Long-fic ¡Hanyou’s y centellas!

Tema en 'Fanfics Abandonados de Inuyasha Ranma y Rinne' iniciado por Owl, 25 Febrero 2010.

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  1.  
    Owl

    Owl Guest

    Título:
    ¡Hanyou’s y centellas!
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    8
     
    Palabras:
    2836
    ¡Hanyou’s y centellas!

    —¡Holas! ¿Cómo están? Espero que perfectamente. —Eso mismo. —Bueno, soy nueva acá, lo que no significa que sea nueva escribiendo… —Y eso no significa que sea buena… —Es decir: siempre estan bien las opiniones. —Y ahora, la historia. —Lo típico: los personajes, escenas y demás cosas que ya saben les pertenecen a Rumiko Takahashi, y nosotras lo tomamos prestados para nuestra historia. —Y es verdad…
    ¡Lean, camaradas!

    ¡Hanyou’s y centellas!

    Cap. 1: Gripe, fiebre… y alucinaciones.


    Todo comenzó un… Pff, no creerán que empezaría así, ¿cierto?
    Se podría decir que tengo una vida normal -y así es como voy a comenzar-. Ya saben, un hermano, una mamá, un abuelo y hasta un gato. Todo perfecto, ¿a que si? Ajá.
    Mi vida trascurría tranquila teniendo que ir a la escuela –la secundaria es mi infierno-, intentando descifrar lo que quería decir el profesor de matemáticas, e incomprendiendo al resto del universo. Tengo amigas, pretendientes… todo excelente.
    Pero debí suponer que no soy tan normal. Okei, no, yo si soy normal, a lo que me refiero es que estaba condenada a vivir en la anormalidad. Ni siquiera entiendo muy bien lo que eso se supone que significa. Y no son grandes noticias… Pero a lo que en verdad voy, es que si yo soy normal… digamos simplemente que también existen las cosas “no normales”, “anormales”, “deformes”… okei, busquen el término que quieren, menos lo que tenga que ver con “locura personal”, sobre mi persona.
    —¿Aome? —la voz de mi hermano Sota resonó en mi habitación—. ¿Onee-chan? ¿Estás bien?
    Entró a la habitación y se sentó a mi lado, estando yo recostada en mi cama. Ah, por supuesto, estaba hecha pedazos. Una fuerte gripe, a la que mi abuelo dotó de extraordinarios poderes y trató de exorcizar, y según parece, se le resiste: no sentía la más mínima diferencia. Supongo que lo peor de todo, era no poder salir en esos maravillosos días que estaban haciendo y vivir a base de sopas.
    Y no crean que ha eso se debe mi delirio, ¿si?
    —Estoy bien, Sota —dije, cansada, dándome vuelta en la cama, para no darle la espalda.
    —Te recuperarás pronto, hermana —sonrió—. Iré a dormir, que descanses.
    —Sos tan tierno, Sota.
    —¡Aome! —se quejó él, saliendo de la habitación. Sonreí, sintiendo aun la fiebre que no ablandaba. Siempre me causaba risa como se comportaba, así que aprovechaba para molestarlo. Por supuesto, en ese momento no tenía fuerzas para eso, así que me tapé un poco más con la frazada.
    Dormiría, dormiría lo que restara mi vida, hasta que acabe ese malestar… o hasta que me de hambre de nuevo.
    Si, ya sé, un sábado a la noche y lo mejor que tenía para hacer es dormir con una fiebre del nivel de Zeus, y esperar a que el domingo esté mejor. Pero “es lo que hay”, suelen decir por ahí.
    No recuerdo cuando cerré mis ojos; mucho menos, cuando me dormí. Lo que si recuerdo es cuando me desperté, sobresaltada. Me erguí en la oscuridad, con fuerzas que no tenía idea de donde había sacado. Parecía de pronto haber recuperado salud. La noche había traído consigo un fresco aire que no tardó en envolverme…
    ¡Plaf!
    No se preocupen, todavía sigo viva. No, no morí del susto, aunque si salté bastante alto, así que mi cama debe estar odiándome en este momento. Ahogué un grito y me paré, asustada. La ventana se golpeaba contra el marco, a plena disposición del viento.
    —Estúpida ventana —musité, yendo a cerrarla. Miré al exterior desde ese mismo lugar, donde una luna en cuarto menguante brillaba débilmente sobre el recinto de piedra, iluminando el templo Higurashi con una mortecina luz plateada. Un escalofrío recorrió mi columna y bufé. Asquerosa noche de fantasmas.
    Odiaba los fantasmas. Odiaba a los fantasmas casi tanto como la mostaza. Y realmente odio la mostaza.
    Me encogí de hombros y corrí la cortina, tapando el espectral espectáculo nocturno. Una vez que me sentía medianamente bien, tenía miedo. ¿De que? No sé, pero tengo una mente sugestiva, y las charlas y delirios de mi abuelo no ayudaban a concretar un sueño tranquilo. Por ejemplo, esa misma noche había soñado con flechas y adornos antiguos, díganme ustedes de donde lo saco si no es de las historias de mi abuelo.
    Presencias. Odiaba las presencias, y eso sentía, como si alguien me estuviera vigilando. Lo juro, en esas tres últimas noches había sentido, por lo mínimo, dos veces esa sensación. Bah, suponía que era la misma. O producto de mi dañada imaginación.
    Necesitaba terapia.
    —¿Hay alguien ahí? —susurré, mirando a todos lados con mi súper visión. Pff, si, eso quisiera—. Que idiota —me insulté, acercándome a la cama. Miré alrededor antes de acostarme y taparme toda. Si, la cabeza también. Algo me decía que debía temer, otra cosa me decía que saliera a ver que onda.
    Que tranquila que se estaba debajo de las mantas. Lástima que yo no soy una chica cobarde.
    —Basta, esto es estúpido —me dije, y levanté las mantas. Me senté y miré adelante. Nada. La habitación aun estaba a oscuras, con algunos rayos de luna que apenas iluminaban. A los costados. Nada. Todo seguía igual de tranquilo, con mis cosas por doquier—. ¿Lo ves? No hay nada. No hay nada de que tem… ¡A,,,!
    Antes de que pudiera seguir con mi alarido, una mano se posó en mi boca, mientras abría los ojos más de la cuenta y miraba espantada al chico que estaba a horcadillas sobre mí.
    ¿Un susto? El susto de mi vida.
    Atemorizada, me alejé lo más que pude de él, con la respiración acelerada, y procurando pegarme a la pared más próxima y, con suerte, adquirir los poderes de Kitty Pride* y traspasar la maldita pared o mimetizarme con el tapizado. Una de dos, y ambas se veían como opciones bastante imposibles.
    Pero la verdad, es que tenía a un chico delante de mi narices, que, con mi conmoción, solo se acercó un poco más y –se que suena raro- me olfateó. Lo observé, mientras respiraba de manera brusca, intentando llevar aire a los pulmones.
    Ojos. En sus ojos fue en lo primero que me fijé: tenía dos orbes doradas capaz de hipnotizar. Por supuesto, con el revuelo, ni caso le hacía. Y el pelo blanco, dos mechones que corrían a ambos lados de su rostro y –por más extraño que parezca—, dos orejas de perro bien puestas sobre su cabeza.
    Una vez que recuperé la respiración perdida por el susto, justo cuando la recuperaba, ese chico se acercó más a mi. Aspiré aire con fuerza y pegué un grito de padre y señor nuestro, y el invitado indeseado saltó atrás, cayendo de la cama.
    Se escucharon correteos, y el chico de pelo blanco se levantó y movió, de manera curiosa, las orejas. Antes de salir, me dirigió una mirada de reproche y frustración, desapareciendo de ahí. Tan rápido como vino.
    La puerta de la habitación se abrió al segundo siguiente y entró mi madre con un bate de béisbol y con la bata puesta, mirando para todos lados. Parecía preparada en caso de invasión de pelotas saltarinas.
    —¿Qué pasó? —preguntó, observando mi posición en la cama: pegada contra la pared y, probablemente, pálida.
