Prólogo Y así, la joven fue creciendo en sabiduría, altura, belleza y encanto, gracias a los dones de sus madrinas. El sol caía en cascada sobre sus hombros y los siete mares se asomaban por sus ojos. En la cabaña del bosque, con los árboles como protectores, Aurora, bajo el nombre de Rose, maduraba al mismo ritmo hipnotizador que las manzanas. Las hadas confiaban en que no las encontrarían, las hadas confiaban en que nadie pasaba por ahí. Por eso Rosa podía cantar tan alto como deseara. Sin embargo, a un par de kilómetros de la suya, se encontraba una cabaña humilde y desvencijada, donde un anciano cuidaba a su nieto de ojos oscuros y cabello negro cual carbón. Fuerte por cargar leña y delgado por la escasa comida, el joven había sido abandonado por sus padres al cumplir los cinco años, no sin salir ileso de las acusaciones de los mismos. Decían que no era su hijo y que algo lo reemplazaba por las noches y que en el momento más oscuro, sus pupilas se dilataban hasta cubrir todo su globo ocular. Decían que la misma luna le temía. Mas era sólo un niño. Encarcelaron a Henry y Grace Malone por intento de homicidio. El niño con cicatrices en las manos, fue a vivir con su abuelo. Nadie creía lo que los Malone afirmaban y veían con compasión al niño cuando iba al mercado a intercambiar la madera que él mismo cortaba. Sebastian se percataba de las miradas, pero prefería guardar silencio y observar a todos con el mismo recelo que les guardaba a sus progenitores. Las hadas sabían la historia del niño del bosque y contaban con que la cabaña estuviera apartada de la suya. Sabían, que los Malone debían tener alguna clase de problema por creer que su pequeño podría hacerles daño. Pero lo que no sabían, es que el diablo canta tan hermoso y tan alto como los ángeles y que algunas veces, se disfraza de princesa.
Capítulo 1 El bosque estaba en silencio, inmóvil. Y una vez más, él estaba ahí. Estaba de pie a la orilla del río, con los pies sumergidos en el agua y sus botas varios pasos atrás, donde el agua no podía tocarlas. Miraba el cielo con sus ojos color miel y su cabello castaño, pulcramente peinado, le adornaba el rostro angelical. - No debes estar aquí –la reprendió el joven sin mirarla-, ya lo sabes. - Y tú conoces de sobra la razón por la que estoy aquí –contestó ella. Esta vez, el príncipe la miró. - Vete de aquí –le espetó. Ella no se movió. Estaba esperando algo más, pero no se lo iba a contar. El joven se acercó sin sacar los pies del agua. - Aurora –susurró-, nuestras vidas se unieron desde tu nacimiento –le dedicó una sonrisa afectuosa, no lo suficientemente grande como para considerarse sincera-. Sólo debes esperar hasta que cumplas dieciséis. “Pero es que no es estar contigo lo que espero”. Quiso contestar. Pero contestando a su pensamiento, una figura asomó entre los árboles, exhortándola poniendo el índice en su boca, a guardar silencio. Y ella obedeció hasta que la figura tuvo al príncipe a su alcance. Rosa despertó tranquila. El sueño ya no era una novedad. Ella estaba en el bosque para encontrarse con la figura entre los árboles y el joven creía que estaba ahí por él. Un malentendido que podía costar un poco caro, sobre todo cuando ella le explicara que no era ninguna princesa y que su nombre no era Aurora, sino Rosa. Suspiró y se sacudió la confusión. Fabricó una sonrisa casi totalmente auténtica y bajó las escaleras de madera que crujían bajo sus pies. Tres sonrisas genuinas la recibieron en el piso de abajo. - Buenos días cumpleañera –la saludó Flora con su habitual educación. - Oh, mi niñita –dijo Fauna abrazándola, tan cariñosa como de costumbre-, si has crecido tanto. - Feliz cumpleaños Rosa –terció Primavera en un intento de no sonar huraña ante los cariños de Fauna. Como siempre hacían en los cumpleaños, la enviaron al bosque. Era predecible, pero las hadas aún creían en el factor sorpresa. La operación era enviarla al bosque para aprovechar el tiempo y hacer un pastel individual y un regalo que, casi siempre, consistía en algún libro viejo de hojas amarillas. Rosa salió de la casa con una canasta vacía entre