Exterior Bosques lindantes

Tema en 'Planta baja' iniciado por Gigi Blanche, 16 Octubre 2024.

  1.  
    Gigi Blanche

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    La Academia cuenta con una larga trayectoria y fue construida en una zona rural, rodeada, en su mayoría, por espesos bosques. Se dice por ahí que sobre la periferia norte del terreno, muy, muy al norte, incluso atravesando los edificios viejos... hay una pequeña rotura en la valla de bambú, detrás de unos arbustos silvestres; y que, cruzando esa abertura, se accede inmediatamente a una densa porción de vegetación.

    Para la mayoría del alumnado sólo se trata de un rumor, sin embargo, ya que es muy difícil encontrar un hueco tan pequeño en dimensiones tan enormes.


    Bosques lindantes.png

    Conecta con: Patio norte

    Este sitio es de difícil acceso e, inicialmente, ninguno de los estudiantes conoce su ubicación exacta. Para intentar encontrarlo, tienen permitido lanzar 1d99 por día in-rol en el Patio norte. Deberán conseguir 90 o más para tener éxito.

    Los estudiantes que lo consigan serán registrados aquí y podrán administrar la información a voluntad.

    Cuidado con la cantidad de movimiento. Puede que, de tanto en tanto, las autoridades de la Academia arreglen la valla si notan que muchos estudiantes se alejan en dicha dirección. Y así como creen solucionar el problema, alguien más la rompe en otro lugar. En esos casos, la lista se reiniciaría y tendrían que volver a encontrar la abertura.

    Estudiantes que encontraron el hueco en la valla:
    1. Kenneth Thornton
    2. Kashya Thornton
    3. Morgan O'Connor
    4. Ilana Rockefeller
     
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    Gigi Blanche

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    —Y si muero, podría rondar como un fantasma y asustar a la gente. Podría incluso intentar asustarte a ti, lass —puntualicé, y mi sonrisa se ensanchó con gusto—. Sería divertido.

    La estupidez sobre Kenneth se la había dicho no porque fuera verdad o mentira, sino para ver qué me respondía. Entre el asunto del veneno y de su hermano la sentí un poco confundida y me di por hecha, en especial cuando buscó confirmar con el chico si había estado viviendo un engaño. Podría haber aclarado los tantos, pero no me apeteció hacerlo y lo dejé suspendido allí. El muchacho, entre tanto, se alejó por su cuenta y no le llevé mucho el apunte. Seguí caminando enganchada al brazo de Kashya, no muy preocupada por encontrar la famosa brecha.

    —Fantasmas, espíritus, ¿quién sabe? Alrededor de los edificios viejos la percepción puede engañarnos. El aullido del viento, los quejidos de la madera, los ecos del bosque a lo lejos... Pero si realmente hubiese algo, alguna criatura escurridiza o algún alma incapaz de descansar, ¿no te gustaría echar un vistazo~?

    Puede que intentara asustarla o picar su curiosidad, o incluso ambas. Mientras conversábamos, Kenneth asomó de entre unos arbustos y nos llamó, a lo que apresuramos ligeramente el paso. Mira nada más, resultaba que los rumores sí eran ciertos. Una mezcla de emoción e inquietud se me revolvió dentro del cuerpo al ver la rotura en los caños de bambú, la sentí modificarme el semblante y sonreí amplio. Colé el cuerpo primera, me erguí al otro lado y di algunos pasos hacia el bosque. Sólo era una valla con un agujero, y aquellos sólo eran árboles y césped, pero contra mis oídos rebotaron los cantos de Sally y los chasquidos de las ramas secas bajo nuestros pies descalzos. Era como haber atravesado un pequeño portal, disimulado y perdido entre la vegetación.

    Se sentía... un poco mágico.

    —Fue más sencillo de lo que imaginaba —anoté, girando el torso hacia los hermanos, y miré a Kenneth—. Well done, lad~


    WUJUUU WE MADE IT *fiesta en el bosque*

    queda en cliffhanger pero supongo que por acá cierro yo <3
     
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    Gigi Blanche

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    Ilana aceptó mi mano, avanzó hacia la protección del paraguas y permanecí frente a ella. Solté su mano con suavidad y deslicé los dedos cuidadosamente para volver a acunar su mejilla. Sonreí, repasando sus facciones con la vista, y solté una especie de risa nasal.

    —Sólo una, lass. Sólo una. But what do we say to the god of death? "Not today".

    Me había inclinado para susurrarle la resolución y la acompañé de un toquecito en la punta de su nariz. Me enredé a su brazo, entonces, y comenzamos a caminar bajo el paraguas. Establecí un ritmo pausado y sereno, aún si debíamos recorrer un trecho relativamente extenso.

    —Tienes dos opciones, linda —dije al aire, pasando junto al cerezo central en dirección a los anexos y más allá—. Cerrar los ojos o hacer una promesa conmigo, lo que se traduce a que tú confíes en mí, o que yo confíe en ti. La decisión está en tus manos.

    Era un planteo que me divertía, pues no me creía capaz de predecir su resultado. Eligiera cual eligiera, aún así planeaba llevarla conmigo. Rodeamos el observatorio, comenzamos a pisar césped mojado y distraje la vista en los alrededores, toda aquella porción de terreno escolar rara vez frecuentada por el alumnado; en especial con un día lluvioso. Éramos las únicas por allí, las gotas aún repiqueteaban sobre nuestras cabezas y seguí cantando en voz baja la canción que le había dedicado en el salón de actos. Hablaba de Artemisa, la diosa de la caza y de la luna.

