Resumen: Luna es una adolescente introvertida, intelectual, infantil, ingenua y, sobretodo, enamoradiza. Estas características personales le afectarán mucho en su vida física, pero, sobretodo, virtual. ¿Aprenderá Luna a madurar a las buenas o a las malas?Clasificación: TGénero: Drama/RomanceTipo: POV / H/C Prólogo Esta es la historia de una muchacha común y corriente como tú y yo, que en su adolescencia pasó por múltiples altibajos, típicos de dicha edad. No es la típica muchacha bonita y popular de la escuela por la que el galán de la historia babeará. No, señores. Ni tampoco será la heroína digna de ser salvada de cualquier peligro que la aceche como ahora nos tiene últimamente acostumbradas las películas de vampiros de “Crepúsculo”. No. Nuestra protagonista es alguien que sufre de muchas, quizás demasiadas, frustraciones para una chica de su edad. Puede que esta historia no tenga el final feliz que muchos de los que la lean esperarán. Quizás, a medida que avance la historia, cogerán aprecio a la heroína y se dirán “¿Por qué le pasa estas cosas?” “¿O por qué es tan tonta de hacer las cosas de este modo?”. Sí, nuestra protagonista es alguien demasiado bondadosa e ingenua para su edad. La historia se centra en dos ambientes: el físico y el virtual. El ambiente físico es el típico relato a que estarán acostumbrados a leer. Adicionalmente, se narrará desde el ambiente virtual, aquél escenario donde desde hace varios años la red nos ha envuelto a miles de internautas. Nuestra heroína pasará por muchas vicisitudes, las cuales se desarrollarán en los dos ambientes mencionados. Cabe señalar que, quizás, los hechos llevados a cabo en el mundo virtual le afecten emocionalmente más que los que le sucedan en el mundo físico. He aquí el porqué de la importancia del plano virtual y el título de esta historia. Sin más preámbulo, pasaremos a relatar la historia de Luna, una chica como tú y yo…
CAPÍTULO 1 Nunca me gustó usar las computadoras. Siempre me sentí un cero a la izquierda en las clases de Informática de mi Instituto. Y no era porque yo fuera alguien que odiara la tecnología. Al contrario. Podía pasarme horas viendo documentales sobre nuevos inventos en “Discovery Channel” o “National Geographic”. El problema para mí era otro. Desde siempre debía lidiar con mis problemas económicos. Ya sea para cosas tan banales como comprar un buen vestido o maquillaje, ya sea para cosas tan necesarias como tener un buen plato de comida en casa. Si es así, es comprensible que les diga que no contaba con una computadora en mi hogar. Hasta hace poco… El no contar con una computadora para practicar las clases de informática me traía más de un dolor de cabeza. Y tampoco es que contara con mucho dinero para alquilar una cabina de internet para ello. Algunos se preguntarán, entonces ¿no tenías amigos o familia a quienes pedirles prestado una computadora? Pues no. Mis familiares más cercanos eran tan o más pobres que yo. Desde luego, tampoco contaban con una computadora que pudieran prestarme para practicar mis clases de informática. Si no se tenía dinero para comer, menos se tenía para comprar un aparato tecnológico que en mi país barato no era. ¿Y qué hacía yo para suplir mis problemas económicos? Pues mi madre, desde pequeña nos inculcó a mí y a mis hermanos que la educación era la única vía para que podamos mejorar económicamente. Y pues, siguiendo el patrón familiar, yo no me quedé atrás. Es así que, gracias a mis buenas calificaciones, me hice de una beca en un colegio de mediana calidad, dejando atrás la escuela fiscal donde había cursado mis estudios. En ese colegio destaqué como una de las mejores alumnas. Claro está, que estudiaba con ahínco para no perder la beca que tenía. Hasta ahí todo bien. ¿Y mis amigos de la escuela no me podían prestar una computadora? Pues no. El colegio donde acudía estaba muy lejos de donde yo vivía. Por ende, se me hacía un gran viaje ir hasta sus casas para practicar mis lecciones de informática y regresar a mi casa temprano. Aunado a que, como en párrafos más adelante contaré, mi tiempo libre también lo dedicaba a trabajar. Para explicar un poco, les hablaré un poco más de mi familia. Mi padre era un humilde obrero que no ganaba lo suficiente para mantenernos a mí y a mis hermanos. Somos siete hijos, familia numerosa tan común entre las personas de bajos recursos económicos. Mi madre se ganaba la vida atendiendo a un hombre anciano. Mi hermano mayor trabajaba en lo que podía. Yo me ganaba la vida dando clases particulares a los niños de Educación Primaria. Hasta aquí quizás todo bien. Sin embargo, la economía familiar tocó fondo cuando la crisis económica mundial afectó a nuestros bolsillos. La falta de empleo aumento en mi país y mi familia no fue la excepción. La fábrica donde mi padre trabajaba tuvo que reducir personal y, como siempre diría yo, pues la mala suerte nos acompañó. Mi progenitor fue despedido, sin pago de sus salarios e indemnizaciones laborales. La empresa adujo tener múltiples deudas y hacer una reprogramación de los pagos. El sindicato de trabajadores fue a juicio para reclamar lo que les debían. Mi padre gastó mucho de su dinero en pago a abogados, sin ver hasta ahora el resultado de sus esfuerzos de años de labor. El anciano a quien mi madre cuidaba falleció. Ella, luego, tuvo que buscar trabajo como empleada tocando varias puertas, pero todas se lo negaban. Ante esta situación, haciendo uso del gran don culinario que poseía, ella se dedicó a hacer postres y venderlos ambulantemente. Demás está decir que, muchas veces, la gendarmería local le pedía licencia para ello, pero como no lo tenía, pues le cerraban el pequeño puesto de comidas que tenía. Así, sus múltiples idas y venidas con la policía local, era algo muy común en los últimos meses. ¿Y qué pasó conmigo? Pues la crisis económica también me afectó. Los padres de los niños a quienes daba clases se quedaron sin empleo, ergo, ya no me contrataban para ser su profesora. Desde esa vez, todos los lunes era un ritual para mí. Coger el periódico local, mirar los avisos de empleo, enviar Hojas de Vida solicitando empleo. Por ser menor de edad, muchos no me querían emplear. Otros, con más malicia, me veían con ojos libidinosos y me hacían otro tipo de ofrecimientos. Por supuesto, yo les decía que no. Soy una jovencita decente ¿Ok? Así que, buscaba otros medios para ganar dinero. Vendía sándwiches y cosméticos (una amiga me pagaba una comisión para ayudarla). También cantaba en los parques con un amigo que sabía tocar guitarra. Por supuesto, lidiando con la escuela, la cual no podía descuidar por la beca que tenía. Lastimosamente, mi buen hermano mayor que era un chico trabajador fue llevado a la senda del vicio. El grupo de muchachos con el que andaba lo convenció de probar droga. Como este no es un vicio barato y el dinero no era algo que nos sobrase, él no vio mejor oportunidad que dedicarse a la delincuencia. Fue entonces que sus problemas con la justicia comenzaron. Debido a ello, fue expulsado del colegio donde estudiábamos. Pero, si este panorama les parece poco prometedor, aquí no terminaban mis desgracias. El departamento donde vivíamos estaba hipotecado. Como mis padres no tenían un empleo fijo, se habían atrasado en el pago de las cuotas. El banco ya no nos daba una tregua más y amenazaba con quitarnos la casa. Ante estos problemas, la tensión familiar era constante. Mis padres discutían todos los días, casi siempre por dinero. Sumado a que mi madre engreía a mi hermano mayor por ser su primer hijo y pasaba por alto sus tonterías. Mi padre, con más carácter, le reprochaba a ella por su sobreprotección. Mi progenitor estaba decidido a que mi hermano mayor cambiara de ambiente y se alejara de las malas juntas. Asimismo, por más que él había tratado de reprogramar su deuda ante el banco, éste no nos quería esperar en el pago de las cuotas de la hipoteca. La unidad familiar se estaba quebrantando por la mala economía. Así era mi vida familiar hasta hace unos meses. Mis padres, viendo que nuestra situación económica no mejoraba, decidieron emigrar. Un tío vivía en un país de primer mundo hace años a donde había viajado para buscar mejores oportunidades. Él siempre les decía que podía acogernos en su casa y conseguirles trabajo. Por todo ello y con la fecha de desalojo del departamento programada por el banco, hicimos maletas y nos fuimos del país. Es comprensible contarles las lágrimas que derramé al decir adiós a mis amigos, a mis maestros, y sobre todo, a mi abuelita, mi dulce abuelita que siempre me acogía con una sonrisa cuando iba a visitarla. Aún recuerdo el gran abrazo que me dio cuando fue a despedirnos del aeropuerto. Es así que, a modo de presentación, les he contado mi vida de hace unos meses atrás en pocas líneas. A partir de ahora comienza una nueva historia, en un nuevo país y en una nueva escuela. Con o sin computadora….
Hola! Como has dicho, has contado la vida de la protagonista en unas líneas y por eso no se puede ver lo que pasara a continuación, así que no puedo decirte gran cosa U^.^ Pero de verdad, Luna tiene muy mala suerte :(. Me dio muchisima rabia que algunos le ofrecieran trabajos... indecentes, por decirlo de alguna manera:mad:. Y realmente fue triste que su hermano se volviera adicto, ¡además fue el colmo! Pero por suerte estaba el tío de Luna :). Eso realmente los salvó y realmente me alegre, porque esta claro que Luna y su familia tienen mcuha mala suerte y es muy dramatico. Aunque, si tengo que decir la verdad, no me quedo muy claro todo eso del "Ambiente Virtual". Espero que lo continues. Realmente quiero saber que pasa con la computadora XD
Muchas gracias Nightcore por comentar. Al mencionar el "ambiente virtual" me refiero a que narraré las interacciones de Luna en la red, léase chats, foros, etc. Las consecuencias de ello van a ser muy relevantes para esta historia. Para que te hagas más idea, te dejaría el link de dos portadas que hice para esta novela, pero creo que aquí está prohibido postear imágenes... Y nada, muchas gracias nuevamente por leerme y comentar :)
CAPITULO 2 Aún no me adaptaba a este nuevo país, nuevo barrio, nueva casa. Habíamos llegado hace un par de días aquí. Mi tío Samuel, de buena gana, nos había hospedado en el sótano de su casa, el cual nos quedaba pequeño para mi numerosa familia. Se me olvidó comentarles que mis cuatro hermanos menores se tuvieron que quedar en mi país natal. El dinero que nos prestó mi tío Samuel fue insuficiente para pagar el viaje de toda mi familia. Es así que, mi abuela María se quedó a cargo de su cuidado. Fue muy difícil para mí separarme de ellos, sobre todo de Belinda, mi hermana pequeña de siete años, con quien siempre fui muy unida. Muchas lágrimas derramé el primer día que llegué aquí. Muchas horas pasé sin dormir añorando mi país. Muchos temores tenía al saber qué pasaría en mi nueva escuela. Mi madre me inscribió en el Instituto “Nuevo Mundo”, el cual quedaba a veinte minutos caminando de mi casa. Era una escuela pública, ya que no podíamos darnos el lujo de pagar una institución privada. Y, según los comentarios de mi tío, si era tan buena alumna como lo fui en mi país de origen, podría luego acceder a una beca de estudios. El Instituto “Santa María” era el más prestigioso de mi ciudad, entidad privada que tenía como anexo a mi escuela estatal. Si algo podía aspirar, era a estudiar en ese instituto, pero, por mientras, debía esforzarme y estudiar con ahínco en mi instituto nacional. Grande fue mi decepción cuando mi progenitora me informó que, debido a la diferencia de años educativos entre mi país natal y el país donde actualmente vivía, había sido rezagada a un año anterior. Sí, señores. A pesar de contar con un certificado de estudios que corroborara que había tenido muy buenas calificaciones, esto no era suficiente para mi nueva escuela. Debía retroceder un año de estudios, lo cual significaba retrasarme en mi proyecto de ingresar a la universidad. Si esto les parece poco, déjenme contarles lo que sigue. Días antes de comenzar mis clases, me hice de la lista de materias que iba a llevar en mi instituto. Muy entusiasmada por mi nueva vida académica, me senté sobre mi cama y saqué la hoja de papel que tenía en mi carpeta, la cual tenía un hermoso logo que decía ‘Instituto “Nuevo Mundo” – Primer Año’. Poco grata fue mi sorpresa cuando leí la relación de asignaturas que iba a llevar en mi primer año de preparatoria. Y no es porque no me gustara estudiar. Todo lo contrario. Ya les conté que a mí me gustaba hacerlo. Si no, porque tenía una serie de materias, muy avanzadas para mí, si las comparaba con mi antigua escuela. Para que se hagan una idea, les dejo aquí la relación de materias que me fueron asignadas: - Anatomía 2 - Física Avanzada 1 Entré en pánico. ¿Física Avanzada? ¡Si con las justas había llevado Física básica en mi último año de estudios! ¡Y aquí iba a llevar Física Avanzada! ¡Dios me ampare! Con menos ánimos que antes, seguí leyendo con miedo la lista de asignaturas a llevar en mi curso: - Trigonometría Básica 1 - Literatura Comparada 1 - Historia del Renacimiento - Historia Nacional Siglo XVI y XVII ¿Historia Nacional? Supongo que aludirá a la historia de este país. ¡Y aquí señalaba al Siglo XVI y XVII! Esto significaba que debía ponerme al día en mil quinientos años de historia de los que no tenía ni la más mínima idea. Ni más ni menos. ¡Vaya trabajo que me esperaba! Cada vez con menor entusiasmo, continué repasando mi “querida” lista de estudios: - Historia del Arte - Literatura Europea - Lengua - Inglés Intermedio 3 ¿Inglés Intermedio 3? Tragué saliva. Y es que, en mi escuela anterior, a lo mucho había llevado algunas pequeñas materias básicas de inglés. ¡Pero aquí iba a llevar el nivel intermedio! ¿Y qué significaría el nivel tres? No me lo quería ni imaginar. Siguiendo mi poca grata lectura de la lista, di un respiro de resignación. Mi futuro estudiantil lo veía negro, negro. Creo que, la buena estudiante que había sido iba a quedar relegada en una atrasada y mediocre alumna. ¡Y todo por culpa de la diferencia estudiantil entre uno y otro país! Aquí recién me di cuenta de que el poco interés del gobierno de mi país de origen en la política educativa de sus ciudadanos, era una muestra más del por qué mi país era considerado tercermundista. Y yo era un ejemplo de ello. Con poco aliento, seguí dándole un vistazo a aquella pavorosa lista. - Francés 2 ¡Diablos! ¿Francés 2? ¿Si ni siquiera había llevado Francés 1? Las únicas palabras en francés que podría pronunciar se limitaban al Merci, Madmouselle –¿así se escribe?— y al Gui gui. Empezaba a preguntarme si alguien se había empeñado en hacer mi nueva estudiantil cuadritos para convertirme en una vil víctima de la nueva currícula escolar. Continuando mi desafortunada lectura de esa nómina, pude ver que las materias que leía a continuación eran más “bondadosas” para mi nivel estudiantil. - Geopolítica - Economía Mundial Ufff. ¡Por fin habían asignaturas acordes con una estudiante poco afortunada como yo! Pero… Si creía que mi suerte había cambiado un poco para mi tranquilidad, estaba muy equivocada. A continuación, las palabras que leí provocaron unos espasmos repentinos, con la consecuencia de verme convulsionando en el suelo. ¡No! ¡Dios mío! ¿Por qué a mí? - Informática Intermedia. Sí, señores lectores. Las palabras tan temidas por mí. Las que habían producido más de una pesadilla o noche de insomnio en mi país de origen, por las tan malas notas que había sacado en esta materia, estaban delante de mí. ¡Informática! Y peor aún... ¡Intermedia! ¡Esto significaba que debía tener un nivel básico aceptable para abordar esta asignatura! Pero si mi nivel de informática básica era paupérrimo, ¿cómo diantres iba a poder afrontar un nivel intermedio de este estudio? ¡Ahora sí todas mis vanas esperanzas de ser una buena estudiante y aspirar a ser becada en la escuela privada “Santa María” se habían ido al tacho! Estaba más que segura que iba a reprobar no sólo esta materia, sino más de una. Tenía que seguir lidiando con los benditos ordenadores en un salón de clases. ¿Había algo que podía ser peor para alguien como yo, que odiaba las computadoras? Queriendo esconderme debajo de mi cama, por temor a todo lo que me ocurriría afuera, en mi nueva vida educativa, opté por repasar las materias que me quedaban. Nada peor podría ser si ya llevaba el curso de Informática ¿no creen? - Educación Física Uhm, esta asignatura no tenía mala pinta. En mi escuela había sido una buena deportista, destacando sobre todo en atletismo y en vóley. Incluso, había llegado a formar parte de la selección de atletas de mi colegio. Después de todo, si me iba ir mal en algunas materias, podría recompensarlo con la nota que obtuviera en Educación Física. Ya más tranquila, vi otras asignaturas más “amables” conmigo. - Taller de Actividad Extracurricular: * Teatro. * Narrativa. * Poesía. * Pintura. * Dibujo. * Música. * Danza. * Canto. Cualquiera de estas actividades era ideal para mí. Si algo siempre había creído es que tenía vena artística. Siempre había destacado en las actividades artísticas de mi escuela, participando en los eventos extracurriculares. Asimismo, si ustedes no se han olvidado, les conté que en mi país de origen me ganaba la vida haciendo de payasa en las calles de mi ciudad. Así que, tomar cualquiera de estas labores no iba a ser nada ajeno para mí. Pero si algo siempre me había caracterizado es que era una escritora aficionada. Tenía una libreta donde había plasmado una gran cantidad de poemas y relatos desde muy temprana edad. Incluso, cuando había habido concursos literarios en mi escuela, más de un premio se me había otorgado. Con la tranquilidad de que no todo estaba perdido para mí en mi nueva vida académica, me percaté de unas líneas más abajo. En letras pequeñas, en cursiva, se podía leer dos acápites: (1) Es obligatorio inscribirse en, al menos, una actividad extracurricular por año académico. ¿Una sola actividad extracurricular? ¿Por qué complicaban más mi vida? Lo que daría por cambiar las siete actividades por todas las materias que me atemorizaban, en especial, la de Informática. En fin, pero si todo había sido oscuro para mí, en el acápite número dos, pude ver la luz al final del túnel para mí. (2) Si alguno de los estudiantes necesitase de asesoría externa para alguna asignatura, podrá inscribirse a los Talleres de Refuerzos. Se recomienda hacerlo con anticipación, ya que el número de cupos es limitado. El plazo de inscripción vence el viernes 11. ¿Viernes 11? ¡Diablos! Hoy era viernes 11. Con apuro, revisé el pequeño reloj despertador que estaba al costado de mi cama. ¿Las 15:30 horas? ¡Dios mío! ¡El instituto cerraba su atención a las dieciseís horas! Tenía sólo media hora para inscribirme a los Talleres de Refuerzo de Física, Inglés, Francés, Historia Nacional y, sobre todo, de Informática. Con seguridad que en este taller habría computadoras y no tendría que andar mendigando ordenadores ajenos para practicar mis lecciones como antaño. Como alma que me lleva el diablo, me alisté rápidamente para salir al instituto. Me peiné como pude, aunque, como bien pude percatarme después, tenía el pelo hecho un estropajo. Luego, como ya el verano se estaba yendo, tomé una chaqueta para protegerme del frío que empezaba a visitarnos. Sin darme tiempo de despedirme de mi madre, quien se encontraba absorta viendo su telenovela “Corazón Salvaje” (y no sé por qué la veía, ya que en mi país natal, la habían echado varias veces y ya había perdido la cuenta de cuántas veces mi mamá babeaba por el guapo protagonista), hice uso de mis habilidades atléticas para correr. La distancia a pie de veinte minutos entre mi casa y el instituto los hice en menos de diez. Cuando llegué a la escuela, estaba exhausta y sedienta de tanto correr. Las quince con cuarenta y cinco minutos marcaba el reloj de la escuela, el cual se veía imponente y cruel en el patio central. De por sí, mi colegio era grande, mucho más que el instituto donde yo iba antes. Sin mayor tiempo a contemplar la infraestructura de mi nuevo recinto educativo, me apresuré a indagar con el vigilante dónde podría inscribirme para los talleres de refuerzo. El señor, de mediana edad y una gran barriga, me indicó que en el pabellón central, de al fondo, a la derecha, habían varias oficinas, que comenzaban con el número ciento uno y que ahí me podrían dar más detalle de los talleres. Como el tiempo me era corto, me apresuré en llegar a las oficinas donde me había indicado. Al llegar al pabellón central, pude ver lo espacioso que era mi liceo. ¡Qué diferencia con mi antigua escuela! Aquí, incluso, pude ver que tenían unos carteles que indicaba que a la izquierda se encontraba la biblioteca y el gimnasio. ¡Era maravilloso! En fin, no quería detenerme más en contemplar los ambientes de mi instituto. Ya tendría más tiempo de hacerlo, cuando comenzaran las clases el lunes siguiente. Pero en este momento, en este preciso momento, tiempo no era lo que sobraba. Si mi reloj interior no me fallaba, debería ser las quince y cincuenta minutos, aproximadamente. Aligerando el paso, me faltaban pocos metros para llegar al final del pasadizo y voltear a la derecha. Tanta era mi prisa, que no me percaté de que venía otra persona y tropecé intempestivamente con ella. Sin darme cuenta, caí de espaldas. Miles de hojas de papel estaban alrededor de mí. —¡Fíjate por dónde caminas! —una voz masculina me habló. Como estaba más preocupada en levantarme rápido para ir a las tan deseadas oficinas de los talleres de refuerzos, apenas lo miré. —Lo siento —le dije, sin prestarle mayor atención. Dispuesta a dirigirme a la oficina ciento uno, otra vez la voz masculina me reclamó. —¡Hey! ¿No me vas a ayudar a recoger todo este revoltijo que por tu culpa se ha producido? —Estoy muy apurada, disculpas —le respondí. Lo menos que deseaba ahora era distraerme con cosas banales, a pesar de que yo fuera la causante de ello. Sí, está bien, puede sonar a egoísta, pero déjenme recordarles que mi futuro académico dependía de ello. —Eres muy descortés. Primero me empujas por andar distraída y luego te quieres desentender de todo —me increpó el muchacho. Ahí fue la primera vez que lo vi. Era más alto que yo, de piel blanca, a diferencia de la mía, que era de color mestizo. Un lindo cabello rubio y largo hacía juego con su lindo rostro. Pero, lo que me dejó más impactada, fueron sus hermosos ojos de color café. Éstos, a pesar de mirarme con desdén, producto del incidente que había ocurrido, no dejaban de tener un brillo especial para mí. —Lo… lo siento —le dije. Por alguna extraña razón, el sólo mirarlo me provocó hormigas en mi estómago. Me olvidé de mis intenciones iniciales y que empecé a tartamudear como una boba. —¿Me vas a ayudar o qué? —me preguntó desganado. —Oh, sí, sí… per… perdona —le dije —Bueno, entonces, deja de disculparte tantas veces y échame una mano con todo el lío que has provocado Raudamente, empecé a recoger todos los papeles que se habían desparramado en el suelo. De cuando en cuando, no podía evitar mirarlo de reojo. No sé si se dio cuenta o no de ello, ya que él parecía concentrarse más en poner todo en orden que en percatarse de mi presencia. Cuando hubimos terminado todo en poner en su sitio, no pude contenerme y traté de hablarle de cualquier cosa. —Creo que ya todo está en orden. Aquí tie… tienes... —dije, mientras le entregaba unas hojas cuadriculadas, encima del grupo de carpetas y papeles que cargaba con sus brazos. —Gracias —mencionó. Una linda sonrisa enmarcó su rostro, a modo de agradecimiento. —¿Y eres estudiante de… de aquí? —le pregunté. ¡Pero qué pregunta más tonta! El chico parecía de mi edad, así que no iba a ser un profesor o un auxiliar de la escuela. ¿Cómo se me ocurría preguntarle eso? —Sí —me respondió. Parecía muy corto de palabras, luego de que se le pasara el enojo inicial de haberme tropezado con él. Distraída por contemplarlo, un recuerdo gritó en mi cabeza. ¡Los Talleres de Refuerzo! ¡Maldita sea! Vine apuradamente para inscribirme y ahora había perdido un preciado tiempo hablando con un desconocido quien, por muy lindo que fuese, no era mi prioridad en este momento. —Ah… ¿me podrías decir dónde queda la oficina 101? —le pregunté sin tartamudear. Pareciera que al poner en orden mis prioridades, se me había ido el atontamiento inicial. —Sí. Es aquí a la derecha. Al fondo. La primera oficina a la izquierda —me indicó con el dedo índice derecho, muy amable. —Muchas gracias —le dije — Ehhh… bueno, nos vemos –me despedí de él, muy a pesar mío. Pero vamos, ya luego tendría tiempo de hablarle. Ahora mismo debía ganarle al transcurso de las agujas del reloj. —¡Hasta otra! —se despidió con una señal de despedida y, otra vez, ¡esa bonita sonrisa! Sin decir nada más, prosiguió su camino por donde yo había venido. Con un leve sentimiento inexplicable de tristeza, lo contemplé irse a lo lejos. Pero, rápidamente, evité distraerme en observarlo. Tenía otros asuntos que atender. El pabellón a la derecha tenía varias oficinas pequeñas, con nombres de profesores en la puerta de entrada; otras, con una simple numeración. La numeración empezaba con la oficina ciento quince, en forma descendente. A partir de la oficina ciento diez, vi a varios estudiantes conversando dentro de cada recinto. Como mi prioridad era la oficina que daba comienzo a este pasadizo, seguí mi recorrido sin distraerme sin más. Hasta que di con la oficina que buscaba. ¡Oficina 101! ¡Por fin tenía frente a mí el lugar donde solucionarían mis problemas estudiantiles! La oficina estaba con la puerta cerrada. Toqué tímidamente. Después de todo, era nueva aquí y no conocía a nadie, a pesar de que me urgía que me atendieran. Una mujer joven abrió la puerta. Era de pelo castaño, recogida con una cintilla. De lentes oscuros y con una mirada intelectual, me sonrió amablemente. —¿Qué se le ofrece? —me preguntó. —Vengo a inscribirme para los talleres de refuerzo —le respondí. —Viene a deshora. Son las dieciséis horas y cinco minutos. Ya había cerrado la oficina e iba a retirarme. —Sí, lo sé. Pero por favor, cree que me podría atender —le rogué.— Tuve unos imprevistos y no pude llegar a tiempo —le supliqué. Después de todo no estaba mintiendo, aunque ese “imprevisto” tuviera un lindo cabello rubio y unos preciosos ojos café. La mujer me miró de reojo mientras se quitaba sus oscuras gafas. Sin ellas, aparentaba menos edad de la que parecía a primera vista. —Por favor... —continué con mi súplica. —Está bien —dijo con desdén.— Sólo porque no tengo nada que hacer luego, haré una excepción con usted. —Muchas gracias, es usted muy amable. —Por favor, llene los formularios que encuentre sobre la mesa con su nombre completo y el año que va a cursar —dijo la mujer, mientras me indicaba con el dedo índice derecho una mesa larga de madera, donde habían varias hojas de papeles alineadas en varios grupos. Comencé a buscar las materias que me interesaban inscribirme. Rápidamente, rellené los formularios correspondientes a las asignaturas de Inglés, Francés e Historia Nacional. Luego, me dediqué a indagas por los formularios de Física y de Informática. Desgraciadamente, no los hallaba. Con el tiempo corriendo cruelmente y mi búsqueda infructuosa, decidí preguntarle a la mujer que me había atendido antes. —Eh… señorita —tibiamente le hablé. —¿Se le ofrece algo, estudiante? —me preguntó la señora, mientras dejaba de leer un libro y me dirigía la mirada. —No encuentro los formularios para las materias de Física y de Informática, señorita. —Profesora Sifuentes, estudiante. Soy Soraya Sifuentes, Profesora de Literatura y Coordinadora de los Talleres de Refuerzos del Área de Letras del instituto —me recalcó. —Lo siento, Profesora Sifuentes. —Es usted nueva aquí. ¿Cierto? —Sí, recién voy a comenzar mis clases el lunes que viene. —¿Cuál es su nombre? ¿Y a qué curso va a asistir? —Luna Larrosa, alumna de Primer Año de Preparatoria. —¿La Rosa? ¿Es familiar del escritor Ernesto La Rosa? —No, es Larrosa. Se escribe todo junto y no tengo ningún parentesco con el escritor —contesté de forma apurada. No tenía interés alguno en desmentir mi parentesco con el famoso escritor de poesía. Los minutos corrían y no me resolvía mis dudas respecto a los Talleres de Refuerzos en los que me faltaba inscribirme.— Por favor, profesora ¿me podría indicar por qué no encuentro los formularios de Física y de Informática? —Ah, los talleres de Física y de Informática —me indicó, mientras inclinaba la cabeza a un lado y se tocaba la sien derecha, como si recordara algo.— Pues ésta es la oficina del Taller de Letras. Las asignaturas de Física y de Informática corresponden al área de Ciencias y atañen a otra oficina. —¿A otra me ha dicho? —Sí, pero no está muy lejos caminando. Queda al otro pabellón de la izquierda. Aunque, por la hora… —dijo, mientras miraba un fino reloj plateado que adornaba su muñeca izquierda.— No sé si le dará tiempo de inscribirse. Son las dieciséis horas y diez minutos. ¡Las dieciséis horas y diez minutos! ¡Dios mío! ¿Me daría tiempo de inscribirme a tiempo para el Taller de Física? Pero, sobre todo… ¿Tendría tiempo para inscribirme al Taller de Informática y usar cuando quisiera las computadoras que tanto odiaba?