manos y una sonrisita insinuada. Se dirigió al interior del bosque casi saltando, buscando el riachuelo que le hacía compañía cuando recogía fresas. Unos cuantos minutos más tarde se mojaba los pies descalzos con la canasta aún vacía. Y como de costumbre, comenzó a cantar. Felipe hacía un descanso luego de su paseo cerca del río. Su caballo resoplaba por la vanidad de su dueño. - Me pregunto cuándo pararás de quejarte –dijo el príncipe con una sonrisa. El caballo volvió a resoplar. Felipe torció los ojos-. ¿Si te doy una manzana dejarás de hacerlo? El caballo movió las patas, inquieto. Con una sonrisa victoriosa, el joven sacó una manzana del morral de cuero que descansaba en el lomo del caballo. La mordió, la lanzó al cielo y la atravesó con su espada. El caballo dio un respingo cuando el jugo de la manzana lo salpicó. El príncipe puso la punta de la espada cubierta con la manzana cerca de la boca de su corcel, pero antes de que este mordiera, la quitó burlándose de él. Molesto, el caballo lo empujó al río, provocando que Felipe soltara la espada y cayera de bruces en el agua. Casi sonriendo, el corcel se comió la manzana, evitando estratégicamente el filo de la espada. - Bien, bien –dijo el príncipe alzando las manos en un gesto de rendición-, me lo merecía. Pero un día despertarás y yo no estaré, entonces te darás cuenta de que… -una voz interrumpió sus pensamientos. - ¿Qué es eso? –preguntó incorporándose. No estaba empapado, sólo se mojaron sus manos pies y su capa. Se la quitó y la puso en el lomo del caballo. La voz inundó sus oídos y le causó un escalofrío. Era preciosa-. Aguarda aquí –le pidió al corcel. Bajó por el río por unos cuantos metros, hasta encontrar una joven rubia cantando y bailando. Se no tenerla pegada, la mandíbula se le hubiera caído hasta el piso. Incluso, con un vestido insulso y gris de campesina como aquel, era preciosa. Estaba descalza y llevaba suelto el cabello largo hasta la cintura. Y los labios color carmín… ¿Quién dijo que un príncipe no puede tener una aventura de primavera? Esperó hasta que la joven estuvo de espaldas a él y se acercó con sigilo. Cuando la tuvo lo suficientemente cera, tomó sus manos. Rosa se sobresaltó y se revolvió asustada. El chico le soltó las manos para permitirle darse la vuelta, pero le rodeó la cintura para impedirle irse. La joven tenía una cara de auténtico terror, pero él reconoció los ojos. - Yo te conozco –aseguró. La chica negó con la cabeza frenéticamente. - No, lo siento, tengo que irme. - No. Por favor, no te vayas. ¿Quién eres? –preguntó con la angustia de la confusión en la voz y los ojos. - Me han dicho que no hable con extraños –argumentó-. Por favor déjeme ir. Técnicamente, si lo había visto en un sueño, no era un extraño. - No somos extraños –dijo él leyendo la mente de la chica-. ¿Verdad? Nos hemos visto antes. ¿Dónde? –exigió. - Señor, le aseguro que no le había visto antes –mintió. - Mientes –sentenció el príncipe-. Pero ¿por qué? Ella lo miró angustiada, tampoco sabía nada de él. A menos que su sueño fuese más que eso. ¿Era él un príncipe? Rosa negó con la cabeza, derrotada. Felipe esbozaría la sonrisa de la victoria de no estar tan confundido. - Te he visto en sueños –confesó Rosa. Felipe la miró aún más confundido. Rosa bajó los ojos, no iba a creerle a pesar de que dijera sólo la verdad. - ¿En sueños? –repitió el joven, incrédulo. - Sueño que estás en el bosque y que no quieres que yo esté aquí. Me llamas con otro nombre y crees que soy otra persona. Dices que estaremos juntos pronto, que eres un príncipe. Felipe abrió mucho los ojos. - ¿Un príncipe? –murmuró. Que ella supiera quién era él, quería decir, o que decía la verdad o que le ocultaba algo grande. Lo abrumador de la situación sobrecogió a la chica. El joven había aflojado las manos por la confesión, Rosa aprovechó el momento y salió corriendo. Felipe tardó cinco valiosos segundos en reaccionar, además, la chica era rápida y conocía el bosque mucho mejor que él. Por eso, pronto estuvo fuera de su vista y alcance. - ¡Espera! –gritó-. Ni siquiera sé tu nombre –agregó en voz baja.