    —Una araña… —susurré, apenas con algo de potencia en mi voz. ¿Qué iba a decirle? “Nada, un chico con orejas de perro que vino a olfatearme”.
    Probablemente haya soñado con él, o me lo imaginé… o alguna otra explicación lógica que se reduzca al hecho de que esa cosa –fuera lo que fuera- no existía.
    Es decir, en realidad no existían chicos con orejas de perros.
    —¿Estás bien, Aome? —preguntó mi madre, dejando el bate a un lado y acercándose—. No fue una araña, ¿cierto? —preguntó, pasando una mano por mis cabellos.
    —Creo que fue una pesadilla —asentí, respirando profundo y cerrando mis ojos.
    —Todo esto te está haciendo mal.
    —Talvez sea necesario otro exorcismo —apuntó mi abuelo, apareciendo por la puerta. Yo reí un poco y negué con la cabeza.
    —Apuesto a que voy a mejorar hoy mismo.
    —Yo te apuesto a que te volvés a dormir —aseguró mi madre y depositó un beso en mi frente—, no te desveles, hija. Dormí, nos vemos dentro de unas horas.
    —Y yo que creí que iba a ser algo más interesante… —farfulló mi abuelo, arrastrando los pies fuera de la habitación, seguido por mi mamá.
    —Descansá —volvió a decir.
    —…como criaturas mágicas o una mujer ciempiés…
    La puerta se cerró detrás de mi madre y volví a respirar profundo.
    Pedacito de alucinación.
    En mi vida volvía a tomar otra de esas sopas instantáneas. O eso o no leí los efectos secundarios de la medicación. Debía asegurarme de esas cosas, eran peligrosas para mi salud mental. Si es que gozaba de salud mental.
    Volví a mirar a todos lados, prestando atención a cualquier movimiento o sonido fuera de lo común. Pero no percibí nada. Me levanté de la cama, aun contra mis instintos, y me acerqué a la ventana. Afuera el viento jugaba un poco con los árboles y la puerta del templo que permanecía siempre cerrado estaba abierta… ¡Estaba abierta! ¿Por qué…?
    No, no, no. Las tres y cuarto de la mañana no era hora para revisar templos hechizados ni nada parecido. Era hora para volver a la cama y dormir. Y no soñar con orejas de perros.
    Esa tarde… si, esa tarde iría a ver que había por ahí, porque se encontraba abierto el mini santuario donde estaba el pozo –“prohibido ir ahí, a menos que quieras una muerte segura”, solía decir el abuelo. Nosotros le hacíamos caso, no por temor a la “muerte segura”, simplemente por temor a que se derrumbara todo sobre nuestras cabezas. Aunque Sota solo lo evitaba porque le daba pánico ese lugar. Tampoco es que sea tan agradable, pero es una exageración de mi hermano.
    ¿Y que hacía yo filosofando en ese momento? Debería estar acostada, a segundos de dormirme. Y eso es lo que iba a hacer. En cuanto despertara sería otro día, donde las pesadillas sobre personas desconocidas y cosas sin sentido, desaparecerían.
    Un movimiento rápido me alertó, y cuando volví la vista al mini santuario la puerta se hallaba cerrada otra vez. ¿Cerrada? ¿Y si estuvo así todo el tiempo? Era factible el hecho de que estuviera alucinando, y siempre se hubiese mantenido sellada. La fiebre aun no bajaba… Tenía tiempo para averiguarlo a la mañana, si es que me sentía tan viva como en ese momento.
    El problema es que la curiosidad es más poderosa que el sentido común. Así que bajar al santuario a las tres y veinte de la mañana no era tan raro para mi en ese momento.
    Me calcé con las pantuflas, me puse la bata que estaba sobre la silla, y abrí la puerta con cuidado. Antes de salir, tomé el palo de béisbol. Mejor estar asegurada.
    —¿Un paseo nocturno? —Si, gracias, al mini santuario derruido, por favor.
    Que estúpido sonaba eso…
    Bajé las escaleras de dos en dos, teniendo cuidado de no hacer ruido, y tomé la linterna que estaba en el cajón del medio en el aparador. Miré arriba y me quedé quieta, en espera de algún ruido que develara si alguien estaba despierto.
    Silencio.
    Okei, no tenía más motivos para permanecer en la casa. Lo que no terminaba de saber si era bueno o malo.
    Abrí la puerta de la entrada con cuidado y la cerré detrás de mi. El viento jugueteó con mis cabellos, y golpeaba contra mi rostro. Estaba fresco, pero nada que no pudiera resistir.
    Era bueno saber que, aunque sea, no iba a morir congelada.
    Caminé –al principio lento y luego casi corriendo- hasta el mini santuario donde estaba el pozo, con esa sensación de triunfo robado. Es decir, iba a ver si… ¿Qué? Eso solo demostraba mi locura. Tres y media de la mañana paseando por el templo Higurashi para averiguar si algún joven con orejas de perro se había colado en mi casa.
    Era estúpido. Pero ahí estaba: frente a la puerta donde estaba el pozo.
    Y ahora que lo pienso, el problema no es que la curiosidad sea más poderosa que el sentido común. El verdadero problema es que se dice que “la curiosidad mató al gato”.
    Esperaba no ser el gato, por el amor a Kami.
    Preparé el palo, balanceándolo en mi mano hábil, apunté con la linterna, y le di una patada a la puerta, que se abrió con gran estruendo. Temblando, miré adentro y amenacé con mi arma improvisada. Y…
    No había nadie.
    Excelente, esta era otra de esas cosas que no le contaría a nadie solo por la vergüenza. Dejé caer mis brazos, desilusionada. Está bien: no esperaba grandes aventuras y no quería asustarme con cosas raras, pero esperaba algo más que absolutamente nada.
    Pero era genial. Estúpidas alucinaciones, estúpidas historias de mi abuelo y estúpidos chicos con orejas de perro.
    Me rearmé de valor y apunté con la linterna al interior. Bajé las escaleras despacio, que se dedicaban a crujir bajo mis pies. Mierda, sería feo morir bajo un montón de escombros… Iluminé el viejo pozo que estaba abierto, para mi sorpresa. Siempre había una madera con distintos pergaminos –que mi abuelo se encargó de poner-, para proteger el templo de “demonios malignos”, porque no sé que… nunca le presté atención a sus historias. Y ahora: estaba abierto. Un peligro para personas con tendencia a caerse, ¿no creen?
    Me acerqué, miré alrededor y, al no ver a nadie, examiné el interior de pozo. Oscuro y profundo, pero vacío. Elevé la cabeza y miré en todas las direcciones. Absolutamente nadie.
    O una absoluta pérdida de tiempo.
    —Arg, esto también es estúpido —bufé, dándome la vuelta y saliendo de allí. Seguramente, el pozo estaba abierto por alguna de las locuras de mi abuelo y el chico con orejas de perro era otro producto de mi imaginación, así como otros tontos sueños que había tenido.
    Subí las escaleras y quedé en la puerta. Miré sobre mi hombro. Todo seguía oscuro y vacío.
    —Nada raro a la vista —susurré y me fui de ahí.
    Entrar a mi casa, subir las escaleras, entrar en mi habitación y acostarme fue cuestión de minutos, ya que me sentía estúpida e inútil. Así como cuando te das cuenta de que hiciste lo más tonto de tu vida.
    Corrijo un comentario anterior: un domingo a la madrugada y lo mejor que tengo para hacer es pasearme por los santuarios de mi casa.
    Como se nota que estoy al pedo.
    Lo que sé:
    El de pelo blanco y orejas de perro fue una consecuencia de la alta fiebre.
    No le contaría eso jamás a mi madre o a nadie, a menos que quisiera pasar el ridículo y recibir un reto.
    Tenía que dormir si no quería parecer un zombie en unas horas y sufrir la ira de mamá.
    Bueno, supongo que ese había sido otro día común, con un poco de fiebre. Pero las cosas estaban por ponerse cada vez más interesantes… Considerando el montón de estupideces que podían llegar a pasarme.

