Phenomena

Tema en 'Historias Abandonadas Originales' iniciado por Rais, 1 Abril 2014.

  1.  
    Rais

    Rais Iniciado

    Escorpión
    Miembro desde:
    1 Abril 2014
    Mensajes:
    8
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    Phenomena
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Horror
    Total de capítulos:
    7
     
    Palabras:
    4613
    Numeros 16:23, 31-33

    16 Dijo Moisés a Coré: «Tú y toda tu cuadrilla presentaos mañana delante de Yahveh: tú, ellos y Aarón.

    17 Que tome cada uno su incensario, le ponga incienso y lo presente delante de Yahveh; cada uno su incensario: 250 incensarios en total. Tú también, y Aarón, presentad cada uno vuestro incensario.»

    18 Tomaron cada uno su incensario, le pusieron fuego, le echaron incienso y se presentaron a la entrada de la Tienda del Encuentro, lo mismo que Moisés y Aarón.

    19 Coré convocó ante éstos a toda la comunidad a la puerta de la Tienda del Encuentro y se apareció la gloria de Yahveh a toda la comunidad.

    20 Habló Yahveh a Moisés y Aarón y les dijo:

    21 «Apartaos de esa comunidad, que los voy a devorar en un instante.»

    22 Ellos cayeron rostro en tierra y clamaron: «Oh Dios, Dios de los espíritus de toda carne: un solo hombre ha pecado, ¿y te enojas con toda la comunidad?»

    23 Respondió Yahveh a Moisés:



    31 Y sucedió que, nada más terminar de decir estas palabras, se abrió el suelo debajo de ellos;

    32 la tierra abrió su boca y se los tragó, con todas sus familias, así como a todos los hombres de Coré, con todos sus bienes.

    33 Bajaron vivos al seol con todo lo que tenían. Los cubrió la tierra y desaparecieron de la asamblea.

    34 A sus gritos huyeron todos los israelitas que estaban a su alrededor, pues se decían: «No vaya a tragarnos la tierra.»

    35 Brotó fuego de Yahveh, que devoró a los 250 hombres que habían ofrecido el incienso.


    Por mucho que intentase mantenerme atenta al terrible sermón que la monja nos narraba, yo no podía más que mirar por la ventana y hacerme ilusiones de que ya era hora del patio y podría disfrutar un poco del sol tímido de Febrero.

    Era casi primavera, mi estación favorita del año, ya que no hacía el horrible y muy odiado por mí frío de invierno y el pegajoso calor del verano. Sol, brisa fresca y un poco de lluvias también, que por extraño que parezca me apetecía que cuando ha habido mucho tiempo de sol lloviese un par de días.

    A pesar de que en lo personal me encantaba la primavera, a mi amiga Sarah le resultaba de lo más espantoso, porque la pobre era alérgica al polen y lo pasaba bastante mal. Me giré por curiosidad a mirarla cuando pensé en ella, estaba detrás de mí sonándose con ahínco, su nariz ya roja de tanto frotarse. Aunque no era aún primavera ya empezaba a notarse en el tiempo y sobre todo por Sarah, era un indicio de que ya estaba cerca.

    Sarah era la más joven de la clase, tanto por edad como por personalidad. Ella poseía un encanto infantil que a muchos les resultaba inmaduro, pero a mí me agradaba, la mayoría de las veces, todo hay que decirlo. Sarah era muy inocente y dulce, nunca tenía malos pensamientos para los demás y por eso me resultaba fácil ser amiga suya pero a veces era más una hermana mayor que una amiga.

    Digo que parece menor de lo que es ya que también era la más bajita de la clase, no medirá más de 1.55cm. Además era muy delgada, si a eso le añades un pelo corto castaño claro y una carita redondeada y unos ojos claros, en vez de tener dieciséis años parece que tenga tan solo trece.

    Sarah y yo nos habíamos conocido justo el primero día de clases hace unos cuatro años, cuando empezábamos el instituto. Puedo recordar que yo me senté justo al lado de la ventada, puesto que aún cuatro años después conservo, en fin a lo que iba. Sarah se sentó justo detrás de mí y me pregunto por el mechón blanco que tengo en el flequillo, yo le contesté que no sabía porque lo tenía y que lo llevaba desde que tengo memoria. No pasó mucho tiempo para hacernos amigas, a la hora del patio de aquel mismo día ya tenía su número de teléfono y en su momento el preciado Messenger.

    Pensar en Sarah me relaciona directamente a pensar en Melissa. Ella era la chica que ahora estaba en el pupitre de al lado, escuchando con atención todo lo que salía de la boca de la profesora y subrayando en su libro todo lo que le parecía interesante.

    Al mirarla no podía evitar comparar a Melissa con Sarah, ellas eran completamente el día y la noche. Melissa al contrario que Sarah era más reservada y arisca, que no borde, pero no le gustaba tanto como a nuestra amiga relacionarse con los demás. Ella es muy buena estudiante y le cuesta abrirse a los demás pero una vez la conoces ves que ella es más del tipo tranquila y cortés.

    Y bueno, una cosa que me resultaba muy graciosa, era que Melissa era la más alta con casi 1.75cm de altura. Su pero era de u negro muy bonito siempre atado en dos largas trenzas que llegaban a la baja espalda, con un flequillo recto sobre la frente y unas gafas muy perfiladas le daban a veces un aspecto más serio que a lo que una chica de dieciséis años puede aparentar. Cuando estaban juntas realmente destacaban, pero también hacían una curiosa pareja. Mi relación con Melissa no fue tan fluida como con Sarah, pero con el tiempo nuestra amistad se fortaleció y me di cuenta de que realmente era una persona muy buena.

    Sin embargo, no me podría comparar con la relación que tenían ellas dos, se conocían desde parvularios y eran casi vecinas, habían pasado prácticamente toda la vida juntas y se notaba que se querían mucho, eso a veces me daba envidia. Pensaba que sobraba y que tres eran multitud, pero esos pensamientos suelen irse rápido, porque también que ellas me quieren.

    Después de un rato en las nubes, sonó la campana que iniciaba el recreo.

    Nos sentamos las tres y unas cuantas compañeras de clase en un trozo de césped a disfrutar un rato del sol antes de que se fuera unas horas más tarde y el frío aparezca de nuevo.

    Hablábamos tranquilamente de cosas triviales, los exámenes por venir, el tiempo, la falta de chicos en el instituto. Cierto, en un instituto religioso femenino hay poco tiempo para conocer chicos, pero para mí ya estaba bien, estaba acostumbrada a estar en compañía de mujeres.

    Seguía comiendo mi almuerzo con tranquilidad disfrutando un poco del calor hasta que una voz me preguntó algo que me hizo saltar.

    -Alina, ¿Cómo es eso de no tener recuerdos de tu infancia?

    Abrí los ojos con sorpresa hacía la persona que me lo preguntó. No sabía mucho acerca de ella, solo que se llamaba Marina y había perdido la virginidad a los catorce, lo sé porque ella misma lo fue gritando a los cuatro vientos.

    -¿Cómo sabes eso?-le pregunté un poco a la defensiva. Estaba un poco herida en ese momento y mi corazón latía más rápido por los nervios, yo solo le había explicado esto a Sarah y Melissa, pero yo confiaba en ellas y sé que no se lo habían dicho a nadie.

    -Me lo dijo una chica de clase.-contestó con sencillez, sin importarle mucho como me sentía en ese momento, continuó presionando.-Va, dime.

    Estaba nerviosa y verdaderamente no quería contestar, no a ella en particular. Gracias a Dios, Melissa acudió a mi rescate;

    -Marina, cállate.

    Ella solo rodó los ojos y se puso a cotillear de un tema que no me interesaba con otras chicas. Nadie en la clase se rebotaba con Melissa, le tenían un poco de miedo a decir verdad, aunque por las espaldas me imagino como la pondrían.

    Me acuerdo de una vez, mientras yo estaba en el lavado haciendo mis necesidades puede escuchar a dos personas que hablaban sobre qué tipo de relación podrían tener Sarah y Melissa. Dijeron cosas bastante feas que no quiero nombrar, pero aparte de eso si los rumores llegan hasta oídos de una monja podría llegar a ser motivo de expulsión, no está bien visto esas cosas aquí.

    Sentí una pequeña mano cálida sobre la mía, sabía sin mirar que era Sarah que estaba preocupada. Sus grandes ojos claros me miraban interrogantes, a lo solo respondí con una sonrisa y preguntando quién quería jugar al vóleibol.



    Las siguientes horas pasaron parsimonia, unas clases más aburridas que otras, pero en general con la misma monotonía que siempre.

    Al salir del instituto siempre hacemos el mismo recorrido las tres, primero dejamos a Sarah en su casa, que no estaba más lejos que diez minutos andando, su casa era pequeña y humilde, como su familia, que era un encanto de matrimonio. Sus padres siempre me habían tratado con amabilidad y cuando nos quedábamos hacer deberes siempre me invitaban a cenar.

    En cambio la casa de Melissa que estaba a cinco minutos era bastante grande, de unas cuatro plantas y un patio bien cuidado. No puedo decir que los padres de Melissa me caigan especialmente bien, sobretodo su padre, que nunca logra acordarse de mi nombre y me llama niña siempre que Melissa me invita a su casa. Su madre era más amable pero igualmente estricta, no le dejaba ponerse nunca pantalones y no querían saber nada de chicos en esa casa.

    Después de dejar a Sarah, Melissa me llevaba en bicicleta hasta la boca del metro, donde tendría que coger el metro unas seis paradas y luego un tren para llegar hasta mi casa, casi en el centro de Barcelona.

    Por alguna razón, me gustaba esta parte del día, sentir la brisa en mi cara y mirar el paisaje era agradable. Yo me sentaba detrás de Melissa y me cogía a su cintura mientras ella pedaleaba, decía que le complacía sentirse activa, ella también era una deportista consumada.

    Cuando me iba a meter en el metro, Melissa habló:

    -Alina, no hagas caso a lo que ha dicho Marina. Sabes que no es una persona muy perspicaz.

    Me reí un poco al comentario venenoso, pero lo hacía porque estaba preocupada, eso tambaleó un poco mi corazón en agradecimiento.

    -Gracias.-dije- pero si te soy sincera, no me importa.

    Melissa solo asintió con compresión, no obstante me paro de nuevo.

    -Toma, son apuntes de esta mañana, te serán útiles para el próximo examen.

    Me entregó su libreta de apuntes.

    -Te lo devolveré mañana, gracias otra vez. ¡Hablamos luego!

    -Eso espero. No lo manches de chocolate como la última vez.

    Me reí otra vez y finalmente nos despedimos. Ella se fue con su bicicleta a casa y yo cogí el metro.

    Solía tardar una hora y media en llegar a casa la cual solo escuchaba música con el reproductor del móvil, jugar algún videojuego, leer un libro que me presta Melissa o a veces no hacía absolutamente nada y dormitaba un poco en el asiento. Esta vez me decanté por escuchar música y pensar en que haría de comer al llegar a casa.

    Aún tenía una hora más o menos antes de que llegue Nadie a casa para comer. Hoy tenía ganas de preparar un rissoto de queso azul, que sabía que a Nadie le gustaba mucho y siempre salía hambrienta de su trabajo en la carnicería en el mercado.

    Vivíamos las dos en un piso ciertamente pequeño, pero óptimo para satisfacer todas nuestras necesidades. Se encontraba un poco en los barrios bajos de Barcelona, pero cerca del centro, no era una calle donde predominaba el lujo sin embargo era lo suficientemente acogedor para que las prostitutas no vinieran a dar sus servicios alrededor.

    Era un edificio viejo y un poco mugriento en la fachada, dentro era más limpio de lo que podría parecer. Poseía nada menos que veinte pisos, nosotras dos vivíamos justo en sexto, nada muy arriba pero si el ascensor no funcionaba tus piernas lo notaban.

    El apartamento constaba de tan solo cuatro habitaciones, dos dormitorios, un baño, la cocina, el comedor y la sala de estar se unían en un solo cuarto. No necesitábamos más, no había nada de lujo, lo único un poco interesante era la katana que adornaba el cuarto de Nadie. Aparte de eso lo demás era muy sencillo y liso, la cocina era muy básica y el comedor era; un sofá de tres plazas, una mesita y un televisor un poco trasto. Bueno, me olvidaba, en medio de la habitación colgaba un saco de boxeo que Nadie utilizaba para mantenerse en forma.

    Al instante de llegar, tiré mi mochila sin mucho cuidado al lado de la puerta y puse la radio para comenzar a cocinar, me gustaba hacerlo con música, lo hacía más ameno. Cocinar y limpiar, toda tarea doméstica se hacía mejor con algo de ritmo.


    Estaba por poner el plato de Nadie en el microondas cuando la puerta se abrió.

    -¡Hola, ya estoy en casa!

    El saludo energético me hacía sentirme feliz, por alguna razón. Ella siempre era así; alegre, vivaz, benévola.

    Sin miramientos se dejó caer en el sofá sin gracia y alzando una mano en mí dirección ordenó;

    -Cariño, cerveza.

    Saqué una cerveza de la nevera y junto con su plato de comida lo dejé en la mesita del comedor.

    -Qué hambre tengo. Hoy no ha sido muy buen día para ser carnicera.

    Encendió el televisor y con un gran trago de cerveza se puso a comer.

    Yo mientras tanto, me paré un momento a observarla.

    Nadie era mi madre adoptiva aunque al ser tan joven en apariencia al menos, casi pensaba más en ella como una hermana. De todas formas Nadie no me lo había dicho, pero sospechaba que rondaba los treinta y ocho años aunque con ella todo era un misterio. Ella no era española, me dijo que se había criado en mitad de un desierto en México, nunca me había hablado de sus padres y yo respetaba su silencio.

    Nadie era muy alta, más que Melissa, podría medir perfectamente 1.80cm de altura. Era monera de piel, de un rico color canela pero en algunas partes de su cuerpo era difícil de ver ya que estaba cubierta de tatuajes, tantos que ni ella misma sabe cuántos tiene; había desde calaveras, hasta una virgen de Guadalupe llorando. No estaba exactamente musculosa, pero sus músculos eran firmes y lisos sin dejar de ser femenina, es más, le hacía lucir un cuerpo muy atractivo para los hombres, gozaba de unas curvas muy bien definidas. Sin lugar a dudas lo que llamaba más la atención era su rostro, tenía unas facciones muy marcadas, mentón orgulloso y pómulos acentuados. Ojos negros como el carbón y muy profundos, unos de sus puntos fuertes. Su nariz era recta y un poco plana. El cabello era igual de negro que sus ojos, liso y sedoso hasta la cintura, la mitad había sido rapado al cero dónde dejaba ver su cráneo y su oreja llena de piercings. Todo esto sumado a su manera de vestir, mucho cuero ajustado y chalecos de motorista hacían que más de un hombre se volteará a mirarla.

    Para la mayoría de las monjas, en reuniones de padres y cosas por el estilo la observaban como si fuera el mismísimo anticristo. Nada más lejos de la realidad, Nadie es de los pies a la cabeza la persona más gentil y atenta que he conocido. Puede que ella no sea mi madre de sangre, no obstante, ella me ha criado, me ha dado un techo y alimento cada día y eso hacía más que cualquier vínculo de sangre.

    Ella me amparó cuando yo estaba sola y asustada del mundo. Y eso era todo lo que necesitaba saber.

    Cómo me quedé inmersa en mis pensamientos no me había dado cuenta de que me estaba mirando.

    -¿Qué ocurre?-inquirió dejando de comer- ¿Ha pasado algo en el colegio?

    -No, nada nuevo.-respondí de inmediato, casi de manera instintiva.

    No podría considerarse una mentira. Ella me había enseñado a ignorar a cierto tipo de gente, pero mi mente inconscientemente navegaba por un montón de preguntas sin respuesta.

    Pareció creérselo porque continuó comiendo y viendo la televisión sin decir nada más. La pobre era algo así como una esclava de su trabajo, su jefe era muy estricto y no le dejaba mucho tiempo para sí misma. Yo le decía que no hacía falta partirse tanto el lomo, que trabajando menos teníamos para ir tirando, pero su orgullo de madre era más fuerte.

    Acabamos de comer y Nadie estaba fregando los cacharros y yo me disponía a echarme una siesta. Era sin lugar a dudas una de esas personas que necesitan dormir por lo menos media hora al mediodía para poder proseguir por la tarde.

    -Sabes, el chico nuevo que trabaja conmigo. Ha vuelto a preguntar por ti.

    Desde el sofá no la podía ver, pero sabía que tenía esa sonrisa ladina que la utilizaba normalmente para provocarme, pero no caería.

    -¿Alex?

    -Sí.

    -¿No es un poco mayor?

    Había visto a Alex alguna vez que había ido a por Nadie al trabajo. Si fuese un poco más grande supongo que me habría interesado, era bastante agradable a la vista y siempre era amable conmigo. Tenía casi la edad de mi madre y a mí aún me quedaban meses para llegar a los diecisiete. Lo veía un tanto extraño e inquietante que un hombre que me sacaba al menos veinte años preguntase acerca de mi persona.

    -Supongo. Él tiene alrededor de mi edad-confesó siguiendo lavando los platos.

    -Por otra parte, ¿Ves mal que dos personas que se quieren se separen por sus respectivas edades?

    Esa pregunta me descolocó un poco. No era algo que solía preguntarme, además yo casi ni había pensado al largo de mi vida sobre el amor y sus tabúes.

    -Pues…no estoy segura. Lo veo un poco raro, sinceramente, pero…en el fondo no lo vería mal. Cada uno es libre de querer a quién quiera.

    Se quedó un rato en silencio hasta que termino de fregar los platos. Yo ya casi había caído en los brazos de Morfeo cuando dijo:

    -Yo tenía trece años cuando conocí al hombre de mi vida. Él, cuarenta y dos.

    Ante ese descubrimiento todo mi sueño se fue por la borda. Nadie temblaba un poco y su mirada era oscura, su cabeza seguramente recordando. Nunca en el tiempo que llevaba con ella la había visto tan…vulnerable.

    Contadas veces me hablaba sobre su pasado, menos algo así. Sentía mucha curiosidad por vida. Me preguntaba muchas veces cómo había sido su infancia, su adolescencia, y ahora me había revelado esa bomba estallando de pleno en mi cara.

    Quería saber más, por alguna razón Nadie estaba más abierta que en estos cuatro años atrás, si no aprovechaba no sabía hasta cuando me iba a decir nada más sobre su pasado. Presioné un poco;

    -¿Era un buen hombre?

    Me refería a si él…en fin, cuando se conocieron ella solo tenía trece años. Una edad donde tu mente no estaba desarrollada y eras bastante influenciado por tus mayores, por ejemplo tu amor de cuarenta y dos años.

    Ella sonrío de lado, captando a la primera lo que quería decir.

    -Era mayor de edad cuando hicimos el amor. Él nunca quiso tocarme hasta entonces.-dijo machacando sin compasión el saco de boxeo-pero tú hasta que no tengas treinta años no harás nada.

    Mis mejillas se tiñeron un poco de rojo. Era incomodo hablar de estas cosas con tu madre, por muy liberal que esta sea.

    -¿Lo amabas?

    Entonces, paró de golpear el saco de boxeo, este se quedó tambaleándose de un lado a otro. Me giré del sofá para mirarla. Estaba muy quieta, no movía ni un solo músculo de su cuerpo.

    -Ojalá llegues a experimentar un poco de lo que yo sentí por él.-sus palabras eran un poco tajantes. Sabía que después de esto no iba a sonsacar nada más.

    -Vete a dormir la siesta a tu cuarto, voy a practicar un poco y no quiero molestarte. –dijo. Ya era la Nadie de siempre, no había rastro de intensidad como en sus anteriores palabras. Sin rechistar me fui a mi dormitorio a descansar un rato.


    Pensaba que iba a pasar un rato antes de dormirme, pero en cuanto cerré los ojos me dormí sin contemplaciones. Ya habría tiempo de meditar más tarde.

    Me desperté por el sosegado sonido de la lluvia, que me hacía tener más sueño, tal cómo una nana. Abrí los ojos y escudriñé mi cuarto.

    Era pequeño y estaba a oscuras. Constaba de una cama nido, un escritorio con un ordenador un poco antiguo encima, una silla bastante incómoda de ruedas, un armario no mucho más grande que yo y prácticamente eso era toda mi habitación. En la cama había un par de peluches, que no sé muy bien su procedencia, en las paredes habían colgados un par de posters de alguna serie de televisión. Encima de mi cama enganchado en la pared una estantería, allí figuraban todos mis libros y algunos cómics. La ventana daba al patio de luces en la cual se colgaba la ropa. Nada muy interesante.

    El tiempo fuera acompañaba mi estado de ánimo, me sentía triste por Nadie. No podía evitar preguntarme el porqué de que me cuide. ¿Por qué me adopto?, ¿Conocía a mis padres?, ¿Dónde estaba su amor ahora?

    Mis pensamientos racionales me decían que quizás su amante…murió, se sentía sola y por eso me adoptó. Mas otra parte de mí me decía que eso no era todo, que había algo que no encajaba. Por supuesto, yo no sabía nada desde los doce años hacía atrás. Un día, simplemente me desperté en la cama de un hospital. Absolutamente nadie sabía nada sobre mí, no tenía nada para identificarme, ni DNI, ni pasaporte, nadie me reclamaba ni me conocía. Lo único que me daba nombre y edad, era una esclava la cual llevaba aún en mi muñeca, en ella estaban inscritas las siguientes palabras: Para Alina. 07/11/1998

    Y eso era todo, toda la pista de mi vida pasada.

    Nadie con el tiempo me contó lo que las enfermeras le dijeron. Que me habían encontrado inconsciente un día de Abril hace casi cinco años en la puerta del hospital. Después de eso, permanecí en un estado comatoso durante seis meses. Cuando desperté Nadie se encontraba a mi lado y lo demás cómo se suele decir ya es historia,

    Al principio estaba asustada de todo, era parecido a nacer crecido, tienes tus capacidades mentales óptimas pero no sabes nada de la vida. No sabía de qué manera comportarme, ni que pensar, la vida era un lienzo en blanco. Atemorizada de cuanto me rodeaba, demasiadas experiencias para alguien que un recién nacido.

    Lo reconozco, Nadie ha tenido que aguantar muchas cosas mías, los primeros meses de mi nueva vida, habían sido muy depresivos, pensaba mucho sobre la muerte y la autodestrucción, algo que no estoy muy orgullosa de recordar pero así era. A decir verdad, si no fuera por Nadie, no sé qué habría sido acerca de mí. También sufría de terrores nocturnos, para ser más técnicamente correcto, de parálisis del sueño. Básicamente se trataba de despertarse durante el sueño, eres consciente, pero no puedes realizar cualquier tipo de movimiento, lo peor de todo es que puedes sentir la presencia de un ser en tu habitación, que te observa, en algunos caso incluso lo puedes sentir. Claro, sabes que no es más que una terrible pesadilla viviente, pero la sensación de angustia es dantesca. Aquellas noches aún las recuerdo con temor, muchas veces deseaba que Nadie volviera a dormir conmigo para consolarme.

    Con el tiempo todo fue a mejor, la sensación desoladora de soledad fue desapareciendo en mayor parte gracias a mi madre y a Sarah y Melissa. La escuela también ayudó, tener un propósito era mejor que estar en la oscuridad de mi cuarto.

    El sonido del móvil me distrajo de los infructuosos pensamientos. Un mensaje de Sarah;

    A las 6:12

    -¿Sigues molesta por lo de esta mañana? :’(

    Una sonrisa de ternura surgió de mis labios, de verdad que esta niña era demasiado buena. Le contesté que no se preocupase más y que hablaríamos por video llamada a la noche. Casi al instante, recibí otro de Melissa;

    A las 6:14

    -Sácale provecho a mis apuntes y haz los deberes.

    Abrí mis ojos con pesar, me habían olvidado los deberes. Estar en las nubes era una mala costumbre, muchas de mis tutoras se habían quejado de eso a mi madre en muchas reuniones. Siempre decían lo mismo: “es muy tranquila y suele hacer los deberes, pero se pasa la mitad de la clase mirando por la ventana, o la variante, está en la luna de Valencia”. Empero, Nadie nunca me había echado la bronca por eso.

    Decidí que era hora de hacer los deberes y me dirigía al comedor. No me gustaba hacer los deberes sola en mi habitación.


    Después de terminarlos, que no tenía muchos la verdad sea dicha. El sudor del cuerpo indicaba que era hora de darse una ducha.

    El baño era más pequeño que mi habitación si cabe. Fundamentalmente se componía de; un lavabo que tuvo un época mejor, un retrete que se atascaba más veces de las que podía desear, justo encima un espejo cuadrado sin florituras, desconchado por los lados y lo único que merecía la pena era la bañera, que era lo suficientemente grande como para que cupiera tumbada.

    Me quité el uniforme escolar y lo coloqué en la cesta. Tomé un momento para contemplarme en el espejo.

    Supongo que en lo primero que se fija en mí la gente es en el pelo, era un semi-rizado con mucho volumen, de un color castaño claro, sin embargo llama la atención el mechón de pelo cano en la zona del flequillo. Es natural, lo tengo desde que desperté, una vez leí que un suceso muy traumático puede dejar el pelo blanco, aunque dudo que tenga una base científica eso. Después del flequillo puede que mis ojos gusten, aunque a primera vista parezcan azules, en realidad se acercan más al gris. Nadie siempre había dicho que podía leer que sentía por mis ojos. En cuanto a lo demás era un poco como Sarah, de rostro aniñado, pero no tanto como ella. Cara más bien ovalada, nariz un tanto respingona y labios llenos y rosas. Nadie decía que era guapísima y que cuando creciera me los llevaría a todos de calle, pero no se le puede hacer mucho caso al amor incondicional de una madre. En cuanto al cuerpo puedo decir que aún soy joven y no estoy del todo formada, tampoco pienso que sea desagradable. Era delgada sin ser extremo, en mi justa medida. Mi madre se ha empeñado en que realice cada comida del día, casi era un obsesión suya, esto se debe a que cuando desperté comía muy mal, muchos días solo una vez ingería alimento. En secreto, tenía envidia de Melissa y su pecho desarrollado, no es que fuera plana pero un par de tallas más no estarían mal.

    Había una parte de mi cuerpo que no me hacía especialmente feliz enseñar, mi hombro derecho. Una cicatriz horizontal la cubría, era fea y profunda y por el color marrón formaba parte de mi vida pasada.

    Sin más miramientos me metí en la bañera.


