Fantasía El dios del fuego y de la carne

Tema en 'Relatos' iniciado por Elliot, 25 Mayo 2022.

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    Elliot

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    Título:
    El dios del fuego y de la carne
    Clasificación:
    Para niños. 9 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    3731
    La espesa nieve del bosque ahogó los gritos y entorpeció el paso de aquel pobre diablo.

    — ¡Desgraciado! —maldijo aquel hombre al traidor que lo abandonó, cuya figura aún podía apreciar tenuemente en el horizonte, junto a la del perro, el trineo y las pocas provisiones que les quedaban— ¡Regresa aquí a que te mate! ¡vuelve! —insistió inútilmente en lo que les perdía definitivamente el rastro.

    Al no prestarle atención al entorno de su alrededor, el hombre acabó tropezando por el camino, y se desplomó sobre el blanco y helado colchón que era el suelo, del que ya no pudo levantarse. En lo que su fuerza vital poco a poco abandonaba su cuerpo, también lo hacían sus intensos sentimientos de ira, odio, rencor y deseos de venganza. La desafortunada víctima del frío se concentró en su lugar en aquello que apreciaba, aquello que, el no poder volver a verlo, era lo que lo hizo sentirse tan devastado por su inminente final en primer lugar. Vinieron a su mente recuerdos de su familia con la que creció, de sus amigos con los que se divirtió, de la mujer a la que amó, y quien lo amó de vuelta. Tenía clara como un cuadro la memoria de ella despidiéndolo antes de su último viaje, agitando con emoción una de sus manos y posando delicadamente sobre su vientre la otra. Recordó sus sueños planeados para su futuro con todos ellos. Hasta que, eventualmente, incluso esos pensamientos también se desvanecieron. El último pensamiento que quedó con él fue el de lo despiadado que era el frío, y su único compañero fue la voluntad de traer calidez al mundo. Ambos se aferraron con intensidad al cuerpo del hombre, incluso después de que su propia vida e identidad lo dejaran. Mas una vez los dos últimos ya no se encontraban en el camino, los dos primeros se pusieron a realizar su cometido.

    Aunque no tanto como otros sitios, este bosque entre montañas presenció muchas tragedias así previas a este accidente. Y en su muy larga vida, presenciaría incontables más. Cazadores cuya determinación, o desesperación, por abatir a su presa los hacía perder el rumbo sin darse cuenta. Aventureros desorientados o con exceso de arrogancia sobre sus capacidades. Campesinos huyendo de invasores. Soldados persiguiendo con demasiada determinación al enemigo en retirada. Mercaderes honestos. Estafadores. Bandidos. El próximo gran hombre en busca de hacer el mundo un lugar mejor, o su destructor. E incluso desdichados que venían voluntariamente a este páramo helado con el objetivo de que su partida no fuera un estorbo para nadie. El frígido ambiente no distinguía de pasados, motivos, o estatus alguno. Perseguidos y perseguidores recibían el mismo trato implacable por igual.

    Los últimos en verse atrapados en este sitio de blanca muerte fueron un grupo de cuatro cuyas rutas se cruzaron por caprichos del destino y se mantuvieron convergentes por la necesidad. Un enemigo muchas veces igual o hasta más devastador que el frío mismo era el tiempo, que forzó a este grupo a tomar este peligroso atajo sin las debidas precauciones. Cuando inevitablemente se encontraron desamparados, sin refugio, ni provisiones, y con nulas esperanzas de sobrevivir a la inminente noche, se dieron cuenta que esta no era una de esas veces.

    —¿Y cómo vas con el fuego? —preguntó uno de los hombres, de nombre Kleon, en tono de reproche al otro. Hubiera sido más duro y directo para intentar que se levantara a acompañarlo a buscar un refugio con un suelo apropiado donde realmente poder armar una fogata en lo que los demás traían más leña, pero su corazón se ablandó al notar el estado delirante en que se encontraba su buen amigo por la situación.