    Eventualmente alcanzamos la brecha en la valla, la atravesamos y la porción de bosque virgen que había visitado junto a Kenneth y Kashya nos dio la bienvenida. Inhalé profundo y deslicé la mirada a Ilana, en silencio.
     
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    Morgan se soltó de mi agarre y acunó mi mejilla, incluso ahora bajo el remedo de claridad del día parpadeé despacio, sin molestarme en disimular el gusto que encontraba en esas aproximaciones. Liberé el aire en los pulmones lentamente, la escuché y la única certeza que dijo, que sonó más a resolución o sentencia, me sacó una risa baja. El toque en la nariz me había hecho cerrar los ojos un momento, pero no tardamos en empezar a caminar.

    Bordeamos el cerezo, me pregunté a dónde estábamos yendo en realidad y entonces la escuché hablar, haciendo que girara el rostro en su dirección mientras seguíamos caminando. Las opciones me vinieron un poco en gracia en vista de lo que acabábamos de estar hablando y suspendí un silencio, lo hice porque sí.

    —Supongo que esta vez tendrás que confiar tú —dije pasados algunos segundos, divertida—. Dependerá de mí mantener el secreto, ¿no?

    Un pacto más, si lo poníamos en perspectiva.

    La noción me estiró una sonrisa en los labios, habíamos trazado un camino extenso en comparación a lo que sea que esperara, porque ni sabía qué esperaba. Rodeamos el observatorio, pisamos el césped mojado y comencé a mirar los alrededores, jamás se me habría ocurrido meterme aquí y quizás justo por eso me lo había perdido hasta ahora. Morgan había seguido cantando la canción que había iniciado en el salón de actos y de tanto en tanto me sumaba a ella, según me pintaba.

    Acabamos por encontrar el hueco en la valla, verlo me hizo reír por alguna razón y la dosis de adrenalina que me bombeó el cuerpo, aunque ligera, se pareció a lo que sentía en el pueblo. Nos colamos por allí al exterior y lo que nos recibió fue una porción de bosque densa, apenas noté el verde ensombrecido por el clima, las nubes y ahora la lluvia, me quedé estática. Tardé un momento en inhalar, sentí el olor de la tierra y de la hojarasca que, lentamente, se descomponía y tuve que parpadear como si pretendiera despertarme.

    The woods —murmuré sin darme cuenta y una chispa de emoción vibró en mi tono.

    Me zafé del brazo de Morgan, recorrí la espesura con la vista y siquiera me acordé de cómo me había encerrado en el salón de actos porque no pretendía mojarme. Di un paso fuera del paraguas, luego otro y alcé la cabeza luego de haber cerrado los ojos; las gotas de agua me golpearon la piel, el cabello, el uniforme y la envoltura del almuerzo, pero sonreí, fue una sonrisa amplia y genuina. La electricidad me corrió por el cuerpo y recordé la conversación de los nombres con Kakeru, por el cielo y los árboles.

    Artemis, era la canción.

    Diosa de la caza y la luna.

    De los animales salvajes y las doncellas.


    La vegetación detenía parte de la lluvia, pero las gotas que se deslizaban por las hojas eran más pesadas en comparación. Sentí varias humedecerme el cabello y respiré, nada más que eso. Por el motivo que fuese Morgan acababa de permitirme regresar a un fragmento ínfimo del lugar al que pertenecía, allí donde mis raíces yacían, secas e incapaces de recuperar su fuerza.

    Donde yacían mis huesos.

    The mother made us a savage daughter who never begs for forgiveness —recité más de lo que canté, la última palabra casi acabó extinta antes de abandonarme el pecho. Abrí los ojos al bajar la cabeza, giré el cuerpo despacio hacia Morgan y le dediqué la sonrisa que de por sí no se me había desvanecido—. Thank you.
     
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    Solté el aire por la nariz al oír que elegía la opción aburrida, pero yo misma le había extendido la decisión y la acepté con simpleza. Tampoco pretendía que quisiera hacer a ciegas todo este trayecto, cualquiera en su sano juicio se negaría. Además, ¿cómo era? Podía sentar precedente. Podía marcar una cruz aquí y empezar a trabajar poco a poco hasta que su visión de mí cambiara. ¿Ocurriría? Eso no importaba.

    Cruzar el paraguas fue un poco más tricky, tuve que lanzarlo por encima de la valla y me reí en voz baja al verlo engancharse arriba y caer. Nos mojamos sólo un poco y entonces, tras alcanzar el bosque, la niña se desprendió de mi brazo. Seguí su andar en silencio, al resguardo de la lluvia, y mantuve la vista sobre su espalda con calma. En su reacción creí encontrar reflejos de un pasado distante, de la pequeña Morgan aventurándose por primera vez con el grupo de chicas mayores. Había desconfianza e incertidumbre, había bastante resquemor, pero al sentir el crujir de las hojas secas, al dejar Inverness atrás y oírlas reír, esa mocosa alzó la vista al cielo y notó que los dragones se iban a dormir.

    Su sonrisa al voltear hacia mí era amplia y genuina, y supe que había algo detrás de su alegría. Algo que no correspondía sólo a la emoción de una pequeña travesura. Le sonreí desde mi posición, serena, y meneé lentamente la cabeza.

    —Sólo parecía que te vendría bien tomar aire fresco —expliqué.