    Lo que resta del día fue solo pedir pizza, vaguear en el sofá y ver la televisión hasta quedarme dormida. Cada vez que me quedaba dormida, Nadie me llevaba sin que me diera cuenta a mi cama.

    Mañana será un nuevo día.

    Un día mejor.
     
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    Rais

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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
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    Capítulo 2: Puta del diablo.

    Todo mi buen humor de ayer por el buen tiempo se esfumó. Amaneció en un día tormentoso lleno de nubes negras y cargadas truenos y una lluvia torrencial. Era como si el tiempo se hubiera vuelto loco.

    Prácticamente al instante de salir a la calle mi paraguas de siete euros del chino de al lado de mi casa, se partieron un par de astillas causa del fuerte viento, tenía la sensación que si pesaba un poco menos me llevaría volando este maldito viento. Llegando a la estación de tren me encontraba con la ropa húmeda pegada al cuerpo y con un resfriado inminente. Tendría que haber hecho caso a mi madre y quedarme en casa, el clima te invitaba a estar en el sofá tapadita en un millar de mantas y ver una película tranquila sin hacer nada, pero los exámenes que estaban por venir me preocupaban lo suficiente como para sacrificar un día de vaguería.

    Como de costumbre, el tren en hora punta era un infierno, aunque esta vez había sido afortunada y había conseguido un asiento al lado de un tipo que se debía de haber quedado dormido, me cuestionaba si debía despertarle. Me habría quedado sentada, intentado entrar en calor si no fuera por una pobre ancianita que entre el bamboleo del tren y la gente empujando por entrar apenas se mantenía en pie. Hallarse en un colegio de monjas te enseña a ser una buena persona y a ceder el asiento del tren a los más necesitados, además que los más mayores te suelen echar miradas que fulminan.

    -Señora- la llamé levantándome y cediéndole el puesto- puede sentarse aquí si quiere.

    Era una anciana porque no decirlo, un poco sucia, seguramente de etnia gitana, piel morena y arrugada al igual que una pasa, de nariz ganchuda y boca fina con apenas un par de dientes, un ojo totalmente blanco, seguramente porqué era ciega de ese ojo.

    La señora sonrío ante la cordialidad de una joven amable, hasta que me vio. Sus ojos se abrieron con horror y con un dedo largo y esquelético me señaló.

    -¡Demonio! ¡Maligna!-gritó la anciana.

    No pasó mucho tiempo para que se acercase y con su mugriento bolso comenzará a dar golpes con el mismo. Yo no sabía muy bien que hacer excepto protegerme con las manos y pedirle que parara, no me resultaba agradable tener que empujar a una señora que tenía un pie casi en la tumba.

    -¡Puta del diablo!

    La gente alrededor pareció reaccionar e intento contener a la anciana, momento que utilice para huir del tren en cuanto abrió las puertas, no sin antes echarle un último vistazo.

    Aún continuaba maldiciendo mi estampa, señalándome con ese dedo raquítico, en sus ojos huecos podía ver todo el odio del mundo concentrado en un solo punto. Me había quedado en shock, nunca había pasado algo así y estaba un poco trastornada, pasmada por lo sucedido escasos segundos.

    Había grabado a fuego en mi mente a ese vieja acusándome de ser un ser de las tinieblas. ¿Qué razones podía tener para acusarme de semejante cosa? Tan solo era una adolescente de dieciséis años.

    Por este incidente tuve que esperar al siguiente tren, era de suponer que ya no llegaría a clase a la hora y tendría que esperar a que llamaran al trabajo de mi madre para poder ingresar a la siguiente clase. Albergaba la esperanza de que hoy podría ser un buen día, al menos eso pensaba ayer, conforme pasaban las horas esa idea se hacía más y más remota.

    Cómo predije, al llegar, las chicas de recepción estaban llamando a mi madre y aún tardarían un buen rato hasta que me dejarán pasar a clase. Son excesivamente estrictos con la puntualidad y las faltas, era casi imposible hacer novillos, a veces me los imaginaba como investigadores privados. Al menos ya estaba parcialmente seca y no tiritaba de frío, pero mi pelo estaría hecho un desastre, llenos de nudos, prefería no pensarlo.

    Después de un desesperante rato sentada, me dejaron entrar a clases. Estaban los alumnos en el descanso de cinco minutos entre que venía el siguiente profesor. Vi a Sarah delante del pupitre de Melissa, dándole la tabarra mientras ella leía tranquilamente un libro sin prestarle mucha atención.

    -Hola.-las saludé, ambas se giraron de inmediato.

    -¿Qué ha pasado? Llegas una hora tarde.-preguntó Sarah corriendo hacia mí y abrazándome como cada mañana.

    Sentándome en mi sitio les conté lo del suceso con la gitana. Sarah se preocupó y quiso saber si estaba herida, Melissa por otro lado solo se reía, ella poseía un estilo de humor un poco negro y mis desgracias a veces le resultaban cómicas. Supongo que de esta situación no me podía echar nada en cara, ni a mí me resultaba normal.

    -De verdad chica, lo que no te pasa a ti.-dijo Melissa cerrando su libro aun esbozando una sonrisa pícara.

    -Bien, devuélveme la libreta.

    -Ah, cierto. Toma…-rebusqué su cuaderno de apuntes por toda la mochila, para mi horror no lo encontraba. Una gota de sudor frío recorría mi cuello.

    -¿No lo tienes cierto?

    -No…

    -Bueno, no pasa nada. Eres muy lista no necesitas apuntes.-intervino Sarah con una risa infantil.

    -No son para mí los apuntes.-dijo Melissa y sin mirarnos a las dos, se puso a leer de nuevo.

    Ahora comprendo, me los dejo porqué ella es una buena amiga pero los apuntes estaban destinados a Sarah. Ella era una mala estudiante, se distraía más que yo, y no le gustaba nada estudiar, prefería invertir su tiempo en cosas menos productivas, si no fuera por Melissa seguramente habría repetido algún curso, incluso con su ayuda extra, que era mucho, le costaban en exceso las matemáticas y las lenguas extranjeras. Me acuerdo que el verano pasado pasamos muchas tardes dándole clases extra para las asignaturas pendientes.

    Ahora no podía evitar sentirme mal por Melissa y regañarme mentalmente por ser tan descuidada.



    Hoy no lograba concentrarme en clase por mucho empeño que pusiera, no me había ido a dormir demasiado tarde la noche anterior pero de igual forma se me cerraban los párpados, como si tuviera dos pesos en ellos. La lluvia tampoco ayudaba a que mi sueño disminuyera, ver las gotas de lluvia estamparse furiosamente contra el cristal hacía que tuviera que aguantar la mi rostro con las manos.

    Decidí que esta hora me lo tomaría libre, con un poco de gracia puse mi libro de texto de manera que no se me viera demasiado y poder descansar lo más tranquila posible.



    No sé cuánto tiempo paso, pero al abrir mis ojos la cabeza me dolía terriblemente la cabeza. Tuve que frotarme los párpados un par de veces para despejarme, notaba como si hubiese estado durmiendo un día entero, mi cuerpo se sentía terriblemente cansado y sin fuerzas.

    Miré a mí alrededor y con desconcierto me di cuenta de que me encontraba sola en el aula. Esto sí que era insólito. ¿Me habían dejado aquí sola?, ¿Ni Sarah y Melissa me habían despertado para ir al patio?

    Ojeé por la ventana, el tiempo seguía siendo espantoso, no había rastro de claridad alguna, un negro tizón cubría todo el cielo, era como ver un apocalipsis, seguía lloviendo un una furia desmesurada. Estoy segura que las alcantarillas estaban a rebosar y el transporte público se cerraría.

    Fui hacía la puerta y encontré que estaba cerrada. No quería ponerme nerviosa, lo intenté con la puerta más pequeña de al fondo de la clase, pero con horror al intentar abrirla no cedía.

    Estaba encerrada.

    Ya más histérica golpeé con la mano la madera, intentando hacer todo el ruido posible, pretendiendo que alguien me escuchase.

    -¿Hola? ¿Hay alguien?

    Pensé por un momento que podía ser una mala broma de Marina. Siempre supe que nunca le he caído bien, pero no tanto para hacerme esto. Las monjas eran muy severas con los castigos y molestar a una compañera estaba muy mal visto, incluso era motivo de expulsión.

    Entonces, escuché un sonido parecido a un gorgoteo, a continuación gotas caer, no se trataba del agua de la lluvia que había entrado por alguna rendija.

    Era el crucifijo colgado en la pared. De las manos y los pies apuñalados de Cristo brotaba una cantidad considerable de sangre que caía por la pared hasta tocar el suelo enfangándolo.

    Cubrí mi boca con la mano intentando ahogar un grito. No me dio tiempo a hacer nada más, ni a asustarme. La sala empezó a tambalearse causando que perdiera el equilibrio y cayera al suelo con la parte trasera de mi cuerpo. La luz parpadeante finalmente cedió y se apagó. Estaba paralizada del miedo durante el temblor, pensaba que podía ser un terremoto, pero la sangre que salía del crucifijo llego a mis rodillas, haciéndome saber de la situación.

    Después de un lapso de tiempo y mis piernas y manos completamente empapadas en esa sucia sangre, el temblor paró. No me moví del suelo antes de unos minutos, entumecida.

    Agarrándome al pupitre más cercano observé, alzándome un poco por encima de la mesa, sin atreverme a nada más. Ya no había sangre, ni si quiera la que había cubierto mis piernas, como si solo hubiera sido una alucinación de una loca. La puerta entonces se abrió rechinando, mis ojos se dispararon en seguida al ruido.

    Durante unos instantes no pasa nada, ni si quiera respiraba. El eco inconfundible de unos pasos erráticos llenaban el lugar, algo del pasillo se estaba acercando. Me arrastré por el suelo, llegando a la parte más alejada de la puerta, donde la ventana un tanto abierta me mojaba la cara.

    Era terrible esperar y escuchar todos esos pasos, mi mente frenética me obligaba a decir que no era más que una pesadilla, que en la vida normal los sucesos paranormales no sucedían. Aún así, tiempo atrás lo creía firmemente, que cuando dormía había algo en la habitación, que observaba mi sueño, al pie de la cama arañaba las sábanas destapándome y dejándome indefensa. Ahora esto era totalmente diferente, sabía que no era un sueño, ya que sentía dolor, cuando me caí al suelo la espalda latía en el daño. Ahora en este momento esperaba a que algo viniese, cuando lo vi mi corazón dejo de bombear.

    Era un ser digo de una buena película de terror. Podía distinguir que era una mujer, por sus curvas femeninas, pero su cuerpo estaba bañado en sangre, más oscura de lo habitual tan pegada que casi parecía su propia piel. Lo que debería de ser el blanco de sus ojos estaba cubierto por negrura al igual que su pelo, que era negro como ala de cuervo pero estaba sucio y enredado en más líquido rojo. Aunque lo que más me hacía empalidecer era su sonrisa, carente de humanidad, torcida y mostrando dientes filosos.

    La suya no era una imagen fija, era como ver un film borroso, se iba distorsionando, como si fuera un holograma. Cada vez que desaparecía estaba más cerca de mí. No pasarían más que unos segundos antes de que la tuviera enfrente.

    Algo en mi mente respondió, había estado en shock sin poder moverme absolutamente ni un centímetro, en este momento solo podía pensar en huir.

    Por la puerta era impensable y significaría mi muerte garantizada, la única opción disponible era la ventana detrás de mí. Sin pensarlo dos veces abrí la ventana y me asomé ligeramente; eran dos pisos antes de llegar al suelo cubierto por algunos árboles del jardín, con suerte, no me mataría.

    En un ataque de adrenalina, me colgué (no sin antes sentir el aliento de la criatura a escasos centímetros) del alfeizar para achicar la distancia al pavimento- Sin más preámbulos me dejé caer.

    Muchas ramas de los árboles fueron gentiles, tan solo alguna que otra raspadura abriéndose camino entre la ropa para dejar su marca, por otro lado, una rama gruesa como una pierna atizó duro en las costillas, dejándome sin aliento. Cuando finalmente choqué con un sonido sordo al piso, primeramente aterrizó mi espalda ya adolorida seguido de mi cabeza. La consciencia se iba apagando poco a poco, nublando mi vista. No me podía mover, ni sentir absolutamente nada. Antes de desfallecer, acerté a vislumbrar algo que se asomaba por la ventana por la cual había tirado.




    Gracias al diluvio que ha caído sobre Barcelona el mercado estaba casi vacío pero tampoco los días lluviosos eran fáciles, teníamos que tener cuidado con el suelo mojado para que las señoras mayores que se habían aventurado a venir no se partieran la crisma de un resbalón. En los tiempos libres teníamos que poner cartones e ir fregando los charcos que se formaban, en esta comunidad mercantil nos ayudábamos entre todo, algo que con el pasar de los años me había acostumbrado.

    La llamada de la directora hace apenas unas horas me había dejado preocupada. Alina era una niña muy responsable y puntual, si no es por causas mayores no llega tarde a la escuela. De alguna forma no me acababa de creer que el tren hubiera sufrido un retraso, tenía un sexto sentido para ver la mentira, incluso aunque las palabras no habían salido de la boca de Alina.

    También sé que no mentiría si no sucediese algo importante. La había educado durante estos casi cinco años con unos valores muy justos y honorables.

    -¿Qué ha pasado con Alina?

    Era Alex, mi ayudante.

    -He escuchado sin querer algo de la conversación de teléfono.

    Sin querer, seguro. Desde el día en que vino a buscarme hace una semanas y por primera vez a vio Alex, no ha parado de preguntar por ella. Ayer le insinué de broma que no era tan importante la diferencia de edad entre ellos, pero solo lo había hecho para tomarle el pelo un rato, algo que me gustaba hacer de vez en cuando. Mi instinto de madre por otro lado, me provocaba arcadas la sola idea de que pudieran tener algo, era hipócrita, lo sabía. Yo misma me había enamorado de un hombre mucho más mayor, pero simplemente no podía permitirlo. No iban hacer más daño a mi pequeña Alina.

    Con una fuerza más grande de lo necesaria partí un trozo de carne en dos con mi enorme cuchillo. Sabía que debía tener un aspecto un poco amenazante, con el peto blanco cubierto en sangre y mi cuchillo intencionadamente apuntándole. No me importa, había hecho cosas peores para mantener a raya a los hombres.

    -Mira, no sé qué intenciones tienes. Sólo olvídate de ella. –soné más brusca de lo que quería.

    Él se quedó un momento quieto, como si no acabase de creerse lo que dije. Entonces, sonrió, sin malicia y colocó una mano en mi hombro.

    -Por dios Nadie, estoy casado. Tengo un hijo de la edad de a tuya, pensé que no sé…podrían ser amigos.

    No me creí nada de lo que dijo, pero tampoco solté palabra. No quería iniciar una guerra de voluntades y además necesitaba su ayuda en la carnicería, era un cortador muy hábil. Si tan si quiera volvía a mencionar el nombre de mi hija de una manera que no es la correcta, entonces…bueno, tomaría las medidas apropiadas.

    -El tren tuvo un retraso y no ha podido llegar a la hora. Nada más.

    Parecía contento con eso y volvió a por la fregona a seguir limpiando.

    De repente otra vez el móvil sonando en mis pantalones. Con rapidez me quité los guantes reglamentarios y lo cogí.

    -¿Hola?

    Una voz muy débil habló, con incertidumbre;

    -Señorita Nadie, soy la directora de nuevo. Tengo malas noticias.

    Yo no podía abrir mi boca, seguí expectante a que continuara.

    -Su hija está ingresada en el hospital.




    Llegué a toda prisa al hospital, seguramente con alguna multa de tráfico pero eso no me podría importar menos en este momento. Tenía el corazón en un puño y si no hubiese sido por los largos años de aprender a mantener la calma, ya habría entrado en pánico. Abalanzándome al mostrador balbuceé a la recepcionista donde estaba mi hija.

    -Es una chica joven, no hace mucho que debe de haber llegado, se llama Alina.

    -¿Es usted familiar suyo?

    En este momento podría golpearla y no sentir pena alguna. Acababa de decirle que era mi hija.

    -Su madre. –rugí.

    Tecleó algo en su ordenador y me indicó que se encontraba en la tercera planta, habitación 302. No podía esperar a que el ascensor viniera, y yo tardaría menos por las escaleras.

    Al llegar había toda una concentración de médicos al lado, intenté entrar pero uno de ellos me paró.

    -Perdone, no puede entrar en esta habitación.

    Era un hombre considerablemente mayor, yo diría que no le quedaban muchos años para jubilarse. Pelo cano, gran mostacho sobre su boca, y una barriga cervecera y unos ojos claros le deban un aspecto de bonachón y un aura de afabilidad.

    -Soy su madre, déjenme pasar de inmediato.

    No podía aguantar un segundo más, en breves me vería obligada a pelearme con los doctores y abrir la puerta de una patada.

    -Me temo que eso no sería conveniente ahora, señorita- declaró ajustándose sus gafas con sus rechonchos dedos- soy el médico responsable de esta paciente y ella necesita descansar. Si lo desea puede acompañarme a la cafetería y hablar con tranquilidad.

    Hablaba con amabilidad pero también con firmeza, no iba a ceder a mis deseos. Por muchas ganas que tuviese de verla, no podía contradecirlo, el bienestar de Alina estaba por encima que mi ansia por comprobar con mis propios ojos que estaba a salvo.

    -Además- observó sonrojándose un poco- veo que la lluvia no la ha tratado muy bien.

    En el camino había pasado mucho rato bajo la pesada lluvia que me caló hasta los huesos, por la mañana al vestirme ni siquiera consideré que una blusa blanca y un sujetador negro iban hacerme sentir incómoda.



    En la cafetería del hospital no había mucha gente y estaba prácticamente sola con este hombre que en un gesto de caballerosidad me dejó una de sus batas después de secarme con una toalla lo mejor que pude en el cuarto de baño. Se encontraba sentado justo en frente, tomando con parsimonia su taza de café. A mí me había traído otra, pero la verdad que no era muy fan del café, prefería el té o en todo caso una tila, al menos me calentaba mis manos.

    La cafetería era un poco espeluznante, se olía a muerte y a enfermedad por todos lados, la luz potente y blanca del lugar era molesta contra la oscuridad de afuera. El cielo tronó y la luz parpadeó un rato, creo que en todos los años que llevo aquí no he vivido semejante tormenta.

    -¿Cómo esta Alina?-al fin la pregunta salió, me era imposible esperar un segundo más.

    El buen doctor que se había presentado así mismo como Diego, se frotó la sien dejando la taza en su platillo.

    -Ella está estable. Sufre una pequeña conmoción cerebral, varias magulladuras y cortes leves y lo más notable es que tiene una costilla rota, pero es una lesión menor. Debe de mantener reposo y seguir un tratamiento para el dolor a base de analgésicos. Ahora mismo está durmiendo y si es posible, mañana al mediodía podrán darle el alta, si todo sale bien.

    Escuchar eso era un gran alivio, me esperaba algo peor. Aunque una costilla rota tampoco me parecía un regalo del cielo, debía de dar gracias a que no fuese algo mucho peor.

    -No se preocupe señorita Nadie, su hija saldrá de esta. –con suavidad colocó su mano sobre la mía en un gesto de consuelo. Seguramente debía de verme muy turbada.-con una madre tan dedicada se recuperará pronto.

    Intenté darle una sonrisa de gratitud que lamentablemente se quedó a medio camino.

    -Dígame qué ha sucedido. Cuando la directora del instituto me dijo que la habían ingresado me dirigí aquí sin escuchar nada más.

    -Bueno…yo no sé gran cosa, algo me han dicho las enfermeras.

    -Cuénteme, -le puse mi mejor cara de pena y supliqué. Esa táctica nunca fallaba-por favor.

    -Verá; su hija se encontraba en mitad de una clase cuando sin razón aparente, según los testigos se fue a la ventana y se tiró. Estoy seguro que si esos árboles no hubiesen estado en ese lugar exacto, Alina no tendría una costilla rota tan solo.

    -Eso…no tiene ningún sentido.

    No era que no tuviera sentido, era una maldita locura. Cómo espera que me traque esa patraña.

    -Lo cierto es que he revisado su historial médico y créame, llevo en este oficio más de treinta años y puedo asegurar que Alina es mi paciente más enigmática. –ahora parecía más serio y menos educado- antes de que la adoptase usted, no se sabía absolutamente nada de ella, como si nunca hubiera existido. Además, con el plus de su amnesia, es todo un misterio a resolver.

    No me gustaba a que dirección se encaminaba esta conversación.

    -Hay otra cosa que me inquieta de todo esto. Me parece insólito que los servicios de adopción la dejaran a su cargo debido a su condición y…-antes de que pudiera seguir divagando haciéndose el detective, preferí intervenir y acabar con esto antes de que algo malo pase.

    -Doctor, me parece a mí que a ninguno de los dos le conviene continuar con esta charla. Es usted una buena persona y no me gustaría que le sucediese nada malo.

    Hubo un incómodo silencio entre los dos. Él parecía meditar profundamente algo importante en su cabeza, pero no iba a preguntar.

    -¿Es una amenaza?

    -Sí.

    Él suspiró con resignación, no obstante, no lucía molesto por la directa advertencia que le acababa de exponer.

    -Ya estoy muy mayor para andar jugando a los detectives, en eso estoy de acuerdo. Sin embargo, mi curiosidad como médico es más fuerte que mi miedo. Reamente me preocupo por su hija, quiero que me llame a este número si un episodio como el de esta mañana vuelve a suceder.- sacó una tarjetita de su cartera de cuero y me la extendió. En ella estaba su teléfono, el fijo y el móvil, junto con su dirección.

    Sin mirarla si quiera la metí en el bolsillo del pantalón.

    -¿Cuándo podré verla?

    -En cuanto despierte no tema que será la primera en saberlo. Mientras tanto puede quedarse en la sala de espera.

    Lo primero que hice al perderlo de vista era coger su tarjeta, partirla en dos y tirarla a la papelera. No quería más gente inocente implicada en este caos llamado mi vida.




    Sin saberlo me quedé dormida tomándome la libertad de ocupar tres sillas de la sala de espera, todo el estrés sufrido anteriormente pasaba factura. Una enferma me despabiló diciéndome que mi hija se despertó. Me acompañó hasta su habitación, la 302.

    Alina estaba recostada en la cama con un camisón del hospital, miraba de la ventana y la lluvia que no era ya tan torrencial. Al escucharnos entrar ni siquiera se giró, se mantuvo ahí, quieta e impasible.

    -Alina, soy yo. –dije sin perder la viste de sus movimientos, que eran más bien nulos.

    Esta escena no me agradaba nada. Me recordaba a cuándo la vi por primera vez hace cuatro años, era más menuda y llevaba el pelos más corto, la mirada vacía que tenía entonces siendo tan joven helaba la sangre. No quería volver a aquellos tiempos, no después de todo lo que hemos pasado.

    Entonces, Alina se volteó hacía mí, su cara estaba en blanco, sin expresión, pero de sus ojos resbalan una tímidas lágrimas.

    Le pedí a la enfermera que nos dejase a solas, antes de que dejase la sala yo ya estaba tumbada en la cama al lado suyo. Ella seguía llorando en silencio, sin decir palabra.

    -Está bien, llora todo lo que quieras.

    Quería abrazarla, pero con una costilla roto sabía que le iba a doler más que consolarla, así que me dedique a acariciarle el pelo con suavidad. Tenía una venda alrededor de la frente y su labio estaba partido, por todo el largo de los brazos estaban llenos de moretones y cortes, variando de profundidad y longitud. No podía evitar pensar que había fallado como madre.

    Después de un rato de estar así, quizás fueron horas o minutos, no importaba. Alina paró de llorar y se tranquilizó.

    Necesitaba saber que era exactamente lo que había pasado, la idea de que ella simplemente se levantó de clases y se arrojó por la ventana, no tenía ningún sentido. Una persona corriente se lo podría tragar, pero yo no era una persona corriente, sabía que no era tan fácil como eso. Aunque lo quería saber, perturbar a Alina con mis preguntas estaba fuera de lugar, pero para mi sorpresa, ella habló:

    -Creo que me estoy volviendo loca.-confesó aún inexpresiva.

    -Sé que no tiraste por la ventana sin más.

    -Vaya, así que eso es lo que dicen.-comentó sorprendida con una nota de alegría falsa.

    Y no dijo nada más, aunque sus labios temblaban, querían decir muchas cosas pero algo se lo impedía, yo no podría presionarla y que se derrumbase. Iba a ser paciente y esperar a que ella misma me lo dijera.

    Bill, ojalá estuvieses aquí.





    Pasaron dos semanas desde que me dieron el alta, durante ese tiempo no pude hacer nada excepto estar en la cama reposando y muriéndome del asco y aburrimiento. Tener una costilla roto era más molesto que dolorosa, a no ser que me moviera rápido, entonces soltaba un aullido de dolor.

    El dolor no me importaba, me hacía sentir viva. Suena muy masoquista, pero desde el incidente del instituto…me había cambiado. Ya no era la misma Alina, ahora todo me asustaba, sobretodo quedarme sola. Era vergonzoso para una chica tan mayor como yo, sin embargo no lo podía evitar.

    La imagen de esa mujer se había grabado a fuego en mi mente. Todas las noches soñaba con ella, con que no lograba escabullirme y me atrapaba, las noches eran el peor momento del día sin duda. No solo soñaba con ella, que eso solo ya era espantoso, acudían a mí muchas ideas de figuras en la sombra, observando, acechándome, otras no eran tan discretas, contemplaba en mis pesadillas seres infernales, que esta vez no me miraban, infligían daño a los demás. Personas desconocidas que eran mutiladas, torturadas sin compasión, todo era un locura de sangre y carne. Algunas veces soñaba que me hacía daño, como un sueño reciente que tuve.

    Me situaba en el cuarto de baño, me miraba en el espejo sin emoción alguna, entonces la imagen en el espejo se movió, se agarró la parte superior de la boca con una mano y la otra la inferior, y tiró en ambas direcciones. Poco a poco la carne de mis mejillas de iba separando, abriéndose y rajándose como si fuese plastilina, la imagen en el espejo no paró de empujar hasta que mi mandíbula se quedó colgando de un par de hilachos de piel y músculo.

    Sin duda, me estaba volviendo loca, si no lo estaba ya. Me preguntaba si así debía de ser mi auténtica yo, una demente, una desequilibrada mental. Me daba miedo pensar que fuese verdad, yo no quería ser así, no podía continuar de esta forma, sin dormir por miedo a las temibles y muy reales pesadillas y miedo a salir de casa. Quizás la vieja del metro no se equivocaba.