    —¡En cualquier momento! —respondió Nione, insistentemente frotando un cuerno roto contra un palo podrido sobre un montón de hojas directo encima de la nieve, sostenidas con piedras para que el viento no se las llevara.

    Kleon suspiró preocupado. Se lamentaba por el estado mental en el que estas condiciones extremas estaban llevando a Nione, al mismo tiempo que sabía que a él mismo no le quedaba mucho más tiempo de cordura si no lograban escapar de aquí pronto. Sin nada más por hacer, se dio la vuelta y prosiguió con su búsqueda.

    Nione, por su parte, continuó con su propia tarea. Que, por sorpresa para él mismo, empezaba a dar frutos. Vio como un humilde humo negro brotaba desde debajo del suelo. Mismo suelo que, para sus incrédulos ojos, parecía elevarse y abrirse. Al principio levemente, luego de forma más abrupta, tirando las ordenadas hojas mientras emanaba una tenue luz desde sus grietas. Hasta que, finalmente, una criatura de aspecto terrible emergió violentamente a la superficie.

    Se trataba de un ser con aspecto de esqueleto humano. Desprovisto casi en su totalidad de ningún tipo de tejido, cubierto en su lugar por espesas llamas de intensa viveza. Una vez hubo liberado la totalidad de su cuerpo, se fue acercando lentamente al confuso Nione, quien retrocedía arrastrándose aterrado.

    Kleon oyó a la distancia los gritos de auxilio de su amigo. Acudió rápido en su ayuda sin tener idea de con lo que se encontraría. Una vez lo presenció, quedó paralizado en su sitio, completamente estupefacto.

    —No puede ser —exclamó asombrado—. Así que son reales —añadió con una actitud extrañamente tranquila y hasta positiva al respecto.

    Una gran roca se interpuso en el camino de Nione, dejándolo acorralado contra la criatura. Este cerró los ojos, preparándose mentalmente para lo peor. Después de unos tensos segundos de espera en los que no ocurrió nada, se animó a echar un vistazo a lo que pasaba. Nuevamente para su sorpresa, lo que vio fue a aquel esqueleto estando sentado de piernas cruzadas frente a él, sin ningún aparente atisbo de intenciones agresivas. Nione volvió a darse un breve susto cuando el ser levantó uno de sus brazos al aire, pero ese susto pronto pasó a desconcierto cuando resultó que el esqueleto simplemente se rasgó algo de la poca carne que aún colgaba de este y se la ofreció a Nione.

    —Es un dios del fuego y la carne —explicó Kleon, a su lado—. Escuché muchas historias de ellos a lo largo de mi vida. Pero hasta ahora siempre creí que eran cuentos para niños e invenciones de borrachos.

    Nione quiso preguntar si eso se trataba entonces de una buena noticia, pero interrumpió su oración cuando el dios le arrojó de forma desprevenida los trozos de carne llameante a su regazo. Curiosamente, cuando el primero instintivamente golpeó la carne para apagarla, sintió el calor de su fuego directamente en sus manos, como si no llevara puestos guantes, los cuales no parecieron quemarse. Y, ahora que se fijaba, la propia nieve debajo del dios fogoso no se derretía en lo más mínimo. Pero aún así, los copos de nieve, que sigilosamente habían empezado a caer con más frecuencia, parecían evitar tanto al dios como a lo que se encontrase en su cercanía, como el mismo Nione.

    —Oh, así que eso también es cierto —pronunció Kleon, fascinado.

    —¿¡Podrías dejarte de tanto secretismo y explicar qué está pasando? —exigió Nione, harto de no enterarse de lo que ocurría—. ¡Se está sacando más carne! —añadió nervioso observando de nuevo al ser.

    —¡Claro! —contestó emocionado Kleon—. Ah, y estos bocados se apagan mejor de un soplido —le mencionó a Nione mientras recogía la carne de antes y se la ofrecía. Para disgusto, mas no sorpresa, del segundo.