    No se pierdan la próxima entrega (?
    ::
    *Kitty Pride es la de los x men, con la capacidad para atravesar cualquier material.
    ::
    Omg, gran porquería… —O algo así… ¿Qué tal? Si hice algo mal, sería excepcionalmente genial que me lo comunicaran —Tenías ganas de usar esa palabra, ¿no? —Si. =D En fin, ¿nos dicen que tal? Si ven algún error, si está horrible, si no, si si, si es muy largo, si es muy corto, si no sé qué... —Ajá… Depende de sus comentarios, seguimos o no…—Supongo, xp ¡Nos leemos! ¡Besototes!

     
  2.  
    STELL ROSSE

    STELL ROSSE Guest

    Título:
    ¡Hanyou’s y centellas!
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    8
     
    Palabras:
    48
    Re: ¡Hanyou’s y centellas!

    bueno la historia yo la lei en fanfiction.net anime inuyasha esta buena pero no s si eres tu la q subio el fic ahi ya q ahi tiene el nombre de mariposa mental si eres tu es muy buena la historia
     
  3.  
    Owl

    Owl Guest

    Título:
    ¡Hanyou’s y centellas!
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    8
     
    Palabras:
    33
    Re: ¡Hanyou’s y centellas!

    Hola, Stell Rose, ciertamente está en ff.net y la escribí bajo el seudónimo de Mariposa Mental. Es genial que consideres buena la historia, gracias =D
     
  4.  
    Kimiko Chan

    Kimiko Chan Iniciado

    Tauro
    Miembro desde:
    18 Febrero 2010
    Mensajes:
    23
    Re: ¡Hanyou’s y centellas!

    ¿Mariposa Mental? Sabes estoy leyendo una historia tuya en FF.net que se llama Sucesos extraños, realmente me ha encantado, pero no he podido dejar reviews. ¿Y con respecto a está? También me ha encantado, realmente ha sido magnifica, se nota que eres una gran excritora. :) ¿Sabes? Tienes una Fan más que seguirá tu historia. :) Nos estaremos leyendo. ;)

    PD: Te agregue como amiga, espero que aceptes. :)
     
  5.  
    Owl

    Owl Guest

    Título:
    ¡Hanyou’s y centellas!
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    8
     
    Palabras:
    3730
    Re: ¡Hanyou’s y centellas!

    ¡Hola, de nuevo! —Nos tardamos un poco, ¡perdón! —Gracias por los comentarios, STELL ROSSE y Kimiko Chan… —Les dejamos el segundo cap, tengan en cuenta que los personajes le corresponden a Rumiko, y solo la historia es nuestra… —Ajám…

    Cap. 2: ¿Me convertí en traficante de mitad demonios? (parte 1)

