Ambrosía Ambrosía, el manjar de los dioses.

Tema en 'Partidas Inacabadas' iniciado por Ana inukk, 16 Diciembre 2015.

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    Ana inukk

    Ana inukk Gurú

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    Un carruaje te había recogido en tu hogar, a partir de allí estarías solo, con solo unos segundos para despedirte de las personas que te hubiesen acompañado hasta ese momento partiste sin saber bien a donde irías. La carta que recibiste apenas explicaba tu situación y aun así has aceptado el reto, sin importar las razones que te mueven pronto estarás en el lugar que podría cambiar tu eternidad.

    La puerta se abre y no notaste si quiera cuando te habías detenido, recoges las pocas pertenencias que te han permitido traer para admirar el gran edificio frente a ti. Unas escaleras que parecen eternas mantienen en un pedestal el gran templo griego, de monumental tamaño es sostenido gracias a decenas de columnas mucho más anchas que tu cuerpo, si miras atrás ya no hay rastro de tu vehículo y apenas recuerdas la sombra que lo ha manejado así que solo hay dos opciones: subir o arrepentirte e huir hacia el espeso bosque que inicia a un kilometro alrededor del edificio.

    [​IMG]

    Una vez arriba traspasas el gran portal, lo primero que vez es una gran estatua de mármol con oro de Zeus pero si logras apartar tu mirada notas que hay otros cuerpo a tu alrededor, tan sorprendidos como tú. Una voz se hace escuchar entre los murmullos desde el final de la sala.

    Sean bienvenidos hijo de Dios, que los hilos de las Moiras se entrecrucen en alegrías y buenas fortunas para ti y vuestra descendencia, mis señores.


    [​IMG]

    Mis amores dejo el tema para que narren como llegaron allí, cuando tenga todas las respuestas continuaremos desde allí, pueden conversar entre ustedes mientras tanto
     
    Última edición: 16 Diciembre 2015
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    Nekita

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    Leah Samaras

    Y en el día menos esperado, llegó.

    En la puerta de la librería un extraño carruaje, esperándome a mi precisamente para llevarme a un lugar que todavía no tenía muy claro donde era o que era. Pero estaba dispuesta a ir y aventurarme a lo que me esperara, mi madre me acompañó hasta la puerta donde nos despedimos de una forma casi efímera para lograr entrar al carruaje y comenzar la travesía oficialmente.

    No sabía cuanto tiempo había durado el viaje, solo que de pronto la puerta se abrió y tuve que mirar a los lados para comprobar que en efecto, nos habíamos detenido. Respiré profundamente y tomé el poco equipaje que traía y bajé del carruaje mirando con atención el lugar en el que estaba, lo que vi, me había dejado completamente impresionada.

    Una gran edificación griega se alzaba imponente al final de unas largas escaleras, giré mi vista hacia donde debía estar mi carruaje para preguntar sobre quien o quienes se encontraban allí pero ya no había nadie, suspiré y llevé una de mis manos a mi pecho para tranquilizarme y tomar la decisión de comenzar a subir las escaleras hacia el imponente edificio, ya había llegado hasta allí, no valdría la pena abandonar ahora.

    Una vez llegado al final de esas escaleras una gran estatua de Zeus se alzaba robándose casi toda mi atención, jamás había visto algo así de impresionante de cerca y las imágenes de los libros se quedaban bastante cortos ante los magníficos detalles que se presentaban frente a mi, luego me forcé a apartar mi mirada de allí logrando percatarme de algo interesante: no estaba sola.

    ¿Ellos también estarían aquí por la misma situación que yo?
     