Capítulo 2Diez metros antes de llegar a la cabaña, Rosa intentó ocultar la expresión de estupefacción, pero no sentía como si lo estuviese haciendo bien. Con suerte, con la conmoción de la fiesta, sus tías no lo notarían. ¿Era ese chico un príncipe? No, de lo contrario hubiese estado tan conmocionado cuando se lo comentó. Sus pensamientos la preocuparon un poco ¿cómo entonces soñaba con un desconocido? Nada tenía mucho sentido, pero ya habría tiempo de pensar en ello. Por el momento, lo importante era, que era su cumpleaños y que, literalmente, había conocido al chico de sus sueños. Tomó la manija de la puerta y la empujó suavemente. Esta vez, la cabaña estaba a oscuras, casi se asustó por la falta de luz, porque todas las ventanas estaban cerradas, incluso las pequeñas rendijas estaban cubiertas con trapos. La única fuente de iluminación en la cabaña eran unas velas sobre lo que parecía el pastel más grande que había visto en toda su vida. Una figura esbelta tras el pastel la hizo dar un respingo. Hasta que se percató de que se trataba de un vestido. Uno como para ir a una fiesta del reino. ¡Un vestido de fiesta! Pero eso quería decir… ¡Iban a presentarla en sociedad! ¡Podría ir a todas aquellas fiestas, llenas de caballeros y doncellas! Los ojos se le anegaron en lágrimas. - ¡Sorpresa! –dijeron las tres hadas. Rosa rompió en llanto y abrazó a las tres. - Van a llevarme a un baile del reino –susurró entre sollozos de felicidad. - Oh, no querida –la corrigió Flora. Rosa se petrificó con la ola de decepción-. Tú darás la fiesta en el palacio. Rosa se deshizo del abrazo. - ¿Qué? –Las personas no deben bromear con cosas así, se dijo. Sus tías le regalaron una sonrisa compasiva. Flora se adelantó un paso. - Rosa, quiero decir, Aurora… –la mención del nombre le puso los pelos de punta a la muchacha. - ¿Cómo me has llamado? –Susurró conmocionada. - Aurora –le repitió con paciencia-. Tenemos un par de cosas que explicarte, será mejor que te sientes. Con los cabellos de la nuca erizados y el corazón en un puño, se sentó en una de las sillas de madera. Su pánico se acrecentó cuando, por primera vez en su vida, vio un par de lágrimas asomar por el borde de los ojos de Flora. - El rey Stefano ha organizado una fiesta e invitado a todo el reino, para que todos conozcan a su hija. - ¿Su hija? ¿Ha aparecido? –susurró sonriendo. ¡La princesa había vuelto!-. ¿Veré a la princesa? –exclamó entusiasmada: Había sido invitada a la fiesta de presentación de una princesa desaparecida. - No –la voz de Flora la inundó junto con la desilusión. Y luego agregó:- Aurora, tú eres la princesa. Una sensación helada le acarició la espalda. La garganta se le cerró en un nudo apretado. - ¿Qué? –tartamudeó. Un par de alas, pequeñas, transparentes e iridiscentes casi rosadas, asomaron, tímidas, por la espalda de Flora. Reticentes, aparecieron unas ligeramente teñidas de azul de la espada de Primavera. Finalmente, las de Fauna, con un tono verde casi imperceptible se dignaron a salir, resignadas. En los ojos de Aurora se leyó el asombro, se abrieron tanto como fueron capaces. Su boca siguió el ejemplo. Sin dejarla recuperarse, Flora prosiguió: - Maléfica –escupió el hada como si de una maldición se tratara-, el hada oscura, te maldijo, para que al cumplir dieciséis te pincharas el dedo con el huso de una rueca y cayeras en un sueño profundo del que no podrías despertar. Nosotras, te trajimos al bosque a petición de tu padre y te mantuvimos oculta todo este tiempo, para que nadie te encontrara. Mañana te devolveremos al reino, y podrás seguir viéndonos, pero conocerás a tus padres, y vivirás con ellos. Se hizo una pausa para que la joven asimilara todo aquello. Un minuto más tarde, cuando