PRÓLOGO. “De los cielos descendió, armado cómo nunca, mirando siempre hacia el horizonte, caminando con miedo. Mientras atravesaba las praderas, los susurros de los Dioses parecían hacerse audibles a los oídos de los humanos. ¿Qué lo hacía tan especial? Tal vez el simple hecho de poder blandir su temerosa espada, un guerrero legendario, una muestra exacta del poder del Mísmisimo-…” —Leonard, tch…— Una pequeña vocecita hacia bullicio entre las oraciones matutinas del señor Fray. —Leo, despierta…— Cada vez se hacía más elocuente la voz femenina. Todo parecía estar nublado, ¿qué fue lo último que sucedió…? Oh, cierto, hoy era día de oración en la gran ciudad. Todos los campiranos y citadinos se juntaban para escuchar la santa palabra del caballero Fontaine-Exupéry. La verdad que no se le podía llamar monarquía al régimen de control que se mantenía en la ciudad, sino más bien un gobierno teocrático, o en palabras más sencillas un gobierno religioso. “Cité de Dieu” profesaba en los grandes murales, que estaban perpendiculares al gran pórtico que daba entrada a una ciudad llena de maravillas. Los campos de olivos, el atardecer campirano y las buenas charlas con los de la villa “D’Amico” eran las cosas buenas que tenía esta urbe. ¿Para qué enfocarnos en las cosas malas? Claro, podemos omitir la corrupción, la falta de educación, la ignorancia total sobre temas que estén afuera del lugar en dónde vivimos. Los traficantes son la salvación de este lugar, ¿pero qué trafican? Lo más preciado en estos momentos, información. Los traficantes son gente que arriesgan sus vidas todos los días, para traer trozos de información a los habitantes de la ciudad, todos estaban hambrientos de conocimiento, bueno, no todos, una minoría la verdad, la minoría que se hacía pasar como mayoría. Son los panaderos, los agricultores, los herreros, son los granjeros, sí, son el pueblo, son los que luchan por una calidad justa de vida, en un gobierno que oprime con impuestos cada vez más altos, ¿y a eso le llaman “Pueblo de Dios”? Es toda una fachada, tratar de salir del inmenso territorio se consideraba como traición e iban tras tu cabeza o de cualquiera que lo intente, es por eso que los traficantes en secreto eran tratados como héroes. ¿Por qué sé todo esto? ¿Por qué un chico de trece años sabe todo esto? Sencillo, ingresé a las reuniones en secreto. Me ocupo de ser vigía por las noches, me están entrenando para eso, yo también quiero ser algo cuando ya tenga una edad suficiente… Quiero liberar a mi pueblo, quiero liberar a todos mis hermanos, amigos y amigas, quiero ser lo suficientemente fuerte como para protegerlos a todos ellos, quiero tener la audacia y la inteligencia para llevar a este lugar a un mejor futuro, pero no podré hacer eso mientras la opresión divina este aquí, solamente soy un número más para esa gente, pero esperen… Que un número también puede hacer la diferencia en una gran ecuación, nunca olvidaré lo que soy y nunca dejaré atrás a mi gente, lo prometo. —Leonard. — Inquirió una voz potente. —Despierta, chico. — Lo próximo que sintió el muchacho de dieciséis años fue un golpe en la cabeza, sus ojos se abrieron de inmediato observando adormecidos al hombre robusto que tenía en frente. —Hm… Buen día, padre. — —Vístete rápido, hoy es día de anuncios. — Sí, hoy eran los días en los que se anunciaban los puestos de trabajo que tendría cada habitante registrado en la ciudad. Leonard Faure, hijo único de la familia Faure, grandes agricultores, es un chico chapado a la antigua, disciplinado y bastante rígido, sabe lo que quiere y también cómo debe conseguirlo, odiaba la agricultura con todo su ser pero no podía decepcionar en la familia, se hizo aprendiz a una temprana edad, los rastros de esto son las cicatrices y su chamuscada piel. Tiene una ideología bastante precisa, su misión principal, entrar a la armada divina, tampoco le agradaba mucho la idea de ser un soldado pero era algo que iba acorde a sus planes de largo plazo. Su abuelo era un hombre de letras, le encantaba leer todo tipo de cosas, y escribir, más que todo escribir. Dejó en la tierra unos cinco libros de los cuales, Leonard tenía cuatro, el que mas le gustaba era: “El arte de la vida” él cree que lo leyó como cien veces. En aquel libro decía que si uno quería de verdad vivir, debía ser libre de cualquier atadura, según su padre eso solo era locura senil pero Leonard lo tomó muy en serio. —Buen día, madre. — La expresión facial del joven casi nunca cambiaba, en realidad se mantenía estoico casi todo el tiempo, como si estuviera indiferente a todo. — ¿Ya estás listo? Vámonos. — Su madre tampoco era muy habladora que digamos. El camino a la gran plaza no era muy largo, se encontraba a unos cuantos kilómetros de dónde vivían. Desplazarse era un poco complejo cuando uno es niño, pero cuando uno va creciendo se acostumbra a los “móviles aéreos” que eran una especie de botas con un mecanismo que hacia soltar vapor y se impulsaba a gran velocidad, el equilibrio era muy importante a la hora de manejar este artefacto. ¿Por qué no demostraba emoción alguna? Leonard siempre mantenía la temple, tratando de pensar en todo lo que podría suceder y como sacar un mejor resultado. Pero para qué mentir, en ese momento estaba hecho un manojo de nervios, tenía muchos miedos, ¿y qué si fallaba…? Peor aún, ¿y si moría? Cómo era de esperarse una gran masa