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    Zetos Goumas

    Llamaron a la puerta. Zetos se volvi{o en la cama; vio la ventana abierta y el sol que entraba a raudales. —Largo. —murmuró. La muchacha que estaba a su lado cambió de posición, pero no se despertó. Llamaron de nuevo. —¡Largo, maldita sea! —la puerta se abrió y la señora de la taberna local asomó la cabeza. —Disculpe, señor, pero ha llegado un carruaje para usted. ¿Qué debo decirle? —se frotó los ojos. Parpadeó, deslumbrado. La jaqueca lo estaba matando. —¿Qué hora es? —la señora corroboró el horario en la pulsera de su muñeca. —Las seis de la mañana, señor. —se sentó en la cama, con los ojos entrecerrados. ¿Por qué había tanta luz? —Diles que iré en camino. —la puerta se cerró y Zetos saltó de la cama. La muchacha seguía durmiendo, roncando ruidosamente. El griego empezó a vestirse, pero se paró para orinar por la ventana, a la calle. Le llegó una maldición y sonrió, siguiendo vistiéndose. Este era el ritual de cada mañana de Zetos Goumas, cuando se despertaba a la puesta del sol. Solo tardaba cinco minutos, porque no era un hombre quisquilloso. Tampoco era un puritano, se dijo; volvió a mirar a la muchacha dormida. Robó el dinero y joyas de la fémina en cuestión de segundos, era tan fácil. El mismo paso para el mismo robo. Seducción, sonrisa, risas y un buen vino para el paladar. Se iba diez veces más rico de lo que comenzaba en la noche. Y claro, también se iba con un final feliz... o bueno, lo era al menos para él.

    El carruaje no tuvo mucho misterio; se subió sin más, con la carta hecha un bollo de papel. Durmió todo el trayecto, o al menos lo intentó. Las malditas ruedas de aquella carreta no paraba de dar brincos y saltos bruscos. Cuando llegó a su destino el lugar no le llamó demasiado la atención, parecia otro sitio más de Atenas, por lo que subió las enormes escalinatas con una lentitud enorme. —¡Uffff! Habría que modernizarse con ascensores, ¿no? —dijo una vez escalaba el último peldaño, que le daba vista a la enorme estatua de Zeus. Eso sí era nuevo. Se acercó con interés, interés en el esculpido en oro. Tocó con las puntas de sus dedos el metal y sintió deseos de fundirlo y comprarse muchas casas. Entonces reparó en que no estaba solo, estaba acompañado, de gente que admiraba la gran figura del Dios de dioses. Alzó una ceja al notar a muchos pequeños y pequeñas, pero no le importó, las jovencitas eran su especialidad. O al menos las de Atenas. Se acercó a una que le llamó la atención, le sonrió, la mejor sonrisa posible, leve, apenas mostrando sus blancos dientes. —¿También recibiste una carta? ¿eres hija de un Dios? —preguntó con picardia, creyendo en que todo era una simple farsa, pero su instinto lascivo animal no podía controlarse.
     
    Última edición: 16 Diciembre 2015
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    Leah Samaras

    Me había quedado en silencio, observando a los presentes con un poco de atención para intentar memorizar sus rostros cuanto antes, ya que me imaginaba que si ellos estaban aquí tendríamos que convivir de ahora en adelante a lo que fuera que hubiésemos venido pero... de pronto uno de los "puntos" que había visto antes de reojo ya no estaba en el lugar en el cual lo había visto unos segundos atrás. ¿A donde habría ido?..

    "¿También recibiste una carta? ¿eres hija de un Dios?"

    Abrí mis ojos con sorpresa al notar como el "punto" faltante había aparecido cerca de mi y había comenzado a preguntarme un par de cosas con una ligera sonrisa en su rostro, parecía bastante tranquilo a pesar de estar en un lugar desconocido — S-Sí... yo también he recibido una de las cartas para estar aquí.. — comenté un tanto abrumada, no esperé que alguien tan pronto se diera cuenta de mi presencia y decidiera venir a hablar un poco.

    — Apolo... — respondí en voz baja, aun no terminaba de agradarme esa cuestión pero... tampoco se podía cambiar — M-Me imagino que tu también... ¿verdad? — me quedé en silencio por un par de segundos sin saber que más agregar o decir hasta que me atreví a ver a los ojos al hombre frente a mí — Soy Leah, Leah Samaras por cierto.. un placer..
     
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    Enfundada en un conjunto de ropa demasiado colorido — conformado por unos shorts y un crop top de palabra de honor — y unos botines de tacón ancho negros, miré por última vez a mi padre.