Aurora por fin abrió la boca, Flora soltó: - Y contraerás matrimonio con el príncipe Felipe, para unificar dos reinos –sonó casi como una sentencia. Ella boqueó en busca de aire. Todo aquello la había sobrepasado. Se vio incluso incapaz de llorar. ¿Podía creerles? ¿A ellas, que siempre miraron por su bien? ¿Qué la cuidaron cuando estuvo enferma? Tenía que creerles, eran sus hadas madrinas. Pero necesitaba aire, espacio. Como víctima de un accidente, las miró con un falso rostro inexpresivo. Un ligero músculo de sus labios saltando, la delataba. Se puso de pie y se irguió tanto como le fue capaz. - Necesito un poco de aire –anunció en voz alta. A pesar del volumen de su voz, sonó temblorosa, a punto de derrumbarse y quebrada. Las hadas asintieron y le concedieron espacio. Aurora salió de la cabaña dando traspiés: estaba huyendo. Corrió hasta llegar a la orilla del río y se sentó sobre la enorme roca con la que se encontraba todos los días. Se le erizó el vello al escuchar los arbustos moverse y al ver una figura que aparecía entre los árboles.
En los cuentos, eso de ser una princesa parece todo muy bonito... pero la realidad es otra muy distinta. Aurora tan feliz y un día de su cumpleaños ya debe de agobiarse porque tiene deberes de princesa que cumplir... como casarse con Felipe. A saber cómo continuará el asunto, porque me da el agradable pálpito de que no seguirás el mismo camino que el cuento ^^
¡Gracias! Disculpa por no continuarlo, pero estaba muy deanimada...supongo que esto me impulsó a hacerlo...
Capítulo 3 Felipe llegó al castillo con la mirada perdida y la confusión impresa en su rostro. ¿Cómo sabía la campesina que él era el príncipe? Sacudió la cabeza con el pensamiento de que era un tonto. Por supuesto que ella lo sabía, todos lo sabían. ¿Qué clase de súbdito no conoce al sucesor de su rey? ¿Y qué clase de rey no conoce a sus súbditos? Se preguntó. Un sirviente le avisó que su padre quería verle en el estudio. Consciente del motivo de su llamada, se dirigió a la habitación torciendo los ojos. - Padre –saludó con diplomacia más que con cariño cuando estuvo dentro. - ¡Ah, hijo! ¡Qué bien que llegas! –el afecto era común en el rey, era un hombre emotivo-. Siéntate, por favor. El príncipe tomó asiento, obediente, pero llevaba el hastío claro en el rostro. - Si es sobre la ceremonia para escoger a mi esposa… –comenzó el joven. - ¡Claro que es sobre ello! –Interrumpió el viejo-. ¿De qué otra cosa podría tratarse cuando todos los reinos se inclinan para oír noticias? Sé que te dije que sería en aproximadamente tres meses, pero era sola una mentirijilla piadosa para que no os asustaras ni os pusieras nervioso. En las invitaciones se estipula que la fiesta será al término de éste mes –dijo sacando un papel de su gran escritorio de roble y lanzándoselo-. Siento no habértelo dicho antes, temía que salieras corriendo. - Los príncipes no huyen –replicó Felipe con frialdad pasando sus ojos gélidos por el pergamino. Cuando lo hubo visto lo suficiente, alzó la vista hacia su padre-. Sin embargo, considero esto un tanto precipitado. Mejor dicho, impulsivo. Padre –dijo con paciencia, aunque quería arrancarle los pocos cabellos que le quedaban al viejo-, no puedes reducir mi, ya de por sí corto, tiempo para elegir una esposa. No se trata de elegir un caballo, ésta mujer pasará a mi lado el resto de mi vida, y depende de mi elección si seré o no feliz. El entusiasmo del rey menguó notablemente, el dolor impreso en sus ojos, aunque había aún una chispa de esperanza en ellos. - De eso precisamente quiero hablarte, Felipe –el tono casi lúgubre incomodó al príncipe-. Tu no vas a elegir una esposa. El joven frunció el ceño de inmediato y abrió los ojos tanto como le