    Mi idea de no parecer un zombie a la mañana siguiente… no funcionó. Sobretodo porque no pude pegar un ojo durante tres horas después de volver del santuario… ya que me perseguían sombras, y no sé que otras imaginaciones. Les digo en serio: las alucinaciones pueden ser un problema. Para colmo, cuando pude dormir, soñé con perros con orejas de humanos y una anciana que vendía colmillos en frascos. No entendí muy bien eso, pero es otra historia.
    Me levanté como drácula de mi cama –no, no con los brazos cruzados-, con una energía de la que había carecido esos dos últimos días y con nuevas y renovadas ganas de salir a correr, pero con el aspecto de un chicle debajo de la mesa. Es decir, me veía horrible. ¡Había intentado dormir, que conste!
    —Hermana… te ves espantosa —dijo mi hermano a modo de saludo, cuando bajé las escaleras y entré en la cocina.
    —Buenos días para vos también, Sota —murmuré y me senté en la silla de al lado, agarrando una de las tostadas que estaban sobre la mesa.
    —¿Cómo estás, Aome? —preguntó mi madre, alcanzándome una taza de café—. Dijimos que ibas a dormir.
    —Lo intenté… Pero no me funcionó —sonreí de manera forzada, y mi madre frunció los labios. Me encogí de hombros. ¿Qué? ¿Volvía el tiempo atrás y dormía? Como si se pudiera.
    —Es que hija, pareces un zombie…
    ¡Ding, ding, ding! ¡Tenemos un ganador! Genial, la idea era la contraria.
    —Ya me voy a lavar —aseguré, tomando el último sorbo de café y saliendo a toda velocidad de la cocina. Con la misma prisa subí las escaleras, tropezando en el último escalón y cayendo de cara. Por suerte, existen los brazos, sino ahora mi rostro estaría como queso rallado. No importaba mucho, el piyama viejo no era gran cosa, el problema eran mis pobres brazos.
    Está bien, sobreviviría. Fui al baño a toda maquina, intentando no llamar más la atención –lo último que quería era que mi madre (miss Exageración) me internara en el hospital por una raspadurita de nada. Ya sé que me quejo de que los domingos son aburridos, pero no quiero que sea interesante de “esa forma”. Simplemente, algo distinto a lo de siempre.
    Me lavé la cara y la poca sangre de mis antebrazos, y me sequé rápidamente. Me observé en el espejo. Aunque no se veía, sabía que tenía la lagaña cerebral anti-pensamientos inteligentes. Además de eso, mis ojos estaban algo rojos y diminutas ojeras se dibujaban bajo éstos. ¡Genial! Con el pelo negro revuelto y despeinado, y con ese piyama rotoso, la imagen reflejada en el espejo tenía una apariencia súper elegante. Se nota el sarcasmo, ¿cierto?
    Me peiné como pude –mi mayor esfuerzo, y al final me tuve que atar el pelo en una cola alta-, y fui a mi habitación. Me cambié el piyama por un jeans azul, una remera de mangas largas negra con unos estampados “abstractos”, dirían los snobs. A mi parecer, no tenían sentido, pero cada uno con su tema, ¿no?
    Me puse las zapatillas gastadas y mugrientas, y corrí escaleras abajo. Esta vez no tropecé ni nada parecido, y estaba con un plus de emoción al saber que iría a averiguar que onda con el pozo. Como si… no sé, fuera en la búsqueda de un tesoro pirata. O algo más emocionante.
    Y eso que la fiebre había desaparecido.
    —Aome, si que te ves mucho más animada —sonrió mi madre, viéndome entrar en la cocina.
    —Así es, onee-chan —agregó mi hermanito, levantándose de la mesa—. ¡Estaré afuera, mamá! —exclamó, y escapó con Buyo –nuestro rechoncho gato-. Sota tiene apenas diez años, y tenemos una pequeña diferencia de seis. Vaya que son rápidos, así es, tengo dieciséis, ¿recién es la primera vez que se los digo?
    Le sonreí a mi madre y salí de la cocina, siguiendo los pasos de Sota, previo consejo materno “tené cuidado” o lo que sea que suelan decir.
    Afuera el día se presentaba nublado –así es, un domingo nublado- y ventoso. No era algo para salir volando, pero si molestaba bastante: con el flequillo para cualquier lado –tenía suerte de tener el pelo atado- y los ojos entrecerrados por la tierra que volaba. El sol se escondía detrás de nubes grises y los árboles dejaban caer varias hojas, así es como dejaba ver la proximidad del otoño. Mi hermano corría a Buyo de acá para allá, y mi abuelo estaba en un cobertizo buscando dedos de dragón con propiedades curativas… o algo muy similar, conociéndolo.
    Sonreí y negué con la cabeza. Una familia de lo más normal, y un domingo de lo más típico y aburrido, pero… todavía me quedaba ver el mini santuario donde estaba el pozo, así que no tardé en aproximarme, pensando en miles de desenlaces diferentes… todos bastantes delirantes, cabe decir –si, así como que la mujer ciempiés que había dicho mi abuelo, me agarraba de espaldas y me hundía en el pozo.
    Cuando llegué a la entrada –pensando en bichos, criaturas mágicas y en mi abuelo realizando un exorcismo-, Sota observaba hacia adentro ensimismado, y temí que mis ideas extraviadas sean ciertas, ¡y que algún humano con poderes especiales haya hipnotizado a mi hermano! … aunque sonaba bastante improbable.
    —¿Qué estás haciendo, Sota? —pregunté, parándome detrás de él y viendo sobre su cabeza al vacío lugar. Mi hermano pegó un salto y dio un respingo, volteando a verme con el ceño fruncido.
    Me pareció un hermoso modelo para “el nene miedoso que odia a su hermana mayor por asustarlo”. Okei, el título era algo largo.
    —Hermana, no te aparezcas así, me asustaste —murmuró, mirándome con reproche. Medio sonreí y negué con la cabeza.
    —Se supone que no tenés que estar jugando en el mini santuario —le dije, echando otro vistazo al lugar “de mis pesadillas”—. Es peligroso.
    —Pero, Buyo… está ahí dentro, en el pozo… —susurró, volviendo la vista hacia el interior.
    —Ah, ¿si? —pregunté, acercándome. Entramos, dejando la puerta abierta detrás y escuchando crujir la madera bajo nuestros pies. La fallida e inútil misión de la noche anterior brilló en mi cabeza, y me repetí lo estúpida que era. O que podía llegar a ser.
    —¡Buyo! —llamó mi hermano, mirando hacia abajo, sin descender las escaleras. Me arrodillé a su lado, mirando hacia la dirección que él veía.
    —Está en algún lugar de ahí abajo, ¿no? —inquirí. Sota asintió con un movimiento de cabeza—. Entonces, andá y buscalo.
    —Pero este lugar… ¿no te da escalofríos? —preguntó, buscando al gato con la mirada. Yo sonreí.
    —¿Qué? No me digas que estás asustado… Sos un chico, ¿no?
    Se escuchó un ruido bajo las escaleras y Sota pegó un brinco, y pasó a esconderse detrás de mi, mientras yo arrugaba el entrecejo y maldecía por lo bajo –algo así como “¡Santos caracoles marinos y sus hermanos!”-. ¿Qué había sido ese ruido rasposo y lamentable?
    —H-hay al-algo ah-í —tartamudeó mi hermano, pegado a mi espalda y con una cara de susto mortal. Apostaba a que si pegaba las manos a las mejillas y abría la boca, podía ser la réplica actual de “El Grito”.
    —Como puede ser nuestro gato —acepté, intentando asegurarme mentalmente de eso. Pero no debía temer: era de día, estábamos en nuestra casa y no existían cosas raras, como gallinas mutantes, pandas que hablan, zorros gigantes… Ni personas que se escondan bajo las escaleras para saltar y matarte –es decir, si existían, pero no estaban ahí.
    Me paré rápidamente y bajé los pocos escalones hasta quedar frente al pozo. De más está decir que hicieron un tremendo lío, pero llegué abajo sana y salva. Otra vez se escucharon esos ruidos, como de algo raspando la madera que adornaba todo el lugar. Pero estaba segura: no venía de abajo de las escaleras, sino de atrás del pozo –que, como anoche, estaba destapado.
    Antes de que pudiera decir, hacer o pensar nada más, sentí que algo rozaba mi pierna, y me aventuré a creer que se trataba de Jason queriendo matarme del susto, así que pegué un grito que se escuchó en todo Tokio.
    Okei, exageré. Solo se escuchó en todo el templo.
    Igual, cuando bajé la mirada, rozando mi pie, no estaba Jason, Freddy, Jack “el destripador” ni El Guasón, solo era Buyo, nuestro gato, ronroneando feliz.
    —¡No grités así! ¡Me asustaste! —exclamó Sota, desde lo alto de las escaleras, tomándose el pecho con una mano. Una gota de sudor y molestia se observó en mi cien antes de murmurar “Tonto” y alzar al gato en mis manos. Buyo se acomodó entre mis brazos y ronroneó de nuevo, mientras yo rolaba los ojos.
    Subí los escalones y dejé al gato en brazos de mi hermano, mientras le dedicaba esa mirada de “no morí, ¿viste?”. Él sonrió, murmuró “gracias” y salió de ahí, dejándome sola.
    Okei:
    Deshacerse del hermano molesto: hecho.
    Examinar el lugar: por hacer… Y que me esperen.
    Observé el pequeño espacio de tierra, donde se erguía el vacío y oscuro pozo. El silencio ahora era notorio, pero atrayente. Miré afuera: mi abuelo hablando con Sota de váyase a saber que cosas raras, y el sol se dejaba entrever entre las oscuras nubes. Volví la vista adentro: oscuridad en su mayoría, madera gastada y fantasmagórica, y un pozo de Kami sabe cuantos años, abierto y esperando a que algún idiota caiga por él.
    ¿Elegir? Díganme ustedes: ¿prefieren salir y hablar con mi abuelo, o inspeccionar el lugar que hizo que se desvelaran la noche anterior?
    Yo opté el segundo con un suspiro, y volví a bajar los escalones, deteniéndome en el pozo, apoyando mis blancas manos sobre el borde y mirando al interior: vacío, como ya sabía que estaba. ¿Y que era lo que esperaba? ¿Qué el chico de orejas de perro de mi imaginación me sonriera de allí abajo con una torta de cumpleaños atrasada, gritara “¡sorpresa!” y saliera Tutankamón a bailar conga?
