El Corsario Azul

Tema en 'Historias Abandonadas Originales' iniciado por Autumn May, 9 Marzo 2016.

  1.  
    Autumn May

    Autumn May Entusiasta

    Tauro
    Miembro desde:
    18 Abril 2013
    Mensajes:
    66
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    El Corsario Azul
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    9
     
    Palabras:
    59
    Acacia Barner es una joven puritana que se verá envuelta en una travesía por el mar mediterráneo por culpa de su hermano menor, el cuál robó una piedra preciosa del botín de un temido corsario.

    Las vidas de los tres, sobre todo la de Acacia y El Corsario cambiarán rotundamente cuando se conozcan y tengan que lidiar varios obstáculos.
     
    Última edición: 9 Marzo 2016
    • Me gusta Me gusta x 1
  2.  
    Autumn May

    Autumn May Entusiasta

    Tauro
    Miembro desde:
    18 Abril 2013
    Mensajes:
    66
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    El Corsario Azul
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    9
     
    Palabras:
    1922
    Capítulo 1


    Docklands, muelle de Londres

    Enero de 1820


    El viento de la costa europea azotaba la joven piel de la muchacha, el frío de Enero no la había acobardado cuando tuvo que cruzar la dársena para ofrecerle un negocio menos riesgoso que utilizar a su hermano como un marinero más, para la tripulación del barco que tenía frente a ella.

    La joven Acacia Barner, era la hija mayor del párroco de la ciudad londinense. Su hermano, Jacob, era cinco años menor que ella y solía meterse en tretas que acarreaban desde enmendar roturas hasta pagar deudas o hurtos que el joven cometía. Uno de esos hurtos había sido robar una de las piedras preciosas de un conocido y temido capitán de marina. Chester Lander, más conocido como El Corsario Azul.

    Acacia se acercó más al monstruoso barco, tragando saliva al contemplar la bandera negra izada en lo alto del mástil. Una bandera adornada con una calavera y dos sables azules cruzados. Cerró los ojos cuando cayó en la cuenta de quién se trataba. El Corsario Azul no era otro más que un famoso pirata con una reputación temible. Se decía que había rechazado el título de noble inglés para aventurarse en las travesías de la conquista de los mares, y que era un arrogante sinvergüenza.

    Su adolescente hermano estaba arriba del barco, y ella aunque el miedo en parte la acobardaba debía hacer frente a esa situación. Uno de los tripulantes la miró con descaro y lascivia, ella se mantuvo firme.

    —¿Qué buscas dulzura? —le preguntó mostrando una sonrisa carente de muchos dientes, los cuáles algunos eran reemplazados por dientes de oro.

    —Busco a Jacob Barner.

    —El nuevo tripulante —le dijo y el aludido se acercó para ver de quién se trataba.

    —Acacia, ¿qué haces aquí?

    —Vengo a buscarte y hablar con el capitán del barco para poder sacarte de la tripulación.

    —No te pedí que me vinieras a buscar.

    —Jacob, no digas tonterías, baja del barco de inmediato.

    —Quiero ser pirata algún día y lo conseguiré gracias a El Corsario Azul. Yo le robé la piedra por decisión propia, nadie me ha obligado.

    —Tienes la mente de un bribón, Jacob, no haces ningún caso y ahora baja ya.

    —No lo haré. Puedes acusarme de ladrón pero no pienso volver a casa.

    —No seas necio. Tienes solo quince años.

    —Es un muchacho listo —comentó el hombre de pocos dientes—, y será un gran pirata.

    —No estoy hablando con usted —le gritó molesta.

    —La dama tiene agallas —contestó con risa aquel hombre.

    —Quiero hablar con su capitán a cargo.

    —Señora, el capitán duerme en estos momentos antes de zarpar a mar extranjero.

    —Me importa muy poco lo que su capitán este haciendo en estos momentos. Y no soy ninguna señora, exijo hablar con él.

    —Tengo ordenes de no molestarlo.

    —Y a mí me importa un comino su orden —le dijo decidida y subiendo a cubierta.

    —Acacia, no crees problemas, solo déjame tranquilo, por favor. Todavía no lo he visto pero apenas salga de su camarote hablaré para poder estar en su tripulación.

    —Estás loco, Jacob. Deja que yo intervenga.

    —No, no quiero que hables por mí, estropearás las cosas y yo no quiero que lo hagas.

    —Quieras o no, lo haré, Jacob —le dijo ella estando arriba del barco.

    —Eres una tonta. Te he dicho que no quiero que intervengas porque no tengo intenciones de volver a casa.

    Un corpulento y alto hombre, vestido de negro, salió de la puerta ubicada en el extremo opuesto del barco. Gritando, era el verbo correcto. A medida que avanzaba hacia ambos hermanos, Acacia sentía los vellos de sus brazos y nuca erguirse ante semejante hombre.

    Caminaba con una soltura y decisión que la joven quedó pasmada, jamás había visto un hombre de tal magnitud, abrió los ojos con asombro cuando quedó a escasos centímetros de ella. Un hombre así no podía ser real, y estaba más que segura que por algo característico en él lo llamaban El Corsario Azul. Sus ojos. Eran increíblemente azules.

    —¿Quién era la persona con la voz irritante que me despertó de mi grato sueño? —preguntó con enojo hacia la tripulación.

    Escrutó con aquellos imponentes ojos a todo su personal, y volvió la vista hacia dos desconocidos que estaban en su barco.

    —¿Quiénes son estos dos? —preguntó sin importancia.

    —Permítame presentarme... —dijo Jacob, pero fue interceptado por su hermana.

    —Cierra la boca —le respondió sujetándolo del brazo.

    —Usted es la mujer con la voz irritable —le dijo el capitán mirándola de arriba a abajo.

    —Soy la hermana de este joven, vengo a hablar con usted de un asunto muy importante —le contestó ella sin siquiera inmutarse ante su presencia avasalladora.

    —Mi hermana intenta hablar por mí, pero yo me las puedo arreglar solo. Sin ayuda de nadie.

    —Tienes coraje para hablar conmigo. Ven, entra a mi camarote —le dijo al muchacho, y antes de entrar con él, les advirtió a la tripulación—, ni se les ocurra tocar a la mujer, de lo contrario me veré obligado a matar a alguien y tirarlo por la borda, ¿quedó claro? —les amenazó y todo el mundo lo miró con terror en los ojos.

    Acacia miró por el rabillo del ojo a los demás tripulantes, algunos ni le daban demasiada importancia y otros la miraban más que atentos. La muchacha no era como las beldades de Londres, pero sí tenía su carisma, y belleza genuína que más de una debutante habría querido tener.

    Los gritos se hicieron escuchar a través de la enorme y gruesa puerta, pero pronto se acallaron, Acacia tragó saliva pensando lo peor. La puerta se abrió y de ella salieron ambos. Su hermano se quedó callado y fue el capitán quién le habló a ella. Serio y arrogante como ningún otro.

    —Su hermano me habló de lo que me ha hecho.

    —Tiene que perdonar a mi hermano, es un adolescente que busca problemas, y solo vine hasta aquí para poder solucionarlos.

    —No hace falta, señora.

    —Señorita —le dijo ella con la frente bien alta.

    —Señorita...

    —Barner, Acacia Barner.

    —La hija del párroco, ¿verdad?

    —Así es.

    —¿Qué hace una puritana como usted en un barco como este?

    —Solo buscar a mi hermano, que si ya han podido aclarar las cosas, nos gustaría volver a nuestra casa.

    —No tan rápido, yo no he dicho que se podían ir ya. Su hermano me robó algo que es mío. Y como él quiere quedarse aquí, me veo en la obligación de llamar a los corredores de Bow Street.

    —Por favor, no llame a la policía, estoy segura que mi hermano se disculpó con usted, no ocurrirá un altercado como este —le rogó Acacia al pirata con preocupación genuina, pero pronto abrió la boca nuevamente—. No puede hacer eso, es un pirata, y como tal la policía lo meterá preso también, por las barbaridades, sabotajes y robos que ha ocasionado.

    —Ante todo soy un hombre de palabra, si quiero llevar a su hermano a prisión, lo haré, por robo. Si sabe bien quién soy, señorita Barner, entonces sabrá también que soy un noble inglés.

    —Rechazó aquel título para conservar la vida de pirata y salvaje.

    —Veo que está al tanto de mis aventuras. Quién diría que una recta jovencita estaría al tanto de las noticias frescas sobre mi persona —le respondió sonriendo de manera burlona.

    —Es la nueva comidilla de Londres. Acaba de llegar, el chisme corre rápido.

    —No soy un hombre al que le guste la parafernalia de Londres, prefiero la vida del mar, sin ataduras, ni gente a mi alrededor que esté por conveniencia. Por eso tampoco me quedo mucho tiempo aquí, me agobia la ciudad y me aburro muy rápido.

    —Se nota, con lo arrogante que es —le contestó con altivez.

    —Si su boca no se mantiene cerrada, me veré obligado a poner a su hermano en prisión, a no ser que esté dispuesta a hacer un trato conmigo. Es muy simple, señorita Barner, su hermano Jacob robó una de las piedras preciosas de mi botín, solo por integrarse a la tripulación, no busco a ningún nuevo integrante, tengo mi tripulación completa. Y eso quiere decir que su hermano no me sirve de nada, por lo que lo llevaría con la policía, a menos que usted...

    —De acuerdo, ¿cuál es el trato? No quiero que mi hermano acabe en una prisión de mala muerte, y para mis padres sería lo peor.

    —¿Está segura?

    —Mire, no me de vueltas, solo dígame, porque no voy a permitir que por su piedra valuada en miles de libras, mi hermano acabe preso.

    —Tengo un puesto como polvorilla, si a su hermano le interesa se puede quedar, y no irá a prisión, el trato es que usted nos acompañe en la expedición.

    —Está demente. No pienso unirme a su tripulación y mucho menos a usted.

    —Pues entonces, me veré en la penosa decisión de llevar a su hermano a la escuadra de Bow Street.

    —Por favor, no lo haga —le imploró la joven.

    —Entonces acate mis ordenes, señorita Barner.

    —Está bien, si no hay más solución que esa, lo haré, no puedo permitir que mi hermano vaya a prisión por una locura cometida. Pero mis padres, tengo que avisarles.

    —Por eso no se preocupe, mi contramaestre les avisará por usted.

    —¿Qué les dirá? Si saben que estamos con piratas moverán cielo y tierra para encontrarnos.

    —No se preocupe tanto por eso, señorita Barner, mi contramaestre sabrá todas las indicaciones para que sus padres no sospechen nada.