    — Estarás bien, ¿cierto? — le dije con una sonrisa, la cuál tenía un deje de tristeza.

    — Claro que sí, cariño — respondió acariciándome el rostro, queriendo demostrar que todo estaba perfecto, a pesar de que sabía que en cuánto me diera la vuelta, estallaría en llanto — Y siento nuevamente que acabes de enterarte de esto, pensé que era lo mejor y...

    — Está bien, papá, no te preocupes — le di un fuerte abrazo una vez más y después posicioné mis labios sobre su mejilla — Sabes que nunca pensaré mal de ti y menos por algo como esto. ¡Bueno! ¡Me voy ya! ¡Tengo ganas de conocer a mi madre! — me despedí con una risa, intentando controlar mis lágrimas pues me había puesto maquillaje y no quería que este se corriera.

    Cogiendo las pocas pertenencias que había tenido tiempo de coger me subí al carruaje, bajándome las gafas de sol hasta alcanzar mis ojos segundos después.

    Durante todo el viaje estuve observando por la ventana, pensando en como iba a ser todo aquello. Ni siquiera toqué el móvil, mi más fiel compañero, pues la emoción me lo impedía.

    *******

    En cuánto salí, subí un poco las gafas con mi mano para observar el edificio. Silbé ante la inmensidad de éste... y las numerosas escaleras que me esperaban.

    Suspiré dejando las lentes caer antes de subir los escalones, uno a uno, con rapidez a pesar del cansancio que me había alcanzado a mitad de camino.

    Y finalmente alcancé la parte superior, con una sonrisa victoriosa.

    En cuánto entré al templo observé dos cosas que me llamaron la atención:

    1. No estaba sola en todo aquello, como era de esperarse.

    2. ¡Pero que pedazo de estatua de oro, chico!

    — Es real... — murmuré observándolo desde más cerca.

    Se ve que en el Olimpo no reparaban en gastos.

    ¿Y qué se supone que era lo que debíamos hacer ahora? ¿Relacionarnos?
     
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    Para cuando el carruaje llegó, había terminado de guardar mis pertenencias. Relog, teléfono y billetera. Según la carta, no necesitaba nada para ir allí, y habían ciertas cosas que no se me permitía llegar.

    Tuve con mi padre un incomodo momento de despedida, en el que no sabíamos si estrechar la mano o saludar desde lejos. Esto se resolvió con un simple abrazo, ya que había muchas probabilidades de ser el último.

    El carruaje fue recibido por la sociedad...con aburrimiento. ¿En serio? ¿Como no se daban cuenta de que un par de caballos estaban cargando un carruaje que obviamente no era de este siglo? ¿Estaría la niebla, presente en tantas historias griegas como la Odisea, camuflando de alguna forma el carruaje para que pareciera un auto común y corriente?

    Luego decidí calmarme. No era como si fuera lo más loco que hubiera pasado en mi vida. De echo...¿No era eso lo mismo que yo podía hacer? ¿Podría algun dia hacer pasar un carruaje por un coche, con el poder de mi madre?

    Montarme en el carruaje se sintió...correcto. Como si fuera completamente de mi época. Estos sentimientos de tranquilidad ante algo que nunca había hecho tenía que estar ligado de alguna forma a los genes de mi madre, completamente acostumbrada a estas cosas, supongo.

    De repente, el carruaje comienza a moverse, y puedo saber que esta moviendose a mas velocidad de lo que aparenta, pues en cuestión de segundos no puedo reconocer ninguna calle por la que estamos pasando.

    Cuando se detiene, miro al frente, hacia el enorme edificio griego que me espera. Y sus tropecientas escaleras. Recorcholis.

    —Ugh...¡Vamos alla!—grité, y comencé a correr. No fue sino unos cinco minutos después que llegué al edificio.

    Adentro, otros chicos mas o menos de mi edad se encontraban mirando alrededor. Observé fascinado la estructura, además de la enorme estatua de Zeus que adornaba el frente, con una mirada ceñuda al estilo de "Sé fabuloso o muere".

    Me acerqué a la estatua de oro, observandola mas de cerca.
     