Woa honestamente, que buen escrito, que buena historia, me ha gustado, que digo gustado. Me ha encantado simple y llanamente, no note faltas de ortografia, tal vez por el sueño, aún a si hay, no creo que sean graves. El vocabulario que ocupas, mucho tiempo atras que no lo leia y ha sido un gusto leer algo a si, con esos terminos, con esa narracion, tan buenos, tan claros...espero con ansias el proximo capitulo, de esta interesante historia.
Muchas gracias Blade por tu comentario. Me alegra que te haya gustado. Si ves algún error, por favor, no dudes en decírmelo, ya que siempre trato de mejorar los errores que pueda cometer. Saludos.
CAPÍTULO 3 Con la angustia de saber que el tiempo corría en contra mía, me despedí inmediatamente de la Profesora Sifuentes. —¡Alumna La Rosa! —escuché que me llamaba, cuando yo ya me encontraba en los pasillos. Tuve que volver a esa oficina, aunque no quisiera hacerlo. Después de todo, sería muy descortés e infortunado de mi parte no responder al llamado de una docente. —Sí, profesora —le dije. — ¿Me llamaba para algo? —Se le olvida este pequeño horario de los talleres —acotó, mientras me entregaba una hoja con un cuadro impreso en él. —Gracias, profesora —le respondí.— Hasta pronto —me despedí nuevamente, para salir como alma que me llevaba el diablo. De inmediato, salí. La Oficina 120 era la oficina del Taller de Ciencias, según me había indicado la maestra, aunque como bien me había advertido, lo más probable era que estuviera cerrado. Y dicho y hecho, así era. Cuando llegué allí, la puerta estaba firmemente cerrada y, por más que toqué insistentemente, nadie me atendió. Con los ánimos por los suelos, me lamenté de mi mala suerte por no haber sido precavida en estos temas estudiantiles. Caminé lentamente con dirección a la salida de la escuela mientras, mentalmente, trataba de pensar un modo de cómo remediar mi penosa situación. Llegando al gran portón de entrada al instituto, sin ninguna solución posible en mi cabeza para este embrollo, respiré profundamente. Después de todo, no creía que resolvería algo estando ahí, sintiendo lástima de mí misma. Ya el lunes comenzarían las clases, así que preguntaría a algún compañero de estudios o a cualquier otro profesor de cómo resolver mis problemas. Sí, eso debía hacer. Seguro que aquí sería como en mi anterior escuela, donde me asignarían un tutor. Es así que, a él o a ella podría contarle lo que me pasaba y me daría una solución a mi contrariedad. De regreso a casa, las cosas no eran nada fáciles. El cambiar de país no había mejorado en absoluto mi situación familiar. Miguel, mi hermano mayor, se rehusaba a inscribirse para estudiar en algún centro de formación profesional. Como estábamos en este país en calidad de inmigrantes, cualquier problema con la justicia que tuviera Miguel, sería motivo suficiente para deportarlo inmediatamente a mi país natal. Y ahí él sí tendría que buscárselas para mantenerse por sí mismo. Mi abuela María, único pariente cercano que teníamos allá, no lo quería mucho. En más de una ocasión, mi hermano había ido a su casa para robarle los pocos artefactos electrónicos que ella tenía. Luego, los había vendido para obtener dinero para pagar su vicio. Ante ello, ella no se había cortado ni un pelo y lo había denunciado ante la policía. De este modo, y al ya ser Miguel mayor de edad —un día antes había cumplido dieciocho años—, mi padre había sido bien claro con él. O se ponía a trabajar para aportar dinero a la familia o estudiaba algo para ser un hombre de bien. Y de no querer hacerlo, se iría de la casa. Si mi hermano quería dedicarse al vicio, era problema de él. Pero mi padre ya no estaba dispuesto a mantenerlo si era un vago y drogadicto. Asimismo, mi papá le había advertido a Miguel que, si volvía a tener problemas con la justicia por culpa de su vicio, él no iba a mover un dedo para lograr su liberación. Mi progenitor creía que, si las amenazas que le había hecho no surtían efecto en mi hermano para regenerarse, la cárcel lo haría por él. Las discusiones familiares por este tema eran continuas. Llegando a mi casa, de regreso de la escuela, fui testigo de una de ellas. Miguel le reclamaba a papá que no lo ayudaba económicamente. Mi padre, al contrario, decidió mantenerse firme en su advertencia. O se dedicaba a algo provechoso o se iba de la casa. —¡Es el colmo que me digas eso! —gritó mi hermano, mientras daba un puño a la mesa del comedor de mi casa, haciendo retumbar las paredes del sótano de la casa donde vivíamos. —¿Quieres bajar la voz y dejar de hacer tantos escándalos? —le increpó mi padre. —Tu tío y su familia están arriba. Se van a enterar de todos nuestros problemas y no quiero más problemas. Acuérdate de que estamos aquí en calidad de invitados —dijo mi padre. —¿Invitados? —manifestó mi hermano. —Jajaja, no me hagas reír. ¡Estamos en esta casa en calidad de recogidos! —No digas eso y baja la voz de una maldita vez. ¡Te lo ordeno! —levantó la voz mi papá. Miguel lo estaba sacando de sus casillas por enésima vez. —Sí, aunque te duela. No somos más que unos recogidos. Sí, ¡recogidos! Y ¿quieres que te diga por qué? —vociferaba Miguel, mientras soltaba una sonrisa y una mirada desafiante. Definitivamente, le había perdido el respeto a mi padre.— ¡Porque tú no has sabido ser un buen padre! ¡No has sido más que un incapaz, bueno para nada, que no supo ganar el dinero suficiente para pagar nuestra casa y hemos tenido que venir a este “hueco” en calidad de recogidos! —¡No te permito que me digas eso! —exclamó papá, mientras se acercaba a Miguel y lo miraba fijamente. Una gota de sudor bajaba por su rostro y se lo veía muy acalorado. Nunca lo había visto de ese modo. Miguel, sin inmutarse, observaba directamente a mi padre con una mirada muy altanera. Sólo se reía cínicamente mientras miraba a papá muy disgustado. —¡No le hables así a tu padre! —intervino mi madre, mientras trataba de separarlos a ambos. La sangre estaba a punto de llegar al río y si alguien no hacía algo, iba a terminar en algo peor. —Parecemos unos refugiados de guerra, viviendo en la miseria y siendo unos recogidos. Sí, eso es lo que somos. ¡Unos refugiados! ¡Peor que unos mendigos! —gritaba Miguel. —¡Cállate de una maldita vez! —dijo mi padre, alzando la mano derecha con la intención de darle una bofetada a mi hermano, mientras mi madre lloraba y lo contenía. Si le pegaba a Miguel, bien merecido que lo tenía. —¿Qué cosas vas a hacer? ¿Me vas a pegar? —gritó mi hermano, más desafiante que nunca, acercándose amenazadoramente a mi padre.— ¡Anda viejo debilucho! ¡Atrévete a hacerlo y verás de lo que soy capaz! —dijo Miguel, mientras se paraba provocadoramente ante mi padre y azuzaba las manos, como esperando recibir un golpe de él. Los dos tenían una mirada de demonio, pero en Miguel no sólo se veía eso. Unos ojos cínicos, mezclados con una ira incomprensible, desfiguraban su joven rostro. Lejanos parecían los años en los que los dos fueron unos compinches. Lejana parecía la época en la que mi padre se había sentido orgulloso de él. Ahora, mi hermano lo desafiaba sin el menor remordimiento, como esperando a que papá lanzara el primer golpe para responderle. Mi progenitor estaba fuera de sí. Nunca antes lo había visto así. Mi madre tenía que hacer uso de sus pocas fuerzas para contenerle y no hacer que se lanzara encima de mi hermano. Algo debía hacer yo para impedir que las cosas llegaran a mayores. No podía quedarme viendo cómo mi familia se desmoronaba en pedazos y yo sin hacer nada por remediarlo. Maldiciendo el mal comportamiento de Miguel, maldiciendo el día que decidió probar la desdichaba droga, la cual lo convirtió en alguien capaz de faltarle al respeto a mi padre y romper la unidad familiar que teníamos, le grité. –¡No trates así a papá, maldito! —me escuché decir. No sé de dónde saqué tanto coraje. Nunca antes me había dirigido así a mi hermano mayor, ni mucho menos había maldecido a alguien de mi familia. Mi mente se nubló de una rabia incontenible, llenándome de frustración por ver cómo Miguel, mi propio hermano, gritaba e insultaba a mi padre. No fue hasta verlo dirigirme la mirada, llena de cinismo y desdén, que me di cuenta en lo que me había metido. No sé en qué momento sentí que una mano me propinaba un golpe en el rostro, haciéndome caer al suelo. —Para que aprendas a respetar a tu hermano mayor, enana —gritó Miguel. —¡Deja en paz a tu hermana! —oí gritar a mi papá. Escuché el sollozo incontrolable de mi madre, mientras ella se dirigía hacia mí para ayudarme a levantarme. —¿Te encuentras bien, mi cielo? —me preguntó mi mamá. —Sí, creo que estoy bien —dije con dificultad, mientras vi que un poco de sangre había manchado mis ropas. —¡Si te atreves a levantarle un dedo más a tu hermana, juro que no respondo! —vociferó papá. Cuando levanté el rostro y me enderecé con la ayuda de mi madre, pude observar que mi padre estaba ubicado entre Miguel y yo, como resguardándome de él. —Bah, sólo le he dado un bofetón. Tampoco es para tanto, viejo. Es ella que exagera y se ha caído sola —dijo mi hermano, mientras se cruzaba de brazos y se reía de lo que me había hecho. —¿Sola? No seas descarado, Miguel. Tu hermana está sangrando —exclamó mi progenitor. —Déjalo, papá —le dije, mientras me dirigía al baño para lavarme el rostro y los restos de sangre que tenía en mi chaqueta. —¡Te me vas ahora mismo de esta casa! —escuché gritar a papá. —¿Casa? Esto no es más que un vil chiquero, viejo bueno para nada. Vivimos hacinados en esta pocilga como aves de corral. Y todo por tu culpa, viejo de mierda —dijo Miguel, para luego soltar una carcajada. —¡Cállate, Miguel! —oí decir a mi padre. — ¡Cállate de una puta vez! —Uhhhh, papá diciendo malas palabras. ¿Hasta dónde hemos llegado? —¡Te me vas ahora mismo! ¡No quiero verte más aquí! —gritó papá. —Está bien, me voy, viejo —escuché decir a mi hermano.— Pero no regresaré más a esto que llamas “casa”. Un instante después, escuché unos pasos que se dirigían al baño. Rápidamente, por instinto le eché el cerrojo a la puerta. Temerosa quizá de que fuera Miguel quien quisiera agredirme nuevamente. —Y tú, enana... Nunca más te atrevas a dirigirte así a mí. ¿Te quedó claro? —oí que mi hermano me hablaba. Cuando iba a salir del baño para responderle, sonó un portazo muy fuerte. Miguel se había ido de la casa. Momentos después, abrí la puerta de los servicios higiénicos y fui a la sala. El escenario familiar que vi ante mis ojos era desagradable. Mamá estaba llorando desconsoladamente sobre la silla del pequeño comedor. Papá estaba fuera de sí, frente a la puerta marrón del sótano que daba para la calle. En sus ojos miré la tristeza que le causaba haber botado a su primer hijo varón. aquél que, años atrás, había sido motivo de su orgullo, pero que, ahora, sólo le causaba ira y dolor, pero sobre todo, mucha decepción. Tratando de consolarlos, me dirigí hacia ellos. Lentamente, me senté junto a mi madre para abrazarla y reconfortarla. Sus lágrimas caían sobre mi rostro y mi cuello. Rápidamente, ella dejó de llorar y me cogió la cara. —¿Estás bien, Lunita? —me preguntó mamá, mientras observaba el gran moretón verde que se veía en mi mejilla izquierda. —Sí, mamá. No es nada, no te preocupes. Mi padre se acercó a mí. Percibí que, la rabia que destellaban sus ojos por lo ocurrido anteriormente, dio paso a la mirada cariñosa y paternal que siempre lo había caracterizado. —¿Cómo va a ser nada? ¡Estás sangrando, Luna! ¡Te llevaré al hospital —señaló mi padre. —En serio, papá. No es nada. Déjame lavarme con más calma en el baño y vas a ver cómo va a parar de sangrar. Sin hacer caso a las indicaciones de mi progenitor, regresé al baño y cerré la puerta con pestillo. Me miré al espejo. Efectivamente, mi rostro estaba horrible. Tenía una hinchazón enorme en la mejilla izquierda, a la altura del pómulo. Y un gran rasguño, producido por las largas uñas de Miguel, atravesaba toda mi mejilla hasta parte de mi nariz. Era ésta la causante de las gotas de sangre que habían manchado mi ropa. Rápidamente, cogí una pequeña toalla azul que estaba colgada. Durante unos minutos la usé para contener el sangrado, apoyándola sobre mi rostro. ¡Dios mío! ¡Cómo me dolía al apretarla! ¡Ese estúpido de Miguel se había ensañado conmigo! Pasado un rato, el sangrado paró. Al mirarme nuevamente en el espejo, pude ver que una fea magulladura se veía en mi rostro. ¡Qué horrible había quedado! Haciendo uso de un gran valor, decidí que debía echarme alcohol para evitar mayores infecciones. Una caja de zapatos, al costado del lavabo, hacía de botiquín familiar. La cogí y la abrí. Una pequeña botella de vidrio marrón tenía una etiqueta que decía “Alcohol yodado”. Cogí un retazo de algodón. Sobre éste eché un poco de alcohol. Respiré profundamente. Sabía el dolor que me esperaba. Ya antes, producto de mi inquieta niñez, había sufrido más de un accidente físico. Y, para cortar la infección, mi madre me había echado alcohol yodado sobre mis heridas. Los gritos y lágrimas que derramé en esas ocasiones fueron incontrolables. Y, ahora, me tocaba pasar por algo similar. Una vez que el alcohol tomó contacto con mi herida piel, sentí un agudo dolor. Un fuerte chillido se escuchó en el baño y alertó a mis padres. —¿Te encuentras bien? —oí decir a mamá mientras tocaba la puerta del lavabo. —Sí, mamá. —¿Qué fue ese grito, entonces? —me preguntó. —Me eché alcohol en la herida y me dolió. —¿Puedo pasar? —Sí —le dije a mamá mientras le abría la puerta. —A ver, déjame ver tu herida —señaló mi madre mientras doblaba mi rostro para ver mejor mi mejilla izquierda.— ¡Dios mío! ¡Hay que ver cómo te ha dejado Miguel! Nunca antes se había comportado de ese modo. —La maldita droga lo tiene así. —Él antes no comportaba así y lo sabes. Era cariñoso con ustedes y era un buen hijo. —No trates de justificarlo, mamá. Sabes muy bien que desde hace meses ha cambiado. La droga lo ha degenerado y él no hace nada para mejorar. —No hables así de tu hermano. Él es un buen muchacho, sólo que tu padre lo provocó. —Tú siempre defendiéndolo —me exasperé. Solté mi rostro de las manos de mamá y le di la espalda. Como siempre, ella abogaba por su hijo predilecto. A pesar de que ella fue testigo de todo lo ocurrido. ¡Era el colmo!— ¡Le gritó a papá y lo insultó! Y mira cómo me dejó… —Miguel es un buen hijo. No te permito que hables mal de él. —No, mamá. Yo no estoy hablando mal de él —dije, mientras volteaba para mirar a mamá nuevamente. Le diría la verdad, aunque no me diera la razón y su amor de madre le impidiera ver la realidad— ¡Sólo digo la verdad! Y estoy de acuerdo con papá. Si no quiere estudiar, que se ponga a trabajar. Ya tiene edad para hacer algo y no ser un mantenido bueno para nada. —¡Sólo tiene 18 años, Luna! —¿Y yo qué? Tengo 16 y desde los 14 años trabajo. Y lo he hecho sin descuidar mis estudios. —Él es un incomprendido. Tú y tu padre son muy duros con él. —¿Incomprendido? ¡Por favor, mamá! Siempre lo defenderás, haga lo que haga. Era imposible conversar con mamá. Por más que intentara razonar con ella, para ella “su” Miguel siempre sería perfecto. Viendo que era inevitable hacerla entender que el comportamiento de mi hermano había sido grosero, decidí cambiar de tema de conversación. — Y a todo esto ¿qué?…. ¿dónde está papá que no lo veo? —Pues se fue a su dormitorio hace un buen rato. —Pobre papá. Nunca lo había visto así. Decidí dar por terminada la charla con mi madre y me fui de mala gana a mi habitación. Ahí me encerré. No quería saber nada más de mis problemas familiares. De todos modos, debía hacerle frente a la situación. Sin mucho ánimo de hacerlo, me contemplé en el espejo. Efectivamente, tenía una horrible cicatriz y moretón producto del ataque de mi hermano. Y las clases iban a comenzar dentro de tres días. ¡Dios mío! Cuando fuera a la escuela iba a ser el hazmerreír de mis compañeros. Y, sobre todo, si me encontraba con aquel lindo muchacho que había visto hoy en la tarde… ¡Ay no! ¡No quería ni pensarlo! ¿Se acordaría él de mí? Y de ser así… ¿Qué pensaría si me viera así? ¿Quizás que fui atacada por unos ladrones o que tenía un padre abusivo que me maltrataba? ¡Dios santo! ¡Menudo estreno iba a tener! Y todo gracias al estúpido de mi hermano mayor. Pero no, esto no se iba a quedar así. Cuando él regresara a la casa, yo iba a conversar seriamente. Tenía que dejarle las cosas bien claras y decirle que, otra vez que me pusiera la mano encima, lo iba a denunciar en la comisaría por violencia familiar. Sí, eso iba a hacer. A ver si con eso iba a ser tan chulito como siempre y tener ganas de pegarme otra vez. Pasaron varias horas desde entonces. Mi padre salió a trabajar a su doble turno en una fábrica de zapatos. Y yo no podía conciliar el sueño debido a que aún le daba vueltas a lo acontecido con Miguel. Como me dio hambre, fui a la cocina de mi casa a comer algún bocadillo. En ese instante llegaba Raúl, mi hermano menor. Y es que, desde que habíamos llegado a este país, él no había perdido la oportunidad en conocer nuevos amigos y muy poco se le veía en casa. Como mi padre hacía doble turno en las fábricas locales, no estaba enterado del horario de salidas de mi hermano. Mi madre, como gran consentidora que era, le permitía andar solo en la calle hasta altas horas de la noche. Sin embargo, yo consideraba que un chico de catorce años no debía tener aún esas libertades. –¡Huy ¡qué horrible cara! ¿Qué te pasó, hermana? —dijo Raúl mientras dejaba sus llaves encima de la pequeña mesa que estaba al lado de la puerta principal del sótano. –¿Éstas son horas de llegar? –No empieces a sermonearme, que no eres mi madre. –Son las once de la noche. –¿Y? –¿Cómo que “y”? —No fastidies ¿quieres? Mira que me preocupo por ti y me respondes así. ¿Me puedes decir qué te pasó en el rostro? –Miguel… –¿Miguel te hizo eso? –Sí. Como siempre, mi hermano era el último en enterarse de todo. Vivía siempre en su mundo. De todos modos, decidí que era hora que estuviera al tanto de los acontecimientos familiares. Así que le conté todo lo ocurrido. —No puedo creerlo… La droga lo ha desquiciado —dijo Raúl. —Pues así es —solté un gran suspiro mientras tomaba un vaso de agua. Era terrible narrar toda la discusión familiar que había acontecido. —Ni modo, él se lo buscó. Papá no está para mantener un vago —dijo Raúl, mientras abría la nevera y sacaba una manzana para comer.— Y a todo esto ¿regresará? —No lo sé. —Por mí que no vuelva. Ya tuve bastante en mi anterior escuela. Me daba vergüenza que supieran que tenía un hermano delincuente. —¡Raúl! ¡No digas eso! —Pues él se lo buscó ¿no? ¿Quién lo manda a meterse esa mierda? Y yo ya tengo nuevos amigos aquí y no quiero que sepan que tengo de hermano a un drogadicto. —Tú siempre tan frívolo… —Frívolo, no. Práctico, hermanita. —Raúl… —Supuestamente hemos venido aquí para mejorar económicas ¿o no? Pero, sobre todo, fue para que él abandonara las malas juntas y la mierda de la droga. Pero, ya ves… No ha dejado las malas costumbres y no es más que un vago. —No hables así de Miguel. Él es tu hermano. —Y un buen hermano para ti. ¿no? —dijo mientras le daba un mordisco a la manzana—¡Mira cómo te dejó el rostro! —manifestó mientras con su dedo índice derecho señalaba mi herida. Yo no dije nada. En el fondo, sabía que Raúl tenía razón. —Pero tú que eres tonta. Yo no me hubiera dejado golpear. No, no. Le hubiera devuelto el guantazo para que viera lo que es bueno —aseveró mi hermano menor, mientras hacía el ademán de lanzar un puñete al aire.— A mí nadie me pone un dedo encima, por muy hermano mío que sea. No le repliqué más. A pesar de que siempre le importó muy poco los asuntos familiares sabía que, en realidad, él tenía razón. Miguel se había rebasado conmigo e intuí que, si hubiéramos estado en igualdad de condiciones físicas, yo le hubiera respondido el golpe. Al día siguiente, mi hermano mayor no daba señales de vida y no había regresado a la casa. Mis padres indagaron entre sus amigos del barrio sobre su paradero. Había rumores de que se había escondido con unos chicos de mal vivir en un distrito de muy mala reputación. A pesar de que papá quiso poner la denuncia por desaparición en la comisaría local, los policías le habían dicho que ésta no procedía. Éstos creían que, lo más probable era que Miguel se hubiera fugado de casa luego de la pelea que hubo. Asimismo, como mi hermano no contaba con trabajo alguno, le dijeron que, si la Policía de Migraciones hacía una redada y lo ubicaba, lo más probable era que fuera deportado. De todos modos, iban a intentar encontrarlo, pero no daban muchas esperanzas. Miguel ya era mayor de edad y, si él quería irse a vivir solo, podría hacerlo. Mi mamá lloraba todos los días. Yo hubiera querido consolarla, pero creo que, en el fondo, me alegré de que mi hermano mayor no estuviera en casa. Estos días en los que no se le había visto a Miguel en casa, me había parecido todo más tranquilo. Quizá pueda sonar egoísta y, más aún, sentí que ese pensamiento me hacía parecerme a mi hermano Raúl, a quien tanto había criticado antes por ser tan despreocupado con la familia. Sin embargo, también lo extrañaba. Realmente tenía sentimientos encontrados respecto a él. Por un lado, estaba enojada por lo que me había hecho. Por otro, deseaba que regresara a casa y que todo fuera como antes. Pero ya no sería así. Sólo ansiaba que Miguel no anduviera en malos pasos e hiciera algo provechoso con su vida. Y que, estuviera donde estuviera, supiera cuidarse y no le ocurriera nada malo. Los días pasaron. Miguel no había vuelto a casa. Por un amigo suyo supimos que se había ido a vivir con una novia, aunque aquél no nos quiso dar su nueva dirección. Con la tranquilidad de saber que mi hermano tenía un techo que lo acogiera, me concentré en mi nueva vida escolar que se acercaba. Ese domingo en la noche, antes de que comenzaran mis clases al día siguiente, me encontraba preparando mis útiles escolares. Y, aunque la compra de éstos había requerido de un gran esfuerzo económico para mis padres, gracias (nuevamente) a mi tío Samuel, pudieron hacerlo. Pareceré una nerd como mi hermano Raúl siempre me llamaba, pero yo estaba muy entusiasmada. Cuando fui el otro día a mi nueva escuela, ésta me había parecido imponente. Tenía ambientes amplios, un anfiteatro, un gimnasio, una biblioteca. Y creo que, si no recordaba mal, ¡hasta me pareció ver una gran piscina a lo lejos! ¡Qué distinto a mi antiguo instituto! En mi nuevo liceo empezaría una nueva vida. Conocería a nuevos amigos, a nuevos profesores, nuevas materias que aprender. Pero creo que, en el fondo de mí, estaba muy animada por conocerlo a él. A aquél lindo chico de ojos café que me había deslumbrado... Sí, creo que, en realidad, contaba las horas para regresar a mi instituto y volver a verlo. El único problema que veía para mí era el gran moretón y la gran magulladura que “adornaban” mi rostro. Probé, por todos los medios posibles, de disimularlo con el maquillaje. Lastimosamente, mis intentos fueron infructuosos. De todos modos, eso no disminuiría la emoción que me embargaba por comenzar mi nuevo curso. Sin poder conciliar el sueño, decidí escribir un diario. Nunca antes lo había hecho. Quizás ahora, plasmando mis vivencias, podría luego leerlas, ver en retrospectiva lo que me pasaba y reflexionar sobre ello. Es así que, cogí un pequeño cuaderno rosa que había comprado para una materia, pero que ahora tendría otro uso. Y, para inaugurar la primera hoja de mi diario, decidí escribir sobre "él". ¿Cómo se llamaría? ¿Cuántos años tendría? ¿En qué curso iría? ¿Qué pensaría al ver la herida en mi mejilla? Y, aunque me dolía la idea de sólo pensarlo, no podía evitar preguntarme... ¿Tendría novia? Pues ya mañana lo sabría…
Bueno, realmente la historia es buena. Creo que dejas un poco de lado la parte cibernetica de la que originalmente trataria la historia, aun que es interesante lo que haces al darnos a conocer la historia de la vida de la chica, supongo que conforme avanze la historia estas situaciones, mejor dicho, estas penurias que vive costantemente formaran su caracter y seran la base para que la historia continue y profundize más. Ahora en la parte tecnica de la historia: Buena en ortografia y uso de signos, buena narracion de la situaciones, dialogos realistas a la situacion y acordes, tal vez lo mejor de todo sea tu narracion convinada con trama en general, muy interesante tu idea al dejar de lado ese cliché de que a la chica le va mal y despues bien, no. A esta chica le va mal, mal, mal y aun asi esta conforme. Algo que vale la pena leer sin duda y espero con ansias el siguiente capitulo de la serie.