    La joven no se había quedado del todo convencida, pero antes que nada, prefería eso. Los tripulantes fueron y vinieron ante la voz de mando de su capitán. Jacob, el muy sinvergüenza, quedó encantado con su nuevo jefe, el temido Corsario Azul, le impartía ordenes y le explicaba como debían de estar los cañones, limpios, en buen estado y bien pulidos. Por lo poco que podía escuchar Acacia, llegó a escuchar decirle a su joven hermano que si ponía todo de él, pronto llegaría a ser artillero, y así escalar más alto hasta convertirse en un pirata más. A la joven casi se le desfigura la cara al comprobar que tenían el título de pirata como una profesión y orgullo. El misterioso hombre portaba el título de pirata con orgullo y poder, así creía que intimidaba. Pero lo que a la joven le intimidaban eran sus ojos, aquel color tenía que ser irreal, nadie tenía esa clase de color, ni el más apuesto de los nobles. Uno de los tripulantes, se acercó a ella. Presentándose.

    —Permítame que me presente, soy John Colden, contramaestre de El Corsario Azul —le dijo extendiendo su mano agrietada y sucia.

    —Mucho gusto —le dijo ella frunciendo los labios y estrechando la mano con la del hombre—, Acacia Barner.

    —Cualquier duda o algo que necesite, estoy a sus ordenes, señorita Barner.

    —Gracias.

    Acacia veía a Jacob ir de un lado al otro, con soltura, y sintiéndose más feliz que nunca, lo odió por eso, y odió la manera en cómo se comportaba el muchacho sin prestarle ninguna atención. Apretó los puños a los costados del cuerpo, y antes de poder gritar de frustación y cólera, el capitán la invitó a su camarote. Ella no tuvo más opción que obedecerle. Entró al amplio camarote, allí tenía todo lo que necesitaba, desde su escritorio con su sillón, hasta una cama amplia, más que la que se consideraría normal, un gran ropero, y adornos y baratijas caras que ni siquiera ella estaba acostumbrada a ver diariamente.
     
    • Me gusta Me gusta x 2
    • Creativo Creativo x 1
  3.  
    Kikuz-sama

    Kikuz-sama Usuario popular

    Géminis
    Miembro desde:
    6 Julio 2011
    Mensajes:
    654
    Pluma de

    Inventory:

    Escritora
    El principio me parecio bueno, además de que soy fanatica de las historias de piratas, así que desde ahora tienes una fiel lectora :D Quiero ver que pasa con estos dos xD

    El capítulo en si es largo pero siento que le falto algo, hay muchos diálogos sin una explicación, es decir, me parecieron planos porque no se dejaba claro como es que se respondía. También me falto un poco más de descripción respecto al caracter de los personajes, se que es el primer capitulo pero no me atraparon del todo. Espero que con el paso de los capítulos afiances la estructura de los personajes porque definitivamente tienen mucho que dar :D
    Por lo demás creo que será una buena historia :D Estaré pendiente a la continuación, un saludo :D
     
  4.  
    Sonia de Arnau

    Sonia de Arnau Let's go home Comentarista empedernido

    Leo
    Miembro desde:
    19 Diciembre 2010
    Mensajes:
    2,486
    Pluma de

    Inventory:

    Escritor
    Hola, bueno pasando por aquí porque he tenido ganas de leer una historia por el foro y nada mejor que empezar una recién salida del horno, ¿no?
    Por la sinopsis puedo darme la idea de lo que me espera, además de que me gusta la idea de una aventura por el océano, el mar y sus confines. No puedo decir mucho por ahora ya que es solo el primer capítulo; así que esperare la próxima entrega. Eso sí, estoy en completo de acuerdo con mi compañera de arriba, la historia necesita más descripción en lo que respecta el entrono, pensamientos, sentimientos y descripción física de los personajes, no es necesario que esto último sea repentino, poco a poco se puede hacer. Es agradable leer una historia con dialogo, es lo que uno disfruta más, ¿no? Pues yo sí :D Sin embargo, también es bueno nutrir la trama con más explicación para que así el lector se pueda imaginar a un lado de los protagonistas y sentir la aventura con ellos.

    Creo que eso sería todo de mi parte y, lo mencionado es solo la humilde opinión de una compañera de escritura y lectura.
     
  5.  
    Autumn May

    Autumn May Entusiasta

    Tauro
    Miembro desde:
    18 Abril 2013
    Mensajes:
    66
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    El Corsario Azul
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    9
     
    Palabras:
    68
    Gracias por parecerte bueno el principio. :)
    Los capítulos van a ser algo largos porque en realidad es una mini historia de 5 capítulos. Por lo que, la historia hace unos años que está terminada.
    Las descripciones de los personajes no son muchas, incluso no describo a los personajes porque prefiero que el lector se los imagine como más le guste.
    Gracias por creer que será una buena historia.
    Saludos. :)
     
    • Me gusta Me gusta x 1
  6.  
    Autumn May

    Autumn May Entusiasta

    Tauro
    Miembro desde:
    18 Abril 2013
    Mensajes:
    66
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    El Corsario Azul
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    9
     
    Palabras:
    83
    Hola. :)
    Gracias por gustarte la idea de la aventura por el mar y los piratas.
    Como le escribí a Kikuz-sama, no suelo describir mucho a mis personajes, salvo los principales y muy por arriba, prefiero que se los imaginen y los lugares si bien los describo al detalle, siento que es mejor que cada lector imagine su escena como más le guste.
    Los diálogos me encantan escribirlos, por tal motivo los relato porque me gusta que los protagonistas intercambien ideas, pensamientos, etc.
    Saludos. :)
     
    • Me gusta Me gusta x 1
  7.  
    Autumn May

    Autumn May Entusiasta

    Tauro
    Miembro desde:
    18 Abril 2013
    Mensajes:
    66
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    El Corsario Azul
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    9
     
    Palabras:
    2119
    Capítulo 2
    Cerró la puerta, lo que hizo que la joven pegara un salto al no esperar semejante ruido. Tragó saliva con dificultad, mirando la manera de caminar de él hacia el sillón detrás del escritorio. Sin pronunciar palabra, él se sentó y la miró impertérrito. Mirándolo de aquel modo, la joven creyó observar a un poderoso y arrogante Rey y no a un simple pirata con actitudes de macho y bárbaro.

    —Como sabe, señorita Barner, su hermano se queda aquí, por el trato de tenerla a usted también en la tripulación.
    —¿Piensa asignarme algún puesto en especial? —le preguntó ella con desafío.
    —Sí, será la persona que caliente mi cama todas las noches, los piratas tenemos nuestras necesidades, y la vida en altamar es muy solitaria, y a mí no me satisfacen los amoríos de una noche, por lo tanto, ese puesto lo ocupará usted, a partir de Londres hasta La Isla de La Tortuga, y de allí, hasta nuevamente aquí. Considérese afortunada, señorita Barner, no pretendo compartirla con nadie de mi tripulación y espero que usted no coquetee con ningún otro tampoco.
    —Se ha vuelto loco, no pienso calentarle la cama, ni a usted ni a nadie.
    —Entonces, Jacob será enviado a la escuadra.
    —De acuerdo, lo haré.
    —Decisión correcta, querida. ¿Qué más sabes hacer? —le preguntó dando él por sentado que en algún momento de su vida ya había tenido relaciones.
    —Cocinar.
    —Excelente —le expresó y se apoyó contra el escritorio, haciendo que sus fuertes brazos contrajeran la tela de su camisa negra—, ¿por qué estás tan nerviosa?
    —No estoy nerviosa.
    —No mientas, tu sangre bombea considerablemente.
    —¿Ahora me tutea?
    —Ya que compartiremos cama, es mejor tutearse. Chester...
    —Sí, ya sé quién es usted, se lo acabo de decir en cubierta.

    El hombre la miró de soslayo, sin querer ser imprudente y maleducado. Aquella mujer lo exasperaba al máximo y ni siquiera había pasado dos horas junto a ella. Acacia sentía que se movía, y no sabía si era producto del malestar que estaba sintiendo al discutir con él o porque el barco se estaba moviendo.

    —¿Te sientes mal?
    —Un poco.
    —Recuéstate.
    —No me acostaré en esa sucia cama —le dijo altanera.
    —Es lo único que hay, ¿o prefieres el suelo?

    Sin más excusas por parte de ella, dejó que la guiara a la amplia cama, para ayudarla a recostarse.

    —¿El barco se mueve?
    —Sí, rumbo a La Isla de La Tortuga.
    —No puede ser.
    —Sí, Acacia —le dijo, mientras ella sentía todo su cuerpo estremecerse.

    El tono seductor que implementó al decir su nombre, hizo que el cuerpo de la joven cosquilleara por primera vez.
    Apenas la acostó, le tapó los pies con una manta. Acacia miró perpleja sobre lo que estaba acostada. Satén azul oscuro. Parecía estar acostada sobre la noche.

    —Duerme un rato, se te pasará enseguida el malestar.
    —Tengo muchas ganas de vomitar —le dijo poniéndose de costado.
    —No pienses en eso, trata de calmarte y dormir un poco.
    —¿Cuánto durará el viaje?
    —No quieres saberlo.
    —¿Cuánto?
    —Cuarenta días.

    Acacia gritó acallando su desespero contra la almohada perfumada de sándalo y algo más oscuro. Su aroma la embriagó como un fuerte coñac. Él la seguía contemplando desde una distancia prudencial. Ella trató de serenarse, para no actuar como una completa chiquilla. Tenía que hacerle frente a la situación por más horrible y tediosa que pareciese.
    Se sentó despacio en la cama, y se aclaró la garganta para luego alzar la vista al rostro masculino. No podía mantenerle por demasiado tiempo la mirada, era demasiado perturbadora, e intimidante. Jamás creyó estar con un hombre a solas, ni mucho menos ser parte de su dichoso botín con tal de no mandar a Jacob a prisión. Nadie le habría creído que había estado en cautiverio por un pirata, y ni mucho menos las jóvenes de su edad tampoco se habrían creído que había conocido al famoso y tan temido El Corsario Azul. Sonrió sin darse cuenta que lo hacia frente a él.