    Al notar que las gotas dejaban de repiquetear moví el paraguas y alcé la vista al cielo. Vaya, había dejado de llover. Mi sonrisa se ensanchó un poco y miré alrededor, buscando una piedra al resguardo de algún árbol para sentarme. Dejé el paraguas a mi lado y comencé a abrir el almuerzo sobre mi regazo.

    Come, lass —la invité, ocupada en acomodar mi comida, y presté atención por un instante a los sonidos del bosque—. ¿Te gusta la naturaleza?

    Era bastante obvio, pero por confirmarlo.
     
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    Zireael

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    Incluso eligiendo la opción aburrida, lo cierto es que de todas maneras estaba yendo con ella a Dios sabría dónde. Si bien la vista me permitía, yo qué sabía, echar atrás en cualquier momento, había decidido seguirla incluso cuando me di cuenta que teníamos que cruzar la valla. Lo demás, mantener el estatus oculto del lugar, dependía de mí y eso ya era otro tema.

    Me hizo gracia que tocara mandar a volar el paraguas para pasarlo, pero todo fuese por la causa. Ya en el bosque me dejé absorber por lo que sentí, la emoción que me vibró en el pecho, una que no había sentido en mucho tiempo al menos no en su potencial absoluto. En casa cruzábamos la carretera o saltábamos las rejas, también mandábamos cosas a volar para pasarlas o hacíamos un agujero en la parte de abajo, como perros encerrados. Lo que sentí estaba atado a un bosque como este, espeso, y que debía estar fuera de nuestros límites.

    Los Apalaches tenían voz y este bosque, a pesar de estar tan cerca de la academia, también la tenía. La escuché al cerrar los ojos, estaba en el rumor de la lluvia y otros sonidos propios de la espesura, era una melodía, la que le había mencionado a Gaspar. No se encontraba esto en los parques y a veces ni en las reservas, había que alcanzar una porción muy específica. Una donde no alcanzaban las manos humanas, incluso si le respiraban encima.

    Morgan me sonrió desde su posición, meneó la cabeza y dijo que le había parecido que me vendría bien el aire fresco, lo que me hizo reír. Me había quedado allí en medio de la lluvia, pero de pronto se detuvo y volví a elevar la vista, las gotas que restaran serían las que descargaban las copas de los árboles durante algunos minutos.

    Escuché a Morgan, la noté moverse y acomodarse, pero seguía absorta en la vegetación sobre y alrededor de nosotras. Asentí con la cabeza, eso sí, pues no dejaba de prestarle atención.

    —Vivíamos en un pueblo de Estados Unidos antes de migrar a Japón y solíamos ir a meternos al bosque desde que teníamos, yo qué sé, doce años o menos, los adultos intentaban que dejáramos de hacerlo pero era un esfuerzo desperdiciado. Mi abuela vivió allí casi toda su vida... Había memorizado las plantas, los árboles y las flores, guardaba todo eso en un cuaderno. Dibujaba ella misma cada cosa y lo llenaba de hojitas y pétalos secos —empecé a contar sin preocuparme por lo repentino que podía parecer—. Estaba acostumbrada a eso, a correr al bosque cuando quisiera.

    Solté el aire por la nariz y di un paso que me sirvió de impulso para girar sobre mi eje sintiendo algunas de las gotas de agua sobre la piel, de las que se deslizaban de las hojas y reí. Al detenerme sentí el peso de las tablas de la falda al volver a caer sobre su posición original y allí, por fin, atendí a la invitación de Morgan. Me acomodé junto a ella y desenvolví lo que me quedaba del sándwich.

    —¿Tú descubriste el agujero en la valla? —le pregunté, curiosa.
     
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    Gigi Blanche

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    Empecé a comer con calma mientras oía lo que Ilana tenía para contarme. Me habló de su vida antes de mudarse aquí y de los bosques que frecuentaba cada que podía, de su abuela y sus registros hechos a mano. Los paralelos saltaban a la vista con claridad, desde la calle que separaba mi casa de Blackpark a las anécdotas de Jenny sobre la casa de su tía. Pensé, también, en el gaélico que mi familia materna me había inculcado. Alterné la vista entre ella y la comida hasta que guardó silencio, giró y se sentó a mi lado.

    No lo había calculado con semejante precisión, claro, por lo que me hicieron gracia las similitudes. Asentí ante su pregunta.

    —Con dos amigos —aclaré—, habíamos oído algunos rumores y lo encontramos, comprobando que era verdad. Desde entonces vine hasta aquí un par de veces, para leer o sólo pasar el rato, cuando me aburría de la oscuridad de la biblioteca. Se está más fresco que en el patio de la escuela.

    Alcé la vista a los árboles y disfruté de la brisa que corría.

    —Mi primera vez en el bosque también fue con doce años —le conté, tranquila—. Había vivido toda mi vida a una calle de distancia de Blackpark, pero nunca se me ocurrió ir hasta que conocí a una chica y me invitó con sus amigas. Eran todas niñas de entre catorce y dieciséis años, y eran buenas personas. Me cambiaron la vida.

    Habían tocado a mi puerta con un mundo nuevo bajo el brazo, uno lleno de mitos y criaturas que aguardaban desde los recovecos a que abriéramos los ojos y les prestáramos atención. Ni el silbido del viento, ni los ecos entre las montañas, ni la quietud de los monolitos, nada volvió a ser lo mismo y lo agradecía profundamente. Me habían arrancado lejos de la apatía y la monotonía, y año tras año aprendí a recuperarme a mí misma.