    Ahora tenía la excusa de que tenía que estar en reposo para sanar mis heridas, que aparte de la costilla rota que aún se resistía un poco a curarse, muchos de los cortes y moratones han ido desapareciendo, la brecha en mi frente todavía tenía un aspecto parecido a un coagulo, esperaba no tener cicatriz, al menos no muy visible.

    No sabía nada de Sarah y Melissa desde el último día que nos vimos hace dos semanas, no por falta de interés suya, era yo quien las ignoraba. Apreciaba su preocupación y comprendía que era egoísta hacerlas sufrir de esta manera, pero sinceramente, no sabía no enfrentarme a ellas. Según su versión, en mitad de clase me arroje por la ventana, sin más, una versión muy diferente a la mía. Cuando fuese a clase iba a estar señalada, tanto por profesores como por alumnos, iba a ser tachada de desequilibrada por el resto del curso. No quería que ellas también pensasen lo mismo, que me dejasen de lado.

    Estaba agotada mental y físicamente, había perdido mucho peso, la comida ya no me entraba como antes, la falta de movimiento me hacía perder el apetito y no comer me debilitaba más, era como un círculo vicioso. Por no hablar de dormir menos de cinco horas diarias, no bebí más café y Coca-Cola en mi vida. Lo hacía intentando que Nadie no se diese cuenta, pero se pidió unas semanas libres para poder estar conmigo y cuidarme, solo bebía cuando se iba a comprar, limpiaba la taza o tiraba la lata entremezclándola en la basura, para no dejar rastro. Nadie me mataría si me descubriese, estaba muy, muy es poco, angustiaba por mi estado, cosa que es normal. No me dejaba sola casi nunca, excepto cuando era imprescindible, trataba de mantener mi mente distraída, viendo películas, jugando a algunos videojuegos que había alquilado o algunas veces apoyaba mi cabeza en su regazo y me leía el libro que me apeteciese. Ayudaba mucho, me abstenía a pensar en monstruos y criaturas del tártaro. Por las noches, cuando me despertaba gritando y sudando por el mal rato vivido, ella me traía un vaso de agua fresca el cual era muy bienvenido y se acostaba en la cama conmigo, siempre que dormía conmigo, los malos sueños cesaban.

    Es más, siempre que yacía a mi lado, soñaba algo muy inusual. Ni si quiera podría llamarse pesadilla. Era un hospital mental, que irónico, que algo tan asociado a lo macabro e infernal, era el sueño más tranquilo que he tenido hasta ahora.

    Era un asilo mental, muy grande y antiguo, principalmente constaba de cuatro villas en forma de cuadrado, unidas solo por un largo pasillo que las conectaba, en el centro de esta, un agradable jardín, bastante grande con una fuente en medio, muchos bancos donde sentarse y gran cantidad de flores. En una ocasión, logré ver el nombre de este hospital, se llamaba; “Parque de la Salud”, para mis adentros pensé que era un nombre un tanto extraño.

    Entonces, algo hizo clic en mi cabeza, soñar con algo tan detallado, como una fotografía, tendría razón de ser. Me levanté de la cama más brusca de lo usual y lo pague con un tirón de dolor en la zona del torso, pero me encontraba tan curiosa que de un salto llegué al escritorio y encendí el ordenador.

    Mis dedos temblaban un poco mientras escribía el nombre en el buscador. Para mi incredulidad, el “Hospital psiquiátrico Parque de la Salud” si existía. No podía tratarse de una simple coincidencia, tenía que haber una razón de ser. Esto no hacía más que alimentar la posibilidad que estaba relacionada con ese lugar, de que a lo mejor en el pasado había permanecido allí, tal vez yo realmente antes de vida actual, era una lunática. Me desconsolaba un poco la posibilidad de que fuera cierto, pero por otra parte, me daba una pista por donde comenzar a indagar. Quién sabe qué cosas podré descubrir.

    Cotilleé un poco la página web, en el cual explicaban cosas de este estilo:

    El Hospital de Salud Mental, Parque de la Salud es una unidad de tercer nivel de atención, toda vez que se especializa en el campo de la salud mental, con un enfoque Bio-Psico-Social, y con una alta prioridad a la Rehabilitación del enfermo mental y la reintegración a su familia.

    Capacidad :

    -120 camas censables

    -3 camas no censables (en urgencias)

    Servicios que ofrece:

    -Hospitalización con 4 salas

    -Enseñanza e Investigación con dos aulas climatizadas, 1 auditorio y 1 biblioteca

    -Consulta Externa en Psiquiatría, Psicología, Neurología, Psicogeriatría, Odontología

    -Rehabilitación Psicosocial

    Entre otras cosas de menor interés, cómo la historia del hospital, sus motivaciones, valores, etc. En la sección de imágenes se podían observar unas cuantas fotos, no de mucha calidad todo hay que decirlo, pero lo suficientemente claras para reconocerlas.

    Después de este gran hallazgo, mi fuero interno sabía con toda claridad que no me iba a quedar de brazos cruzados. En cuanto me recuperase de mis heridas y encontrase la oportunidad, no dudaría en visitarlo.

    Toqué la esclava que colgaba de mi muñeca, tenía un presentimiento sobre este lugar.
     
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    Rais

    Rais Iniciado

    Escorpión
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    Phenomena
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    Horror
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    Capítulo 3: Tú y yo somos iguales

    Hacer deberes atrasados de tres semanas era lo peor, ver todas las hojas y libretas de faena me daban ganas de llorar, hacer esto sin la ayuda de Melissa era una tortura. No me enteraba de muchas cosas y ni siquiera tenía apuntes de nada.

    Nadie había ido hasta la casa de Melissa, donde la mayoría de las veces ella no era bien vista, debido a su modo de vestir y apariencia por el padre de Melissa, que estaba demasiado chapado a la antigua y la veía algo así como si fuera el mismísimo anticristo. Fue hasta allí para ver si tenía los deberes que han ido haciendo en mi ausencia y vaya si lo consiguió.

    Ya habían pasado tres semanas y me encontraba mucho mejor, la costilla después de haber reposado en condiciones prácticamente no me dolía, por desgracia aún tenía un par de cortes que no habían cicatrizado del todo. Me encontraba un tanto mejor anímicamente, las pesadillas no habían desaparecido pero eran mucho menos frecuentes, incluso algunas noches lograba dormir del tirón. Descubrí que cuando echaba siestas no lograba tener pesadillas. Quizás por qué no entraba en la fase de descanso total.

    Planeé que mañana era el día perfecto para ir a investigar al hospital, a Nadie se le agotaron los días de libres que pilló para estar conmigo y no iba a ir al colegio hasta el lunes. No le hacía ninguna gracia dejarme sola, pero logré convencerla tras mucho esfuerzo, diciéndole que estaba mucho mejor.

    Si he de ser sincera, me asustaba un poco ir allí, no sé lo que me podría encontrar. A lo mejor las respuestas a todas las preguntas o a lo mejor un canto en los dientes. Era como jugar a los detectives, ya lo tenía todo preparado, sabía que tendría que coger un bus muy temprano para llegar antes de que Nadie volviera. No sabía cuánto rato iba a permanecer allí, solo que entre ir y volver tardaría unas dos horas, no estaba precisamente cerca. El hospital se alojaba en mitad de una colina, lejos de la civilización, la única forma de llegar era en un bus que pasaba cada cuatro horas, perderlo era impensable.

    No me concretaba en seguir haciendo deberes, los aparte a un lado y vi la tele hasta que llegase Nadie con la comida. Ella no era una gran cocinera y a mí estar mucho tiempo en pie me mareaba un poco, por lo tanto hemos estado viviendo de alimentos precocinados y del chino más cercano.




    No pude dormir mucho esa noche no por las pesadillas, estaba intranquila por lo que pudiese pasar. Nunca he tenido la necesidad de engañar a Nadie y el hecho de que me descubriese, aunque fuera por causas mayores, me exaltaba.

    Yo me encontraba despierta antes que ella, pronto en la mañana. Entró en mi habitación a comprobar que siguiera dormida, cerré los ojos interpretando mi papel, al cabo de unos minutos escuché la puerta principal cerrarse.

    Salí de la cama y en medio minuto ya estaba vestida, opte por la comodidad y la discreción, tampoco es que tuviera un gran sentido de la moda. Mi bolso ya lo deje preparado la noche anterior, una rebeca por si refrescaba, el monedero con tan solo unas monedas sueltas y el billete para el autobús, algo de comer durante el trayecto ya que no desayunaría en casa, las llaves y el móvil.

    Después de arreglarme un poco, tampoco iba a ir hecha unos zorros, salí por la puerta y del piso, en camino hacía la parada de bus. Todavía era muy pronto para que saliese el sol, no serían más de las siete y media, el mal tiempo y la lluvias de semanas atrás cesó y últimamente el sol predominaba. Incluso en el centro de Barcelona era muy temprano para ver circulando mucha gente, los primeros bares abrían sus puertas y los mercados empezaban abrir sus tiendas. No tardé más de veinte minutos en llegar a pie a la parada, el bus no se hizo de rogar y en seguida vino.

    Le pregunté al conductor si era tan amable de avisarme en cuanto llegásemos a la parada del hospital, él me contestó que no había problema y un poco sorprendido cuestionó para que quería una chica tan joven ir allí, preferí mentir y decir que iba a ver a un familiar. No sé si se lo acabo tragando, pero tampoco era asunto suyo, a pesar de que agradecía su preocupación.

    El viaje se hizo ameno, me dedicaba a mirar por la ventana mirando el paisaje que al salir de la ciudad se adentraba más a una parte montañosa e inhóspita, al parecer no mucha gente cogía este bus y con razón, los lugares en los cuales se paraba eran sitios que nunca he escuchado hablar de ellos, la tundra iba terreno ganando y cada vez había menos rastro civilización. A mitad de camino picó el hambre y me comí el bocadillo de pan tierno, queso en loncha y lomo. Tenía que recuperar unos quilos si no quería parecer un esqueleto andante.

    Apoyé mi frente contra el cristal, pensando en todo y en nada a la vez, iba a quedarme dormida en el momento que el conductor me avisó que la próxima parada era la mía.

    Había llegado al “Parque de la Salud”.

    Una gran muralla de unos dos metros lo rodeaba toda la finca, la cual mis ojos no alcanzaban a ver el final. En frente mío una valla de hierro presidía la entrada. Con los nudillos blancos por la tensión dispuse a picar al timbre, que llevaba incorporado una cámara de seguridad.

    Más fuerte de lo previsto, toqué el botón, esperé unos instantes hasta que el portón se abrió, hasta a mí me sorprendió haber entrado sin dar ni una sola explicación.

    La entrada principal era sencillamente maravillosa, era un lugar muy bonito, todo estaba muy cuidado y lleno de naturaleza, más que un hospital mental lucía como un hotel. Entré en la recepción, que era muy amplia y despejada, con cierto toqué de elegancia pero dejando claro donde te encontrabas. Al final de la sala había un mostrador, con una chica joven detrás, mirando la pantalla del ordenador. Fui hasta ella y al fin me miró, con una bonita sonrisa me preguntó;

    -Hola, ¿En qué puedo ayudarte?

    Algo en el plan no había sido muy bien meditado. Al llegar este momento, ¿Qué se supone que debo decir? “Hola, muy buenas. Me gustaría saber si hace me he encontrado internada en este centro, o simplemente denme una pista sobre mi pasado, gracias.”

    Yo no era policía ni detective, por supuesto que no me iban a contar nada ni iban a dejar indagar en información privada a una adolescente. Esperaba que este lugar me diera pistas, pero creo que solo me iba a traer problemas.

    La recepcionista ya tenía cara rara esperando una respuesta que no salía de mi boca.

    -Verás, yo…-tartamudeé sin saber que decir e intenta ganar tiempo para pensar- he venido a visitar a una persona.

    Genial, una mentira sin escapatoria, a ver cómo me las arreglaba ahora. Iba pensando nombres de abuela con alzhéimer para ver si colaba cuando ella abrió los ojos con asombro.

    -¡Ah! Debes ser tú. –Sonrió de nuevo en comprensión- él me dijo que hoy tendría visita. Es algo muy inusual, él no suele tenerlas. Debes de ser alguien muy especial.

    -Sí…

    Dios mío, en que lío me estaba enfangando. Esto se ponía cada vez peor, ya no sabía cómo salir de esta a no ser que saliera huyendo, pero no iba a hacer eso…no quería abandonar ahora que llegué tan lejos. Me disculparía con el señor y buscaría pistas por mi propia cuenta. Con un plan más o menos decidido me encontraba más segura.

    La recepcionista me indicó que una enfermera encargada me acompañaría hasta la habitación del señor, que se encontraba en la villa 4, la más aleja de la salida de todas. Me preguntaba si tendría alguna relación con el nivel de locura del paciente o solo era un orden al azar. Esperaba que fuese lo segundo, según lo que había leído en la página web no trataban con casos demasiado graves, tipo asesinos o gente con problemas mentales muy agudos.

    Debía reconocer que sentía curiosidad por el paciente que iba a visitar de sorpresa, tan sólo esperaba que no se lo tomase demasiado mal, e incluso podría sacar provecho de este incidente y extraer algo de información útil. La Alina de hace un mes ni por asomo se habría osado en embarcarse a esta…aventura, si se le puede llamar así. Sin embargo, si me quedaba de brazos cruzados mis últimos atisbos de cordura abandonarían mi cabeza en breves. No podía permitirme que el miedo me controlase, no como antes, ya no era una niña inconsciente de trece años.

    Al fin la enfermera se presentó, era joven y rubia, bastante guapa.

    -Ven, acompáñame. –ordenó un poco dominante, yo sentada en un silla me levanté enseguida.

    La seguí en silencio durante un rato, caminaba rápidamente como si me quisiera perder de vista, no parecía muy simpática ya que ni siquiera se dignó a mirarme. Había varios pacientes sueltos por las salas comunes, donde los guardas vigilaban con tranquilidad. Todos estaban vestidos con pantalones y camisas blancas, aunque algunos se habían desprendido de esta última, no lucían agresivos e incluso encendieron una pequeña llama de compasión. Algunos jugaban a juegos de mesa, otros leían o interactuaban hablando, unos simplemente no hacían nada, se quedaban mirando a las musarañas viendo el tiempo pasar. Imaginarme que yo podría haber sido uno de ellos hacía que el vello en mis brazos se levantara.

    Llegamos hasta el pasillo para llegar la villa dos, dioses, que este lugar era inmenso. Entonces por primera vez la enfermera se paró y ante la puerta del larguísimo pasillo y del cinturón de su falda sacó un buen manojo de llaves y abrió la puerta con una de ellas.

    -¿Por qué está cerrado el acceso de una villa a otra?- no pude evitar preguntar, la curiosidad era uno de mis grandes defectos.

    -Por seguridad, también este hospital es muy grande y tenemos muchos pacientes, es más fácil para nosotros clasificarlos por villas y por eso no les dejamos entremezclarse entre ellos. –explicó sin mucha vitalidad, como si fuera una niña pequeña o sufriese de retraso.

    -Ya veo- contesté sin más.

    En cuanto se abrió instintivamente me dejo paso y me adentré sola en el pasillo, entonces escuché un “clack” y el sonido de las llaves detrás de mí. Con pánico me abalance sobre la puerta y descubrí que se encontraba cerrada.

    Oh, dios mío, no otra vez.

    -¡Abran por favor!- aporré y grite hasta quedarme afónica. Sabía que nadie iba a venir a buscarme. Asomándome a la pequeña ventana gruesa de la puerta no podía ver nada ni nadie, como si una densa bruma lo cubriese todo. Me había quedado sola en una pesadilla viviente de nuevo.

    Casi no me sorprendí cuando uno de los potentes ojo de buey colocado encima de mí parpadeó hasta apagarse, no tardó mucho en que el segundo hiciera el mismo ritual. Mis piernas no demoraron demasiado en reaccionar y empezar a correr hacía la luz restante e intentar llegar a la puerta, desgraciadamente por todo lo veloz que lo intentara la oscuridad más absoluta inundo el pasillo antes de poder llegar a la mitad. No podía ni ver mis propias manos en esa penumbra, pero podía sentir miles de ojos observándome.

    Tienes que ser fuerte Alina, la oscuridad siempre había sido mi peor temor, no saber lo que pasaba causaba una sensación de impotencia tan grande que era inhumano. Temblando a más no poder, me acordé que aún tenía el bolso. Abriéndolo con prisa y revolviéndolo todo hasta encontrar el objeto deseado; el móvil.

    Pulsando una tecla la luz del móvil iluminó lo suficiente para poder ver unos metros. Ya no era el pasillo blanco y bien iluminado de antes, si no que las paredes estaban cubiertas por una lona, sucia y mugrienta daba el aspecto de haber estado abandonada por años pero eso no era lo preocupante, muchas de ellas estaban pintadas con mensajes no muy agradables, tales como; “Bienvenidos al infierno, Puedo verte, Déjanos entrar en tu cabeza.” No alcancé a leerlos todos, tampoco quería, muchos de esos mensajes no tenían sentido alguno, solo palabras al azar, pero lo macabro del asunto era que estaban escritos con sangre. Continué caminando intentando no colapsar y derrumbarme allí mismo, llegué a la puerta y con alivio vi que esta estaba abierta.

    Era una sala grande y también a oscuras, lo único que podía ver era por la luz del móvil que tampoco daba mucho de sí, había unas cuantas sillas de ruedas tiradas por todo el lugar, hubiera chillado cuando me tropecé con una si no fuera porqué mi voz había abandonado mi cuerpo. No era como la villa principal, limpia y acogedora, todo estaba polvoriento y grasiento, estaban todas las paredes y parte del suelo lleno como de una masa de sangre granujienta que parecía tener vida propia, se movía al ritmo de un corazón bombeando. La siguiente sala no era mucho más alentadora, era más pequeña y todo daba a indicar que eran los dormitorios de los pacientes. El hecho de poder encontrarme algo allí hacía que mi estómago se apretara en nudos pero quedarme aquí tampoco era la mejor de las ideas. Hasta ahora había caminado con calma intentando hacer el mínimo ruido posible para no captar la atención de…lo que sea.

    En los dormitorios, algunas puertas estaban abiertas y otras cerradas, no quise mirar a través de ellas para no encontrarme nada indeseado, pero sin querer en una de ellas distinguí en la cama, algo parecido a un cadáver humano cubierto por un sábana la cual estaba completamente empapada en sangre oscura o una substancia parecida. No me atrevía a mirar debajo.

    Dejando de lado la villa 2, crucé el pasillo a la siguiente villa como alma que lleva al diablo, si seguía en este lugar definitivamente iba a perder la poca cordura que me quedaba. Mi mente no procesaba todo lo que ocurría, solo me guiaba por instintos en este momento.

    Y aquí, en la villa 3, todo era mucho peor. Era la primera vez que vislumbraba luz, esta se encontraba al final de la sala y aunque estaba a una distancia considerable pude escuchar el sonido de las chispas. No indicaba nada bueno, pero solo podía ir hacia adelante. Con recelo me aproximé lentamente, cuidando todos mis pasos. La luz no era natural, poseía un brillo azulado muy extraño. Lo que encontré en esa habitación se quedaría en mis recuerdos por el resto de mis días.

    Parecía en toda regla una habitación dedicada a la terapia de electroshock, la mujer tumbada en la camilla me di cuenta de que se trataba de la enfermera que me acompañó con anterioridad, esta estaba atada con correas en los pies en las manos y llevaba colocados varios electrodos alrededor de su cabeza. Ella no paraba de convulsionar y retorcerse en la camilla, semejante a una posesión demoniaca. Le estaba friendo el cerebro de tal forma que de todos los orificios de su cara brotaba sangre, era un espectáculo digno de la mente más retorcida. Me quedé petrificada durante un tiempo sin saber qué hacer, solo mirando esa escena, entonces pensé que aunque cabía la posibilidad de que esto no fuera más que un sueño, no podía dejarla así, sufriendo hasta morir.

    No sabía cómo se apagaba ese aparato, así que fui tocando botones hasta que al fin las convulsiones cesaron. La miré y ella permaneció quieta, con los ojos tan abiertos que se iban a salir de sus orbitas, estaba muerta. Su mano se deslizó de la cama y las llaves que tenían agarradas se estrellaron contra el suelo rompiendo el silencio. Ese fue el instante el cual percibí barullo en mi espalda, en la penumbra de la sala se encontraba algo que presumía ser un doctor, por la bata azul verdosa y los guantes de cirujano, no obstante, no había una pizca de humano en aquel ser. Su cara por llamarlo de alguna manera, era amasijo amorfo de carne sin sentido, sin rastro de boca u ojos en su rostro. Bata llena de sangre y un bisturí en las mismas condiciones no señalaba nada benévolo, al escuchar el sonido de las llaves en seguida aunque torpemente se abalanzó. Mi reacción natural era huir, cosa que hice sin dudarlo, el instinto de supervivencia no podía fallar. Corrí con el corazón en la garganta hasta que algo en el suelo me hizo caer de bruces, lanzando el móvil, mi única fuente de luz muy lejos, dejándome ciega.

    Unas manos me agarraron de las muñecas, arrastrándome por el suelo. Intenté pelear con todas mis fuerzas, retorciéndome y pataleando pero su sujeción era demasiado fuerte para si quiera hacerle detener un segundo.

    Supongo que había llegado a mi fin, me freirá como a la enfermera o algo peor. Ante ese pensamiento sólo podía chillar y gritar e intentar clavar mis uñas en el agresor, cosa que resultó inútil. Continuó arrastrándome por el suelo sin mucho cuidado y con prisa, no podía ver nada, no había rastro de luz hasta que en lo que parecía una habitación de un residente, una muy pequeña ventana con barrotes a lo alto filtrando rayos solares que iluminaban lo suficiente para poder ver a tres palmos de mi rostro pero no tanto para ver todo con claridad.

    Estaba tumbada de espaldas intentando calmar mi estómago revuelto, observando unos pies descalzos que se dirijan a la puerta, cerrándola. Esos mismos pies ahora se acercaban a mí. De nuevo el cuerpo se endurecía en un estado de defensa, todavía no podía contemplar al sujeto que me arrastró hasta este sitio aparentemente seguro. Era un cuarto de dormitorio, a pesar de que no poseía una cama, todo estaba acolchado y por lo demás estaba totalmente vacía.

    Esperaba a que ese individuo hiciera algo, pero después de cerrar la puerta se quedó allí parado. Una figura entre las sombras, de alguna forma, no sabía cómo pero no se trataba de un monstruo al igual que el anterior que me había estado perseguido.

    El silencio se palpaba era casi tangible, la situación tan tensa que se cortaba con cuchillo.

    -¿Quién eres?-me aventuré a preguntar. Si no me había matado ya dudaba que lo hiciese ahora.

    -No lo sé-contestó una voz muy tranquila no obstante misteriosa entre la penumbra.

    A la vez que dijo esas palabra, camino hasta la luz y lo pude observar.

    Esto sí me desconcertó, no era más que un niño puede que de mi edad, no lo podía saber con certeza. Era un poco desgarbado, apenas unos centímetros más alto que yo, cálculo, vestía la ropa reglamentaría de camisa y pantalones blancos. Su pelo era un revoltijo que le cubría hasta los ojos, algo sucio, no diferenciaba si era negro o castaño muy oscuro, no alcanzaba a ver su rostro ya que su pelo lo cubría casi todo, sin embargo su piel era tan blanca que se fundía con su vestimenta.

    Entonces, él terminó de acercarse a mí y se agachó hasta mi altura. Distinguí los ojos verdes más bonitos que había visto en mi vida, de un verde esmeralda muy hermoso, estaba tan fascinada que no podía parar de mirarlos.

    Por otra parte él parecía tan asombrado como yo y con una mano me acarició la mejilla, tan suave que pensaba que no me había tocado.

    -Al fin.-murmuro y esta vez colocó toda la palma de su mano en mi mejilla- Eres tú.

    Mi corazón retumbada dentro de mi pecho, queriendo escapar, no por miedo sin embargo. Un sentimiento que jamás experimenté.

    Su faz me resultaba tan familiar que quería llorar. Ahora que estaba tan cerca me di el luje de mirarlo con detalle, a pesar de saber que era un hombre, algunos de sus rasgos eran tan finos y delicados como los míos propios. Ojos grandes y expresivos del verde más exquisito, delineado de unas largas pestañas negras que oscurecían su mirada. Nariz recta y bien definida sin llegar a ser obscena conviviendo perfectamente en armonía con su rostro, su boca era rara para ser de un hombre, normalmente fina y dura, la suya era muy parecida a la mía llena y carnosa. La mandíbula se encontraba en mitad de ser definida y ligeramente ovalada, revelando que aún era joven. Sin duda los hombres más atractivos conservaban ciertas cualidades femeninas.

    -¿Me conoces?-pregunté de nuevo, intrigada por su contestación. Su toque era electrizante y me hacía temblar. Supongo que pensó que era de miedo y apartó su mano.

    Él anticipó media sonrisa, su mirada no se apartaba de mi cara y podría jurar que en todo este tiempo no había parpadeado.

    -No exactamente. No te he visto nunca de eso estoy seguro, pero desde que tengo memoria sueño contigo todos los días.

    -Todo es exactamente igual, tus ojos, tu nariz, tu boca-dijo todo esto tocando gentilmente todas las partes mencionadas. Estaba segura de que mis mejillas eran del color de las manzanas.

    -No entiendo nada.

    Todo esto era tan…extraño. Hace poco estaba segura de que mi muerte era cercana y ahora me encontraba sonrojada a causa de un completo desconocido, que según él me conocía a través de los sueños.

    El muchacho dejó un espacio entre nosotros, y casi me alegré. Estar cerca suyo nublaba mis pensamientos razónales.

    -No tengas miedo de mí, Alina. Te he llamado aquí para ayudarte. –confesó de una forma que no me hacía dudar de que era cierto lo que decía. El escuchar su nombre con su voz potente era algo que me dejaba sin habla. Por otra parte, ¿Cómo sabe mi nombre?

    -¿Qué quieres decir con llamar?

    -¿Te acuerdas de esos sueños que tenías sobre este lugar?

    -Sí-dije. Entonces até cabos-¿Fuiste tú?

    -Así es-afirmó una pizca más sombrío- Yo te mandé esos sueños. Después de años de soñar contigo te encontré por tú grito de auxilio. Sé que alguien está contaminando tu mente. Oigo todos los gritos que la gente padece pero el tuyo fue tan…gigantesco, tan desesperado que no pude ignorarlo.