    —¿De qué ríes?
    —Lo siento.
    —Me gustaría saberlo.
    —Es una tontería. Solo me rio porque en la ciudad eres una especie de leyenda, nadie me creería si les cuento que en verdad te conocí.
    —Pasará mucho tiempo para que vuelvas a suelo inglés, Acacia.
    —Jamás me alejé de mis padres. No quiero esto —le dijo, al fin reteniendo la mirada, y se le cayeron un par de lágrimas.
    —Lo siento, pero ya has hecho un trato conmigo. Y por el bien de tu hermano espero que lo mantengas.
    —No soy ninguna cobarde, así que no tienes que temer por eso.
    —Me gustaría que no seas tan esquiva conmigo —le contestó él, tratando de acariciar su mejilla mojada—, y me gustaría que no lloraras tampoco. Eres demasiado bella para llorar.
    —Y soy demasiado joven para estar aquí.
    —¿Joven? ¿Cuántos años tienes? —le preguntó él, con dudas.
    —Veinte. Y Jacob quince.
    —¿Acaso tienes algún prometido o algo así?
    —Las jóvenes de mi edad ya casi ni están en la lista de solteras de Londres, soy vieja para el compromiso.
    —¿Vieja? —preguntó él riéndose a carcajadas—, viejas son las estiradas Lady Vinchent y Lady Jilles que acompañan a las jóvenes que tienen bajo su tutela —le respondió y la joven no pudo contener la risa.
    —Supongo que las he visto caminar por las calles, pero sinceramente no tengo idea de quiénes hablas.
    —¿No las conoces?
    —Me temo que no.
    —¿No has debutado nunca?
    —La hija del párroco no tiene esa clase de vida. Y no, no he debutado jamás. Eso es solamente para la aristocracia inglesa, y yo no pertenezco a ella. No tengo nada que ofrecerle al hombre que se interesaría por mí si estaría en un salón de baile debutando por vez primera para conseguir marido.
    —Eres demasiado bonita como para que tengas una dote, creo que con eso opacaría la falta de dote.
    —No todo el mundo piensa así. No soy una dama con un título y no estoy en los mismos círculos que la aristocracia inglesa —le contestó y él prefirió cambiar de tema.
    —¿Te sientes mejor?
    —Sí, gracias.
    —Aún así, veré si el cocinero puede darme un poco de té para ti.
    —Gracias.

    El pirata salió de su camarote dejando a la joven recostada nuevamente en su cama, al ponerse de costado volvieron a caerse un par de lágrimas que había mantenido rezagadas. No podía creer lo que les estaba pasando.
    El corsario volvió a entrar cerrando la puerta consigo, le ofreció con amabilidad la taza de té, la cuál ella agradecida, se la bebió de a sorbos. Conversaron, más él preguntaba cosas a ella, las cuáles ella reticente se las respondía.

    —¿Qué hay en aquella isla donde piensas ir?
    —Desolación y caribe.
    —No sé cómo le haré para soportar todo esto.
    —Eres fuerte y valiente. La Isla de La Tortuga es un lugar excepcional, te gustará.
    —No creo que me guste algo que no tenga nada.
    —La belleza natural de la propia isla hace que te guste el lugar.
    —¿Por qué vas hasta allí y no a un destino más cerca?
    —Porque allí, Acacia, es el punto principal de bucaneros, es un lugar estratégico y fundamental para nosotros.
    —¿Comercializan lo que roban acaso?
    —No, saqueamos otros barcos. Ese es mi trabajo.
    —¿Consideras eso un trabajo? Sí que estás chiflado. Tienes todo para ser un hombre respetable en Londres, ¿y te conformas con ser un bárbaro?
    —Soy pirata, no un bárbaro como me calificas. Tengo principios, no hago las cosas sin pensar.
    —El trato que me has ofrecido es injusto para mi hermano, sobre todo para mí. Yo no tengo nada que ver en todo este lío, y tú decidiste tenerme como tu cautiva.
    —Si serías mi cautiva, apenas subiste al barco estarías metida dentro de la fosa donde se guardan a los prisioneros. Y te aseguro que te considero honorable como para considerarte una cautiva. Seré un macho salvaje y el más temible corsario para ti, pero ante todo tengo un punto a favor, soy un caballero cuando me lo propongo.

    Acacia lo vio salir del camarote, y ella terminó por recostarse nuevamente. Tragó las lágrimas que pugnaban por salir, creía que no era malo, pero si discutía con él, podía comerla viva. El hombre, gritaba a su tripulación dando ordenes, y ellos le obedecían a rajatabla. Ella por su parte, intentó incorporarse, bajó los pies al suelo con cuidado, y poco a poco fue levantándose del colchón. Caminó hacia el amplio escritorio, pasó el dedo índice por el mueble y comprobó que estaba más polvoriento que cualquier otra cosa. Hizo un mohín, y decidió que para cambiarle el humor a aquel fuerte hombre era necesario darle una buena limpieza. Buscó hasta dar con un balde de agua y un trapo con agujeros. Era preferible aquello antes que no tener nada. Sacó papeles, adornos y cuanta cosa veía sobre el escritorio, las apiló en una silla y pasó a limpiar de manera concienzuda el escritorio. Para cuando el hombre volvió, el escritorio estaba acomodado.

    —¿Qué le ha pasado al escritorio?
    —Me tomé el atrevimiento de limpiarlo y acomodar un poco los papeles y adornos.
    —¿Quién te ordenó hacer eso? Yo no te lo he pedido. No me gusta que metas tu nariz en mis papeles.
    —Solo lo hice porque no me gusta el desorden, y estaba muy sucio el escritorio.
    —No te pedí que lo hicieras. No necesito que una mujer me haga las cosas, solamente calentarás mi cama.
    —¿Ya has terminado de insultarme?
    —No te he insultado.
    —Para mí sí lo has hecho, y si ya terminaste, de acuerdo —le dijo y sin que él se lo esperara, ella levantó la mano y le zurró la cara de una cachetada.

    Aquellos ojos se volvieron de un azul profundo y oscuro, casi como una negra noche, Acacia se llevó la mano a la boca ahogando un grito y quedándose petrificada. Algo en él supo que debía controlarse, y no dejarle ver más de lo que ya había presenciado.

    —No me cabrees, Acacia, porque no podré responder de mí.
    —¿Qué clase de criatura eres?
    —No te confundas, no soy ninguna especie de criatura, soy un pirata. Más nada.
    —No puedes estar hablándome en serio, tus ojos cambiaron de color.
    —Estás mareada, el cambio que tuviste fue muy rápido para ti, en dos horas has visto y pasado por muchas cosas, y deja los nervios de lado, siento cuando me temes.

    Acacia se preguntaba reiteradas veces cómo podía ser que él supiera con exactitud que ella estaba nerviosa y que su sola presencia la alarmaba y la hacia querer tocarlo. Porque ni siquiera ella se explicaba cómo podía ser que en tan pocas horas quería estar con él, hablar con él y sobre todo tocarlo para ver si era real o solo producto de su más descabellado sueño.
    Un paso llevó al otro y en pocos segundos ella estaba frente a él, mirándolo desde abajo, ella pasó su mano por el brazo que tenía más cerca y fue recorriendo centímetro a centímetro hasta llegar al hombro fuerte de él. La sangre de su cuello bombeaba a raudales, la piel era cálida y bronceada.

    —Tú también estás nervioso.
    —La áustera Acacia, no creí que fueras tan audaz.
    —Ni siquiera me conoces.
    —Algo me dice que te conozco desde hace mucho tiempo. Incluso desde cuando tú nacieras.

    La joven quedó asombrada, sin poder articular palabra, lo que acababa de decirle iba más allá de algo normal, algo oscuro y tenebroso rondaba alrededor de él, pero no era miedo lo que sentía sino la intriga de poder saber más cosas sobre aquel misterioso y poderoso pirata.
    El silencio abarcó aquel camarote como la luna se apoderaba de la noche. El Corsario Azul tomó la cara de la joven en sus manos abrasándola con un beso que borró todo atisbo de dudas y nervios. Ella abrió los ojos con asombro. Y terminó deleitándose con aquel toque suave pero posesivo de sus labios. Y a medida que se amoldaba a su boca, ella iba perdiendo un poco más la cordura, entregándose al deseo de su beso.

    —¿Qué me has hecho mujer?
    —Yo tendría que decirlo y no tú. Ni siquiera te conozco, ¿cómo es posible que comparta un beso contigo? No soy una mujer fácil.
    —Yo no he dicho tal cosa.
    —Pero lo piensas —le dijo entrecerrando los ojos.
    —Claro que no. Te dije que soy un caballero, y lo mantengo. Con respecto a lo que le has hecho a mi escritorio, gracias —le contestó, y volvió a retirarse del camarote.

    Dejó a Acacia con un revoltijo de sensaciones. Sabiendo que aquel viaje no sería tranquilo ni mucho menos.
     
    Última edición: 13 Marzo 2016
    • Me gusta Me gusta x 2
  8.  
    Autumn May

    Autumn May Entusiasta

    Tauro
    Miembro desde:
    18 Abril 2013
    Mensajes:
    66
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    El Corsario Azul
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    9
     
    Palabras:
    3043
    Capítulo 3

    Veinte días, solo veinte días habían pasado, y faltaban veinticinco más. Acacia se removió en la cama, sintiendo el cuerpo cálido de aquel hombre que había llegado a conocer más de lo que podía imaginar. Con charlas y discusiones, el corsario ya le había abierto más de lo normal su corazón y ella también. La joven no estaba acostumbrada a los tratos de un hombre y menos que la trataran con tanta delicadeza, en realidad, aquel hombre solo era un salvaje y bruto cuando debía de serlo ante su tripulación y era todo un encanto cuando estaba con ella. Sobre todo cuando ella reiteradas veces lo persuadió para que todavía no intimidaran y él ante el asombro de ella, se lo había respetado. Acacia frunció el ceño cuando no insistió y se fue a dormir sin malhumor. Ella aliviada, se metió en la cama también.
    Acacia escribía palitos en una hoja por cada día que pasaba en altamar, y su aburrimiento era tanto que creyó volverse loca.
    Chester había entrado al camarote luego de impartirle órdenes a su tripulación. Vio a Acacia concentrada en una hoja de papel y se acercó hasta ella para mirar por arriba del hombro de la joven.

    —¿Qué haces? —le preguntó curioso.
    —Hago palitos para contar los días que llevo navegando contigo —le respondió ella, y ante la respuesta, él se rio a carcajadas.
    —Mujer, terminarás enloquecida si sigues contando de esa manera los días, estás demasiado aburrida.
    —No hay nada para hacer aquí —le dijo ella con un suspiro de resignación.
    —Con que aburrida, ¿no? Se me ocurrió una idea brillante. Ven, salgamos del camarote —le expresó él, y con su ayuda se levantó de la silla.

    Ambos de inmediato salieron del camarote, la tripulación ya no le prestaba atención y todos tenían bien en claro quién era ella. Solamente la compañía de su capitán.
    El corsario, se acercó a su contramaestre y le pidió prestada su espada. Chester caminó hacia ella, y le entregó la espada en sus manos.

    —¿Qué haremos? —le preguntó ella mirando con atención y desconfianza la espada sujeta en sus manos.
    —Voy a quitarte el aburrimiento, y de paso, practicarás esgrima conmigo. Ante cualquier dificultad que se nos presente, sabré bien que tú estarás dispuesta a pelear también.
    —Soy una dama. ¿O acaso no lo recuerdas?
    —Veo muy bien que eres una dama, una dama demasiado bonita y bien formada —le dijo el pirata de manera sugestiva.

