Buenas, chicos del fandom de Digimon. Hoy comienzo una nueva historia, una que tiene un borrador del que me siento muy satisfecho. En ella saldrán los personajes de la primera generación excepto Kari, aunque estoy dudando en meterla más adelante. Aunque el género predominante no sea el romance, sí que habrá una pareja o dos. Y dicho esto, aquí va el primer capítulo. El Campamento Unsei era con diferencia el campamento vacacional más famoso de todo Japón. Su popularidad era tal que había sido promocionado en la televisión y demás medios de comunicación como el lugar ideal para que los adolescentes se divirtiesen y socializasen con sus semejantes mientras sus padres se olvidaban por unas semanas de la carga, a menudo extenuante, que significaba criar a sus hijos. El tan conocido anuncio consistía en unos niños, rubios e impolutos, que explicaban con forzado entusiasmo las instalaciones y actividades de las que hacía gala el lugar. A Sora no le gustaba demasiado. Le costaba imaginar que dos niños rubios y felices representasen a todos los niños japoneses que se habían apuntado ese año. Puede que la mitad, quizás un poco más se sintiesen tan agraciados. Muchos otros iban obligados por sus padres o se sentían incómodos al estar lejos de su hogar y no se relacionaban. Sora se sentía dentro de ese último grupo, aunque le gustaba pensar que si no se relacionaba lo suficiente era porque tenía gustos selectivos; se sentía fuera de lugar entre los chismes y risotadas de las chicas, y a pesar de que le gustaba jugar al fútbol como la inmensa mayoría de sus congéneres masculinos, estos, por lo general, o eran demasiado brutos o la trataban con una cortesía que terminaba por abrumarla. La única persona a la que había considerado un confidente la había traicionado cobardemente. Era un chico de su misma edad con el que solía jugar con ella al fútbol al salir de la escuela en la pista de fútbol del parque público situada a dos manzanas de su calle. No había vuelto a pasar por ahí desde entonces, pero recordaba que la mayor parte de ella estaba ocupada por el equipo de fútbol de su escuela, unos chicos deslenguados y escandalosos. Sora había preguntado si podía unirse a ellos en alguna ocasión, pero como era previsible le habían respondido con un rotundo "No se admiten chicas". Por entonces eran muy jóvenes y debían darse prisa en afirmar su masculinidad, por lo que cada vez que pensaba en ello Sora trataba de no juzgarlos con demasiada dureza. Pero el caso de Taichi Yagami era diferente: él había venido a ella como un terremoto, con aquellos ojos de fuego y ese optimismo que la contagiaba. Y esa alegre sensación había ido desapareciendo lenta y dolorosamente cada tarde que Tai le ponía excusas para no jugar más con ella al fútbol. Desde entonces había sido más cauta al elegir las amistades. Debido a ello, era comprensible que Sora no estuviera demasiado emocionada por pasar las próximas semanas aislada en un campamento, donde era tan fácil hacer amistades que perecederas. Había sido convencida por la misma persona que había hecho del campamento un negocio exitoso. Su padre, el señor Takenouchi, era difícilmente asociable con un lugar repleto de críos hasta que unos meses atrás declaró en directo en una entrevista de un famoso programa de televisión que se había convertido en patrocinador del Campamento Unsei. Era un eminente arqueólogo, muy respetado por la comunidad autorizada en la materia, por lo que muchos creyeron que perdía el tiempo en esa empresa cuando debería proseguir sus investigaciones. Sora había tratado de terminar algunos de sus libros cuando aprendió a leer, pero se perdía en con la complicada jerga y pasaba a las representaciones de los animales extintos. A sus dieciséis años lo había vuelto a intentar y esta vez lo había conseguido, e incluso se había entretenido en algunas partes a pesar de que la arqueología no era su disciplina predilecta. Su padre le había dado esa sutil muestra de agradecimiento que es revolver el cabello, y ella se había sentido satisfecha con el gesto. Como no quería decepcionar a su padre, se había propuesto de disfrutar de la "oportunidad de oro" que había gritado la niña rubia del anuncio con aire diabólico. Sabía que sería difícil, sobretodo cuando lo más parecido que