Muchas gracias Blade, por tu comentario. Pues sí, si bien la historia va a tener mucho en cuenta la parte "virtual", no todo va a ser ello. Para conocer a Luna, debemos conocer primero a su familia, que es el primer ambiente en el que está. Esto es más para saber cómo es su forma de ser y lo mucho que va a incidir en la parte "virtual". Y sí, creo que he sido (y quizás sea xD) muy mala en ensañarme con los problemas por los que pasa Luna, pero creo que así es la vida real. Muchas personas pasan por muchos problemas a lo largo de su vida. En el caso de ella, no sabremos si mejorará o empeorará xD. Me alegro que te guste. El cuarto capítulo ya está en construcción. En poco más de una semana lo cuelgo. Saludos =)
Novela publicada en los siguientes sitios: Fictionpress: bajo el nombre de Nozomi7 Wattpad: bajo el nombre de Nozomi7 Registro en SafeCreative: 1206031750382 CAPÍTULO 4 Me desperté ese día a las 06:45 am. Estaba muy somnolienta. No sé cuántas horas había logrado dormir anoche. Si no recordaba mal, luego de intentar vanamente desaparecer mi cicatriz con la base de maquillaje, me puse a leer “Love Story”, un libro que mi prima Emma me prestó. La novela me enganchó desde el principio, como buena romántica empedernida que yo soy. Y, aunque me entretuve un buen rato leyéndolo, sería muy tarde cuando decidí entregarme a los brazos de Morpheo. Rápidamente me vestí con una bata y cogí mi toalla. Luego, me dirigí al baño para asearme. Y, ni aún bajo la ducha, dejé de sentir hormigas en el estómago. Los nervios por comenzar mi nueva vida estudiantil no me dejaban en paz. Luego de asearme, comencé a secarme con una toalla azul que había colgado al lado de la ducha. Cuando me tocó lavarme los dientes, no pude evitar observar mi rostro en el pequeño espejo del baño. Las ojeras que observé, evidenciaban que las horas dormidas no debieron de ser muchas. —¡Demonios! —solté al contemplar mi “dulce” rostro mañanero. Mi cara no era de las mejores. Solté un suspiro de resignación. ¿Así trataría de impresionar al joven que conocí el otro día? Si en aquella ocasión no había demostrado mayor interés en mí, ¿qué sería ahora? ¿viéndome con una cara de una trasnochadora, víctima de abuso familiar? Recordé que, aquella ocasión, él había estado llevando muchos papeles consigo. ¿De qué tratarían? ¿Sería el ayudante de algún profesor? ¿O el presidente de algún club estudiantil? Asimismo, si no les mencioné antes, a pesar de que él vestía ropa muy holgada aquella vez, bajo ella evidenciaba tener un cuerpo muy atlético. Esto era un signo de que practicaba algún deporte. ¿Cuál sería su deporte favorito? ¿Vóley? ¿Fútbol? ¿Atletismo? Y de ser así, ¿formaría parte de la selección deportiva del instituto? En mi anterior escuela, yo me había destacado en atletismo, obteniendo algunas medallas en las competiciones interescolares. Así que, si él formaba parte de la selección de ese deporte del instituto —cosa que ansiaba más que nunca—, yo no dudaría ni un segundo en postularme. Eso sería un buen pretexto para conocerlo, quizás hacerme amiga de él y, quién sabe, luego salir juntos y… —Luna, ¿quieres apurarte? —oí decir a Raúl, mientras tocaba insistentemente la puerta.— Yo ya me voy. No te puedo esperar más. El autobús de la escuela me va a dejar… ¡Diablos! ¿Cuánto tiempo había pasado? Yo con mis divagues y sueños, no me había dado cuenta de que el autobús escolar pasaba a las 07:30 am. Y, aunque el paradero del bus sólo estaba a dos cuadras de mi casa, aún me faltaba cambiarme y tomar desayuno. Rápidamente, abrí la puerta del baño para alcanzar a mi hermano. —Raúl, por favor, espérame. Me cambio rápido y nos vamos. —¿Cuánto tiempo te vas a demorar? Son las 07:20 horas —señaló mi hermano, mientras hacía una señal indicando su reloj en su mano izquierda.— Lo siento, pero no voy a llegar tarde por tu culpa, hermana. Adiós —dijo, mientras cerraba rápidamente la puerta de la calle. —¡Raúl! ¡Hey! ¡Por favor, no te vayas! —grité en vano mientras trataba de alcanzarlo. Mi hermano ya se había ido sin mí. —Luna ¿aún estás en bata? —oír decir a mamá detrás de mí. —Ah, hola mamá —le dije, mientras me dirigí rápidamente a mi cuarto para cambiarme. —¿No vas a ir a la escuela? —escuché a mi madre hablarme a través de la puerta de mi habitación. —Claro que voy a ir, mamá —le respondí, mientras me subía el cierre de mi pantalón jean favorito.— ¡Ayyy! —solté un chillido. El ponerme apuradamente el sostén había ocasionado que me hiciera daño en la piel de mi espalda. —¿Te pasa algo? —dijo mi madre, para luego abrir la puerta de mi habitación. —¡Mamá! ¿Cuántas veces te he dicho que no abras la puerta de mi dormitorio sin que te autorice? —No habías puesto cerrojo y como te escuché quejarte, pues entré. —Me hice un rasguño en la espalda. Nada grave —acoté, mientras me abotonaba mi blusa floreada de mangas largas, estilo hippie. Si todo marchaba bien, había escogido mi mejor atuendo para mi primer día de clases. Raudamente, busqué mis mejores sandalias que tenía pensado ponerme ese día. En el espacio asignado para el calzado en mi ropero no había nada. Me agaché para buscar debajo de mi cama, pero tampoco estaban. ¡Habían desaparecido! ¿Pero si yo juraba haberlas visto el día anterior? —Mamá, ¿sabes dónde están mis sandalias rosas? —¿Rosas? ¿Esas de hebilla? —preguntó mi madre dubitativamente. —Sí, mamá. Esas. ¿Dónde están? —Pues… —¿Pues? —Las boté —dijo mi madre sin mirarme a la cara. —¿Las botaste? —pregunté nerviosamente.— ¿Por qué? —Pues ayer en la tarde, Princesa, la perrita de tu tía Lupe, bajó al sótano. Tú habías dejado la puerta de tu cuarto abierta. Ella entró. Y, pues… Cuando me di cuenta, ella tenía a una de tus sandalias mordisqueándolas —contó mamá, agarrándose las manos. —¡Maldita perra! —grité con rabia, mientras imaginaba a Princesa dándose un festín con una de mis sandalias favoritas. Desde que habíamos llegado a instalarnos aquí, Princesa —una gran perra de raza labrador, color crema— parecía tener una obsesión conmigo. Me seguía a varios lados de la casa, cuando salía a caminar por el barrio, etc. Y, quizás para muchos sea tonto decir, pero yo le tenía un gran pavor a los perros. De pequeña fui atacada por un can de raza pitbull, así que, desde entonces, procuraba evitarlos. Pero con Princesa parecía que el efecto iba en contrario. Mientras más la rechazaba, más se me acercaba. Pero ese no era el mayor de mis problemas con ella. Si no porque, aparte de obsesionarse conmigo, la muy tonta se había obsesionado con mis ropas. Desde que vinimos a vivir a la casa de mi tío, la labradora me había malogrado dos calzones, un sostén y un par de medias. Pero ahora, había llegado muy lejos. ¡Mis sandalias favoritas! ¡Dios mío, Princesa! Resignada a mi suerte, me calcé con un par de sandalias negras que tenía cerca de mi cama. Me hice un nudo en el pelo con un cintillo. Cogí mis lentes negros y me puse mi mochila negra a la espalda. —Se me hace tarde —dije, mientras le di un gran beso en la frente a mi madre.— ¡Nos vemos, mamá! —¡Que te vaya bien! —señaló Margarita Durán, mientras me tocaba la mejilla, dándome ánimos con una gran sonrisa. Salí con prisa para dirigirme al paradero del bus escolar. No creía que me hubiera demorado mucho alistándome. Cuando llegué al paradero, no estaba Raúl. Supuse que se habría ido en el bus de las 07:30 horas, como bien había dicho antes. De este modo, decidí sentarme para esperar tranquilamente mi transporte. El tiempo corría y ya me estaba poniendo nerviosa. Lo extraño era que yo era la única que se encontraba ahí esperando. Al costado mío pasaban otras personas, pero ningún adolescente con pinta de ser un estudiante del Instituto “Nuevo Mundo”. Viendo que estaba esperando vanamente al bus de las 07:45 horas, que seguramente ya se había ido, decidí caminar. Llegaría tarde de todos modos, pero me demoraría más si me quedaba ahí sentada sin actuar. Con ganas de comprarme un reloj para no tener estos apuros en mis horarios estudiantiles, tomé un atajo. Me estaba quedando sin aire por correr desesperadamente. Cuando me detuve para tomar un respiro, escuché a mi costado que una bocina de un auto me llamaba. —Hola, ¿quieres un aventón? Me giré para ver quién me reclamaba. Era un joven de mi edad, manejando un viejo escarabajo rojo. Al mirarlo bien, pude apreciar que tenía el pelo castaño y unos hermosos ojos verdes, detrás de unas gafas negras. Tenía toda la pinta de intelectual, pero no por eso dejaba de ser atractivo a primera vista. Su rostro, por alguna razón que no recordaba, me era conocido. —Eh, hola —dije contestándole. —¿Eres estudiante del Instituto “Nuevo Mundo”? ¿Verdad? —preguntó, mientras miraba mi mochila con la insignia de la escuela. —Sí —respondí sin tartamudear. ¿De dónde había yo sacado esa seguridad para responder a un chico que recién conocía? —Yo también voy para allá, si quieres te llevo —me dijo, mientras inclinaba la cabeza, como animándome a que aceptara su invitación. Estaba dubitativa en aceptar su propuesta. Si algo siempre me había inculcado mamá, es que nunca me subiera al auto de un extraño. Eso y el haber visto hace años una película, en la que un loco psicópata había secuestrado y asesinado a una jovencita a quien le había dado un aventón, hacían que temiera un poco de él. Sin embargo, estaba urgida de llegar a mi escuela. Y él también iba a ella. Además, tenía toda la pinta de ser un buen tipo. ¿Eso era? ¿O porque sus lindos ojos verdes —como creería después—me dominaron desde el principio para sentir confianza en él? Siendo una u otra la respuesta a mis preguntas, rápidamente mis pensamientos iniciales de desconfianza se alejaron. Así que me subí a su coche sin chistar. —¿Y cómo te llamas? —me preguntó mientras encendía la radio de su auto. —Luna Larrosa. —¿Luna? Qué nombre más chulo y poco común —dijo, mientras sonreía divertidamente. No era la primera vez que alguien me decía eso, pero en este país, sí lo era. —Sí, lo sé. Mi papá es un astrónomo frustrado a quien le hubiera gustado ser un astronauta de la NASA y todo eso. —Jajaja —rió. Unos bonitos hoyos se le formaron en las mejillas. —Y eso no es todo. Tengo una hermana que se llama Sol y otra que se llama Estrella. —¡Dios mío! Pues sí que le gusta a tu padre la astronomía —señaló y me volvió a sonreir. La sensación de volver a sentir hormigas en el estómago se apoderó de mí por segunda vez en menos de una semana. —Y a todo esto, ¿cómo te llamas? —pregunté atrevidamente. —Abelardo Soler, pero todos me llaman Abel. —Prefiero Abel. Abelardo es un nombre muy largo, jejeje. —¿Largo? Parece un nombre de anciano —dijo, mientras me miraba con el ceño fruncido, como si se hubiera sentido ofendido. —Oh, disculpas. No quise decir eso. —Bah, no te preocupes. Cosas de mi "viejo". Quiso seguir la tradición de ponerle al primer hijo varón su nombre. En mi familia todos somos Abelardo. Así que, a diferencia de tu padre tan original, yo no tuve alternativa con el mío. —Jajaja —solté una carcajada. Por alguna inexplicable razón, me sentía muy a gusto con este chico que recién conocía. Y aquí estaba, riendo de lo más bien con él. ¿Ésta era yo? ¿Luna, la desconfiada y tímida chica que había sido antes? —Y bueno… No me has dicho a qué curso vas. —Oh, sí —salí de mis pensamientos.— Voy al primer curso de Bachillerato. —¿Bromeas? Yo también voy allá. —Qué buena coincidencia, entonces —señalé alegremente. Ya no iba a sentirme tan sola en mi nuevo instituto. —Yo soy alumno nuevo en el curso. Me mudé a esta ciudad poco antes de que empiece el verano. Tú tampoco eres de aquí. ¿No? Lo reconozco por tu acento. —No, yo soy de otro país. Me mudé hace poco más de una semana. —Oh, vaya. Así que estás aquí recién llegada. —Sí —respondí. No sabía por qué, el que descubriera que yo era una advenediza, me hizo volver a mi timidez inicial. —¿Te gustan “The Cardigans”? Por equivocación me traje el USB de mi hermana y tiene pura música ñoña grabada en él —dijo, mientras ponía un USB rosa con una pegatina de Hello Kitty en su equipo de música. No pude contener la risa. —No te preocupes. “My favourite game” es una de las canciones que me gustan. —Pues entonces, te pondré esa canción, señorita —mencionó. —Gracias, caballero —dije, mientras la susodicha canción sonaba en el coche. Poco rato después llegamos a la escuela. Nos bajamos de su auto y nos encaminamos a nuestro salón de clase. Por otra gran coincidencia, teníamos la primera materia juntos: Historia Nacional. ¡Ya tenía a quién preguntar respecto a los mil quinientos siglos de historia de este país, de los que tenía poca idea! Mientras caminaba por el instituto, busqué con la mirada al chico de los hermosos ojos café que había conocido el otro día. Podría sonar raro, ya que me encontraba en grata compañía masculina, gracias a Abel. Pero, aún en su presencia, no pude evitar preguntarme en dónde se encontraría “él”. Desgraciadamente, a medida que nos acercábamos a los pabellones, no lo pude divisar. De todos modos, me mantuve alerta de mirar a cualquier estudiante por si me encontraba con ese misterioso chico, nuevamente. Cuando caminábamos con Abel por los pasillos, me fijé en que varios de los alumnos miraban mi rostro. ¡Dios mío! ¡Se habían percatando de mi magulladura! Tan a gusto me había sentido con Abel, y tan discreto había sido él al no preguntarme por mi evidente herida, que me había olvidado por completo de ello. La clase de Historia Nacional se dictaba en el aula 102. Cuando entramos Abel y yo para dirigirnos a nuestros pupitres, una risa burlona escuché a mis espaldas. —¡Dios mío! No sabía que tendríamos refugiados de guerra en la clase. ¡Cómo ha disminuido la calidad del alumnado de esta escuela! —Pues sí. Estas nuevas alumnas inmigrantes. Parece que las hubieran violentado. —Tienes razón, jajaja. Sentí mucha rabia dentro de mí. Rápidamente, volteé para ver quiénes se estaban mofando de mí. Y ahí fue cuando las vi por primera vez. Tres chicas, una rubia, una pelirroja y una morena, estaban cómodamente sentadas en el escritorio asignado al profesor. Parecían vestidas por igual, pues tenían unas blusas ceñidas y escotadas. A su vez, las tres vestían unas minifaldas muy similares, las cuales poco o nada dejaban para la imaginación. Haciendo uso de un gran valor, las encaré. No iba a permitir que en mi primer día de clases, tres niñas, por muy presumidas que parecieran, se burlaran de mí. —Disculpas, ¿se referían a mí? —¿Ah? —dijo la pelirroja, sin voltear, no dándose por aludida. —¿Escuchas a alguien hablar? —preguntó la morena. —Oh, sí. Creo que escuché algo, pero no muy nítido. Ya sabes, estos inmigrantes. Tienen un acento y no se les entiende nada de lo que hablan —dijo la rubia, mirándome fijamente, mientras soltaba una sonrisa maliciosa. —Pareciera que tuvieran papa en la boca cuando se expresan —dijo la pelirroja. —Jajaja —rió la morena. —¡Basta de insultos! —exploté. No iba a permitir que nadie me ofendiera. —¿Tienes algún problema con nosotras, recién llegada? —señaló la rubia, al momento que dejó el escritorio para dirigirse hacia donde yo estaba. Era más alta que yo, pero no por eso me iba a sentir intimidada. —No voy a permitir que se refieran así de mí. ¿Les quedó claro? —¿Y qué vas a hacer si no lo hacemos? —expresó la rubia, mientras se me acercaba más.. Si había que pelear con ellas para hacerme respetar, lo haría. —¡Luna! ¡No les hagas caso! —escuché decir a Abel, mientras me halaba del brazo izquierdo. —¡Buenos días, alumnos y alumnas! —una voz grave masculina habló fuertemente.— Ya comenzaron las clases. Vayan a sus asientos ahora mismo. El hombre que habló tenía toda la pinta de ser el Tutor o Profesor de Historia. De este modo, haciendo caso de su requerimiento, ignoré al trío de brujas y me dirigí con Abel a unos pupitres que se encontraban desocupados, al fondo del aula. —Bien. Quizás algunos ya me conocen de cursos anteriores y quizás otros no. Para todos, me presento. Soy Luis Martínez, Profesor de Historia Nacional y su tutor de curso. El maestro nos dio varias indicaciones del instituto y su horario de oficina para buscarlo ante cualquier duda que tengamos. Y, según pude apreciar, aquí era distinto a mi escuela anterior. En mi país llevabas todas las materias, según la sección del curso que te hubieran asignado. Es decir, tenías que ver las caras a los mismos compañeros de clases en todas las asignaturas que te tocaban. Sin embargo, en el Instituto “Nuevo Mundo” las cosas eran distintas. Obviando que, todos los alumnos que llevábamos la primera materia del lunes de la semana estábamos asignados con la letra “B” del Primer Curso de Bachillerato y teníamos al mismo tutor, no compartiríamos el resto de las disciplinas, necesariamente. Y para mí fue un alivio escuchar eso. No soportaría ver al trío de brujas en todas mis horas de clases. —Bueno, estudiantes. Voy a comenzar por tomar la lista de asistencia. Por favor, levanten la mano y digan "Presente" como señal de comparecencia cuando escuchen su nombre —dijo el Profesor Martínez. Uno a uno, los estudiantes respondieron al llamado del maestro. Pude apreciar que, la bruja rubia que me había molestado minutos antes, se llamaba Sandra Alcaraz. —Cristofer…. Ehhh ¿Cristofer Rifer Gómez Muñoz? —señaló el profesor. —Presente, maestro —dijo un pequeño chico delgado rubio, que se sentaba a dos pupitres a mi lado.— Pero no se escribe ni se pronuncia Cristofer Rifer, sino Cristopher Reeve. —¿Cristopher Reeve? —preguntó el docente como si eso le hubiera causado gracia.— ¿Cómo el famoso actor que hizo de Súperman? —Sí, como el actor —respondió dubitativamente el chico. Varios rumores se escucharon en el aula. ¡Cristopher Reeve! ¡Tenía como compañero de clases al homónimo de Clark Kent! —¿Es Reeve su primer apellido? —interrogó el maestro al muchacho. —No, profesor. Reeve es mi segundo nombre y Gómez es mi primer apellido. Muchas risas se escucharon en la clase. ¿Cristopher Reeve? ¿Ése era un nombre o un apodo? ¿A qué padre se le ocurriría llamar así a su hijo? —Bueno, Cristopher Reeve, digo, alumno Gómez. Ha habido un error en la redacción de sus nombres y apellidos. Hay que subsanarlo inmediatamente y rehacer la nómina de matrícula de alumnos, para que no haya problemas futuros en sus calificaciones. —De acuerdo, maestro. ¿Qué debo de hacer? —¿Tiene su DNI y su horario de clases consigo? —Sí, profesor. Los tengo en mi mochila. —Pues cuando termine de llamar la lista, se acercará a la Secretaría Académica con esos documentos y les informará del error en sus nombres para que los arreglen. —De acuerdo —dijo el muchacho. Parecía sentirse avergonzado. Y no era para menos. Yo en su lugar me sentiría igual. Continuando con la lista de alumnos, me tocó mi turno. Y, como me temía, mi cruz personal de equivocación en la escritura de mi apellido paterno me siguió hasta este país. —¡Luna La Rosa Durán! —¡Presente, profesor! —señalé, mientras levantaba la mano derecha.— Pero no es La Rosa, es Larrosa. —¿Todo junto? —Sí, profesor. Todo junto. Sin separación alguna. —Uhm, entonces es Larrosa. Pensé que era un apellido compuesto, como el del escritor. —No, profesor. Es un solo apellido, Larrosa. —Vaya. Entonces tenemos otro caso de corrección, alumna Larrosa. Como el caso del alumno Gómez, después de tomar la lista de asistencia, tendrá que ir con su DNI y su horario de clases a la Secretaría Académica para subsanar este error. —De acuerdo, maestro —señalé.— ¡Un momento! ¿Dijo que tengo que llevar mi DNI? —Efectivamente, dije DNI. ¿Por qué lo pregunta? —Es que yo... no tengo DNI —dije en voz baja. Me sentí ruborizada. Como tenía pocos días de llegar aquí, el documento con el me identificada era mi pasaporte. —¿No tiene DNI? —No se da cuenta de que es una inmigrante, profesor —mencionó en forma burlona y en voz alta, Sandra “la bruja mayor”. —Es verdad —señaló el tutor.— Debí de haberme dado cuenta por su acento. Disculpe, alumna Larrosa. Pero, uhm.... ¿Cómo haremos para solucionar el error en su apellido? Todos los alumnos de la clase voltearon a verme. No quería que me miraran como bicho raro por venir de otro país, tener un apellido poco común y no tener DNI. Y, si me observaban más, se percatarían de mi herida en mi mejilla. Quería que la tierra me tragara en ese instante. —¿Tiene usted algún otro documento donde certifique cómo se escribe su apellido? —preguntó el educador. —Tengo mi pasaporte conmigo —hablé despacio. Tuve que hacer un esfuerzo por no tartamudear. Sentí que todos clavaban los ojos sobre mí como señal de desaprobación. —Pues, asunto arreglado. Vaya con él a la Secretaría Académica y con su horario de clases. Hágales saber lo que le informé, por favor. —Ok, maestro. El profesor terminó su conversación conmigo y continuó tomando la lista de asistencia. Todas las miradas se voltearon de mí. Me sentí aliviada por ello. Pero, un momento… ¿dije todas las miradas? Desgraciadamente, no fue así. Cuando me di cuenta, pude ver que “la bruja mayor” me clavaba la mirada. Ella cuchicheaba con sus otras dos amigas, mientras las tres se reían y me observaban fijamente. ¿Qué cosas estarían hablando de mí? Cuando el maestro terminó de tomar la lista, nos indicó a Cristopher Gómez y a mí que podíamos dirigirnos a la Secretaría Académica para el asunto de la corrección de nuestros nombres. —¡Suerte! —me dijo Abel, dándome una linda sonrisa de ánimo. — Gracias —mencioné. ¡Qué dulce era este chico! Caminando por el pasillo con mi compañero de clases, no pude resistirme de preguntarle el porqué de su peculiar nombre. —Disculpa que sea impertinente, pero ¿por qué te llamas Cristopher Reeve? —La culpa la tiene mi madre —habló en tono molesto.— Cuando era adolescente se enamoró platónicamente del actor que hacía de “Súperman” en las películas. Y cuando yo nací… —¿No tuvo mejor idea que bautizarte como él? —deduje rápidamente. Intenté no sonar socanoramente al hacerle la pregunta. —Así es —señaló, mientras soltaba una mueca.— ¿Eres cinéfila? A mí me gustan las películas de los héroes de cómics, como “Batman”, “Hulk”, Ironman”, etc. —Sí, me fascinan todas esas películas y sus cómics. ¿Viste "Los Vengadores"? —¿Que si la vi? Fui dos veces al cine. ¡Alucinante! ¿No? — Eh, sí —mentí. En realidad, me moría por ver esa película. Sin embargo, por muy inverosímil que sonara, no había logrado juntar el dinero para comprar las entradas al cine. Así que me había quedado con unas ganas locas de verla. De este modo, y para salir bien librada, inventé cualquier tontería para no quedar como una tonta, pero el resultado fue distinto al que esperaba. —¡Wow! ¡Sabes mucho de cómics y películas! Eres una "friki". —Podría decirse que sí —sonreí. Me resultaba rara esa palabra para referirse a los aficionados a los cómics. Pero ya sabía su significado. Mi prima Emma me había llamado "friki" cuando le conté mi devoción por los héroes de Marvel y DC Cómics. — ¿Y no te gusta “Súperman”? —le interrogué. No pude resistirme en hacerle esa pregunta a Cristopher Reeve. Más pudo mi curiosidad, que el hecho que me dijera inicialmente que no fuera tan indiscreta con él. —En absoluto. Lo odio. Por culpa del actor que lo interpreta, tengo que pasar por momentos tan humillantes como el de hace poco. —Es un nombre poco común —bromeé.— Tu madre fue muy original. —¿Original? Ridícula, diría yo —dijo el pobre chico. Parecía muy molesto por ello. Hice un gran esfuerzo por no soltar una carcajada. Total, él y yo, por uno u otro motivo, estábamos en la misma situación. Llegando a la oficina de la Secretaría Académica, decidí tocar la puerta. Una señorita de unos veinticinco años aproximadamente, con el pelo amarrado, nos atendió. —Buenos días, ¿qué se les ofrece, alumnos? Le informamos el motivo de nuestra visita. Por un instante, nos miró a los dos de reojo, como si tuviera un poco de desconfianza. ¡Dios santo! ¡Cómo si tuviéramos muchas ganas de estar ahí! —Ok, pasen y tomen asiento, por favor. En un momento los atiendo. Mi compañero y yo nos sentamos en un sofá marrón, mientras la señorita atendía unas llamadas. Conversando con Cristopher, supe que era inmigrante como yo. Pero que, a diferencia mía, él tenía varios años viviendo en este país. De este modo, su acento no era tan distinto a la gente de aquí. En ese instante, alguien tocó a la puerta. La señorita se paró de su escritorio, dejó el auricular del teléfono a un costado y salió a atender al llamado. —Buenos días, ¿qué se le ofrece alumno? —preguntó, mientras abría la puerta. —Buenos días. Ha habido un error en la escritura de mi apellido y mi tutora me ha dicho que debo venir aquí para que lo enmienden. ¿Esa voz? ¡Yo había escuchado antes esa voz! ¿Será posible que…? —De acuerdo, pase por favor y espéreme —dijo la mujer, al momento que hacía pasar a la persona que tocó la puerta. Y efectivamente, reconocí al dueño de esa voz. Cuando lo vi entrar, mi corazón dio un vuelco. ¡Era el chico con el que me tropecé el otro día en los pasillos de la escuela!