    No entendí ni media palabra de lo que dijo. Sinceramente, después de todo lo pasado no debería sorprenderme pero por motivos desconocidos yo creía lo que había dicho, aunque pareciese toda auténtica una patraña.

    En resumen, él pudo encontrarme porqué de alguna manera escuchó mi sufrimientos por todas esas pesadillas y me mandó aquí para encontrarnos, eso podía aceptarlo y entenderlo en cierta medida. No obstante eso de que estaban contaminando mi mente…entonces, ¿Era por culpa de otra persona?, ¿No era una loca amnésica que volvía a su verdadera forma?

    Mientras yo pensaba en mis cosas él permanecía cerca, mirándome con una expresión de neutralidad en sus facciones.

    -Está bien. Digamos que creo lo que dices. Necesito respuestas.

    Quizás podía ayudarme a buscar lo que había venido a buscar, respuestas sobre mi pasado. Sin embargo, debía admitir que también sentía una enorme curiosidad por este chico, quién sospechaba ahora que tenía alguna relación conmigo aunque dijese que no me conociera personalmente.

    -¿Qué quieres saber?-preguntó simplemente sentándose en contra de la pared acolchada, en la oscuridad. Sus ojos eran como los de un gato, brillaban en la negrura.

    No sabía muy bien por dónde empezar, mi cabeza estaba llena de preguntas sin respuesta, demasiada información adquirida me liaba.

    -Vale… ¿Por qué estás aquí? En este hospital, quiero decir.

    -Buena indirecta. No estoy loco si es lo que piensas, permanezco aquí porqué quiero, es un lugar tranquilo y la gente no es fisgona. -río amargamente. Me preguntaba si le había hecho enojar y eso me alarmó.

    -No quería decir eso.-susurré avergonzada.

    -Lo sé. En tu corazón no puede haber maldad.-dijo y puse escuchar una risilla tunante, pero cómo no le veía no estaba segura. Quizás me estaba tomando el pelo, sin conocerlo de nada no lo podía averiguar. –siguiente pregunta.

    -Cuando te pregunté quién eras dijiste que no lo sabias. ¿A qué te refieres?

    Incorporándome un poco me levanté del piso, estar en esa posición semisentada era de lo más incómoda y estaba lo suficientemente segura en este cuarto como para sentirme relajada, mi dolor de barriga amainó hasta quedar solo una ligera sensación de nervios. Estar junto a él me distrajo de la pesadilla vivida hace escasos minutos.

    -Verás, mi querida Alina.-empezó a explicar, sus brillantes ojos verdes resplandecían echando chispas.-yo no tengo recuerdos de quién soy, ni cuál es mi lugar en el mundo, ni si tengo familia, no sé nada sobre mí, ni tan siquiera un nombre o edad. Un día sin saber cómo me desperté y una organización se ocupó de mí, por así decirlo.

    Este testimonio me sonaba demasiado, era mi propia historia. Él había pasado por lo mismo que yo. Ahora sin lugar a dudas sabía que él tenía que ver conmigo. Esta vez fui yo quien me acerqué y él se irguió enseguida quedandonos los dos a escasos centímetros de tocarnos. Estaba en un estado eufórico, jamás había estado tan cerca de saber la verdad cómo ahora. Pero la pregunta era; ¿Quería saber que escondía mi pasado?

    -Yo tampoco sé nada desde los catorce años atrás, cuando desperté en un hospital. Tú y yo somos iguales.

    Mi cuerpo quería tocarlo, para saber que era de verdad, que esto no era otra alucinación hiperreal y en algún momento despertaré y esto no serán más que cenizas. Sin darme cuenta, él me empujó contra la pared sin llegar hacerme daño por el acolchado, sus manos sujetaban mi faz con firmeza impidiéndome ver otra cosa que su mirada, la cual me fundía el alma por su intensidad.

    -¿Realmente quieres saber que esconden tus recuerdos? Sin importar cuan doloroso o triste sean. Saber la verdad puede volver demente a la persona más cuerda del mundo, querida. Si tanto lo deseas, yo puedo escarbar en las profundidades de tu mente Alina. Pero si tan sólo estás dispuesta aceptar las posibles consecuencias.

    Asentí como pude con la cabeza.

    -La curiosidad…

    -Es tu peor defecto- terminó él con una sonrisa de Chesire que le daba un toque demencial a su belleza. Antes de darme cuenta sus fríos labios se aplastaron contra los míos. Fue un beso corto, de degustación que no fue devuelto por mi parte pero vehemente que hacía estremecer mi cuerpo.

    Era mi primer beso.

    -De acuerdo entonces, adentrémonos en los abismos de tu mente.
     
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    Knight

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    No puedo creer y de verdad que no lo puedo creer... ¿Como es posible que tal historia no tenga ni un solo comentario o me gusta? es totalmente imperdonable...Me has dejado sorprendida y encantada, al menos hasta ahora la historia me ha gustado bastante.

    Es algo rarísimo ver una historia de horror que está hecha tal y como se debe, iré por capítulos:

    Capítulo 1:

    Me gusta mucho tu narración, no es demasiado cargada, sino sencilla pero sin hacernos quedar con dudas sin embargo la siento bastante completa y sabes como describir las escenas.

    Y debo decir que al principio eso rollo de la niña que no sabe nada de supasado, al principio me hizo torcer los ojos, ese tipo de temas ya están bastante tocados y pienso que lo usan como una alternativa facil para hacer de su historia "interesante" desde el inicio. Que bueno que en tu caso no haya sido así.
    Algo que si me parecio muy interesante fue el hecho de que nombraras a la madre adoptiva de Ariana como "Nadie", al principio pensé que era algo así como su apodo, pero como sigues llamándola así hasta ahora pues creo que es su nombre, a menos de que en realidad ella quiera que la llamen así...

    Y por cierto, no sé por qué me da la ligera impresión de que ella si es su verdadera madre, al aclarar que estuvo con un hombre mucho mayor y el que no le guste hablar de él, más ese "Bill, ojalá estuvieras aquí". Me hacen llegar a la vaga sospecha de que ellos son sus padres biológicos, y que por alguna razón ajena a mi imaginación Nadie la abandonó y después la volvió encontrar decidiendo entonces hacerse cargo de ella y asumir el rol de madre. Sin que ella lo sepa para que no la juzgue.

    Pero mejor esperaré a ver que pasa después; las dos amigas me agradaron bastante, Sarah me recuerda mucho a una amiga mia, y Melissa me recuerda a mi :vv no preguntes...

    Capítulo 2:

    Nisiquiera me imaginaba que rumbo iba a tener la historia, yo pensé que sería algo asi como una historia dramática en la que la chica emprende toda una aventura por averiguar su pasado y al final se entera de que pertenece a la familia real (?), de acuerdo eso no...Pero si pensé que sería algo más dramatico e infantil.

    Ese detalle de la ancianita gritandole "puta del diablo" fue genial ._. me impresionó bastante y dije: esta tipa ha de estar maldita. Ojalá si esté poseida o algo . Y la escena donde alucina y aparece esa mujer fantasma me encantó, supiste como narrarlo para que pudiera imaginarmelo muy bien, y la descripción de la tipa esa es digna de un creepy pasta. Lo que pasó después, el que los demás lo hayan visto como si de repente y sin causa aparente se lanzara por la ventana ya me lo esperaba...

    Despues de que Nadie fuera por ella al hospital y el proceso de recuperación (la escena del baño, el espejo y la alucinación de que ella misma se abre la mandíbula lo sacaste de una película, lo sé :v de la de espejos siniestros, y es buenísima) ella se entera del hospital mental por una pesadilla que tuvo ya me huele a pelicula de terror.

    Capítulo 3.

    Va al hospital a investigar, me agradó que la transificion no fuera tediosa ni aburrida, los pensamientos de esta chica todo lo que sucede desde que la enfermera la deja encerrada (que por cierto eso me desconcertó un poco, no sé si el momento en que la enfermera esa la encierra es parte de la alucinación o si en realidad lo hizo. Aunque eso último me parece algo improbable pues si se puso a gritar tanto para pedir que la sacaran y nadie lo hizo o nadie la escucho es algo bestia) hasta el momento en el que llega a la habitación con el muchacho ese, también me gustó bastante.

    Ambientas correctamente la escena y me haces sentir un poco de inquietud, el monstruo , la persecusión y el asesinato de la enfermera parecen una excelente combinación del Outlast y el Silent Hill.

    Ahora bien, mi opinión sobre el muchacho guapo y su extraña participación en todo esto, aun me parece dificil de digerir y entender, así que prefiero no comentar sobre eso ahorita..

    Sigo preguntandome, ¿por qué la besó? xD no es que esté en contra del romance y eso, pero ese beso se dio muy rapida e inesperadamente...Ya me esperaba algo entre ellos dos después de todo eso de que él ya la conocía y fue el que la había llamado hasta ese lugar, no me queda muy claro todavía, pienso que es demasiado extraño no termino de comprender quién es este muchacho y por qué tiene estas "habilidades".

    Aunque te la rifaste con su apariencia:p eso debo reconocertelo.



    Ahora bien, si tuviste algunos detalles técnicos que tengo que mencionarte, y es que tienes bastantitos errores ortográficos, se te van dedazos, te comes palabras, tienes ausencia de tildes, pones mayúsculas donde no deberías, abusas de los puntos y tienes problemas con los tiempos.

    Hubo varios errores que me espantaron, como un "quilos" en lugar de "kilos".

    Recuerda que las mayúsculas solo se utilizan al principo de una oración, después de un punto o en caso de un nombre propio... Noté varias veces en las que pusiste mayúscula después de los signos de interrogación o admiración. Lo cual no debe de hacerse a menos de que antes del signo haya un punto.

    Usas demasiado los puntos, intenta sustituir algunos por los puntos suspensivos o por un punto y coma. Dependiendo del párrafo.

    Ten cuidado con los acentos, en verdad te faltaron muchos, recuerda que la tilde debe ir en la sílaba tónica, lee el párrafo en voz alta y notarás donde deben ir.

    A veces conjugas mal las palabras, no hace falta explicarte de ésto, pues creo que podrás corregirlo fácilmente.


    Y eso sería todo, la verdad hasta ahora tu historia me gusta mucho, tiene un matiz de horror y suspenso que me encanta y como ya había dicho no es común ver historias de este genero tan bien hechas.
    Claro, tienes tus detalles en el aspecto ortográfico y gramátical pero saliendo de eso, esta todo excelente.
    No sé que opinen los demás lectores pero mi opinión es ésta y espero de verdad que sigas continuando tu historia. Al menos yo, seguiré pasandome por acá :).

    Saludos.
     
    Última edición: 16 Abril 2014
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    Rais

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    Buenas! Primero de todo gracias por comentar, cierto que es estimulante pero continuaré escribiendo guste o no guste :p

    Como has comentado, en los capítulos venideros intentaré mejorar mis problemas ortográficos y me tomare más tiempo en cada capítulo para enriquecer la lectura, puesto que muchas veces tengo dificultad en esos aspectos. Espero que para el siguiente haya progresado lo suficiente. Por cierto, el error de “quilo” viene de al escribirse en catalán así a veces tengo lapsus y me equivoco.

    En fin, otras cosas, hay muchos tributos o copias si lo prefieres llamar del género de terror (libros, películas, videojuegos, etc) raro es que no encuentres más jaja.

    Más cosas…no voy hablar del chico del hospital, es algo reservado para los siguientes capítulos. Sobre el romance, me gusta pero no será uno del tipo ñoño y típico, tendrá su razón de ser.

    Y no sé…decirte que disfrutes de la narración tanto como yo la escribo :)

    Saludos!!
     
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    Rais

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    Capítulo 4: Lilith, la primera mujer en la Tierra

    Estábamos los dos en un ascensor, reconocía aquel ascensor, lo había estado usando durante cuatro años seguidos todos los días, era el de mi bloque de pisos. Él, como no sabía su nombre no podía llamarlo de otra forma, me miraba de reojo y noté que el ascensor no se movía.

    Había algo extraño en esta situación… ¡claro! ¿cómo era posible que estuviéramos aquí? ni tan siquiera recordaba como habíamos llegado ni si pusimos un pie fuera del hospital.

    —¿Qué es esto?—inquirí muy inquieta, no saber qué era lo que estaba sucediendo siempre me descolocaba de mala manera.

    Él solo levanto una fina ceja interrogante.

    —Deberías de saberlo, nos encontramos en tu interior.

    —Ya sé que este es mi piso, espera, ¿Qué es eso de mi interior?

    De nuevo las cosas se ponían raras y mis pensamientos eran confusos y densos, poco a poco me adentraba en una espiral de incomprensión donde solo encontraba más preguntas sin respuesta.

    —¿No te acuerdas de cómo hemos llegado aquí, cierto? bien, déjame explicártelo. –en ese preciso instante apretó un botón del panel, justamente el número quince y el ascensor se puso en marcha.

    No dije nada hasta que después de un rato se paró en la planta indicada y los dos salimos del ascensor, él en un gesto teatral hizo una reverencia.

    —Bienvenida a tu mente, todos tus recuerdos se encuentran aquí.

    Todo eso sonaba un poco ridículo, a primera vista se trataba de un pasillo largo, antiguo de madera oscura, ligeramente polvorienta y mal iluminada pero nada fuera de lo normal, sin saber que hacer me rasqué la parte trasera del cuello mirando para todos lados menos a él que sonrío a mi incertidumbre.

    —¿Mi mente es mi piso? Lo siento, pero no tiene sentido.

    —Si lo piensas bien lo tiene y mucho. Los recuerdos capturan zonas de confort, lugares físicos donde te sientes a gusto o que simplemente te hayan marcado. A algunos se les manifiesta no sé, un colegio, un hospital, en tu caso el espacio donde más recuerdos y sentimientos has tenido desde que despertaste; el edificio en el cual vives actualmente –.Explicó y se dirigió a la ventana del pasillo, era muy grande y daban a la calle o eso pensaba yo-:mira.

    Miré a través de ella y se veía un patio de recreo, para ser precisos el patio de mi instituto pero lo extraño no era eso, allí estábamos Sarah, Melissa y yo jugando al voleibol, al parecer no era una memoria de este año, lo deducía por el corte de pelo de Sarah la cual lo llevaba un poco más largo en aquellos entonces.

    Me estaba viendo a mí misma jugando con mis amigas y sabía que esto era real, había sucedido. Empezaba a creer que ciertamente nos hallamos en mis recuerdos, casi escuchaba desde aquí las risas y los gritos de nosotras, bueno, de mi yo en los recuerdos.

    Estaba conmocionada esto era innegable, efectivamente estos eran mis recuerdos, estamos dentro de mi cabeza y eso me asustó de sobremanera.

    —¿Cómo es posible? no puede serlo.

    —Pero lo es—dijo su suave voz en mi oreja provocándome escalofríos. –en el mundo real, en el físico claro que esto sería impensable pero no nos encontramos en ese mundo, Alina. Ahora mismo tú yo físico se encuentra dormido en la habitación, yo te pedí que te durmieras así no sería tan chocante cuando esto pasase y bien, ¿Quieres continuar?

    ¿Quería seguir indagando en esta locura? si con eso conseguía averiguar de una vez por todas quién era yo, sí, lo haría a pesar del miedo.

    —Quiero continuar.

    Me guardaría mis dudas de si un humano podría hacer todo esto, contra más tiempo pasaba con él más me daba cuenta de lo anormal que era. No se podía negar que poseía ciertos poderes, él me envío aquí a través de los sueños y ahora esto, sin duda hasta el momento no había conocido a nadie capaz de tal hazaña, no obstante, también hasta hace poco mi vida era normal y no sufría de alucinaciones que me quitaban lentamente el juicio.

    Pero tampoco me iba a olvidar de él, sé que no me ha dicho todo lo que podría decirme y me ocultaba muchas cosas.

    —Eres una chica muy valiente, lo reconozco. Tienes mucho poder de adaptación—opinó mientras continuaba por el pasillo dejándome atrás.- muchas personas a esta altura…en fin, no suelen tomárselo bien.

    Eso me hacía preguntarme a cuantas personas había invadido su mente y con qué finalidad, no iba a preguntar todavía.

    —A partir de esta planta tenemos que ir subiendo por las escaleras, más adelante yace tu subconsciente, te advierto que es una zona peligrosa ya que está contaminada.

    —¿Qué quieres decir con contaminada?

    —Ahora mismo lo descubrirás.

    Sin hablar nada más continuamos por el pasillo hasta llegar a las escaleras para subir, estas no eran nada parecidas a las reales y mi boca se abrió en el espanto, el pie descalzo de él se estrelló en algo parecido a venas negras, que se posaban por toda la escalera, pared y techo, estas se petaron en su contacto dejando escapar una substancia líquida negruzca parecida al petróleo, su pie blanco en contraste con esa negrura era hipnotizador y asqueroso. La idea de tener que pisarlas y que se reventasen a mi paso era repugnante.

    —Puedes darme la mano si eso te calma.

    Habría dado la mano al mismísimo diablo si me la hubiera tendido, no estar sola ante una situación de pesadilla era mucho mejor sino estabas desamparada. Sin dudarlo dos segundos agarre su mano con fuerza, tanta que alguien con huesos más delicados crujirían, el frío tacto de sus manos era tranquilizador.

    Las primeras veces de pisar y estallar venillas en los escalones junto con su horripilante ruido era perturbador pero a medida que subíamos se convirtió en algo segundario, eso sí, no posaría mi piel desnuda al igual que él en esas cosas por nada del mundo.

    Al terminar de subir se extendía otro pasillo idéntico al de abajo, sólo que se encontraba lleno de esas venas como raíces de un árbol por todos lados. Él me indicó que deberíamos explorar las puertas a lo largo del pasillo, así obtendríamos algo de información de mi subconsciente, lamentablemente solo la última puerta del pasillo se abrió.

    Al parecer cada puerta era un recuerdo y muchos más de los que me gustarían estaban bloqueados, excepto la última. Se podía contemplar la habitación de un hospital, en la camilla se encontraba una yo más joven posiblemente dormida y en bata de hospital, era una visión muy nítida y la luz del sol entraba con claridad por la ventana, justo mirando por ella había una persona desconocida de espaldas. Era un hombre, muy alto, vestido con una larga gabardina negra y podría adivinar que era un tanto mayor por los mechones canosos que tenía en su pelo negro desaliñado. Era una imagen fija, no había gran movimiento excepto el de mi pecho subiendo y bajando, el tipo se dedicaba a mirar por la ventana, no hacía nada más. Supuse que era de mis tiempos en coma, antes de despertar hace casi cinco años.

    —No le reconozco, ¿quién es él?—pregunté en voz alta a nadie en particular. Quise entrar en el cuarto pero él me lo impidió presionando mi mano con algo más de fuerza de la debida.

    —No puedes interferir en tus recuerdos, el cerebro es un órgano muy delicado e interactuar puede traer secuelas físicas. –advirtió muy serio y cortante, sus ojos generalmente amables ahora eran oscuros en la amenaza. Me resultaba más aterradora su mirada que el lugar en sí.

    —Vale…—le dediqué una mirada de aprehensión y solté su mano de inmediato, lucía como una reprimenda de una madre a su hijo el cual se ha portado mal.

    Él al instante pareció arrepentido y volvió a sostenerme de la mano, esta vez con más gentileza, como con miedo a tocarme.

    —Lo siento, no quiero que nada malo te suceda.—giró su rostro de mi visión, si lo conociera más me aventuraría a decir que sus mejillas estaban rojas pero no lo podía saber con exactitud.

    Me sentí un poco culpable, a fin de cuentas lo estaba haciendo por mi seguridad.

    —Está bien no estoy enfadada—le sonreí brevemente y sin mucha convicción pero para él fue suficiente o eso me dejaba creer.

    Cerré la puerta aún con destellos de curiosidad y seguimos otra vez por las escaleras, según él el último piso a lo más hondo de mi inconsciente. Si este ya me parecía lo más semblante al infierno el que estaba por venir era mil veces peor, no eran ya las extrañas venas negras, todo estaba cubierto con algo semejante a la carne cuando se abre, llena de quistes que iban explotando supurando un pus blanquecino con un olor nauseabundo que me revolvía las entrañas, me compadecía de los pies de él. No había rastro de ventana alguna ni de puertas, salvo una.

    Podría haber sido una puerta del bloque cualquiera, de hecho estaba limpia, sino fuera por las gruesas cadenas y candados que hacían imposible abrirla. Justo en medio había dibujado un gran círculo lleno de dibujos y letras en un idioma que no conocía, era como un hechizo de esos que a Melissa tanto le fascinaban.

    —¿Qué es esto?—pregunté pasando con ligereza un dedo por uno de los muchos candados.—es imposible abrirlo.

    —Como yo temía, alguien ha bloqueado tus recuerdos. Es un hechizo muy poderoso, no ha podido hacerlo un humano.

    Me volteé en su dirección para mirarlo.

    —Entonces… ¿Quién?

    —Un demonio-respondió con prontitud— uno con mucho poder.

    Demonio, demonio, demonio, demonio. Esa palabra revoloteaba en mi cabeza como una mantra.

    —Estás diciendo que…

    No alcancé a terminar la frase porqué una mano atravesó de pronto el abdomen de él y alzó su cuerpo rezumando sangre como una fuente por encima de mi cabeza haciendo resbalar su cuerpo y empalándolo más con su brazo. Él todavía seguía vivo cuando lo lanzó contra la pared, con un agujero del tamaño de un puño en su estómago, todas sus tripas y vísceras esparciéndose por el lugar, vomitó sangre y se arrastró por el suelo hasta alcanzar mi tobillo que junto a mi cuerpo estaba inmovilizado.

    —¡Tienes que despertar, Alina, rápido!—gritó con urgencia y levantando la mirada pude ver al ser que le había mutilado.

    Lo reconocía o mejor dicho la reconocía, era la criatura que me acechó en el colegio y me hizo tirarme por la ventana, solo que en esta ocasión no estaba cubierta en sangre y sus ojos no eran completamente oscuros, sino que un bonito vestido la cubría de la desnudez y parecía una persona completamente normal, una excepcionalmente hermosa, todo hay que decirlo.

    Su cabello estaba limpio y era tan negro como el carbón, largo hasta las rodillas y se movía con vida propia ya que aquí no corría ni una brizna de aire, pensaría que era muy bella sino fuera por su expresión de maldad absoluta, ojos grandes y negros sin pizca de compasión y boca curvada en la más siniestra sonrisa, piel de alabastro y salpicada ahora en la sangre de él, su brazo izquierdo completamente rojo.

    En este instante creía en los demonios sin dudar.

    No contenta con haberlo atravesado con su brazo lo cogió del cabello y en lo que al principio lucía como un beso pasional en realidad con sus filosos dientes le arrancó la lengua de cuajo y lo escupió lejos con asco evidente. Yo grité en el horror más absoluto.

    —Estás más guapo callado.—su voz era lo más burlón que he escuchado nunca y él intentaba hablar pero penosamente solo conseguía balbucear atragantándose con su propia sangre. En cambio yo iba a vomitar hasta mi primera papilla, era con diferencia lo más gore que mis ojos han contemplado.

    Ella lo dejo en paz en su tortura y entonces se iba acercando lentamente con la gracilidad de una bailarina.

    —¿Qué vas hacer mi pequeña Alina? aquí no hay ventanas para arrojarte —río cruelmente mientras avanzaba y yo retrocedía a pasos agigantados sin perderla de vista, si quisiera ya estaría encima pero la idea de martirizarme le resultaría más atractiva.

    —¿Quién eres y que quieres de mí? —no tenía ni idea de dónde saqué el valor de articular tantas palabras seguidas temblando como estaba.

    Esa pregunta le agrado puesto que su expresión pasó de ser cínica y sarcástica a una de interés. Ahí fue cuando noté esa pringosa pared toparse con mi espalda, no había escapatoria posible.

    —Soy Lilith, la primera mujer en la Tierra, anterior a Eva. Reina indiscutible de los bebedores de sangre, súcubos e íncubos.—anunció con poderío y petulancia al tiempo que colocaba cada mano en la pared, encerrándome con su cuerpo. Tenerla tan cerca era abrumador y más viendo lo que le había hecho a él, que yacía en el suelo moribundo fuera de mi punto de vista.

    —Eres un demonio—dije sin creérmelo todavía.

    —No soy cualquier demonio, soy Lilith, grábate bien ese nombre en tu linda cabecita.—ordeno molesta ante mi acusación.

    —¿Pero por qué me haces todo esto?

    —Tienes algo que yo quiero y pronto lo conseguiré, no te preocupes volveremos a vernos pronto.—dijo sombríamente. En un veloz movimiento capturo mí muñeca—ahora, es tiempo de despertarse.

    En cuanto me soltó una quemazón comenzó en la muñeca y se extendía por todo el cuerpo, miré y las venas del brazo se marcaban contra mi piel y estas se tornaban negras. Se sentía horrible, me quemaba lentamente por dentro hasta que todas las venas de mi ser estaban negras, me abrasaban en un suplicio sin igual.

    —¡No! ¡Basta!

    Gritaba sin cesar en la línea del terror y el tormento, mis piernas cedieron y en una posición fetal caí al suelo, al retorcerme observe que las puntas de mis dedos se deshacían, eran cenizas. Literalmente me quemaba por dentro, paulinamente mi cuerpo se descomponía en cenizas que iban esparciéndose por el pasillo, hasta no quedar nada.





    Me desperté gritando y empapada en sudor, me encontraba en un estado físico lamentable y al segundo de incorporarme no pude evitar que mi barriga se apretara y la comida subiese disparada hacía mi boca, echando todo el desayuno sin reparos en el suelo. Las arcadas no amainaron hasta que sólo salía bilis, me limpié en la manga los restos de comida, una vez vacía me encontraba un poco menos mareada.

    —¿Te encuentras mejor?—una mano se posó en mi hombro afectuosamente y ante ese mínimo contacto boté al otro lado de la habitación.

    —¡No me toques!—chillé espantada al borde de las lágrimas y me deslice sin fuerzas en el suelo. –estás muerto…ella…Lilith te mató.

    Él se quedó unos segundos parado supongo que sin saber qué hacer en una situación así pero no tardó mucho en rodearme con sus brazos y acunarme en ellos sin llegar francamente a tocarme en su plenitud, pero era suficiente. Lloré todo lo silenciosa que pude pero de todas formas llené su impecable camisa de mis lágrimas y otras cosas menos agradables.

