de Inuyasha - .~*Cerezos en Flor*~. [Inuyasha&Kikyou]

Tema en 'Inuyasha, Ranma y Rinne' iniciado por Ahome Dea, 11 Octubre 2009.

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    Ahome Dea

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    .~*Cerezos en Flor*~. [Inuyasha&Kikyou]
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    Romance/Amor
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    .~*Cerezos en Flor*~. [Inuyasha&Kikyou]

    Hola gente linda, me he perdido del foro, y qué mejor manera de volver que con este one-shot nacido de mis momentos de melancolía. Fue originalmente ideado gracias a Pami, (así que espero que ella lo lea y me diga su opinion) en los desafíos, pero me ausenté y ya no pude traerlo.

    Espero que les guste, tal vez les parezca demasiado redundante y la historia la misma, pero prestenle atención a los detalles. Era dificil, un desafio de una historia de kikyou e Inuyasha, donde no saliera Ahome y sin llegar al momento en donde se traicionan, así que qué mejor que hablar de cómo floreció el amor entre ambos.

    Espero en verdad sea de su agrado.


    ------------------------------------------------------------​


    .~*Cerezos en Flor*~.

    Entre los hermosos cerezos que florecen en la primavera, una mujer no menos hermosa que las sakuras camina a paso lento disfrutando del aroma a naturaleza. Se deja perder entre sus pensamientos luciendo un rostro sereno pero con unos ojos tristes que pareciera estar a punto de comenzar a llorar.

    - Los cerezos están en flor como entonces, florecen como en aquella primavera en que dejé de ser una niña, como aquella vez en que bajo estos mismos árboles me preguntaba todo de la vida. No fue fácil para mí terminar de crecer sola, no es fácil cuidar de mi pequeña hermana Kaede, esa primavera entendí que debía dejar de pensar en ilusiones vanas a las que no tendría derecho, nací con dones especiales que me hacían única entre los demás, por tanto era la esperanza de la gente de la aldea, era lo único en que podían confiar, porque hasta llegaban a pensar que Kami Sama se había olvidado de ese lugar. Ya son cuatro años de entonces y hoy mis sentimientos me traicionan, he vuelto a preguntarme ¿acaso hay felicidad para alguien como yo? –observa un objeto en su mano y sonríe vagamente-. Qué tonta eres Kikyou, si antes no hubo felicidad para ti, ahora menos con esta responsabilidad que decidiste aceptar.

    El viento hace llegar hasta su rostro la suave caricia de los pétalos de las sakuras, suelta la cinta que ata su cabello y se acomoda en el pasto fresco, permanece acostada disfrutando de ese momento, disfrutando de esa paz tan profunda. Es tanto el placer que el sueño la vence.

    Muy cerca de ese lugar, un joven de plateada melena y ojos color oro camina fascinado con el hermoso aroma a primavera que se siente en el lugar, su olfato hace más maravillosa la esencia que ronda por todo el bosque.

    - Los cerezos están en flor, es primavera -dice con un susurro melancólico-. Madre… te gustaba reposar entre los cerezos ¿verdad?, siempre me platicaste cuánto los amabas. ¿Cuánto habría dado por sentarme siquiera una vez a tu lado a disfrutar de este hermoso paraíso?

    Suspira largamente, desea impregnar en sus pulmones el aroma de los cerezos, sin embargo siente un aroma diferente, un ligero olor a pachulí.
    Atraído por ese aroma se desvía de su camino, llega a un hermoso claro que no había visto las ocasiones que había pasado por ahí, a lo lejos logra distinguir algo, camina lentamente hasta estar a unos pasos de la mujer que plácidamente dormía.

    - Una mujer… una mujer humana… -la observa un momento, su largo cabello tendido en la hierba juega haciendo figuras con ondas, una de sus blancas manos está cerca de su rostro que permanece ladeado mientras la otra está sobre su abdomen, su belleza es innegable. Por sus vestiduras el joven atina a saber-. Es una sacerdotisa.