Novela publicada en los siguientes sitios:Fictionpress: bajo el nombre de Nozomi7Wattpad: bajo el nombre de Nozomi7Registro en SafeCreative: 1206101789038 CAPÍTULO 5 —¡Es él! ¡Es él! —me dije a mí misma. Si no fuera porque estaba bien de salud, juraría que mi corazón se salía de su sitio de tanto latir de emoción. —¡Gracias, Srta. Bringas! —dijo “él”, al momento de cerrar la puerta. Poco a poco, como si fuera una cámara que grababa lentamente sus pasos, lo vi tomar asiento en un sofá al frente de mí. Vestía una camiseta blanca, dentro de una sudadera ploma con capucha que hacía perfectamente juego con un par de pantalones vaqueros azules. Tenía buen gusto para vestir. Cuando “él” se acomodó en su sitio, me dirigió la mirada. Como una tonta a la que le embargaba la timidez, no pude ser capaz de observarlo fijamente y le desvié la mirada. ¿Parecería una sobrada por ello? Rápidamente, traté de concentrar mi objetivo visual en las sandalias negras que me había puesto ese día. Las manos me sudaban y creo que temblaba todo mi cuerpo. Era un manojo de nervios. —Y como te contaba, Luna. La próxima semana va a haber un Salón de Manga en la ciudad —oí decir a Cristopher en su tertulia de "frikismo”. El pobre chico no se daba por enterado de que estaba siendo totalmente ignorado por mí. —¡Hola! —le oí decir a “él” —¡Qué tal, colega! —señaló Cristopher.— ¿Se equivocaron con tus nombres y apellidos? —Sí —dijo “él”. —Con nosotros dos también —dijo mi acompañante.— Ella tiene problema con su apellido y yo con mis dos nombres. —Vaya, por lo menos no estoy solo en esto —mencionó “él” de modo jocoso.— Creo que podríamos fundar un sindicato. —Jajaja. No sería mala idea —bromeó Cristopher.— Yo soy Cris Gómez, mucho gusto. ¿”Cris”? ¿Desde cuándo se llamaba solamente “Cris”? —¡Qué hay, Cris! Yo soy Joaquín Martell —le escuché decir, mientras le estrechaba la mano a Cristopher a modo de saludo. ¿Joaquín Martell? Bonito nombre. —Yo te conozco —dijo “Cris”.— Tú eras el capitán del equipo de atletismo del “Santa María”. Te reconozco por las competiciones de cursos pasados. —Sí, yo antes estudiaba allá. Pero pedí mi traslado para este curso —señaló Joaquín. Cada vez que lo escuchaba hablar, era como si oyera ángeles cantar. —Yo antes asistía al “Altair” y estaba en la selección de atletismo —mencionó Cris con orgullo. Sin embargo, luego su voz se tornó más grave para hacer una aclaración.— Aunque… nunca tuve oportunidad de competir. Siempre fui suplente… —se lamentó mientras bajaba la mirada. Parecía sentirse avergonzado de admitir su suplencia. —Los del “Altair” siempre se han caracterizado por tener un buen nivel deportivo. Otorgan becas a los deportistas y todo eso. Puedes sentirte orgulloso de sólo haber pertenecido en su equipo, aunque nunca hayas competido —agregó Joaquín. ¿Joaquín trataba de reconfortar a Cris, aunque recién lo acabara de conocer? Eso hablaba muy bien de él. ¡Ahora lo apreciaba mucho mejor que antes! Ahhhh…. —Seee, el nivel deportivo del “Altair” es muy alto —señaló Cristopher ya algo más relajado.— Por eso era suplente. Pero confío en que aquí estaré de titular. El nivel del “Nuevo Mundo” no es tan competitivo, pero contigo y conmigo en el equipo, otra será la realidad. ¿No era tan competitivo? Se notaba que Cristopher no sabía de mis antecedentes deportivos. —Y a todo esto… ¿Cómo se llama tu amiga? —preguntó Joaquín. ¡Ay no! ¡Ahora me tocaba hablar! ¿Pero cómo iba a hacerlo? Si yo no era capaz de despegar mi mirada de mis zapatos y verlo directamente al rostro. Aunque me muriera de ganas de hacerlo y perderme en sus lindos ojos… —Ah, ella. Es Luna Larrosa. Cristopher, ¡te voy a matar! ¿Para qué abres tu gran boca? Si yo puedo decir mi nombre por mí misma. Pero, me asaltaba la duda. ¿En verdad podría hacerlo? Instantes después, los dos seguían charlando. No era capaz de unirme a su tertulia. Las hormigas en el estómago y el shock de ver nuevamente a Joaquín habían provocado un grado de estupidez temporal en mí. Mis manos sólo atinaban a hojear una revista de “Vanidades” que había sobre la mesa y fingí que estaba leyendo. Mis oídos escuchaban que ellos hablaban sobre la proximidad de los Juegos Olímpicos de Londres, sobre la posibilidad que tenía Usain Bolt de volver a salir campeón en los 100 metros planos... —Estudiante Gómez —dijo la secretaria, interrumpiendo mis pensamientos.— Pase por favor a la oficina del Coordinador Académico. Lleve consigo su DNI y su horario de clases. —En seguida voy —dijo “Clark Kent”, para luego encaminarse a una pequeña puerta marrón que estaba al lado del escritorio de la Srta. Bringas. Esperen un momento… ¿Cris se iba a ir? ¿Eso significaba que me iba a quedar sola con Joaquín? No, Dios. Ahora no. Aún no era yo capaz de articular palabra alguna. ¿Qué pasaría cuando me quedara frente a frente con él? —Suerte, compañero –oí decir a Joaquín. —Gracias, adiós.— dijo Cristopher, haciendo una señal de despedida con la mano derecha.— Adiós, Luna. Nos vemos en clases. —Chao, nos vemos luego —le devolví la despedida. Cristopher se encaminó a la oficina del Sr. Carlos Espinoza, Coordinador Académico del Instituto “Nuevo Mundo” y tocó la puerta. Después de un instante, el funcionario lo atendió y mi compañero entró en su despacho. Los segundos que pasaron luego se me hicieron eternos. Tanto había ansiado volver a ver a Joaquín y ahora, que lo tenía a mi lado, no era capaz de actuar. ¿Qué diantres me estaba ocurriendo? Traté de concentrarme en la revista que tenía frente a mí. Había un artículo que hablaba de la Princesa Leticia. Otro, daba consejos para evitar que el cutis brillara demasiado. Esto me interesaba. Por ser adolescente, sufría de acné y de piel grasosa. Podría aplicar estos consejos, a ver si tenían efectos en mí. ¡Por Dios! ¿A quién trataba engañar? Por más que trataba de concentrarme en esta revista, mis pensamientos estaban llenos de Joaquín. Por una milésima de segundos, tuve la extraña sensación de que él me estaba observando fijamente. ¡El pánico se apoderó de mí! ¿Se fijaba en mi pómulo hinchado? ¿Qué debía yo de hacer? ¿Devolverle la mirada? ¿Sonreírle? ¿Hablarle? ¿Coquetearle? —Así que tú eres Luna —le escuché decir. Me paralicé ante su voz. ¡Por Dios! ¡Joaquín me estaba hablando! ¿Qué le iba a decir? —¡Vamos, estúpida! ¡Síguele la conversación! ¡Es tu oportunidad! —pensaba. Está bien. Debía reflexionar bien qué le iba a decir. —Tranquila, Luna. Has hablado con decenas de chicos antes. Esto no tiene por qué ser diferente —me decía a mí misma en silencio, tratando de darme ánimos. —¡Hola! ¿Acaso tú no te llamas Luna? —dijo Joaquín. ¡Dios mío! Debía responderle cuanto antes. Iba a quedar como una petulante si no le hablaba. Como señal de nerviosismo, daba vueltas a las páginas de la revista “Vanidades”, mientras trataba de que mis cuerdas vocales hicieran caso a lo que mi cerebro les ordenaba. Con el corazón imaginariamente salido del corazón, sentí que ya estaba desfalleciendo. Pero, no. No iba a sentirme derrotada. Debía aprovechar la oportunidad que me daba la vida de tenerlo delante de mí. Así que, respiré profundamente. En mi mente, conté hasta diez para tranquilizarme. Luego de pasados diez segundos, los cuales se me hicieron eternos, estaba más calmada. Así que, armándome de un gran valor, le respondí. —Ehhhh, hola. Sí, me llamo, Luna. Perdona que no te contestara antes. Estaba distraída leyendo. —Ya veo. Ese artículo de la revista se ve muy interesante —dijo él soltando una hermosa sonrisa pícara y haciendo énfasis en la palabra “interesante”. ¿Por qué lo haría? Tratando de descubrir el porqué de su sonrisa, dirigí mi atención a la revista. Abierta de par en par, como encabezado de un artículo central en dos páginas, en letras negras se podía leer “AFINA TU INSTINTO SEXUAL”. Asimismo, había una gran foto de una pareja de jóvenes semidesnuda, prodigándose caricias y besos sobre una cama. ¿En dónde diablos se me había ocurrido parar de hojear a “Vanidades”? ¿Qué pensaría él de mí por interesarme en ese artículo? ¿Qué era una chica ávida de consejos sobre sexualidad? Pero si nunca antes había tenido novio y, lo peor de todo, es que era virgen. ¡Mierda! Rápidamente, cerré la revista y la coloqué sobre la mesa de madera, de donde nunca debí de haberla cogido. Me visualicé como una tonta en ese momento. —No es nada, sólo estaba leyendo cosas para pasar el rato hasta que me llamaran. Estoy aburrida de estar esperando. —Yo también. Es un latazo que, por un error de anotación, tengamos que estar aquí. Deberían de corregirlo por ellos mismos. ¿No lo crees? —Sí, eso pienso. —¿Y no te acuerdas de mí? ¿Qué si no me acordaba de él? Vivía soñando con él desde el día que lo conocí. —¿Cómo dices? —dije haciéndome la sorprendida. —El otro día nos tropezamos en los pasillos de la escuela. Fuiste la causante de hacer que los documentos que me encargó la Profesora Meireles salieran volando. —Oh sí, aquella ocasión. Lo siento —dije muy compungida. En realidad, sentí mucho que le hubiera ocasionado algún inconveniente con alguna tarea que le hubiera encargado algún docente. Pero, si no fuera por ello, quizás nunca lo hubiera conocido. Así que, mi pesar sobre ese incidente, ocultaba una mentira blanca. —Nah, no te preocupes. Me ayudaste en esa ocasión, aunque al principio te quisiste escapar. ¿Te acuerdas? —Sí —agregué. Por alguna razón, luego ya no tuve nada más que decir. Después de eso, él también permaneció en silencio por un buen rato. Parecía que, al ser tan lacónica con él, no daba pie a seguir la conversación. Y, las ganas iniciales que él había demostrado en hablarme, habían sido opacadas por mi timidez y falso interés en él. ¡Debía de hacer algo para remediarlo! —¿Y tú te llamas Joaquín? —Así es. —¿Y a qué curso vas? —Primero de Bachillerato. —Yo también voy allí. —Lo sé —dijo él, mientras apoyaba su brazo izquierdo en el apoyo del sillón. —¿Cómo? —Cris, tu compañero me lo contó. ¿Se lo contó? ¿En qué momento? Había estado tan paralizada antes, tan concentrada en cómo controlar mis nervios, que había padecido de amnesia temporal, la cual me hacía imposible recordar con detalles la conversación que tuvo Joaquín con Cristopher. Definitivamente, lo mío era grave. —Oh sí, lo olvidé —dije para salir del paso. —Sabes, quería preguntarte algo. —¿Sí? —Escuché que tú y tu compañero hablaban sobre el Salón del Manga que va a haber en la ciudad. —Ah, sí. Según me contó Cristopher, es un evento donde los fanáticos de los mangas se reúnen para compartir su afición, hay stands donde venden merchandising de todo tipo, algunos se disfrazan y cosas así. —Sí, ya lo sé Ya he ido antes a otros salones del cómic y del manga. —Yo no he ido nunca a alguno. Donde yo vivía no había eventos así. —Tú no eres de aquí, ¿no? —¿Tanto se me nota? —Pues sí. Físicamente y al hablar también. —¿Físicamente? —pregunté. ¿Eso era bueno o malo para él? —Claro, eres distinta a la gente de aquí. ¿No te has dado cuenta? Enmudecí. ¿Le parecería fea por ser físicamente diferente al común de las chicas de este país? Desilusionada por pensar en esto, sólo atiné a asentir con la cabeza. Por algún motivo, no tenía ganas de responderme a esta pregunta, así que cambié de tema rápidamente. —Me dijiste que me ibas a preguntar acerca de lo que Cristopher y yo conversábamos... —Pues sí —mencionó él, mientras miraba un hermoso reloj digital que tenía puesto en su mano izquierda. ¿Le estaba aburriendo conversar conmigo, por eso se fijaba en la hora?— Quería preguntarte algo sobre el Salón del Manga. Pero, si nunca has ido a alguno, no podrás ayudarme en mucho. ¿Qué no podría? Haría hasta lo imposible en ayudarlo en cualquier cosa que me pidiera. —Vamos, por qué no intentas en consultarme. Quizás yo tenga la respuesta a tu pregunta. —No te preocupes. Según veo, estás recién llegada y es probable que no sepas mucho del tema. Mejor lo consulto en los foros de la escuela. —¿Foros de la escuela? ¿Qué es eso? —¿No sabes lo que es un foro? —preguntó él con una sonrisa. Por alguna razón, el que yo no supiera muchas cosas, le causaba gracia. A mí me parecía justo lo contrario. —No, no lo sé —dije con desgano. Tenía que sincerarme, después de todo. Si quería dármelas de sabionda, iba a ser peor si luego quedaba en evidencia ante él. —Bueno, un foro es un escenario virtual en internet, donde los que participan pueden debatir sobre lo que quieran. Esperen un momento, dijo ¿Internet? Eso significaba que tenía relación con las computadoras. Ay, Dios... ¡Noooooo! — Y, según sé, este año en las clases de Informática se implementarán dos foros. Cada uno para los estudiantes de cada curso de Bachillerato. Seguro que tu profesor te explicará con más detalle. —Ya veo —señalé cabizabaja. ¡Entré en pánico! ¿Internet? ¿Foros? Si con las justas era capaz de hacer una monografía de una página en la computadora. Y porque mi hermano Raúl me ayudaba en ello. ¿Ahora debía participar en un foro? —¿Y con qué profesor te toca las clases de Informática? —me preguntó. ¿Significaba eso que tenía interés en qué materias iba a llevar? Quizás quisiera compartir carpeta conmigo. A mí, eso no me importaría. En lo absoluto. —Déjame ver —respondí para luego buscar en mi mochila mi horario de clases. — Pues aquí dice el Profesor Óscar Torrejón. Los martes y viernes a la séptima y octava hora. —¡Qué coincidencia! Pues a mí me toca con el mismo maestro. Nos veremos en clase, entonces —dijo Joaquín, para luego soltar una gran sonrisa y enseñarme el dedo pulgar derecho, como señal de aprobación. ¡Mi corazón se emocionó nuevamente! La situación entre los dos ya mejoraba. Y lo mejor de todo, ¡seríamos compañeros de clases! No me importaba que fuera en las clases de Informática que tanto odiaba. Mientras estuviera junto a Joaquín, todo sería mejor. Incluso, yo sería capaz de amar a las computadoras que tanto rechazo me provocaban. —Sí, qué bueno —mencioné. Creo que una gran sonrisa se veía en mi rostro. No cabía en mi gozo. Si pudiera saltar al techo de emoción, lo hubiera hecho. —Pues sabes, aunque yo no sepa muchas cosas de los eventos que se hacen en esta ciudad, ni de foros de internet, sé mucho de cómics y de mangas —dije con orgullo “friki”. —¿En serio? —preguntó él, sintiéndose muy interesado. En ese instante, se me ocurrió una estrategia que me hiciera salir airosa de la situación. Apelé a su interés en los cómics y mangas, y en mi conocimiento en la materia, para capturar su atención, y quién sabe, quizás algo más. La táctica no me debía fallar. Y, efectivamente, así fue. Ambos nos pusimos a hablar sobre varios cómics y mangas. Uno de esos temas versó sobre nuestras opiniones respecto a la diferencia en el anime de Dragon Ball Kai y el anterior anime de Dragon Ball Z. A los dos nos parecía que el primero era mejor que el segundo, debido a que no tenía tanto relleno y era más fiel al manga. Después de ello, Joaquín me hizo saber que estaba sorprendido conmigo. No era común que una chica supiera tanto de un shonen, ya que éste mayormente está dirigido a un público masculino. Y, según me contó, todas las chicas que había conocido no tenían mayor interés en la historia de Son Goku y compañía. Hasta ahora… —Wow. No pensé que fueras una otaku —dijo él. Me sentí halagada por ello. —Pues desde chica me han gustado los cómics y los mangas. Cuando puedo comprarme uno, lo hago. Tengo una pequeña colección de ellos desde que era pequeña. —¿Cuáles mangas tienes? —me preguntó Joaquín. —Pues no muchos. En mi país natal no era barato comprarlos. Tengo unos cuantos de Dragon Ball, Naruto y Card Captor Sakura. —Aquí no son tan caros. Te cuesta una simple moneda cada ejemplar. —¿En serio? —pregunté muy ilusionada. —Sí. Y si quieres, te presto algunos. Tengo mi colección completa de Dragon Ball y la de Naruto, aunque ya sabes que éste aún está en publicación. —Oh, muchas gracias —sonreí. ¡Qué agradable era este chico! —Pero, eso sí. No tengo el manga de Card Captor Sakura, así que no te lo puedo prestar. El shojo no me llama para nada la atención —dijo con una pose muy masculina. Y yo para nada ponía en duda su virilidad. Todo lo contrario, Joaquín transmitía una gran seguridad en sí mismo y tenía una voz muy grave. Podría pasarme horas escuchándole hablar sin cansarme. —Entiendo, jajaja. No te preocupes —agregué. Me hizo gracia imaginármelo con la colección del manga de Card Captor Sakura en su habitación. Por algún motivo, en ese instante nos quedamos los dos en silencio mirándonos. Y, para acompañar el ambiente, empezó a sonar en el salón la canción de “Kiss me” de los “Sixpence none the richer” a través de la radio de la Srta. Bringas. ¿Era una señal acaso? ¿Quería acaso que él me besara? —Estudiante Larrosa —escuché a la secretaria llamarme. ¡No! ¡Ahora no! Quería quedarme y conversar más rato con Joaquín. Por favor… —Puede pasar a la oficina del Coordinador Académico —dijo la mujer. —Bueno, nos vemos en clases —dijo Joaquín.— Suerte, linda. ¿Linda? ¿Me dijo linda? Sentí que me iba a desmayar. —Gracias. Hasta otra —me despedí con tristeza. Con una última mirada de ánimo que él me dirigió, sentí que se me partía el corazón. No quería separarme de él. No. Sin embargo, debía arreglar mi asunto burocrático de una vez. Después de los trámites con el Sr. Espinoza, no veía las horas de salirme de su oficina para poder volver a ver y conversar con Joaquín. Empero, cuando terminé de arreglar la corrección de mi apellido paterno, él ya no estaba. ¿A dónde habría ido? —Srta. Bringas… —señalé. —¿Se le ofrece algo? —Sí. ¿Sabe dónde está el estudiante que estaba aquí? Joaquín Martell. —La profesora Meireles lo reclamó en su oficina hace un momento. —Ah… —dije con pena. El resto del día transcurrió con normalidad. Luego de la clase de Historia Nacional, me tocó la clase de Francés. En esta materia no compartí pupitre ni con Abel ni con Cristopher, Y, con tristeza, vi que tampoco tenía como compañero de clases a Joaquín. Sin embargo, hice amistad con una chica de grandes ojos y contextura gruesa, llamada Erika, quien resultó ser muy amable en ayudarme con el idioma. De todos modos, decidí hacerle saber al Profesor Agustine Le Guer, a cargo de la materia de Francés, sobre mis pocos conocimientos del idioma. Me informó que, los sábados a las nueve horas se impartía una hora de repaso semanal en el Taller de Refuerzo, pero que, en caso de que requiriera de más ayuda, podría buscarlo en su oficina durante su horario de atención. Durante la hora de almuerzo, en la cafetería busqué a Joaquín. Pero, nada. Parecía que se lo hubiera tragado la tierra. Luego del descanso, me tocaba Anatomía. En esta tuve como compañero a Cristopher, quien fue objeto de bromas por parte de los alumnos acerca de su nombre. La profesora a cargo de la materia, Elizabeth Morales, tuvo que poner orden en el salón de clases. Y, para mi mala suerte, en ésta tampoco tuve a Joaquín como compañero. Al finalizar Anatomía, busqué por los pasillos a Joaquín. Pero mi búsqueda fue infructuosa. ¿Es que acaso, luego de nuestra conversación en la Secretaría Académica, se había ido de la escuela? Como última clase del día me tocaba Lengua. Para mi mala suerte, coincidí con el trío de brujas, quienes no perdieron oportunidad en fastidiarme. Pero, esta vez, decidí ignorarlas totalmente. Seguí los consejos de Abel, con quien compartía esta materia y quien me sugirió que las evitara para no buscar problemas. Cuando sonó el timbre de salida y ya me dirigía a tomar el bus escolar para irme a mi casa, Abel me preguntó si quería ir con él. Yo estaba dudosa. ¿No sería muy confianzuda si me aprovechaba de este chico para que me traiga y me llevara de regreso? —Bah, no es nada —dijo él, mientras nos encaminábamos hacia su auto. El paradero de buses estaba al otro lado del estacionamiento de coches. Varios estudiantes hacían fila para ocupar sus asientos e irse a sus hogares. —No lo sé —acoté mientras seguía buscando con la mirada a Joaquín. Quizás él tomaría algún bus y yo quería subir en él. No me importaría luego caminar de más de regreso a casa si es que él vivía lejos de mi barrio.— No quiero ser una interesada. Ya me ayudaste antes al darme un aventón en la mañana. —No hay problema alguno, Luna. Me dijiste que vives en el Barrio de San José ¿no? —señaló Abel, mientras dirigía la llave de su coche hacia su escarabajo para apagar la alarma. —Sí —le respondí. —Pues yo vivo en el Barrio de El Alto. Así que somos vecinos. ¡Qué atento era este chicol! Pero ¿cómo podía explicarle que no me interesaba ir con él, sin parecer descortés? Desdichadamente, la imagen que vi delante de mí resolvería mi dilema respecto a Abel. A lo lejos, observé a Joaquín subir a un moderno coche de color negro. Y, lo peor no era eso, sino que Sandra, la bruja, subía con él a su auto. ¿Acaso eran amigos? O peor aún, ¿novios? Tenía miedo de responder a esa pregunta…
Novela publicada en los siguientes sitios: En Wattpad bajo el nombre de Nozomi7 En Fictionpress bajo el nombre de Nozomi7 Registro en Safecreative:1206101789038 CAPÍTULO 6 ¿Cómo saber si Joaquín tenía novia? ¿Abel podría saber de ello? Imposible. Recordé que me contó que era nuevo en el instituto, como yo. ¿Cristopher podría saberlo? ¿Erika, la chica que conocí en la clase de Francés, podría ayudarme? Y si se los preguntaba, ¿con excusa de qué lo haría? Decidí no hacerme más preguntas. Sintiendo un gran dolor en mi pecho, que nunca había experimentado antes, vi a Joaquín conversar y reír con Sandra, mientras ambos se iban a lo lejos en el coche de él. —Luna, ¿te encuentras bien? —me interrogó Abel mientras abría la puerta de su escarabajo. —Sí… sí… ¿por qué me lo preguntas? —No sé. Es sólo que te has puesto muy pálida. —No es nada —dije malhumorada. ¿Tanto se me notaba que me había afectado ver a Joaquín departiendo con la bruja rubia? —Bueno, no quiero ser entrometido, pero en serio… ¿estás bien? —insistió Abel. —En serio, me siento MUY bien —mentí. No tenía intención alguna de confesarle mis motivos. Si bien, él me caía muy bien, recién lo conocía y no había tanto confianza como para confesarle que tenía el corazón partido en dos. —Ok, no insisto más. Y bueno, cambiando de tema, ¿qué dices? ¿Me dejas darte un aventón? Hubo un breve silencio. Finalmente, me decanté por aceptar su invitación. —Sí. Vamos —agregué, para luego subirme a su coche. ¿Qué me quedaba? No iba a estar ahí, haciendo conjeturas acerca de la amistad, o quizás, algo más, entre Joaquín y Sandra. Debía calmarme. Con el transcurso de los días, tendría las respuestas a todas mis dudas. En el trayecto a casa, conversé con Abel sobre cómo nos había ido el día. Comparando nuestros horarios, compartíamos cinco materias más, así que lo vería más seguido. Eso me alegró. Después de todo, él era muy amable y siempre era bueno tener un amigo en mi nueva escuela. Así no me sentiría tan sola. Abel me dejó a varias manzanas de mi domicilio, aunque insistió en hacerlo en la puerta de mi casa. Yo no acepté. No quería que me viera entrar al sótano de la casa de mi tío Samuel. Caminando a mi morada, decidí tomar un atajo por un pasaje deshabitado. Pasando por ahí, encontré a Raúl con una chica. Ambos estaban “liados” en el umbral de una puerta de una casa abandonada. Una joven de contextura delgada reía tontamente, mientras él le susurraba algo al oído, la cogía de la mano y la estrechaba junto a él. ¡Este pequeño Don Juan no había perdido el tiempo en su primer día de clases! Lentamente, me acerqué donde ellos para curiosear qué estaban haciendo. —Hum… —tosí para interrumpir esa escena romántica. —¿Eh? —dijeron los dos al unísono al darse cuenta de mi presencia. —Raúl, me dejaste abandonada en la mañana —le reproché. —Ah, hola, Luna —me contestó mi hermano a tiempo que se separaba de la chica, pero aún no me dirigía la mirada. La pobre muchacha se escondió detrás de la vieja puerta, supongo que de la vergüenza de sentirse descubierta. Me sentí como una aguafiestas, aunque me divirtió esta escena. ¡Mi pequeño hermano ya había crecido! Y de qué modo… —Te presento a Claudia —señaló Raúl, mientras volteaba para hablarme. Cuando lo miré, tenía el pelo hecho un estropajo y la camisa entreabierta. ¿Pero qué había estado haciendo? —Ho… Hola —dijo la muchacha, al mismo tiempo que salía de su escondite y recogía su mochila que yacía sobre el jardín abandonado de la casa. Al igual que mi hermano, ella se encontraba despeinada y se estaba abotonando la blusa rosa que vestía. La evidencia no mentía. Había interrumpido “algo” importante… —Hola, yo soy Luna. La hermana mayor de Raúl. Un gusto conocerte —le dije, mientras me acerqué a ella para luego ofrecerle mi mano para saludarla. —¡Tú siempre tan formal! —manifestó mi hermano. —Y tú siempre tan informal, por lo que veo —le dije haciendo hincapié en la palabra “informal”. —Mu… mucho gusto —dijo la muchacha. Cuando la miré bien, me preocupé. No parecía tener catorce años, como Raúl. Físicamente, era muy desarrollada. Tenía unos grandes pechos y era casi tan o más alta que mi hermano. Parecía de mi edad o más. Ahora entendía por qué el pequeño Don Juan no había desperdiciado el tiempo. —¿Y ustedes van al mismo curso? —pregunté para despejar mis dudas. —Bueno, los dos vamos a la secundaria —agregó Raúl preocupado, mientras se rascaba la cabeza. —¿Sabes que mi hermano tiene sólo catorce años? —le interrogué a la chica con voz inquisidora. —Sí, lo sé —señaló ella con una voz infantil, casi imperceptible. —¿De cuándo acá te preocupa mi edad? No seas entrometida y preocúpate de tus propios asuntos —agregó Raúl, muy molesto. —Solamente me preocupo por ti. Me parece que ella es muy mayor para ti. —¿Mayor? Jajaja —rió a todo pulmón mi hermano.— No me hagas reír —agregó mientras se apoyaba en la pared y no podía contener la risa. La chica me miraba con ojos de plato. Ni a ella ni a mí nos parecía gracioso. —¿Qué te causa risa? —pregunté. —Jajaja, Claudia, mayor que yo. Jajaja. —Nena, ¿me puedes decir por qué se ríe tanto mi hermano? —me dirigí a ella. La muchacha no hablaba. Parecía que, de pronto, le había dado una mudez temporal. —Claudia tiene trece años. Y tú dices que ella es muy mayor para mí. Jajaja —señaló Raúl, para luego seguir riéndose a carcajada limpia. —¿Quéeee? —dije sorprendida. Ahora, la que debería tener ojos de plato, debería ser yo. —Me han dicho vieja. Me voy, adiós —mencionó Claudia, para luego coger su mochila y salir corriendo. Antes de irse, pude ver que los ojos de la chica se nublaron. ¿Tanto la había ofendido al decir que parecía de más edad a la que tenía realmente? —Claudiaaaa, espera. No te vayas —gritó Raúl.