había a una biblioteca en diez kilómetros a la redonda era un quiosco con revistas del corazón y manuales sobre la pesca. En cuanto llegó la pasada noche, Sora estaba de tan mal humor que se encerró en su habitación de la cabaña y se puso a devorar el único libro que había llevado hasta llegar a la mitad. Tenía que controlar sus horas de lectura diarias, pues de lo contrario no tendría nada con lo qué entretenerse, aunque fuera ese aburrido libro ruso con el que fácilmente podía perderse con los nombres impronunciables repletos de consonantes. Tampoco había traído ningún videojuego; era una negada para la tecnología. Cada vez que trataba de instalar algo acababa maldiciendo a todas las máquinas. Su profesor de tecnología la había animado diciéndole que era más fácil de lo que parecía, pero solo había conseguido que la odiara con más fervor. Un frisby que entró por sorpresa por la ventana del cuarto donde estaba desempaquetando la maleta la distrajo de sus pensamientos. Aterrizó sobre su cama, salpicándola de gotitas de barro hasta que cesó su giro. –Eh, más cuidado! –Gritó a los chicos que jugaban fuera. –Perdona, no debí lanzarlo con tanta fuerza –se disculpó un niño desde la ventana. Sora pensó que quizás el anuncio no estaba tan alejado de la realidad, porque el chico con el que estaba hablando era rubio. Tendría unos diez años y resultaba llamativo a la vista por el enorme gorro verde que portaba y su nariz y cuello manchados de barro. –Juega con más cuidado –advirtió Sora, suavizando el tono. –Oye, ¿tu eres la hija del señor ese de la tele? –inquirió el chiquillo mientras se apoyaba en el alféizar de la ventana. –¿Cómo sabes eso? –A Sora le apetecía echarse un siesta, pero no pudo evitar sentir curiosidad. Solía pasar desapercibida entre la gente. –Me lo dijo mi hermano. Creo que le gustas –añadió con una sonrisa. –¿Sabes que ese tipo de cosas no se dicen tan a la ligera? Podrían haber malentendidos –dijo Sora, y volvió a su tarea de sacar su ropa de la maleta y colocarla en las perchas del armario empotrado. –Podría ser. ¿Y a ti te gusta? –Preguntó con con una extraña mezcla de curiosidad y asco. –Ni si quiera le conozco. –¿Entonces por qué sonríes? Sora dejó caer sus vaqueros y se giró hacia él con los brazos en jarras –Si esa es tu manera de adivinar los sentimientos ajenos no me extraña que estés equivocado en lo que respecta a tu hermano. –¿Quieres jugar con nosotros al frisby? –No me cambies de tema –le espetó Sora–. Te estaba regañando. –Es que no tenemos mucho tiempo –dijo con urgencia–. Dentro de veinte minutos tenemos una charla en la casa principal. –¿Eres muy pesado, eh? –Observo con el ceño fruncido al niño, escrutando alguna deshonrosa segunda intención detrás de aquel interés. –Está bien –aceptó al no descubrir nada más que curiosidad y un poco de picardía. Como se aburría mucho en la casa y solo estaba desempaquetando para hacer tiempo –el campamento podía permitirse el lujo de contratar a unas sirvientas para hacer ese tipo de tareas– , decidió que no perdía nada aceptando la proposición del niño. Había llovido durante la noche, por lo que el terreno estaba embarrado y salpicado de charcos resplandecientes por la luz del Sol que conseguía colarse por los resquicios de las nubes grises. A lo largo del terreno estaban dispuestas irregularmente el conjunto de casas de madera donde se alojaban los campistas. Cada caseta constaba de dos habitaciones con dos camas y un austero mobiliario y decoración. No había ninguna televisión ni nada que pudiera distraer de las actividades cotidianas, excepto un teléfono que comunicaba con las demás viviendas del campamento. Aquellos que quisieran llamar a sus padres tenían que hacerlo desde las cabinas telefónicas. Como era de esperar, los adolescentes preferían comunicarse entre ellos a altas horas de la noche en lugar que llamar a sus padres. Sora había tenido un primer roce con las chicas de su habitación cuando les gritó que hablaban demasiado alto y no las dejaba dormir. –Te vas a manchar si sigues haciendo eso –advirtió Sora manteniéndose alejada de él, que saltaba los charcos en lugar de rodearlos como ella. Como previó, el niño terminó por perder el equilibrio y manchar sus zapatillas–. Te lo dije. –Vaya –se lamentó al verlas, aunque al