Ardiente alma

Tema en 'Fanfics Abandonados Pokémon' iniciado por Blackylight, 11 Mayo 2013.

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    Blackylight

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    Aventura
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    4
     
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    373
    Capítulo 1: El nacimiento de Ígneo. ¡Quiero surcar los cielos!

    Había una vez, en una lejana montaña, una gran manada de Charizards. Eran espléndidos, grandiosos, como ningún otro Charizard de los que ahora se ven por el mundo. Pero un día...

    En uno de los nidos de Charizard comenzó a moverse algo. ¡Los huevos se estaban abriendo! Uno por uno, los Charmander asomaban de entre los restos de sus huevos, sonriendo a su madre, que observaba feliz la escena. Uno de los huevos no se abría. La madre Charizard podía sentir cómo su hijo intentaba salir de aquella pequeña cárcel ovalada sin lograrlo, hasta que un pequeño puño anaranjado rompió la cáscara y al fin el pequeño Charmander salió. Su madre notó que algo andaba mal, pues los Charmander no suelen salir del huevo a puñetazos, pero no le dio importancia.

    El pequeño Charmander, al que llamaron Ígneo, observó curioso a su alrededor con sus verdes ojos. Mas no le interesaban sus hermanos, ni los demás Charizards y Charmeleons que observaban el nacimiento sonriendo a los bebés. Ígneo estaba mucho más interesado en unos pequeños Taillows que volaban a varios metros sobre ellos. Los observaba absorto, y de repente comenzó a reír y alzó su manita hacia el cielo. "Esperadme, algún día iré con vosotros", parecía decir con su mirada llena de determinación. Una gota de agua cayó sobre su frente, haciendo que Ígneo llevara sus manos hacia su rostro en un intento de limpiarse por completo de aquel líquido letal. Cuando la lluvia comenzó a arreciar no hubo más remedio que entrar a la cueva. Pero Ígneo siguió observando desde la entrada de la cueva a los Taillows, que ahora volaban más bajo y se posaban en las ramas de un árbol cercano. Observó minuciosamente las alas de aquellos Pokémon, comparándolas con las de los Charizards. Sí, estaba decidido. Surcaría los cielos y sería el más fuerte Charizard.

    En ese momento Ígneo tosió y de su boca salió una pequeña llamarada. Ígneo se quedó pasmado, con sus verdes ojos muy abiertos y asimilando lo que acababa de suceder... Y se echó a reír. Su madre, un poco más lejos, sonrió ante esa escena con ternura. Sí, despues de todo era un Charmander normal.
     
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    Blackylight

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    Capítulo 2: Ojos llameantes. ¡Adentrándome en el gran bosque!

    Ígneo jugaba con sus hermanos a la entrada de la cueva. Habían pasado ya varios meses desde su nacimiento, mas Ígneo admiraba como el primer día a cualquier criatura que volara. Sus hermanos se enfadaban con él porque se distraía del juego para observar a los grandes Charizards que surcaban el cielo sobre sus cabezas. Ígneo observaba a aquellos dragones con admiración reflejada en sus ojos, verdes como el más frondoso bosque. Era quizá irónico que un Pokémon ardiente, un Pokémon de fuego, tuviera los ojos de aquel color.

    Uno de esos días en que se encontraba jugando con sus hermanos, Ígneo vio un pequeño Spearow que se posaba sobre una rama cercana. Ígneo se acercó con cautela y ascendió por el tronco del árbol. El Spearow no se percató de su presencia hasta que sintió un leve movimiento en la rama en la que se encontraba. Ígneo había subido hasta aquella rama y observaba con admiración al pequeño Pokémon ave. Pero entonces miró hacia abajo...

    El árbol se encontraba al borde de un precipicio. Ígneo observó con terror los metros que lo separaban del suelo, del pie de la montaña... Entonces Spearow salió volando y la rama se agitó, haciendo caer al pequeño Charmander.

    Ígneo despertó al pie de la montaña, donde el bosque comenzaba. Intentó levantarse, pero un fuerte dolor en su espalda se lo impedía. Tenía una gran herida en la espalda, que hubiera acabado con el pequeño Pokémon de no ser porque alguien o algo la había tratado. Ígneo volvió a intentar levantarse, esta vez con más cuidado, mas sus intentos fueron inútiles y cayó de nuevo exhausto al suelo. Asomaron lágrimas por sus ojos,pero se las secó rapidamente y se arrastró como pudo hacia el árbol que marcaba el límite entre bosque y montaña. Se apoyó en él e intentó alzarse de nuevo, consiguiéndolo esta vez. Sonrió cansadamente ante su éxito, mas poco le faltó para caer de nuevo. Avanzó apoyándose en cada árbol, adentrándose sin darse cuenta en el bosque. Cuando de repente...