— Estarás contenta. Por tu culpa, mi ligue se ha ido —me dirigió la palabra, para luego salir corriendo en pos de la chica. —¿Ligue? —me pregunté estupefacta. ¿Acaso no era su novia? O yo era muy anticuada, a pesar de tener dieciséis años, o me había perdido de algo en los dos años de edad que le sacaba a Raúl. Llegando a casa, mi hermano aún no había llegado. Seguro que habría alcanzado a la chica, la habría consolado y habrían continuado lo “suyo”. En fin, dejando que mis pensamientos de hermana protectora se disipasen, decidí comer algo. Mamá ya no se encontraba en casa. Desde hoy, había conseguido un trabajo en una fábrica textil en el turno tarde. Una nota sobre el refrigerador que decía <<Caliéntense el plato de lentejas>>, me hizo saber el menú del día. Luego de llenar mi estómago, me dirigí a mi habitación. Me concentré en ver qué deberes me habían dejado en la escuela. Ni bien comenzado el curso, los profesores nos habían “bautizado”. Tres capítulos para leer el libro de Historia, unos ejercicios de Francés a resolver, un documental sobre Anatomía para ver y una lección de Lengua a estudiar para la prueba de la siguiente clase. ¡Qué exigentes que eran en mi nuevo instituto! Los deberes de las otras materias, exceptuando Francés, no eran problema para mí. Si le ponía empeño, podría salir airosa. Pero, el problema era mi escaso conocimiento de ese idioma. Felizmente, previniendo sobre ello, le pedí el teléfono a Erika, la chica tan amable que había conocido en la clase de Francés. Ya la llamaría para tener la tarea para la próxima clase. Cuando Raúl llegó a casa, me reprochó por lo sucedido. Me hizo prometer que nunca más me metería en sus asuntos amorosos. Y él se ofreció a hacer lo mismo conmigo. Claro, con la diferencia de que yo no era tan rápida como él en los asuntos del corazón. Todo lo contrario. A la mañana siguiente, el día inició con normalidad. Raúl dejó bien en claro que no quería que fuéramos juntos a la escuela. Supuse que quería ir con su “ligue”. Yo no me opuse. Tomé el bus de la escuela para ir a clases. Fui precavida en no distraerme más de la cuenta en esta ocasión para no perderlo. Ya en él, me encontré con Erika, así que me senté a su lado y conversamos amenamente. Ella era muy afable y teníamos muchas cosas en común, entre ellas, nuestra afición por el manga y el anime. Asimismo, a pesar de su contextura gruesa, sabía mucho de modas y erainteresante saber por ella lo último en tendencia del vestir. Charlando con Erika, le pregunté sobre mis dudas con el Francés. Ella se ofreció amablemente para ayudarme en cualquier cosa que estuviera en su alcance. De este modo, me invitó a ir a su casa al día siguiente, en la tarde, para ayudarme en la tarea que había dejado el Profesor Le Guer. Cuando llegamos a la escuela, nos dirigimos con mi nueva amiga a los pabellones de la escuela. Antes de llegar a los pasillos, divisé a Joaquín a lo lejos. Y, a pesar de que sabía que era un alumno nuevo en el instituto, pude notar que era muy popular. Él conversaba amenamente con un grupo de estudiantes, entre ellos, Sandra. Sentí celos de sólo verlos juntos. Ya en los pasadizos, decidí preguntarle a mi nueva amiga sobre la duda que me carcomía por dentro. —Eri… —dije. —Dime. —¿Conoces a Joaquín Martell? —¿Qué si lo conozco? Es uno de los chicos más guapos del instituto. ¿No crees? Es una alegría que se haya trasladado del “Santa María” Ahhhh… —dijo Erika, mientras sus ojos se le iluminaron de sólo mencionar el nombre de mi Joaquín. Dirigió su mirada al techo como si estuviera soñando, vaya una a saber qué cosas con él. Por algún motivo, ella ya no me pareció tan agradable. ¿Celos, podrían ser? —¿Por qué lo preguntas? —mencionó Eri, luego de salir de su mundo de fantasías, mientras colocaba unos cuadernos en su casillero. —Bueno, conversé con él, ayer, en la Secretaría Académica… —¿En serio? —gritó interrumpiéndome. —Sí, ¿por qué? —pregunté anonadada y haciéndole una señal con el dedo en la boca, para que bajara la voz. —Ayyyy. ¡No sabes cómo te envidio! Has logrado conversar con uno de los chicos más codiciados del instituto —dijo Erika, mientras cerraba su casillero con un candado negro y digitaba su clave. —¿En serio? —señalé haciéndome la sorprendida. No era de extrañarme que Erika mencionara que Joaquín fuera uno de los chicos más deseados de la escuela. Tenía un rostro precioso y un físico envidiable. Y, si a mí no me fue indiferente desde el primer día que lo vi, dudo mucho que lo fuera para las chicas que lo conocían antes que yo. —Y bueno, ¿por qué me preguntas por Joaquín? ¿Estás interesada en él? —me interrogó con una voz difícil de describir y con una mirada cómplice. —No, no es eso —hablé en voz baja, tratando de disimular.— Es sólo que… —¿Sí? —insistió Erika. No me quitaba de encima esa mirada traviesa. Parecía que estuviéramos planificando el atraco a un banco. —Lo vi conversando con Sandra Alcázar —señalé. —Ah, era eso. —Pues sí. Es que… —interrumpí un momento lo que iba a decir. Traté de encontrar las palabras adecuadas para lograr disimular el dolor que sentía de sólo saber que había algo entre Joaquín y Sandra. —¿Es qué? —insistió Eri. —Bueno, es que como Joaquín me pareció tan amable cuando hablé con él ayer. En cambio, ella es todo lo contrario… —Sé a qué te refieres. Sandra es una arpía. Ella y su séquito de calabazas. —dijo Erika con rabia. En ese instante, me pregunté si el trío de brujas se habían metido con ella, así como lo hicieron conmigo. La ira que despedía su mirada respondió a mi interrogante. —Yo me preguntaba si… —tomé valor para soltar de una vez mi pregunta.— Vamos, si ellos dos son amigos o algo más… —Uhm, pues hasta donde yo sé, son sólo amigos. ¿Sólo eran amigos? ¡Mi corazón rebosó de felicidad! —Sin embargo, —prosiguió Erika— Joaquín, Sandra y sus calabazas, y otros nuevos estudiantes, se conocen del “Santa María”. —¿De verdad? —pregunté. —De verdad —señaló para luego fijarse en su móvil marca Nokia.— Ya sabes que el Instituto “Santa María” es un colegio privado ¿no? —Sí. —Y el costo de la pensión es muy alto. Y, debido a la crisis económica que hay actualmente, muchos estudiantes ya no podían seguir pagando sus estudios en este curso. De este modo, pidieron su traslado al “Nuevo Mundo”. Entre ellos, Joaquín. Y, aunque la arrogancia de Sandra y sus calabazas les impida admitirlo, ellas también. —¿En serio? —dije. Por un momento, me dio lástima saber que Joaquín tuvo que dejar la educación tan exclusiva que había en el Instituto “Santa María”. Pero, por otro lado, si no fuera por eso, quizás nunca lo hubiera conocido. Y, por primera vez, desde que la crisis económica mundial había azotado a varios países, tuvo una consecuencia positiva para mí. —Sí. Por eso que los has visto charlando en el estacionamiento. —¿También te percataste? —me vi delatada. ¿Erika me había estado espiando? ¿Se habría dado cuenta del pesar que había sentido al ver a Joaquín y a Sandra juntos? —Es imposible no reparar en Joaquín Martell, ya te dije. Es muy guapo y muchas chicas nos fijamos en él. Ahhhhh… —agregó para volver nuevamente a soñar mirando al techo.— Aunque, ¿sabes? —¿Sí? —Hay rumores de que ellos dos salían cuando estaban en el “Santa María”. Una ráfaga de tristeza volvió a invadirme de sólo escucharla. —¿En serio? —pregunté. —Sí. Mira, Sandra tiene fama de ser muy ligera. Ha salido con más de la mitad de los estudiantes del “San María”. Cambia de novios como de zapatos. Así que, no me sorprendería que Joaquín fuera uno de ellos —señaló, para luego verse distendida.— Pero eso es cosa del pasado. Actualmente, no le conozco ninguna novia. Y mejor, así tenemos oportunidad con él ¿no lo crees? —me dijo con una sonrisa muy pícara, mientras golpeaba su hombro con el mío. Me tranquilicé al saberlo. Si Joaquín había tenido algo con la bruja rubia, eso era cosa del pasado. Siempre había estado de acuerdo con el viejo dicho “A lo pasado, pisado”. Así que, no me importaba que Sandra fuera su ex novia. Lo importante es que ahora él estaba solo y disponible para mí. Ya más entusiasmada, me dirigí a clases. La primera hora me tocaba Historia del Arte. Materia aburrida, pero digerible. En esta asignatura coincidí con Erika y con Cris. Como yo conocía a ambos, me tocó presentarlos. Y, para no hacer pasar vergüenza a Súperman, lo presenté como Cris Gómez, obviando sus verdaderos nombres de pila. En esa ocasión, Erika puso una cara de tonta al ver a Mr. Kent. Sus grandes ojos celestes se abrieron de par en par como si hubiera visto algo poco usual. Y su reacción fue peor cuando él le dio un beso en la mejilla, a modo de saludo. —Ayyyy, ¿cómo no me presentaste a ese bombón antes? —señaló ella cuando Cris estaba a varios pupitres lejos de nosotras. Erika apoyó su mano en su mejilla, muy pensativa, mirando al cielo a través de la ventana del salón. Una señal indiscutible de que estaba fantaseando con un chico. —¿Bombón? —pregunté sorprendida. ¿Tan atractivo le parecía Clark Kent para para compararlo con un dulce? Definitivamente, fue amor a primera vista. ¿Qué le habría visto Eri a Cris? A mí me parecía un chico común y corriente. La siguiente clase era Trigonometría. En esta coincidí con Abel. Cuando él llegó, se sentó a mi lado y nos pusimos a charlar amenamente. Por un lado, me alegré mucho de encontrarme nuevamente con él. Parecía que, en cada materia que me tocaba, siempre tendría un viejo conocido. Así no me sentiría tan sola. Por otro lado, de seis materias que llevaba hasta ahora, no había tenido suerte de toparme con Joaquín. ¿Es que acaso sólo coincidiríamos en Informática? Un señor bajito, con canas y con un gran bigote, se presentó como Flavio Rodríguez, Profesor de Trigonometría. Durante la clase, el maestro habló tan pausadamente, que hizo la clase muy monótona. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no dormirme en ella. Para quitarme el estado soporífero en el que me encontraba, decidí lavarme con agua la cara. De este modo, pedí permiso al profesor para ir al baño. Cuando caminaba por los pasillos de la escuela para ir al lavabo de mujeres, una escena llamó mi atención. A lo lejos, observé a Sandra discutir con alguien en un pequeño recinto, destinado para guardar los equipos del servicio de limpieza, el cual tenía la puerta entreabierta. —¡Vamos! No te puedes negar ahora —le escuché decir a la pelirrubia. —¡Te he dicho que no! —oí a una voz masculina decir en forma brusca. ¡Yo reconocía esa voz! No, no podía ser. ¡No! Resuelta a confirmar mis sospechas, caminé de puntillas hacia donde ellos estaban. A pocos metros de la habitación, me escondí detrás de una esquina, para tener un mejor ángulo de visión y poder espiarlos. Y ahí estaban los dos. Sandra se estaba lanzando a los brazos de Joaquín, abrazándolo a la fuerza y poniéndolo contra la pared. Él, al contrario, la rehusaba de mala manera, tratando de cogerle las manos, para zafarse de ella. —No me puedes rechazar —insistía ella. —Sandra, por favor… —dijo él, para luego ser interrumpido por ella. La bruja lo había callado, abrazándose de su cuello y besándolo a la fuerza. Joaquín, quien al principio parecía rechazar su ósculo, finalmente cedió ante ella. Le correspondió fervorosamente, abrazándola por la cintura y besándola desenfrenadamente. Mi corazón se partió en dos. Sentí un gran nudo en el cuello que me provocó unas grandes ganas de llorar y maldecir. Quería coger a esa tipa contra la pared y partirle la cara en dos. Salí corriendo de allí. No me fijé si hice mucho ruido. No reparé si ellos dos se percataron de mi presencia. Sólo quería ir al baño para llorar a mis anchas, sin que nadie me oyera. No me apetecía que nadie me consolara. Me bastaba con la lástima que yo ya sentía por mí misma. Después de llorar amargamente durante varios minutos en el baño, decidí regresar a mi clase de Trigonometría. Debía de tener los ojos rojos e hinchados porque más de un estudiante me miró con curiosidad. Y Abel también advirtió en ello. —¿Te encuentras bien? —me preguntó. —No es nada —dije sin dirigirle la mirada, mientras veía mi libreta de notas. Trataba de resolver unos ejercicios que el profesor había dejado para resolver en clase. Pero no podía. Mi mente sólo pensaba en lo que había visto minutos antes. —Si quieres hablar con alguien, puedes hacerlo conmigo —persistió mi amigo. —¡He dicho que no es nada! —le contesté de mala manera y en voz alta. Varios de mis compañeros se volvieron para mirarme. Seguro que lo que dije se escuchó en toda la clase. —Está bien —señaló Abel, sintiéndose muy compungido, para luego voltearme el rostro. Debí de haberlo ofendido. —Lo siento —agregué. No quería haber sido tan borde con él. Abel no tenía la culpa de lo que había pasado entre Sandra y Joaquín. Sin embargo, yo había descargado, injustamente, toda mi rabia con él. Al terminar las clases, quise arreglar las cosas con él, pero no pude. Abel salió rápidamente del aula, ni bien sonó el timbre que indicaba el descanso de la jornada. Cuando fui a la cafetería por mi menú del día, divisé a Erika. Me estaba guardando sitio en la cola de la comida. —Y… ¿cuéntame más de tu lindo amigo? —¿Eh? —mencioné sorprendida.— ¿A quién te refieres? —pregunté sin hacerle mucho caso. Mi mente estaba en otro lado. Buscaba a Joaquín entre los estudiantes que estaban almorzando en la espaciosa cafetería de la escuela. —¿Quién más va a ser? Cris —dijo ella, mientras cogía un pedazo de carne a su plato de comida. —Ah, él —respondí. —¿Ensalada o sopa? —preguntó el dependiente de la cafetería. —Ensalada, por favor —contesté. Cuando nos encaminamos a una mesa vacía para almorzar, ella seguía preguntándome sobre Cris. Le indiqué que lo conocía poco y que sólo sabía que era nuevo en la escuela como yo. —¿Podrías indagar si tu amigo tiene novia? —señaló Erika. —Si quieres —dije con desgano, mientras tomaba un zumo de naranja. En ese instante, un dedo tocó mi hombro. Cuando volteé para ver quién me llamaba, mi corazón comenzó a latir fuertemente. —Hola, linda. ¡Era Joaquín! —Ho… hola —dije. Con mucho esfuerzo, traté de disimular la emoción que me embargaba. —¿Te acuerdas que ayer estuvimos conversando sobre los mangas de Dragon Ball? —S… sí. —Pues aquí te presto algunos ejemplares —señaló, para luego colocar unos cinco mangas sobre mi mesa.— No te los doy en clases, porque no vaya a ser que algún profesor me los decomise. —Ehhh, gra… gracias —agregué. No podía parar de tartamudear. —Bueno, nos vemos en la clase de Informática —agregó, para luego hacer un gesto de despedida con la mano, brindarme una gran sonrisa y seguir su camino hacia una mesa donde un grupo de chicos estaban comiendo. —A.. adiós —dije. Pasados unos minutos, guardé los mangas en mi mochila. Y Erika chillaba como un roedor. —¡No lo puedo creer! El chico más guapo de la escuela te habló y tú sólo fuiste capaz de articular unas cuantas palabras —dijo, mientras cogía una manzana para mordisquear. —Baja la voz, alguien nos puede escuchar —susurré mientras quería que la tierra me trague. Esta chica era una escandalosa. No podía dejar de pensar en el hermoso gesto que Joaquín había tenido conmigo. ¡Se había acordado de lo que habíamos conversado el día anterior! Y, si él tenía algo con la pelirrubia, eso no iba a ser impedimento para yo sentir algo por él. En ese momento, otra escena curiosa apareció frente a mí. Sandra estaba abrazada con un chico de pelo negro en una mesa a varios metros de mí, mientras éste le daba un tierno beso en el cuello. Era evidente que entre ellos había algo más que una amistad. Con más preguntas que respuestas en mi cabeza, ante lo que mis ojos veían, me quedé estupefacta. Si la bruja y ese chico eran novios, ¿por qué la vi besándose con Joaquín en el servicio de limpieza? ¿Eso quería decir que ellos dos no eran novios en realidad? Cuando volteé para observar a Joaquín al otro lado de la cafetería, para ver su reacción ante Sandra y su acompañante, él parecía indiferente. Al percatarse de que lo miraba, me brindó una gran sonrisa, mientras seguía departiendo con sus amigos. Y hubo una sóla cosa que quise dejar pasar, pero me di cuenta de que ya no podía. Él había llegado a mi vida para no salir jamás. ----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Gracias a quienes me leen y le dan click a "Me gusta" :) Y, con el permiso de Heros, dejo aquí la página de Facebook que he creado hace un tiempo atrás para quienes quieran saber otras cosillas más sobre la historia (imágenes, encuestas, adelantos, etc. ) http://www.facebook.com/pages/Cyberni/230454753735884
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Ansiosamente, desvié mi mirada hacia mi plato de comida. ¡Dios mío! ¿Me habría delatado? —¿Te sucede algo? —preguntó Erika, mientras mordisqueaba por enésima vez una gran hamburguesa de carne. —No, nada —respondí, mirando fijamente mi plato con ensalada. —Luna… Hay algo que he querido preguntarte antes, pero no he querido ser indiscreta. —Eh, ¿sí? —pregunté, ya más calmada, alzando mi rostro y mirándola, mientras cogía mi tenedor. —¿Qué te pasó en tu mejilla? ¡Enmudecí! —La tienes horrible. ¿Alguien te pegó? ¿Que si alguien lo hizo? Sí, fue mi “buen” hermano mayor. ¿Recuerdan? —No, ¿quién me va a pegar? ¡Por Dios! ¡Qué cosas dices! —dije con evidente nerviosismo y una falsa sonrisa en mí. —No sé, niña, pero… esto no se ve nada bien —dijo Eri, al momento que se levantó de su silla, acercó su rostro al mío para observarme mejor y señalaba con su dedo índice a mi pómulo izquierdo. ¿Alguien dijo que no quería ser indiscreta? —¿Cómo? —Mira, no me quiero entrometer. Sin embargo, si algo te pasa, puedes contármelo… —En serio, no es nada —dije evasivamente. Traté de inventar cualquier excusa rápida y de pronto una idea vino a mi mente— Esta herida es producto de una caída que tuve hace dos días trotando por mi casa. No me di cuenta y me tropecé con una gran piedra. Caí al suelo y me hice daño aquí, jejeje —señalé aún con una fingida sonrisa, como quien dijera “soy una tonta, lo sé”. Sin embargo, Erika parecía que no había tragado el cuento. Me miraba con ojos inquisidores. —Uhm… bueno, si tú lo dices. Te creeré —dijo ella, para luego regresar a su asiento y dejar de señalarme. Me sentí aliviada. —Como veo que te has puesto muy tensa, mejor dejaré el tema —prosiguió Eri, lo cual fue para mí un alivio. Agradecí que Erika acabara con su entrometido interrogatorio, así que seguí con mi almuerzo. Instantes después, vi a Abel mesas más allá, almorzando solo. Se le veía muy meditabundo. Decidí que debía arreglar las cosas con él, pero lo haría más tarde. —Y… cambiando de tema —señaló Eri—. Quería proponerte un negocio —dijo al momento que juntó su silla con la mía. —¿Negocio? —Sí —mencionó Eri. Ella miró para ambos lados, para percatarse de que nadie la observara. Rápidamente, cogió su mochila roja que estaba sobre otra silla, la puso sobre su regazo, debajo de la mesa de comida. Esta chica me empezaba a dar miedo. —Mira, yo siempre me he caracterizado por vender e intercambiar cosas en la escuela —dijo Eri en voz baja, lo cual distanciaba del tono escandaloso con el que siempre se expresaba. ¿Era esta la chica que minutos antes había gritado luego de que Joaquín me prestara los mangas de Dragon Ball? —Vendo e intercambio productos de todo tipo: maquillaje, joyas, ropa de mujer, revistas femeninas, etc —prosiguió en un susurro casi imperceptible, pero haciendo hincapié en la palabra “femenina”. ¿Qué tramaba? —Justo, en este momento, ha llegado a mis manos un producto que te puede interesar —dijo mientras abría su mochila. —Sí, ¿qué es? —pregunté con curiosidad. Lentamente, una revista de portada blanca con el título de “Naughty Girl” con un rostro masculino de portada, empezó a asomarse. Como yo no manejaba muy bien el inglés, no supe a qué se refería el nombre de la publicación. A medida de que Eri sacaba más la revista, no pude creer lo que mis ojos veían. ¡Dios mío! Un chico, muy atractivo, con un buen cuerpo, en una pose muy sugestiva y ¡sólo con ropa interior! adornaba la portada de “Naughty Girl” ¿Pero qué era lo que ella trataba de venderme! —¿A que no es apuesto? —dijo Erika, mientras dirigía la mirada a la publicación y luego me guiñaba el ojo derecho. —Ahhhh —grité. Varios de mis compañeros voltearon para mirarme, entre ellos, Joaquín y Abel. Yo estaba avergonzada. Quería esconderme debajo de la mesa de comida. —¡Cállate! —dijo Eri en voz baja, mientras guardaba la revista dentro de su mochila rápidamente.— Nos van a pillar. —Jejeje, no pasa nada — dijo Erika a nuestros compañeros, quienes aún nos miraban curiosos.— Es que encontró una mosca en su ensalada. Jejeje —señaló para luego darme un codazo con su brazo izquierdo. —Jejeje —reí falsamente, siguiéndole la farsa. Luego de que los estudiantes dejaron de mirarnos y prosiguieron con lo suyo, Erika me habló. —Y bueno, ¿te interesa comprarme la revista? Enmudecí. La sangre debió subirme a la cabeza, porque la sola idea de tener esa revista tan sugestiva en mis manos, hizo que me sudara todo el cuerpo. Recuperado el sopor inicial, decidí contestarle. —¡Claro que no! ¿Qué clase de chica crees que soy? —dije en voz baja y muy ofendida. —Uyyy, ¡qué genio! —respondió Eri mientras volvía a la silla frente a mí para sentarse. Decidí no contestarle y continuar con mi almuerzo. Esta amiga nueva que tenía sí que me ponía en aprietos. Cuando terminé de comer, volteé para ver si Abel estaba en su mesa de comida. Lastimosamente, ya se había ido y, con ello, mi oportunidad de arreglar las cosas con él. La clase después del descanso era la de Inglés Intermedio. La profesora, Mrs. Melvin, una señora anciana y de un rictus muy serio, era la encargada de dictar la clase. En esta materia no coincidí con ninguno de mis conocidos. De todos mis compañeros, sólo conocía a la chica pelirroja, del trío de brujas, quien se sentaba a mi lado. Ella me soltó una sonrisa burlona, la cual ignoré completamente. La maestra nos dejó unos ejercicios a resolver en clase. ¡Dios santo! ¿Cómo lo resolvería? Mi nivel de Inglés era muy, pero muy básico, comparado al de este instituto. Pasado un buen rato hice vanos intentos para resolver mis deberes, pero fue en vano. Por más que intentara esforzarme, no entendía nada de los ejercicios de inglés que tenía frente a mí. Resuelta a no desanimarme, volteé para ver a qué compañero pedirle ayuda. A mi derecha estaba la pelirroja que ya había visto. Ni contar con ella. Delante de mí, había un chico con toda la pinta de gamberro. Él estaba más interesado en jugar a su Nintendo DS que a resolver nuestros deberes. Ni pensar en pedirle ayuda. A mi izquierda, una chica con pelo largo, unos grandes lentes y unos extraños aretes, leía minuciosamente el libro de inglés, donde podía apreciar que había pegado una gran imagen de… ¡¿Bill Gates?! Asimismo, tenía con ella un gran diccionario de inglés-español. Definitivamente, ella era mi candidata. —Dis… disculpa —dije en voz baja. —¿Eh? —dijo ella, a la vez que me miraba. Parecía que le había quitado la concentración. —¿Te… te puedo hacer una consulta sobre la tarea? —Sí, no hay problema —dijo amablemente. —No entiendo cuándo hay que poner “a” y “an” junto a un sustantivo. —Ah, esto es muy fácil —señaló ella. Luego de un rato de explicación, lo cual agradecí profundamente, se me hizo más claro el panorama del idioma. Cuando le pregunté su nombre, me dijo que se llamaba Anabel y era nueva en la escuela como yo. —Sabes, eres la primera chica que me habla —señaló ella con una gran sonrisa. —¿Eh? —dije con asombro. —Todos me evitan. Debo parecer un bicho raro —habló con tristeza mientras apoyaba su mentón sobre su brazo izquierdo. ¿Bicho raro? Por algún motivo, le comprendí. Yo también me sentía así en esta escuela, aunque, al contrario de ella, yo ya había tenido oportunidad de conocer a otras personas. —¿Por qué lo dices? —pregunté con curiosidad.— A mí no me pareces un bicho raro. —Uhm, no lo sé. Pero en estos dos días nadie me ha hablado. Todos me evitan y me miran extraño —dijo ella a la vez que miraba al suelo. La observé bien. Sí, quizás ella podía parecer algo excéntrica. Anabel tenía un extraño pendiente con una pequeña soguilla alrededor de su oreja derecha, muy distinto al otro arete que tenía alrededor de la otra oreja. Asimismo, un extraño collar con una calavera blanca colgaba de su cuello. Si lo pensaba bien, yo no me pondría sus adornos. Pero, ¿quién era yo para juzgarla? Yo también era rara. Tenía miedos poco comprensibles a los perros o aficiones que hacía que mi prima me catalogue como friki. Asimismo, siempre que hablaba en clases mis compañeros volteaban a mirarme con curiosidad, supongo que por mi acento poco común. Y, encima, tenía un moretón en mi cara, por el cual, aunque el resto de los estudiantes con los que me topaba siempre me miraban con extrañeza, debía agradecer la discreción de Anabel al no preguntarme <<¿Qué te pasó en el rostro?>>. Definitivamente, ella y yo estábamos en una situación parecida. —Pues no sé por qué dices eso. Conmigo has sido muy amable —dije tratándola de animar. —¿Tú lo crees? —preguntó ella mirándome fijamente. Parecía que había logrado el efecto de reconfortarla. —Así es —dije yo asintiendo con la cabeza. —Muchas gracias —señaló ella. De pronto, sus ojos se empezaron a nublar y bajó la mirada. Parecía que tenía ganas de llorar. —¿Qué pasa? —pregunté preocupada. —No es nada. Sólo me sentí muy bien por lo que me dijiste. Logras conmover a las personas. —¿Eh? —dije avergonzada. —¿No te lo han dicho antes? —me interrogó ella en modo jocoso. Era obvio que a Annabel ya se le habían ido las ganas de llorar. Me puse colorada. No, no me habían dicho antes que yo lograra conmover a las personas y el desparpajo de esta chica, a la que recién conocía, me cayó de sorpresa. —Jajaja —mencionó ella riéndose.— Te has puesto roja. Parece que no estás acostumbrada a los elogios. —Es… este… —hablé yo con dificultad. Esta chica era muy sincera. Había logrado que tartamudeara, parecido a lo que provocaba Joaquín en mí, pero por un motivo muy distinto. —Vale, no te apenes. Disculpas —agregó Anabel.— No te quiero poner en aprietos y más si has tan buena conmigo. —No, tú has sido buena conmigo. Me has ayudado con mi tarea —dije. —¡Shut up, students! ¡Hurry up, please! —escuché que Mrs. Melvin dijo en voz alta junto a algo adicional, lo cual no pude entender. —¿Qué fue lo que dijo la profesora? —le susurré a Annabel.— No entendí nada. —Ella mencionó que antes de retirarnos del salón les dejáramos nuestros libros con los ejercicios terminados en su escritorio. ¿Qué se los entregáramos? ¡Dios mío! Apenas había podido resolver el primer ejercicio que nos había dejado la profesora y tenía varios pendientes de terminar. ¡Estaba en aprietos! —Préstame tu libro, ¿en qué ejercicio te has quedado? —dijo ella, mientras cogía mi libro de prácticas de Inglés para el Primer Año del Bachillerato. —¿Eh? —pregunté sorprendida. Cuando Anabel leyó la página diez, donde estaba la tarea que nos había asignado la profesora, puso una cara de preocupación. —Nena, sólo has avanzado el ejercicio número uno. Te quedan más de veinte preguntas sin responder —agregó ella, para luego mirar su reloj en su mano izquierda.— Y sólo quedan diez minutos para que acabe la clase. ¡Quéeee! ¿Diez minutos? —No te va a dar tiempo de terminar —señaló Anabel.— Toma. Ella me extendió su brazo alcanzándome su libro de Inglés, el cual tenía pegada en la portada una fotografía de Bill Gates. Éste se mostraba sonriente y en su clásica pose de brazos cruzados, como diciéndome “No me evites”. —Vamos, cógelo y copia todos los ejercicios —agregó ella. —Pero… eso sería hacer trampa —dije. —¿Y? Ya después te pones al día con las clases de refuerzos. Pero ahora vas a salir desaprobada si no terminas la tarea. Vamos, apúrate y cópialos —insistió. Aún estaba dubitativa sobre si aceptar o no la propuesta de Anabel. Siempre me había parecido incorrecto copiar tareas o pruebas ajenas. —¡Right now! ¡It’s two o’clock! —dijo la profesora Melvin. —¿Qué ha dicho? —le pregunté en voz baja a mi compañera. —Que se apuren, sólo falta cinco minutos para que termine la clase. Viéndome entre la espada y la pared, no tuve más remedio. Yendo en contra de mis principios, por primera vez en mi vida estudiantil, copié una tarea ajena. Por muy inverosímil que fuera. Y no es que me sintiera orgullosa de ello. Siempre había pensado en hacer mis deberes por mí misma. —Dios mío, no puedo creer que casi te presioné para que aceptaras copiar mi libro —dijo Anabel cuando abría su casillero para guardar sus libros y cuadernos. El mío estaba a pocos metros de donde estaba el de ella. Cuando ella abrió su casillero, pude ver que en su interior había otras fotografías de Bill Gates pegados en varios sitios. Pero… ¡qué diablos! Debió de ser evidente la cara de asombro que puse, ya que Anabel habló de inmediato. —¿Verdad que no es guapísimo? —señaló ella muy orgullosa mientras pasaba su mano derecha sobre el rostro de una de las fotografías del ex dueño de Microsoft. —¿Guapísimo? —pensé. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no decir mis pensamientos en voz alta. No vaya a ser que mi nueva amiga se sintiera ofendida. —S… sí, lo es —dije. Después de todo, una mentira blanca no estaría mal decirla. Conversando con Anabel sobre nuestra próxima materia, nos enteramos que ambas coincidíamos en la clase de Informática. Informática, la clase que más odiaba y amaba a la vez. Cuando las dos nos dirigimos al salón de las computadoras, el profesor Óscar Torrejón, un hombre bajito, de ojos rasgados y gafas estaba sentado en su silla. Nos indicó que podíamos sentarnos donde mejor nos pareciera. Le dije a Anabel para ubicarnos en los asientos del fondo. Sin embargo, ella insistió que nos sentáramos en primera fila. No quería perderse de las nuevas enseñanzas ¿¡“billgatianas”!? Como éramos las primeras en llegar al salón, aún no tocaba el timbre que daba comienzo a la séptima y octava hora. Con el transcurso de los segundos, los estudiantes comenzaron a llegar. Y yo estaba impaciente. En esta materia por fin compartiría clases con Joaquín. Cuando por fin lo divisé, mi corazón dio un vuelco. Y, como algo instintivo, no pude despegar mi mirada del teclado de la computadora que estaba frente a mí. Mis manos empezaron a temblar y sudaban. El tiempo pasaba lentamente para mí. Sentí que los latidos de mi corazón sonaban a mil por hora y podía escucharlos muy fuertemente. Cuando levanté la mirada, ahí estaba él. Mirándome fijamente a varios metros de mí….