    Acacia, ante aquellas palabras, le dio un puntazo en una de sus piernas.

    —Por perverso y poco caballero ante una dama como yo —le contestó Acacia teniendo la frente bien en alto.
    —Señorita Barner, cada día que pasa me vuelvo más indecente con usted —le respondió Chester con una sonrisa que delataba los más secretos y oscuros misterios de un hombre apasionado.
    —¿Ahora me tratarás con formalidad y de usted? ¿Después de haber dormido juntos durante medio mes? —le formuló las preguntas por lo bajo y con timidez.
    —No hemos dormido juntos de esa manera —contestó él bastante alto.
    —No grites tanto que pueden escucharte —le respondió ella, y volvió a golpearlo con la espada, ésta vez en uno de sus brazos.

    Chester, se puso en guardia, y le habló a Acacia:

    —¿Lista para pelear conmigo, Acacia?
    —Lista.

    A pesar que Chester era un gran espadachín, él sabía bien que la joven no estaba entrenada y jamás había tenido en sus manos una espada, pero aún así, quiso que supiera las técnicas y las poses básicas de aquel deporte, porque sabía bien que tarde o temprano, el barco no estaría tan calmo como hasta ahora. Mucho antes de llegar a destino, siempre había batallas de barcos enemigos, y no quería que a Acacia le pasara algo por su culpa, y por tal motivo, prefirió entrenarla, para que estuviera por lo menos a la altura de su tripulación para manejar con soltura y agilidad una espada.
    Un mal movimiento hizo trastabillar a la joven, quién cayó de bruces contra el piso.

    —Vamos, el combate se está poniendo cada vez más interesante e intenso, ¿no te parece así? —le dijo con burla—, ¿te has cansado, Acacia? Eres débil entonces, y yo creo que tienes muchas más agallas por dentro de lo que tú misma te imaginas. ¿Acaso me dejarás ganar tan fácilmente?

    Acacia ante tales palabras cargadas de burla y sarcasmo, se levantó del suelo y con furia contenida acometió contra Chester, quién se sorprendió de muy grata manera al comprobar lo que estaba pensando. Acacia tenía agallas y muchas.
    Fue el turno del pirata, ésta vez en tropezarse con unas cuerdas enrolladas a un costado de la popa, para darle la ventaja a la joven sobre él, en ponerle un pie en el medio de su camino, y terminar por caerse de cara contra las sogas.

    —Sí, Chester, me has enseñado muy bien esgrima —le dijo ella con risa, golpeando la hoja de la espada contra el trasero del pirata.

    Ella dejo a un lado la espada, y volvió a entrar al camarote, el corsario entró luego a su lugar privado y arrinconó contra una de las paredes a Acacia.

    —Sí que te enseñé muy bien esgrima, Acacia —le expresó él con mucha sinceridad.

    Acarició el cabello de la joven, y se miraron a los ojos con absoluto cariño por ambas partes. Chester acercó su boca a la de ella, y ella le correspondió con total seguridad y tranquilidad. Acacia lo abrazó por su cuello y él por la cintura de ella.

    —Gracias por sacarme el aburrimiento —le dijo ella separándose de sus labios y mirándolo a los ojos.
    —Fue todo un placer haber peleado contigo —le respondió él, y volvió a besarla con más vehemencia—. Mañana retomaremos las prácticas y los siguientes días también.
    —Está bien.

    Acacia y el corsario volvieron a besarse con cariño, y una pasión escondida por ambas partes.
    La tarde del día número veintitrés, el barco fue asaltado por otros piratas. La joven salió del camarote asustada al escuchar gritos, y los sonidos de choques entre sables y espadas. Chester le gritó que se metiera dentro y no saliera por ningún motivo. Ella le obedeció sin protestas.
    La joven no se había percatado que tenía la puerta trasera abierta aún, y al darse vuelta se encontró de frente con alguien más.

    —¿Dónde vas tan deprisa preciosa? —le preguntó aquel hombre con mirada lasciva.
    —Será mejor que se vaya de aquí ahora mismo. En cualquier momento vendrá el capitán del barco y no le gustará verlo aquí.
    —No le tengo miedo a El Corsario Azul. Y tú y yo podemos pasarla bien mientras toda esa manada de animales salvajes se matan entre ellos —le dijo él y ella esquivó con rapidez su agarre.
    —Insisto en que tiene que irse. No querrá salir lastimado.
    —¿Tú me dañarás? Eres tan indefensa que es posible que te rompas una muñeca, belleza —le volvió a responder, ésta vez mostrando una sonrisa perversa que hizo que a Acacia le dieran arcadas.
    —Ni se le ocurra tocarme, de lo contrario le pesará asqueroso cerdo —le gritó exasperada y tratando de acobardarlo.
    —Tú no me gritarás, zorra —le gritó cazando sus pelos por detrás al vuelo—. Solamente El Corsario Azul te quiere para su conveniencia, cuando no le sirvas más te dejará abandonada en La Isla de La Tortuga. Pasan muchas mujeres por él, y tú no serás la mujer especial para él, nadie le ha dejado una huella y menos tú lo harás, así qué, será mejor que cooperes —le respondió el hombre, intentando llevarla a la cama mediante la amenaza de una daga en el cuello de la joven.

    Acacia sin que el hombre sospechara, tomó un corta papel del escritorio de Chester. Antes de tirarla en la cama matrimonial, ella se dio media vuelta y lo miró a los ojos.

    —No crea que soy una mujer débil.
    —Eres muy valiente para dejarte manosear por otro.
    —Soy valiente para defenderme, y no dejar que me toquen los cerdos repugnantes como usted —le dijo con seriedad y decisión, empuñando con firmeza el corta papel contra la carne del hombre.
    —¿Qué has hecho, zorra? —le preguntó con los ojos bien abiertos y llevando sus manos al estómago ensangrentado.
    —Ya le he dicho, no soy ninguna débil, y no soy lo que parezco, mucho antes de que lleguen ustedes, El Corsario Azul me entrenó para defenderme de bárbaros como usted —le expresó viendo al hombre caer de rodillas—. Y sus lecciones de defensa propia surtieron efecto —le terminó de contestar y lo hizo caer al piso empujándolo con su pie.

    Acacia lo miró desde una distancia prudencial y desde arriba. Tragó saliva cuando cayó en la cuenta de lo que había hecho. Y se derrumbó en la cama para llorar a mares. Minutos después, el corsario se hizo presente en el camarote. Ella le dio explicaciones, pero él ya sabía lo que había pasado al ver al pirata tendido en el piso.

    —Acacia, ¿te encuentras bien? —le preguntó mirándola a los ojos.
    —Sí, fue... horrible, creí que jamás haría algo así, pero lo hice. Para cuando le clavé la pequeña daga en su abdomen ya era demasiado tarde. No sé de dónde saqué las fuerzas para hacerlo, pero lo hice, nunca he matado a alguien.
    —Eras tú o él, ¿lo entiendes?
    —Sí, lo entiendo, pero nunca pensé que me atrevería a tanto.
    —Te entrené bien entonces. Esos días enseñándote defensa propia, valieron la pena.
    —Supongo que sí —le respondió entre risa y llanto.

    Jacob entró con ligereza al camarote, viendo la escena entre su hermana y su capitán. Ella al verlo, se separó de él. Y el corsario se enderezó para enfrentarlo.

    —¿Estás bien?
    —Sí, Jacob, estoy bien, no te preocupes.
    —Siento haberte metido en esto hermana.
    —No pasa nada, cariño. Te vi pelear, eres bastante bueno —le contestó sonriéndole y le acarició la mejilla.
    —Gracias —le respondió, se irguió y caminó hacia la puerta.
    —¿Jacob?
    —¿Sí?
    —Con respecto a lo que has visto...
    —No tienes que decirme nada, lo entiendo.
    —¿Qué entiendes?
    —Es obvio que estás enamorada de él —le expresó con sinceridad y ella quedó callada del asombro.

    Su hermano se fue, cerrando la puerta, y dejando a su capitán y a su hermana a solas. Acacia se levantó para pedirle disculpas.

    —Disculpa a mi hermano, a veces dice cosas que no tienen sentido, es imposible tener una relación contigo, no eres estable, y yo no soy de las damiselas que esperan para casarse con un rico noble, puesto que no soy de la aristocracia, no tengo preocupaciones en casarme siendo o no virgen.
    —¿Por qué me dices éstas cosas, Acacia? —le preguntó frunciendo el ceño y mirándola con atención a los ojos.

    Antes de poder responderle, golpearon a la puerta para luego pasar un pequeño grupo de hombres para llevarse el cuerpo del pirata que la joven había matado. Uno de ellos limpió con esmero el suelo y posteriormente salió al igual que los demás del camarote, cerrando nuevamente la puerta.

    —¿Me responderás a lo que te pregunté recién?
    —Eso que escuchaste antes, no tengo preocupaciones con respecto a ser o no virgen. Si hubiera sido una joven con un título sí me lo plantearía varias veces, hasta te obligaría a que te casarás conmigo para mantener intacto mi honor, pero no soy de la alta alcurnia y tú menos eres un noble inglés.
    —Puedo retomar el título y todo lo que heredé si quiero.
    —No eres un hombre de tierra, tú mismo me lo has dicho. Y yo no te estoy obligando a nada, Jacob suele decir cosas que no son verdad, así qué, es mejor que no le lleves el apunte.

    Acacia solo quería que dejara de preguntarle más cosas con respecto a eso. No iba a obligarlo a nada que él no quisiera. No quería que un hombre se atara a ella por algo que le debía o mismo por algo que le quitó. Tenía en claro que aquel pirata de mirada estremecedora y seductora no era para ella. Y mucho menos un partido para casarse y establecerse en un lugar de tierra firme. Pero el momento en el que estaba, era en altamar junto a él, y trato que había hecho como no, no podía negar ni por un segundo que le gustaba su compañía. Le gustaba él. Y por triste que fuese se había enamorado de él. Y estaba dispuesta a entregarle su corazón y su cuerpo.
    Chester caminó hacia ella con soltura y decisión, levantó el rostro de ella al posar su dedo índice en la barbilla de la joven, para mirarla con detenimiento.

    —¿Eres o no virgen, Acacia?
    —¿Por qué lo quieres saber? Me incomodas cuando me lo preguntas.
    —Si mientes lo sabré.
    —¿Cómo lo sabrías?
    —Sé muchas cosas que jamás te podrías imaginar. Sé cuando mientes, y sé cuando me dices la verdad. Y sé cuando te pones nerviosa, como ahora mismo. Y sé también que tienes intenciones de mentirme cuando reconozco que tu cuerpo dice lo contrario.