    Solté un bufido y negué con la cabeza. Debería dejar de pensar en idioteces. Es decir, estaba mejor de esa “gripe” –si es que era una-, y ahora pensaba en encontrarme con seres extraños y no sé que… Suponía que eso se debía el tiempo que pasaba con mi abuelo. Demasiado traumático.
    Un trueno sonó en el exterior y solté un respingo, alzando la cabeza. ¿Desde cuando las tormentas aparecían de pronto? Hace un ratito brillaba el sol entre las nubes… Pero, tengo una pregunta mejor: ¿Desde cuando las alucinaciones son tan reales e impredecibles?
    Ajá, adivinaron: frente a mi se encontraba el mismo chico que anteriormente había visto –si, el de la noche anterior- moviendo las orejas de atrás para delante, y olfateando el aire.
    Mi mandíbula cayó y mis ojos se abrieron. Híper ventilé un momento, asustada. El chico enfocó sus ojos dorados en los míos chocolates, pero no dijo nada. Fruncí el ceño, y él torció el gesto. Lo último que vi, fue una mancha roja, mientras él desaparecía como por arte de magia.
    Volteé mis cabezas –si, me habían crecido dos en los últimos tres segundos-, y giré en todas direcciones, buscando donde podía estar: no debía ser difícil encontrar a un chico vestido de rojo fosforito.
    —¿Qué diablos…? —mascullé, mientras afuera comenzaba a llover, y el olor a humedad invadía mis fosas nasales. ¿Y eso? ¿Había sido una alucinación? Lo único creíble que se me ocurría era que un loco se había escapado del manicomio y andaba encerrándose en santuarios, disfrazado de perro.
    Si era así, estaba en problemas –nunca son buenos los locos, tienen tendencia a asesinar-. Y si la cosa eran las alucinaciones… Bueno, si así era, tenía problemas serios.
    Subí los escalones de dos en dos y me planté delante de la puerta. Afuera llovía a cántaros, y mi abuelo y Sota ya no estaban ahí. Típico: yo era la loca que se paseaba afuera con lluvia. Me giré y revisé con la vista, una vez más, el lugar.
    No, no había ningún chico disfrazado.
    Hecho eso, salí de ahí y cerré la puerta con cuidado, mientras me empapaba toda. Corrí a la velocidad de la luz hasta la puerta de la casa, y entré, sacudiendo un poco mi pelo.
    —Vas a enfermarte, Aome —me retó mi mamá—. Andá a secarte, dale.
    Asentí con la cabeza y subí las escaleras. Paso siguiente: encerrarme en mi habitación. Alguna sensación estúpida y sin sentido me embargaba, de esas que solían decir “¡Genial!, estás loca”, “que flá, ¿te das cuenta que soñás despierta?”, o alguna otra que te diga, “estás en problemas, lero, lero”, bailando alguna danza extraña y molesta.
    Bufé y me acerqué a la ventana. La situación era innecesaria y altamente fastidiosa. No estaba tan aburrida como para inventarme amigos imaginarios; ni tan loca como para alucinar; ni tengo tanta mala suerte como para que me persiga un loco vestido de rojo. Pero alguna de las tres opciones tenía que ser.
    ¡Ah, el medicamento! Era mi única salvación para decirme que no estaba loca, y que todo se debía a cosas con sentido como “te drogaste con un remedio para la fiebre”. Tenía que ser eso… o ya estoy demasiado solitaria y me invento gente –bastante original, por cierto-.
    Salí de mi habitación de nuevo y bajé las escaleras casi flotando –¿vieron? Así de rápido-. Esquivé a mi abuelo, que llevaba una “mano momificada de kappa”, y estaba por contarme la leyenda de ese objeto (parecía la pata de un grindylow). Pasé de largo, y miré sobre mi hombro la cara que ponía Sota cuando el abuelo le pegaba la mano de kappa bajo las narices. Solté una risita y giré, frenándome delante del aparador.
    Okei: tenía cerca de dieciocho cajones en los que podía estar el bendito medicamento. ¿Por qué a mi?
    Revisé un par, hasta que di con la cajita donde se leía un nombre raro, y había un frasquito de un líquido rosa. Horrible: como todo medicamento. “Para la fiebre”. No funcionó, maldito. Saqué el papelito mágico que todo lo decía y me fui derechito a la sección “efectos secundarios y bla bla bla”, pero no había nada de alucinaciones con chicos raros con orejas de perro, pensamientos delirantes o trastornos visuales-auditivos.
    Di el caso por perdido y dejé la cajita donde la encontré, en uno de esos cajones antiguos y llenos de polvo que nadie se dedicaba a limpiar –mi mamá tenía suficiente con su trabajo de guía nocturna; mi abuelo estaba ocupado cuidando el templo y mi hermano antes se comía su consola de videojuego-.
    —Vamos a comer, Aome —avisó mi mamá, y pude ver una fugaz visión de su cabeza por menos de unos segundos, asomándose por la puerta. Si, estaba apurada.
    Suspiré, deseé estar bien de la cabeza y fui derechito a la mesa, que estaba lista. La comida estaba “¡Para clavarle el diente!”, pero no tenía mucho hambre –considerando que de repente me volví loca y veía cosas que no estaban ahí-.
    Jugué un momento más con la comida, mientras el resto de mi familia me ignoraba olímpicamente, ocupados en masticar. Solté un suspiro inaudible y elevé la vista, mirando a ningún lugar en especial.
    Es increíble el hecho de que cuando uno dice “a ningún lugar en especial” aparezca algo interesante.
    Mi lugar no-especial fue la ventana, donde gruesas gotas de agua golpeaban el vidrio con violencia, y relámpagos dispersos alumbraban el cielo. ¿Lo tienen hasta ahí? Tal cual película de terror de bajo presupuesto, el cielo se iluminó justo cuando posaba allí mi vista y contorneó la figura oscura de un hombre en la ventana.
    ¿Por qué se me paralizó el corazón y dejé caer el tenedor, si solo era otro hombre cualquier mirándome casualmente pegado a mi ventana? Porque de refilón nomás se notaban sus extrañas orejas en la cabeza y supe que se trataba de mi amigo “el raro”. Aunque amigo es un apelativo nada adecuado –apenas vi dos veces al chiflado.
    Desesperada por comprobar que mi insana mente no me engañaba, apunté sin voz a la ventana, talvez murmurando cosas tontas y sin sentido, ya que mi abuelo, mamá y Sota me miraban como si se me hubiera ocurrido comer la mano del Kappa que habían visto.
    —¡La ventana, la ventana! —chillé, señalando con más furia y parándome del asiento. Otro nuevo relámpago iluminó el cielo, pero ninguna figura oscura miraba a través del vidrio. El trueno correspondiente resonó por el lugar, burlándose de mi suerte.
    Mis familiares voltearon a verme de nuevo, cuando caí abatida sobre la silla, y miré sin expresión al frente. Lo vi, ¿okei? Lo vi, sé que estaba ahí… O mi cabeza realmente me estaba jugando una mala pasada. Una muy mala pasada.
    —Aome, hija, ¿estás bien? —preguntó con preocupación mi madre. Dirigí mi mirada a su alarmado rostro e hice un intento de sonrisa, que debió de terminar preocupándola aun más.
    —Necesito dormir —susurré.
    —¿Qué había en la ventana? —preguntó Sota, mirando con el ceño fruncido, y un dejo de miedo en la voz.
    —Solo creí ver a Chucky —dije, levantándome. Vi a Sota mirar con terror la ventana y volver la vista a mi rostro con una expresión de “acabo de ver a un Dementor”.
    —Aome —me regañó mamá.
    —En serio, má, estoy imaginando cosas —repuse—. Dormiré la siesta, permiso —hice una pequeña inclinación y me marché del lugar, con la mirada de desconfianza de mi madre puesta sobre mi nuca. Lo sé porque sentía el cosquilleo.
    Pero mi problema no era eso, sino que a cada momento estaba peor. Y los efectos de sonido y visuales iban a acabar destrozándome los nervios. Quiero decir, que aunque sea un recurso de malas películas de horror, eso de aparecerse en la ventana había matado a mi valentía de un solo vistazo.
    No son agradables las sombras gigantescas que chorrean agua. Mucho menos si estás segura de que alguien te persigue. En serio, no quería enterarme que algún psicópata asesino quería acabar con mi corta y patética vida, como si de un juego de gato y ratón se tratara.
    Sería traumante.
    En esas que volvía a la realidad, estaba cerrando la puerta de mi habitación. Eso de andar en piloto automático traería consecuencias en algún momento. Es decir, ponele una situación x, donde me secuestren mientras esté en automático… Sería un problema, ¿no? Porque no me resistiría, solamente… mostraría cara de tonta, o lo que sea…
    Sacudí un poco la cabeza, intentando sacar esos pensamientos que nada-que-ver en el asunto. Es decir, hablábamos de que alucinaba, no de mi estado de “piloto automático”, ¿entendido? No podía irme por las ramas de esa manera.
    Miré mi habitación un tanto decaída. ¿Realmente me estaba volviendo loca? ¿Debía estar asustada? Quiero decir, en caso que no lo esté imaginando, alguien parecía acecharme.
    Debía tener cuidado con eso.
    Me acerqué a la cama, me descalcé y me recosté, sin ganas de taparme siquiera. Tal vez la fiebre continuaba y solo necesitaba dormir, así que a eso me dispuse. Además, me había desvelado la noche anterior, era obvio que estaba cansada. Y súmenle el hecho que llovía con toda la furia, más truenos y relámpagos, y cantemos ¡Bingo! Dormiría como un angelito.
    Pronto mis ojos se fueron cerrando, la respiración fue disminuyendo, mi consciencia desaparecía, y surgía en mi cabeza una situación en donde tenía frente a frente a Chucky lamentándose de que siempre lo dejaban mal parado. Hasta se había largado a llorar, y fui a consolarlo. Prometí no usarlo para inculcar miedo, y cuando abrí la puerta, una vez que se despidió, afuera esperaba una lista de personajes de películas de terror…
    Eso fue raro. Me desperecé un poco y abrí los ojos. El techo se veía igual que el día anterior, y me sentía algo aletargada aun, así que iba a seguir durmiendo… O esa idea tenía. Cuando giré para el costado me esperaba una… agradable sorpresa. El chico de las orejas raras, empapado de pies a cabeza, estaba de cuclillas al lado de mi cama, observándome lo más natural.