cabo de dos segundos pareció olvidar ese detalle. Aquella estampa recordó a Sora la terrible reacción de su madre al ver como ella se había ensuciado el vestido cuando, en un acto de rebeldía, había jugado al fútbol en un parque con él. Su madre nunca había estado de acuerdo en que jugara a esos juegos tan poco femeninos. Estaba segura de que si hubiese estado el niño rubio en su lugar no hubiera reaccionado de la misma manera. En cambio, recordaba como su padre la había acompañado a un partido en un par de ocasiones sin poner ninguna objeción. El hermano del niño estaba apoyado en un poste. Era una versión más adulta del otro. También tenía el cabello rubio, solo que más largo y oscurecido. Su mirada y su actitud eran más frías: apenas giró la cabeza para saludarla. Sora pensó que no era una actitud común de un enamorado, por lo que concluyó que su hermano menor estaba probablemente exagerando cuando le dijo que estaba enamorado de ella. Se sorprendió a si misma decepcionada; imaginar que alguien se sentiría cohibido cuando hablara con ella le había dado confianza en sí misma. Se maldijo por ese pensamiento miserable. –Se ha apuntado a jugar con nosotros –explicó el niño–. Se llama... Ay, no sabemos tu nombre. –Me llamo Sora -se presentó, evitando mirar al hermano mayor. –Yo soy Takeru, pero me gusta que me llamen T.K. –Yo Matt –habló por primera vez el otro chico. Sora agradeció que tuviera el detalle de hacerlo él mismo; estaba empezando a sentirse incómoda. El frisby no era el juego preferido de Sora. Tenía que usar ambas manos y a veces todo su cuerpo para atrapar el disco y siempre lo lanzaba demasiado a la derecha. Cada vez que Sora se quejaba de su mal rendimiento, Matt acudía a ella y le indicaba la posición correcta o el giro que debía dar la muñeca. Sora se sentía como una inútil y se reía de sí misma, mientras que el chico parecía tomarse mucho más en serio el asunto. No tardó demasiado en acostumbrarse. Quería esforzarse para no hacer demasiado el ridículo. – Dentro de cinco minutos nos vamos, T.K –anunció Matt mientras interceptaba con dos dedos el disco. –¿Vais a esa reunión, no? –Se interesó Sora, pensando en las aburridas charlas sobre los peligros del tabaco y las drogas–. Es que me parece extraño que de repente todo el mundo esté interesado en eso. Los dos hermanos se miraron con sorpresa, T.K con los ojos muy abiertos y Matt con la ceja ligeramente levantada. No cabía duda de la complicidad que había entre ellos. Sora se sintió fuera de lugar. –¿No te has enterado de lo que pasó ayer? –Preguntó T.K en un susurro. –No, me llamaréis rara, pero cuando vinimos aquí estuve toda la noche leyendo, no salí – dijo Sora para excusarse. –Encontraron un monstruo –continuó, muy serio. –¿Monstruo? Aquí no hay monstruos –rió Sora. –Dicen que encontraron a Hanako en el bosque en no muy buen estado –comenzó a decir Matt en un tono más escéptico que el de su hermano-. Según sus amigas, se había adentrado más allá de los límites que nos tienen permitidos. Iba en busca de una ardilla, ya sabes lo tonta que puede llegar a ser Hanako –Sora asintió, preguntándose quien sería esa tal Hanako–. Allí vio algo. Probablemente sea un jabalí o algo así, pero al parecer ella no pensó que era un jabalí. Dijo que era mucho más grande que eso. –¿Un oso? –Inquirió Sora, sobrecogida con la historia. –Lo dudo. Si un oso decide atacarte da lo mismo que te quedes quieto o corras, el te alcanzará. –Claro -concordó Sora, arrepintiéndose de haber hecho una pregunta tan estúpida. –Sea lo que sea lo que vio, consiguió escapar de él, pero con serias heridas y un trauma. –Uno de los que la vio ayer dijo que le faltaba una pierna -añadió T.K, estremeciéndose. –¡No puede ser! –Se espantó Sora. Le costaba imaginar que un lugar tan convencional como el campamento Futaba pudieran ocurrir semejantes atrocidades. –No creas todo lo que dice mi hermano –dijo Matt, echándole una grave mirada a su hermano pequeño–. Otros dicen que vieron algunos cortes en las piernas y poco más. Estaba de noche, pudieron haberse confundido fácilmente. –Supongo que será eso –convino Sora–. Y pensar que todo esto ocurrió mientras yo estaba tan tranquila en mi habitación. –Ey, Tai, ven aquí –gritó de repente T.K al ver a un chico que se acercaba a ellos con