    Bajó el rostro hacia ella, y unió su boca con la de la joven. Ella enredó sus brazos y manos alrededor de su cuello y él la abrazó por su cintura para atraerla más contra él. Las respiraciones se entremezclaban, y la ropa fue despojándose poco a poco de sus cuerpos. Acacia con nervios pero decidida más que nunca se aferró a su cuello cuando él la levantó en sus brazos para llevarla a la cama.
    El ondulamiento de la llama de la vela que estaba sobre la mesa de noche, hizo que Acacia se despertara soñolienta. Vio una de las manos del hombre en su vientre, y quedó maravillada con el contraste del color bronceado de él, y el color melocotón de ella. Ladeó la cabeza al ver con atención el anillo que yacía en el dedo meñique de él. En oro macizo, portando una especie de escudo heráldico. No podía distinguir bien el dibujo, y las sombras que proyectaba la llama de la vela lo desdibujaban. Con un dedo tocó la textura, y él abrió los ojos.

    —Lo siento, te he despertado.
    —¿Qué veías?
    —Tu anillo. Es extraño.
    —¿Por qué lo dices?
    —No lo sé, el dibujo es raro.
    —Perteneció a mi familia por generaciones.
    —Lo entiendo.
    —Acacia deja de pensar y dame un beso —le dijo tomándola de la cintura poniéndola sobre él.

    La joven correspondió al beso de buena gana. Entregándose en cada beso y en cada encuentro íntimo que mantenían. Una hora y algo después, quedaron mirándose a los ojos, él acariciaba su cabello mientras le quitaba algunos mechones de su rostro. Ella le sonrió y él le respondió con un beso en su cuello.

    —Hueles exquisita —le dijo él oliendo su cuello, y ella se sorprendió.
    —No llevo perfume. ¿Cómo puedes decir eso? No huelo a nada.
    —Lo creas o no, tu esencia es única —le respondió.

    Acacia no sabía si se lo decía para adularle el oído y así obtener más placer de ella, o si decía la verdad porque lo sentía realmente.

    —Sigo afirmando que eres extraño. Pero debo confesarte que me gustas mucho —le dijo ella roja como una grana.
    —Eres preciosa cuando te sonrojas, ¿qué me has hecho, Acacia?
    —No te he podido hacer nada, no tengo nada para conquistar a un hombre.
    —Si supieras cuántas virtudes y cualidades tienes, no me estarías diciendo estas cosas. ¿Acaso no te has dado cuenta la manera en cómo te mira mi tripulación o no le das importancia?
    —Jamás me percaté de esas cosas, y para cuando lo supe ya era demasiado tarde.

    Pirata y dama volvieron a prodigarse amor, y a medida que los días iban pasando, la joven más se enamoraba de él, y el hombre ni siquiera se daba cuenta. Jamás la había tratado con desprecio y en parte se aliviaba por eso. No habría soportado su falta de tacto si la trataba como una baratija más. Tenía en claro que aquel viaje acabaría pronto, y lo mismo pasaría con su relación pasajera.
    El día cuarenta y cinco, Acacia lo marcó, señal de haber llegado a destino como un mes y medio atrás le había dicho Chester. La Isla de La Tortuga era un paisaje exótico para los ojos de quién la visitaba. Acacia intentó ser la siguiente en bajar del barco, pero Chester se lo impidió.

    —No bajarás del barco, es demasiado peligrosa la isla para una mujer.
    —Sé defenderme.
    —Lo sé, pero no voy a arriesgarme.
    —¡Nos atacan! —gritó John Colden, el contramaestre.
    —¡Todos a sus puestos! —gritó el capitán—. Y tú, entras ahora mismo al camarote —le gritó furioso, sujetándola del brazo y cerrando la puerta con llave.

    La vorágine de sucesos se extendió por minutos, unos minutos tan largos que Acacia estaba pendiendo de un hilo en querer gritar de desesperación. Se acercó a la puerta que daba a la parte de la popa. La abrió con cuidado y se asomó apenas para mirar cómo seguía la batalla entre El Corsario Azul y su tripulación y el bando contrario. Un sordo sonido le molestó en el oído, haciendo que Acacia tragara saliva con dificultad cuando alzó la vista para encontrarse con el que debía ser el capitán del otro barco.

    —Pero qué tenemos aquí, quién iba a sospechar que El Corsario Azul tendría una hermosa mujer —dijo observándola y tocando su cuello y pecho con el cañón de su revólver.

    Acacia se echó hacia atrás, intentando escapar del hombre, pero no pudo. Para cuando gritó, ya estaba alzada en el hombro del hombre con rumbo hacia el otro barco, aún cuando pataleara, el hombre era difícil de derribar y hacerlo caer.

    Un grito se escuchó casi a lo lejos de la batalla que se estaba produciendo en el barco El Corsario Noble, y uno de sus tripulantes avistó un cuerpo echado encima de otro.

    —¡Capitán! —le gritó el contramaestre—. ¡Se llevan a la mujer!
    —¡Termina con ésta batalla, y atraca el barco, no me iré sin Acacia! —le gritó El Corsario, derribando a todo aquel que se interponía entre él y la joven mujer para ir a rescatarla de las manos de uno de los piratas más malévolos que haya conocido jamás.
     
    • Me gusta Me gusta x 1
  9.  
    Autumn May

    Autumn May Entusiasta

    Tauro
    Miembro desde:
    18 Abril 2013
    Mensajes:
    66
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    El Corsario Azul
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    9
     
    Palabras:
    2541
    Capítulo 4

    Chester llegó a nado al barco pirata contrario, uno de los barcos más temidos, por su tripulación sangrienta y bárbara. El Corsario Azul no estaba a favor de las prácticas que hacían con sus rehenes y por eso debía rescatar a Acacia de aquellas manos, sobre todo de las del capitán. Subiendo por el costado de la nave, divisó a la joven suspendida en el mástil de la bandera, y viéndola más detenidamente su piel ya tenía signos de marcas alrededor de sus muñecas. Escuchando una de las puertas abrirse, vio al capitán salir con un monstruoso animal, un cocodrilo. Abrió los ojos con impresión al ver al cocodrilo caminar a la par de su dueño, y posándose debajo de Acacia. La joven gritó cuando vio al impresionante animal.
    Chester, tomó la daga que había mantenido en su boca en todo lo que había durado el nado, y escudriñó la distancia del animal con la de él, para saber si podía desde allí matarlo. Apenas apuntó, la lanzó, pero los reflejos del capitán fueron mejores de lo que esperaba.

    —No te hacía tan pronto aquí, creo que ya conoces a mi hermosa mascota —le dijo a El Corsario Azul.
    —Yo no creí que fueras tan preciso en sujetar la daga —le contestó terminando de subir al barco.
    —Ya ves que casi siempre te llevas una sorpresa de mí —le respondió con sorna sonrisa.
    —Baja a la mujer, esto es entre tú y yo.
    —Esa mujer es demasiado importante para ti, lo veo en tus ojos cuando la miras.
    —Estás malinterpretando las cosas. No estoy enamorado de ella —le dijo y ella quedó atónita.
    —Puedes mentir de la boca para afuera, pero muy dentro de ti sabes que eso es mentira, y lo peor es que no lo asumes.
    —No quieras que pierda el control y aniquile a tu encantadora mascota y a ti. Tengo muy poca paciencia, y no acostumbro a alargar ésta clase de peleas. Me aburren y prefiero hacerlo a mi estilo.
    —Oh sí, conozco tu estilo, pero supongo que ella aún no lo sabe, ¿verdad?
    —No tengo nada que perder, ella no se quedará conmigo —le contestó y levantó la cabeza para mirar a Acacia, la cuál lo miraba con seriedad.
    —Si tanto insistes, entonces ven a pelear para sacar la bestia que hay en ti.

    Mortimer, que así se llamaba el adversario, soltó al cocodrilo, para que peleara con Chester, mientras que él bajaba a Acacia, para en lo posible tirarla por la borda. El Corsario Azul peleó cuerpo a cuerpo con el primitivo animal.
    Acacia gritaba cuando el capitán la llevaba de las muñecas hacia la pasarela del barco. Antes de que el animal se abalanzara sobre él, Chester quitó su pistola enfundada y le disparó tres veces. El animal cayó sacudiendo el barco. El capitán sujetó a Acacia del cuello y apuntó con una pequeña daga hacia el estómago. Ella tragó saliva cuando sintió la punta del arma blanca.

    —Libera a la mujer, y pelea conmigo.
    —¿Por qué quieres que la deje libre, si tú mismo me dijiste que no te importaba? Bien puedo tirarla por la borda, y nadie la reclamaría, ni siquiera tú.
    —Tiene familia, no es una perdida cualquiera.
    —¿Ahora saliste protector de la mujer? —le preguntó riéndose a carcajadas.

    Cuando Acacia lo vio reírse, fue el momento exacto para forcejear y librarse del hombre. Pero un imprevisto causo el daño físico de ella, ya que Mortimer al verse amenazado, hirió a la joven, produciéndole una gran herida en el abdomen. Ella cayó de bruces contra el piso, y lo único que distinguió en la cruenta pelea fue un hombre cegado por la rabia de ver herida a una mujer. Acacia quedó perpleja y pensando que no podía ser verdad lo que estaba viendo. Un Chester salvaje que tomaba del cuello al adversario y se lo apretaba en el proceso. Ocasinándole un leve desmayo para luego ponerse detrás de él e hincarle los colmillos en el cuello. No concebía a la idea de saber que El Corsario Azul era un vampiro. Sintiéndose débil por la herida causada, se recostó a medida que el cuerpo sin vida de Mortimer caía al suelo también. Chester se acercó a ella, sin preocuparse por limpiarse la sangre, solo necesitaba verla, y saber que se encontraba bien. Pero la herida era demasiado profunda y tenía miedo por ella. Alzándola en sus brazos, de la única manera que podía llevarla al barco era teletransportándose, algo que no había hecho desde hacía décadas atrás. Solo esperaba que diera resultado y llegar al camarote.
    Segundos luego, Acacia fue recostada en la cama, fuera del camarote, la tripulación tiraba por la borda a los cuerpos del barco contrario. El Corsario Azul habló con el cirujano a cargo pidiéndole por favor que fuera con él al camarote. Éste último le obedeció y entraron posteriormente al recinto. Examinó a la joven y al darse vuelta para enfrentarlo le habló claro.

    —Es cuestión de tiempo que comience a levantar temperatura, esa herida se ve muy mal, y dudo mucho que se recupere.
    —¿Qué me estás queriendo decir? ¿Ningún experimento tuyo funcionaría para que ella se recupere?
    —Mis métodos son infalibles, pero el atacante supo bien la herida que le produjo, y no hay nada que se le pueda hacer. Lo siento —le dijo el hombre y él lo sacó a empujones de allí.