    Cuando algún desafortunado, usualmente en solitario, cae presa de las duras condiciones del hielo, pero sus deseos de calidez engullen a todos los demás, incluyendo al deseo mismo de vivir, y tal deseo por calor es acarreado por una voluntad férrea de llevarlo a cabo, entonces la propia alma del caído servirá de combustible para encender una poderosa llama que envolverá su cuerpo de pies a cabeza y de piel a médula. Mas no cualquier tipo de llama, sino una talentosamente adiestrada para solo brindar su calor a la vida que lo necesite. Así pues, la nueva vida del recién nacido dios consistirá en ofrecer fuego y carne extraídos del cuerpo y alma de su pasado mortal. Esto fue lo que explicó Kleon a su querido amigo respecto al asunto, con la misma pasión con la que solía hablarle sobre demás cosas de su tierra natal.

    —En varias de las historias que oí, los perdidos le daban en agradecimiento al dios lo que sea que pudiera serle de ayuda a futuras personas con las que se encontrara. De hecho, algunos pueblos de la tundra occidental mandan regularmente ofrendas a lugares fríos inhóspitos con tal de contribuir —continuaba narrando sus conocimientos—. Y yo que pensaba que solo eran unos paganos supersticiosos… Ah, pero no te preocupes. Todos esos gestos de agradecimiento son completamente voluntarios. No será otra deuda a nuestra lista.

    Una vez terminada la explicación de Kleon, Nione se levantó abruptamente de su sitio.

    —¡Esto es fantástico! ¡Hay que avisar a los otros cuanto antes! —exclamó Nione con la boca llena. Y a buen tiempo, porque la nevada poco a poco se intensificaba.

    Kleon, en su entusiasmo por haberse topado con tal criatura de fábula, se olvidó momentáneamente de sus otros, más recientes acompañantes en su desventurada travesía. Prontamente, sin embargo, Nione se encargó de pegar el grito para llamarlos. En lo que un par esperaba al otro, el primero se llevó otra pequeña sorpresa.

    —Temo no poder llegar a alimentar propiamente a tanta gente —anunció el dios—. Esta carne que ven colgada de mis brazos y hombros es toda la que me queda. Lo último en el interior de mis huesos ya fue extraído para consumo por las anteriores víctimas a las que salvé: un escuadrón de soldados que, en posesión de las herramientas necesarias, optaron por tomar la médula, de acceso más complicado, en pos de dejarle las carnes del exterior a futuras víctimas que pudieran no estar tan bien equipadas.

    Esa aclaración hizo que ambos hombres se fijaran entonces en las lanzas rotas atadas alrededor de los huesos quebrados del dios, las cuales habían pasado desapercibidas hasta ese momento por verse envueltas en sus densas flamas.

    —No te preocupes, amigo —contestó Nione con optimismo—. No estamos tan lejos de un buen refugio. Pero una noche más así sin tu ayuda y no la contamos. De verdad que ya con eso nos salvaste el culo.

    —¿Y qué pasó con tu optimismo cuando nos metiste prisas por partir? Sonabas muy seguro de que no sería tan complicado—se lo echó Kleon en cara luego de soltar una pequeña risa.

    El dios había perdido la cuenta de todas las víctimas que se había encontrado con esa historia.

    La subsiguiente réplica de Nione al comentario de Kleon se vio interrumpida por la ruidosa llegada de otro de los perdidos.

    —¿Así que Nione se dejó de lloriqueos y se puso a hacer algo útil? ¿o solo terminó de perder la cabeza? —preguntó con una actitud rancia un hombre de muy avanzada edad. Aún con todo su abrigo, era sorprendente verlo resistir las duras condiciones de la intemperie.

    Los tres presentes voltearon a verlo. Llamó especialmente la atención del dios, quien se levantó de su sitio para observar al anciano. El cual a su vez se vio algo intimidado por ello, y se detuvo a unos metros del grupo.

    —¿Qué es esa cosa? —preguntó el anciano, visiblemente preocupado.

    —Es un dios del fuego y la carne. Vino a ayudarnos —respondió Nione, quien se divirtió un poco viendo a alguien más pasando por la misma reacción inicial al encontrárselo.