    Aunque no podía decir lo mismo de todas.

    —A veces es difícil, ¿cierto? Estar aquí, rodeadas de luces artificiales y de cemento, cuando sabes que existe un mundo diferente ahí afuera. Un mundo más parecido a esto.
     
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    Ya habiendo ocupado el lugar a su lado volví a desenvolver el almuerzo y me puse a comer de nuevo. El chute de aire fresco, el montón de oxígeno que me entró al cerebro, me refrescó algunas ideas de los últimos días, me despertó y me hizo comer con ánimos renovados. La escuché responder a mi pregunta, resultó que había encontrado el agujero en la valla con dos amigos, que habían oído unos rumores y tal; ya luego de haberlo encontrado había venido algunas veces más.

    Iba a preguntar algo más, pero la vi alzar la vista y me quedé mirando su perfil. La brisa movió su cabello oscuro y mis ojos repasaron sus facciones, la línea de la mandíbula, los ojos, las mejillas y el cuello. No me anticipé a lo que diría, que ella también había entrado por primera vez al bosque con doce años y la sonrisa que me alcanzó el rostro fue suave.

    La historia, en cierta medida, era parecida. El bosque, las chicas mayores y la forma en que cambiaban nuestras vidas; todo se había sentido distinto luego del primer paso más allá de la autopista, cuando nos perdíamos en la espesura de la vegetación sin pensar en nada. Allá donde luego surgían las voces y las risas junto a la música y las historias.

    —Sí —concedí regresando la vista a la comida y después al frente—. Es... parece extremadamente aburrido de vez en cuando, es demasiado gris o demasiado deslumbrante, con pocos puntos intermedios. No se parece en nada a esto y es complicado hacerse a la idea de que esa es la vida que corresponde ahora.

    Fui sincera, no vi por qué no si ella misma había dicho que era difícil, y la verdad era que no hablaba mucho al respecto o no tanto como podría. Volví a inhalar el aroma del bosque, comí un poco más y luego de pensarlo un momento me incliné un poco hacia Morgan.

    —¿Cómo era Blackpark?
     
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    Gigi Blanche

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    Murmuré un sonido afirmativo que concordaba con sus palabras y entonces bajé la vista a mi almuerzo para seguir comiendo. Pese a la inmensidad tan rígida de Tokio, era plenamente consciente de que había venido aquí por decisión propia y que, al menos aún, no me arrepentía. Los sacrificios cobraban sentido al ver a Hanabi regresar de la escuela con una sonrisa de oreja a oreja.

    Nos mantuvimos un tiempo en silencio, comiendo y absorbiendo lo que nos rodeaba. La percibí inclinarse y la miré de soslayo, esbozando una sonrisa satisfecha. Tomé aire y lo pensé un momento.

    —No era una porción de bosque muy grande, si lo pienso, pero al perderte dentro igual se sentía inmenso. Tenía elevaciones del terreno bastante pronunciadas que iban y venían, y desde algunas lomas donde la vegetación menguaba había una vista preciosa de la ciudad, el lago y las montañas a lo lejos. También estaba Kingarth. —Sonreí, los recuerdos desfilando—. Una noche de Samhain nos adentramos en busca de Kingarth, una formación de trece monolitos hundida en la espesura. Jenny nos guió, o de cualquier otra forma habríamos acabado terriblemente perdidas, y tras pisar muchas ramas secas y que los vestidos se nos engancharan mil veces... un valle apareció de repente, con el cielo estrellado y una quietud inmensa. Y en su corazón, los gigantes de piedra dormidos. Na fir bhrèige, les llaman. Los hombres falsos. Danzamos y cantamos hasta el amanecer, Saili tenía una voz encantadora.

    Giré el rostro y la miré.

    —Por fuera de eso hay muchas tonterías desperdigadas. Carteles corroídos, extrañas rejas encadenadas, rocas apiladas, cabañas abandonadas, fogatas ahogadas...

    Me parecían cosas típicas de un bosque junto a la ciudad, por lo que me detuve allí, la observé en silencio y eventualmente mi sonrisa se suavizó con cierta diversión. Ladeé la cabeza y solté, de repente:

    —Cuéntame, lass. ¿Ya besaste a alguien alguna vez?
     
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    Zireael

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    Recibí su sonrisa antes de que me respondiera y al escucharla hablar me enfoqué en crear una imagen mental, por pequeña que fuese. El hecho de que afirmara que la porción de bosque no era muy grande, pero se percibía inmenso me hizo reír. De todas formas, alcé un poco las cejas al oír sobre Kingarth, me sonaba el nombre de algo y cuando mencionó los monolitos supuse que habría leído algo al respecto en algún momento. Samhain era la celebración que se creía precedía el Halloween que nosotros, que yo conocía, ¿cierto? Marcaba el final y el inicio de un período.

    No tuve dificultades al imaginar al grupo de muchachas ingresando el bosque, era un desfile que conocía, que todavía recordaba con claridad aunque la última vez fue algunos días antes de que dejáramos el pueblo. Oí a Morgan, los nombres que surgieron, Jenny y Saili, y como habían cantado y danzado hasta el amanecer. Se parecía a mis recuerdos y a las fogatas que iniciábamos, las que en verano debíamos cuidar para que las brasas no iniciaran un fuego que no podríamos controlar.