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    Zetos Goumas

    Entrecerró sus ojos, mirando en lo más profundo de sus orbes. Le gustaba hacer esa mirada, desafiante, que llegaba al alma, desnudandola. O eso creía él. —No eres de por aquí, ¿verdad? —reconoció un acento extraño. Y el "aquí" para él era Atenas. ¿Qué otro sitio podía ser? No reconocía el lugar, pero seguro eran esos edificios que se usaban para atrapar a los turistas. No le pareció extraño. —Me llamo Zetos Goumas, a tu servicio, pequeña señorita. —tomó con delicadeza la pequeña mano de ella, sosteniendo la extremidad en su enorme mano de boxeador, dura, que debería lastimar pero que era increíblemente sensible al tacto. Besó su mano sin anillos, sin apartar su mirada cruel. —Soy hijo de Dionisio. —hizo una reverencia pomposa y sonrió; apartó un mechón de pelo del rostro de Leah y admiró sus ojos. —Sin duda tus ojos parecen dos nidos de luz, de sol... ¿cuanto fuegos tienes en tu interior?. —le guiñó un ojo.
     
    Última edición: 17 Diciembre 2015
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    Leah Samaras

    Mi corazón comenzó a acelerarse cuando noté que su mirada había cambiado, ¿po-por qué me veía de esa forma?, eso no podía ser normal...¿verdad?, tomé una pequeña cantidad de aire para intentar tranquilizarme, tal vez estaba exagerando pero aun así, para responder su pregunta solo me limité a mover mi cabeza de lado a lado para indicarle que en efecto, yo no era de este lugar.

    De pronto, cuando comenzó a presentarse noté como sin previo aviso tomó mi mano y allí fue donde mi rostro comenzó a tornarse algo rojizo, incluso podía decir que no había parte de mi rostro que no estuviera sonrojada. Pero a pesar de eso pude "pensar un poco" y darme cuenta que, si era hijo de Dionisio lo que hacía podía considerarlo como "su naturaleza".. ¿ve-verdad?.. n-no tenía que preocuparme.. ¿c-cierto?

    — ¿Fu-Fuegos? — pregunté retrocediendo un paso prudencial cuando terminó de apartar el mechón de cabello de mi rostro, ¿se podía morir de vergüenza? — N-No se a que te refieres... lo lamento...
     
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    Rió, quizá enternecido por la reacción de la menor. Se cruzó de brazos a la altura de su pecho y en esa posición se quedó, midiendo de pies a cabeza a la mujer. —No te preocupes, es una pregunta que podría responderla yo mismo, pero tendría que probarte antes. —sonrió, divertido ante el cambio de tonalidad rojiza. Por más que hiciera memoria, no recordaba un solo día en su tierna infancia en la que haya tenido vergüenza o esté cohibido. ¿Acaso había nacido simplemente así? Dio una rápida ojeada al resto de presentes, esperando el momento para que alguien o algo diga algo interesante. Se rascó la espalda y se acomodó el cabello rubio sobre sus hombros. Bostezó, la jaqueca estaba regresando. Metió una mano en los bolsillos de su pantalón y solo encontró el collar de perlas de la muchacha con la que se había acostado y posteriormente robado. Ninguna pastilla para equilibrar su mente.
     
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    Leah Samaras

    Y con una de mis manos pegadas a mi pecho poco a poco comencé a calmarme un poco, jamás en toda mi vida había tenido esa clase de atención tan... poco común y estaba claro que no estaba acostumbrada, ojalá en el resto de mi estadía aquí no me viera enredada en más situaciones como estas, o estaba segura que morir de vergüenza se volvería una realidad.

    — ¿Probarme...? — pregunté sin saber si me había escuchado o no ladeando un poco mi cabeza, a pesar deno haber entendido muy bien lo que él había dicho, pero a si me ponía a "juzgar" por quien era su padre, no podía esperarme nada relativamente bueno. Luego al igual que él procedí a ver a los demás, cada quien parecía estar en su propio mundo, ¿seríamos acaso las únicas almas que habían hablado un poco antes de que cualquiera otra cosa sucediera?
     