    —Ella quiere controlarte Alina, quiere volverte loca para hacerte débil y vulnerable y de esa forma poseerte. Ese es el propósito de todas tus alucinaciones y pesadillas. —expuso acariciándome el pelo con dulzura en un vago intento de apaciguarme, cosa que agradecía de todas formas.

    —No lo entiendo…no soy más que una chica común. —susurré desganada en su cuello provocándole tener la piel de gallina.

    —No estés tan segura, parte de tus recuerdos los tiene bloqueados ella por un hechizo muy potente, eso nos indica que quiere algo que tú no sabes que posees y te lo quiere ocultar.

    Estuvimos en rato así, yo derrumbada y él abrazándome con infinita paciencia. No lograba pensar en nada, todo esto…era demasiado para una chica de dieciséis años que apenas sabe nada de la vida, de un día, no, miento, de unas horas a otras había descubierto de la existencias de seres del inframundo e indagando en mi propio subconsciente, cosa que acabó de forma estrepitosa y brutal.

    —Tú no eres humano, ¿verdad? —solté abruptamente y sin pensar.

    Él se separó y su rostro era severo, no había rastro de la amabilidad antes vista.

    —No.—contestó secamente—sin embargo tampoco estoy seguro de lo que soy, mis memorias están bloqueadas como las tuyas.

    Me estremecí lentamente y con disimulo me alejé de sus brazos sin mirarle a la cara.

    —¿Eres cómo ella?—no quise decir su nombre pero estaba claro a quién me refería.

    No dijo palabra por un largo rato, apabullada por el inquietante silencio me digne a mirarle, cosa que preferí no haberlo hecho pero era demasiado tarde.

    Aunque su cara era la misma con una expresión imposible de definir, entre la tristeza y el aborrecimiento, eran sus ojos los que han cambiado, ya no eran de un precioso verde jade, sino su iris era de un rojo vino muy intenso y lo que debía de ser el blanco de ojo se teñía de un negro cetrino. No eran los ojos de un humano en absoluto, eran los ojos de un demonio al igual que Lilith.

    No podía seguir aquí ni un minuto más, he traspasado totalmente mis expectativas al venir, me era imposible digerir todo lo ocurrido y estar con él no ayudaba en nada. Necesitaba salir y estar con Nadie, le explicaría todo lo sucedido a riesgo de que piense que he perdido mi cordura, cosa muy posible en estos momentos.

    —Dios mío…

    No logré evitar decirlo, después de todo lo que he vivido mis modales se esfumaron, observar esa mirada del averno era casi como ver al hijo del diablo renacido y yo no podía soportarlo más.

    Tanta muerte, tanta sangre, tanta locura…

    —No tienes porqué asustarte, Alina.—musitó agitado, temiendo perderme como yo comencé alejarme de su presencia.—yo nunca te haría daño.

    Pero yo ya no podía creerme nada de lo que dijera aun habiéndolo visto empalado y con las tripas fuera en mi subconsciente para ayudarme, él a fin de cuentas era un demonio, un ser sin piedad y con inmenso poder, era igual que Lilith, esa diablesa que me ha estado atormentando con horribles pesadillas, que mancillaban mi mente y bloqueaba mis recuerdos para poder poseerme.

    Incluso en su promesa tranquilizadora yo tan veloz como pude abrí la puerta que daba al pasillo y corrí.

    Desde la habitación le escuché gritar:

    —¡No importa dónde te escondas, volveré a encontrarte!

    Ignoré su comentario o su amenaza y sin prisa pero sin pausa continué corriendo, escapando de este maldito lugar. El hospital ahora era como el del principio, lleno de luz, impecable y sin sangre y monstruos tenebrosos deambulando por los pasillos. Tardé un rato en encontrar la entrada ya que ahora todas las puertas estaban abiertas y me daban más de una opción para avanzar.

    Al llegar a recepción observé a la chica que me había atendido junto con la enfermera rubia que en la alucinación moría de la forma más atroz y cruel, suspiré con alivio al darme cuenta de que se encontraba sana y salva hasta que se percató de mi presencia.

    —¡Eh, espera!

    Para ser sincera no me apetecía dar explicaciones de lo que hubiera pasado mientras yo alucinaba, asique me fui dando grandes zancadas con mis no muy largas piernas hasta la puerta principal que para mí dicha estaba abierta.

    Caminé ya más tranquila hasta la parada del bus, no tenía ni idea de la hora puesto que mi móvil se había quedado atrás, en el asilo mental el cual no pensaba volver a poner un pie nunca más. En el trayecto de vuelta a casa ya tendría tiempo para suavizar la situación con Nadie.

    Me preguntaba si ella me creería o por el contrario me encerraría ella misma en este hospital, durante todo el tiempo que hemos estado juntas me ha apoyado en todo de manera incondicional, muchas veces incluso cuando no tenía razón. Nadie era increíblemente protectora y celosa de su intimidad, pero sólo la tenía a ella en este mundo, era la única en la que podía confiar.

    El bus no tardó mucho en aparecer o a lo mejor rumiando en mis cosas el tiempo pasó más deprisa, no podría decirlo con exactitud pero me sentí muy aliviada de alejarme del “Parque de la Salud”. En el autobús indicada la hora, eran exactamente las cuatro y cuarto del mediodía, al darme cuenta de lo tarde que era empalidecí, lo más seguro es que Nadie estaría a punto de llegar a casa y al no encontrarme no me quería ni imaginar lo que le rondaría por la cabeza, sin incluimos que no puedo contestar al móvil creamos un mezcla explosiva de nervios, no dudaba en que era capaz de llamar a la policía.

    Mi estómago volvía a sacudirse en la inquietud, estaba segura que si no hubiera vomitado anteriormente lo echaría todo aquí mismo. No quería volver a pensar en lo sucedido pero me era inevitable, aún no aceptaba la magnitud de lo que ocurría y me temía para mi desdicha, tan solo era el principio de un largo camino de desgracia que se abría ante mí.

    El viaje de vuelta fue un martirio, nunca antes me he sentido tan vulnerable y expuesta, contemplar lo que había dentro de mi cabeza era digno de una novela de Stephen King o del mismísimo infierno que Dante una vez describió, pero lo que más me hacía estremecer era Lilith, me sobrecogía pensando que algún día yo cedería por el miedo y ella reinaría sobre mí. Pero francamente, ¿Qué es lo que quería? Yo no tenía nada de su interés o al menos eso pensaba, quizás después de todo sí que mis recuerdos escondían algo más macabro de lo que llegué a pensar todos estos años, ahora, ya no estaba tan segura de querer saberlo.

    Casi no me di cuenta al llegar a mi parada pero por suerte logré bajar antes de que las puertas se cerraran, mientras me dirigía a mi casa tragué saliva ordenando mis pensamientos para decírselos a Nadie. El edificio gracias a dios estaba todo como debería de estar, nada de venas negras ni paredes que parecían cubiertas de carne podrida supurando liquido blanco, dudé un instante al entrar al ascensor pero interiormente pensé que una tontería asustarme de eso.

    Al arribar a mi planta me di cuenta de que algo raro pasaba, justo en el portal estaba llena de cintas amarillas rodeándola e inhabilitando el paso, como las cintas que ponían la policía cuando un asesinato o por el estilo ha sucedido, eso me asustó de sobremanera y corrí a ver qué ocurría.

    La puerta estaba abierta y dentro se encontraba una persona, era una mujer menuda, no más alta que yo y estaba de espaldas hablando por teléfono, por lo visto aún no se había percatado de que había entrado y escuchaba a la perfección su conversación, debía de ser más silenciosa de lo que me imaginaba.

    —Sí jefe, él nos llamó—dijo una voz demasiado dulce y aguda—no creo que tarde en llegar, Mikael se está ocupando de Nadie.

    ¿Ocupando de Nadie? ¿Son asesinos a suelo acaso? entonces pensé que lo mejor era marcharse cuanto antes pero esta vez no tuve tanta suerte y la chica me oyó.

    —¡Espera, por favor! ¿Eres Alina no?—preguntó inútilmente pues yo ya corría fuera del piso sin tener cuidado de las cintas las cuales se rompían a mi paso, la mujer intentó hacer lo mismo pero torpemente se tropezó con sus propios pies y se estampó contra el piso estrepitosamente, en otras circunstancias le habría ayudado a levantarse y preguntar si se encontraba bien, pero al ver que de su cinturón sacaba una pequeña pistola seguir corriendo era la mejor opción.

    —¡No me obligues a usarla!

    —¡Déjame en paz!

    Habría conseguido mi objetivo de alcanzar el ascensor y huir sino fuera porque al llegar se abrió dejando ver a un hombre de color, de unos dos metros diez y tan musculoso y mazado que prácticamente se tenía que encoger para salir del ascensor, su sola presencia era suficiente para hacerme parar de golpe.

    —¡Mikael no la dejes escapar!—chilló la chica rubia sosteniendo el arma apuntándome, pero pude notar que sus manos temblaban.

    Estaba atrapada, todas las salidas obstruidas por estos dos, las escaleras por la chica del arma y el ascensor por ese hombre gigantesco. Intenté jugármela y pensar que contra más brusco más lento sería el tipo, además de que era lo suficientemente pequeña para caber entre el hueco de sus piernas, sin más en un sprint trate de resbalar por el suelo y con éxito pasé entre sus piernas, supongo que el factor sorpresa hizo mucho.

    Por desgracia antes de llegar a la puerta abierta del ascensor noté algo en la parte baja de la espada, dos electrodos que los unían a una pistola taser. Antes de darme cuenta todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo se contrajeron en el dolor y mi visión se puso blanca, unos brazos fuertes fue lo último que sentí antes de caer en la inconsciencia.
     
    Última edición: 19 Abril 2014
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    MidnightMoon

    MidnightMoon Entusiasta

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    Saludos.
    En realidad luego soy algo perezoso para leer por internet, tus capítulos son largos y por lo tanto un poco pesados así que no planeaba leerlo, pero leí el comentario de Nightfall y bueno...
    Tu historia es muy buena, tu narración es excelente. Instruyes a los personajes de manera detallada, pero no molesta; los eventos los vas describiendo bien; y los escenarios los haces totalmente reconocibles.
    Los primeros dos capítulos y una parte del tercero, me encantaron; el resto, sólo me gustó. Aunque no es porque fuese malo, sino lo que cuentas ya es diferente de lo que esperaba, sin embargo, espero me sorprendas más adelante.
    A mí también me dio curiosidad el hecho de llamar "Nadie" a la madre, al principio pensé que fue una falta de ortografía, pero luego me di cuenta que no era así.

    Ahora bien, tienes varios problemas técnicos que es importante resaltar.
    Antes que nada, hay muchos errores que sólo dándole una leída lograrás corregir, como faltas de letras, algunas tildes que se te pasaron y cosa así.
    Por otro lado, gramáticamente te faltan algunos signos de puntuación en unas oraciones.

    Pero fuera de eso vamos con el resto de las anotaciones:
    -> Cuando cierres comillas y haya un punto antes de las comillas, debería de ir después, lo comento por el prólogo: "250 incensarios en total. Tú también, y Aarón, presentad cada uno vuestro incensario.»", el punto en incensario debería de ir luego de las comillas.

    -> Debes de tener cuidado con el uso de las comas, principalmente presta atención en los vocativos, te recomiendo este enlace de la UAM, lo siento bien estructurado y sencillo, otro son las interjecciones, que creo no vienen en el primer enlace, pero que puedes ver en el DPD.

    ->Algo muy importante es la estructura de los diálogos, al menos en el último capítulo ya estás usando a raya, pero esto no se queda ahí, sino que debes de aprender a estructurar con los signos de puntuación correctos, esto lo puedes ver en el DPD, en el inciso 2.4.
    Un ejemplo de esto es en esta oración: "—Sí jefe, él nos llamó—dijo una voz demasiado dulce y aguda—no creo que tarde en llegar, Mikael se está ocupando de Nadie.", que debería ser así: "—Sí, jefe, él nos llamó —dijo una voz demasiado dulce y aguda—, no creo que tarde en llegar, Mikael se está ocupando de Nadie.", fíjate en los espacios y signos de puntuación adyacentes a las rayas.
    En esto mismo puedo mencionar que cuando dos diálogos del mismo personaje vengan seguidos y no haya una línea en medio, ya sea otro diálogo o una narración, deben de ir ambos diálogos en la misma línea.

    ->Otro aspecto es que tu narras en pasado, pero de repente cambias a presente en algunas oraciones, un ejemplo es la siguiente: "Digo que parece menor de lo que es ya que también era la más bajita de la clase, no medirá más de 1.55cm.", aquí el problema es "parece" que debería ser "parecía".

    -> Tienes algunos problemas con el uso de las mayúsculas, principalmente en lo adyacente a signos de interrogación o admiración. Revisa este apartado del DPD que lo explica más detalladamente.
    Un ejemplo de esto es esta oración: "Alina, ¿Cómo es eso de no tener recuerdos de tu infancia?", donde el "Cómo" debería ser en minúscula, por la coma que lo antecede.
    Otro en este detalle son las preguntas consecutivas, ya que cuando las separas por comas, cada pregunta inicia en minúscula: "¿Es un pájaro?, ¿es un avión?", por poner un burdo ejemplo. Esto en particular lo puedes ver en el siguiente apartado del DPD, en el punto 2.f.

    -> Tus puntos suspensivos deben de ser seguidos por un espacio, y tú los pones pegados a ambas palabras.

    -> Una recomendación personal que creo es lo más correcto, los mensajes de texto ponlos entre comillas en lugar de iniciarlos con guion o raya.

    Hay un par de cosas más, pero esto es lo más importante. Recuerda, el DPD será uno de tus mayores amigos. De cualquiera manera, cualquier duda, me la puedes comentar en mi perfil, en una conversación o por aquí.
    Sigue así.
    Nos estamos leyendo.
     
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    Rais

    Rais Iniciado

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    7
     
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    Capítulo 5: Cuna de Cuervos.

    —El número que ha marcado se encuentra fuera de servicio.

    Por décimo quinta vez aquella mañana, maldije para mis adentros y con impotencia me guardé el teléfono móvil en el bolsillo trasero de mi pantalón. Habían pasado tan sólo tres horas desde que me marché de casa a trabajar y ya me encontraba con los nervios a flor de piel, mi corazón latiendo en un presentimiento extraño. Un presentimiento que poseía desde niña y que, por desgracia, nunca fallaba.

    Mi pequeña y obediente Alina no contestaba al puñetero teléfono, ni tan siquiera al fijo y eso viniendo de ella, que era tan dócil a todo lo que le ordenaba era inquietante, me perturbaba en la ciénaga brumosa de mis pensamientos.

    Anteriormente ya le fallé como madre, había permitido que padeciera las consecuencias de mi imprudencia y eso le había costado tanto dolor físico como emocional…que era realmente el que me hacía sufrir. Con el tiempo sé que el dolor del cuerpo, se cura, sin embargo si las secuelas emocionales profundizaban acoplándose cual raíz en tu interior…el daño podría ser irreparable.

    Si algo como la última vez le pasó, yo no dudaría en tomar medidas drásticas e inclusive romper promesas que había jurado no romper. Me llevaría a Alina lejos de aquí a un lugar dónde no pudieran hacerle daño.

    Al fin y al cabo, ella era lo único que me enlazaba con Bill.

    Aparté esos pensamientos de la cabeza en cuanto vinieron, ahora tenía que concentrarme en mi hija, ella me necesitaba tanto como yo a ella.

    Me importaba un carajo si me echaban de la carnicería por faltar tanto, no iba a consentir que nada me alejase de proteger a Alina.

    Sin decirle nada a Alex, mi ayudante, el cual no sabía dónde se encontraba en este momento, que tampoco me podría importar menos. Cogí mis cosas y me dirigí hacía la gran cámara frigorífica, a dejar los cuchillos y unos trozos de carne recién llegados para congelar.

    Si fuera una persona más melindrosa, seguramente este lugar me causaría pavor, lleno de trozos de distintos animales colgados, destripados y despellejados, pero yo a mi mediana edad era una mujer que ha recorrido mucho mundo y visto demasiadas cosas que no debería ver, que me han hecho ser cínica y un tanto insensible. No había muchas cosas que me produjeran asco o me arrugasen la boca en repulsión. La sangre y las tripas eran el día a día para mí, por desgracia, desde mi más tierna infancia.

    Además, yo era una ávida espadachín y trabajar de carnicera, cortando carne con filosos cuchillos me venía como anillo al dedo.

    Colocando grandes pedazos de carne en sus respectivos ganchos, me golpeó un fuerte dolor de cabeza de tal forma que parecía que un garrote se estrelló contra el cogote.

    —Mierda…—resoplé. Cerré los ojos con el cuerpo tambaleándose por el estruendo en mi cabeza. Notaba como la sangre por mi nariz se escurría hasta llegar a los labios, donde el sabor metálico inundó mi paladar.

    Sabía que era esto, no era la primera vez que me ocurría y por desgracia sospechaba que tampoco la última. Por eso me resistía tanto a no cerrar los párpados.

    Cuando el dolor amainó y pude por fin abrir los ojos, la cámara frigorífica había sufrido cambios no muy alentadores. En los ganchos no colgaban vacas ni cerdos, sino torsos humanos, partes del cuerpo: brazos, piernas, entre otras partes menos agradables a la vista. Todos sin piel alguna y rezumando sangre en el suelo, que se encontraba empapado, como pieza central de la habitación un cuerpo entero, al parecer humano colgado del revés, desnudo y con la garganta abierta causando un río de sangre cayendo profusamente en un cubo debajo suyo, llenándolo en un asombroso mar negruzco. Olía tan fuerte a cadáver que mi estómago se revolvía en náuseas. Jodidas alucinaciones sensoriales.

    Miré con escepticismo cada rincón del cuarto, esperando el momento en el cual algún cabrón infernal clavase sus garras en mí, haciéndome pedazos, reduciéndome a las cosas que estaban colgadas por toda la cámara.

    —Muy bien, cabrón—.Mascullé abalanzándome sobre el gran cuchillo que había dejado momentos antes—.Muéstrate.

    Antes de acabar de pronunciar la frase, la persona que menos pensaba que aparecería, dio acto de presencia. No pude, a decir verdad, no quise evitar la tremebunda risa que salió directamente de mi caja torácica.

    Alex, también se río conmigo.

    —Ay, mi pobrecita Nadie.—Dijo con una sonrisa pérfida, una que nunca había visto de él jamás—.No me puedo creer que no te dieses cuenta, antes eras una gran cazadora y ahora no puedes distinguir a uno ni a dos palmos de tus narices. Das lástima.

    Su mirada era absolutamente oscura y de su frente surgían dos grandes cuernos de chivo, retorcidos hacía atrás. Era un demonio común, no demasiado poderoso, a las órdenes de otro con más influencia, aun así tenía la suficiente fuerza para poder camuflar su verdadera identidad.

    No tenía miedo por mi vida, he estado entrenando todos los días desde que tenía trece años para combatir este tipo de situaciones, por el contrario, mi mente estaba con Alina todo el tiempo. Ahora todo encajaba, alguien, por no decir un jodido demonio, quería tener controlada la rutina de las dos. Por eso Alex preguntaba constantemente por ella, y yo idiota y sobreprotectora que era, pensaba que tenía algún interés romántico en mi hija. Que estúpida he sido.

    —¿Quién es tú superior?—pregunté, sin inmutarme de su burla anterior. El menosprecio por los humanos y los seres de la noche iban cogidos de la mano, con el tiempo he aprendido a no dejarme provocar por mi pasional temperamento.

    Él sólo se encogió de hombros, restándole importancia.

    —Ah, tú la conoces bien. Es una vieja amiga tuya.

    —No te andes con chiquitas, dímelo o no me quedará otra que cortarte la cabeza y prenderle fuego, así no podrás resucitar de ninguna manera posible.

    Hice un gesto con el cuchillo, aparentando rebanándole el cuello. Alex sonrió ante esto.

    —Me temo que no puedo complacerte, me han dado órdenes de aniquilarte—. Se lamentó con un ademán de disculpa—. Si no te mato sí que me rebanaran el cuello y le prenderán fuego a mi cabeza, además de torturarme hasta el fin de los tiempos.

    Dicho esto, con sus punzantes uñas se rajó las venas y untándoselas en su sangre de sus dedos dibujó rápidamente algo en el suelo; un hechizo de invocación.

    —Supongo que esta es la última vez que nos vemos, Nadie. Te dejo con un buen amigo—dijo él, entonces se fue por las cortinas de plástico no sin antes decir— disfrutaré de la inocencia de tu supuesta hija antes de matarla.

    —¡Hijo de puta!—grité intentando alcanzarlo queriendo borrar esa sonrisa de la cara a golpes, pero inmediatamente del dibujo en el suelo una mano grotesca empezó a surgir y con ella, un martillo lleno de clavos tan grandes que en un solo golpe podría abrir mi cráneo en dos, tal como un cascanueces.

    Poco a poco se iba mostrando a un ser infernal de no menos de dos metros, robusto cual piedra, de piel grisácea con las venas muy marcadas e irónicamente vestido con un delantal sucio de carnicero, su rostro era inescrutable ya que una bolsa de tela adusta lo cubría, pero sí se podía ver que había clavos como los de su martillo incrustados alrededor de su cabeza.

    No era un demonio con el cual se pueda hablar o negociar, estaba invocado para un único e irrevocable propósito: matarme.

    No sé cómo podía ver con ese saco tapándole los ojos, pero si no hubiese sido por mis reflejos felinos su gigantesco martillo hubiera impactado sobre mi cuerpo, seguramente quebrándolo en mil pedacitos, por el contrario, colisionó contra una mesa metálica la cual se abolló hasta romperse.

    Estaba claro que a fuerza bruta no le podría ganar, tenía que hacer acopio de mi inteligencia y agilidad aprovechando el entorno o acabaría chafada como un tubo de dentífrico.

    Su poder era brutal, pero yo era más rápida y ágil y no me costó mucho esquivar sus bruscos movimientos y enterrarle el cuchillo que aún conservaba en su hombro. El demonio aulló dejando caer el martillo en el suelo causando un gran estruendo, mi intención era volver a coger el cuchillo ya que era la única arma que podría hacerle algún daño, pero él con su brazo libre me asesto un impetuoso revés que me mando al otro lado de la habitación.

    Punzadas eléctricas recorrían todo mi ser nublándome la vista, dejándome a merced de ese monstruo. Tenía la terrible sensación de que había fracturado todas las vértebras de la columna vertebral, mi boca se abrió para soltar un buen chorro de sangre.

    Mis venas hervían en impotencia, no iba a morir a causa de esta…cosa.

    Desesperadamente trate de moverme al menos un centímetro, pero me era imposible hacer algo excepto observar como esa masa enorme con sed de sangre iba avanzando hacia mí con tenebrosas intenciones.

    Alzó el martillo y yo sólo pensaba en cómo le había fallado a Alina, a…Bill.

    Cerré los ojos esperando lo inevitable, no quería que lo último que viese fueran mis sesos desparramados.

    Entonces un ruido seco sonó y tras unos vacilantes segundos me atreví a abrir los ojos. En el centro del pecho del demonio había un gran hueco, del tamaño de un puño, posteriormente se iba consumiendo en cenizas esparciéndose al son del viento hasta no quedar nada, incluso los cadáveres mutilados se esfumaron dejando la cámara frigorífica tal y como estaba.

    A excepción de un negro descomunal con una sonrisa marcada en su rostro descarado.

    —Tú…nunca he estado tan contenta de verte como en este momento, Mikael—dije, al instante de ese esfuerzo mi boca soltó otro chorro de líquido carmesí—. Ayúdame, joder…estoy hecha mierda.

    Su pistola aún echaba humo y con un soplido la esparció, guardándosela en el acto.

    —¿Así es cómo me agradeces que te haya salvado la vida?—inquirió. Apresurándose inspeccionó que tuviera heridas graves o insalvables, al parecer, hoy no iba a morir—.Tienes un feo moretón en la espalda…pero no creo que te vayas al otro barrio por eso.

    Me cogió entre sus fuertes brazos y me sacó por la puerta trasera, que la gente me viera cubierta de sangre no era la mejor de las ideas.

    —Que humillante, salvada por un hombre.—Dije. Mikael me llevo hasta un coche bastante antiguo y destartalado y con toda la delicadeza de su enorme cuerpo me dejo en el asiento del copiloto.

    Me incorporé un poco para ponerme cómoda, intentando no tocar mucho mi atrofiada espalda con el respaldo del sillón.

    —¿Cómo sabías que me encontraba en peligro?

    Fui directa al grano, conocía a Mikael desde hace demasiado tiempo como para andarme con sutilezas.

    —Tenemos a Alina en un lugar seguro…al parecer Lilith la estaba acosando y supusimos, bueno Hugo lo hizo, que estarías en apuros tú también.

    Ni un solo aliento se atrevió a escaparse de mis pulmones ante la mención de Lilith.

    Se repetía la historia, otra vez.




    Me desperté con todos los músculos de mi longitud quejándose con el más mínimo movimiento, incluso los parpados temblaron al abrirse y aceptar la punzante luz que como una flecha penetraba en mis pupilas. Por otro lado, me encontraba tumbada en una cama muy blandita y confortable, por unos instantes sólo quería estar tranquilamente adormilada, pero como no, los pensamientos se arremolinaban en mi mente cual tempestad.

    Me aposenté en una posición semisentada con mis ojos ya acostumbrados a la luz del cuarto. Era medianamente espaciosa, más grande que mi propia habitación y singularmente menos decorada que la mía, una cama grande, una silla al lado y un armario, nada más adornaba la sala, pero lo más peculiar de todo era que desde el suelo al techo había azulejos blancos dejándolo todo de un blanco inmaculado. Me ponía los pelos de punta, ni siquiera había ventanas y una puerta sin mango como única escapatoria.

    Traté de levantarme a investigar, un montón de dudas me asaltaban. Lo último que recuerdo era un gran hombre negro apuntándome con una taser…y acto seguido me desmayé. Me preguntaba si esa extraña gente me había secuestrado…pero no estaba amarrada a la cama ni nada parecido, tenía libre albedrío por lo visto o eso imaginaba, pero no importa que tan inofensiva sea una jaula si te mantenía encerrada de todas formas.

    Enseguida la imagen de Nadie me asaltó, ¿estaría ella a salvo o por el contrario encontró un destino igual al mío?

    No me dio a meditar mucho más cuándo escuché la puerta abrirse.