    Se sienta a su lado, al parecer la mujer estaba tan cansada que no sentía su energía sobrenatural, le habían dicho que una sacerdotisa podía sentir la presencia de los demonios, él no era un demonio completo, pero tampoco poseía esencia del todo humana, sabía que de estar consiente esa mujer podría reconocerle fácilmente.

    - Es muy bonita pensó viéndola melancólicamente-. ¿Algún día un ser como yo podría tener el amor de una mujer así?

    La hermosa mujer mueve su cabeza haciendo su rostro ver hacia el cielo, el joven de un salto se aleja un par de metros, está a punto de despertar y debe alejarse. Voltea a verla una última vez y se marcha.

    - ¡Kikyou! –se escucha a lo lejos una voz llamándola-. ¡Hermana Kikyou!

    Abre los ojos lentamente, ya casi oscurece. Se incorpora, sacude sus ropas, ata nuevamente su cabello y se dirige hacia dónde escucha la voz que la llama. Por fin logra ver a la pequeña niña que corre hasta ella.

    - ¡Hermana Kikyou estaba muy preocupada por ti! –la pequeña la abraza.
    - No tienes por qué. Estoy bien Kaede –le dice abrazándola cariñosamente.
    - Hermana, eres todo lo que tengo, no me asustes así.
    - No te preocupes. Volvamos a casa.

    Mientras camina con su hermana rumbo al hogar, sus pensamientos vuelven a apoderarse de ella.

    - Qué sueño tan bello… me gustaría volver a soñar así, soñar que soy feliz, soñar que puedo ser feliz. Soñar que hay alguien a mi lado velando por mí.

    El tiempo para Kikyou sigue pasando en una triste rutina cada vez más difícil de sobrellevar, a veces se arrepentía por haber decidido tomar en sus manos ese objeto tan valioso pero que tantos cambios desagradables había traído a su vida. Con ser sacerdotisa tenía suficiente, ahora debía cuidar de la valiosa perla de Shikon, ya no podía elegir, ahora sus enfrentamientos con mononokes y youkais eran obligatorios.

    ¿Por qué precisamente a ella que tantos deseos guardaba de ser una persona común tenían que sumársele tantas y tan enormes responsabilidades? Su padre había muerto en combate por la guerrilla, su madre había muerto al nacer Kaede, ella tuvo que velar por su crecimiento, las personas de la aldea la nombraron como su sacerdotisa al descubrir los dones que tenía, y para colmo los Taijija le habían encomendado purificar y cuidar la Shikon no Tama. Eso era más de lo que una persona podía soportar.

    En otro lugar, un gran estruendo resuena en las montañas. Un joven corre huyendo de algo.

    - Maldición… -dice mientras corre tapándose una herida en el brazo-. Ya estoy harto, si son humanos me temen, si son youkais me desprecian. Estoy cansado, harto de vivir así.

    Se refugia en un espeso arbusto espinoso de aquellos seres que lo amenazaban, en la oscuridad recuerda a la joven que vio tiempo atrás.

    - Ya no recuerdo bien su rostro, pero sé que era hermosa –dice bajito, entre sus emociones en ese momento, tenía que recordar algo agradable.
    - ¡Te encontré hanyou! –grita el monstruo lanzando un zarpazo a dónde estaba.
    - ¡Maldición!
    - ¡Muere de una vez maldito hanyou!
    - ¡Ya deja de llamarme hanyou! ¡Mi nombre grábatelo bien, es Inuyasha!

    Diciendo esto lo ataca y lo destruye. Se deja caer de rodillas al suelo.

    - Es peligroso que siga aquí… debo alejarme de esta zona.

    Emprende su camino de regreso al oeste. Fue atacado nuevamente por otros youkais pero salió victorioso, aunque no pudo evitar salir lastimado nuevamente. Ante su situación sólo podía pensar en hacerse más fuerte.

    Pasó algún tiempo hasta que se encontró nuevamente en aquél claro rodeado de cerezos, ya casi finalizaba el verano así que no estaban en flor como entonces, el clima había estado lluvioso, se encontraba parado justo en el lugar en dónde había visto a aquella hermosa mujer.