Novela publicada en los siguientes sitios: En Wattpad bajo el nombre de Nozomi7 En Fictionpress bajo el nombre de Nozomi7 Registro en Safecreative:1206101789038 Página en Facebook: http://www.facebook.com/pages/Cyberni/230454753735884 Capítulo 8 Rápidamente, dirigí mi vista al teclado y puse mis manos sobre él, haciendo como si estuviera digitando algo en la computadora. —Luna —escuché decir a Anabel. —¿Ah? —dije sin dejar de observar el teclado. —Tienes que prender el ordenador para que éste funcione. —¿Cómo? —pregunté mientras seguía tecleando cualquier cosa sin tener mayor idea. —Mira, tienes que presionar aquí —señaló Anabel al momento que se levantó de su silla y se acercó a mí. Ya a mi lado, ella apretó un pequeño botón negro encima del CPU, debajo del monitor de la computadora. En cuestión de segundos, el ordenador se encendió junto con el monitor. Debí estar absorta al ver cómo el susodicho aparato se ponía operativo —como si fuera la primera vez que lo viera encenderse— que no me di cuenta cuando por mi lado derecho pasó Joaquín. —Hola, linda —le escuché decir a pocos metros de mí. Si no fuera porque estaba en el instituto, habría saltado al techo del aula con dirección a la azotea del edificio, producto del nerviosismo que me embargaba. —Ho… hola —dije con dificultad. De nuevo, mi estúpida tartamudez. ¿Es que acaso no iba a dejarme en paz y no podría actuar de un modo normal ante Joaquín? Debí voltear mi rostro hacia él, de forma lenta y torpe, como un robot, que lo siguiente que escuché decir a Anabel, me delató por completo. —Vaya, parece que no sólo tartamudeas y te poner nerviosa conmigo, niña. Jajaja. Maldecí la sinceridad de mi nueva amiga. ¿No le habían enseñado la discreción? —Jejeje —dije con dificultad para mirarla con enojo mientras trataba de esbozar una falsa sonrisa que disimulara mi evidente nerviosismo. —Me alegra que coincidiéramos en esta clase —dijo Joaquín. ¿Se alegraba? Yo me alegraba mucho más, ahhhh. Sin embargo, no fui capaz de continuar la conversación con él. Por algún motivo, él ya no sólo provocaba tartamudeo en mí, sino algo peor, un estado de mutismo del cual era incapaz de recuperarme. Pude notar que él esperaba que continuara la conversación. Sin embargo, no era posible para mí. Pasados unos momentos, él hizo una mueca. ¿Qué pensaría de mí? ¿Qué no tenía ganas de charlar con él? ¿Qué era una sobrada a la que le molestaba su presencia? ¡Dios mío! —Bueno, nos vemos. Adiós —agregó él con evidente decepción, para luego proseguir con su camino. Pasados unos instantes, yo aún no salía de mi estado catatónico. Tuve que escuchar nuevamente a Anabel, nuevamente con su clásico desparpajo, para volver a la realidad —¿Qué fue eso? —señaló ella.— Pero ¿qué te pasa con ese chico? Las palabras de Anabel hicieron eco en mis oídos. Y, por fin, volvía a ser yo misma. —No me pasa nada, Ana —dije enojada. —Pero si él te estaba hablando y tú casi lo ignoraste. ¿Te cae mal? ¿Te ha hecho algo? ¿Caerme mal? Era todo lo contrario. —No, no me cae mal y no me ha hecho nada —señalé. Bueno, técnicamente, Joaquín no me había hecho nada malo, aunque los efectos en mí de sólo verlo o escucharlo hablar, no eran nada bondadosos para mi presión arterial. —Ok, no insisto más —mencionó ella.— Parece que no tienes ganas de hablar de ello. ¡Por fin se dio cuenta! A continuación, lo que dijo me provocó otro shock hipovolémico imaginario. —Cambiando de tema, estoy muy entusiasmada porque ya toque el timbre que dé comienzo a las clases. Según leí el sílabo de esta materia, en esta asignatura aprenderemos sobre Microsoft Excel y Microsoft Word Nivel intermedio y algo básico sobre diseño de webs. Y, si nos sentamos adelante, podremos ser delegadas de Informática y ayudar al maestro en las clases. Ojalá que el Profesor Torrejón nos elija —dijo ella mientras sus ojos marrones brillaban de ¿emoción? ¿Microsoft Excel? ¿Microsoft Word? ¿Diseño de Webs? ¿Delegadas? Esta chica estaba loca. No, yo no iba a representante de la clase, ya que esto implicaba que mayormente dominara la materia —cosa muy ajena a la realidad—, hablara en público frente a todos los estudiantes —incluido Joaquín—, dar algún repaso a mis compañeros —claro, ¡cómo no!—, hacerle saber al maestro de algún tema que no había quedado claro —y para mí, todo lo relacionado a la Informática era indescifrable—, ayudar al profesor luego de clases si él me lo pidiese, etc. No, definitivamente, lo que menos deseaba era ser delegada en la clase de Informática. Si Anabel quería serlo, bien por ella. Yo no iba a unirme a su locura. Con un pánico que se apoderó de mí, guardé mi bolígrafo dentro mi estuche que había colocado al lado del teclado y los puse rápidamente en mi mochila. Me levanté de mi asiento en menos de lo que canta un gallo. Volteé para atrás para ver si aún había asientos disponibles, y efectivamente, así era. Al fondo, había tres sillas que estaban vacías. Así que, me apuré en dirigirme hacia ellas, antes de que llegaran otros estudiantes y los ocuparan. Y sino lo hacía, me condenaría a sentarme delante del salón de clases durante todo el año. Tanto debió ser mi prisa que no me percaté que había un pequeño maletín negro en medio del pasadizo. En cuestión de segundos, yo caí al suelo y tuve que poner mis manos para no lastimarme mi rostro. ¡Dios santo! Escuché algunas risas a mi alrededor. ¿Qué era lo gracioso? ¿El que yo me hubiera caído? Sí que mis compañeros eran idiotas. —¿Por qué ríen? —escuché a alguien decir en voz alta. En ese instante las carcajadas se detuvieron. Yo conocía esa voz. Cuando levanté mi cara para ver quién era el que había hablado, supe que era él, Joaquín, sentado en su silla a la izquierda de donde yo me hallaba. Estaba devastada. Lo menos que hubiera querido es que Joaquín me viera así, en el suelo y por culpa de mi torpeza. Me levanté como pude de donde yo estaba y me dirigí a algunos pasos a mi izquierda para recoger mi mochila que estaba en el suelo, a pocos metros de él. —Toma, esto se te cayó también —dijo Joaquín. Cuando volteé, ahí estaba él. Con una amable sonrisa y con su mano derecha con mi libreta de notas. Pero ¿en qué momento se salió ésta de mi mochila? Claro, con el apuro me olvidé de cerrarla y debió caerse cuando me tropecé. —Gra… gracias —señalé. Cuando alcé el brazo para coger mi libreta, un dibujo que estaba dentro de ella se cayó. Era un fanart de Vegeta y Bulma —protagonistas de Dragon Ball— en una sugestiva imagen, haciendo el amor. Aparte de escribir poemas, otras de mis aficiones era el dibujo. Y a mí me encantaba dibujar fanarts de los protagonistas de los mangas y cómics que más me gustaban. Pero nadie, aparte de mí, sabía de ello. Y, para mi mala suerte, había olvidado guardar aquél fanart que hice la noche anterior en el cajón de mi escritorio de mi dormitorio, junto a otros que yo tenía. Y para rematarlo, Joaquín lo había visto. ¡Dios mío! ¿Qué pensaría de mí? Quise agacharme para recogerlo, pero él se me adelantó. Cuando lo tuvo entre sus manos, se quedó observándolo. Yo deseaba que la tierra me tragara. —Bonito dibujo. Tienes talento —dijo él con una sonrisa.— Hubiera sido interesante que Akira Toriyama mostrara más el lado romántico de esta pareja —agregó para luego entregarme mi fanart y mi libreta. —Gra… gracias —señalé. Sin valor de dirigirle la mirada, cogí apuradamente el dibujo y mi libreta. Los guardé dentro de mi mochila, de donde nunca debieron haberse salido. Sin perder tiempo, me dirigí al asiento del fondo, en medio de los otros dos asientos disponibles. Pasados unos instantes, pude ver que adelante del salón, Anabel cogió su mochila y caminaba hacia donde yo estaba. Cuando me di cuenta, ella se sentó en la silla de mi izquierda y puso su mochila detrás de su espaldar. ¿Qué estaba pasando? Debió de ser evidente la interrogante que tenía en mi rostro, que ella habló al instante. —Ya no quiero sentarme adelante —dijo ella. ¿Dónde quedó la chica emocionada por querer ser delegada de clases? Luego, agregó— Y es evidente que tú tampoco. Tú eres una buena compañera y me sentiría muy sola si no tengo con quien charlar —señaló ella con una gran sonrisa. Yo le devolví la sonrisa. Era evidente que tenía una buena amiga a mi lado, después de todo. —Gracias —mencioné. En ese momento, la campana sonó, dando inicio a la sétima hora. El profesor de la materia se presentó como Óscar Torrejón. Y señaló que, después de tomar la asistencia de cada alumno, éste se presentase un poco sobre él para conocerlo mejor y explicase lo que le llamaba la atención de la asignatura para este año. A Anabel le llamaron antes que a mí. Sus apellidos eran Flores Flores. Luego de presentarse, se explayó por varios minutos manifestando su devoción casi ciega por Bill Gates, que había visto la película “Piratas de Sillicon Valley” cientos de veces, que su sueño en la vida era conocer las instalaciones de Microsoft y conocer en persona a su ex dueño. El maestro la interrumpió, le dijo que eso era suficiente y que podía tomar asiento. Pude escuchar varios susurros y risas de mis compañeros luego de que ella se presentara. Supuse que el que los apellidos de Anabel fueran iguales era una simple coincidencia, pero no fue hasta que después que se sentó, que me explicó ese detalle. —Mis padres son hermanos —me dijo ella alegremente y en voz baja. —¿Quéeee? —chillé en voz alta. —Alumna, por favor, guarde silencio —me llamó la atención el profesor. —Perdón —dije. Escuché varias risas más de mis compañeros. ¡Dios santo! ¿Anabel era producto de un incesto? —Después de todo, no eras mudita —escuché decir a Joaquín algunos metros delante de mí, mientras me miraba de lado sonriéndome. Creo que el color rojo volvió a mi cara y, como un acto reflejo, desvié mis ojos de él hacia el teclado. ¡Otra vez la burra al trigo! El profesor siguió con la lista de asistencia, mientras Anabel y yo susurramos de lo lindo. —¿Cómo que tus padres son hermanos? —la interrogué. —Pues eso, lo que te conté —señaló ella con ese desparpajo que la caracterizaba. Pero ¿qué pasaba con esta chica? —¿Y lo consideras normal? Digo… —Claro. Mis padres no son hermanos biológicos —aclaró Anabel. ¿No son hermanos biológicos? Ya podría haber empezado por ahí. —La historia de amor de mis padres es muy linda. El papá biológico de mi mamá adoptó a mi papá cuando él quedó huérfano a los doce años. —Ya veo —dije yo más aliviada. Según me relató Anabel, entre sus padres surgió el amor sin proponérselo al poco tiempo que su padre se uniera a la familia de su madre. Y, aunque pelearon contra su familia y los tabúes de la sociedad, ellos decidieron unirse porque se amaban. Sin embargo, por impedimentos legales, sus padres no podían casarse. Ellos habían entablado demandas judiciales para que se los permitieran, ya que, aunque biológicamente no eran hermanos, legalmente lo eran y en este país estaba prohibido, obviamente, el matrimonio entre parientes hasta el cuarto grado de consanguinidad. Y, aún hoy, los padres de Anabel estaban en una lucha legal para hacerlo. Su caso había llamado tanto la atención de los medios de comunicación, que no era raro para ella y su familia salir en la televisión y prensa de vez en cuando. Esta historia de amor me pareció poco común, pero muy tierno a la vez. Los ojos de Anabel brillaban al relatarme la historia de sus progenitores. Se notaba que venía de un hogar con mucho amor. —Un motivo más para que la gente me mire como bicho raro —señaló ella resignada.— Y estoy agradecida que no me hayas salido con la clásica pregunta, <<¿eres hija de los hermanos Flores Flores?>> Aunque, me ha parecido raro… ¿Acaso no lees los periódicos o no ves las noticias por televisión? —Yo no soy de este país. Recién he llegado hace unas semanas —agregué. —Ya decía yo que hablabas extraño —señaló ella— Oye, te están llamando. —¿Cómo? —Luna Larrosa Durán, ¿se encuentra aquí? —dijo el Profesor Torrejón. —Ahhhhh. Perdón. Presente, profesor. Yo soy Luna Larrosa Durán. Tengo dieciséis años. De religión católica. Me gusta ver Discovery Channel… De pronto, me paralicé. Pude sentir la mirada de Joaquín sobre mí. ¡Madre mía! ¡Ahora no! —Estudiante Larrosa, prosiga por favor —señaló el maestro. No podía enmudecer en medio de la clase. Respiré profundamente por diez segundos. Traté de relajar mis músculos. Tragué saliva. Sí, debía ser capaz de recuperar el habla. Tuve como objetivo visual la pizarra blanca que estaba en el salón y sacar a Joaquín de mi mente. Pasados unos segundos, volví a ser la misma. —¿Qué es lo que le gusta de la informática? ¿Qué espera de esta clase? —me preguntó el profesor. ¿Qué esperaba yo? No tenía ni la mayor idea. Odiaba la informática y todo lo relacionado a ella. Pero si algo esperaba yo de esta clase era conocer más a Joaquín, saber sus gustos y sus disgustos, hacerme su amiga, y quién sabe, si lo conocía más, quizás me enamoraría de él… Esperen ¿dije enamorarme? ¿eso significaba que quería amarlo? —Señorita Larrosa, ¿qué espera de esta clase? —Aprender a amar a las computadoras —dije lo primero que se me vino a la cabeza. Más carcajadas en el salón. Me quería meter en un hoyo y desaparecer. —Silencio, por favor. Bueno, veo que usted está muy entusiasmada, señorita —señaló el profesor tapándose la boca. Creo que le había hecho gracia lo que dije. Pero, ¡si hasta a mí me parecía idiota haber dicho eso! ¿Amar a las computadoras? ¡Por Dios! —Gracias por su presentación. Ahora continuemos con el estudiante... —continuó el maestro. Luego de terminadas las presentaciones de todos los estudiantes, Joaquín incluido —durante la cual, me pareció verlo con un brillo solar imaginario alrededor de él— el profesor señaló algo que captó mi atención. —Bueno, estudiantes. Aunque ya se adelantó de esto para los que vinieron al instituto en el verano, es bueno que se los explique con más detalle a todos. Aparte de los temas propios de la materia y que están en el sílabo que cada uno tiene, hay algo que va a hacer que el dictado de Informática sea distinto al de años anteriores. ¿Me quedé pensativa. ¿A qué se refería el Profesor Torrejón? —El Instituto “Nuevo Mundo” ha sido escogido por la Universidad de San Luis para llevar a cabo una investigación de sociabilización virtual entre los estudiantes. Aquella tiene como fin evaluar las interacciones cibernéticas de los adolescentes, a fin de prevenir casos de bullying en las escuelas, los cuales se están incrementando, debido al acoso entre los compañeros en los foros, redes sociales, chats y demás escenarios virtuales. Para este fin, en el instituto se llevará a cabo un proyecto de sociabilización virtual, que la Dirección ha visto conveniente que yo la presida. ¿Proyecto de sociabilización virtual? ¿Y eso? Si tenía que ver con las computadoras, ya podía empezar a darme arcadas nuevamente y pensar en esconderme debajo de mi asiento. —Este proyecto consiste en implementar dos foros virtuales, uno para cada curso de la preparatoria —siguió con su explicación el maestro.— Supongo que, a estas alturas, todos aquí se manejan bien con el internet ¿no? —Sí, profesor —dijeron todos mis compañeros. ¡Un minuto! ¿Dije todos? Claro, pero eso no me incluía a mí. Yo, con las justas, podía hacer uso del internet, y eso porque mi hermano Raúl me había acompañado a los cybercafés para buscar información para hacer mis monografías en mi país de origen. Sin valor de decir no a la pregunta del profesor, para no ser mayor objeto de burlas por parte de mis condiscípulos —y no aparentar ser una tonta delante de mi adorado Joaquín— preferí callar. Ya vería el modo de salir bien librada. Anabel parecía saber todo lo relacionado con las computadoras. Contaba con una nueva aliada en mi batalla contra ellas. —El foro asignado para el primer año de bachillerato se llama “Cybermundo”. Este foro va a tener varios subforos, uno dedicado para cada materia de estudios. Un abucheo se sintió en la clase. Si es que ya era suficiente para muchos tener que ir a estudiar, ¿ahora también deberíamos estudiar virtualmente? —Esperen, esperen…—señaló el maestro.— No todo va a ser estudios, por supuesto. También van a haber otros subforos con otra temática: cine, televisión, cómics, mangas, videojuegos, deportes, política, historia, etc. El ánimo de la clase mejoró. Los estudiantes somenzaron a aplaudir y vitorear al profesor. —Bueno, continuando con ello, déjenme seguir explicándoles —prosiguió.— El objetivo de este proyecto es ver las interacciones sociales de los estudiantes en los foros. Cada uno de ustedes tendrá que crearse un alias o un “nick” como se suele llamar coloquialmente. Es decir, tendrá que crearse un nombre falso que lo identifique cada vez que se conecte al foro. ¿Nombre falso? Esto comenzaba a ponerse interesante. Y mis compañeros pensaban igual. Más de uno tenía cara de entusiasmado. —Pero, hay un detalle más. Este nick permitirá que cada uno se maneje desde el anonimato y es recomendable que nadie más que ustedes sepa quiénes son en el foro. Algunas caras de asombro. ¿Por qué quería el maestro que seamos anónimos? —Se dice que el anonimato en internet convierte a los individuos en otras personas. Y muchos se han amparado en aquél para acosar a otros compañeros en las redes sociales, youtube y otras webs, para salir impunes de sus acciones. Es por eso que, queremos ver el impacto del anonimato virtual entre nuestros estudiantes. He ahí que voy a hacer hincapié en que nadie más que ustedes sepan cuál nick usarán en el foro para el primer año. ¿Anonimato virtual? Ya me imaginaba a mí sintiéndome todopoderosa en el ciberespacio. —La dirección del foro es la que copiaré en la pizarra. Por favor, accedan a ella en este momento. En ese momento, una auxiliar tocó a la puerta. El profesor salió del aula para conversar con ella. Y yo estaba en pánico. Mi computadora no estaba prendida. Pero, bah. No tenía de qué preocuparme. ¡Anabel estaba a mi lado! —Oye... —dije. —¿Sí? —preguntó ella. —¿Puedes ayudarme con esto? No sé cómo entrar a internet —mencioné en voz baja. Me daba vergüenza sincerarme. —¿Cómo que no sabes? —preguntó ella asombrada. —No lo sé. Ayúdame, por favor. Ella me miró con sus grandes ojos castaños. Ahora yo era a la que veían como bicho raro. —Está bien. A ver, hazme espacio en tu silla —señaló ella para luego sentarse a mi lado. En cuestión de segundos, Anabel prendió el botón del CPU que daba la orden de encendido del ordenador. Luego de un rato, ya estaba viendo la ventana azul característica del Windows XP. —Y bueno, ¿qué navegador prefieres usar? —me interrogó ella. —¿Navegador? —dije. Me estaba hablando en chino. ¿A qué se refería con eso? Para salir del paso, respondí con una evasiva. —El que tú uses me parece bien. Me da igual —añadí. Vi que Anabel le dio click al ratón a un dibujo muy peculiar que tenía a un zorrito naranja alrededor de lo que parecía un globo terráqueo azul. —Bill, por favor. Perdóname por preferir al Mozilla Firefox —señaló ella mientras rezaba con sus dos manos juntas. Pero, ¿qué diablos? ¿Qué religión profesaba ella? —Discúlpame, pero de ¿qué religión eres? Nunca antes he escuchado de una religión cuyo Dios se llame “Bill” —dije. La cara de estupefacción en mi rostro debió de ser evidente que ella se quitó sus grandes lentes marrones para mirarme mejor. Luego de un suspiro, me contestó. —Hey, no me refiero a ningún Dios. Sino que… ¡Estoy traicionando a Bill Gates al preferir al Mozilla Firefox que al Microsoft Explorer como navegador! —dijo ella muy compungida mientras escondía su rostro debajo de sus brazos cruzados que había apoyado sobre el teclado. ¡Traicionar a Bill Gates! ¿Qué demonios pasaba aquí? ¿Tanta era su admiración por el dueño de Microsoft? ¡Joder! Nuestros compañeros alrededor voltearon a mirarnos. Dios, las cosas se estaba saliendo de su cauce. —Anabel, cálmate por Dios —dije mientras le tocaba su pelo para calmarla.— No pasa nada. Usa el navegador de Bill Gates si quieres… —¿En serio? Es que, en mi opinión, el Firefox tiene mejores opciones respecto a la interface y a la seguridad al momento de navegar con relación al Explorer. Y, a pesar de seguir incondicionalmente a Bill, no puedo hacerme a la vista gorda con ello. Ayyyy —se lamentó. —Mira, usa el navegador que a ti te parezca mejor. Si quieres usar el navegador de Bill Gates, pues úsalo. Como dije antes, me da igual. —No. Voy a ponerme seria. Si no sabes usar internet es mejor que navegues con un navegador seguro y con mejor interface. Y yo me decanto, muy a mi pesar, por escogerte el Firefox. —Entonces, usa ese —señalé. ¡Qué excéntrica era esta chica! ¿Navegador Seguro? ¿Interface? El lenguaje informático era más complicado que querer aprender un kanji japonés. El profesor regresó al aula luego de conversar con la señorita que lo había reclamado minutos antes. —Bueno, ¿ya están todos en la dirección del foro? —interrogó el maestro. Para entonces, Anabel acababa de digitar la dirección virtual que el profesor había escrito. Y todos los estudiantes contestaron afirmativamente a la pregunta del docente. —Bien. Si ya están todos ahí, podrán ver que hay un botón blanco, en la esquina superior derecha que dice “Regístrese”. Por favor, hagan click ahí —siguió con sus órdenes el Profesor Torrejón. Luego de que Anabel siguiera las órdenes de él, apareció una ventana en la que se leía lo siguiente: *Nombre de Usuario *Dirección de email *Confirmar dirección de email *Contraseña *Confirmar contraseña —Bueno, regreso a mi asiento —dijo Anabel para luego regresar a su silla. —En donde dice “Nombre de usuario” deben poner el alias o “nick” que usarán en el foro. Les sugiero hacerlo luego de que terminen las clases, ya sea desde su casa, un cibercafé o en los Talles de Informática de Refuerzo que estarán disponibles desde hoy, luego que terminen las clases. Pero ojo, seguiré insistiendo que ese alias debe mantenerse en secreto —agregó el maestro. Muchos murmullos en el salón. Yo miraba fijamente a Joaquín desde atrás mío. Me preguntaba ¿qué nick usaría? ¿Podría identificarlo en el anonimato? Estaba emocionada de sólo imaginarme si podía adivinar su alias, aún tras el anonimato virtual. —A continuación, verán que les piden un correo electrónico donde dice “Dirección de email”. ¿Todos aquí tienen email? —preguntó el docente. Muchos respondieron afirmativamente. Pero yo me quedé callada. Y es que, por muy inverosímil que pareciera, mi fobia con las computadoras abarcaba el no tener un correo electrónico. —Si alguno de ustedes no lo tuviera, les insto a crearse uno en la siguiente dirección que escribiré en la pizarra —dijo el maestro mientras se volteaba y cogía un plumón negro. El profesor dio las instrucciones para crearse un email en la página que indicaba. Yo me quedé pensativa. Efectivamente, no tenía correo, pero tampoco sabía cómo creármelo, a pesar de que intenté seguir las indicaciones que él daba. Todo fue vanamente. Mi torpeza informática se ponía de manifiesto por enésima vez. Así que recurrí a mi salvadora para salir de este embrollo. —Anabel… —¿Sí? —señaló ella. —¿Puedes ayudarme a crearme mi correo electrónico? —pregunté avergonzada. Esta chica debería de estar cansada de tanta interrupción por mi parte. Sin embargo, a pesar de que hacía poco me había ayudado, Anabel se sentó a mi lado servicialmente. —Y bueno… ¿qué usuario quieres para tu correo? —señaló ella. —¿Cómo? —Debes de tener un usuario para tu correo. Vamos, elige cualquier nombre que quieras y yo te lo crearé. Puede ser tu nombre, aunque si lo usas sabrán fácilmente quién eres en el foro cuando te registres. —Uhm… —Puede ser un apodo. ¿Tienes alguno en especial? —mencionó Anabel. Ahora que lo pensaba, no tenía algún mote en especial. Quitando que Miguel me llamaba “enana” en modo despectivo y mis amigos me decían en modo cariñoso “Lunita”, no recordaba algún apodo. —No —contesté. —Veamos. ¿Algún nombre que te guste llamarte? ¿Un nombre en especial de una cantante, actriz o personaje ficticio? ¿Algún nombre que me gustase? Hice memoria. Había muchos nombres que me gustaban y me parecían bonitos. Lucía, Marisol, Regina, etc. Sin embargo, luego de meditarlo mucho, llegué a una decisión. Siempre me había gustado el nombre de Ania como una variante del nombre de Ana. Según había leído, años atrás, en un catálogo de nombres para niños, cuando mis padres estaban buscando qué nombre ponerle a mi hermana menor, ése me había llamado la atención. La sonoridad que tenía y su significado, el cual recordaba con precisión —benéfica, compasiva, gracia de Dios— hacía que me decantase por él. Sin embargo, finalmente mis padres se decidieron por Belinda, gracias a que, entonces, estaba de moda el grupo infantil de música “Cómplices al Rescate” y mi madre decía que la cantante con ese nombre era muy mona. Así que, el nombre de Ania se quedó en el olvido. Pero no para mí. —Como el foro se llama “Cybermundo” tu usuario de correo electrónico comenzará con “cyber”, según indica el formulario. Pero luego, tú le agregarás el nick que quieras. Me iré a mi asiento para no saberlo. Luego de que lo digites, abajo donde dice "Password" debes escribir una contraseña, cualquier cosa que se te ocurra, pero que sólo tú sepas. Finalmente, le haces click aquí donde dice “Regístrese” ¿Ok? —dijo ella. —Ok —señalé. Y lentamente, por lo difícil que me era usar el teclado, digité las palabras del nombre de “Ania”. Después, siguiendo las instrucciones de Anabel, escribí mi contraseña y le di click a “Regístrese”. El usuario de “Cyberania” como correo electrónico estaba creado y, con ello, mi incursión en el mundo virtual comenzaba.