    —Tú también tienes una voz bonita —dije como si nada, todavía con la sonrisa puesta en el rostro—. Y bueno, el bosque tiene el poder de recordarnos lo pequeños que somos en realidad sin necesariamente hacernos sentir intimidados. Blackpark no era demasiado grande, pero lo era para ti, seguro también para Jenny y Saili.

    El apunte de las cosas que había en el bosque consiguió sacarme una risa nasal.

    —Minas abandonadas, también —acoté porque recordé que a veces encontrábamos sus entradas o los respiraderos—. Son las cosas que el bosque ya reclamó o reclamará pronto.

    También dejé el asunto allí, guardé silencio y la miré, en cierto momento noté la manera en que su sonrisa se suavizaba y el dejo de diversión en ella. Lo que preguntó me estiró la sonrisa, siquiera disimulé que me vino un poco en gracia, y retrocedí a mi espacio para fingir pensarlo. Alrededor de las fogatas pasaban cosas, recordaba ver a las chicas coqueteando con los muchachos o entre ellas, recordé también, cuando besé al muchacho que me gustaba, el que iba a mi grado. ¿Qué tenía? ¿Catorce años y él quince? El primer beso no contaba, además los hombres eran un poco... a veces parecía que te querían tragar, vaya. Después me encapriché con otra persona y se me olvidó, incluso si nunca pasó de eso.

    Algo parecido había sucedido en los meses de intercambio del año pasado, en Canadá. No tenía bosques a los que ir, pero las chicas de repente aparecían con invitaciones a fiestas y algo más lejos de la sobreprotección de papá, digamos que me envalentoné o me hice imprudente.

    —Algunas veces, actually —respondí unos segundos después, mirándola de nuevo y ensanché la sonrisa—. ¿Sueles hacerle ese tipo de preguntas a las personas?
     
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    Gigi Blanche

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    Su cumplido elevó levemente mis cejas y deslicé la mirada hacia ella, curiosa. Su semblante lucía tan genuino como desprovisto de burla y sonreí en consecuencia, cerrando los ojos en un breve gesto de agradecimiento. Ahora que lo pensaba, por uno u otro motivo había acabado cantando frente a ella las tres veces que nos vimos.

    Well, I was only a bairn back then —fue mi única respuesta a su idea del bosque.

    El bosque, la ira de los dragones, la belleza de Jenny. Todo era mucho más grande que yo en aquel entonces. Me mantuve pensativa hasta que presentó la noción de reclamo y la miré de repente; una sonrisa me curvó los labios lentamente. Era algo bastante oscuro para que saliera de una niña tan dulce, ¿no le correspondía mejor hablar de flores, polen y rayos de luz? En cualquier caso, llevaba razón. Sólo hacía falta abandonar cualquier cosa en su seno y la naturaleza se haría cargo al debido tiempo.

    Me mantuve atenta a su reacción inicial tras soltarle aquella tontería tan inconexa. Le divirtió, de hecho no pareció avergonzarse ni una pizca, y seguí mirándola con la sonrisa suave pegada al rostro. ¿Cuánto habría que pensar? Una señorita no tendía a olvidar su primer beso, ¿verdad? Su respuesta no fue tan entretenida como el cuestionamiento posterior, y sin aguardar un segundo, casi como si lo hubiese estado esperando, repliqué:

    —A veces. ¿Y tú sueles responderlas?

    Comí un poco de mi almuerzo y seguí con mi pequeño cuestionario.

    —¿Cómo fue tu favorito?
     
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    Zireael

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    Incluso si a veces parecía que dejaba ir cumplidos a diestra y siniestra, cuando los decía los decía con sinceridad. Regulaba o recortaba ciertos pensamientos, mientras que otros siquiera los detenía, era una costumbre vieja que se había visto alterada con la llegada a Japón, pero las gemelas Minami y Mei me habían regresado esa parte de la confianza. Parecían encantadas cuando les decía algo bonito, la reacción de Morgan fue más sosegada, pero entendí el agradecimiento.

    Su respuesta fue sencilla, pero me permití concordar junto a un asentimiento de cabeza. Si bien el bosque conservaba parte de esa inmensidad, era imposible negar que cuando uno era pequeño ya de por sí, la sensación se intensificaba. Se me ocurrió recién, pero pensé que quizás era el motivo por el que también esos recuerdos parecían brillantes.

    Mi comentario de la naturaleza reclamando cosas la hizo sonreír, no me detuve a pensar en el tinte que poseía, pero daba un poco igual. Llevaba algunos días teniendo conversaciones que giraban alrededor de nociones similares, que el caos, el golpe de los halcones contra otras aves, que el cénit y el nadir. Era de no parar, ¿la naturaleza recuperando su terreno? Era casi una obviedad.

    Le contesté su pregunta sin entrar en detalles, ella replicó de inmediato y me reí, entre divertida y sorprendida por la suerte de desfachatez. Me encogí de hombros, por un momento no dio la sensación de que fuese a decir algo al respecto.

    —No es que me lo pregunte un montón de gente como para decirte si las contestaría o no —apañé junto a una risa—. Supongo que te lo respondí porque sí, 'cause why not?

    Ya que en el salón de actos había comido un poco, pronto lo que me quedó fue un bocado del sándwich y me lo acabé. Morgan, por su parte, siguió con su suerte de entrevista y la miré, esta vez de costado. La diversión me cruzó las facciones de nuevo, pero me centré en sacudirme las manos y a pensar de verdad esta vez. A ver, no era que tuviese una lista larguísima tampoco. No era enamoradiza en todas las de la ley, pasaba que tenía ojos en la cara y punto.