    - Sería absurdo volver a encontrarla.

    Siguió su camino, esa noche tenía prisa por encontrar un refugio seguro.

    Ante un estruendo se paraliza, decide ir a ver de qué se trata. De un salto sube a un árbol cercano y se sorprende.

    Una mujer se encuentra cansada y agitada, acaba de luchar contra un monstruo, luego… repentinamente gira su mirada hacia dónde él se encuentra.

    - No puede ser posible… -piensa mientras lentamente el color de su cabello se torna oscuro al igual que sus ojos.
    - ¿Hasta cuándo piensas esconderte? –le dice con voz altiva-. ¿También estás tras la perla de Shikon? Te advierto que la protejo y no dejaré que nadie la toque.
    - ¿Perla de Shikon? No sé de qué estás hablando.
    - Entonces no importa, aun así… si no quieres morir, será mejor que no te me acerques.

    Al decir eso trata de marcharse pero apenas intenta dar un paso pierde el conocimiento. Como días atrás la lluvia se suelta de repente, Inuyasha baja del árbol con cuidado, su condición ahora es humana. Se acerca hasta ella…

    - Es ella… es la mujer de aquella vez –pensaba sorprendido mientras veía cómo lentamente la lluvia limpiaba su rostro.

    A lo lejos escuchó que la llamaban y se alejó de ella, lo suficiente para saber su nombre, supo que se llamaba Kikyou.

    No entendía mucho de lo que le dijo, y menos qué hacía una humana peleando con un youkai, era una sacerdotisa, pero era humana, además mujer. ¿Por qué arriesgarse de esa forma? Sus pensamientos seguían atados a ella y a cómo era posible que la hubiese vuelto a ver, aunque…

    - ¡Fhe! No es tan bonita como la recordaba –dijo a sí mismo mientras se alejaba, pero en realidad no era eso lo que sentía.

    La casualidad, o el destino tal vez… quiso que se enterara de qué era la valiosa perla de Shikon, atraído por el deseo de hacerse más fuerte se atrevió a enfrentar a la mujer que la poseía.

    - ¡Hey Kikyou! –se escuchó su grito en el bosque.

    La mujer voltea confundida.

    - Ya sé lo que es la perla de Shikon. Es un objeto mágico que incrementa los poderes de cualquier demonio o monstruo.
    - Esa voz… -dice ella-. Me parece haberla oído antes.
    - ¿Qué? Se olvidó de mi voz. Maldita, y yo no he sacado de mi mente la suya –pensaba molesto.
    - Ha… eres el que se escondía entre las sombras aquella noche.
    - ¡Cállate! –grita molesto y se abalanza contra ella-. ¡Entrégame la perla!

    Un par de flechas lo dejan inmóvil pegado un árbol sin que siquiera lo note.

    Ella lo observa por unos segundos…

    - Ahora entiendo el por qué sentí un aura diferente esa vez. Eres un hanyou. Con la perla podrías convertirte en un demonio puro. ¿Qué tan lejos llegarías por hacerlo? ¿Crees que ese es poder verdadero?
    - ¡Cállate! ¡Me convertiré en un demonio con tu perla y cuando lo haga te mataré!
    - Mientras sea yo quien la proteja eso no te será posible.

    La mujer comienza a alejarse.


    - No importa que huyas, con esa peste a sangre de demonio que tienes te encontraré fácilmente –cuando dice esto la mujer se detiene-. ¿Qué pasa? ¿Herí tus sentimientos?
    - Ya te lo dije, si no quieres morir… aléjate de mí.

    Inuyasha se queda buscando la manera de librarse de las flechas, lo cual le resulta algo difícil porque su tela es fuerte y sus brazos quedaron con poca libertad.

    - Esa mujer… ¿Por qué no me asesinó si pudo hacerlo?

    Kikyou por su parte se quedó pensando en las palabras de Inuyasha.