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    Al acercarme más a la estatua, note a una chica cerca de la misma, mirándola absorta. Entendía perfectamente el asombro: tanto oro reunido en una simple estatua griega parecía un exceso que no todo el mundo podía permitirse.

    —Eh...—solté, en dirección a la chica—¿Eres...semidiosa?—no, no había otra forma de preguntarlo. ¿Y si solo era una simple turista?
     
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    Como no sabía muy bien si relacionarme con los demás, pues no estaba realmente informada de la situación verdadera de esas personas, me quedé observando la estatua. Bueno, realmente estaba admirando mi reflejo en el oro. Estaba mal decirlo, pero es que me encontraba guapísima ese día.

    — ¿Hum? — giré la cabeza al escuchar como una voz masculina se dirigía a mi mientras me acomodaba el pelo — ¿Normalmente te presentas así a las chicas? — pregunté con una risa, llevando mis manos hacia la espalda para entrelazar los dedos.

    Me quité después las gafas y me acerqué sonriendo.

    >> Bryanna Parks, parece ser que la hija de Afrodita~ Un placer~ — extendí la mano para hacer más cercano el saludo — ¿Y tú? Supongo que si preguntas por tal cosa es porque tienes relación con ello~ — aclaré.
     
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    rapuma

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    Zetos Goumas

    Su oreja se paró, bueno, no literalmente; pero alcanzó a escuchar algo relacionado a la Diosa Afrodita con esa muchacha. La miró, sin detenerse en sus curvas, posando la mirada durante unos segundos en la delantera. "Buen paragolpe" pensó en sus adentros, sonriendo con la boca cerrada. Afrodita, la del amor. Esto se ponía interesante, solo restaba ver que otros semidioses había entre los críos. Siguió con la sonrisa en su rostro, pensando en las muchas cosas que podría hacer con tanta carne fresca.
     
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    —Hmm...¿Afrodita?—pregunté. Y en realidad no debería haber sorpresa—Pues si, tambien soy un semidios, solo que mi madre no suele preocuparse por su belleza—quería saber si lograba adivinar quien era mi madre, por lo que añadí—ella puede manipular la forma en que es vista—y, dicho esto, manipulé la magia y cambié el color de mis ojos a un azul eléctrico. No estaba pavoneandome con mi habilidad, solo daba una primera impresión algo diferente ya que, como bien sabía, mi físico no destacaba del todo. Como muchas veces me he dicho, solo es la base de lo que puedo manipular.
     
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    Vi de reojo como otro hombre me observaba, sonriendo. No pude evitar hacer un leve mohín, ¿no era un poco mayor para esas cosas?

    Como sea, volvía centrar mi atención en el otro chico. ¿Una diosa que se encargaba de los cambios de su ser?

    — He estado leyendo varias novelas de dioses griegos... — señalé, llevándome el dedo índice a la barbilla, en posición pensativa — Y la diosa que se podía transformar era... — cerré los ojos para concentrarme — ¿Hécate? Era Hécate, ¿cierto? — contesté finalmente con una sonrisa orgullosa, volviendo a abrir los ojos.
     
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    Leah Samaras

    Para la mayor de mis fortunas un par de semi-dioses comenzaron una pequeña conversación, donde la chica en cuestión revelaba quien era su madre: la mismísima Afrodita. Casi como si de un imán se tratara, Zetos colocó toda su atención en ella y yo poco a poco comencé a moverme hacia la estatua, que ahora era la cosa más interesante del mundo, de cierta forma me alegraba que alguien de cierta forma más interesante apareciera.

    "Gracias, hija de afrodita~" pensé un poco más tranquila, ahora casi concentrándome en el entorno que nos rodeaban, realmente era algo único de ver, ¿así será todo lo que nos esperaría adelante?
     
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    Mis ojos volvieron al color normal, lo mas lento posible. Hacía esto mil veces en el espejo, porque era algo divertido de ver. Un puntito de color negro aparecía entre el iris azul, y se expandía como un virus en un plano del mundo en epidemia. Más puntitos aparecían, uniendose a otros, hasta que al fin mostraban el verdadero color. También podía hacerlo rápido, tan rápido que tardarias segundos en descubrir el cambio, pero el cambio lento era...impactante. Aún no me acostumbraba a ver mis ojos cambiar de color.