    —¿Dejaste atrás a Dássia otra vez? —cuestionó Kleon, notablemente molesto por la irresponsabilidad del anciano para con sus acompañantes.

    Preocupado por ella, se dirigió a buscarla a paso apurado. Al mismo tiempo, el dios también se puso a caminar hacia adelante.

    —¿Están seguros que este de acá es un buen tipo? No se ve muy amigable —remarcó el anciano sobre el dios que caminaba a su dirección. Era difícil asegurarlo debido a su falta de rasgos faciales, pero ciertamente podía dar la impresión de estarlo inspeccionando.

    —Oh, desde luego —respondió Nione—. Como mínimo es más simpático que-

    —¡TÚ! —Nione fue interrumpido por el abrupto y sombrío grito iracundo del dios, cuyas llamas se vieron violentamente perturbadas, sonando casi como si hubieran soltado por sí mismas un alarido de dolor justo antes de empezar a debilitarse.

    Su repentino cambio de actitud tomó desprevenidos a los tres hombres. En especial Kleon, quien casi se tropieza con el susto recibido. Y antes siquiera de que Kleon pudiera reincorporarse, sin darle tiempo a nadie de procesar lo ocurrido, el dios se abalanzó contra el anciano a envolver su cuello con sus huesudas manos. Manos de luz cada vez más débil.

    La confusión abrumó a todos los hombres allí, nadie sabía qué hacer, o siquiera qué era lo que estaba ocurriendo. Más preguntas que respuestas llegaron cuando los incoherentes gruñidos tétricos del dios del fuego y la carne fueron tornándose en palabras comprensibles.

    —¡Me dejaste morir! —acusó furioso—. ¡Lo perdí todo por tu culpa!

    Los dos hombres más jóvenes se impactaron al oír tal denuncia. Por costumbre, a ambos se les pasó por la cabeza la idea de que pudiera tratarse de un malentendido, que podrían solucionar este conflicto con una tensa pero, dentro de todo, civilizada discusión. Esas esperanzas se desvanecieron rápidamente con la respuesta de su desagradable acompañante.

    —No —contestó el anciano con absoluto desprecio en su voz—. Tu siempre fuiste un muerto de hambre. Nunca tuviste futuro, ¡pero yo sí!. Solo uno podía salir vivo de aquella, y yo lo que hice fue tomar la decisión más inteligente.

    No llegó a finalizar su respuesta antes de que el dios se pusiera a ahorcarlo con más fuerza, haciendo que el anciano cayera de rodillas mientras luchaba por mantenerse consciente.

    Mientras el fuego del dios se iba apagando cada vez más, los hombres volvían a estar a merced de la nevada, cuya intensidad había aumentado en gran medida sin que se dieran cuenta debido a la protección que antes recibían de aquel ser.

    Empezaba a cundir el pánico.

    —¡¿Qué está haciendo?! ¡Por favor, deténgase! —suplicó Kleon.

    —¡Sabíamos muy bien la clase de escoria que es este tipo desde antes de venir aquí! ¡Pero si lo perdemos ahora no podremos volver a nuestros hogares! —explicó Nione.

    —¡Nosotros no tenemos nada que ver con sus maldades! ¡No haga que sus crímenes se cobren la vida de otros inocentes como pasó con usted! —Kleon quiso argumentar, pero ninguna palabra de ninguno de los dos pasaba por la gruesa, y cada vez más fría, cabeza del dios.

    La atmósfera se volvía cada vez más inestable. Aunque al inicio Nione vio la aparición de ese dios como un regalo del destino a su favor para ayudar a su grupo a sobrevivir en la precaria situación en la que había contribuido a meterlos, ahora estaba preparándose mentalmente para atacarlo de forma directa, para arriesgarlo todo de nuevo, con tal de aún tener una posibilidad de que regresar a sus casas. A Kleon le costaba más aceptar la idea de tener que violentar a un ser tan sagrado del que toda su vida imaginó como un salvador bondadoso. Dejar que las cosas siguieran su curso y esperar por otro milagro se le hacía irresponsable, mas tentador. Sin embargo, antes de que se produjera un completo caos, una luz hizo acto de presencia. Una luz en forma de la tenue llama moribunda de una antorcha, aún así ya más brillante que la fantasmagórica luminosidad que quedaba alrededor del dios, cargada por una mujer con su cara cubierta y arrastrando unas ramas.