    Continuará...

    ¿Y que tal? ¿Les gusta? -Este cap está recortado... por si alguna vez leyeron el de FF... -Si, es que si no se hacía muy largo... Pero si lo quieren más largo, ¡solo avisen! Se super agradecen los comentarios! -¿Nos dicen que tal?... -¡Besototes!
     
  6.  
    Piink Cat

    Piink Cat Guest

    Título:
    ¡Hanyou’s y centellas!
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    8
     
    Palabras:
    417
    Re: ¡Hanyou’s y centellas!

    Hee, Rro.

    Sabes quién soy ¿No?, bueno, te doy una pistilla.

    —Coraje, ven acá y dile hola a Rro— Chilla como cantinera. Entra Coraje con el pelo sucio y sin dientes.—Hola, Rro. ¿Tú también por acá?, bueno pero dale saludos a inspiración.— Y se va, rascandose el trasero rosa




    ¿Ya sabes quién soy? :o


    Bueno, en cuanto a tu historia; ya sabes mi opinión.


    Mega-Fantástica.


    Cuestiono tu manera de escribir, porque no me gusta. No, no, si te dijera eso mentiría. Me fascina y la adoro —Ojo, es distinto.— Y bueno, sabes que me haces reír hasta quedar con la panza volteada, y mi cerebro carcomido. Luego el relato es impredescible, y muy versátil, obviando claro los diálogos, porque eso va muy aparte. Los diálogos son 'chéveres', porque si tienen un rumbo.
    No cambies, Loquis; es lindo conocer a una Fans Girl como tú ;).


    Besos y más apapachos, chochera.


    Nota: ¿Podrías separar un poquito los diálogos del texto?, sale todo muy junto. :D! Ah, y no le hagas caso a la imagen, ignórala. Necesitaba el Url u.u
     
  7.  
    Owl

    Owl Guest

    Título:
    ¡Hanyou’s y centellas!
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    8
     
    Palabras:
    2380
    Re: ¡Hanyou’s y centellas!

    Hoolas! Nos volvimos a tardar... Perdón. Ahora si, les dejo el cap. Gracias Pam, sabés que te re banco... -Siempre yo. Rumiko es la dueña de los personajes. -Juira!

    Cap. 2: ¿Me convertí en traficante de mitad demonios? (Parte 2).

    Bien, imaginarán que mi primera reacción fue pegar un salto atrás y caer de la cama. Ajá, acertaron. Escondida, agachada como estaba, respiré profundo, cerrando los ojos.
    Es una alucinación, me repetí mentalmente un mínimo de siete veces. Recuperando la valentía perdida, levanté la cabeza, asomándola por el borde la cama.
    Y seguía ahí. Me seguía mirando curioso, pero mantenía el ceño fruncido. Entorné los ojos y lo observé un momento, sin moverme del lugar. Él alzó una ceja, pero se quedó quieto. ¿Eso era cierto? ¿No era una alucinación? Aun si lo fuera, no voy a olvidar esa escena: uno a cada lado de la cama, estudiándonos.