    —El año pasado pude irme de intercambio a Canadá un par de meses, era una escuela... You know, kinda fancy. Tenían residencias para los estudiantes de intercambio, pequeñitas, pero residencias a fin de cuentas. Las chicas de la habitación aparecían con invitaciones a fiestas y tal y bueno, ¿por qué habría de negarlas? —Empecé a contar relajando las manos en la superficie a mi lado con tal de aflojar algo de tensión en la espalda—. Puede que bebiese un trago o dos, si acaso. La música de adentro de la casa, de un chico que iba a un curso por encima, no me estaba gustando mucho y me salí al patio trasero aunque estaba haciendo frío, caía un poco de nieve y tal.

    Hice una pausa, estiré las piernas frente a mí y seguí rememorando la noche.

    There was this boy, kind of shy, pretty brown eyes and cute smile. Habríamos hablado algunas veces en la escuela para trabajos o lo que fuese, lo que se tomó o fumó lo envalentonó para salir detrás de mí, fue un poco gracioso, estaba un poco puesto y yo quizás demasiado sobria. —Balanceé las piernas suavemente, volví a doblar las rodillas y me volví hacia Morgan. Estiré la mano hacia ella y por el bien del teatro alcé un poco su barbilla, como si estuviera replicando la movida en tiempo real. Me incliné hacia ella sin ninguna intención y retrocedí—. No recuerdo de qué hablamos un rato, pero supuse que entre todo esperó the cue. Me dio un beso lento, puede que un poco torpe, pero fue menos apresurado que otros y me gustó por eso. Tenía la nariz fría y la boca le sabía dulce, se abría bebido algo con Coca-Cola, ni idea, traía el vaso ya vacío. No es la gran cosa visto desde fuera, pero seguimos la tontería hasta que me tuve que regresar con las chicas.

    ¿Bueno y ese montón de información? Porque sí, claro.

    —¿Alguna otra duda más, dear?
     
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  13.  
    Gigi Blanche

    Gigi Blanche Equipo administrativo Game Master the lovers

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    —Si me preguntas a mí, "porque sí" es una justificación más que válida para hacer casi cualquier cosa —argumenté, levemente divertida—. So good for ye, lass. Reasoning is highly overrated.

    Cuando éramos tan jóvenes, tan inexpertos y teníamos tanto que aprender, ¿para qué atarnos con cadenas de hierro a las convenciones? Mientras seguía comiendo atendí a su historia, que arrancó con un intercambio en Canadá y se trasladó al bonito muchacho de ojos café. Justo acababa de tragar cuando pescó mi barbilla y me dejé hacer, entretenida con su iniciativa. Parpadeé con lentitud y sostuve la mirada en ella, encantada. Se inclinó, vaya que lo hizo, y me tildarían de bruja pero sabía que sólo estaba jugando. Volvió a su lugar, me quedé quieta un instante y luego retomé mi tarea de acabarme el almuerzo. Fue un beso lento y dulce. Quería decir, literalmente dulce.

    How sweet —destaqué en voz baja, refiriéndome más bien a la ternura de la escena.

    Si ese era su beso predilecto, debería asumir que no había llegado mucho más lejos. Era lo normal en muchachas de nuestra edad, realmente. Mi experiencia se había torcido y empapado por culpa de Jenny, por sus vicios y sus dolores. Pensar en ello me generaba una mezcla contradictoria de sensaciones.

    Su apunte me estiró la sonrisa. Bajé el último bocado de comida, mantuve las manos alrededor del bento vacío y volví a mirarla. Repasé sus facciones con calma antes de hablar. Bueno, ya que ofrecía...

    —¿Y alguna vez besaste a una chica?
     
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  14.  
    Zireael

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    Su argumento de que el "porque sí" era una justificación válida me hizo reír, tenía su gracia porque muchas cosas las hacía siguiendo esa lógica e incluso las que no, visto desde afuera parecía que fuese el caso. Trataba de no pensar de más porque sabía que podía tornarse agotador y casi convertirse en un vicio, puede que también porque, de hecho, el raciocinio estuviese sobrevalorado. La vida era menos complicada si elegía no sobrepensar.

    Total que conté la experiencia, la guardaba con algo de cariño y todo, y sabía que no se salía mucho de los estándares de casi toda las muchachas de mi edad. ¿Significaba eso que siempre quisiera besos tranquilos con sabor a Coca-Cola y ron? No necesariamente, pero tampoco encontraba mucha gracia a ser comida viva sin un preludio, por lo menos, y por eso elegí ese. Era entre romántico y exigente de mi parte y no había sacado la gran cosa de ello últimamente. Mi correspondencia, además, parecía seguir la predicción de Akaisa y quedarse en el campo de la unilateralidad.

    What a shame.

    Ella me dejó hacer mi tontería, luego retomó su almuerzo y su comentario me hizo reír aunque no dije nada más. Esperé por si tenía otra pregunta y no me sorprendió en realidad la que resultó ser, de hecho acabó por estirarme una sonrisa en el rostro. No era que me hubiese sentado horas de mi vida a definir lo que me gustaba o no, la verdad fuese dicha, tampoco había tenido una gran crisis de identidad al respecto.

    —No, la verdad no. I mean, le di un beso diminuto a una compañera en Canadá, pero fue por un juego de la botella y ya —ladeé la cabeza y solté el aire por la nariz—. Esos no son besos de verdad.