    Estando frente a los demás, la mujer soltó las ramas y procedió a quitarse el velo, revelando en su cara una expresión atónita por la que caían un par de lágrimas. Sus compañeros que alcanzaban a verla no comprendieron su reacción. El anciano fue liberado del agarre de su agresor, y prontamente se echó al suelo a tomar bocanadas de aire y toser, mientras se colocaba nieve alrededor de la gran quemadura en su garganta. El dios, por su parte, fue acercándose despacio a la mujer, acercando sus manos al rostro de ella. Nione fue a procurar que el anciano no se desmayara, y Kleon estaba listo para detener a aquel monstruo si llegaba a atacar a su compañera. Hasta que…

    —Zalazi —pronunció el dios con alegría e incredulidad, al mismo tiempo que sus huesos se volvieron tan oscuros como el invierno que los consumía—... Estás igual a como cuando te perdí.

    —... Padre —dijo Dássia, tomando desprevenido al dios.

    Al escuchar eso, retrocedió confuso y afligido lejos de la luz de la antorcha. Echó un vistazo a sus manos, sus huesudas manos, y miró a sus alrededores. A pesar de la fuerte nevada, con la tenue luz de la antorcha alcanzó a ver las desesperadas expresiones de los dos jóvenes indefensos, uno al lado de aquella mujer y el otro cargando en el suelo a un anciano que tosía.

    La flama de la antorcha de la mujer terminó de extinguirse, dejándolos a todos en una profunda oscuridad, sin idea de qué era lo próximo que podría ocurrir. Hasta que, de repente, una gran luz iluminó nuevamente toda la escena como si ahora se encontraran en un despejado crepúsculo. Cada hueso de aquel esqueleto volvió a encenderse con la misma intensidad que cuando se encontró con estas personas por primera vez.

    Se encontraba con ambos brazos cubriendo por encima a Nione y el viejo. Y a continuación extendió uno de ellos hacia su costado, invitando a Kleon y Dássia al cálido refugio. Dássia se unió sin dudarlo. Incluso el reacio Kleon no tuvo otra opción que hacer lo mismo al estar todo su grupo allí y la tormenta de fuera volverse imposible de aguantar. Se dio un prolongado momento de silencio y tensión, roto incómodamente con la maliciosa risa del viejo, ahora recostado sobre los brazos de Nione.

    —¿Quién lo diría? De una sola decisión me salvé la vida dos veces —comentó con orgullo al dios—. Soy más astuto de lo que jamás habría imaginado… ¡Muchas gracias por tu utilidad, bueno para nada!

    La insensible demostración de vanidad del anciano fue interrumpida por el arrebato de rabia de Kleon provocado por esta. El hombre solo llegó a encajarle un puñetazo antes de ser detenido por sus otros compañeros. A pesar de haber llegado a noquear a ese hombre que todos no hacían más que tolerar, Kleon se sintió avergonzado de su actitud, y comenzó a llorar luego de haber pasado por tantas emociones intensas en un periodo tan corto. Sus amigos, quienes hubieran actuado igual de no ser porque Kleon se les adelantó, lo comprendieron y lo reconfortaron. El dios observó atentamente todo este espectáculo de sentimientos.

    Dássia esperó a que sus compañeros cayeran dormidos, buscando así tener un tiempo a solas con el padre al que jamás creyó poder llegar a conocer. Luego de secarse las lágrimas y descansar la vista, algo borrosa por mirar directamente a las llamas por tanto tiempo, le suplicó:

    —Vuelve.

    —Ya estoy justo en donde tengo que estar —respondió el dios, con actitud diligente.

    —¿Es por cómo te encuentras ahora? ¡Te juro que a mamá y a mí no nos importa, te aceptaremos así como estás! ¡Ella nunca te olvidó en todo este tiempo!