    - ¿Apesto he?…

    Pero serían otras cosas las que impedirían que lo sacara de sus pensamientos.

    - Ese hombre… había escuchado de los hanyou, pero jamás había visto a uno. No es un demonio, no es un humano… no tiene un lugar al cual pertenecer. Me pregunto ¿qué se sentirá vivir así?sonríe tristemente-. No es necesario preguntárselo, yo misma soy así. De manera un poco diferente, pero somos similares. Yo no soy una mujer ordinaria, por lo tanto las personas no pueden tratarme así, pero entre los youkais no podría ser aceptada. Mi misión es acabarlos. Inuyasha… te llamas Inuyasha hanyou. ¿Qué haré contigo? Pareces ser una persona insistente, así que dudo que te rindas. Pero sé que no podría matarte.

    El tiempo le dio la razón a sus palabras, constantemente Inuyasha la asechaba para robarle la perla, mas siempre acababa adornando un árbol.

    - ¡¿Por qué nunca terminas de darme el tiro de gracia?! –le grita prendado del árbol, se encuentra molesto, un poco humillado. Pero ella sólo responde…
    - Deja de estar merodeando, no quiero gastar más flechas en ti.

    Una vez más se aleja llevando consigo pensamientos y emociones nuevas.

    - Eres un peligro constante… ¿por qué no puedo deshacerme de ti? Inuyasha…

    Nunca se atrevió a usar con él una flecha purificadora que lo acabara, no estaba segura de lo que pasaba por su mente, ni ella misma sabía por qué no podía eliminarlo. No era sólo por lástima o porque se sintiera similar a él. Poco a poco y sin que se diera cuenta en ella nacía un sentimiento que desconocía por completo.

    Inuyasha por su parte también pensaba mucho en ella, apenas y habían cruzado palabras, pero eran sus encuentros tan constantes que parecían convertirse en rutina. Tenía que verla, sentía la necesidad, más no encontraba manera de acercarse a ella, salvo decirle que le robaría la perla, es más, esa era la excusa perfecta, aunque sentía cierto temor de que un día ella cambiara de parecer y lo asesinara.

    - Pues no me importa. Si me mata habrá valido la pena por verla una vez más -pensaba sin darse cuenta de que su objetivo principal estaba desviándose mucho, tanto que un día salvó a la pequeña hermana de Kikyou de un monstruo que pretendía usarla como rehén para obtener la perla que también él deseaba, pero no pasó por su mente el hacer lo mismo que aquella mujer ciempiés que él acabara.

    La soleada tarde estaba no muy lejos de llegar a su ocaso, Kikyou se encontraba sentada en una colina desde donde la vista era maravillosa, el viento jugaba con su cabello y hacía cantar a las hojas de los árboles.

    No muy lejos de ella se encontraba escondido Inuyasha, la veía embelesado tras las ramas de esos árboles. El viento llevaba hasta él el aroma que jamás había olvidado desde la vez en que secretamente estuviera a su lado, ese delicioso aroma…

    - Huele tan bien… es muy hermosa.
    - Inuyasha… sé que estás ahí. Baja por favor –dice sorprendiendo al muchacho.

    Accede a la petición y se sienta cerca de ella pero a la vez guardando distancia.

    - Esta es la primera vez que estamos tan cerca –dice sin saber que

    Inuyasha no pensaba lo mismo.

    - Eso es mentira, la primera vez fue hace mucho. Pero… ya recuerdo, ella estaba dormidale responde-. ¿Qué con eso?
    - Kaede me contó lo ocurrido.
    - ¡Fhe! No fue gran cosa.
    - Quiero agradecértelo, en verdad.
    - Eso no te queda bien, deja de hacerlo –dice volviendo el rostro.
    - Inuyasha… ¿Qué ves en mí? ¿Me ves cómo humana?
    - ¿Ha? –la pregunta de la mujer lo saca de sí-. ¿Pero de qué estás hablando?
    - No muestro mi debilidad ante nadie, no puedo flaquear ni un momento ya que los demonios podrían aprovecharse de ello –Inuyasha la observaba sin creer que ella, que Kikyou fuera quien le decía esas cosas-. Soy humana, pero a la vez no tengo permitido serlo. Tú y yo nos parecemos, ya que por tu condición de hanyou tampoco tienes lugar en el mundo, es por eso que no puedo matarte.

