[Long-fic] Chained

Tema en 'Historias Abandonadas Originales' iniciado por Mellorine, 6 Junio 2013.

  1.  
    Mellorine

    Mellorine Usuario popular

    Capricornio
    Miembro desde:
    31 Enero 2012
    Mensajes:
    556
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    [Long-fic] Chained
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    2
     
    Palabras:
    464
    Esta historia la comencé a escribir en mi trabajo, en mis ratos libres. La verdad por alguna razón me encariñé con ella, y me dieron ganas de publicarla. Espero a ustedes les agrade de la misma manera.
    Si lo creen necesario les invito a comentar, lo bueno y lo malo que vean o simplemente lo que sintieron al leer.

    ¡Desde ya muchas gracias!
    Prólogo.
    Te miré a los ojos y sonreí. “No te preocupes”, te dije. “Todo va a estar bien entre nosotros”.

    Mentira.

    ¿Cómo iba a estar bien? Te amo con locura, como jamás amé en mi vida. Estoy enfermo de amor. Y pensé que era así para los dos, pero me equivoqué ¿no? ¿Dejarme de un día para el otro? ¿Seamos sólo amigos? Cómo puedes decir eso así como así, después de todo lo que pasamos juntos. ¿De verdad creíste que todo sería tan fácil?

    Loca, demente.

    ¿Cómo ser tu amigo después de que probé el sabor de tu piel, de que sentí el placer de ser tu amante? Ya no te veo como una simple amiga, en ti veo reflejado mis mayores deseos, y no sólo de tu cuerpo -oh sí, ese cuerpo que me enloquece-, sino también de tu alma. Fuiste mi luz al final del túnel, mi princesa, mi todo. La razón de mi existir.

    Vuelve.

    ¡Teníamos planes por Dios! Prometimos muchas cosas, viajes, hijos, una casa ¿por qué no puedes cumplir tu parte? Aún queda tiempo, puedes arrepentirte. Debes hacerlo…

    Ámame.

    Lo nuestro fue muy fuerte, es fuerte aún. Tienes tiempo de retractarte, de aclarar tu mente y ver que conmigo puedes ser realmente feliz. Tu vida es a mi lado, y la mía al lado tuyo. Es tan simple como eso. Me necesitas para vivir, así como el aire tus pulmones.

    Extráñame.

    De alguna forma te haré cambiar de opinión, te lo aseguro. Ya deberías saberlo: así como yo no puedo vivir sin ti, tú no vivirás si no es conmigo.

    “Me extrañarás, como el otoño extraña esas hojas secas,
    Como se extrañan esas mañanas eternas de amor, sexo y pasión en mi habitación.”
    Me extrañarás, Rodrigo.
     
  2.  
    Mellorine

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    Capricornio
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    Escritora
    Título:
    [Long-fic] Chained
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    2
     
    Palabras:
    2021
    Capítulo 1.
    Era un viernes por la noche cuando Soledad y Martín se conocieron. Ambos fueron a ese bar por sus propios motivos, por sus propios pesares. Soledad era una mujer casada de 31 años, que acababa de darse cuenta que su vida no era la que había querido: Un marido al que no amaba, un hijo que nunca había llegado, y ningún amigo con el que poder hablar sobre ello.

    Y es que desde que se había juntado con Manuel, había dejado de lado a todos los que habían sido importantes para ella. Todos decían que él no era el indicado, que estaba cometiendo un grave error, pero ella no quería escucharlos. Por eso se había alejado, a su mundo fantástico con su príncipe azul que ahora no era más que un asqueroso sapo. Y no es que él engordara, que perdiera su trabajo o se quedara calvo, él seguía siendo el mismo de siempre. Ella había cambiado. No sabía en qué momento exactamente ella comenzó a sentir que el amor que él le daba ya no le alcanzaba, por eso se distanció un poco. Y ahora él, ya cansado de ser rechazado, directamente no le daba amor. Pero a ella no le importaba, realmente no quería el amor de su marido, quería algo más.

    Sabía que él llenaba sus vacios con una compañera de trabajo, con una prostituta y con la empleada. ¿Por qué ella no podía hacer lo mismo? Después de todo, él tuvo la culpa. El dejó de verla como una mujer, dejó de hacerla sentir deseada, viva. Soledad sabía que aquella decisión no era la mejor, pero qué iba a hacer, ¿dejarlo? No tenía donde ir, ni siquiera trabajaba. Hasta eso le había quitado aquella decisión: su independencia.