    Con una bandeja de comida en sus manos y traje de tubo negro, la misma chica rubia que tiempo atrás me había apuntado con una pistola con la intención de dispararme, ahora, una mirada comprensiva adornaba sus ojos color miel.

    Le dediqué un examen aprensivo, por supuesto que no confiaba en ella, aunque no había hecho ademán de atacarla y salir huyendo, esa opción estaba muy presente. La mujer, sin embargo, dejo la bandeja en la silla cercana y con paciencia esperó a que preguntara algo.

    —¿Dónde estoy? ¿quién es usted?

    Esa pregunta ya quemaba en mis labios de haberla hecho tantas veces en tan limitado tiempo.

    —No tienes que preocuparte, estás a salvo aquí-explicó—. Me llamo Daniel, soy amiga de tu madre.

    Todo esto lo dijo con una suave sonrisa, pero yo no podía darme el lujo de acabar de creérmelo, por mucha apariencia de chica amable y dulce que lucía, después de todo lo ocurrido mi ingenuidad había sido disipada a golpes, algunos literales.

    La inspeccioné un poco más, era menuda y delgada aunque sospechaba que debía estar alrededor de los treinta, no aparentaba más de veinticinco. Cabello corto rubio y cara aniñada, me recordaba tanto a Sarah que quería me hacía estremecer, no iba a poder desconfiar mucho rato más si me recordaba a mi preciada amiga.

    —Deberías comer algo-sugirió Daniel—. Te ves cansada y hambrienta.

    —No tengo hambre—. No mentí, la verdad es que mi estómago se cerró y la idea de ingerir algo me revolvía las entrañas—. Quiero ver a Nadie.

    Nadie era mi único pilar de estabilidad ahora mismo y me moría de ganas por verla. De saber que estaba bien.

    Daniel suspiró con resignación y dijo:

    —Mikael, el hombre que…bueno, te aplacó, está velando por Nadie en estos momentos. No creo que tardes mucho en verla, de momento me gustaría que te alimentaras un poco.

    Sin muchas ganas, me senté de nuevo en la cama y agarré el plato de sopa humeante y me lo tragué con esfuerzo. La verdad sea dicha, la comida era buena y siendo la chica de buen comer que era yo no me gustaba dejar nada en el plato, asique me lo comí todo.

    Ella sonrío ante eso y retiró la bandeja, cuando volvió la avasallé a preguntas. Quizás mi fatídica excursión al manicomio no había resultado en vano, o sí.

    —¿De qué conoces a mi madre?—pregunté—.Sé muy poco de ella, sólo que nació en algún desierto de México y que roda sobre los treinta y ocho, a veces dudo incluso de que se llame Nadie.

    Daniel bajo los ojos con tristeza y se sentó en la silla.

    —Es verdad, siempre ha sido muy misteriosa. Si he de serte sincera, no sé mucho más que tú—confesó—. En el pasado, trabajamos juntas en algunos casos, ella era muy popular, pero un día sin más desapareció y no volví a saber de ella en muchos años.

    Fruncí el ceño en confusión.

    —¿De qué trabajabais?

    Entonces noté como se frotaba las manos, pensativa.

    —Bueno, verás, a estas alturas ya debes de saber de la existencia de los…demonios, seres sobrenaturales de naturaleza maligna ¿no?—interrogó, cuando asentí ligeramente con la cabeza, continuó—. Nosotras nos encargábamos de mantener un orden, un equilibrio con los demonios. No son gente con la que se pueda negociar normalmente y en muchas ocasiones teníamos que tomar medidas drásticas.

    Parpadeé en la incomprensión y Daniel aclaró:

    —Los asesinábamos.

    Mi corazón dejó de latir y la sangre en mis venas se heló.

    Esta era la verdad, la que yo desesperadamente quería saber a cualquier precio. Nadie, mi madre adoptiva, a quién quería más que a mi vida misma en el pasado había sido una asesina. Quería llorar ante esa revelación.

    Daniel al verme enseguida posó con gentileza su mano en la mía.

    —Alina, puede parecer algo horrible, pero créeme, no lo es. Tú misma de primera mano sabes lo crueles y retorcidos que pueden llegar a ser y ni siquiera has visto toda su maldad. Si no creáramos unos límites, el mundo sucumbiría al caos y la perversidad, es necesario. Nadie hizo un gran bien a la humanidad.

    —Pero…asesinar…no está bien.

    Sólo lograba murmurar entre los miles de pensamientos que revoloteaban, ya no sabía que pensar de todo esto. Suponía que Daniel tenía razón…aun así, la idea de que mi madre haya asesinado se clavaba en mi pecho como un puñal, a pesar de que hayan sido demonios pérfidos como Lilith…era una verdad dolorosa.

    —Yo de más joven pensaba igual, pensar en matar a alguien por muy corrupto que fuera me repugnaba, pero no pienses que es mala, ella te quiere muchísimo, incluso cuando no tenía por qué ella te adopto y cuidó de ti como si fueras sangre de su sangre.

    Un par de lágrimas rodaron por mis mejillas y Daniel cándidamente me las secó. Era cierto lo que decía, si no fuera por ella me preguntaba qué sería de mí. Soportó todas las pesadillas y me educó, se partió el lomo trabajando para poner un plato en la mesa cada día, era todo eso y mucho, mucho más. Entonces, ¿qué importaba lo que hubiese sido en el pasado?

    Nadie sería siempre mi madre, no importa qué.

    Hablando del rey de Roma, Nadie entró en la habitación y con rapidez me abrazó en un abrazo de oso que hizo crujir mi espalda, acto seguido se apartó y me dio una bofetada.

    Me toqué la mejilla aun picándome en un fuego ardiente. Jamás Nadie me había pegado, el silencio era atronador en la sala hasta que ella habló:

    —¿Cómo te atreves a hacerme esto?-preguntó. Sus bonitos ojos negros destellando en rabia—. Pensé que te había ocurrido algo o peor aún; que estabas muerta.

    En seguida la culpabilidad llegó a mí. Por supuesto, tenía toda la razón del mundo, no había sopesado para nada sus sentimientos, lo que hice era una locura y una temeridad pero…aunque le duela, no me arrepiento de haberlo hecho. Notaba que estaba más cerca de la verdad que nunca.

    —Lo siento—dije con sinceridad.

    Al parecer, Daniel se había ido al llegar mi madre dejándonos solas.

    Supuse que las lágrimas contenidas en mis ojos hicieron que Nadie se compadeciera de mí, ya que antes de darme cuenta sus brazos volvían a rodearme, esta vez, de una forma más maternal. Acunándome.

    También por primera vez, vi llorar a Nadie y eso sí que me hacía temblar en remordimientos.

    Hasta pasar unos buenos minutos largos no paró de llorar en silencio. Que irónico encontraba todo esto, ahora yo era su pilar y yo era quién secaba sus lágrimas, ella la cual siempre decía que llorar era sinónimo de debilidad y que no importa cuán dolida estés…debías empujar el dolor por debajo de las rodillas, hasta que pudieses andar sobre él.

    Ahora estaba llorando por mí.

    Cuando se calmó y se apartó, enseguida se limpió todo resto de lágrimas que pudiesen haberla delatado.

    —Muy bien, señorita. Ahora explícame porqué te has fugado de casa.

    Le expliqué todo con pelos y señales desde el principio: los misteriosos sueños del hospital psiquiátrico, las terribles alucinaciones en su estancia, el extraño muchacho (que ahora sabía con certeza que era un demonio) y nuestras asombrosas similitudes, el paseo que hicimos los dos por mi contaminado subconsciente y por ultimo nuestro encuentro con la súcubo Lilith.

    Al escuchar su nombre se tensó y maldijo por lo bajo.

    —Nadie…-empecé dubitativa—. Sé de tu pasado. Daniel me dijo algunas cosas.

    —Esa bocazas... ¿qué te dijo?

    —Bien, pues, hace algunos años trabajasteis juntas exterminando demonios y que un día sin más desapareciste, hasta hace no mucho no supo nada de ti.

    Sus puños se apretaron al punto de quedar sus nudillos blancos. Toda la vulnerabilidad que presencié minutos antes se esfumó, volvía a ser la Nadie de siempre: celosa de su intimidad y retraída.

    —Yo no quiero que sepas nada de mi pasado, Alina—. Murmuró solemnemente—. Allí solo hay desgracia y tormento. He intentado con todas mis fuerzas salvarte de una vida así; llena de demonios, pero al parecer te han encontrado antes de que pueda impedirlo.

    —Nadie, necesito que me expliques todo lo que sepas de mi pasado. Ya no puedes seguir ocultándomelo.

    —Está bien, lo haré, pero no aquí. No es un lugar seguro.

    —¿Por qué? ¿Qué es este lugar?

    A decir verdad, ninguna me había explicado exactamente dónde me encontraba, solo que era un lugar seguro, aunque Nadie no pensaba así en absoluto.

    —Exactamente esta es la casa donde viven Daniel, su marido y su hija, pero para ser más concreto nos encontramos bajo tierra, algunos lo llaman la Cuna de Cuervos. Aquí reside...gente especial.

    —¿A qué te refieres?—pregunté sin acabar de entenderlo.

    —Veras…no todos los demonios son malos, del todo. Algunos pactan con nosotros para obtener seguridad y alojamiento a cambio de ofrecernos su ayuda con algunos casos.

    —Entonces es como una especie de asociación, supongo.

    —Es algo más grande que eso, es el S.I.I.P que querría decir algo como; Sociedad Internacional de Investigación de Parapsicología. Hay muchas sedes repartidas a lo largo del mundo, en este momento estamos en la más grande aquí en España. Antes yo trabajaba en la sede de México y Daniel en la de Georgia, por eso trabajamos juntas alguna vez, por la “cercanía”. Por cierto lo de investigación es solo floritura, más que nada lo que hacemos es intentar conservar una estabilidad con nuestros rebeldes compañeros en la Tierra.

    Reflexionando todo esto encajaba perfectamente con ella. Una mujer excesivamente preocupada con su estado físico para su edad, muy ágil y hábil con la espada, siempre alerta y recelosa de los demás.

    Hace unas cuantas horas atrás le habría mirado como si de su hombro surgiera una segunda cabeza, pero ahora todo era tan distinto, había cambiado de parecer tan rápidamente en casi todos los aspectos. Yo que en general me creía una chica bastante escéptica con cosas paranormales, ahora aceptaba la existencia de los demonios y de cazadores de demonios con suma prontitud. Me reí interiormente al recordar el monólogo de Sarah de que ella creía firmemente en este tipo de cosas y Melissa la dejo en ridículo con su impecable razonamiento científico. Quizás nunca sabría que tendría que tragarse sus palabras.

    —Bien, bien…sabemos que Lilith va detrás de ti, por motivos no muy claros. Estoy segura de no va a dejar esto así, esa puta es un hueso duro de roer—, masculló sus palabras con el odio más intenso—. Estoy segura de que Alex es algún tipo de aliado de Lilith o quizás su sirviente, a saber.

    —¿Te refieres a tu compañero de trabajo?

    -Sí. Ese cabrón era un espía suyo lo más seguro, debí darme cuenta antes.

    Me moví inquieta en la cama, interiormente me preguntaba que más gente conocida eran demonios en realidad, era como una lotería.

    —Alina, tenemos que irnos de aquí pronto—, dijo con urgencia—. Ellos vendrán en cualquier momento y no sé si lo podremos contener, lo mejor es vivir una vida nómada a partir de ahora, sin dejar rastro. Podríamos irnos a México, allí conozco gente que nos ayudara.

    Mi corazón se apretujo ante esas revelaciones. Yo no quería irme de aquí, España era mi hogar, el único que conocía e irme lejos me enterraba en tristeza.

    —¿No hay otra opción?

    —Hay otra pero…

    —¿Pero?

    —No me gusta nada la idea de pedirle ayuda a ese bastardo.

    Su cuerpo estaba tenso y no paraba de dar vueltas por toda la habitación, obviamente nerviosa.

    —¿A quién? Nadie, dime.

    Por fin, ella se paró y me miró.

    —A tu tío paterno, Hugo.
     
    Última edición: 21 Mayo 2014
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    Rais

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    Capítulo 6:

    Pobre Nadie, pobre Alina.

    Todo me parecía muy injusto.

    Ella sólo quiso tener una vida apacible con su hija, aunque no fuera de su sangre yo veía todos los esfuerzos que hacía por ella. Antes este comportamiento me confundía, hace unos años me hizo meditar sobre qué motivos tenía Nadie para llevarse a Alina, pero ahora todo rastro de desconfianza se había esfumado como el humo del cigarrillo que se apagaba lentamente en mi mano.

    No era muy asidua a fumar, pero en momentos de estrés mis pulmones clamaban por que los mancillase con el inmundo olor de la nicotina. Era una costumbre odiosa e intentaba dejarlo por el amor de mi hija Olette, que con solo cinco años la idea de que fuera una fumadora pasiva me enfermaba como madre.

    Volviendo al tema de mi querida amiga Nadie, quién con tantas historias hemos vivido juntas en nuestros años de juventud y máximo trabajo como cazadoras de demonios, con todo lo que le ha pasado, todo lo que ha llegado a sufrir…

    Pero por supuesto, la vida es una bastarda que no para de hundir tu cabeza en el más infecto fango hasta que te ahogas en tus propias esperanzas. Nadie nunca conseguiría la felicidad, ni la tranquilidad y su hija tampoco, por desgracia su destino esta sellado a ser miserable, lleno de sufrimiento y sangre.

    Apagué lo que quedaba del cigarrillo y lo tiré a la basura, no mucho después escuché la puerta de la habitación de Olette abrirse con timidez.

    —¿Mamá?

    Y allí estaba el fruto de mí ser, mi pequeño diablillo, literalmente.

    Con solo cinco años, estaba destinada a vivir una vida en las sombras a causa de lo que era. En un primer vistazo luce como una niña corriente, muy parecida a mí a esa edad, de pelo rubio, lacio corto y tez muy blanca casi transparente, pequeña y delicada, sin embargo, dos pequeños cuernecitos más pequeños que una falange del meñique asomaban sobre su fino flequillo, sus ojos de un verde cuasi eflorescente que brillaban en la obscuridad, sus pupilas en vez de ovaladas en forma media luna cual réptil. Uñas largas y duras capaces de abrir un cuello con facilidad, lengua viperina y dientes filosos, pero sin lugar a dudas lo más vistoso era la cola que poseía en su baja espalda: era larga y carnosa, del color de su piel natural, de huesos fuertes pero muy flexibles igual a la de un mono sin pelo alguno, lo más curioso era que en el extremo había un pequeño agujerito del cual cuando Olette se veía amenazada salía un mortal pincho tan duro como el diamante.

    Esa era la penuria de mi hijita, ser mitad humano y mitad demonio. Este era el castigo por enamorarse de un ser del infierno y fecundar un hijo con él, la condenaba directamente a una vida escondiéndose del mundo y su gente por su mitad demoniaca.

    Mi pobre niña no sería jamás normal, si los humanos de allí arriba la encontraban…no quería ni imaginar que harían con ella. No había piedad para las cosas que no lograban entender, pensarían que es un monstruo y como siempre hacen cuando se asustan, acabarían asesinándola.

    Aún con todo, yo había aceptado con fervor todas las consecuencias de mis actos. El amor puede ser muy peligroso, te ciega hasta tal punto que no te importa lo que te acabe pasando con tal de tenerlo.

    —¿Qué ocurre mi niña?—pregunté, levantándome de la silla y acuné su pequeño cuerpo—.¿Te he despertado?

    —Hueles a tabaco.

    Esbocé una ligera sonrisa, ser mitad demonio tenía algunas ventajas, según se mire.

    —Tienes razón, es asqueroso. Mamá no lo volverá a hacer—. Le prometí, esta vez de verdad.

    —No te creo, siempre dices lo mismo-, me recriminó y se soltó de mi cuello sin hacer ruido cuando sus pies tocaron el suelo—. Tengo hambre.

    —Esta vez va en serio, lo juro. Probaré parches, chicles, cigarrillos electrónicos, todo lo que haga falta.

    Abrí la puerta del gran frigorífico de la sala, y en un cajón lleno de bolsitas de sangre cogí el más fresquito y le metí una pajita rosa, su color preferido.

    —Aquí tienes.

    Olette lo agarró y sorbió el contenido ferozmente. Los demonios, sobre todo los híbridos con humanos en su infancia y adolescencia necesitaban beber sangre con regularidad, luego, más adelante podrían ingerir otro tipo de alimentos.

    Yo le había alimentado con mi propia sangre cuando no era más que un bebé en vez que con la leche materna de mi seno, había sido una etapa dolorosa y muy agotadora. Muchas veces me desmayé por la falta de sangre.

    Entonces, llegó Hugo y su irrechazable oferta; trabajar para él a cambio de un lugar seguro dónde criar a Olette y sangre para toda una vida, para una granjera como yo era entonces me había tocado la lotería.

    O eso pensaba, cada vez me confundían más las acciones de Hugo. A veces era compasivo y al instante siguiente era vengativo, pero sobretodo quería tener todos bajo su control, a Nadie más que nada. Sabía que tenía una obsesión malsana con ella, desde que él y su hermano Bill acogieron a Nadie, Hugo perdió totalmente la cabeza por ella, no me atrevía a pensar que la quería más allá de una hermana, al fin y al cabo también había sido muy posesivo con su hermano Bill.

    Y aunque ninguna de las dos lo sepa también había cuidado de Alina, protegiéndola desde las sombras, pero eso era algo que no me atrevía a comentar con mi buena compañera Nadie, sabia no muy bien el motivo, que despreciaba a Hugo con mucho fervor.

    —Mamá, la chica que está en tu habitación tiene algo raro.


    Seguía bebiendo de la bolsita de sangre pero su mirada era demasiado aprensiva para una niña de cinco años, a menudo por este tipo de comportamiento pensaba que mentalmente era mucho más adulta y eso, a la vez, me entristecía.


    —¿Por qué lo dices?—. Pregunté—. ¿Notas algo?

    —No estoy segura de qué es, pero sin duda no es humano del todo.

    Extrañada ante sus palabras quise saber de que estaba hablando exactamente, pero la puerta donde se encontraban Nadie y Alina se abrió dejando ver a una Alina más blanca que el papel, la cual se torno más blanca aún al contemplar a mi hija Olette. Esta última la miraba con cautela, esperando su próximo movimiento, meditando en si sacar el aguijón de su cola o no.

    Alina aunque asustada, era una chica muy cautelosa y ante un semi demonio en su naturaleza lo único que hizo fue arrimarse más al brazo de su madre.

    —Tenemos que hablar con Hugo de unos asuntos— dijo Nadie atragantándose al nombrar el nombre maldito. No importa cuántos años pasasen, su enemistad seguía latente, por su parte al menos.

    —Está donde siempre, ya sabes el camino.—contesté.

    Ella hizo una mueca y sin más se llevo a Alina consigo.

    Me preguntaba si esto iba a traer problemas a nuestra por así decirlo, pacifica vida.




    Dios santo…¿qué se supone que era lo que acababa de ver? ¿una niña demonio?

    Nadie en seguida notó mi preocupación, tenía un sexto sentido para darse cuenta cuando estaba incomoda o a lo mejor simplemente le estaba apretando el brazo con demasiada fuerza.

    —Es la hija de Daniel, no tienes porqué asustarte de ella, no es más que un demonio inofensivo.- Nadie me explicó.

    —Pero pensé que era humana.

    —Sí, Daniel es humana pero su esposo, no.

    Vaya…entonces al parecer un humano y un demonio podrían concebir hijos…eso me hacía pensar si mucha gente, gente aparentemente normal de la que te encuentras por la calle podría ser un demonio encubierto. Ese pensamiento me aterraba, hasta mis amigas más allegadas podrían serlo.

    Pero a decir verdad me encontraba en un estado de nervios bastante importante. Iba a conocer a mi tío, mi corazón se agitaba gratamente, era algo inaudito. Preguntas de cómo sería él. Estaba tan absorta en mis cosas que casi no prestaba atención a donde nos dirigíamos. Al salir del pequeño apartamento de Daniel había un gran pasillo que era hasta donde alcanza mi vista interminable lleno de puertas cerradas que hallarían seguramente más apartamentos del estilo, quizás con demonios que se habían aliado con humanos y se alojaban aquí, más bien parecía un hotel pero sin cuadros de bodegones decorando las paredes, de hecho todo era blanco impoluto y sin decoración ninguna, tan solo pude divisar alguna que otra cámara de seguridad muy bien escondida.

    —Escucha…—murmuró parándose en seco mientas caminábamos por el al parecer infinito pasillo.—No te fíes de él, de nada de lo que te diga…hablaremos con él sobre la posibilidad de que nos eche un cable con este asunto, pero nada más. ¿Queda claro?

    Lo dijo en un tono tan serio y cortante que no me quedaba otra que asentir pobremente con la cabeza. Sabía que era desconfiada de los demás en exceso, pero creía que esto era llevarlo demasiado lejos.

    Las pocas veces que había hablado de Bill…su cara sencillamente se iluminada en los recuerdos, ¿por qué no confiaba en su hermano entonces?

    Llegamos a lo que parecía un ascensor y nos subimos en el, indicó que bajara a la planta más baja que había. Cuando llegamos a la planta indicada, Nadie y yo nos echamos una mirada significativa y nos bajamos del ascensor para llegar a lo que lucía como un despacho de lujo.

    Todo era muy amplio, triplicaba el espacio de nuestra casa y estaba muy bien decorado, con mucho gusto y elegancia, todo muy caro pero sin llegar a ser hortera. Me fascinaba la cantidad de cuadros colgados por las paredes, pero el que presidia el despacho me llamó la atención. Era un inmenso cuadro sin marco, donde dos gemelos siameses lo presidian. Era escalofriante y hermoso a la vez, esas dos palabras juntas me dieron un flash del muchacho misterioso y sus hermosos ojos verdes, meneando la cabeza eché fuera esa imagen de mis pensamientos.

    Y entonces, lo vi a él y al instante siguiente supe que lo había visto en alguna otra parte. Se encontraba de espaldas a nosotras, observando el cuadro antes mencionado, chaqueta larga oscura y un cabello revuelto negro con algunas canas.

    Era la misma imagen que vi cuando estaba de viaje en mi subconsciente, en el cual estaba yo misma aún dormida en la camilla del hospital y un misterioso hombre con las mismas exactas características mirando por una ventana que se tambaleaba por la lluvia. Era él, mi tío quien se encontraba conmigo mientas yo permanecía en coma, lo sabía sin ninguna duda.

    —Tiempo sin verte—. Carrasqueó Hugo dándose la vuelta y en cuanto lo hizo yo quise llorar. Era algo totalmente irracional pero un sentimiento de nostalgia me invadió sin razón.

    Era alto, un poco más que Nadie y de piel besada por el sol, bien parecido y elegante en un sentido clásico, mandíbula cuadrada y rostro masculino sin dejar de tener un toque de finura que muy posiblemente se lo daban sus ojos grises, unos ojos que a primera vista eran azules pero en una segunda ojeada tiene matices más oscuros y profundos, igual que los míos.

    Una sonrisa ladeada raspó unas mejillas salpicadas de barba. Su primera mirada fue para Nadie, era una mirada tierna con un rastro de tristeza, no sé la razón pero me hacía pensar en el tipo de mirada de un amante abandonado. Y luego se dirigió a mí.

    Creo sinceramente que estaba tan en shock como yo, por unos momentos nadie dijo nada, solo nos mirábamos fijamente, como quien mira una aparición celestial. Por fin, había conocido a alguien que por mis venas corría algo de su sangre.

    —Sobrina mía…—suspiro acercándose rápidamente. Sus manos estarían sobre mis mejillas si no fuera por Nadie, que sin darme cuento presionaba una pequeña navaja sobre la yugular de Hugo, él solo se río ante esto y se separó.

    —No te acerques a ella.—Ordenó guardándose la navaja en algún lugar misterioso de su chaqueta.

    —Permíteme mirarla ni que sean unos segundos, después de todo tú me la has arrebatado durante cinco años.

    Aún con Nadie en desacuerdo él se volvió a acercar a mi rostro y en sus grandes manos acunó mi cara. Podía notar como bebía de mi aspecto, cada detalle, cada peca, cada pestaña o suspiro que salía de mis labios él parecía que los absorbía con las pupilas dilatadas. Era una mirada tanta adulta que hasta me daba vergüenza estar bajo su escrutinio, sin quererlo del todo aparté mis ojos.

    —Dios mío eres tan hermosa, tus ojos, tu boca…todo, es como él.

    Lo decía como absorto, no me miraba a mí, miraba a alguien que le recordaba, a…mi padre.

    —¿Te refieres a mi padre?—pregunté con un hilo de voz—. ¿Qué sabes de él?

    Él entonces frunció el ceño y me soltó, a continuación miró a Nadie con una mirada interrogativa que yo no lograba comprender, también la miré y ella pareció encogerse, por primera vez desde que estábamos en el despacho Nadie no se encontraba a la defensiva, inclusive estaba nerviosa.

    -Nadie…-su voz era suave, pero también dejaba claro que no se iba con chiquitas.- Por favor, no me digas que no le has dicho nada.

    Ella tan sólo giró la cabeza hacía otro lado, como quién escucha llover.

    Está vez el grito de Hugo fue atronador. Agarró a Nadie por los hombros dolorosamente y la estampó sin delicadeza sobre un pilar de mármol en el cual antes se apoyaba. Todo sucedió tan rápido que no me dio tiempo a reaccionar. El aparente hechizo de antes al conocer a mi tío se esfumó con sorprendente ligereza al ver como la maltrataba, a pesar de que era posible que sus razones sean válidas.

    —¡Te la confíe con la condición de que supiese toda la verdad! ¡No para que la mantuvieses ignorante e indefensa!

    Rugía y la zarandeaba sin compasión mientas que Nadie se mantenía impasible a sus gritos y demandas mirándolo con una mirada indescifrable, mezcla entre dolor y odio extremo. Sabía que si fuese otra persona seguramente le hubiese apuñalado, pero al parecer le estaba tomando cada gota de su paciencia no hacerlo.

    —¡Basta, tío, por favor!

    Me abalancé sobre él con toda la diminuta fuerza que poseía en un patético intento por detenerlo, pero al final no fueron mis delgados brazos por su cintura lo que le detuvo, sino que fueron mis sollozos.

    Estaba muy abatida por todo, a cada paso que daba sólo me liaba más y más en una trama sin fin, sólo preguntas sin respuesta manchadas de sangre y locura.