    —¿Estás… acá? —pregunté, intentando borrar el dejo de miedo en mi voz. Él puso cara de incredulidad y habló claro, con voz grave, ronca y varonil:

    —Más vale.

    —No, no, me refiero a si en verdad existís, ¿o estás en mi mente? —repuse, mirándolo fijamente.

    —No sé de que estás hablando —susurró, moviendo una de las orejas de la cabeza rápidamente.
    Tenía dos opciones: o se me zafó un tornillo y lo perdí de por vida, o el chico que estaba frente a mi era total y absolutamente real: con ese pelo blanco y largo, vestido de rojo, con orejas de perro, y ojos dorados y hermosos. ¡Santos monigotes alados!...

    —¿Qué mirás tanto? —preguntó en un susurro, desviando la mirada.

    —¡Es verdad! ¡Estás acá! —exclamé, saltando de mi lugar y apuntándolo.

    —¡No chillés tanto! —se quejó, con el ceño fruncido y alejándose para atrás.

    —Sabía que no estaba loca… —susurré, y me arrodillé sobre la cama, mirándolo con toda la fascinación.

    —¿Qué no…? —musitó, con una ceja enarcada. Yo me dedicaba a observarlo ensimismada. ¿Era cierto?
    ¡Un momento! ¿Cómo que estaba “mirando ensimismada” a un loco con orejas de perro que había entrado a mi casa no-sé-de-qué-forma? Esto no podía ser cierto… Sacudí la cabeza, alejando idiotas pensamientos y volví a mirarlo, pero con el ceño fruncido.

    —¿Cómo entraste acá? —pregunté.

    —Por la ventana —dijo, señalando al lado de mi cama la abertura que era la ventana.

    —¿Y porque entraste? —pregunté. Agregué al instante—. ¿Me estás siguiendo?

    —¿Por qué te estaría siguiendo? —preguntó, molesto—. Solo quiero regresar al bosque… Ese maldito pozo me trajo acá y no sé como volver —se cruzó de brazos y miró por la ventana, donde una fina lluvia golpeteaba contra el vidrio.

    —¿Cómo que el pozo te trajo acá? ¿Qué bosque? —inquirí, frunciendo el ceño—, ¿Y porque estás disfrazado?

    —No estoy disfrazado, niña —se quejó él, mirándome enojado—. Esta es mi ropa… Ese condenado pozo en donde nos vimos la otra vez…

    —¡Así que no había sido mi imaginación!

    —¿Por qué sería tu imaginación? ¿No me ves? —dijo, parándose—. Decime como volver al bosque, ahora.

    —¿Qué bosque? —pregunté, bajándome de la cama.

    —El bosque que tiene mi nombre —aseguró.

    —Ah, claro… —repuse con ironía—, ese bosque… si, solía ir ahí de pequeña. ¿De que loquero te escapaste?

    —No me escapé de ningún loquedo, perra —dijo, con el entrecejo fruncido. Si, “loquedo”.

    —Ey, no me digas perra, ¡que el que tiene orejas de perro sos vos! —solté. Se hizo el silencio después de que el soltara un “¡Feh!” y se cruzara de brazos. Lo miré un momento. Él permanecía con el ceño fruncido y parecía un poco extraviado. Al final, hablé—. ¿Cómo decís que llegaste acá?

    —Estaba luchando con el imbécil de Sesshomaru y el muy maldito me golpeó tan fuerte que volé por los aires y caí en ese estúpido pozo —dijo. Yo alcé ambas cejas y mantuve la boca cerrada, ¿esperando más locuras? —. Después me envolvió una luz violeta y cuando miré arriba, había madera tapando el exterior, y salí a ese condenado santuario.

    —Ajá… —susurré, haciendo una mueca con la boca. El chico me miró un momento.

    —Después seguí tu espantoso olor hasta acá, porque me resultaba familiar —agregó. Parecía extrañamente molesto, cuando la persona que debería estar molesta era la del “espantoso olor”. Enarqué una ceja. ¿Lo ven? Yo no estaba para que psicópatas que peleaban con no sé quien y caían en pozos me dijeran que apestaba.
    Además, creí que la loca era yo, y a éste lo envuelve una luz violeta y se despierta en el fondo del pozo del santuario de MI casa. Oh, si, una excelente versión de los hechos. ¿Qué clase de droga consumía?

    —¿Ya habías dicho de que loquero te escapaste?

    —¿Qué diablos es un loquedo? —soltó, y luego respiró fuerte, algo molesto.

    —Lo-que-RO, lo-que-RO —silabeé, mirándolo hastiada.

    —Bueno, lo que sea, ¿me vas a decir como volver, niña? Necesito patearle el trasero al odioso de Sesshomaru —susurró, mirando por la ventana.

    —No tengo idea de que estás hablando —dije, sentándome en la cama y tomando la cabeza entre mis manos. Parecía que él creía en lo que decía, ¿y yo? ¿Debía creerle? Si, seguro que aparecías en otro pozo, vaya a saber uno de que estaban hechos.

    —Ya intenté volver saltando adentro de nuevo, pero no funciona… Tenés que saber como hacer, bruja.

    —¡¿Bruja?! —exclamé, saltando de la cama y poniéndome a centímetros de su cara—. ¡¿Cómo que bruja?!

    —Apestás a bruja —aseguró él, estirando su cabeza para atrás—. Tenés que saber como puedo volver a mi casa.

    —¿Vivís en un bosque? —pregunté, escéptica. Él asintió—. Claro, y ahora me vas a decir que esas ridículas orejas de perro son de verdad…

    —No son ridículas, bruja —se defendió él, enojado. ¡No podía creerlo! Abrí los ojos sorprendida y lo observé un momento, sin poder creérmelo. ¿Eso significaba que eran de verdad? ¡De repente quería tocarlas!
    Me estiré y palpé esas extrañas orejas. Aunque no me crean: eran de verdad. Pero la cara de exasperación del chico, el tic en el ojo y sus garras tomando mis brazos para alejarme, me dijeron que eso le molestaba.

    —¿Qué hacés? —preguntó, mirándome fijamente, aun con el tic y sosteniéndome de los antebrazos a una distancia prudente. ¿Leyeron la parte que decía garras? No mentía, tenía garras. Uñas enormes.

    —¿Qué diablos es esto? —solté, asustada y de repente agitada, alejándome de él, trastabillando y cayendo en la cama.

    —¿Qué es que, perra?

    —¿Q-qué es lo que sos? —inquirí, mirándolo con las cejas en picos. El chico me miró un momento, estudiándome, y volvió a mirar por la ventana.

    —¿Cómo que qué soy, perra? ¿Acaso parezco un fenómeno?

    —Tenés orejas de perro y garras —empecé—. Si, me parecés un fenómeno.