    Había llegado al bar con la intención de embriagarse y meterse con el primer tipo que se le cruzara, pero no había podido hacerlo. Todavía lo respetaba, ¿por qué, estaba demente? Él lo hacía cada semana, incluso últimamente lo hacía cada día, ¿por qué ella no podía ni siquiera intentarlo?

    Se levantó del banquito en el que se había sentado y no se había movido desde que llegó. Pagó su bebida tónica, agarró su bolso y se fue camino a la puerta. Se sentía estúpida por irse de aquella manera, pero sabía que no iba a hacer nada de lo planeado esa noche, así que lo mejor era ir a su cama y dormir, o quizás leer, o simplemente pensar en lo desdichada que era.

    El barcito era pequeño y estaba lleno. Tuvo que hacer malabares para pasar entre las mesas y sillas del lugar, pidiendo permiso y recibiendo groserías de los que no querían moverse. Cuando ya estaba a unos pasos de llegar, sintió entre los gritos y el barullo del lugar, que una canción conocida que realmente le gustaba había empezado a sonar. Decidió desviar su camino y se dirigió al pequeño tocadiscos que había visto al llegar, cuando el lugar aún no estaba repleto.

    —Es una buena canción… -le dijo al joven que estaba parado frente al aparato.

    Él se giro hacia ella y le sonrió. Le hizo un gesto con la cabeza y volvió su mirada a la lista de canciones del reproductor.

    Ella no dijo nada más, no porque no quisiera, sino porque no podía. Hacía mucho tiempo en que no veía el dolor tan de cerca. Se limitó a apoyarse sobre el tocadiscos, y a disfrutar de la canción. Pero ya no le importaba para nada aquella melodía, en su mente estaban los ojos de ese chico, completamente rojos por el llanto. ¿Qué le había pasado para estar de aquella manera? Quería preguntárselo, de verdad quería.

    Martín era un chico de 23 años, que estaba por terminar la carrera de Derecho en una Universidad Nacional. Vivía con su madre, una señora de unos 79 años, que era el amor hecho persona. Su padre había muerto cuando él era pequeño, así que su ella era su única familia. Realmente era lo único que tenía.

    Eran una familia humilde, él tenía un empleo de medio tiempo en una pizzería, y ella recibía mensualmente su jubilación que apenas alcanzaba para subsistir, sumado a una pequeña pensión por parte de su difunto esposo. Aún así eran felices pues se tenían el uno al otro, y no necesitaban nada más.

    Pero esa felicidad, como cualquier otra, no era para siempre.

    Mientras Martín estaba en una de sus clases, un número desconocido le había hecho una llamada, y aunque él no solía contestarlas, algo dentro de él le dijo que lo hiciera.

    -Raquel está en el hospital, está muy mal –era Julia, su vecina, que le llamó para contarle la noticia-. Quiere verte Martincito, necesita verte.

    No necesitaba repetirlo. Sin avisar ni pedir permiso, salió disparado a la calle en busca de un taxi. No tardó mucho en encontrar uno, ni en llegar al lugar, ni en encontrar la habitación. Pero al parecer fue demasiado, su madre ya no le estaba esperando.

    Se acercó hasta donde ella estaba acostada, y tomando su mano suavemente, le besó la frente.

    -Que descanses mamita… -le susurró al oído y dejó el lugar. No hizo caso a los médicos ni a su vecina, simplemente se fue. ¿Qué podían decirles ellos? Ella había muerto, no había forma de cambiarlo.

    Llegó a su casa luego de unos 40 minutos de caminar, sus pies dolían, pero no tanto como su corazón. Fue hasta la habitación de su madre, y se recostó sobre su cama. El cobertor estaba impregnado a lavanda, a ella le encantaban ese rociador para telas y a veces exageraba un poco al aplicarlo y dónde aplicarlo. Abrazó la almohada con fuerza y dejó salir todo lo que había estado reprimiendo hasta ese momento. Lloró por horas, gritó, maldijo al mundo entero, hasta que finalmente el sueño lo venció. Durmió hasta casi la medianoche.

    Y ahora estaba ahí, parado escuchando la canción que siempre ponía su madre para hacer la limpieza de su pequeña casita, esa canción que le recordaba a su juventud, que le hacía sentirse feliz y con ganas de afrontar un nuevo día.

    ¿Una buena canción?

    Sí que lo era, de las mejores. Le sonrió a la mujer que le había hecho aquel comentario y siguió concentrado en lo suyo. En recordar aquellos momentos que pasó con su mamá, en su sonrisa, en lo deliciosas que eran sus comidas. En como aún con 23 años, de vez en cuando ella iba hasta su cama a despedirlo con un beso en la frente, como si de un crío se tratase.