de personas se reunieron para lo que vendrían a ser las elecciones principales. Las cinco ramas principales que sostenían a la metrópolis eran la agricultura, la armada, la herrería, los santos y los pensadores. Cada rama tenía un cierto requisito, fuerza, inteligencia, audacia, habilidad. El tiempo con el que se hacían las misiones asignadas también contaba. El mecanismo de elección es fácil, o eres competente o te vas. Para poder ingresar a una de estas secciones uno tenía que tener el linaje adecuado o ser demasiado valiente para arriesgar la vida en otra especialización. Anualmente se presentaban unos 500 jóvenes, de los cuales diez serían elegidos para santos, 10 para herreros, 10 agricultores, 5 pensadores y 10 para la armada. En la lejanía se escuchaba cómo las pisadas se hacían cada vez más fuertes, cada familia se acercaba, los representantes máximos de cada una, solo un hijo por familia, no todos eran “dignos” de competir en las elecciones. Leonard no tardó mucho en despegarse de su madre y dar un paso adelante con la insignia de la familia Faure pegada al pecho, una brisa le rozó las facciones de la cara mientras observaba cómo las nubes pasaban con lentitud. — ¡Atención!— En la multitud una voz clamó con fuerza. Todos giraron la cabeza casi al unísono, era nada más y nada menos que el Gral. Furizziare. —“Aujourd'hui, nous devons défendre la ville, aujourd'hui nous devenir des héros. Le calme de l'agriculteur, la force du soldat, la tranquillité du penseur et la sagesse des saints. Aujourd'hui viennent à vous, O grand peuple de Dieu.” — Todos los concursantes pusieron la mano al pecho mientras se arrodillaban y daban paso al general. —Vive le grand peuple de Dieu. — Un silencio de iglesia se hizo presente mientras el crujir del borceguí parecía tratar de romper tal silencio. —Hoy es el día en dónde se forjan las leyendas, dónde el pueblo muestra su luz, dónde deshecha su oscuridad. ¡Hoy es el gran día, señores! — La elocuencia de Furizziare era fantástica, pero aún así no desechaba ese tono extranjero que molestaba a algunos y generaba admiración en otros. —Quiero a todos los aspirantes a militares a la izquierda. — El protocolo parecido a la burocracia se alargaría tal vez unas horas… Eso sí, en algún-… ¡Boom! —¡Miren! — El grito de aquella persona en la muchedumbre fue lo suficientemente locuaz para que todos miraran asombrados lo que pasaba en frente a sus ojos. El general Furizziare miraba asombrado, casi boquiabierto. —¿¡Acaso son ustedes los que se proclaman la Ciudad de Dios?! ¿¡Acaso estos eran los muros intocables?! ¡Tiemblen, pecadores! Su final a llegado… — La dimensión de tropas que se avecinaba atrás de ese hombre era realmente impresionante. La gente no tardó siquiera un minuto en empezar a enloquecer y a correr a sus hogares o a dónde pudiesen. El cráter que se había formado en la muralla principal era realmente enorme, la armadura de plata de aquel caballero brillaba tanto cómo el color turquesa de sus ojos. El general observó lo que sucedía y una lágrima se le deslizó por la mejilla. —¡Y-Yo nunca pertenecí a este pueblo! Agarrenlos… Sí… Ciertamente, ¡me tenían secuestrado! ¡Me tenían secuestrado! — El supuesto mando mayor de la ciudad ahora perecía ante los soldados de algún reino. Las tropas enemigas ya estaban totalmente instaladas en la gran urbe, es más, hasta estacaron su bandera en “suelo santo” a ellos no le importaba nada de los que los otros pensaban. — ¡Tropa! Hoy comenzaremos con la purificación de este pueblo blasfemo… ¡Hoy el gran reino de Zerof tomará tierras impuras! — — ¡A la orden! Los caballeros de embestidura de bronce fueron los primeros en avanzar, el total de asesinatos que se planeaba no era una cierta parte de la población, si no a todos. La caballería de Cité de Dieu dio marcha adelante, se presentaron todos los pensadores, agricultores, militares, herreros y santos para defender a su ciudad. La fila de ciudadanos valientes se conformaba por dos atrás cinco adelante, conformando así una columna humana, los militantes levantaban sus ballestas, mientras que en la primera fila los magos expulsaban vapor de sus escudos. Trataban de formar una falange macedónica, pero para llamarlo en un término mas coloquial, una barrera que se movía. Por otro lado el General. D’Ragazzo trataba de formar una centuria, colocando a 10 agricultores por delante, con estacas y a 8 santos arqueros por detrás, se hicieron grupos de 30 centurias. El ambiente parecía estar lleno de angustia y dolor, porque de hecho eso era lo que sentían sus habitantes. El polvo generaba una especie de tormenta de arena, con lo cual los dos ejércitos blandían sus lanzas y espadas. Aunque tenían una buena conformación para la batalla aún los del reinado de Zerof eran superiores en tropas y en armamento. El hombre de hebras azabaches y ojos tan turquesas como el claro del mar quedaba sorprendido con la velocidad en la cual el llamado pueblo de Dios se conformaba para una guerra, comandado por un no sé quién. ¿Acaso ellos tenían que tenerle miedo a eso? Les superaban en número y por mucho en estrategia, ¿acaso querrían hacer la famosa tortuga? No les serviría, el mismo hecho de que los hombres de la ciudad helada eran poseedores de algo que sus enemigos, no. —¡Infanteria, caballeria! ¡Atacad! El vozarrón dio comienzo a una carnicería de la cual ningún reino nunca fue testigo.