    Estaba cabreado, mucho, y no iba a permitir que Acacia se fuera de su lado. Con rabia y gritos avisó a la tripulación que volverían a zapar hacia Inglaterra en aquel mismo instante. Todos se sorprendieron, pero ninguno objetó su decisión. El Corsario Azul era un gran capitán y sentían un enorme respeto por él, y cuando él decía algo así, se hacía, sin reproches y sin negativas por ninguno de su tripulación, por una buena razón volvían a Inglaterra, y allí se zanjaba el asunto.
    Jacob, que era el único nuevo en toda esa horda de bárbaros, le preguntó el porqué volvían tan pronto. Simplemente lo tomó del brazo y lo entró al camarote.

    —¿Qué le pasó a mi hermana?
    —Jacob, hay algo que debes saber. A tu hermana la hirieron, y el médico a bordo no cree que se salve.
    —Mientes, no puedes decirme eso. Hasta hace unos momentos estaba perfecta, y ahora su vida pende de un hilo, no puedes hablarme en serio.
    —Lo siento, Jacob, pero es la verdad. Ojala fuera mentira, pero no lo es. Acacia sufrió una herida profunda que muy dificilmente se sane, no hay manera de revertirla.
    —Debe haber una manera, tiene que haber. Es mi culpa por arrastrarla hasta aquí, y es tu culpa también por dejar que formara parte del botín.
    —La culpa no es de ninguno de los dos, nadie sabía que iba a terminar así.
    —Ésta vida de pirata ya no me gusta nada, fue un error robarte la piedra para hacer la travesía contigo y ver cómo era la vida pirata. Me arrepiento de haberlo hecho, Acacia me importa, y siempre fue hermosa conmigo a pesar de mis locuras y travesuras, siempre estuvo guiándome y hacerme ver que las cosas no son lo que parecen ser. Y me di cuenta tarde, no son lo que parecen, en lo absoluto.
    —Hay una manera de salvarla. Y es posible que tú no estés de acuerdo.
    —Me importa poco en qué consiste esa manera, solo quiero verla bien.
    —No entiendes, Jacob, yo no quiero hacerlo.
    —Hazlo, o te mato —le dijo apuntando contra el capitán una espada, en un arrebato de desespero y furia.
    —No tienes ni idea de lo que implica salvarla, ¿verdad?
    —No me interesan los métodos, quiero respuestas.
    —Si quieres que la salve, entonces tienes que saber que no es algo común y corriente. Conlleva mi sangre.
    —¿A qué te refieres con que conlleva tu sangre?
    —Mi sangre sana, si quieres que Acacia se recupere, entonces aceptas que mi sangre caiga en su herida. No creo que seas un muchacho con pocas luces, me doy cuenta cuando sospechas algo, como ahora mismo. Sí, Jacob, lo soy.
    —Es imposible. No existen —le dijo y él se rió a carcajadas.
    —Lo creas o no, sí, existen.
    —Tendrías que haberte quemado bajo el sol.
    —Debería, pero no lo he hecho. Esto me protege —le dijo mostrándole el legendario anillo en su dedo meñique—, ¿entonces? ¿Aceptas o no?
    —Acacia me importa mucho, sí, lo acepto.
    —Bien, ¿prefieres salir o te quedas a ver? Lo haré ahora mismo, no puede esperar más.
    —Me quedo aquí.
    —De acuerdo.

    Cortó con la daga la tela del vestido, despejando la herida abierta. Él se cortó la palma de la mano haciendo que las gotas de sangre cayeran en la herida de ella. Jacob se quedó con la boca abierta sin articular una sola palabra.

    —¿Te cortaste?
    —Mi herida pronto se cerrará, la herida de tu hermana en un par de horas se cerrará también como si nada le hubiera pasado.
    —¿Hace mucho que eres vampiro?
    —No es momento para hablar de eso. Pero si quieres saberlo mejor, sí, hace siglos que lo soy, pero no soy del todo vampiro, soy mitad humano y mitad vampiro, y sí, pueden herirme gravemente. Nadie sabe de esto, solamente mi tripulación y ahora tú, y lamentablemente, Acacia.
    —Eso quiere decir que no eres invencible.
    —Así es, Jacob.

    Chester apartó la mano de su herida, y dejó que se cerrara.

    —¿Ves? Ya no tengo más nada —le dijo al joven, mostrándole la herida que antes estaba allí.
    —Increíble.
    —Será mejor que la dejemos sola, mi sangre hará su trabajo.

    Y efectivamente lo había hecho, luego de dos horas y un poco más, Acacia despertó aturdida, recordando fragmentos de lo sucedido, sobre todo, la manera en cómo había mordido el cuello de aquel hombre y sabiendo que tenía una herida profunda en su abdomen. Bajó la mirada a su abdomen, estaba blanco como toda su piel y sin un rasguño, sonrió creyendo que se estaba volviendo loca. No podía ser cierto. Bajó de la cama, y miró por el ojo de buey, se habían alejado bastante de La Isla de La Tortuga. Frunció el ceño cuando comprendió que tendrían que haberse quedado por unos días allí. La puerta del camarote se abrió y ella se dio vuelta, manteniendo su cuerpo contra la pared.

    —Es bueno verte recuperada —le dijo El Corsario Azul.
    —Gracias. ¿Qué hacemos retornando? Creí que nos quedaríamos por unos días más en la isla.
    —No, yo decidí volver de inmediato.
    —¿Por qué?
    —Tú estabas demasiado herida.
    —Ya comprendo. Tengo fragmentos en mi cabeza. Lo que más recuerdo es cuando me hirió y cuando tú le desgarraste el cuello —le dijo al fin mirándolo a los ojos.
    —Quise creer que tú no lo habías visto.
    —Pero lo vi. Al principio pensé que estaba soñando pero luego era la realidad misma.
    —¿Me tienes miedo?
    —¿Debería? —le preguntó intrigada.
    —No te haría daño jamás.
    —¿Estás seguro? La manera en cómo acabaste con él fue terrible, jamás creí que eras eso.
    —Dilo, ¿o acaso tienes miedo en decir lo que en verdad soy?
    —Eres un vampiro. Siempre creí que no existían.
    —Soy medio vampiro, mi otra mitad es humana, si bien tengo lo que un vampiro posee, soy humano en muchas cosas. Me alimento normalmente, a parte de la sangre, camino bajo el sol, gracias al anillo de mi familia, y pueden herirme de gravedad.
    —¿Eres inmortal?
    —No, pero vivo mucho más que las demás personas.
    —¿Cuántos años tienes?
    —Muchos, no quieres saberlo.
    —Esto es una locura, no puede ser cierto nada de esto. Seguramente tengo que pellizcarme para poder despertarme.
    —No estás soñando, Acacia, y yo existo.
    —Ya veo. No puedo creer que tuve relaciones con un vampiro.
    —Un semi vampiro. ¿Te arrepientes? Porque yo no.
    —No sé si arrepentirme o pegarme a mí misma.
    —No te preocupes, una vez que lleguemos a Inglaterra, estarás libre de mí. Si te sirve de algo, tu presencia es encantadora. Nunca me sentí así, pero tampoco puedo retenerte en contra de tu voluntad.
    —Solo quiero que todo esto acabe de una buena vez.
    —Podría llevarte ahora mismo al puerto de Londres.
    —¿De qué manera?
    —Con la tele-transportación.
    —Estás demente.
    —¿Cómo crees que te traje hasta el camarote estando mal herida? No podía nadar contigo mientras tenías la herida abierta. Solo tuve que tele-transportarme contigo en brazos. Si quieres, ahora mismo te llevo.
    —De acuerdo, eso es lo que quiero, que me lleves así me olvido de todo esto. ¿Acaso no tienes el poder de borrar recuerdos?
    —Lo tengo también, pero yo no quiero que te olvides de mí. Es como si te faltara una parte y yo no voy a hacerlo. No voy a borrar los recuerdos de todo lo que has vivido conmigo.
    —¿Cómo me recuperé tan rápido?
    —No te lo voy a decir porque eso implicaría que me aborrezcas aún más.
    —¿Bebí de ti?
    —No.
    —¿Entonces?
    —Mi sangre hizo el trabajo de cicatrización para que te recuperaras en dos horas y algo más. Eché mi sangre en tu herida. Era la única manera de salvarte. Y tranquila, no estás en deuda conmigo. Lo hice porque quise y porque tu hermano te quiere con locura.
    —Tengo sangre de vampiro en mi cuerpo —dijo en voz alta con preocupación.
    —Tienes mucho más que sangre de vampiro en tu cuerpo, Acacia —le respondió y ella desvió la mirada.

    Acacia no supo qué más responderle, solo quería irse de allí cuanto antes, quería estar en su casa, en su cama, y sobre todo tranquila.

    —Quiero irme ya de aquí.
    —¿De veras quieres irte de aquí?
    —Sí. Es lo que dije.
    —Muy bien entonces. Tendrás que avisarle a tu hermano, y espero que vaya contigo, de lo contrario no sé lo que le dirás a tus padres.
    —Tú sabes bien qué hay que decirles —le dijo altanera y soberbia.

    Acacia le avisó a Jacob que se volvía a Inglaterra mediante la tele-transportación de él, y estaba en él acompañarla o quedarse. Pero ella le advirtió que si no volvía con ella, no sabía qué excusa iba a decirle a sus padres.
    Jacob con un mohín se resignó a ir con ella, y los tres se abrazaron para que Chester los transportara al puerto de Londres en un abrir y cerrar de ojos. En el viaje, terminaron por aparecer en la recámara de la joven.

    —Creí conveniente llegar aquí, en vez del puerto. Supuse que sus padres no los encontrarían aquí.
    —¿Qué les diremos a nuestros padres? —le preguntó Jacob con preocupación.
    —Tus padres saben que jamás te fuiste, y que tu hermana no aceptó irse en la travesía para no acusarte de ladrón, eso quiere decir que les borré sus recuerdos el tiempo que duró nuestro viaje. Solo actúen como si nada hubiera pasado, solo saben que ustedes estuvieron siempre con ellos.
    —Bórrame la memoria, no quiero recordarte —le dijo ella seria y altiva.
    —De eso ni hablar, cariño. Quiero que siempre me recuerdes, en cada momento y en cada lugar. Quiero que tengas el privilegio de jamás olvidarte de mí —le dijo, le robó un fugaz beso y se desintegró para volver nuevamente al barco.
     