    Me tragué una risilla y posé la vista en la vegetación más allá, por unos segundos absorbí el aire limpio de este pequeño escondite.

    —Tu entrevista es peligrosamente específica —arriesgué como si no viniéramos de la escenita del salón de actos y lo demás lo dije siguiendo la lógica irrefutable del "porque sí"—. Me decepcionaría terriblemente si dices que no quieres besarme, you know?
     
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  15.  
    Gigi Blanche

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    En buena medida había anticipado su negativa, dejando de lado, claro, el besito del juego de la botella. Las mujeres, en general, tendían a bromear con ese tipo de aproximaciones entre ellas y replicarlas por diversión, por desafíos o por mero morbo. ¿A qué muchacho no le pondría ver a dos amigas liándose? Las posibilidades se extendían de forma absurda y seguían sin ser besos de verdad. Éramos un poco problemáticas en ese sentido.

    Ilana posó su mirada en el bosque y yo mantuve mis ojos en ella, tranquila. Parpadeé, recibí su especie de acusación y sonreí. Vaya, tan osada de repente. ¿Qué haría si le decía que no? ¿Se lo había planteado, siquiera? Podría llevarle la contraria por el puro placer de subvertir sus expectativas, de permanecer atenta a su reacción primordial y revolcarme en ella. O podría darle el gusto.

    O ninguna de las dos.

    —¿Y te gustaría hacerlo? —proseguí con mi pequeña entrevista, haciendo oídos sordos a su comentario—. Besar a una chica, quiero decir. De verdad.
     
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  16.  
    Zireael

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    Era un poco absurdo todo el asunto de los besos y coqueteos entre chicas, lo veía desde pequeña, luego lo seguí viendo en la escuela femenina y a veces yo misma caía en ello con mis amigas. Por eso sabía diferenciar, al menos, hasta dónde la cosa era en serio o no. Eso sí, los motivos que empujaban el asunto me importaban más bien poco, si debía ser sincera.

    ¿Qué había esperado al dejarle ir el remedo de reclamo, acusación o como quisiéramos llamarle? Ni yo lo sabía, quizás sólo pretendí medir la reacción, ver qué era lo que causaba para empezar. No me planteé qué hacer con un sí o con un no, no era como que tuviese un plan trazado para ningún día de mi vida, mucho menos este. Ella no contestó mi pregunta y sonreí al escuchar que en su lugar continuaba su entrevista, no era algo que me hubiese sentado a preguntarme tampoco, pero puestas en ello, ¿me molestaba siquiera la idea? La verdad era que no.

    Yeah, why not? —contesté con una simpleza casi ridícula—. Hay muchachas muy bonitas en el mundo como para que venga a decirte que no, que les rechazaría un beso de verdad.

    Suspendí la idea allí, era simple, básica y casi diría que esperable. Intenté buscar algo que fuese más claro, que incluso para mí tuviese algo más de contenido, y en lo que pensaba murmuré algunas estrofas de la canción que había recordado antes. No de Artemis, de la otra, The Blade.

    —Recuerdo a las chicas alrededor de la fogata, las siluetas recortadas por el fuego y el sonido de sus voces. La energía con que cantaban y la paciencia con que me enseñaban acordes, era como si se revolvieran dos cosas... Una suerte de fuerza primigenia y un amor paciente, delicado —conté estirando la mano hacia una planta cercana, un arbusto, para sujetar una hoja entre los dedos. Estaba algo fría por la lluvia de hace un rato—. Me atrae esa suerte de dicotomía incluso si sé que no es exclusivamente femenina. A veces quisiera probarla, aunque no suena muy prudente dicho en voz alta.

    Podría haberle repetido la pregunta de si tenía algo más que quisiera saber, pero esta vez dejé el asunto ser a ver qué pasaba. Solté con delicadeza la hoja que había tocado, dejé la mano sobre el regazo y usé la otra para alcanzar a Morgan otra vez. El gesto no tuvo una intención particular, todo lo que hice fue alcanzar un mechón de su cabello y correrlo con suavidad por mis dedos, un poco absorta en la pequeña tarea. Era oscuro como el ala de un cuervo, sólo recién se me ocurrió.
     
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  17.  
    Gigi Blanche

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    Su respuesta fue directa, sencilla, y mi semblante no mutó en ninguna dirección concreta. Estaba de acuerdo con ella, por supuesto, sólo no vi la necesidad ni encontré el deseo de hacérselo saber; puestos a ello, ya debía intuirlo. Pareció distraerse en sus propios pensamientos y mi mirada permaneció en su silueta sin ningún motivo concreto. De la niña brotaban murmullos de cierta melodía y me entretuve jugueteando suavemente con algunos mechones de su cabello, en silencio.

    Me resultaba un poco curiosa la forma en que nuestros recuerdos parecían solaparse, aún desde direcciones totalmente opuestas. Habló de fuerza y delicadeza, de las cualidades casi contradictorias que había atestiguado entre sus mujeres, y por incontable vez tuve que pensar en Jenny. En ella, también, habían habitado un salvajismo y una dulzura que me cautivaron desde el instante que posé mi mirada en sus ojos de marfil, de aquel blanco tan sucio. Ese color que debía ser puro y no lo era. ¿Hasta dónde éramos collages de las personas que se habían impreso sobre nosotros y a partir de dónde nos diferenciábamos de ellos? ¿Valía la pena trazar un límite, para empezar?