uniforme de fútbol. En ese momento dejó de pensar. Se le había parado la respiración por unos minutos al verlo de nuevo. Conservaba el mismo aire despreocupado que hacía años, el mismo pelo irremediablemente rebelde y esos ojos brillantes y traicioneros. Ese brillo se fue apagando a medida que se fue dando cuenta de que Sora estaba tan cerca como para pegarle un puñetazo. –Ah, hola Sora –la saludó con sorpresa–. No sabía que habías venido aquí. –Hola –contestó secamente. A continuación se despidió de Matt y T.K y se alejó de allí con paso rápido hacia la caseta central Tenía la mente ofuscada y el labio fuertemente apretado, bien podía ser de la rabia, pero no estaba del todo segura. "De todas las personas que hay en el campamento, he tenido que encontrarme con un amigo de Tai", pensó con tristeza. Cuando fue a la caseta central se lamentó de no haber tomado la dirección opuesta. El interés que había despertado en ella la historia de Hanako había desaparecido con la conmoción de encontrarse con Tai. Era muy vergonzoso, y sabía que ella no tenía nada de lo que avergonzarse, pero no podía evitarlo. Y para colmo, él no había parecido mucho más incómodo que ella: la había reconocido, pero no se había mostrado lo suficientemente afectado. –Hombres –escupió, dejándose caer en la viga del porche de una de las casas. –Y qué lo digas. Sora se giró con rapidez, maldiciendo la casualidad. Mimi Tachikawa le asentía la cabeza desde el portal de su cabaña mientras cerraba la cremallera de su bolso rosa con estampados de flores. Estaba muy arreglada, como de costumbre: tenía el cabello recogido en un moño, pero mechones de pelo le caían sobre los hombros y vestía un vestido veraniego que, a pesar de su sencillez, valdría diez veces más que todo lo que tenía puesto ella. Sora solo la conocía de verla siempre acompañada por una cohorte de chicas risueñas y delicadas. Verla sola le resultaba tan extraño como un unicornio sin su cuerno. –Solo quieren una cosa –se quejó la chica, con su voz contraída por la irritación. Sora no contestó. No se sentía de humor para conversar con nadie y, para colmo, Mimi no se enteraba de que no hablaban de las mismas cosas. Hizo un amago de despedida, pero la chica continuó contándole su inconexo discurso sobre como los hombres nunca se fijan cuando una mujer estrena nuevo vestido o cambia de peinado, o como mucho responden con monosílabos pero nunca lo celebran como es debido. Sora quería irse, tenía ganas de descargar un puñetazo contra algo y no quería que fuera contra la delicada Mimi. –Menos mal que mi novio es un encanto –continuó a pesar de las indirectas que le lanzaba Sora para alejarse de allí–. Supongo que soy afortunada –suspiró–. Si quieres que te de un consejo, deberías arreglarte más. Yo podría darte unos consejos un día de estos, si quieres –guiñó un ojo. –¡No quiero hablar contigo ahora! –Exclamó Sora con desesperación. Mimi ahogó un grito de sorpresa y consternación. Una rápida mezcla de triunfo y arrepentimiento embargaron a Sora–. Lo siento, pero debo irme. Caminó con mismo mal humor con el que había venido en dirección a la caseta principal, alejándose todo lo que pudo de Mimi, sus novios y sus consejos de belleza. Quería volver a su habitación, pero eso supondría recorrer el mismo camino y no quería toparse con Tai. No le quedaba más remedio que asistir a la reunión. Estaba empezando a anochecer y la gente ya se preparaba para la charla de la noche. Algunos ya se habían puesto en marcha en dirección a la caseta, mientras que otros todavía seguían charlando en grupos en el interior de las habitaciones, seguramente ansiosos por lo que diría la directora. Sora llegó la primera a la caseta principal. Era una estancia amplia de techo alto decorada con cabezas de animales. Se utilizaba normalmente como comedor, aunque de vez en cuando hacían reuniones o organizaban fiestas. Fue a posicionarse en una de las mesas delanteras, pensando que tal vez Tai se sentaría detrás para poder compartir sus opiniones con Matt. En cinco minutos el lugar se había llenado por completo y los comentarios excitado lo inundaron todo. Sora podía imaginárselos bajo sus mantas y con una linterna, contándose versiones de la historia que no tenían nada que ver con la realidad. El ataque de una