Antes o después ocurre algo en tu vida que marca la diferencia. Puede que ames a alguien hasta el extremo de que el universo parece desdibujarse en su sonrisa y a cambio recibes una puñalada por la espalda o un “no eres lo que busco”. O puede que sientas que has perdido tu camino, que has acabado en un destino completamente alejado de aquel que te habías marcado antes. Incluso puede ser la pérdida de un ser querido, una pérdida que deja cicatrices sangrantes en tu alma. En esos momentos, una idea suele pasar por tu mente con la fuerza de un tsunami. “Necesito cambiar” Porque claro, han sido tus decisiones y actos los que te han llevado a esa situación, a enamorarte de una persona que quizás no era la adecuada, o a perderte a ti mismo, o a ser incapaz de salvar a quien se ha ido. Y si la cosa no ha acabado bien, un cambio parece ser la opción más lógica, lo que cualquiera haría. “Si cambio, las cosas irán a mejor” Y entonces lo intentas con todas tus fuerzas: cambias tu estilo a la hora de vestir, cambias tus gustos musicales e incluso tú forma de ver las cosas. Empiezas a preocuparte por el qué dirán o es posible que acabes cambiando de amistades porque esas personas no pegan con quien tú crees querer ser sino que únicamente encajaban con quien eras con anterioridad. Y llega un día en que, al mirarte al espejo, te das cuenta de que lo has conseguido: ¡has cambiado! La alegría te asalta, porque seguro que a partir de ese momento todo irá a pedir de boca. Seguro que tus nuevos amigos se darán cuenta de lo genial que eres por escuchar su misma música o por reírte de sus bromas. Seguro que un montón de chicas o chicos empezarán a fijarse en ti, ¿cómo no iban a hacerlo con lo bien que te queda tu nuevo estilo? Seguro que el dolor seco que parece arrastrarse hasta tus ojos cada noche en forma de lágrimas se decide, de una vez por todas, a marcharse lejos, muy lejos de aquí. Seguro que esto te hará el ser más feliz de la tierra. Pero en ese momento (si tienes suerte), al mirarte en el espejo te darás cuenta de la verdad. Esa persona que te devuelve la mirada, en apariencia satisfecha, no eres tú. Es un extraño. Algo artificial. Creer que nuestra vida será un camino de rosas es un error, porque obviamente no lo será. Van a rompernos el corazón, vamos a equivocarnos de camino y seguro que vamos a perder a gente que amamos. Lo que no comprendemos, lo que escapa siempre de nuestro entendimiento es que, en el fondo, ya estamos cambiando. La realidad es que no somos las mismas personas que hace un año, o un mes, incluso puede que un día. En ocasiones, basta un solo segundo para hacernos diferentes. El secreto no está en cambiar para ser diferentes. El secreto está en que, pese a los cambios, en el fondo sigamos siendo lo que debemos ser. Nosotros mismos.
Carta a mi “joven yo” Hasta hace poco creía que te odiaba, ¿sabes? Y no puedes negarme que tenía ciertas razones de peso para hacerlo, ya que metiste la pata hasta el fondo demasiadas veces, haciendo mucho daño a personas que amaba y que perdí por tu culpa. Por ello, una parte de mí te repudiaba por completo, tratando de apartar quien soy ahora de lo que tú simbolizas en mi vida. Por tu culpa perdí a Sandra y jugaste con otras personas, con demasiadas. ¿Por qué lo hacías? Me he hecho esa pregunta muchas, muchas veces, pero nunca he sido capaz de sacar una verdadera respuesta, una que fuese capaz de explicarlo del todo. Creo que no lo hacías con la intención de hacer daño a nadie. Creo que eras tan inocente como para creer que tus acciones tenían un trasfondo razonable, algo que las justificaba, que las hacía “pasables”. Pero no lo eran. Para nada. Aunque supongo que ahora ya es demasiado tarde como para intentar cambiarlas. Pasaste varios años enterrado en la mierda, autocompadeciéndote, sobreviviendo a base de engañarte a ti mismo, creyendo que lo todo lo que te pasaba no era culpa tuya, que la culpa siempre la tenía otra persona. Pero el único culpable fuiste tú, Adrián. Una y otra vez. Por eso te odiaba, por no haber sido capaz de afrontar la verdad, por creer que todo lo que habías leído en los libros de alguna manera podía adaptarse a la realidad, por escapar siempre de la verdad de tus actos. Hasta que la verdad te alcanzó. Llegaron dos años sombríos, los peores de tu vida. Te destruyeron, hicieron que perdieses completamente todo en lo que habías creído, que perdieses a personas que creíste que siempre estarían ahí, a tu lado. Estabas completamente solo, y esta vez no se trataba de una ilusión adolescente. Era la cruda y pura realidad. Y, sabes, también te odiaba por ello. Porque creía que habías sido un cobarde, que te habías acabado de perder del todo. Hoy me he dado cuenta de que estaba equivocado. Esos dos años te destruyeron, sí, pero también sirvieron para que te dieses cuenta de algo: eras fiel a tus principios, a los valores en los que creías. Por primera vez en tu vida fuiste fiel a tus ideas. Defendiste a alguien, la protegiste hasta las últimas consecuencias, aunque eso significase perder todo lo que antes habías tenido, todos los pilares que te habían sustentado hasta entonces. Y lo hiciste porque era lo correcto. Hoy, gracias a ello, puedo decir que soy feliz. Ahora me sostengo sobre mis propios pilares, mil veces más sólidos de lo que nunca fueron los tuyos. Hoy tengo aspiraciones, sueños, metas. Personas por las que luchar. Me enseñaste que soy capaz de lo mejor y lo peor y me hiciste alguien superior, alguien capaz de cumplir sus sueños. Por ello, y pese a todo lo que me quitaste, quiero darte las gracias. Gracias por hacerme quien soy. Ahora es mi turno, ahora me toca a mí cambiar las cosas. Deséame suerte.