    —Por favor…

    Él pareció conmoverse por mis lágrimas o eso me gusta pensar porqué dejo a Nadie y en un delicado casi abrazo me enderezó y dejó caer en mis manos un fino pañuelo de tela con el que limpie mi cara, también intentando esconderme de la vergüenza de volverme vulnerable, otra vez.

    —Perdóname, querida Alina—, dijo tomando él mismo el pañuelo y limpiándome las mejillas.—Mi estimada cuñada a veces le gusta jugar a un juego llamado; “Maneras de joder a Hugo”. Pero no te preocupes mi sobrinita, dios me ha brindado de una gran paciencia por lo que de momento haré la vista gorda a este incidente y hablemos del tema central de la obra en cuestión.

    A todo esto Nadie sonrió un poco demasiado maliciosamente y se acercó a mí tan sigilosamente que no me di cuenta cuando agarró el pañuelo y con minucioso cuidado lo doblo y se lo tendió a Hugo, este sonrió también y al momento de juntar las manos para cogerlo tardo un excesivo tiempo en soltarla, sutilmente acariciar su dedo índice, tanto que una persona menos observadora que yo no se hubiera dado cuenta.

    ¿Qué clase de relación amor-odio era esta?

    —Paremos ya de preliminares—dijo ella siguiendo con los ojos cómo Hugo se sentó en su cómodo sillón detrás de una mesa de despacho en un gesto tan natural como respirar.—Necesitamos tu ayuda.

    Él levantó una ceja escéptico.

    —Oh, vaya, ahora necesitas mi ayuda. Recuerdo que cuando te la ofrecí me escupiste en la cara, literalmente.

    —Sí, eso fue divertido—. Se rió.—Pero ahora no estoy sola en esto, Alina es todavía una niña y no quiero involucrarla en nada de este mundo. Supongo que ya lo sabrás, porqué tú siempre te enteras de todo.

    —Así es—le cortó él.

    Ella puso los ojos en blanco.

    —Sí, lo que sea. Lilith ha vuelto y ha causado estragos que no podemos ignorar. No sé el motivo pero tiene acosada a Alina desde hace un tiempo y nos tenía vigiladas a través de un compañero de trabajo, que por cierto me intento asesinar el muy imbécil. Sin embargo, lo que me preocupa es que para el próximo ataque no la pueda proteger estando yo sola. Supongo que entenderás la urgencia de esta petición.

    Entonces sin previo aviso él soltó una violenta carcajada, cosa que por supuesto hizo enojarla hasta el punto de apretar los puños. Yo por mi parte lo único que podía hacer era observar y callar esta hilarante escena.

    —Sabía que esto iba a pasar…—murmuró entre dientes.—Lo mejor hubiera sido marcharnos de aquí sin dejar rastro.

    Hugo paró de reír ante las palabras serias de Nadie y le otorgó esta vez una sonrisa tierna, la misma que al mirar a un recién nacido.

    —¿Ves cómo no era tan difícil pedir ayuda? Siempre eres tan distante e independiente, realmente no te das cuenta que mi único deseo es tu felicidad…vuestra felicidad.—Se corrigió al mirarme.

    —¿Lo vas a hacer o no?—, masculló Nadie con claras intenciones de clavarle la navaja cada vez más latente. Lo podía ver en sus ojos los destellos de ira aumentando.

    —Por supuesto que sí, nunca dudes eso. Sólo concédeme un par de días para encontrar un lugar seguro y adecuado para vosotras, por supuesto no estaréis solas, mandaré a hombres de confianza.—Concluyó él apoyando los codos sobre la mesa.- De momento creo que lo más conveniente será que sigáis en el apartamento de la agente Daniel. No quiero que los demás demonios sospechen demasiado, nunca se sabe quién te va a traicionar.

    Con esto, parecía que todo estaba dicho y Nadie se disponía a marcharse pero Hugo la detuvo con sus palabras.

    —Alina por favor, ven a verme cuando quieras. Tengo muchas ganas de hablar contigo—.Dijo guiñándome un ojo confidente, yo ante la presencia de Nadie asentí.—Por cierto, me gusta lo que te has hecho en el pelo.

    Nadie se tocó un momento su lado rapado y juraría que por un segundo sus mejillas estaban un poco rojas.



    La cena transcurría en un extraño silencio entre las cuatro mujeres del apartamento. La comida consistía en una fresca ensalada rusa como acompañante de una hamburguesa de pollo. Me sorprendió gratamente que Daniel no supiese cocinar más que Nadie, que era absolutamente nada y en cambio Olette, que así se llamaba su hija híbrida, era la que preparaba la comida, a pesar de que no la vi comer nada. Tan solo observaba.

    Olette me confundía, era una niña aparentemente normal, quizás demasiado seria pero al parecer nada fuera de lo común, al principio su…apariencia me resultaba escalofriante, una niña de esencia tan angelical con unas facciones demoníacas; cuernos, uñas y una cola que sobresalía por debajo de su lindo vestidito.

    Era hermosa y aterradora, otra vez se me pasaban por la cabeza esos dos adjetivos al pensar en un ser del inframundo.

    Supongo que se dio cuenta de que la miraba fijamente, no quería ser descortés pero era tan extraña para mí que no lo podía evitar. Entonces, habló:

    —¿Qué eres exactamente?—preguntó sin tapujos— no eres un demonio, pero huelo algo en ti diferente que tampoco es humano del todo.

    —¡Olette!-le reprendió su madre indignada.— No seas maleducada, sé amable.

    —Soy...soy humana.

    Lo dije casi con duda, era humana, no había ninguna cosa que confirmase lo contrario. Cuando me pinchaban sangraba, cuando me sentía triste lloraba y reía cuando era feliz, al igual que cualquier humano, no tenía ningún tipo de superpoder o…ningún poder normal, vaya. Teniendo todo eso claro, ¿por qué dudaba?


    Mientras Daniel y Nadie fregaban los platos tranquilamente, yo divise a Olette en un rincón del apartamento, sentada en el suelo leyendo un libro impasible, con una expresión ilegible. Me había dado cuenta en el poco tiempo que le había visto, que no había sonreído ni una vez, no mostraba ningún sentimiento ni emoción a excepción de una cara imperturbable.

    —Hola-saludé.— ¿Puedo sentarme?

    -No encuentro ningún motivo por el cual no puedas sentarte.

    Una respuesta muy común en una niña de alrededor de cinco años. Su carácter maduro me resultaba un poco divertido.

    —Está bien, me sentaré si tanto insistes.—le dije sentándome a su lado y por curiosidad miré la cubierta del libro.— ¿Tito Andrónico? Creo que es un tanto violento para tu edad.

    —¿De veras lo crees?

    —Es la obra más sangrienta y cruel de Shakespeare.

    —¿Y que leías tú a mi edad?

    —Pues la verdad es que no lo sé, tengo amnesia y no recuerdo nada de mi infancia.

    Se quedó un rato en silencio, creyendo que me estaba ignorando por completo me dediqué a pensar en mis cosas.

    —Lo siento.—Murmuró con su cara igualmente indiferente, pero su tono era más suave, incluso melodioso.

    —¿Eh? No tienes que disculparte mujer.

    -Me refiero a lo que te dije en la cena, fue de mala educación.

    Con eso dicho cerró el libro y lo dejó a un lado, haciéndome saber que tenía toda su atención con sus ojos de réptil.

    -No estoy molesta por eso, la verdad es que estoy confusa-, me mordí el labio inferior con las paletas, signo claro mío de nervios e incertidumbre.- ¿Qué hay de raro en mí?

    En aquel momento sus cejas se juntaron y olfateó un poco.

    —No lo sé exactamente, no eres como mi madre o Nadie, pero tampoco como mi padre. No sabría decir…nunca he estado fuera de aquí.

    Deje el tema de que había raro en mí, no quería más quebraderos de cabeza por el momento y me centré en la noticia insólita que arrojó a mi cara. Lo dijo con tanta naturalidad, restándole importancia que me sentí curiosa enseguida, pero también quise ser cauta. En un corto plazo de tiempo mi curiosidad me había metido en demasiados problemas.

    —¿Quieres decir que…no has salido de este apartamento?—le pregunté tras una pausa, intentando ser lo más cuidadosa posible.

    Ella se quedó otros instantes mirándome, sus extraños ojos brillando con desconfianza. El movimiento inquieto de su cola llamó mi atención.

    —Lo lamento pero no es algo que pueda confiar a una desconocida.

    No me molesté por el rechazo, tampoco tenía derecho a ello.

    En la lejanía escuchaba murmullos de Nadie y Daniel hablando, no sabía de que hablaban exactamente pero lo hacían lo suficientemente bajo para que no me enterase.

    —Están hablando de Hugo, al parecer no se fían de él.

    Me preguntaba si sus oídos tenían una sensibilidad mayor a la de un humano promedio, seguramente sí.

    —No lo entiendo, él se ha ofrecido a ayudarnos, no veo motivos para desconfiar de él.

    Esta vez cerró los ojos y suspiró levemente.

    —Mi consejo es; no lo des todo por sentado.



    Daniel muy amablemente sugirió que me diera un baño en su lavabo, a pesar de que la…estancia por así decirlo, conservaba unos baños públicos, comentó que de momento lo más seguro era que usará los suyos propios. Yo no dude en aceptar su oferta, me moría de ganas de obtener algo de higiene y unos instantes de meditación, por poco que fuera me desesperaba por tener un rato de soledad.

    Conforme habían pasado los años me había dado cuenta de que era vital para mi bienestar diario estar un tiempo a solas con mis pensamientos e inquietudes, aunque apreciaba mucho la compañía de seres queridos al menos necesitaba unas horas de soledad al día. Y hasta que no me encerré en el cuarto de baño no me di cuenta de que hace un buen tiempo que no la pasaba con gente a mí alrededor.

    Era un baño tan limpio y blanco (como el resto del piso) que resultaba un poco grimoso. Sencillo a más no poder, una bañera como no blanca de porcelana de considerable tamaño, un espejo de cuerpo entero en un lado de la pared, un retrete a conjunto y un mueblecito para lavarse las manos y eso era todo. No había ni un detalle que le diera un poco de personalidad. En una comparación rara se parecía a Olette.

    Me desnudé sin prisa, observando de paso mi cuerpo aún resentido por las dolencias de pasado. Había adelgazado al punto de notarse las costillas contra mi piel, pero nada grave que no se curase en unos cuantos días de comer bien, mi piel más blanca que de costumbre, eso reconozco que me causaba temor, podía notar perfectamente mis venas en el cuello, mi pelo ya no tenía el lustre de hace un tiempo y debajo de mis ojos dos marcaras ojeras se aposentaban. Toqué la cicatriz inexplicable de mi hombro que últimamente ardía cual brasa.

    Supongo que…no era mi mejor momento. No queriendo verme más me zambullí en la bañera de agua templada hasta la nariz, tuve ganas de soltar un gemido, vergonzosamente orgásmico, pero lo retuve por vergüenza a que me escuchasen.

    Pensé mucho en todo lo ocurrido, en mis amigas, que esperaba que no se hubiesen olvidado de mí aún, en Daniel y su hija demonio, en Nadie y sus secretos, en Hugo y sus más secretos aún…en Lilith…pero intentaba pensar lo menos en ella ya que sólo vislumbrar su cara me producía escalofríos y también en él…el misterioso chico del asilo.

    No sabía el motivo, pero pensaba en él más que en nadie, valga la redundancia. Por mucho que lo intentase no podía olvidarme ni un ápice de él, sobretodo su forma de mirarme. Irónicamente entregué mi primer beso a alguien que ni si quiera sabía su nombre, bueno, al menos creía que era mi primer beso. Pero no era todo en un plano físico, me atraía de una forma que jamás llegué a pensar que me atraería alguien, era todo tan confuso.

    Con el tiempo me fui adormilando llegando al punto de estar más en el mundo de los sueños que en el de los vivos. En medio de esa oscuridad turbadora, una luz que se iba haciendo más densa, finalmente dejándome una visión de un lugar de casi penumbras. Una mano blanquecina realizaba un trazo con maestría, más de la que yo jamás seré capaz. Uno tras otro movimiento iba creando un boceto muy en estado embrionario pero lo suficientemente claro para adivinar que era un rostro en principio femenino muy hermoso. Cabello rizado y muy espeso, con un mechón blanco en contraste, una piel pálida y unos labios rojos rellenos, enmarcados por una expresión de máxima tristeza…unos ojos grandes…no azules, eran el matiz exacto de gris.

    La persona que estaba siendo retratada era yo.

    El plano se iba alejando para ver el caballete donde se encontraba el lienzo, y la persona delante de ella, sentado en un taburete de espaldas a mí.

    Por una fracción quise maldecir, pero sin saber cómo, tal vez por lo alterados latidos de mi corazón, sabía quién era el artista que me había dibujado.

    Cabello castaño muy oscuro, esta vez bien peinado y aseado, un lado del mentón visible, tan pálido como yo, incluso me atrevo a decir que más, nariz elegante, pestañas largas…no sabía cómo pero levanté mi brazo intentando alcanzarlo, pero era luchar contra molinos de viento.

    Cuando terminó el retrato dejó la paleta a un lado que quedaba emborronado y simplemente observó por unos instantes. Entonces, algo sucedió, lo que primero parecía como una dulce caricia por el rostro en el cuadro, terminó con unas garras afiladas rasgando el lienzo una y otra vez con furia e impotencia.

    Aquí de nuevo todo se desvanecía en completa tinieblas hasta despertar de un sobresalto en la bañera, derramando toda el agua que se había tornado roja.

    Era literalmente un baño de sangre.
     
  10.  
    Rais

    Rais Iniciado

    Escorpión
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    Capítulo7: Abre tus verdaderos ojos.

    Al contrario de lo que la gente cree, la sangre es más espesa y pegajosa de lo que parece. Por muy duro que intentaba desprenderme de ella arañándome con las uñas lo único que conseguía era embarrarme más y abrir mi piel.

    No sé en qué momento la puerta se abrió o más bien, estalló por una patada que Nadie le propinó. No recuerdo haber echado el pestillo.

    Nadie al verme desnuda sentada en medio del cuarto de baño refregándome entera con las manos intentando quitarme esta maldita sangre, por supuesto se espantó y me cubrió con una toalla.

    —Te he oído gritar ¿qué pasa?—, preguntó muy alterada con las pupilas dilatadas, cosa que costaba distinguir, ya que sus ojos eran lo más negro que unos ojos podían permitir.

    Esa pregunta me descolocó por completo, ¿acaso no lo veía?

    —La sangre…toda esta sangre…no me la puedo quitar—.Murmuré rasgándome de nuevo la piel de lo brazos, clavándome las uñas sin compasión.

    Ella en seguida me agarró las manos por las muñecas y me miró sin comprender.

    —La única sangre que veo es la que te estás haciendo tu misma.

    —Pero…la b-bañera…—tartamudeé. Estaba en un estado catatónico y no paraba de temblar.

    Ella se levantó y metió la mano en ella, mostrando su palma húmeda, revelando que solo contenía dentro inofensiva agua, de pronto miré mis brazos y mis piernas que milagrosamente ya estaban limpias pero ahora líneas rojas de piel en carne viva las decoraban. Había vivido otra alucinación de nuevo, y caí en ella otra vez.

    Nadie no sabiendo muy bien qué hacer ante mi inquietud me abrazó y me acunó susurrándome que todo estaba bien, como en los viejos tiempos. Me sentía igual que en entonces; asustada y confusa.

    Incluso con los ojos cerrados lo ocurrido hace escasos momentos se repetía sin fin dentro de mi mente. Después de unos minutos me calmé y Nadie me dejó en la que ahora sería mi habitación durante unos días, yo al enterarme de que era el cuarto de Daniel y su esposo me negué por completo pero ella insistió con tanta vehemencia que no quise pelear por algo tan trivial y acepté si más remedio.

    Me sequé con una toalla intentando no mancharla demasiado de sangre y a la par horrorizándome como todo esto me hacía ser tan autodestructiva. Me vestí con ropa que me había preparado Daniel, dado por el tono serio e informar de la ropa, pantalones color caqui y sencilla camisa blanca, supuse que era suya.

    Intentaba desenredarme el pelo con mis dedos, mi pelo si no se cepillaba con un cepillo lo más seguro es que quede hecho un asco. Escuché tocar la puerta suavemente dos veces antes de entrar; era Nadie con desinfectante y unas cuantas tiritas.

    Al verme vestido con la ropa de Daniel sonrió burlona antes de obligarme a sentarme en la cama para que ella pudiera procesar su trabajo con más eficiencia.

    —No te pega nada ese estilo—, dijo echándome sin mucho cuidado el desinfectante por las heridas, ante el picor insoportable yo no solté un quejido. —Pareces una empollona.

    Reí un poco, no demasiado convincente, pero lo suficiente para que Nadie se quedara tranquila. Si he de ser sincera conmigo misma, ya no recuerdo la última vez que me reí de verdad y no esbozando una sonrisa forzada.

    —¿Tú crees…que todo esto se acabará? cada vez que pienso que el resto de mis días serán así…ya nada tiene sentido ahora, siento que mi vida que ya no depende de mí ni de mis decisiones, que inevitablemente mi destino esta sellado y por mucho que intente luchar nada será como antes. No podré volver a tener lo que tenía antes. ¿Sabes? Sarah siempre me contaba las novelas que leía, normalmente de aventuras paranormales, de gente normal que de golpe puede ver cosas, cosas no humanas y ella me narraba las convivencias del protagonista que para él todo era adrenalina y aventuras, ni una sola pizca de temor corría por sus venas…y yo, soy tan distinta, me aterra todo lo que está pasando. Es un temor que te va quemando, no sé absolutamente nada de mí. ¿Y si en el pasado fui una mala persona? Quizás todo lo que me está pasando me lo merezco, es el karma que siempre paga sus deudas…no tener identidad, es horrible, algo que debería ser tan básico y humano yo no lo poseo. Yo no soy nada.

    El vómito de palabras se apagó de golpe sin que yo pudiera evitar hacer algo, simplemente mi boca arrojaba todo lo que tenía en mi interior sin consentimiento de mi orgullo. Nadie, por otra parte se tragó esto con una idea muy diferente a la que yo esperaba, se enfadó.

    —¿¡Qué no eres nada!? te has convertido en mi única razón de ser, ¿qué has sido un mal bicho en el pasado? ¡que le jodan al pasado! la Alina que yo conozco no tiene ni un gramo de maldad en su corazón. Escúchame—. Me agarró con dureza por los hombros—, es normal tener miedo, es normal sentirse sola, créeme que yo sé lo que es ese sentimiento más que nadie…toda mi vida ha sido una mierda, un desastre sin solución…pero yo he luchado hasta el cansancio para que tú no vivas lo mismo que yo, pero las cosas se han torcido, la vida es una puta desagradecida pero no es cosa nueva. Alina, siempre me tendrás a mí, eso es una verdad irrefutable y hasta el día que muera continuará siendo así. No puedes darte por vencida, tienes que ser fuerte, si no…el monstruo en tu interior te irá devorando hasta no quedar nada, entonces sí que ya no tendrás identidad, ya no serás Alina, mi hija.

    No tardé demasiado en abrazarla, egoístamente necesitaba escuchar esas palabras. Necesitaba no sentirme sola, sentirme querida, alguien en el mundo me necesitaba y eso me daba las fuerzas suficientes para continuar.

    Al menos, por el momento.




    No había gran cosa que hacer en el departamento mientas que Nadie y Daniel no se encontraban aquí, no sé por qué motivo, pero sabía que tampoco me lo iban a decir y no quería gastar fuerzas inútilmente en algo tan poco fructífero, por otro lado tampoco quería sentirme sola ahora aunque Olette aún seguía en la seguridad del piso, tranquilamente leyendo lo más apartado de mí su compañía no me hacía sentir mejor. Como no había ningún medio de entretenimiento durante los próximos tres cuartos de hora me dediqué a cotillear los libros que tenía Olette celosamente guardados. También sentía unas ganas prácticamente irrefrenables de ir y hablar con Hugo, pero no quería enfrentarme a una disputa con Nadie, asique por ahora aguardaría el momento indicado para entablar una charla con él.

    Todos eran tenebrosos y nada apropiados para una niña que apenas tenía cinco años, supuse que era una chiquilla más inteligente y espabilada que la mayoría, quizás por su parte demoniaca.

    Sentada en la silla del comedor, probablemente el único sitio donde poder sentarse, leí sin mucho esmero algunos libros de poesía que aunque no era mi género favorito bloqueaban mi mente de pensamientos indeseados, pero el picor de los rasguños me hacía volver a la realidad de vez en cuando.

    De súbdito la puerta principal se abrió y pensando que eran Nadie y Daniel me giré entusiasma pero grata fue mi sorpresa cuando no vi a ninguna de ellas, sino a un hombre enorme que casi no cabía por la puerta.

    Un hombre enorme, de tez negra…que hace muy poco me disparó con una taser. Todavía me acuerdo el dolor y el shock que me hizo sentir esa maldita pistola.

    —¡Tú…!— grité sin poder evitarlo alzándome de la silla de un salto casi felino, alejándome lo más lejos de ese hombre increíblemente imponente.

    —Sí, yo.—Afirmó con una sonrisa más que burlona, lo que buscaba era ofender, podía notar por su acento que no era de aquí.—Parece que eres nuestra nueva inquilina.

    No sabía muy bien que decir, era una situación realmente extraña, me encontraba en la casa de una persona que anteriormente me había agredido, a pesar de que no conocía sus intenciones en aquellos entonces. Es posible que si en vez de irme corriendo al ver a Daniel en mi piso hubiese accedido a coaccionar no hubiera tenido que tomar medidas prácticas, pero ya poco importa.

    El hombre frente a mi silencio se encogió de hombros y se masajeó la nuca, todo esto suspirando. Sus características parecían amistosas, pero ya había aprendido a no fiarme de nadie.

    —Mira chiquilla, siento todo lo que pasó pero solo cumplía órdenes.-Se excusó de una manera muy suave, la forma de hablar que tienes al intentar acercarte a un animal de bosque receloso.—¿Qué te parece si empezamos de nuevo? borrón y cuenta nueva, ser rencorosa no te va hacer ningún bien, te lo aseguro.

    Él hombre me tendió su enorme mano hacía a mí, supuse que era su forma de querer hacer las paces.

    Un poco temerosa acepté su apretón y él en un gesto demasiado energético la zarandeó con tal fuerza que casi me arranca el brazo.

    —¡Bien! me alegra esto.—Su sonrisa era ancha y amable esta vez, dejándome ver unos dientes perfectos y blancos con unos colmillos más afilados de lo corriente.— Bueno, yo soy Mikael, encantado de conocerte, por segunda vez.

    —Soy Alina, encantada…

    Ahora más de cerca incluso me parecía más alto y grande, seguramente si quisiera con una sola mano podría partirme la cabeza en dos cual manzana. Sin embargo, he de decir que su faz no era para nada intimidante, quiero decir, cuando sonríe y esta relajado. Su boca era grande y voluminosa, de nariz ancha y plana y unos ojos negros bastantes agradables, tenía el pelo rapado pero curiosamente era de las pocas personas que le queda bien un corte así. Combinado con su cuerpo de coloso o titán me recordaba a los gladiadores o incluso a un espartano, poderoso y sin miedo.

    —Que maleducada es Daniel, mira que dejarte sola—, murmuró para sí mismo— por cierto ¿está Nadie mejor?

    Me extrañé por la pregunta, no sabiendo con exactitud a que se refería ¿era algo mental o físico?

    Ahora me daba cuenta, que en mi infinito egoísmo que no le había preguntado si quiera tal había estado últimamente, ni como se sentía ante todo esto…me sentía avergonzada ante mi falta de empatía.

    Quise contestar pero alguien se me adelantó.

    —Padre.

    Era Olette, escondida parcialmente detrás de la puerta de su habitación, su rostro sin emoción alguna como de costumbre.

    Padre…

    Eso quería decir…

    Olette era un híbrido entre un humano y un demonio, usando la lógica aplastante, si Daniel, su madre, era humana…no hacía falta tener dos dedos de frente para resolver la ecuación en cuestión.

    El hombre enfrente de mí era sin lugar a dudas un ser maligno, un demonio. Exactamente igual que el muchacho del asilo y…de Lilith.

    —Te he dicho que millones de veces que no me llames padre, llámame papá o Mikael—. Le reprendió a la vez que en un veloz movimiento la levanto entre sus brazos, pillándola desprevenida intentaba zafarse de él,- a Daniel siempre le llamas mamá.

    —Suéltame.

    —Te soltaré…—empezó con una sonrisa bravucona— si me das un beso.

    Olette al escuchar esto hizo algo parecido a un puchero, pero al ver que su padre no la soltaría y que sería más fácil soltarse del metal ardiendo que de él, sin muchas ganas le dio el más leves de los besos en su mejilla, inmediatamente se zafó de Mikael y para mi desconcierto se colgó de mi pierna y con total repugnancia se limpio la boca con tanta brusquedad que pensaba que se iba a malograr la piel de los labios.

    —Vamos…no ha sido tan asqueroso.

    Dijo esto con una expresión de aflicción que hasta a mí, una indiferente espectadora en esta escena donde no pintaba nada se sintió mal ante la mirada dolida de sus ojos, camuflada en el tono de broma. Sinceramente, no sabía qué tipo de relación llevaban estos dos, pero sin lugar a dudas no era para nada convencional, una extraña situación fraternal, y aún más inusual que Olette mostrase tan abiertamente desagrado por alguien en vez de su habitual sentimiento de desinterés hacía los demás. De todos modos, yo era una invitada aquí que no podía juzgar sólo por lo que veía, por otra parte no estaba del todo segura de si quería saber sobre su vida familiar, bastante tenía con lo mío como para ir husmeando en vidas ajenas.

    De pronto, una sirena muy ruidosa junto con una luz roja parpadeante comenzó a sonar tan fuerte que me hizo tapar los oídos. Las filosas garras de Olette se clavaron en mi pantorrilla como agujas.

    Mikael estaba tan sorprendido como yo y tardó unos instantes en recomponerse de la sorpresa.

    —Oh no, joder.

    -¿Qué pasa?- pregunté nerviosa.

    -Es la alarma de evacuación, al parecer ha habido un ataque enemigo.-Acto seguido me agarró del antebrazo y me arrastró hacía la puerta-, tenemos que irnos de aquí cuanto antes.

    —¿Y Nadie?-inquirí resistiéndome a irme sin ella.

