuestra costa. Muchos de mis amigos y compañeros han muerto en las mismas camas en las que ingresaron el primer día, algunos por un resfriado complicado y otros por alguna extremidad fracturada, el motivo no era relevante. Sin discriminar, tomó a cada uno de nosotros y los convirtió en espantosas criaturas, nos ha hecho cambiar nuestro físico y nuestra mentalidad…”

    Aquí tuve que detenerme ya que una especie de sonrisa retorcida se apoderaba de mis labios y eso no era algo que pudiera enorgullecerme. Me levanté un segundo con la vela en mano y me arrastré a la ventana del cuarto, grité a pleno pulmón que me trajeran un café y me volví a sentar con la carta nuevamente como propósito de mi estadía en esa silla.

    “No me es posible explicar el por qué ni el cómo de estos cambios, pero solamente puedo decir una cosa: Estoy más enfermo que nunca y hasta mi familia me nota distinto, dicen que no soy el de antes y están muy asustados, igual que yo, pero nada puedo hacer. Estoy postrado en esta cama con una obesidad que me consume sobre los pliegos de las sábanas y los medicamentos que nos entregan varias veces al día. Alguna vez traté de contenerme a tomarlos, pero entre tanto tratamiento he quedado fatigado. Mis ganas de seguir viviendo así se reducen y pronto, como los demás, moriré en esta cama y descubriré como solamente un cuerpo, que hay detrás de esa puerta que anuncia la salida por la cual han egresado tantas pilas de cadáveres.

    Por favor, hagan algo. Y si leen esto, ya será muy tarde para mí. Sinceramente, Augusto Guevara.”


    Me levanté como alma en pena mientras una mujer vestida de blanco me entregaba un café caliente y lo depositaba sobre mi mesa. Sin gesto alguno se fue y yo quedé ahí, con mis pensamientos solamente. Después de varios minutos pensativos me fui a dormir en una cama al rincón del cuarto y quedé profundamente abatido entre mis sueños y pesadillas, hasta despertar a la mañana siguiente con el cantar de un gallo. Me puse en pie rápidamente y no tardé en vestirme.

    Me dirigí a paso lento sobre mis pies y me dirigí a una enorme sala, llena de hombres y mujeres con batas blancas. Al verme entrar, cada uno de ellos realizó un enorme aplauso hacia mi persona y se fueron apilando a mí alrededor, diciendo lo grande que era mí ser. No me demoré en preguntar por el individuo de nombre Augusto Guevara y ante mi sorpresa una enfermera del lugar me direccionó a su habitación. Caminé veloz hasta llegar a otro cuarto del mismo hospital.

    Ahí se encontraba un hombre alto y delgado, con expresión feliz y una mirada profundamente llena de esperanza. Como lo describiría mi madre: “un hombre de especial molde”.

    Le pregunté por su nombre y su condición actual, cuando se acercó a mí y me dijo lo que siempre decían todos.

    “He muerto en esa sala y he renacido en este cuerpo y con estas ganas de vivir… Creo que aceptar su tratamiento fue un éxito doctor.”

    Le agradecí y le entregué la carta que escribió hace ya una semana, la leyó y se rió a pulmón limpio. Y con una expresión de muy amigos me contestó algo que nunca había oído:

    “Usted nos asesina doctor… asesina a las personas reales y las convierte en estos robots que somos… pero no podría estar más feliz de ello.”

    Sonreí y le dije lo que nunca esperé decirle a ninguno de mis pacientes: “Ahora lárguese… que ya no es un niño… es un hombre.”
     

Comparte esta página

  1. This site uses cookies to help personalise content, tailor your experience and to keep you logged in if you register.
    By continuing to use this site, you are consenting to our use of cookies.
    Descartar aviso