    Inuyasha se pone de pie repentinamente.

    - Tú diciendo esas cosas… Esa no eres tú, no es tu forma de ser –dice y voltea a verla y ante lo que ve se siente por completo desarmado.

    El rostro de Kikyou lucía diferente, jamás había visto Inuyasha en sus diecisiete años de vida expresión similar. Sus ojos lucían sumamente tristes, mientras en sus labios estaba dibujada una hermosa sonrisa.

    - Entiendo… esa no es mi forma de ser.
    - Qué… ¿qué fue lo que dijo? Ella, qué demonios… acaso…

    Kikyou se pone de pie.

    - Inuyasha…
    - He… ¿qué pasa?
    - Quisiera decirle más de lo que siento pero… - piensa y-. No. No es nada.

    Comienza a alejarse lentamente.

    - Kikyou… no, no quiero que se vaya así. ¡Kikyou! ¡Ven aquí mañana también!

    Ella voltea extrañada, entonces un rubor se apodera de las mejillas del hanyou.

    - Hay algo que quiero darte –le dice girando su vista hacia otro lugar.
    - ¿Quieres darme algo? –dice y sonríe-. Está bien, yo también tengo algo que puedo darte.
    - ¡La perla de Shikon! –grita emocionado.
    - Por supuesto que no.
    - Bueno, nada perdía con intentarlo.

    Esa noche Kikyou preparó para él el rosario kotodama, sin embargo se sentía extraña.

    - No parece ser malo. De la misma manera en que yo no me he atrevido a matarlo él tampoco, y sí tuvo la oportunidad de hacerlo. Aun así… no puedo darme el lujo de confiar en élsu mente se queda perdida al grado de preguntarse algo que según ella, no tenía nada que ver-. ¿Qué es el amor? ¿Cómo se siente amar? Es algo en lo que una mujer como yo no debería pensar, sin embargo… amado, esa palabra me dará seguridad.

    Inuyasha por su parte la pensaba, su carácter era voluntarioso y sin embargo ante ella se sentía débil, como si no tuviera voluntad. Le había tomado cariño, sí, ahora lo sabía. Por eso necesitaba verla día a día, por eso deseaba estar con ella.

    Sus entristecidos ojos le recordaban a la mirada de su madre, su sonrisa parecía hacerlo sentir tan bien como aquella caricia que recibía cuando niño de manos del único ser que hasta entonces lo había hecho sentir especial, la gracilidad de su caminar, su altivez le hacían recordar el porte de su madre, era tan hermosa como ella, tanto en el exterior como en el interior.

    - Perdóneme madre –susurra frente a una tumba-. He guardado conmigo esto desde que me dejaste, pero ahora he encontrado a alguien especial, a la persona que creo merece tenerlo consigo. No creas que no es importante para mí, por el contrario, es mi más preciado tesoro, por eso se lo daré a ella, a la mujer que ha logrado sanar las heridas de mi vida con su sola mirada, con su sola sonrisa.

    Era el día y la hora acordada, ambos de pie en el mismo lugar.

    - ¡Toma! –dice mientras en su mano frente a Kikyou una pequeña y linda almeja se ofrece.

    Kikyou la toma.

    - ¿Y esto? –su sorpresa era muchísima.
    - Era de mi madre, puedes quedártelo.
    - Pero Inuyasha, esto debe ser muy valioso para ti.
    - ¡Fhe! La tela de las ratas de fuego es más útil –dice estirando la manga de su hitoe-. Puedes quedártelo.

    Kikyou entendió en el momento que esas ropas eran también un recuerdo de su madre, a su mente vino el recuerdo de todas las veces que había dejado a Inuyasha atrapado en los árboles, se acerca a él y la toma, casi quiere llorar.