    Última edición: 14 Marzo 2016
    • Fangirl Fangirl x 1
  10.  
    Kikuz-sama

    Kikuz-sama Usuario popular

    Géminis
    Miembro desde:
    6 Julio 2011
    Mensajes:
    654
    Pluma de

    Inventory:

    Escritora
    Lamento la tardanza.
    Realmente fue una sorpresa ver que el temido Corsario Azul era un vampiro pero eso fue de las cosas que más me gustaron en el texto. También creo que este personaje refleja bien el equilibrio que el hombre común y corriente busca en relación a su naturaleza, lo que es correcto y aceptado por las normas sociales (lo humano en este caso) como lo caballeroso y leal hacia su tripulación, y lo oscuro (su mitad vampírica) en la que abraza ese lado salvaje que posee. Extrañamente me gustó la parte en la que mata al otro pirata por proteger a Acacia xD
    Como humilde lectora me habría gustado ver un poquito más de descripción en ese "cortejo" entre el corsario y Acacia, dando como resultado ese "amor". Ahora, pasando al aspecto estructural del texto. Yo considero que en algunos capítulos cortaste de alguna manera las acciones, hay una parte, no recuerdo exactamente en cual capítulo, en la que después de tener relaciones inicias una oración en la que la acción es totalmente diferente. El cambio fue muy abrupto. Igual no pido una descripción exahustiva pero si algo más sutil que no de la sensación de que se ha cortado el texto. Por otra parte me parece que en algunas partes haces que las acciones sean demasiado rápidas y confundan un poco al lector.
    Por lo demás, como te dije, la historia me encanta :D
    Un saludo.
     
    Última edición: 16 Marzo 2016
  11.  
    Autumn May

    Autumn May Entusiasta

    Tauro
    Miembro desde:
    18 Abril 2013
    Mensajes:
    66
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    El Corsario Azul
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    9
     
    Palabras:
    319
    No pasa nada. ;)
    Hola, Kikuz. Me alegro que te haya parecido una sorpresa que haya terminado siendo un semi vampiro. La verdad es que fue el primer mini relato que escribí ambientando una época antigua con un vampiro. Gracias por gustarte esa escena, fue algo que se me ocurrió en ese momento y me pareció entre sangriento y violento, por la manera en cómo termina matándolo y por cómo lucha contra el animal y el pirata, la peor parte creo que se la terminó llevando Acacia, por verlo de aquella manera tan salvaje y bestia y por lo que le pasa luego que termina mal herida.
    Con respecto a lo que te habría gustado ver, a veces no suelo describir ciertas cosas porque prefiero que el lector se lo imagine como más le guste, eso incluye también las escenas de sexo o erotismo en éste caso. A veces lo que yo describo de ciertas escenas, no a todos los lectores les gusta, incluso me lo hacen saber, diciéndome que no se esperaban tal cosa si no otra, y que estaban algo decepcionadas con algunas cosas que yo había descrito y que ellas se idearon otro estilo de escena y demás cosas. Me pasa con los personajes. En ciertos foros, podés subir alguna imagen del famoso que para vos es tu personaje principal, o incluso poner su verdadero nombre y que sea "actuado" por el personaje principal. Una de las lectoras me dijo que se imaginaba al personaje principal con cierto actor, nada parecido al que yo había puesto y así creo que pasa con todo y no está mal que cada persona se imagine lo que quiera en las pocas palabras que escribo en el texto. Creo que eso lo hace más lindo para el lector, que se cree un mundo con las palabras. :)
    Muchas gracias por encantarte la historia. :)
    Ahora mismo ya publico la última parte.
    Un beso. :3
     
    • Me gusta Me gusta x 1
  12.  
    Autumn May

    Autumn May Entusiasta

    Tauro
    Miembro desde:
    18 Abril 2013
    Mensajes:
    66
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    El Corsario Azul
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    9
     
    Palabras:
    2956
    Capítulo 5

    Casa de los Barner, Londres, Inglaterra
    Junio de 1820

    La mañana de aquel día nuboso, en la casa de los Barner, llegó una carta enviada por un lacayo del nuevo Conde que se instaló en la ciudad hacía poco tiempo atrás.

    —Ha llegado una carta para nosotros —le comentó Isabella, la madre de Acacia, a su esposo.
    —¿De qué se trata, Bella?
    —No lo sé, va dirigida a nosotros.
    —Ábrela entonces —le dijo y así lo hizo.
    —¿Lord Lander, Conde de Essex, quiere presentar en sociedad a nuestra hija? No lo comprendo, ¿y tú?
    —Tampoco, pero es seguro que la haya visto en algún paseo, Acacia no está en ese círculo, pero tampoco es indiferente a los demás habitantes de la ciudad —le comentó Paul, a su esposa.
    —Ni siquiera tiene una dote, y no porta un título nobiliario tampoco. ¿Por qué habría de querer presentar en sociedad a Acacia?
    —Ni tú y ni yo lo sabemos, solo será cuestión de reunirnos con él como nos pide, ¿no te parece?
    —Si estás de acuerdo, está bien por mí también, querido.
    —Bien entonces, le enviaré una respuesta para avisarle que aceptamos recibirlo —le respondió con una sonrisa.

    Tres misivas más se intercambiaron, avisándoles a los padres de la joven Acacia en la última carta, que se reuniría con ellos ese mismo día. Los Barner lo recibieron con amabilidad y agrado, era poco común ver a un miembro de la nobleza visitar su casa y sobre todo, querer hablar con ellos. La madre de Acacia quedó subyugada con tan magnífico ejemplar de hombre.

    —Muchas gracias por haberme recibido en tan poco tiempo.
    —El gusto es nuestro, Lord Lander —le dijo Paul—, por favor, siéntese —contestó ofreciéndole el asiento próximo a él—. Sinceramente, el motivo de su visita nos tiene algo intrigados, puesto que nuestra hija no está en los mismos círculos que usted frecuenta.
    —Puedo decirles que su hija me ha cautivado de manera extraordinaria, y por tal motivo, me gustaría pagar todos los gastos de su presentación en sociedad, por otro lado, creo que encontré a la futura Condesa de Essex, su hija.
    —Nuestra familia es simple y sin pomposidades, y nuestra hija no es una noble.
    —Me enamoré de ella apenas la conocí.
    —¿Dónde la ha visto? —le preguntó la madre de la joven mujer.
    —Paseando cerca de Hyde Park.
    —Ya veo... —acotó Isabella, sorbiendo el té de su taza.
    —¿Whisky? ¿Brandy? ¿Coñac? —le ofreció el padre de Acacia.
    —No, gracias —contestó él, abriendo sus fosas nasales para oler el aroma sutil que desprendía Acacia desde la planta de arriba.

    La joven sintió un cosquilleo en la nuca de repente, como si alguien estuviera con ella dentro de la habitación, como si la estaría observando leer uno de sus libros favoritos del momento. Cerró la encuadernación, y caminó hacia la ventana que daba a la entrada de la casa. Un carruaje que jamás había visto estaba en la entrada, frunció el ceño, y decidió bajar a la sala.
    La voz del hombre le pegó de frente, cuando supo de quién se trataba. Sin tener intenciones de interrumpir la conversación, es escabulló como una rata hacia las escaleras nuevamente, pero su madre la vio por el rabillo del ojo, y casi gritando su nombre, la llamó. Cerró los ojos, y subió un peldaño más, haciendo de cuenta que no la escuchaba.

    —¿Acacia? ¿Me escuchas? —le preguntó llegando al rellano de las escaleras.
    —¿Me hablabas, madre?
    —Sí, quiero que conozcas a alguien —le dijo tomando la mano a su hija—. Lord Lander, le presento a Acacia.
    —Encantado en haberla conocido al fin cara a cara, señorita Acacia —le dijo tomando su mano y dándole un beso.

    El muy desgraciado había tenido el descaro de presentarse en su casa, quién sabe por cuál motivo. Lo miró distando agrado, y él le sonrió, una sonrisa tan oscura que prometía los más prohibidos placeres nocturnos. Ella tragó saliva al recordar las noches en las que había pasado en los brazos de él, entrecerró los ojos al comprobar que él era el causante de dichos recuerdos, ya que estaba metido en la mente de ella como una tela de araña.

    —Encantada de conocerlo, Lord Lander —le dijo con una sutil reverencia.
    —Le comentaba a sus padres que solo he venido hasta aquí para ofrecerle mis servicios para que pueda presentarse en sociedad.
    —Le agradezco el ofrecimiento pero... —le comentó pero su madre carraspeó y ella la miró.
    —Acacia, no seas así con el señor, ha venido desde muy lejos para ofrecer ser tu tutor en tu presentación en sociedad —le contestó sonriendo.
    —Sin dote ni títulos de por medio es imposible realizar una presentación en sociedad.
    —Le aseguro que bajo mi tutela no necesitará de ninguno de ambos requisitos.
    —¿Con qué propósito ofrece hacer eso, Lord Lander? —le preguntó ella, escrutándolo con cautela.
    —No hay ningún propósito, señorita Acacia, solo quiero que tenga su presentación en sociedad como todas las demás debutantes de su edad.
    —Tengo una edad que pasé, para ser una debutante más.
    —Al contrario de lo que usted diga, milady, la encuentro hermosa como una flor —le respondió y ella se sonrojó—. Me gustaría hablar a solas con su hija, si ustedes me lo permiten, claro —les preguntó, dirigiéndose a sus padres.
    —Sí, como no, Lord Lander, no faltaba más —le respondió de inmediato el padre de Acacia, y posando la mano sobre la baja espalda de su esposa, se retiraron de la sala, cerrando las puertas.
    —¿Tienes una remota idea de lo que estás haciendo? No sé qué es lo que intentas hacer, pero te aseguro que no aceptaré nada de lo que tengas para decirme u ofrecerme. Puedes buscarte a una debutante adolescente que pueda agradarte mejor que yo, seguro encontrarás facilmente un dechado de virtudes.
    —No he venido aquí para buscarme un dechado de virtudes. El propósito de mi visita es para ofrecerte la posibilidad de debutar en sociedad.
    —No quiero, gracias. Búscate a otra.
    —¿No te has puesto a pensar que es posible que estés embarazada?
    —Tranquilo, ya me ha bajado la regla desde hace tiempo, en todo caso, si no hubiera sido así, no tienes que correr con los gastos, porque lo habría criado sola —le contestó seria sin mirarlo a la cara—. Y te acordaste un poco tarde, diría yo.
    —Acacia...
    —Basta, no me digas más nada. Solo quiero que te vayas.
    —Pues muy bien, me iré, pero la presentación se hará igual. Y más te vale que te presentes, de lo contrario me obligarás a destapar el secreto bien guardado que mantenemos.
    —Ni se te ocurra, Chester —lo fulminó con la mirada.
    —Pues entonces, aceptarás que te presente en sociedad.
    —¿Por qué sigues siendo tan cruel? —le preguntó ella con frustración.
    —Así me he criado y así he vivido toda mi vida, en medio de crueldades, no puedo ser menos que eso.
    —Sí, puedes ser mucho menos que eso, solo no quieres, porque tienes miedo al cambio. Si no, ¿cómo me explicas que has vuelto como un noble inglés y no como un bárbaro pirata?
    —Acacia, jamás me vuelvas a provocar porque ésta vez no me contendré, jamás te he mordido, pero la próxima vez no ocurrirá lo mismo.
    —Vete de aquí.
    —Pronto sabrás de mí. Buenas tardes, Acacia —le respondió saliendo de la sala.