    Ígneo cayó al suelo, exhausto por tanto esfuerzo. Respirando pesadamente observó un pequeño arbusto... ¿Se estaba moviendo? En ese momento un Pokémon salió del arbusto. Era verde, una hembra, con forma de rana, quizá, y con un pequeño capullo verdoso a su espalda. Pero lo que verdaderamente captó la atención de Ígneo fueron sus ojos, rojos como el fuego, parecían danzar como las llamas... Sus miradas chocaron, e Ígneo creyó ver en el rostro del Bulbasaur un brillo de terror...
     
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    Capítulo 3: ¡Unamos nuestras fuerzas! "¿Quién teme al lobo feroz?"

    La pequeña Bulbasaur observó durante unos instantes a Ígneo, mas al escuchar un fuerte rugido salió corriendo. Ígneo no acababa de entender lo que sucedía, mas un fuerte temblor que le hizo alzarse unos centímetros del suelo lo sacó de sus pensamientos. Ígneo distinguió un agradable olor a flores... Pero ese olor se estaba acercando. Rápidamente se ocultó como pudo entre unos arbustos, con cuidado de no provocar un incendio con la llama de su cola, y lo que vio a continuación lo dejó completamente asombrado.

    Unos grandes Venosaurs avanzaban hacia donde la Bulbasaur había huido. Eran enormes, tan grandes y pesados que Ígneo no podía creer que pudieran siquiera moverse. A su espalda había una gran y hermosa flor, de la cual provenía aquel fuerte y dulce olor. Los Venosaurs observaban a todos lados, como buscando algo. Ígneo supuso que buscaban a Bulbasaur, mas aunque Ígneo pretendía marcharse de ahí cuanto antes recordó algo. Esa Bulbasaur parecía tener miedo de algo, ¿quizá querrían hacerle daño? Ígneo entonces corrió, oculto entre la maleza, hacia donde vio que se iba Bulbasaur.

    Adentrándose en el bosque distinguió un pequeño arroyo. Se detuvo a reposar, pues el esfuerzo había sido grande teniendo en cuenta su herida. Al ir a beber algo de agua, Ígneo distinguió bajo la superficie unos grandes ojos azules. Fue a acercarse, ya que estaba seguro de haberlos visto antes, mas volvió a sentir un temblor que indicaba que los Venosaurs se acercaban. Ígneo avanzó de nuevo, llegando al fin a donde la Bulbasaur se encontraba. Mas descubrió una escena que en verdad no se esperaba...

    La pequeña Bulbasaur se encontraba rodeada por una manada de Mightyenas, que avanzaban hacia ella gruñendo y mostrando sus afilados colmillos. Ígneo no pudo evitar sentirse impotente ante los grandes lobos. Era evidente que de quien huía Bulbasaur no era de los Venosaurs, sino de aquellos Mightyenas. Uno de ellos, el más grande de todos, rugió una orden y todos, al mismo tiempo, se abalanzaron sobre la Bulbasaur con fiereza y el hambre reflejada en sus ojos. La Bulbasaur se defendió haciendo uso de su látigo cepa, con el cual atrapaba y arrojaba a los grandes lobos, mas volvían al ataque en seguida. Parecía mentira que la pequeña Bulbasaur estuviera aguantando tanto.

    Una pequeña llamarada golpeó a uno de los Mightyenas, que prácticamente ni se inmutó, pero que volvió la vista hacia Ígneo enfurecido. Éste lo miró desafiante y se preparó para un nuevo ataque. Miró a Bulbasaur, que observaba perpleja la escena y no lograba decidirse entre huir o luchar. Le sonrió con seguridad y se dispuso a atacar a los grandes lobos. Ella sonrió algo confundida y se preparó también para atacar. Pero ¿qué podían hacer ellos ante Pokémons tan fuertes? A pesar de los golpes que lograban asestarles los grandes lobos no se detenían, les mordían y arañaban sin cesar. Parecía una pesadilla. Mas cuando ya daban todo por perdido y se rendían exhaustos a la muerte los Mightyenas fueron golpeados, veloz y fuertemente, por una especie de objeto redondeado que giraba a gran velocidad y embestía contra ellos. Los Mightyena huyeron y aquel objeto salvador desapareció tan rápido como había llegado, dejando a los dos pequeños Pokémon solos y desmayados en el bosque...
     