fue posible, lo que le daba a su rostro la apariencia de asombro e indignación. La sorpresa le permitió abrir la boca, mas no pronunciar palabra. - Sabéis bien que es crucial unir el reino con Stefano, para ello, has de casarte con… - ¡¿Su hija?! -Estalló Felipe-. ¡¿Cómo voy a casarme con alguien que no aparecerá en mi boda?! Aurora está desaparecida, padre, ya habíamos dejado en claro que contraería matrimonio con alguien más. Su padre bajó la vista. - Limítate a presentarte en la fiesta para anunciar tu compromiso –ordenó el rey en voz baja y grave. - ¡Pero si ella no va a aparecer…! –Entonces sus ojos parecieron encenderse con una chispa de suspicacia-. Vos sabéis dónde está ella ¿no es cierto? ¿Se lo habéis escondido al rey Stefano? ¿Dónde está ella? –preguntó con nada más que curiosidad más bien morbosa. - Felipe, basta ya –su padre puso fin a sus elucubraciones sin siquiera elevar la voz-. Nada de esto ha de salir a la luz ¿habéis oído? Por vuestro bien. El príncipe se levantó y se dirigió a la puerta refunfuñando, tenía la decepción impresa en el rostro. - Hijo –llamó el rey con calma y casi resignación-. El mío fue un matrimonio arreglado desde mi nacimiento, y mira cómo ha resultado. Tu madre y yo nos amamos hasta su último respiro. A veces hijo, el amor se encuentra en los hilos que el destino ya ha tejido. Felipe salió de la estancia sin siquiera mirar a su padre. Echa un ovillo en el centro de la cama, estaba sentada Aurora, mirando fijamente un punto de la pared. Es posible que ni ella misma pueda decir qué estaba pensando, de hecho, probablemente no sabría si por lo menos lo estaba haciendo. En determinado momento de la noche, la puerta se entreabrió dejando ver la cabeza de Fauna. Su madrina entró y dejó un cuenco de sopa a su lado antes de volver a irse. Treinta días, había dicho Flora, treinta días para la fiesta del reino, en la que contraería matrimonio con el príncipe, hijo del buen amigo del rey Stefano. Era por supuesto, el sueño de cualquier joven, incluso el suyo. Sin embargo, la revelación requería de tiempo para ser procesada. ¿Amaría al príncipe del que tanto se hablaba? ¿Por lo menos sería feliz viviendo en el palacio? ¿Sería una buena reina? A la mañana siguiente, la princesa estaba durmiendo con los miembros mal estirados, en una muy mala posición y el cuenco de sopa (aún sin probar) había caído al suelo.
Oh. Aurora fue mi favorita durante mucho tiempo, y esto es ideal con mi morbosa atracción por historias oscuras de princesas. Hasta ahora no hay mucha información acerca de quién es el misterioso chico, y tampoco sobre la personalidad de Aurora, pero me interesa el rumbo que está tomando, sobre todo porque Felipe no es tan perfecto como lo quieren pintar, y como cualquiera, arde en cuanto le obligan a casarse con esta chica perdida. En algunas ocasiones hace falta un poco más de descripción sobre cómo se siente Rosa-Aurora, aunque adoro que transcurra rápido y no se detenga demasiado en detalles que ralentizan la lectura y no presentan demasiado para ella, sí hace falta algo más de sentir por parte de los personajes, que parecen ligeramente limitados. Creo que vi algunas faltas ortográficas por ahí, en especial con comas, pero nada realmente destacable, como aquí: Sería mejor utilizarlo de esta manera: (...) el cuenco de sopa, aún sin probar, había caído al suelo. Continúa pronto. Adieu. PD: Algún día haré una con Cenicienta. *- *
Hola, muchas gracias por comentarme. La verdad es que decidí cancelar ése cuento porque lo cierto es que ni yo sabía de que iba. Ahora ya lo he procesado un poco mejor y voy a reintentarlo. Una disculpa si les gustó y lo interrumpí de golpe, voy a mejorarlo. Una vez más, gracias por tu comentario.