Inspirado en la canción "Leia" de Megurine Luka. Ella era la luz de sus ojos, el aire de su vida, el manantial de su existencia. No había mujer más hermosa que ella, nadie podía igualarle en ningún sentido. El amor que le tenía era tan grande que no podía ser olvidado ni con la muerte, eso fue lo que le llevo a la perdición. ¿Qué fue lo que salió mal? Simple: ella no era real. No era más que una pintura hecha por sus propias manos, alguien a quien llamó “Leia”. Él lo sabía, sabía que una mujer tan perfecta no existía, sabía que por más que hablara, Leia no contestaría. Sabía que por más que la mirara, ella no lo miraría a él, sabía que jamás le iba a sonreír, que jamás le daría consuelo, que nunca le diría “te amo”. Eso lo llevo a la locura. —Leia, ¿me amas? —le preguntó a la pintura que mantenía la mirada baja con los largos cabellos rosas adornando su rostro, al igual que las flores que le rodeaban. Como era normal en una pintura, ella no contestó. La abrumadora realidad le hacía doler el pecho, entre más la contemplaba más grande era el dolor de la verdad: Leia no existía y jamás lo haría. Con tristeza, abrazó la pintura, ¿por qué no podía ser real? En su ataque de desesperación, arrojó las pinturas por el suelo, los lienzos de alrededor se desarmaron con sonoro estruendo a través de su departamento y los pinceles encontraron su destino en la calle, al ser arrojados por la ventana. —¡¿Qué debo hacer Leia?! ¡¿Qué?! —preguntaba el hombre al retrato con un sollozo ahogado. Tras varios minutos de mirarla se dio cuenta donde estaba el problema: en sus ojos. Si la miraba, su cerebro automáticamente interpretaba aquella imagen como un cuadro, ahí radicaba el dolor, si no la podía mirar, él podría imaginar que era real. —Te amo Leia —repetía una y otra vez. En su locura, comenzó a rasguñar sus ojos con frenesí, en un intento desesperado de quitárselos. Si no la miraba todo estaría bien. Cuando su mundo se tornó negro, se postró a sus pies, ¿podía ser feliz ahora? —Eres real, ¿verdad? Tú existes y estas a mi lado, abrazándome —decía al viento. Su ilusión crecía, poco importaba el dolor de sus ojos. Ya nada tenía sentido a su alrededor, las manecillas del reloj se habían detenido, él ya no podía ver su rostro angelical, entonces… ¿por qué seguía teniendo ese dolor en el alma? Ah… No importaba qué, seguía sabiendo que sus brazos jamás lo abrazarían y que sus manos no tocarían las de él porque ella no era real. Mientras él siguiera vivo, Leia seguiría siendo una mentira. Ahí fue donde encontró la respuesta: la solución definitiva era morir, de esa forma la mentira se convertiría en realidad. Encantado con la idea, buscó a tientas en sus bolsillos, localizando la caja plateada que siempre llevaba. —Estaremos juntos, tu y yo Leia… Por siempre —jaló la pequeña parte que cubría la caja y sintió el calor desprenderse de un extremo. Buscó con sus manos las patas de madera del lienzo y lo encendió. No podía ver, pero sentía como el calor se iba extendiendo; sin pensarlo más se puso de pie y abrazó al cuadro. —Sí, por siempre Reon —Aquella voz era tan delicada que él creyó llorar de felicidad. Ella sí era real. Orgulloso, abrazó con más fuerza el retrato que con tanto amor realizó e ignorando toda su realidad, dejó que las llamas lo consumieran. Permitió que el fuego lo quemara totalmente, permitió que aquello los uniera para siempre. Hasta ese punto permitió que su locura terminara.