Novela publicada en los siguientes sitios: En Wattpad bajo el nombre de Nozomi7 En Fictionpress bajo el nombre de Nozomi7 Registro en Safecreative:1206101789038 Página en Facebook: http://www.facebook.com/pages/Cyberni/230454753735884 Capítulo 9 —Bueno, estudiantes. ¿Ya todos tienen su correo creado? —preguntó el Profesor Torrejón. —Sí —respondieron al unísono los alumnos de la clase, yo incluida. Estaba feliz de poder decir alguna afirmación en la clase de Informática. ¡Por fin me sentía parte del grupo! —Excelente —dijo el maestro.— Entonces, les pediré que, más tarde, se registren en el foro “Cybermundo”. Asimismo, una vez que lo hagan, recibirán un mensaje privado de mi parte, en donde me confirmarán su verdadera identidad, la cual sólo la sabré yo. Unos silbidos de reproche se escucharon en el salón. A más de uno no le sentó bien la idea. —Pero, profesor. ¿No dijo que nos íbamos a mantener en el anonimato?—señaló un chico, moreno de pelo largo, con cola, de ojos azules, muy brillantes. —Así es, alumno Jiménez. Se van a mantener en el anonimato virtual, pero sólo frente a sus compañeros. Más, como es una investigación de una universidad, debe llevarse un control y verificarse que TODOS los estudiantes se registren y participen activamente en el foro. Ahora entendía el fin de este estudio. Era interesante, sí. Pero no del todo. —A su vez, —añadió el maestro— se debe monitorear la conducta de cada uno a través de un encargado, lo que en términos foriles se llama “Moderador”. Y el encargado de todo ello, por supuesto, va a ser quién les habla. Además, me va a ayudar otro profesor en la moderación. Y, aunque es previsible de intuir, cabe señalar que la verdadera identidad de éste también será anónima. No sé por qué, pero luego de lo señalado por el Sr. Torrejón, me sentí como un conejillo de indias monitoreado con un chip a través del ciberespacio. —Para el día viernes, que tenemos la siguiente clase, ya deben de haberse registrado todos en el foro. Asimismo, les animo estos días a participar continuamente en los diversos tópicos que se crearán en los distintos subforos. Ya cuando nos volvamos a ver, hablaremos y comentaremos sobre las diferentes situaciones “virtuales” que han pasado. Unos gritos de ánimo se escucharon en clases. Mis compañeros estaban muy ansiosos y emocionados. Y yo también, a pesar de que, como dije, no me agradaba mucho la idea de ser monitoreada virtualmente. Luego de lo relatado, comenzaron en serio las clases de Informática. Es comprensible afirmar que no me hizo mucha ilusión lo dictado por el profesor. El lenguaje informático me era total y temiblemente ajeno. Sin embargo, hubo algo que me tranquilizó. Adicionalmente a los Talleres de Refuerzos, donde había un repaso semanal a lo dictado por el Sr. Torrejón, a cargo de los Jefes de Talleres, yo podía hacer uso diario de las aulas de Informática en las tardes, luego de clases. Esto por si algún estudiante quisiera repasar por su cuenta las lecciones de computación. Para ello debía de inscribirme con mi maestro, ya sea a final de clases o enviándole un correo electrónico con mi solicitud. Así que, después de esto, no todo se vislumbraba negro para mí. Traté de verlo desde otra óptica. Con la ayuda de Anabel, el Taller de Refuerzo y el uso diario de las computadoras, sumado al empeño que le pondría a todo, yo debería salir airosa de esta materia y aprobarla. Y, si a esto le añadimos que tenía como compañero de aula a Joaquín, el ansia por acudir a las clases de Informática y las ganas de salir aprobada para que él tuviera un buen concepto de mí, hacían que me llenara de una emoción difícil de describir. ¿Quién lo diría? ¡De odiar a las computadoras, ahora empezaba a cogerles cariño! ¡Y todo gracias a Joaquín! Sin embargo, había algo que debía de arreglar. Luego de que terminaran las clases de Informática, yo estaba dubitativa. No sabía si buscar a Joaquín para disculparme por mi anterior comportamiento. Mi parálisis corporal y mi mutismo temporal deberían de haberle dado una mala impresión de mí. Cuando los alumnos comenzaron a dejar el aula de Informática, me quedé paralizada. Yo estaba ahí, levantada, con mi mochila en mis manos, frente a mi asiento. Sin embargo, no podía moverme más. Por algún motivo —al que a partir de ahora llamaré “joaquiniano”— mi cuerpo no respondía a lo que mi cerebro le decía. ¡Dios mío! Las cosas con Joaquín no podían quedarse así. ¿O sí? El transcurrir de los minutos respondió a mi pregunta. Poco a poco, como una toma lenta innovada por los Hermanos Wachowski —Directores de la película “Matrix”—, pude ver que Joaquín salía del salón de clases, acompañado de otros chicos. Y, aunque, por una milésima de segundos albergué la leve esperanza de que él volteara el rostro para brindarme su característica sonrisa, la que me animara a seguirle, esto no fue así. En forma desesperada, oí que mi cerebro me decía: <<”Anda, tonta. Sal al pasillo y búscalo. Inventa cualquier excusa para conversar con él.”>> Sin embargo, mi cuerpo hizo otra cosa. Me quedé inmóvil, sin saber qué hacer. Sólo la voz de Anabel, después de un rato, fue capaz de sacarme de mi estado de aturdimiento temporal. —¿Nos vamos? —me preguntó. Yo volteé a mirarle. Y no sé en qué momento sentí que ya no podía más. ¡Debía de contarle a alguien lo que me estaba pasando! —¡Madre mía! Ya decía yo que algo te pasaba con ese chico —dijo Ana, quien estaba sentada a mi lado. Las dos estábamos sobre unas bancas de cemento, en el jardín de la escuela, cercano al campo deportivo de fútbol. Anabel dio un suspiro, mientras tomaba un vaso de agua mineral marca “Vida”, el cual era su preferido. Según me contaría ella después, era la única marca de bebida que tomaba, ya que, según sus teorías económicas, las demás empresas del rubro le hacían competencia desleal a esta marca, monopolizando el mercado. Y, como ella siempre salía en defensa de los pequeños, pues se ponía de lado de los dueños de agua “Vida”. ¡Otra más de las excentricidades de esta chica! Por mi parte, yo estaba ya a punto de las lágrimas. Podría quizás sonar exagerado, pero si mi situación con Joaquín no mejoraba, no podría aspirar, siquiera, a ser amiga de él. Y sólo pensar en eso hizo que sintiera que una daga atravesara ya mi pobre corazón. Poco a poco, sentí que las lágrimas me traicionaban. Mis ojos empezaron a arderme y comenzaron a sentirse húmedos. No podía distinguir nada a mi alrededor. —Luna… —oí que Anabel me decía, mientras me abrazaba para calmarme.— Vamos, nena. No te desesperes. —¿Qué…? ¿Qué puedo hacer? —pregunté con dificultad. —No lo sé, amiga. —Siempre que estoy frente a él, tengo miedo. Al principio, tartamudeaba. Pues mira, creí que era normal. ¿No? Eso que dicen que uno se pone nervioso, que siente hormigas en el estómago y todo lo demás cuando le gusta alguien. Pero, luego, cuando hace un rato quise salir del salón para conversar con él, ¡ni siquiera me pude mover! ¡Imagínate! ¡Me quedé ahí! ¡Petrificada! ¡Sin saber qué hacer! ¡Dios mío! ¡Nunca antes me había sentido así con alguien! ¡Me siento fatal! —dije entre sollozos. —Vamos, toma esto —mencionó Ana mientras me ofrecía su botella marca “Vida” y un kleenex— Toma un poco de agua. Bébela. Luego límpiate la cara con este pañuelo. Después de un rato, luego de limpiarme el rostro y hartarme de agua mineral, me sentía más tranquila. Mi respiración había recuperado su normalidad. Asimismo, mis ojos poco a poco recobrabab su estado natural. —Debe de ser difícil estar enamorada de alguien —dijo Anabel mientras se acomodaba uno de sus extraños pendientes en su oreja izquierda. —¿Enamorada? —exclamé muy sorprendida. La sola idea de estarlo me estalló en la frente. —Pues claro. ¿Y cómo explicas todo el efecto corporal que produce ese nene en ti? Me quedé pensativa. Sí, está bien. Joaquín me gustaba muchísimo. Pero, de ahí a estar enamorada, había un buen trecho. Digo, apenas lo conocía hace unos días. ¿No? —Te equivocas. Hace poco que lo conozco. Hemos intercambiado unas cuantas palabras y eso es todo. —¿Y con tan poco conocerlo tienes todos esos síntomas por él? Madre mía, Luna. Lo tuyo sí es serio. Felizmente que yo no estoy enamorada de nadie. —dijo ella con una cara de autosuficiencia. —¿En serio? —pregunté con curiosidad. No es por nada, pero me era difícil de creer que a una chica de nuestra edad no le interesara ningún chico. Pero, ¡un momento! ¡Estábamos hablando de Anabel! ¡Con ella cualquier cosa era posible de esperar! —Bueno, en realidad, sí. Pero me interesa sólo uno —dijo Ana con total naturalidad. —Hey, ¿y es un estudiante de nuestro curso? —la interrogué con avidez. Sin darme cuenta, el sentirme cómplice y compartir con alguien nuestros intereses y temores amorosos, hizo que me sintiera mejor. ¡Por fin tenía a alguien que me pudiera comprender! —Claro que no —afirmó ella con esa soltura que tanto la caracterizaba, mientras se levantaba de nuestro asiento. Podía olerse el olor de las margaritas y de los lirios que estaban sembrados a pocos metros de nosotras. Oí que a lo lejos una rama de un árbol caía. —Y entonces, ¿quién es? —le pregunté mientras también me ponía de pie. —Ya lo conoces. —¿Es del instituto? —Sí. ¿Conocía al interés amoroso de Anabel? ¿Era del instituto? Quitando a Joaquín, yo sólo conocía por su nombre a Cris y a Abel. Pero, no. Ella dijo que el chico no era de nuestro curso. Entonces, ¿quién podría ser? —Vamos a los Talleres de Refuerzo de Informática. Según el sílabo del curso, a las 14:45 horas empiezan. Si no nos apuramos, estaremos atrasadas —señaló ella luego de mirar un extraño reloj de color negro y rojo con incrustaciones que parecían ser ¿diamantes? ¡Dios mío ¿Anabel tenía un reloj de diamantes? ¡Sí que tenía dinero esta chica! Pero, aparte de eso, me llamó la atención la imagen de una pequeña niña vestida de negro que se podía distinguir a lo lejos. Al observarlo mejor, pude fijarme que era una pegatina de Emily The Strange. Si Anabel era tan excéntrica como había demostrado serlo desde que la había conocido, no me extrañaba que llevara un reloj de este popular personaje, por el cual, yo también tenía simpatía. —¿Te gusta Emily The Strange? —le interpelé. —¿Y ella quién es? —dijo muy sorprendida. —Lo digo por el reloj. —Ahhh, por esto —mencionó ella mientras miraba nuevamente su hermoso reloj rojinegro. —Yo me he leído el primer libro. Es una pasada ¿no crees? Es un modelo a seguir para mí, ya que Emily dice que uno debe ser uno mismo. —Pues veras que no tenía ni la más remota idea de quién era esta nena. El reloj me lo regalaron mis padres por mi cumpleaños. Pero si te gusta esta niña, es comprensible el por qué vayas vestida de negro. Me detuve. Sí, Anabel estaba en lo correcto. Yo tenía un pequeño polo de color negro con un pantalón vaquero del mismo color. Pero me los puse por una cuestión práctica ese día, más que por un tema de considerarme emo o gótica, como lo era el personaje de Emily The Strange. Mayormente no solía vestirme de colores tan monótonos ni tan oscuros, pero hoy cogí lo primero que saqué de mi ropero. —Hey, no soy ni emo ni gótica —alegué. —¡Bah! No te preocupes. ¿Y qué si lo eres? No tiene nada de malo. No te debe importar lo que otros piensen de ti ¿o sí? Y esto que te digo también tiene relación con lo que te pasa con ese chico. Así eres tú. Tímida, callada, insegura. Pero así debes quererte y aceptarte. Las palabras que mencionó Anabel entraron como una ráfaga de viento a mi vida para animarme. Por un instante, la desazón que sentía, hasta hace poco, se esfumó por completo. —No dices que eso es lo que manifesta esta niña —dijo ella señalando con su dedo índice derecho a su reloj rojinegro— <<Ser uno mismo>> ¿recuerdas? La miré con detenimiento La seguridad que esta chica desprendía de sí misma era algo que admiraba. Ya quisiera tener yo su desparpajo y desenfado, sobre todo, cuando yo estuviera frente a Joaquín. Y sí, no importaba lo que pensaran otros de mí. El ser inmigrante, el tener otro acento, un distinto aspecto físico al común de las otras chicas de este país, el golpe en mi rostro producto de la pelea con Miguel, mi frikismo, el vestirme como “emo”, y, sobre todo, mi timidez. Mi maldita timidez. Así era yo. Y debía ser yo misma y aceptarme como tal. Quizás, porque el enamoramiento era algo nuevo para mí, es que mi cuerpo reaccionaba de ese modo. Y no era la primera vez que me enfrentaba a algo nuevo. En mis cortos dieciséis años había tenido que enfrentarme a numerosas situaciones que me habían puesto a prueba. Y gracias a mi esfuerzo, había logrado salir airosa. Y esta vez no debía de ser la excepción. A mí me gustaba Joaquín como nunca antes me había atraído ningún otro muchacho. Apenas había tratado con él, sí. Pero lo poco que habíamos interactuado no había hecho más que despertar en mí las ganas en conocerlo más. ¿Así era el amor? ¿Así pasaba cuando se tenía un interés especial en otra persona? No lo sabía, pero yo estaba resuelta a descifrarlo. Sí, yo no me iba a rendir. Quizás necesitase pedir consejos a otras personas. Así que pensé cuidadosamente a quién debía acudir. ¿Mi prima Emma? Ella era mayor que yo y, según me pude dar cuenta, ya tenía un bagaje amoroso algo amplio. Desde que yo estaba instalada en su casa, hacía pocas semanas, la había visto salir con más de un chico en más de una oportunidad. Ella mucha conocimiento del tema, sí. Sin embargo, aún las dos no teníamos tanta confianza como para contarnos nuestras cosas íntimas. ¿Raúl? ¡Bah! Ese pequeño Don Juan tenía mucha experiencia con las chicas, sí. Pero mi relación con él, viéndolo desde otra perspectiva, tampoco era tan cercana, a pesar de ser su hermana mayor. Aún la escena de verlo besuquearse y algo más con una chica me había sorprendido, a tal punto que se me hacía difícil asimilarlo. ¿Mamá? ¡Ni hablar! La familiaridad que tenía con ella y con papá, si bien era buena, no llegaba a tal punto de contarnos cosas tan privadas. Aún recordaba con vergüenza todo el rollo que se armó años atrás, cuando me vino mi primera menstruación. Era un día caluroso de Febrero, poco antes de cumplir yo los doce años. Era verano en mi país de origen y estaba de vacaciones. Jugaba con mis amigos de mi barrio para ver quién trepaba los árboles más rápido. Y en una de esos juegos, me hice un gran corte en mi muslo interior derecho, cuando la rama de un árbol se me incrustó. En aquella ocasión, yo chillé de dolor, obviamente. Rápido fui a mi casa para sanarme la herida y quitarme el pequeño pantalón celeste que llevaba puesto, el cual se había hecho trizas debido a mi accidente. Sin embargo, lo que en aquella ocasión me espantó más fue que, ya en el baño cuando curaba mi lesión con alcohol yodado, me percaté de que también sangrada de otro lado. Al ver eso grité de miedo, me puse nuevamente mi raído pantalón y salí despavorida del baño en búsqueda de cualquiera de mis padres. Cuando encontré a mamá le dije que me estaba muriendo porque tenía una hemorragia, así que debía llevarme al Hospital de emergencia. Mi madre al principio también se preocupó. Pero luego, al observarme mejor, se dio cuenta de que mi pantalón corto estaba desgarrado y sangrado. Pensando lo peor, me preguntó qué me había ocurrido. Luego de relatarle lo acontecido y examinarme mejor, mamá comprendió lo que me pasaba. Sin embargo, al intentar ella explicarme que me había llegado mi primera menstruación, no fue muy clara en el tema y me generó más preguntas que respuestas. Después de curar mi herida, bañarme y cambiarme de ropa, ella decidió llevarme donde una vecina, que era psicóloga, la Sra. Estefanía Cortés, quien tenía un consultorio y daba charlas en una escuela. Por ella fue que me enteré de los cambios que experimentaba mi cuerpo y que lo que me ocurriría en un futuro. Asimismo, me relató lo que en el colegio ya me habían contado, temas de Educación Sexual. Así que, es comprensible que les cuente que los temas íntimos no eran algo muy común que pudiera charlar yo con mis padres. Aún ahora, con mis dieciséis años, ellos eran muy reacios a tocar asuntos de índole sexual cuando se encontraban frente a mí o a cualquiera de mis hermanos. De este modo, mi mamá, por mucho que me quisiera y con quien me llevaba muy bien, estaba tachada de mi lista de personas a quién recurrir para preguntarles sobre mis dudas respecto a Joaquín. Y en este razonamiento podía incluir, perfectamente, a papá. Volviendo a mi lista de futuros consejeros respecto a temas amorosos, tuve que eliminar a mis familiares. Es así que, sólo me quedaban los amigos que había hecho estos días en la escuela como personas a quien recurrir. ¿Abel? Bien, podría ser él. Era simpático, agradable y se mostraba como alguien confiable. Sin embargo, aún no había tenido oportunidad de resolver el pequeño malentendido que habíamos tenido antes. Quizás, luego de ello, podía considerarlo como un futuro confesor. Pero, por ahora, no. ¿Erika? Pues si bien había compartido con ella algunas horas, tanto de clases como fuera de ella, y no me desagradaba, había algo que me impedir confiar ciegamente en ella. Se mostraba como una chica, por decirlo de algún modo, “calentona”. Conociéndola lo poco que la conocía, seguro que ella me diría que me lanzara a los brazos de Joaquín, sin dudarlo. Pero esa no era la imagen que quería que él tuviera de mí. Aparte, que ese consejo distaba mucho de mi forma de ser y dudaba mucho si tuviera alguna vez el valor de hacer algo así. Así que, Erika también estaba descartada. ¿Cris? Quitando la conversación de frikismo que habíamos tenido en la oficina de la Coordinadora Académica, no habíamos tenido mayor comunicación. Adicionalmente, si Eri me veía conversar con él con mucha confianza, podía pensar equivocadamente. Y con lo interesada que ella estaba en él, yo podía generarle antipatía. No, definitivamente, Súperman estaba excluido también. Cuando ya estábamos llegando al salón del Taller de Refuerzo de Informática, Anabel me hizo volver de mis pensamientos. —¿Quieres algo para beber o comer? —me preguntó ella luego de extraer una bolsa de Doritos del dispensador de chucherías. Pero, ¡qué tonta era! La respuesta a mis preguntas la tenía frente a mí. Con Ana me llevaba muy bien y me había desfogado minutos antes. ¿Por qué no pensé en ella para pedirle consejos? —No, no tengo hambre —respondí. —Debes comer algo, chiquilla. Estás muy flaca, ¿no te lo han dicho? —dijo ella para luego introducir una moneda— Toma. Ella me extendió una galleta de chocolates marca Óreo. No era de mis favoritas, pero para saciar el hambre estaban bien. La cogí sin dudarlo. Un minuto después, Anabel me extendió una lata de bebida marca Fanta. —Gracias —señalé. —No me lo agradezcas, nena. Con tal que te tranquilices y pienses positivamente, todo bien. Sin dudar un momento, intenté retomar nuestra conversación anterior. Quizás, a pesar de su excentricidad, ella tuviera experiencia en temas amorosos. Después de todo, Ana no era fea. Y puede que haya captado el interés de algún chico, a pesar de ese pelo tan enmarañado y esas extrañas gafas que poseía. —Anabel... —¿Sí? —Has… —dije tímidamente. No quería parecer una entrometida. —¿He? Di un fuerte suspiro. Debía preguntarle ahora si quería luego intercambiar nuestros pensamientos sobre los chicos, el amor y todo eso, para luego pedirle consejos. —¿Has tenido novio alguna vez? —señalé rápidamente, con las palabras casi atravesándome. Ella sonrió. Parecía que el solo oírme preguntarle eso le causó gracia. —Ah, era eso. Pues no. No he tenido novio nunca. ¡Y lo decía con una naturalidad! ¡Qué envidia sentí! Ains. —¿Por qué la pregunta? —Bueno, un rato antes… Dijiste que estabas enamorada de un chico que no era de nuestro curso. —Y, efectivamente, así es. Pero tampoco dije que era un chico —afirmó con seguridad. —¿No? ¿Se refería acaso a Bill Gates? Para cualquier adolescente de nuestra edad era común sentir un amor cuasi platónico por algún cantante o actor de moda. Y ya sabíamos que, en el caso de Anabel, el dueño de Microsoft era su ídolo, lo cual no debía resultarme raro tratándose de ella. Sin embargo, de ahí a señalar que ¿estaba enamorada de él? —Pero él sí es de este instituto —señaló Anabel guiñándome su castaño ojo izquierdo. Sí, leyeron bien, el izquierdo. ¿Del instituto? ¿A quién se refería? ¿A un tutor? O peor aún, ¿a algún profesor? —¿Lo conozco? —la cuestioné dando luego un mordisco a mi galleta. —Pues claro. Tragué saliva. Sin dudarlo, confirmé mis sospechas. Debía de ser un profesor de quien ella se refería. —Puedo… puedo preguntarte ¿quién es? —mencioné en voz baja. Dí un sorbo a mi bebida para que me ayudara a no tener tan seca mi garganta. —El profesor Torrejón. Debí de escupir mi bebida por la impresión que me dio su respuesta. ¿El Sr. Torrejón? Pero, si no era nada atractivo y era de aproximadamente cuarenta años. ¿En qué pensaba esta muchacha? Las clases del Taller de Refuerzo se dieron con normalidad. El Jefe del Taller, Carlos Vargas, un chico de aproximadamente veinticinco años, resultó ser muy paciente. Él absolvió cada una de las preguntas que le hicieron los estudiantes, yo incluida. Joaquín no había acudido al Taller de Refuerzo. Sentí una ligera pena luego de buscar entre todos los asistentes y verificar su inasistencia. Esto era un indicador, entonces, que él se desenvolvía muy bien con las computadoras. Lo eché de menos durante las dos horas que duró el Taller. Sin embargo, no todo estuvo mal para mí. Como mi interés en asistir a este taller era absolver todas mis dudas sobre los ordenadores, decidí sentarme adelante para tener una buena atención. Distinta a la clase del Profesor Torrejón. Esto y, quizás, la ausencia de Joaquín, hicieron que mis pensamientos se alejaran de él, me relajara más y prestara mayor atención a lo indicado por el Sr. Vargas. Me sentí feliz porque, poco a poco, ya estaba aprendiendo más sobre la los ordenadores Y, sin darme cuenta, hasta creo que le cogí el gustillo hacia ellas. ¡Mi miedo por la tecnología de las computadoras había sido infundado! Con la paciencia y empeño debido, podía mejorar mi situación de analfabeta informática. Mi nuevo ánimo y afán de aprender más sobre las computadoras, hizo que, ni bien llegara a casa y terminara de comer, le pidiera prestado la PC a mi tío Samuel. Él estaba haciendo un trabajo de su oficina en su computador. Pero, como mi prima Emma no estaba, me dejó usar el portátil de ella. Uno pequeño, de color rosa, de Hello Kitty. Cuando vi esa laptop no pude menos que sonreír. Recordé el USB rosa de Abel, con la pegatina de esa famosa gatita, cuando recién lo conocí. Me sentí muy mal por haberme distanciado de él. Sí, definitivamente debía hacer las paces con él. Al día siguiente, cuando llegara a clases, lo buscaría. ¡Esa sería mi prioridad! Después de conectar la portátil y encenderla, siguiendo el manual de uso que me había entregado mi tío Samuel, comencé practicar mis notas de clases. Las indicaciones de Microsoft Word eran difíciles, muy difíciles. Uno de ellos se refería a cómo hacer un dibujo gráfico para un cuadro estadístico. Luego de pelear por más de una hora con el procesador de textos, di mi batalla como perdida. Y, si bien, la tarea asignada por mi profesor no debía de ser entregada hasta la próxima semana, necesitaba que alguien más experto que yo para que me ayudara. Así que, esperaría hasta que Emma regresara para pedirle auxilio. Como no tenía más que hacer con el Word, decidí hacer otra de las labores asignadas por mi maestro de Informática. Las de registrarme en el foro del instituto. Primero, digité cuidadosamente la dirección web que tenía anotada en mi libreta. Luego de un buen rato, por fin pude entrar en ella. Las indicaciones dadas en el sílabo, señalaban lo siguiente: 1. Pasos para registrarse en el foro “Cybermundo” a) Hacer click en “Registrarse”, en la parte superior derecha. b) Luego de ello, le saldrá el siguiente mensaje: <<Para continuar con el proceso de registro, por favor indique cuándo nació. Antes 01 Set 1996 :: O después 01 Set 1996>> Yo había nacido el 29 de Febrero de 1996. Me correspondía hacerle click allí. Luego de eso, seguí atentamente los demás pasos que a continuación se detallaban. Finalmente, para dar por terminado mi registro en el foro, me salió el siguiente mensaje en la pantalla: <<Su cuenta ha sido creada. Sin embargo, para completar su registro, requiere seguir las indicaciones que se le han enviado al correo electrónico que ha proporcionado. Por favor, verificar nuestro email en su bandeja de entrada.>> Entré a mi correo electrónico para terminar mi registro. Una vez que lo hice, empecé a navegar en el foro “Cybermundo” para ver de qué trataba el susodicho proyecto de sociabilización virtual. Y lo que vi me atrajo mucho. Había varios apartados o subforos a continuación, empezando con el tema de “Off Topic” *Normas del foro: Obligatorio leer antes de postear *Presentaciones *La Taberna (Tema Libre) Luego de esto, había un apartado asignado con el nombre “Temas estudiantiles” con un subforo asignado a cada materia del curso. No me interesaba leerlo, por el momento. Así que, luego pasé revista a los subforos asignados para el apartado de “Ocio” - Videojuegos - Cómics - Cine y Televisión - Manga y Anime - Literatura - Dibujo - Deporte - Música De todos los subforos asignados, el de manga y anime llamó mi atención. Así que, le di click a ello para ver cómo estaban dándose las cosas en el mundo virtual otaku. En él vi que habían varios posts creados. Shojos, shonen, algunos temas principales asignados a los animes más populares como Dragon Ball y Naruto, etc. Había otros apartados para los fanarts y los fanfics. Definitivamente, éste era mi subforo. Como solía dibujar personajes de manga y anime le hice click al apartado de “fanarts”. Quizás, más adelante, yo me animaría también a subir alguno de mis dibujos. Y, como pude ver, no era la única dibujante anónima en el foro. Otros usuarios, con los nicks de Dreamcatcher, Lolipop y Pirata habían publicitado sus trabajos. Y no eran malos. Todo lo contrario. Uno de ellos, Dreamcatcher, había posteado los dibujos de Chichi, la esposa del protagonista de “Dragon Ball”, Son Goku. Y tenían una calidad enorme. El bosquejo de uno de ellos era mi favorito, a color, hecho con acuarela, parecía realizado por un profesional. Y yo me quedé con la duda. ¿Postearía alguno de mis dibujos? Y de ser así, ¿alguien del Instituto podría adivinar quién era yo? Recordaba que Joaquín había visto uno de mis fanarts cuando se me cayó de mi libreta en la clase de Informática. Quizás recordara mi estilo de dibujar. Pero, no. No era posible. Apenas lo había visto unos segundos, los cuales, no creo que hubieran sido suficientes para que intuyera que yo era Cyberania. Así que, animada por saber la opinión de los demás respecto a la calidad de mis trabajos, decidí buscar el escáner para digitalizarlos. ¡La emoción me embargaba por dentro!