    Ya todo eso se había acabado, iba a tener que aprender a vivir sin ella. ¿Pero cómo? No había nada que lo motivara a hacerlo, para él todo se había ido con su madre, sus sueños, sus ganas de ser alguien.

    La canción terminó, y la realidad volvió a hacerse presente. El barullo de la gente le molestaba, su cabeza le dolía y sus ojos le ardían.

    —¿Me permites? –sintió que le decía suavemente la misma voz que había escuchado antes.

    —Claro… -susurró haciéndose a un lado.

    —Veo que te gusta lo retro, ¿no? Debería estar por aquí… –decía la mujer mientras buscaba en los distintos discos que ofrecía la máquina–. ¿Fue tu padre o tu madre?

    —¿Disculpa? –no entendía bien que estaba pasando, ¿por qué le hablaba? Martín no quería hablar con nadie, quería morirse, que lo tragara la tierra, no hacer sociales en un bar.

    —¿Quién te mostró esa canción? Eres muy joven para haberla vivido, recuerdo que yo la bailaba en las matinées que organizaba mi escuela… ¡Ay, aquellos tiempos! -dijo finalmente seleccionando un tema y haciéndolo sonar-. Esta también me encanta, ¿a ti no?

    En algo tenía razón, debía admitirlo. Su gusto musical en general era muy retro: rock nacional del viejo, muchas baladas, y los clásicos del Rock y del Pop internacional que vivirán por siempre. No le gustaba la música actual, mucho ruido, muchas frases sin sentido; demasiado descontrol del malo.

    —Supongo que fue mi madre… -contestó mirando el piso. Había aprendido tanto de esa mujer: el valor de la familia, el aceptar lo malo y disfrutar cada pequeña cosa buena que suceda. Le había inculcado el respeto por las mujeres, y siempre le había mostrado lo que era luchar el día a día. Pero jamás se había puesto a pensar, en que también le había pegado su gusto musical. “Hasta eso aprendí de ti, eh mamá.” Sonrío ante aquél pensamiento, su primera sonrisa luego de tantas lágrimas.

    —¿Ah? ¡No te escucho nada! –contestó ella, tratando de sonar más fuerte que el bullicio que los rodeaba.

    —¡Mi mamá! –gritó él con fuerza-. ¡Ella me enseñó todo, me hizo lo que soy! ¡Pero ya no está! Mi madre, ella… -se llevó las manos a la cara, y recién ahí se dio cuenta que estaba llorando de nuevo.

    Levantó la vista hacia la mujer, que ahora lo miraba sorprendida y quizás incluso algo asustada. Trató de disculparse, pero no le salieron las palabras, tenía un nudo en la garganta que apenas le dejaba respirar. Pudo como la mujer, movía la cabeza de un lado a otro, y posaba su dedo frente sus labios pidiendo de ese modo que no dijera nada más. Por alguna razón asintió, y limpió su rostro con la manga de su camiseta.

    Soledad estaba conmovida. No sentía lástima por él, más bien compasión. Podía ver el sufrimiento del chico, sus ojos eran el reflejo de lo que había en su alma, y no era otra cosa más que dolor. Quería calmarlo, decirle que todo iba a estar bien; por alguna razón quería cuidarlo, protegerlo. Era como un cachorrito abandonado en medio de una tormenta, siendo ella su única esperanza.

    No es momento para hablar, pensó. Sus ojos se miraban fijamente, algo extraño estaba sucediendo entre ellos. Algo los unía aunque ellos no podían notarlo, al menos no en ese momento. Ella se acercó lentamente hacía él, y él por alguna razón cerró los ojos.

    —Déjame ayudarte… -le susurró al oído, haciéndole erizar la piel. El asintió en silencio, y se dejó envolver en un cálido abrazo.

    No entendía qué sucedía, ni por qué se dejaba abrazar por una desconocida, pero de alguna manera sentía a aquella situación bastante familiar. Era la primera vez que se había cruzado con ella, pero no se sentía para nada incómodo entre sus brazos. Apoyó su rostro en su hombro, ella era apenas un par centímetros más alta que él por lo que encajaba perfecto, y al hacer aquello pudo sentir en su ropa un aroma familiar.

    —Hueles a lavanda… -susurró.

    Ella sonrió ante ese comentario, pero no dijo nada, las palabras no hacían falta en ese momento, ya luego tendrían tiempo de hablar más tranquilos. Se quedaron así, unidos en aquél abrazo, hasta que la canción que ella había elegido finalizara.
     
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