    —¡Tu padre! —interrumpió la apasionada declaración de Dássia en un tono algo severo—... Tu padre murió hace muchos años, y dejó todo eso atrás cuando ofreció su cuerpo y alma a esta labor —explicó en un tono más comprensivo.

    —¡A papá lo mataron! ¡Su propio asesino lo confesó con orgullo frente a la hija de su víctima! —objetó con ojos vidriosos—... No es justo.

    —La justicia es otra de las tantas cosas que ya no me incumben —respondió—. Cazadores cuya determinación o desesperación por abatir a su presa los hizo perder el rumbo sin darse cuenta. Aventureros desorientados o con exceso de arrogancia sobre sus capacidades. Campesinos huyendo de invasores. Soldados persiguiendo con demasiada determinación al enemigo en retirada. Mercaderes honestos. Estafadores. Bandidos. El próximo gran hombre en busca de hacer el mundo un lugar mejor, o su destructor. E incluso desdichados que vinieron voluntariamente a este páramo helado con el objetivo de que su partida no fuera un estorbo para nadie. Este frígido ambiente no distingue de pasados, motivos, o estatus alguno. Perseguidos y perseguidores reciben el mismo implacable trato por igual. Y así mismo he de actuar yo.

    Su hija apenas podía mantener la compostura, a punto de quebrarse por tales palabras. Ante esa reacción, el dios añadió:

    —Mi tiempo en el mundo de los asuntos de los mortales acabó hace mucho. Sentir placer y sufrimiento, amar y odiar, tener miedos y esperanzas, aspiraciones que cumplir. Todas esas turbulencias que se experimentan en la vida y los hacen humanos ya no forman parte de mí… pero si de tí. Has perdido muchas cosas, y en el camino que queda inevitablemente perderás muchas más. Pero lo que aún tienes es invaluable. No me hace falta preguntarte para saber que amas a tu madre tanto o más como el hombre que alguna vez fui lo hizo. Nunca creí que de verdad podríamos criar una familia juntos, mucho menos con solo uno de nosotros, ¡pero mírate! ¡con más salud y belleza de la que cualquiera de nosotros podría haber aspirado!... Tú misma eres la prueba de que algo mejor es posible. No les pido que me olviden, jamás haría eso. Les pido que sigan hacia adelante, a donde yo ya no pude. Pero, sea cual sea el camino que escojas, que no acabe aquí… asegurarme de eso es mi labor ahora.

    Luego de escuchar ese discurso, Dássia fue y abrazó con fuerza al dios. Este la advirtió que, a esa distancia, incluso sus benignas llamas la lastimarían. A lo que ella replicó entre quejidos de dolor:

    —Quedar marcada es algo que elijo como parte de mi camino. Ni siquiera es un precio muy grande a cambio de la oportunidad única en la vida de abrazar al papá que pensé que perdí.

    Después de esos segundos de dolor, Dássia finalmente fue a dormirse junto al resto del grupo.

    Una vez acabada la larga noche, y la ventisca ya habiendo cesado, el dios miró al naciente sol asomarse por el horizonte. A lo que comentó:

    —Ya hice mi parte. Ahora haz la tuya.
     
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    Quiero comentar unas curiosidades sobre este escrito:
    -Sin que me diera cuenta, se volvió una curiosa especie de reflejo invertido de mi otro relato, Deuda del mal. Y eso que la idea principal de este la llevo teniendo desde mucho antes que la del otro. Es lo que tiene que tu atención vaya saltando de una idea a otra sin llegar a terminarlas.
    -En el final original, el dios y Dássia se abrazaban justo después después de confirmar su lazo familiar, y las llamas de este regresaban porque buscaba proteger a su hija de la ventisca. Lo cambié porque iba en contra de cómo quería mostrar que funcionaban dichas llamas.
    -Este relato ocurre dentro de un worldbuilding mucho más extenso de mi creación, pero lo hice con la intención de que funcione como obra independiente.
     

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