    —Hécate, Diosa de la Magia y de las Encrucijadas—respondí—su magia me ha sido muy útil estos años.

    Miré de nuevo a la estatua de Zeus, y luego otra vez a la chica—y tu...¿Porque estas aqui? ¿Acaso no encajas a la perfección con la humanidad actual?r—pregunté. Yo venía aqui por dejar de sentir que no era parte de la generación actual, pero...¿ella?
     
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    Amane

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    Bryanna Parks

    ¡Bien! ¡Había acertado! ¡Una vez más, punto para Bry!

    — ¿Qué me trae aquí? — reí levemente, tapándome la boca con la mano para intentar disimular — Creo que encajo muy bien con la sociedad, pero también quiero conocer a mi madre. Me crié solo con mi padre, al que quiero mucho, pero siempre se echa de menos el afecto de una madre y... aunque supongo que ella debe tener otras ocupaciones más importantes, me gustaría poder saludarla y darle las gracias por darme la vida — expliqué con las manos nuevamente tras la espalda, mirando el techo con una sonrisa melancólica antes de mirar al joven nuevamente — Y bueno, no puedo decirle que no a una aventura de tal calibre — añadí, casi con voz cantarina.
     
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    Graecus

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    No supe que más decir, así que volví mi atención de nuevo al Zeus dorado. Su cara parecía mas ceñuda, si se podía, como si dijera: "¿Aún no eres fabuloso? POS MORID", o algo así.

    —Una parte de mi sigue sin creerselo—le expliqué—una parte de mi lleva años pensando que algún día mi madre saldrá de donde se escondió los últimos veinte años y me dirá que todo era una broma, y que en realidad mis poderes son algo que los tiene abrumados desde años—reí con la idea—pero sé que no es así. Semidioses. Suena como si fuera la gran cosa. Pero en esta época, pocas de las habilidades de un semidios pueden ser usadas en la actualidad. Me alegro de ser parte de la excepción.

    Miré a la chica de nuevo, y sonreí—Soy Peter. Vamos a conocer más de los nuestros, ¿quieres?
     
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    Error Akazami

    Error Akazami Princesa de Dragones y Guardiana de Ilusiones

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    Calliope Lemonis

    Un carruaje...había un carruaje al frente de mi puerta.
    Bueno, realmente no podía explicar lo que me sucedía...era una mezcla de emoción y miedo que, después de leer la carta que me habían dado, se junto con confusión.

    Aun recordaba mi expresión al recibir aquella carta, de tan solo recordarla una leve risa me invadía

    "Con que Afrodita es mi madre...Afrodita...madre... ¡¿UNA DIOSA ES MI MADRE?!"

    Exactamente así fue, mi padre me tuvo que dar bastantes explicaciones (las cuales nunca pedí) por aquella noticia, pero que se le iba a hacer, aquella diosa era conocida por su gran hobbies de meterse con bastante gente ya sea mortal o inmortal.

    Después de un largo rato de abrazos y lloriqueos de parte de mi madrasta y unos cuantos "Buena suerte" "Salúdame a Afrodita" "Pídele un autógrafo a Apolo de mi parte cuando vuelvas" de mi padre por fin subí al carruaje despidiéndome con la mano mientras este avanzaba, un gran reto se iba a hacer presente, ¡y yo lo iba a ganar!

    ~ ~ ~ ~ ~ ~

    No sé cuanto había pasado, pero sentí como el carruaje frenaba de golpe, ¿ya había llegado? que rápido, debería de conseguirme uno de estos para no llegar tarde a la escuela.
    Enfrente mío había un enorme edificio, y sin nombrar todas las escaleras que me aguardaban... ¿era mal momento para pedir un segundo aventón? solo decía.

    —Ve al Olimpo decían, será divertido decían...Hijos de...—Maldecía entre dientes comenzando a subir el sinfín de escaleras.
     
    Última edición: 17 Diciembre 2015
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  1. Ana inukk
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