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    Capítulo 4: El dragón sin alas. ¿¡Avistamiento del ave arcoiris!?

    Un lagarto rojo al borde de un precipicio, llorando. Grandes dragones anaranjados vuelan sobre él. Se están riendo. Algo empuja al lagarto. Cae, cae sin remedio, acercándose peligrosamente y a gran velocidad al suelo...

    Ígneo despertó sobresaltado. Habían pasado tres años desde lo ocurrido en el bosque, y ahora era un poderoso Charmeleon. Aquel día, aunque Ígneo no recordaba bien qué sucedió, sí recordaba que su madre había ido a buscarlo y lo llevó de nuevo a la cueva. Desde entonces no había vuelto a bajar de la montaña.

    Ígneo había entrenado muy duro. Quería evolucionar de una vez y surcar los cielos como un poderoso Charizard. Pero aunque era claramente el Pokémon más fuerte de la montaña (sin contar al líder de la manada, contra el que ya luchó un día sin muy buenos resultados para Ígneo) no lograba su anhelada transformación. Entrenaba día y noche, luchando contra Pokémons de todo tipo que aparecieran entre las rocas o en los árboles quemados de allí. Los enemigos comenzaban a volverse débiles para él, estaba seguro de que ya debería haber evolucionado. Pero permanecía como Charmeleon, un lagarto rojo como el fuego y con ojos verdes como esmeraldas.

    Uno de esos días en los que Ígneo entrenaba sin descanso mientras sus hermanos se burlaban de su inútil esfuerzo, Ígneo escuchó un extraño sonido, procedente de la lejanía, que se acercaba realmemte rápido. Se detuvo un momento para escuchar con claridad. Parecía un Pokémon... Pero distinto a lo que había oído nunca. Parecía un sonido... ¿Ancestral?

    La manada se sobresaltó cuando una enorme ave chocó contra la montaña. Su plumaje tenía los colores del arcoiris. El ave dio un grito de dolor e intentó alzar el vuelo, pero un rayo impactando en su pecho se lo impidió. Desde detrás de unas rocas surgió un humano junto a un poderoso Luxray. El humano dio una orden al Pokémon y éste se lanzó sobre el ave, mordiendo su ala con fuerza y haciendo que gritara de dolor. Ígneo observaba esta situación con asombro. Miró al ave con sus ojos esmeralda abiertos a más no poder, y el ave le devolvió la mirada cansada y apagada.

    "Ayúdame"

    Ígneo, sin saber por qué, golpeó con fuerza al Luxray, apartándolo del ave arcoiris y situándose en frente de ésta con determinación. El humano observaba sorprendido cómo los demás Charizards y Charmeleons se colocaban frente al Ho-oh que intentaba capturar. Pero eso no lo detendría. Llevaba días persiguiendo a la poderosa criatura, y no le impedirían lograr lo que le pertenece. Una orden bastó para que el Luxray atacara a los Charizards. Era muy fuerte, y un rayo bastó para debilitar a unos pocos dragones. Pero Ígneo seguía en pie, junto a algunos otros Charizards. Ígneo saltó contra el Luxray y lanzó una llamarada hacia él. Los demás dragones hicieron lo mismo. Luxray no tardó en ser debilitado y el humano salió de allí tan rápido como pudo.

    Ho-oh, sin decir un simple "gracias", se dispuso a alzar el vuelo. Ígneo observó con envidia cómo las enormes alas de aquel Pokémon se movían en el aire, haciendo que el ave surcara los cielos velozmente. Escuchó a los más ancianos murmurar. "¿Qué hace aquí? No es su región", decían. Era cierto, ¿qué había traído hasta Kanto a un Pokémon de Johto? Además, a un lugar tan recóndito como este... Ígneo meditó esto un momento, más no encontró respuesta. Exceptuando...

    "Jirachi ha aparecido", escuchó decir a los ancianos Charizard. Jirachi surgía cada cien años, alterando a los Pokémon de la región en la que aparecía. Se dice que puede concederte tres deseos. Y ahora estaba en Johto.

    Ígneo miró con determinación al cielo, ahora estrellado, y sin que nadie se percatara de su huida corrió hacia el bosque. Ahora tenía más claro lo que debía hacer. Le pediría a Jirachi evolucionar, podría al fin ser un Charizard. Y entonces podría volar, surcar los cielos libremente.

    En la espesura, unos ojos como rubíes observaban al lagarto rojizo correr. Le resultaba familiar...
     
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