    —Feh… Soy un hanyou… —susurró—. Solo quiero volver a mi casa, niña, ¿sabés como?

    —¿Hanyou?... —musité. Por primera vez en mi vida sentí orgullo de mi abuelo y recordé con exactitud las palabras que dijo una noche de tormenta: “En la época antigua, vivían demonios y humanos… y hanyous, que era una mezcla entre ambos… o algo así era… Mm… no lo recuerdo muy bien”.
    Okei, eso no era muy específico, pero era mejor que nada. ¿Demonios? Creo que me perdí, ¡¿demonios?! Miré al chico un momento, las orejas de perro se movieron atrás y adelante una vez, y retomaron la quietud. No pude evitar preguntar con temor:
    —¿Sos mitad demonio?

    —Me alegro que sepas eso, bruja, ¿te hace sentir mejor? —repuso, mirándome con odio, y volviendo la vista a la ventana—. ¿O me tenés miedo?...

    —No… solo… esto es raro… ¿es en serio? —repetí, buscando algo señal divina que me dijera: “estás soñando, despreocupate”…
    No la encontré.
    —Claro que es en serio, ¿sos idiota? —me miró un momento, yo fruncí el ceño. No era tan común que te dijeran “soy un mitad demonio”, debería considerarlo. Además, ¿Cómo es que había llegado acá? ¿Existían los “mitad demonio” en la actualidad? Esto era más que raro, solo a mi me pasaba.
    ¿Por qué me sorprendía?
    —¿Y de que época se supone que venís? —pregunté, mirándolo con sorna, entre las líneas de “creo” y “no te creo nada, psicópata”.

    —¿Cómo? —espetó, frunciendo el ceño, curioso.

    —Que ¿en que año estás? —repetí.

    —No te entiendo, niña, hablá claro.

    —Ash, olvidate… —solté, mirándolo un momento. Bueno, tenía una solución para saber la respuesta: mi abuelo—. Quedate acá hasta que vuelva, ¿si?

    —¿Adonde vas?

    —No te muevas —dije, antes de salir por la puerta y bajar las escaleras a toda prisa.

    —Aome, ¿Cómo dor…miste? —terminó mi madre, viéndome pasar a la velocidad de la luz a su lado, mientras yo le preguntaba “¡¿Dónde está el abuelo?!”. Bueno, mi abuelo estaba en la cocina, sosteniendo un par de bolitas rosas en sus manos, y la mano del Kappa puesta sobre la mesa.

    —Abuelo… —empecé, agitada. Respiré profundo y largué de pronto, ya que no tenía mucho tiempo. El chico parecía uno de esos impacientes y lo último que quería es que bajara las escaleras y preguntara por mi. Sería raro—. ¿Qué son los hanyous?

    —¿Los hanyous? Mm… —mi abuelo meditó un momento, arrugando la frente. Finalmente, despegó los labios—. Son criaturas mitad demonios, mitad humanos… creo… no lo recuerdo… ¿Quisieras saber la leyenda de la perla se Shikon?

    —No, quería saber de que épocas son esas criaturas —interrumpí. Mi abuelo volvió a arrugar la frente y yo ya estaba por desaparecer por la puerta, más que apurada.

    —Son del período Sengoku, de aquel período de guerras civiles… ¿Por…?

    —Última pregunta, abuelo —intercepté de nuevo—, ¿hay alguna leyenda del pozo que está en el mini santuario? ¿Tiene poderes mágicos o algo por el estilo?

    —¿El pozo? Solo era un pozo devora huesos… ahí se ponían los huesos de los demonios y al final desaparecían misteriosamente… Pero, ¿Qué…? ¡Aome! —me llamó, cuando salí a toda velocidad del lugar, chocando con mi hermano, sorteando a mi madre y subiendo las escaleras a toda máquina –no tropecé, no se preocupen.

    —¿Qué hacías? —preguntó, con el ceño fruncido, cruzado de brazos y sentada al lado de la cama, una vez que entré.

    —Averiguaba algo… —susurré, sentándome frente a él. Respiré agitada, recuperando el estado. Lo miré un momento y torné a hablar—. ¿Guerras civiles?... digo, ¿hay guerras civiles de donde venís?
    Él enarcó una ceja, pero luego asintió. Lo observé confundida y apoyé el rostro en mis manos, en esa pose de pesadumbre total. ¿Él, un hanyou? ¿Tenía a un “mitad demonio” en mi habitación, hablando conmigo, y asegurando que una luz violeta en el pozo lo había traído hasta mi casa? ¿Debía suponer que era cierto? ¿O que definitivamente me había vuelto loca? Él parecía real… Cuando lo toqué, era real.
    Diablos, me convertí en una traficante de mitad demonios.

    —¿Ya sabés como hacer para que vuelva a casa, bruja? —preguntó, después de unos momentos en silencio, en los que yo solo me dedicaba a observarlo.

    —Me llamo Aome. A-O-ME —deletreé, con claridad—. Ya no me digas bruja…

    —¡Feh! —repuso él, con una mueca, y miró a un costado.

    —Por cierto… ¿Cómo te llamás? —pregunté. El chico dirigió sus peculiares ojos a mi rostro y frunció el ceño.

    —Inuyasha —dijo con desconfianza—. Me llamo Inuyasha.

    —Inuyasha… —repetí. Me parecía un nombre extraño… Está bien, era poco común, pero ¿que se le hacía? Di un respingo cuando su panza soltó un rugido tremendo. Miré su cara, que se había coloreado y solté una risa. ¡Estaba avergonzado! Y sobretodo: tenía hambre.

    —No te rías, bruja... —dijo, frunciendo el ceño. Luego agregó—. ¿Tenés algo para comer?
    Pregunta: ¿Qué comen los hanyous? Ni idea, pero podía ofrecerle alguna sopa, así que asentí y me paré. Él alzó la cabeza y me observó desde su posición, sentado en el piso.

    —No tardes, me comería un oni —dijo, y luego rió de su chiste personal (ya que yo no me enteré de nada).
    Solo tenía un problema: ¿Cómo sacaba la comida de la cocina, donde, casualmente, está toda mi familia? Pongámosle que mi madre me pregunta porque llevo sopa a mi habitación, ¿Qué le contesto? —Oh, nada, solo es para un chico perro que está arriba, sentado al lado de mi cama… Si, viene de la época feudal. Dice haber entrado por el pozo del mini santuario, luego de caer por error y ser absorbido por una luz violeta.
    Nada fuera de lo común.
    ¿Saben que? Tengo dos puntos que quiero compartir con ustedes:
    De pronto, la frase “soy un hanyou del pasado”, me parece mucho más interesante que la de “vengo del futuro”.
    Otro punto es que no se quién fue el idiota que dijo que los domingos son aburridos.
    Estoy totalmente en desacuerdo.

    No se pierdan el próximo cap…

    Buenooooo, llegamos al final del cap.
    -Que tal? -Que iba a decir... -Ridículo. El próximo cap se llama:... en realidad, tiene un nombre raro. -Una melodía... No importa, ya lo verán.
    -
    Nos vemos! -Besotees!

    Digan que tal, gracias =D
     
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