    La miré al oírla decir que deseaba probarla y permanecí en sus ojos mientras ella se absorbía en el movimiento de sus dedos. ¿Probar qué? ¿La dicotomía? Era una forma extraña de expresarlo.

    —¿Por qué no sería prudente? —pregunté con honestidad—. ¿Encuentras algo intimidante en la fuerza del amor, o en la delicadeza del odio? ¿Le temes, quizá, a su intensidad? Como si pudiera reclamar tu alma o devorarte entera...

    Acabé desviando la mirada a la vegetación y una sonrisa asomó en mis labios. Sí, lo había visto. Jenny se había perdido frente a mis ojos en el vórtice de sus propias emociones y por eso las tildaba de absurdas e innecesarias, por eso el anhelo era un sinsentido y el amor, muchas veces, se convertía en ponzoña. Transitar semejante dicotomía no aceptaba voluntades débiles ni mentes frágiles. Muchos fallaban la prueba.

    Solté el aire con cierta fuerza y cerré mi almuerzo, dejando la caja a un lado, junto al paraguas. Al erguirme, extendí mi mano y atraje a Ilana junto a mí. Retrocedí hasta que el cielo reposó sobre nuestras cabezas y envolví su cintura con mi mano libre, instándola a girar conmigo suavemente.

    —No sé mucho de emociones intensas, pero sí lo suficiente de libre albedrío —murmuré con calma, envolviéndonos en una suerte de vals improvisado que no atendía a ninguna melodía, y esbocé una sonrisa—. Ye may dance and sing with me to yer heart's content. ¿Conoces Heathens?

    La miré con clara intención y separé mis labios lentamente, dándole un par de segundos para asimilar la idea. Había pensado en esa canción desde que mencionó la fuerza primigenia y el amor delicado de las mujeres.

    She bargains with the world so everything she wants will come to her —empecé a cantar en voz baja, esperando que se uniera a mí—. With no greed inside her mind she knows what she deserves... We fell from sky with grace and landed in her soft and warm embrace. She gave her love, her gift of life, so we could live with her...

    Conforme avanzaba, la canción fue adquiriendo mayor volumen y personalidad. El estribillo ingresaba con suavidad, era delicado, y con cualidades similares seguimos deslizándonos por el espacio. De tanto en tanto se me colaron algunas risas en la voz, quizás al casi tropezar con las raíces o al rozar un arbusto cargado de lluvia que nos mojó un poco más de la cuenta, y allí nos entretuvimos hasta que tocó regresar a la academia.


    intenté cerrarlo y asumí un par de cosas para hacerlo, hope u dont mind JAJAJA
     
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  18.  
    Zireael

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    Sentí su tacto en cabello mientras pensaba o le daba forma a mis propias ideas, hasta ahora la experiencia de Morgan era la más parecida a la mía que había encontrado si sacábamos a David de la ecuación, cuya lectura de por sí variaba de la mía en cuestiones puntuales. En parte por ello dije lo que dije, intuí que ella entendería o al menos podría formar una imagen, incluso si no sabía que la imagen en cuestión era Jenny específicamente.

    La experiencia se solapaba y luego, de la misma forma, se separaba. La vida en general funcionaba de esa manera, era así como las vidas se interconectaban. De cualquier manera, hablé y cerré la idea con lo de la imprudencia que para Morgan no fue tal. Dejé caer el mechón de su cabello con suavidad, su pregunta me alcanzó y tuve que detenerme a pensar, pensar de verdad quería decir.

    —Puede que sí —murmuré algunos segundos más tarde—. Puede que incluso tema darme cuenta que, de hecho, que no va a devorarme. Darme cuenta de que puedo sostener esas fuerzas sin acabar aplastada en el proceso, ni idea.

    Puede, también, que no hubiese sentido ninguno de esos dos extremos de verdad. No había amado con intensidad y vulnerabilidad, ni había odiado de manera ciega, ni siquiera cuando me molestaban y se inventaban estupideces. No estaba del todo segura de si había algo que sintiera con claridad y no era algo que ocurriera ahora, había sido así mucho tiempo y la duda de si debía sentir más me alcanzaba de vez en cuándo. Me preocupaba por las personas, me gustaba pasar tiempo con los demás y todo lo que eso implicaba, amaba a mis amigas y a mi familia, ¿pero qué existía más allá?

    No lo sabía.

    Acepté la mano de Morgan, la recibí en mi espacio como hasta ahora y elevé la mirada al cielo sobre nuestras cabezas un segundo antes de seguir el vals improvisado. El comentario que hizo sobre las emociones intensas y el libre albedrío consiguió hacerme sonreír, su oferta final me gustó y asentí para hacerle saber que conocía la canción y me sumé a ella apenas comprendí la idea.

    That is why we live like heathens. Stealing from the trees of Eden, living in the arms of freedom and everything we touch is evil —continué a su ritmo también, pero el gusto se me debía notar en el tono de voz—. That is why we live like heathens.

    La canción fluyó, adquirió volumen, personalidad y me sentí parte de algo, de aquello que había dejado atrás. A mí también la risa me interrumpió de tanto en tanto y con cada tropezón me sujetaba del cuerpo de Morgan, siquiera se me ocurrió quejarme de los arbustos que nos mojaron en ese rato. A pesar de todo, el aire fresco sí me había ayudado para el revoltijo de ideas que tenía en la mente, por mucho que ninguna fuese particularmente intensa.


    pls always be my guest

    como siempre, intento de cierre también JAJAJA muchas gracias por caerme, lo disfruté un montón uwu i lov them together
     
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