    ***

    Acacia recibió pocos días después una caja con una nota conteniendo una floritura perfecta.

    No desprecies lo que con tanto cariño te he comprado. Chester

    Apretó sus labios cuando terminó de leer la nota, y abrió la caja para descubrir lo que había dentro, tragó saliva y abrió los ojos cuando se encontró de lleno con el mejor vestido de gala que podía haberse imaginado jamás. A uno de los costados había un par de zapatillas de satén con piedras preciosas en cada empeine, y en el otro lado de la caja, un bolso de noche con perlas y piedras colgando como flecos que destellaban.
    Miró al interior de la fina caja, comprobando que yacía una segunda nota.

    Ésta noche será tu presentación en sociedad, tus padres ya lo saben. Lo único que te pido es que sonrías y te dejes llevar por el encanto de ésta noche. El carruaje de la familia los irá a recoger a las ocho en punto. Chester

    La joven Acacia tomó la caja en sus manos y subió las escaleras, y al abrir la puerta de su habitación se encontró con Chester. Ella lo miró sorprendida y la caja que llevaba en sus manos se le fue directo al suelo. Quedó con la boca abierta, sin poder articular una sola palabra.

    —Cierra la puerta.
    —Ni siquiera preguntaré cómo has entrado.
    —Haces bien —le dijo con una sonrisa de costado—. Solo me aseguro de ver que te aprontas para tu presentación en sociedad —le respondió él, y escuchó ruidos y pasos por el pasillo que se aproximaban al cuarto de la joven.
    —Acacia... te ayudaré a bañarte —le dijo su madre, entrando sin golpear al cuarto de su hija, y la joven giró la cabeza para ver si él continuaba allí, se sorprendió de ver la recámara vacía.
    —Sí, mamá.
    —¿Estás bien, hija?
    —Sí, solo un poco nerviosa, nada más.
    —Es lógico, cariño —le contestó acariciando una de sus mejillas—. Vamos, ya son casi las siete, y se nos hará tarde para llegar al castillo del Conde.
    —De acuerdo.

    Momentos después, Acacia prácticamente ya casi estaba lista, cuando el reloj marcó las ocho menos cuarto de la noche. Suspiró hondamente, y se miró al espejo de cuerpo entero. No se reconocía a sí misma. El bellísimo vestido de color esmeralda resaltaba su figura más de lo que hubiera querido, no llevaba ninguna joya, puesto que el escote de su vestido ya tenía en abundancia.
    Fuera, se escucharon los cascos de caballos que se acercaban a la casa de los Barner, su madre miró por la ventana y le avisó que debían bajar cuanto antes. Acacia, tomando la capa, regalo del Conde, que hacía juego con el vestido, se la colocó, y ambas salieron de la habitación.
    La joven fue la primera en subir al carruaje, y segundos luego le siguieron sus padres y hermano. El cochero emprendió el camino hacia la mansión de su patrón, y dentro de la calesa todos hablaban, excepto Acacia que miraba por una de las ventanillas la calurosa noche.
    Jamás se habría imaginado que terminaría en un baile en su honor para que un demente la quisiera presentar en sociedad. Haber conocido a Chester Lander había terminado siendo un completo error. Porque ni siquiera después de meses pudo quitárselo de su cabeza, aunque trató de mil maneras, siempre volvía a su mente como una melodía favorita.
    Llegaron poco tiempo después, sus padres y Jacob bajaron, y ella fue ayudada por uno de los lacayos. Luego de darle las gracias, caminaron hacia la entrada de la mansión, teniendo que subir los imponentes peldaños hasta que fueron recibidos por el mayordomo a cargo.
    El Conde de Essex los recibió con amabilidad y agrado, y sobre todo a Acacia. No podía dejar de mirarla, realmente se veía encantadora y había acertado con el vestido que le había elegido.
    Chester recordaba cada centímetro de su cuerpo como si hubiera sido ayer cuando estuvieron juntos por última vez.
    Los padres de la joven se quedaron charlando con unos conocidos, mientras que Jacob se encontró con un amigo que era igual o más sinvergüenza que él. Mientras que Acacia se mantenía distante de todo el mundo, a excepción de Chester, quién intentaba acercarse a ella más de lo debido.

    —Estás preciosa, Acacia.
    —Gracias, Chester.
    —Lo digo en serio. Te queda perfecto el vestido, tanto que hasta te traería telas de todo el mundo para que la mejor modista de Inglaterra te confeccione todos los vestidos de moda.
    —No necesito esas frivolidades.
    —Pero se te verían exquisitas —le contestó y ella lo miró de reojo—, el satén te queda como guante al cuerpo.
    —Ya párale, ¿sí? Creí que te ibas a comportar como un completo caballero y no como el bribón que sé que eres.
    —Contigo me pongo salvaje —le respondió sincero, mientras la joven veía en los ojos de Chester el fuego de la pasión de las noches en que habían pasado juntos.

    La orquesta en vivo comenzó a tocar un precioso vals, y Chester le pidió que bailara con él. Los movimientos de Chester eran perfectos y la llevaban al compás de la música, los invitados formaron de inmediato un círculo alrededor de ellos. La orquesta tocó dos valses más, sellando el futuro de Acacia sin ella darse cuenta. Los presentes murmuraban y ella no podía desprender la mirada de los ojos del pirata. Y él la llevó más allá de los sentidos. En el trasfondo de su pequeño mundo de encanto que solo compartían ambos, se escucharon los aplausos de los invitados, y el Conde no tuvo otra opción que culminar el baile. Aunque supo que su vida de noble junto con Acacia recién comenzaba.
    Los sucesos siguientes fueron los más temidos por Acacia, quién jamás se habría esperado las palabras del Conde de Essex.

    —Señoras y señores sean bienvenidos a mi castillo, espero que la velada sea perfecta para ustedes, como bien leyeron en la invitación que les he mandado, el motivo principal de esta fiesta es para presentar en sociedad a la señorita Acacia Barner, y anunciarles que están viendo a la futura Condesa de Essex —les dijo a todos los presentes, los cuáles algunos se quedaron impresionados y otros lo aceptaron con agrado.

    Acacia casi cae desmayada por las palabras del Conde, no lo hizo, ya que estaba sujeta de la mano de él que hacía de soporte. Lo miró con los ojos enturbiados y no creía lo que estaba pasando. Los invitados se acercaron a ellos para felicitarlos, aunque era algo extraño lo que había hecho el Conde de Essex, no estaba mal visto por los demás lo que hacía Chester Lander, sabían bien que era un extravagante y original Conde que muy pocos se atrevían a realizar cosas como aquellas, y después de todo, sabían bien que era El Corsario Azul. El pirata que había combatido contra barcos enemigos de la Corona.
    La joven mujer no esperó un minuto más, estaba furiosa por dentro, y todo gracias a Chester Lander. Lo miró entrecerrando los ojos y le pidió con murmullos que fuera con él a hablar a un lugar lejos de los oídos curiosos de los demás. Él con una encantadora sonrisa, aceptó ir con ella. Apenas llegaron a la biblioteca, él cerró la puerta y ella lo empujó contra el escritorio de muy mala manera, él se sorprendió ante su osadía.

    —Me mentiste, jamás imaginé que serías capaz de hacerme algo así. Me quedé callada cuando me obligaste a presentarme en sociedad, ¿pero esto? Esto no estaba en mis planes.
    —Muchas cosas no estaban en tus planes al parecer.
    —No, claro que no. Ni siquiera el conocerte.
    —Pero lo has hecho. Pero te arrepientes, por lo que soy.
    —No, sí, bueno, no lo sé —le dijo pasando su mano por la frente en señal de confusión.
    —Solo quiero que me digas lo que sientes en estos momentos, Acacia.
    —Muchas cosas, cosas que no estaban en mis sueños, es decir, siempre creí que me iría a casar con alguien normal, pero jamás me imaginé casarme con alguien como tú —le dijo mirándolo a los ojos.
    —¿Es malo o bueno eso?
    —Siempre me dijiste en la cara que no querías nada conmigo, y siento que te estoy obligando por algo que pasó hace meses atrás.
    —Nada de eso Acacia, no me has obligado a hacer nada que yo no he querido. Te amo, siempre lo hice —le confesó y ella lo miró confundida.
    —Pero tú...
    —Olvídate de lo que he dicho una vez, te amo, y siempre lo haré, no podía mantener una vida de libertino cuando tú estabas a mi cargo, así qué, recuperé lo que una vez rechacé y aquí estoy, dispuesto a casarme contigo, porque te mereces esto y mucho más, Acacia.
    —No poseo dote.
    —Ya te dije que esas cosas no van conmigo, no me hacen falta, no puedo pretender alguien con dote cuando yo he sido un pirata.
    —Me haces sentir mal en parte por eso.
    —Tonta, si hubieras tenido dote te habría querido igual, no busco dinero porque no lo necesito, Acacia. La soltura con la que te presentaste aquella tarde de invierno en mi barco arrasó con todo atisbo de dudas en mí, capturaste mi corazón desde la primera vez que te miré a los ojos. Y quiero que seas mi esposa.
    —Cuando sea mayor tú seguirás estando igual.
    —Tú seguirás estando igual de preciosa. Tienes sangre de vampiro en tu cuerpo también, ¿lo recuerdas?
    —Intenté olvidarte por meses, y aún así, jamás pude hacerlo —le dijo con lágrimas en los ojos.
    —Ya estoy aquí, cariño —le dijo mirándola a los ojos, tomándola de las mejillas y dándole un beso—, dejé la vida de pirata solo por ti, Acacia. ¿Quieres casarte conmigo?
    —Sí, quiero casarme contigo, Chester. Terminé enamorada de ti, pasé muchas cosas contigo, que ni las hubiera imaginado, pero las tengo todas en mi mente, y aunque al principio me arrepentí, ahora no lo hago, porque si no fuera por mi hermano, jamás te habría conocido. Te amo.

    Chester la sujetó de la cintura, fundiéndola contra su macizo cuerpo, ella enredó sus brazos y manos alrededor de su cuello, y él la tomó por la boca para besarla con ansias, y todo el amor que siempre le había profesado desde hacía meses atrás y hasta el fin de los tiempos.
     
    • Me gusta Me gusta x 1

Comparte esta página

  1. This site uses cookies to help personalise content, tailor your experience and to keep you logged in if you register.
    By continuing to use this site, you are consenting to our use of cookies.
    Descartar aviso