Novela publicada en los siguientes sitios: En Wattpad bajo el nombre de Nozomi7 En Fictionpress bajo el nombre de Nozomi7 Registro en Safecreative:1206101789038 Página en Facebook: http://www.facebook.com/pages/Cyberni/230454753735884 Nota: Debido al intento de plagio del que ha sido objeto esta novela en otra página, veo conveniente sólo publicar hasta el capítulo diez aquí y en fictionpress, en donde es posible copiarlas haciendo un copypaste. La continuación la sigo publicando en otro sitio en donde no es posible copiarla porque no permite el copy paste. Más información en la página de Facebook. Asimismo, estoy en tratativas con una editorial para ver si me la publican. Si todo se encamina bien, ya luego me pondré en contacto con la administración para que borren este post. Pero, por mientras, puedo compartir con quienes siguieron esta historia aquí y me dieron su apoyo. Saludos y gracias por todo. Capítulo 10 Cuando decidí prender el escáner para digitalizar mis dibujos, no me había percatado de un detalle. ¡Yo no sabía utilizarlo! Por consiguiente, para no malograr el bendito aparato, decidí llamar a mi tío Samuel. Él, de muy buena gana, dejó un rato el trabajo que estaba haciendo, para ayudarme con lo mío. Mi tío, pacientemente, conectó el escáner de su oficina a la portátil rosa. Luego, escaneó, uno por uno, tres de mis dibujos: una versión mía como saiyajin —raza extraterrestre en “Dragon Ball”—, otro de Vegeta —villano antagonista de la misma historia—, y otro de la protagonista de “Candy Candy”, manga shojo muy popular entre las jovencitas en la década de los ochentas y noventas. Luego de terminar de digitalizarlos, él se quedó observando mis dibujos y soltó una sonrisa. —No sabía que tuvieras tan buen talento, sobrina —dijo dándome una caricia en mi cabeza, revoloteando mi pelo. Yo cerré los ojos. Me sentía apenada. Aunque me gustaba dibujar, a nadie le había enseñado mis trabajos antes. Quizás fuera por mi timidez e inseguridad excesivas. Y, en lo que llevaba del día, ya habían sido dos personas que habían visto lo que yo hacía. ¡Quería morirme! —Gracias, tío —dije casi susurrando y abriendo los ojos. —No es nada, niña. Bueno, ya los tienes aquí —señaló él indicándome con el ratón tres recuadros anaranjados que se veían en la pantalla.— Sus nombres son “Dibujo1”, “Dibujo2” y “Dibujo3”. Si deseas, puedes crearte una carpeta aquí y guardas los archivos. No, mejor lo creo yo para ahorrarte el trabajo. Rápidamente, mi tío creó una carpeta y le puso mi nombre. Seleccionó los archivos de mis dibujos, hizo un par de clicks con el ratón y los guardó en la carpeta de nombre “Luna”. —No creo que Emma se enoje. Sabe que ustedes no tienen ordenador y que estaré usando el mío toda esta semana porque he traído trabajo a la casa —me indicó él guiñándome el ojo derecho.— Bueno, me retiro que debo continuar con mis labores. —Gracias —mencioné. Luego de que se fuera mi tío, me di cuenta de que tenía otro dilema. ¡No sabía cómo subir los archivos a un foro! No quería molestar nuevamente a mi tío. Él estaba muy concentrado en su trabajo y yo ya lo había interrumpido antes. Así que, decidí preguntarle a “Dreamcatcher” sobre cómo había subido sus dibujos al foro. Traté más de una vez de escribir algún mensaje en el foro y subir mis dibujos, siguiendo las indicaciones que daba el sílabo de Informática. No obstante, mis intentos fueron vanos. Mi nula capacidad informática se mostraba nuevamente. Pensé nuevamente en requerir ayuda de mi tío Samuel. Sin embargo, no quería ser tan aprovechada. Ya me había ayudado antes. Pero, en mi casa no había nadie más. Raúl nunca se encontraba en casa. Mi tía Verónica, esposa de mi tío, había salido. Mis papás, también. Aunque daba igual que estuvieran aquí. Ellos no sabían nada de las computadoras. Mi tío Samuel era contador de una importante empresa. Y, según había contado, los días quince de cada mes, como hoy, él estaba abarrotado de trabajo. En esta fecha él debía presentar las declaraciones de impuestos de la compañía. De ahí que trajera trabajo a casa. De todos modos, a pesar de mis necesidades, decidí no molestarlo más. Aún tenía tiempo de sobra, hasta el día viernes, para subir mis dibujos y saber las opiniones de los demás sobre ellos. Con la ayuda de Emma o Raúl, podría hacerlo. En consecuencia, decidí “forear” un poco más. Y comencé en el subforo, en el cual, debí haberlo hecho desde el principio. En la sección “Normas del foro (leerlas antes de postear)” pude ver cuál era el comportamiento que se esperaba de los foreros. A pesar de que, se insistía en el anonimato de los alumnos, debíamos conducirnos con cortesía y respeto hacia otros. Los insultos y provocaciones no estaban permitidos. En el caso que se diera, el mensaje sería borrado por el moderador, con un aviso previo de atención al forero en cuestión. Y, en caso de reiteración, el alumno sería expulsado (o “baneado” como se decía en términos foriles) por un tiempo determinado, dependiendo de la falta que hubiera cometido. Asimismo, se instaba a que, en el caso de que hubiera una ofensa hacia alguno, no se respondiera. Tanto el que provocaba, como el que respondía en una discusión, serían sancionados con una expulsión temporal del foro. Para el tema de creaciones publicadas en el foro, en la sección de “Literatura” (cuentos, poemas y novelas), como en la sección de “Cómics” y “Manga y Anime” (relacionado a los fanfics, fanart, comics o creaciones originales de los foreros), se exigía que fueran trabajos originales. El plagio no estaba permitido y sería sancionado con una expulsión temporal del foro al que incurriera en ello. Y, por supuesto, la obra copiada sería inmediatamente borrada de la web. Yo estaba de acuerdo con estas reglas. El dibujar algo, a pesar de que en mi caso se trataba de un fanart —y estaba basado en algo que pertenecía a un universo previamente creado por un tercero—, requería de algún tiempo y esfuerzo. De este modo, yo era de la idea de que debían protegerse de los plagios. Luego de conocer cómo desenvolverme en el foro, procedí a leer los otros subforos. En el apartado de “Bienvenidas” decidí presentarme. Pero, antes de hacerlo, leí las indicaciones de cómo escribir un mensaje en el foro. Luego de leerlo, hice click en el botón “Nuevo Tema” para crear el tópico de mi introducción. En donde decía “Asunto” debía colocar el resumen del tema que iba a crear. ¿Cuál elegir? Pensé un momento. Bien, quería presentarme, decir algo de mí, pero tampoco dar muchos detalles que pudieran indicar quién era. Siempre recordando lo mencionado por el Prof. Torrejón. Luego de varios minutos, el mensaje a continuación decía lo siguiente: “Buenas noches a todos. Es un gusto estar aquí con ustedes y poder presentarme. Tenía muchas dudas de hacerlo, pero como es una tarea asignada por el Profesor Óscar Torrejón, pues no me quedó más remedio. Es una lata esto de estar usando las computadoras ¿no creen? Odio las computadoras desde que era pequeña. No se sienta mal profesor, que sé que está leyendo esto, y quizás después de hacerlo usted busque expulsarme del foro, pero usted nos asignó esta tarea. Aparte que, si me banea sería injustificado. Acabo de leer las normas del foro y no dice nada sobre quejarse de que usted nos haya asignado como tarea de Informática el forear. Ustedes estarán de acuerdo conmigo ¿no?... ” Un momento… ¡Dios santo! ¿Qué estaba escribiendo? ¡Estaba quejándome abiertamente de las tareas del profesor! Nada sensato… Rápidamente, borré todo lo escrito. Así que empecé desde cero. Nuevamente, luego de un rato, se podía leer lo siguiente: “Mi nombre es Cyberania. Tengo dieciséis años. Pienso que las personas estamos en este mundo para mejorarlo, no para empeorarlo. Entonces, todos debemos poner un granito de mejora en ella, hay que ser ecológicos, plantar árboles, ahorrar el agua, apagar las luces y los aparatos electrónicos cuando no lo estemos usando, adoptar a los animales abandonados cuando nos encontremos con algunos. Espero que todos los que estén posteando aquí no dejen sus ordenadores conectados más de lo necesario. Si no, no estarían siendo ecológicos y estarían despilfarrando la electricidad…” Otra vez dejé de escribir. Estaba reprochándoles a mis compañeros, ¡qué horror! Por un momento creía que ellos eran mis hermanos menores, a quienes siempre les retaba por dejar los aparatos eléctricos, sobre todo, Raúl. Éste siempre dejaba las luces de los pasadizos, la televisión y el equipo de música encendidos. Y siempre estaba yo ahí, pendiente de ellos y desconectándolos. Pero mis condiscípulos no eran Raúl, ni mis otros hermanos menores, así que, yo no tenía derecho alguno para retarlos. Aparte que, si lo hacía, podía ganarme anticuerpos entre ellos y yo no quería tener enemigos gratuitos. Quería que mi interacción en el foro fuera lo más pacífica y desapercibida posible. Al final, luego de un buen rato que me pareció una eternidad, por las ediciones y reediciones que hice a lo que escribí, mi mensaje de presentación se resumía a unas miserables dos líneas de presentación. Y ¿por qué? Pues, léanlo a continuación: “Buenas a todos, soy Cyberania. Espero pasarla súper y llevarme bien con todos. Adiós.” ¡Tanto rollo para esta paupérrima presentación! En fin… Luego del “problema” que me había sacado de encima, proseguí a explorar los distintos subforos. Entre los que veía, decidí navegar en “La Taberna (Tema Libre)”. Ya en este subforo quedé alucinada. El común denominador de los temas creados eran de los más risibles. Alguno de ellos eran los siguientes: -Cuando se te ensucian las medias, ¿las echas al traste? ¿o las volteas para aprovecharlas al máximo? -¿Cómo te limpias las uñas? ¿Te las comes? ¿O te las cortas con tijeras? -¿A qué te huele el aliento? ¿A menta? ¿O a la última jamonada que comiste en el almuerzo de la escuela? No pude menos que sonreír sobre nuestros “hábitos de limpieza”. Mis compañeros de la escuela estaban cumpliendo la tarea asignada por el profesor, pero no del modo correcto. ¡Se lo estaban tomando como cachondeo! Por supuesto, es comprensible decirles que estos temas estaban cerrados. Y en todos de ellos, el Sr. Torrejón posteó un mensaje de aviso. “Se les ruega a los estudiantes que participen en el foro del modo adecuado. El siguiente mensaje de este tipo será borrado sin previo aviso. Cabe señalar que, los creadores de estos temas tienen un mensaje como pre-aviso de baneo. Si persisten en su comportamiento, serán expulsados del foro por un día” ¡Pobre profesor! Si ya era suficiente que trabajase en la escuela y tuviera que lidiar con las bromas adolescentes de los estudiantes, típicas de nuestra edad, ahora tenía que hacerlo desde su casa. ¡No me quería poner en su lugar! Aunque, tenía que admitir que mis compañeros tenían ingenio para crear “posts”. Solté una carcajada de sólo leer los distintos mensajes que estaban cerrados por el Sr. Torrejón. Ya, queriendo ser más seria, decidí explorar otro subforo. El de “Literatura” llamó mi atención. Y, a pesar de que el foro tendría, según supuse, uno o dos días de existencia, se veía bastante actividad. Había varios post para comentar sobre libros, escritores favoritos, consejos para escribir. Pero había uno, en especial, que me interesó. El apartado de “Postea tus creaciones literarias” estaba dividido para novelas, cuentos y poesías. Éste me interesó, ya que, además de dibujar, yo también solía escribir. Tenía una libreta de algunos cuentos sin terminar que había hecho, según me venían las ideas. A su vez, algunos poemas sueltos que había escrito en mi país de origen. Pero, desde que había llegado aquí, no había escrito nada. Por algún motivo, mi creatividad literaria estaba bloqueada. De todos modos, yo tenía algunos poesías que podría publicar. Quería saber la opinión de otros escritores como yo. Asimismo, el profesor o profesora de literatura que me fuera asignado, quien seguro también se pasaría por este foro para participar, podría observar mis poemas y opinar sobre ellos. Pero, antes de animarme a publicar algún verso mío en el foro, déjenme contarles algo más de otra de mis pasiones. La poesía en especial se había convertido en mi compañera en los últimos meses. ¿Y cómo se dio ello? Pues a continuación les relataré. Cuando, hacía meses, había llegado la carta del banco para desalojarnos del departamento donde vivíamos y Miguel había sido arrestado, una vez más, por comercialización de droga, la crisis familiar tocó fondo. Mis padres peleaban continuamente, haciendo que el llegar a mi casa después de clases fuera algo poco deseable para mí. Y siempre que yo salía de la escuela caminaba lentamente, mirando los escaparates de la calle y a la gente pasar. Quería, por algún motivo, que mi vida familiar y economía mejorara, pero esto no era así. En algún momento de mi vida llegué a tener una gran depresión. Creo que era comprensible, después de todo. Las situaciones por las que yo pasaba, a pesar de mi corta edad, habrían producido más de una preocupación a cualquiera. Pero yo tenía que batallar con ellas, a pesar de contar sólo con quince años por ese entonces. Así que, la vía de escape a todo lo que me pasaba, aparte del dibujo, era la poesía. Plasmar en unas líneas de papel la tristeza, frustración, ansiedad, miedo e incomprensión, eran continuos en mí. Un cúmulo de sentimientos negativos me invadían todos los días y yo escribía sobre ellos. Luego de terminar mis versos yo me sentía más tranquila. Asimismo, hasta ahora, nadie me los había leído. Y vi en el foro el momento preciso para ello. El anonimato virtual, en el que tanto había insistido el Profesor Torrejón, era la oportunidad perfecta para mí. Después de leer los poemas que tenía en hojas sueltas y en una pequeña libreta negra, me decanté por uno en especial. Este plasmaba el momento exacto en el que la desesperación y tristeza me invadió. En el que yo extrañaba los momentos del pasado, en el que la economía no era tan apremiante y en el que la unidad familiar era mejor. En especial, en la época en la que Miguel era un joven amable, con proyectos del futuro, un hijo amoroso con mis padres y un hermano protector con mis hermanos y conmigo. ¿Alguna vez las cosas serían como en el pasado? Ni idea, pero mi poesía expresaba ello. La melancolía por un pasado mejor. Una nostalgia por un tiempo en el que yo me quería quedar para nunca proseguir. Un ayer que era más bondadoso conmigo, con mi familia y con mis sentimientos. En consecuencia, mi segundo mensaje en el foro, luego de mi lacónica presentación, constaba de lo siguiente: “Buenas. Voy a publicar los siguientes versos. Quisiera, por favor, saber la opinión de todos. En qué puedo mejorar. Qué está bien, qué está mal, etc. El poema se titula "Melancolía" Melancolía que mata, pero que no desespera. Melancolía que duele, pero que no ansía. Melancolía que pasa y que a la vez se hunde. Melancolía que muere y que a la vez renace... Tristeza de ayer, esperanza de mi futuro. Tristeza que ansío, pero que a la vez rechazo. Tristeza que amo y que a la vez odio... Pasado tortuoso, futuro esperanzador... Sombras que pasan, espíritus que llegan. Oscura noche que hoy con luna azul que alumbra... Luna azul que llegó a mi vida que se quedó en mi ser con una gran herida que me alumbra hasta hacerme desfallecer ¿Qué pasará mañana, querida luna? ¿Cuándo llegará el gran día que mi vida decida su partida?” Tímidamente, le dí click al botón “Enviar” para publicar mi mensaje. Luego de un par de segundos, en que pensé bien la situación, las dudas e inseguridades me asaltaron Me arrepentí de publicar mis versos. ¡Dios mío! ¡Había decidido compartir mis sentimientos negativos con unos desconocidos! ¿Qué pensarían quienes me leyeran? ¿Qué opinarían Anabel, Erika, Abel, Cris, mis amigos? Pero, sobretodo. ¿Cómo juzgaría Joaquín al dueño de esta poesía? ¿Como una maniática depresiva? ¡Madre de Dios! Busqué rápidamente en el sílabo del curso las instrucciones para borrar mi poema. Luego de leer el tutorial, me apresuré a hacer click al botón “Borrar”. Sin embargo, posteriormente me di cuenta de que no podía. ¡Ya alguien había escrito después de mí! ¡Dios bendito! El usuario con el nick “Han”, quien tenía como avatar una imagen que llamó mi atención —una letra “X” gigante con pequeñas letras en rojo que decía “Desconocido” — había opinado mi poesía. Su mensaje decía lo siguiente: “Bonito poema. Demuestra mucha tristeza en la escritura. Supongo que no pasabas por un buen momento en tu vida cuando lo escribiste. Pero esto demuestra lo que todo poeta debe tener: abrir su alma hacia la poesía. Ya sé que el foro no nos permite saber nuestras identidades, pero sea quien seas, se nota que eres una poetisa con mucho talento. Felicidades. Saludos.” No pude menos que saltar hasta el techo de felicidad. ¡Había recibido mi primer comentario respecto a mis versos! Y eso no era todo, ¡estaba lleno de halagos hacia mí! ¡No pude menos que sentirme orgullosa de mí misma! Cuando me dispuse a darle click al botón “Responder mensaje” para agradecerle a Han por su comentario, una ventanita del explorador se abrió con el siguiente mensaje: “Un nuevo mensaje le espera en su Bandeja de Entrada” ¿Esto qué significaba? Leí el sílabo de Informática y di con mi respuesta. Había recibido un mensaje privado. Pero ¿de quién? Para calmar mi curiosidad, decidí leer el mensaje que me había llegado. Le hice click a “Ir a mi Bandeja de Entrada”. Y ahí estaba. En mi bandeja de mensajes se leía lo siguiente: “Tema del mensaje: Hola De: Han Para: Cyberania Yo también escribo poemas como tú. Aunque, a diferencia tuya, yo no he tenido el valor de publicarlos en el foro ni nadie más ha leído mis poesías. Creo que me siento intimidado. Si deseas, podemos intercambiar opiniones sobre ellos por privado. O, si hay más confianza, te dejo mi Messenger de la escuela por si deseas agregarme y charlar más. Mi msn es han@cybermundo.com” ¡Me quedé de piedra! No sabía que este chico, que había sido tan amable conmigo, también tuviera alma de poeta. Sin embargo, tenía mis dudas sobre agregarlo o no a mi Messenger. Para empezar, no sabía cómo usar el programita ese. Aunque sabía que servía para mantener conversaciones virtuales con los contactos que tuvieras agregado. Raúl, siempre que me acompañaba a los cibercafés para yo hacer mis monografías, mientras él me esperaba, él alquilaba otra computadora para usar su Messenger. Y lo hacía con un fin nada bueno. Él solía charlar con sus “cibernovias”, como las llamabas. Jovencitas que se creían todo lo que él les decía. Este Don Juan, aparte de tener mucha facilidad con las chicas en la vida real, tenía mucha habilidad social en la red. Según Raúl me había contado, él tenía tres “cibernovias”. Y las pobres chicas eran muy ingenuas. Cada una se creía las mentiras que mi pequeño hermano les decía. Desde tarjetas virtuales, poemas románticos copiados vilmente a otros escritores, hasta fotos de él con mensajes de amor, solían ser mandados a sus “novias” desde su Messenger. Y, en el colmo de la desfachatez, ¡todos estos mensajes eran iguales! ¡Solamente cambiaba el nombre para la destinataria! Con el ejemplo de Raúl, tenía temor de que Han fuera otro galán virtual que me quisiera agregar para querer enamorarme por Messenger. Por eso tenía mis dudas para agregarlo. Aunque, pensándolo bien, ¿por qué pensar mal de él? No todos los chicos de la escuela tenían que ser como mi hermano ¿o sí? Sin embargo, otra incertidumbre me asaltaba ¿Y si Han era Joaquín? Si no lo añadía, podía perder la oportunidad de hacer amistad con él. Quizás con ello, la ocasión de conocernos más y, en un futuro, vencer mi maldita timidez frente a él. ¿No creen? Asimismo, Han no me había insinuado nada romántico. Su interés por conversar conmigo versaba sobre nuestra afición por la poesía. A su vez, no conocía a ningún otro amigo literato que, como yo, escribiera poemas. Así que, no tenía nada de malo tener un compañero con quién charlar sobre ello. Podría ser provechoso, después de todo. Con estos últimos pensamientos, que me animaron a dejar atrás mis temores e inseguridades, decidí responder a la solicitud de Han. Y, con ello, mi primera amistad virtual había comenzado.