    - Perdóname Inuyasha, sin saber lo valiosa que era tantas veces la he atravesado.
    - No te preocupes por eso, es muy resistente –le dice con una sonrisa-. ¿Y a todo esto, qué es lo que ibas a darme?

    Kikyou se paraliza, mete su mano a la manga de su hitoe, pero no se atreve a sacar el rosario.

    - Discúlpame, olvide traerlo.
    - Mmm ¿y porque no vas por el?

    Para distraerlo…

    - Estás seguro de que puedo quedármelo.

    Inuyasha sólo le sonríe.

    La noche los ha obligado a separarse, cada uno con sentimientos que crecían segundo a segundo en sus corazones estaban lejos del otro que era responsable de ese sentir.

    Ella, Kikyou hermosa se miraba al espejo luego de usar el pintalabios que Inuyasha le regalara, se sentía feliz, por vez primera plena, y se decía “Tal vez después de todo si haya felicidad para mí”.

    Los días dejaron de ser para ellos agonía constante, ahora eran amigos que se complementaban la existencia, se regalaban su compañía y mataban su enorme soledad, ahora ya ninguno podía estar lejos del otro, eran uno solo los dos.

    El invierno llegó, pero el calor del amor que florecía hermoso en sus corazones hizo que ninguno sintiera el frío, siempre juntos los dos, ella siempre sintiéndose amada, él siempre cuidando de ella.

    Cuando ya el invierno se iba, una de sus últimas noches, Kikyou se encontraba en el pequeño santuario dedicado a la perla, la había colgado donde siempre la dejaba por las noches, había rezado sus conjuros para crear la barrera y se había marchado a dormir. Esas eran sus intenciones, pero el sueño traidor había huido de ella. No podía dormir. El silbido del viento llegaba a su oído avisándole algo, y ella tenía una opresión en el pecho que no le permitía estar tanquila.

    - ¡Hi! –exclama al escuchar pasos rápidos cruzar cerca de la casa, se pone en pie, toma su arco y sus flechas-. Un youkai… -susurra.

    Hace un pequeño conjuro para eliminar su esencia y camina hacia el templo rápidamente. Siente su corazón quebrarse en mil pedazos cuando ve a Inuyasha forcejeando la puerta del pequeño templo. Deja caer el arco y la flecha que ya preparaba para atacar al intruso, lentamente se deja caer de rodillas, sus ojos se niegan a dejar escapar esas lágrimas que sin su permiso han comenzado a fluir.

    - Inuyasha… ¿por qué Inuyasha? ¿Por qué me traicionas así? Yo… jamás hubiera creído que tú…

    Inuyasha ha entrado al pequeño templo, camina hacia el pequeño altar donde está posada la perla, sin embargo no la toma, se agacha frente a ella y la mira con ira.

    Kikyou no puede creerlo, ella ya confiaba plenamente en Inuyasha, no lo creía capaz de traicionarla.

    - No… esto no puede ser, tiene que ser un error. Inuyasha si tú intentas robarla quiere decir que has estado jugando conmigo, que fingiste tu amistad, que todo ha sido mentira, Inuyasha si eso es así… aunque el alma me duela, aunque muera del dolor… yo te mataré Inuyasha. Lo haré.

    Toma nuevamente su arco y la flecha que dejara caer, una lágrima rebelde ha desobedecido.

    Camina lentamente, despacio para que él no se percate de su presencia, el arco y su flecha están listos para disparar. Queda justo en la entrada, ve a Inuyasha sentado frente a la perla.

    - ¿Pero qué está haciendo?

    Y como si el destino quisiera darle respuesta.

    - Maldita perla Shikon, te odio –le dice, Kikyou se queda perpleja- tú eres la culpable de que sus ojos sean tristes, tú tienes la culpa de su soledad, por eso te odio, porque has hecho de ella una esclava de la sangre. Sin embargo te perdono, te perdono todo eso porque gracias a ti he llegado a ella, gracias a ti estoy con ella. ¿Y sabes qué? No importa que estés de por medio, ahora estoy aquí para cuidarla, estoy aquí para quererla, estoy aquí para hacerla feliz. A pesar de ti, ella será feliz.