bestia a Hanoko era una anormalidad emocionante para ellos, y querían embriagarse un poco de aquella sensación de peligrosidad. Un hecho que, por otra parte, sin duda acarrearía críticas de padres furiosos. Sora sentía pena por su padre, que se había mostrado muy entusiasmado con el proyecto. Pero por otro lado, si cerraban el campamento ya no tendría que volver nunca más. Pensó con optimismo en esa posibilidad, sintiendo al mismo tiempo mal desear que se arruinara el proyecto. Con un poco de suerte, las críticas irían dirigidas a la directora del campamento, pero era improbable desde que su padre se había vuelto famoso. La directora de la escuela era la madre de Mimi, y al igual que sus hija, solía ir bien vestida a pesar de estar en un campamento. Ese día se había puesto un vestido ceñido que realzaba sus encantos, unas gafas oscuras que ocultaban sus ojeras -Sora dedujo que no habría tenido mucho tiempo de maquillarse-, se había pintado los labios de carmín y había dejado caer su pelo tintado de rubio sobre sus hombros. A pesar de que apenas hablaba con la gente, los que frecuentaban el campamento hablaban constantemente de ella. Las chicas la admiraban por su estilo al vestir y los chicos pensaban que era una mujer libertina que aprovechaba cada fiesta para seducir a los jóvenes monitores que habían bebido un par de copas de más –aunque, en el fondo, desearan ser uno de ellos. Estaba muy cabreada, incluso más que cuando se enteraba de los rumores que en ocasiones circulaban sobre ella. Su enfado era comprensible; estaba en juego la mala fama del campamento. Pero a Sora no le gustó que con su tono amenazador hiciera que todos se sintieran responsables de lo que había pasado con Hanoko. –Lo que ocurrió anoche se debe únicamente a una transgresión de las normas -dijo alzando la voz, lo que hizo que desaparecieran los pocos murmullos que hubo tras su llegada –Nosotros somos responsables de advertiros, allá vosotros si no nos hacéis caso. –¿Se sabe qué hirió a Hanoko? –Preguntó una chica por la mitad de fila con voz trémula. –Uno de los muchos animales del bosque –contestó con indiferencia –. Son pacíficos hasta que les tocan las narices. –Pero vi como le faltaba una pierna –replicó la chica, al borde del llanto. La mayoría de los asistentes habían oído esos rumores, pero aun así hubo exclamaciones de sorpresa. –Solo tenía unos rasguños –respondió la directora, mirándola duramente tras sus gafas–. Os he dicho mil veces que no os paséis con la bebida. –Keiko nunca bebe –se lanzó a defenderla una chica que cogía su mano para calmarla –. Y Hanoko parecía muy afectada para tener solo un par de rasguño -añadió, desconfiada. –Solo fueron unos rasguños -insistió la directora, pronunciando cada sílaba en un tono intimidatorio–. Y dejad de inventar historias, que estáis alarmando a vuestros compañeros, y ya sabéis cual es la sanción a ese tipo de conducta –dulcificó un poco el tono cuando vio que los nuevos la miraban con miedo –. La expulsión. A continuación se paseó con los brazos cruzados por el estrado, paseando su mirada de un lado a otro de la sala. Cuando su vista se clavó por unos segundos en Sora, ésta sintió un escalofrío, pero le devolvió la mirada, intentando parecer impasible. Y no queremos que eso suceda -dijo en un susurro ahogado por el chocar de los tacones contra la madera-. Durante un momento solo se oyó ese sonido, pues todos habían dejado de murmurar. La mujer llevaba la vista al suelo y fruncía el ceño, pensando en lo que diría a continuación. –Quizás me haya pasado un poco con vosotros -dijo al fin, rompiendo el silencio y aliviando la tensión de los presentes al descubrir el rumbo que iba a tomar el tramo final del discurso-. No hay que olvidar que sois vosotros los que habéis hecho este lugar tan exitoso, y sin duda nosotros tenemos la obligación de responsabilizarnos de vuestros actos a pesar de vuestra conducta inadecuada. Todos sois muy preciados, y hablo en nombre de todo el equipo cuando digo que estamos muy dolidos por todo lo que ha ocurrido. Os suplico que no os asustéis por lo sucedido, porque os aseguro que no hay nada de lo que temer. Os recomiendo que os apuntéis a tantas actividades como podáis y disfrutéis mucho para olvidaros de lo sucedido. ¿Alguien tiene más preguntas?