    —No te preocupes por ella, sabe cuidarse mejor de lo que crees.

    Dicho esto accedimos al pasillo donde todo era un completo caos. La primera vez que lo vi tan solo era un limpio pasillo blanco, con un montón de apartamentos y sin una persona o no tan humano, paseando por ella, ahora, era completamente diferente a entonces.

    Gente que hasta ahora no había visto ni una vez ahora el pasillo estaba lleno de ella, todo el mundo quería salir en un estado frenético se empujaban y pisoteaban sin piedad entre ellos para poder salir los primeros. Fuera cual fuera la amenaza debía de ser muy peligrosa para que se comportaran como borregos.

    Mikael con su gran cuerpo nos protegía a las dos de ser aplastadas por la magnitud de la gente exaltada, aún así tampoco me salvé de algún pisotón doloroso o incluso un tirón injustificado de pelo. La alarma que no paraba de sonar conseguía ponerme más agitada y la luz roja parpadeante hacía que mis pupilas se dilataran. En un momento del trayecto algo ocurrió, nada bueno al parecer, porque los gritos comenzaron a escucharse al final del pasillo, eran alaridos horribles, en ningún otro lugar que en el infierno podría escucharse algo así.

    —Mierda, algo pasa—, no sé muy bien cómo pero lo escuché murmurar para sí mismo cogiendo con más fuerza a Olette, me impresionaba su frialdad y su bienestar en esta situación tan estresante.

    La muchedumbre pasó de empujarse para llegar hasta el final ahora retrocedía a prisa hacía atrás, tanta cantidad de personas me impedía ver lo que pasaba más adelante pero al verlas retroceder se me quitaban las ganas. Ante la corriente de gentío que iba ahora hacía nuestra dirección Mikael opto por aplastarnos a Olette y a mí contra la pared más cercana y resguardarnos de la lluvia de golpes e impactos hacía nosotras.

    Cuando la afluencia disminuyó pude vislumbrar lo que literalmente se llamaría una total y completa masacre. Ahora comprendía los gritos de hace escasos instantes.

    El rojo de la sangre contrastaba demasiado con el blanco impoluto del pasillo, si sólo hubiera visto la sangre no habría gran preocupación, eran los cuerpos desparramos en el suelo, sin vida.

    Todos se encontraban terriblemente deformados, muchos sin cabeza o directamente sin ninguna extremidad unida al cuerpo, no había ni uno reconocible. Trozos desconocidos de carne siendo pisada por las personas que intentaban huir despavoridas, era una violenta carnicería sin compasión.

    Y allí, en la puerta de salida, el culpable de tal exterminio.

    Incluso tan cambiado como se encontraba, podría reconocerlo.

    Era Alex, el ex compañero de trabajo de Nadie.

    Era él, pero su versión demoniaca, por así decirlo.

    Sin embargo, aunque él me causaba pavor, me lo causaba mucho más la “cosa” que tenía atada con una correa a su lado.

    No sabría muy bien cómo definirlo, a pesar de tener una forma humanoide no podría serlo menos. Era alto, muy alto, tanto como Mikael, no obstante tan delgado que parecía que ni un ápice de carne o musculo se encontraba pegado a su piel, larguirucho y de un repugnante color sepia demacrado, magro y sin vida. No sabría si llamarlo mujer u hombre, ya que a pesar de ir desnudo no había ningún órgano ni protuberancia con la que poder diferenciarlo. Sus manos se podían describir a la perfección como rastrillos, dedos espantosamente largos y finos, acabadas en unas uñas mugrosas de al menos cinco centímetros de longitud. Si ya los de Olette me producían escalofríos al imaginármelos en mi cuello con estos ya no había palabras. Aunque lo que realmente me daban ganas de salir por patas era su rostro, por llamarlo de alguna manera, la mitad de su cara estaba tapada por un bozal negro, sus ojos eran llanamente dos cuencas oscuras vacías y por nariz dos simples orificios, conservaba algo de pelo cochambroso en su enjuta cabeza ensombreciendo su faz, cosa que agradecía porque estaba segura que iba a soñar con esa cara por el resto de mis días. Se postraba tranquilo, quizás algo encorvado y cheposo con la correa en su cuello laxa pero tenía la sensación de que si Alex soltaba la correa algo muy terrible iba a suceder.

    En el momento que Alex me vio, una sonrisa se posó en sus labios, no era ni perversa ni malévola, era la misma sonrisa que me obsequiaba cada vez que iba a ver a Nadie en el trabajo. Ahora todo encajaba, nada de lo que me ha pasado ha sucedido al azar, desde el día que abrí los ojos en esa cama de hospital mi vida ha sido controlada y vigilada.

    Di unos pasos hacia atrás, retrocediendo pero tropecé con algo, concretamente era un cuerpo mutilado hasta el torso, sus entrañas colgadas mientras serpenteaba hacía mis pies, como podía ese pobre ser farfullaba cosas sin sentido, probablemente porque hablaba en otro idioma o no tenía las suficientes fuerzas como para poder vocalizar correctamente. Cruelmente pateé las manos que iban agarrándose a mis piernas.

    —Alina, escucha atentamente lo que voy a decir.—Ordenó Mikael interponiéndose entre Alex y yo.—Coge a Olette y dirígete al apartamento, allí en nuestra habitación en uno de los cajones del armario encontrarás una pistola.

    —¿Pero qué…?

    —¡Solo escucha! cógela, ¿sabes cómo se usa?

    —No, no…

    —La pistola está cargada, quita el seguro del arma y tira de la pieza deslizante para introducir una bala en la recámara. Ubica tu mano en la parte alta de la pistola y sostenla tan fuerte como te sea posible para evitar el temblor. A la hora de disparar apunta siempre a la cabeza, a la mínima que alguien se os acerqué dispara sin dudarlo, recuerda, tienes quince disparos más uno en la recámara.

    ¿Disparar? ¿Yo? No estaba segura de estar preparada para algo así, probablemente no.

    —Bien, bien, en el cuarto de baño hay una tachuela con trampilla, una vez dentro debes seguir las flechas azules, solo las azules eh, ni las verdes y las rojas. ¿Lo has entendido todo?

    Asentí levemente con la cabeza, más como una respuesta automática a esa pregunta que a estar del todo enterada de lo que me había pedido. Antes de que pudiera hacer otra cosa Alex soltó la cadena donde retenía aquel ser, también lo despojó de su bozal dejándonos ver una boca sin labios, solo encías sangrantes y dientes como púas, largos y sucios como el resto de su cuerpo.

    En seguida que se dio cuenta de su libertad, comenzó su verdadero festín atacando a la pobre gente que aún merodeaba por aquí. Una escena brutal de canibalismo, la criatura desgarraba tan rápido a sus víctimas, masticando y descuartizando la carne y los huesos con tanta facilidad que parecía plastilina en su boca.

    Esto me di cuenta, no era ninguna alucinación de mi mente vulnerable, era real.

    —¡Vamos tenéis que iros!—, gritó arrancándose la camiseta—yo me ocupo de este.

    Olette me cogió de la mano y me obligó a avanzar ya que los inútiles de mis pies no querían obedecerme.

    —No puedes escapar de nosotros, Alina.

    Sabía de quién era la voz que me dijo eso, pero me negué a darme la vuelta. Mi cerebro bramaba por salir de aquí cuanto antes pero si no espabilaba…

    Corrimos las dos por el camino ahora encharcado de sangre, había muertos y moribundos repartidos por todo el lugar, personas humanas y no humanas sin ningún tipo de prejuicio había masacrado incluso a los suyos. Corriendo todo lo rápido que podía intentaba no reparar en ellos, si no estoy segura de que el deber y compasión me invadirían.

    No mucho después conseguimos encontrar el apartamento el cual se encontraba abierto y con la luz apagada dentro. Lo primero que hice fue localizar la pistola, se hallaba en el armario en uno de los cajones de ropa interior de Daniel, vaya un lugar para esconder algo tan importante. Al cogerla pude notar lo mucho que me temblaban las manos y descubrí que pesaba más de lo que pensaba.

    Enseguida nos encaminamos hacía el baño, estuve un buen rato intentando encontrar la supuesta trampilla, buscaba desesperada cualquier cosa que me diera una pista, supongo que si era un pasadizo secreto no sería evidente a la viste, asique opté por ir dando golpecitos a ver cuál de ellos sonaba hueco.

    —¿No sabes cuál es?—le pregunté a Olette que se encontraba varada a mi lado sin ayudar mucho.

    —No conocía de la existencia de una trampilla.

    —Ya veo…

    Estuve a punto de caer rendida en la desesperación cuando golpeé una tachuela justo al lado del váter que sonaba a vacío.

    —¡Es esta!

    Observé que donde tendría que haber la silicona para unir las baldosas había una rendija como una grieta. Hinqué mis uñas allí e intenté tirar hacia arriba, con un poco de esfuerzo logré quitarla al costo de unas cuantas uñas rotas, pero ahora no me podría importar menos.

    Era un agujero muy estrecho y profundo, no se podía ver donde se acababa, había una escalerilla oxidada y ruinosa que tenía toda la pinta de romperse a mitad del trayecto pero prefería mil veces entrar a este hoyo que esperar a ser devorada por esa criatura.

    De sopetón un golpe atronador impactó contra la puerta del baño, aunque no estaba cerrada con el pestillo cosa de que me arrepentía lo que estuviese detrás de la puerta no sabía cómo abrirla y se dedicaba a aporrearla hasta el punto de hacerla añicos. No tardaría mucho en echar la puerta abajo y yo temía que Mikael no hubiera conseguido retenerlo el suficiente tiempo para poder escapar.

    —La pistola.—Me recordó Olette detrás de mí.

    En seguida que quise cogerla del suelo la puerta estalló en mil pedazos y lo que sea que fuere, entró con pasos de gigantes y sin intenciones de amigables. Nerviosa como estaba intente apuntar a la cabeza pero los latidos de mi corazón me impedían apuntar con claridad, cuando disparé desgraciadamente le conseguí dar en el hombro pero no fue suficiente para derrocarlo asique se lanzó contra mí cayendo los dos al suelo. Intenté defenderme como podía escondiendo mi cara de ser mordida; pataleaba y gritaba todo lo que podía intentando no ser descuartizada por esa cosa, pero sin saberlo muy bien como Olette se posó sobre el enemigo y de su cola surgió un aguijón con el cual con precisión de cirujano se lo clavó en el cráneo, el sonido de los huesos rotos y la carne perforada fue inquietante, al instante dejo de moverse.

    Aparté el cadáver con urgencia y observé que no era el ser malévolo que había visto encadenado por Alex, tenía una apariencia mucho más humana pero su piel estaba podrida y se caía a tirones.

    Intenté levantarme pero mis piernas me fallaron, mi corazón estaba desbocado y dolía,una sensación opresiva e intensa que se localiza en el tórax, como una coraza que me aprieta el corazón, mi vista se nublaba y no podía hacer otra cosa que agarrarme el pecho.

    No era el momento de sufrir un infarto.

    Escuchaba voces en la lejanía, probablemente de Olette que decía que me calmase y que respirara con tranquilidad. No sé cuanto estuve intentando recobrar el sentido pero parecían ser horas de esa tortura de caminar en medio de la vida y la muerte.

    Con el tiempo fui recuperando la consciencia completa y el control sobre mi cuerpo me di cuenta que mis manos estaban llenas de sangre, creo que no mías y Olette se encontraba con parte de su vestido y cola (con su agujón ya guardado) empapadas en sangre, espero que sea del individuo tumbado inerte al lado.

    —¿Estás mejor?—preguntó ella colocando una pequeña mano en mi hombro, en todo el rato que llevamos de pesadilla no había cambiado ni un ápice su expresión, pero me gustaría pensar que su entonación se acercaba más a la preocupación.

    —Sí, gracias…por salvarme.—Ella solo asintió ante esto y salió del baño precipitada.— ¿Qué haces? Tenemos que irnos.

    Cogí la pistola por si acaso, me levanté (me costó un poco porque mis piernas aún temblaban) y me dirigí a la puerta, en seguida vino Olette con algo en sus manos.

    —Toma, necesitarás esto—. Me tendió una pequeña linterna que a ojo podría decirse que no tenía mucha potencia, no obstante era de agradecer.— Yo puedo ver en la oscuridad.

    —Ah, gracias, otra vez.— Agradecida coloqué la linterna atado en un nudo un poco chapucero en el hombro, necesitaba las dos manos para la pistola por si surgía otro…imprevisto no deseado.—Yo voy primero, no bajes hasta que te lo diga.

    Con cuidado fui bajando por las endebles escalerillas las cuales crujían al bajar solo esperaba que fuesen lo suficientemente estables para poder bajar las dos. Era un hoyo más profundo de lo que parecía a primera vista, a medida que bajaba cada vez se alejaba más el punto de luz del baño, me obligó a encender la linterna que como yo sospechaba era más tenue de lo que hubiera querido. El agujero era muy estrecho y la sensación de claustrofobia era latente.

    Al fin, después de lo que parecía una eternidad mis pies tocaron tierra firme. Enfoqué hacía todos los lados, asegurándome de que me encontraba sola, no sabía muy bien que era este lugar exactamente, se veía como unas alcantarillas, el techo tenía forma circular y era bastante alto, luego habían varios pasadizos y dentro de ellos otros subpasadizos y supongo que habría más y más retorciéndose en un enrevesado laberinto pero no me quería alejar de la zona de la escalera. En las paredes había un montón de flechas de distintos colores apuntando en diferentes direcciones pero a mí solo me interesaban las azules, que justo me indicaban que mi camino se encontraba a la derecha.

    Le grité a Olette que podía bajar y al parecer me escuchó porque resonaba el chasquido de las escaleras al pisarlas.

    Bajó las escaleras mucho más veloz que yo casi en la mitad de tiempo pero supongo que después de ver como asesinaba a un demonio en cuestión de segundos con su mortífera cola no me sorprendía.

    En seguida de bajar le tomé de la mano, ella no comentó nada al respecto.

    —Pienso que es más seguro así, de esta forma ninguna de las dos se perderá.

    Intenté que se sintiera segura, pero creo que ella tenía los nervios más de acero que yo.

    Seguimos el rastro de las flechas azules, me preguntaba a donde conducirían las otras pero ni siquiera sé donde me llevarían las flechas azules. Mientras caminábamos en el más absoluto silencio únicamente se escuchaba el eco de nuestros pasos. Esperaba de todo corazón que los demás estuviesen bien, sobretodo Nadie.

    El camino era muy largo e insidioso, todo el rato era lo mismo, nada cambiaba, me hacía pensar que estábamos dando vueltas sin sentido y para colmo la luz de la linterna empezó a parpadear.

    Genial, las pilas se acababan. Teníamos que darnos prisa.

    Esta vez, en vez de andar deprisa prácticamente corríamos, si la oscuridad nos alcanzaba estaríamos pérdidas, al menos yo.

    De repente Olette se paró.

    —Huelo algo.

    -¿Qué es? ¿qué ocurre?

    Ella meneó la cabeza y arrugó la nariz.

    —No lo sé…es un olor pútrido.

    —¿Sabes de dónde viene?

    —Es…confuso…está en todas partes y en ninguna en concreto.

    Olette sacudía la cabeza intentando averiguar de dónde venía, se notaba que se esforzaba por encontrarlo, incluso se podría decir que le frustraba.

    —Pero no podemos quedarnos aquí, si no nos marchamos nos encontrara.

    Ella no dijo nada asique supongo que acepto y continuamos nuestro comino. Sin embargo, pude notar que me cogía la mano con más fuerza, hasta ella podía sentir miedo. Le devolví amablemente el apretón.

    La débil luz de la linterna cada vez iba apagándose más y más y temía que se apagará antes de poder lograr salir de aquí, pero de súbdito, al final del camino; una claridad, una inesperada luminiscencia brotaba del final del pasillo, donde este mismo se ensanchaba en una especie de sala grande. Por fin saldríamos de las entrañas del laberinto.

    Yo, animada corrí más rápido intentando con todas mis fuerzas, pero a medida que íbamos avanzando también se hacía más visible una figura oscura enmarcada en resplandor. Olette se puso tensa y trato de retroceder.

    La expresión de pánico en su rostro era indescriptible.

    —Te dije que no podías huir.

    No sabía cómo demonios podría haber llegado aquí antes que nosotras, pero sin ninguna duda era Alex quien se encontraba varado allí en medio de nuestra única puerta de salida.

    Soltando la mano a Olette apunté con la pistola con toda la puntería que en ese momento podía reunir.

    —¡Te dispararé!

    —Vamos, deja ese juguete y ven conmigo.

    Me tendió la mano, su mano humana, la que no iba hacerme daño.

    —No, ¿qué quieres de mí? dejadme en paz, por favor…

    Él seguía con la mano extendida, estaba claro que quería que yo la aceptase incluso su petición era amable, era el Alex que yo conocí en el pasado, el bueno y cariñoso de Alex…

    —No lo entiendes, ¿verdad?—, inquirió tristemente meneando la cabeza.— No puedes huir, nunca has podido, sólo tienes una falsa sensación de seguridad pero no es real y nunca lo será. A más intentes alejarte de ella, más gente morirá, es su deseo y no podrás hacer nada para evitarlo; es mejor que el esclavo acepte su condición así su dolor se hará más llevadero.

    Si estas mismas palabras las hubiese dicho unos meses antes, por supuesto que le habría creído y accedido hacer lo que sea. Sus palabras eran un puñal revelador directo a mi corazón.

    Toda esa gente había muerto por mi culpa. Todo el peso de sus muertes recaía sobre consciencia como si un piso me aplastará, mis manos temblaban tanto quela pistola cayó sobre el suelo.

    La mano aún seguía tendida.

    —Por favor, deja de hacerte daño a ti misma y a los demás y acepta tu destino.

    Di unos pasos titubeantes hasta él.

    “Esmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpaesmiculpa.”

    No paraba de resonar esas palabras en mi cabeza, infiltrándose en mis venas. A cada paso que daba hacía él, el peso de mi corazón se tornaba más ligero, menos abrumador. Involuntariamente me sentía atraída por la idea.

    —¡No Alina!—, gritó Olette agarrándome del antebrazo para detenerme; como despertándome de un sueño.—Para…te está manipulando.

    Fue como un balde de agua helada. ¿Qué estaba haciendo?

    —No, no voy a ir. La culpa no es mía, yo no quería que nada de esto sucediese…sois vosotros los que causáis toda está destrucción.

    Su mano dejó de estar tendida y cayó lentamente. Ya no había tristeza por mi condición en absoluto, más bien una amarga determinación.

    —Muy bien, entonces tendré que llevarte por la fuerza.

    Algo muy lentamente en su cuerpo empezó a cambiar, su piel se iba descomponiendo dejando solo la carne sanguinolenta y latente, sus músculos al descubierto se derretían cual chicle mascado alargando así las extremidades de sus brazos y sus manos se triplicaron en tamaño, cuernos atravesaron la carne putrefacta ya de su frente y al abrir su infecta boca manó una lengua colosal y viperina que se enroscaba y se desenroscaba en sí misma.

    No dudé un instante en recoger la pistola del suelo.

    —Detrás de mí.

    Le susurré a Olette que ya había sacado el aguijón de su cola. No sé cómo podría protegerla yo de semejante atrocidad pero al menos lo intentaría. Recuerda lo que te dijo Mikael, apunta a la cabeza, la cabeza es el punto débil de todo ser viviente.

    Antes de que su conversión a demonio terminase y nos encontráramos las dos completamente expuestas me tomé un par de segundos para apuntar bien y acertar a la primera.

    Después de asegurarme de que estuviera más o menos segura y de tener la pistola apuntando directo a la cabeza; disparé.

    Y de hecho, para mi propia sorpresa, acerté de aquella manera. La bala impactó contra su cuello pero no se quedó atorada, si no que más bien parecía haber atravesado su cuello como bruma espesa y fue directamente a parar a saber Dios donde.

    Posteriormente el brazo monstruoso de Alex se alargó y a velocidad increíble me agarró brutalmente de la cintura, aplastando así mi cuerpo como si fuera una muñeca. Por mucho que lo intentara no conseguía moverme en absoluto.

    Con el único brazo libre intenté golpearlo y clavarle las uñas, pero todo esfuerzo era en vano. Notaba como mis costillas se comprimían cada vez más dejándome sin aliento.

    Olette imprudentemente saltó en mi ayuda y cual bestia enfurecida hincó la punta de su cola en repetidas ocasiones; en los dedos y nudillos y con su boca mordía y arrancaba trozos de carne.

    —Me molestas.

    Y Alex con la otra mano le golpeó con tal violencia que la mandó volando hacía el otro lado de la sala chocando, al momento de caer no volvió a levantarse.

    —¡No!

    Ya no podía aguantar más, me magullaba tanto que ya casi no respiraba. ¿Quería llevarme o matarme?

    Cuando ya comencé a ver puntitos en el aire, signo de desfallecimiento algo ocurrió.

    La mano me liberó de su atadura y caí al suelo aliviado de poder volver a respirar con normalidad. Al levantar mi mirada del piso la cabeza de Alex ya no estaba sobre sus hombros, se encontraba inerte sobre sus pies que al poco también se tambaleó y se desplomó.

    ¿Qué…?

    Está vez unas manos gentiles me rodearon y me levantaron ya que mis fuerzas se encontraban ausentes.

    —Alina ya pasó , tranquila.

    Nadie me cogió y me abrazó, peinando mi cabello en el camino para establecerme. Me había salvado.

    —¿Estás bien?

    Me lo preguntó con ese tono maternal que le salé cuando se preocupa por mí, su sonrisa era tranquilizadora. Me apartaba mechones de pelo de mi cara mientras que yo me sostenía sobre sus hombros. Nadie había decapitado a Alex sin la menor piedad, pero prefería no pensar en nada ahora mismo. Lo único que me apetecía era estar en seguridad de sus brazos.

    “Sólo tienes una falsa sensación de seguridad pero no es real y nunca lo será”

    Lo que me dijo Alex de repente estalló en mi mente. Nadie no podría protegerme por siempre, si seguía con ella, morirá.

    —Estoy asustada.

    —Lo sé, mi niña, eres tan inocente-, suspiró contra mi pelo, aspirando su aroma.— La inocencia existe con el único propósito de ser corrompido. La vida misma parece tener un rencor insoportablemente poderoso contra ella. Incluso las vidas humanas tranquilas y apacibles, finalmente se degeneran; luego sigue la decadencia y luego el inevitable fin…la destrucción. Es el destino de nadie permanecer inocente.

    Espantada y confundida por tales palabras me aparté del hueco de su hombro para verla. Había una mirada pérfida en esos ojos negros, al intentar zafarme su agarré se hizo más fuerte.

    —¿De qué estás hablando?

    Ella entonces se acercó mucho a mi rostro, tanto que nuestras pestañas se rozaban.

    —Abre tus ojos, Alina, tus verdaderos ojos y entonces comprenderás de lo que hablo.

    En la lejanía, escuchaba mi nombre gritado por una evidentemente voz conocida, en un estado de desesperación absoluta; era imposible, pero era la voz de Nadie que venía de los pasadizos traseros, sus pasos cada vez más cerca, podía oírlos resonando muy próximos.

    Miré a la supuesta Nadie de enfrente de mí y una sonrisa perversa apareció de sus labios.

    —Creo que he llegado tarde.

    Poco a poco la Nadie en mis brazos se iba esfumando convirtiéndose en cenizas hasta aparecer ante mí la mismísima Lilith. Todo esto había sido un cruel engaño y ahora estaba en sus garras.

    Me zarandeaba con todas mis fuerzas para intentar soltarme pero su agarre era férreo sin intenciones de dejarme escapar.

    —Tranquilízate, todavía no ha llegado el momento.

    Y me soltó sin más, de inmediato corrí atrás para crear distancia entre nosotras, al parecer esto le causo gracia, su risa la reconocería por el resto de mi vida, era lo más desalmado que escucharía jamás.

    —Como te has portado bien, te haré un regalo.

    Quise decirle que no quería nada que se relacionara con ella pero un dolor insoportable se estableció en me cabeza; era un dolor igual a que te abriesen la cabeza con un mazo y luego te estiraran el cerebro en dos, rebuscando algo dentro de él. Tal era la tortura que caí en el suelo desplomada de rodillas, mi garganta escocía de los alaridos de conjuga que sufría y mi vista estaba totalmente en blanco.

    Sabía que Lilith estaba jugando (según ella) conmigo pero no sabía el propósito.

    Sin esperarlo unas imágenes bombardearon mis retinas. Al principio no tenían mucha coherencia entre sí, aparecían tan rápido como se iban y muchas veces no lograba reconocer en qué consistía la imagen…la mayoría eran habitaciones antiguas muy parecidas a las de una mansión antigua, veía cosas también como un tipo de pasillo con una puerta roja al final, ese concepto se repetía mucho pero esa puerta nunca se abría, además de muchos cuadros sin acabar unos más avanzados que otros pero jamás terminados, se podía insinuar una figura femenina pero al no poder observarlos con claridad no podía adivinar quién era la persona.

    Cuando comenzaron aparecer flashes de fuego y llamas todo se tornó más caótico incluso. Los cuadros y habitaciones estallaban en un incendio sin fin, pero lo perturbador no era eso; había una persona rodeada por las llamas, consumiéndolo, devorando su carne marchita y negruzca, avanzaba hacia mí a pesar de estar más muerto que vivo. Pronunciaba mi nombre religiosamente en una agonía y traición sin precedentes.

    Lo sentía tan cerca que el calor de las brasas parecía autentico, sin embargo sabía que todo esto no era nada más una ilusión.

    Toda esta locura terminó en una pantalla en negro escuchando una cancioncilla infantil, en una caja de música de esas que le tienes que dar cuerda para escucharla.

    Finalmente al abrir los ojos y el dolor se había apaciguado la sala estaba llena de pequeñas cosas negras que volaban y revoloteaban sin control, al principio pensé podrían ser insectos más grandes de lo habitual pero al fijarme más y darme cuenta de que tenían unas alas cartilaginosas llegué a la conclusión de que eran murciélagos.

    No sé cómo lo sabía pero era Lilith disipándose y desapareciendo, como si aquí no hubiese ocurrido nada.

    Aún en su metamorfosis podía hablar y dijo:

    —Este ha sido mi precioso regalo, un fragmento de tus recuerdos.

    Intenté levantarme pero fue inútil, Lilith se había encargado de dejarme bien incapacitada de pedir ayuda.

    —Ahora recuerda lo que te he dicho…abre tus verdaderos ojos.
     

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