    Kikyou no podía creer aquellas palabras, no supo cómo es que logró salir de ese lugar sin hacer ruidos y como pudo contener ese enorme sollozo que dejó escapar una vez estuvo lo suficientemente lejos del pequeño santuario. Lágrimas que ya no podía contener escapaban inclementes de sus ojos, eran lágrimas de alegría, de felicidad. Inuyasha no la traicionaba y antes de eso, le había confesado indirectamente ese sentimiento que ella creía haber adivinado él sentía por ella.

    Lo vio salir del santuario con una sonrisa en los labios, caminando a paso lento, con una expresión serena. Ella no se atrevió a decirle que estaba ahí, que había escuchado sus palabras. Corrió al santuario y vio a la perla en su lugar, sin señales de haber sido tocada siquiera y con una hermosa y resplandeciente luz violácea que le hablaba a Kikyou de la sinceridad de aquellas palabras del hanyou.

    El verlo nuevamente a la cara fue difícil, se sentía tonta, mil veces tonta por haber desconfiado de ese ser que era tan igual a ella, de ese ser que ella sabía había encontrado a su lado la paz que había buscado y que se había llevado la soledad y amargura de sus días. No le dijo nada, no quiso que él sintiera dañado su orgullo, a ella sólo le bastaba el haber oído aquellas palabras tan sinceras, salidas del real sentir de su corazón.

    Hoy es ya un día de primavera, y curiosamente se cumplía un año de su último paseo entre los cerezos. Camina hacia ese claro, su preferido, vuelve a respirar ese aroma que ya no le huele a tristeza ni a soledad, vuelve a dejar en libertad su cabello, vuelve a tenderse sobre la hierba fresca. El viento le platica de su alegría, todo la hace sentir feliz.

    - No sé cuales sean los designios de mi vida, pero soy feliz, si bien no es fácil andar los caminos de la felicidad, yo los seguiré hasta alcanzarla, porque ahora sé que sí puedo ser feliz -una vez más se queda dormida.

    Inuyasha camina cerca, recordando que es el día en que conociera a la mujer que acabara su agonía, no puede creer lo grande que es el destino, vuelve a sentir ese hermoso aroma mezclado con los cerezos, vuelve a caminar hacia ella, vuelve a verla dormida bajo los cerezos. Se sienta a su lado y la observa dormir, ella tan hermosa, tan inalcanzable que la viera la primera vez, era ahora su razón para seguir, era su motivo para despertar, y podía adivinar que ella sentía algo similar por él, podía adivinar que él la amaba tanto, sólo como ella a él.

    - Los cerezos como entonces están en flor, florecen como en esa primavera en que te vi, en que bajo estos mismos árboles me preguntaba qué sueños albergabas en tu corazón. Hoy como entonces duermes, hace un año que te conocí, un año en que no he dejado de pensar en ti, un año en que acepto, me he enamorado de ti. Esta vez hermosa mía no me pregunto qué hay en tus sueños, ni tampoco si alguien como yo puede ser feliz, esta vez Kikyou soy feliz con sólo verte sonreír, viendo esa sonrisa que dibujan tus sueños para mí. Duerme tranquila hermosa Kikyou, sueña que eres feliz, sueña que puedes ser feliz, sueña preciosa, que aquí hay alguien a tu lado velando por ti.

    Hoy como entonces, los cerezos están en flor y solamente Dios sabe si juntos seguirán los dos.


    .~*FIN*~.

    -----------------------------------------------------------


    Planta originaria de la india utilizada en aceites esenciales y perfumes, también usada en jabones y acondicionadores, produce un olor dulce agradable al olfato en porciones pequeñas, ya que suele ser muy fuerte, si se abusa del uso del perfume del pachulí puede ser un olor hostigante.



    Espero les haya gustado, hasta pronto!!!
     
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