Para Hagrid no fue fácil, era un agujero grande y cuanto más lo pensaba, más le costaba asimilarlo,su amigo había muerto, la pequeña araña que un día se convirtió en una gigantesca araña había dejado este mundo para siempre. Quizás fuera mejor eso que seguir enfermo y ciego durante unos años más, pero ahora las arañas estaban descontroladas. Desde el límite del bosque, se podía ver a las arañas, sus crías, veían como su padre era enterrado por Hagrid quien siempre le dio comida y iba a visitarlo. Nunca antes cavar fue tan duro para el guardabosques.
Sólo alguien como Hagrid podría amar de esa manera a un bicho como aquel. Sólo él derramaría lágrimas por una araña enorme.