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    Phenomena

    Phenomena Iniciado

    Escorpión
    Miembro desde:
    24 Enero 2010
    Mensajes:
    9
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    13
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Horror
    Total de capítulos:
    4
     
    Palabras:
    4674
    Capítulo 1


    ¿Cómo había llegado a esto?

    ¿Qué había ocurrido para llegar a tal situación?

    ¿Por qué tenía las manos llenas de sangre?

    Algo cayó de mis manos, un cuchillo.
    Cuando quise darme cuenta una luz chocaba directamente en mis ojos, cegándome.

    Alguien me preguntaba algo, pero yo no podía escuchar nada, solo leves murmullos incomprensibles.

    -¿Por qué has hecho eso?

    No lo sé, ¿Qué se supone que he hecho?

    Lo que sí sé, es cuando comenzó todo.

    Un día normal de noviembre, si hago memoria, podría concretar que era 13 de noviembre.
    El día del principio del fin, aunque en aquel entonces era inocente y no sabía nada.



    -¡Eva! ¡Despierta idiota!

    Poco a poco abrí mis ojos y la suave luz del sol lleno mis ojos y bostecé.

    -La hora del patio acabó. Tenemos que ir a clases, no quiero que me castiguen otra vez por tu culpa, me golpearan con la regla otra vez.

    Una voz dulcemente molesta llegaba a mis odios, solo podía ser Katerinka.

    Me pellizcó la mejilla.

    -¿Por qué eres tan dormilona?

    Me miró directamente con esos preciosos ojos azules como el mismo cielo, tan claros que casi podía ver sus pensamientos.

    -No tengo ganas de ir a clase, Kat. -Dije yo levantándome y estirándome.- vayamos por ahí, hoy hace un día soleado para estar en Noviembre.

    Katerinka se quedo allí sentada unos minutos tocándose con nerviosismo su falda a cuadros del uniforme horrible del colegio de monjas, el cual constaba de un jersey azul marino con el símbolo del colegio de monjas exclusivo para chicas Santa María, y una falda por encima de la rodilla de cuadros color borgoña, todo conjunto con unos calcetines negros y unos zapatos clásicos también negros o en todo caso marrón oscuro.

    Aquí la expresividad no estaba a la orden de día.

    Le tendí una mano a Kat, ella la miro y sonrió.

    -Puedo levantarme por mi misma-sacudió su espeso cabello rubio en un toque de orgullo y se levanto del césped en un rápido movimiento. -¿Dónde quieres?

    Puse un dedo en la barbilla pensativa.-Pues me prometiste un helado, espero que no se te haya
    olvidado.

    Ella suspiró y sonrió a su vez.

    -Eres una aprovechada, solo que quieres por mi dinero.

    -¡De eso nada! Pronto yo seré una nueva rica también.



    Katerinka se pidió una helado de nata, muy normal en ella y yo me pedí uno de caramelo, muy habitual en mí también. Nos sentamos en la terraza de la heladería donde podíamos ver a la gente pasar y vernos a nosotras como hacíamos pellas, pero eso poco importaba ahora, un tema peliagudo había surgido entre nosotras y el silencio incomodo se podía palpar.

    -Katerinka yo...

    -No digas nada, te entiendo, pero eres imbécil.-dijo en un tono cortante y sus ojos azules normalmente en calma ahora eran una tempestad y eso invito a mi enfado también.

    -Escucha, Kat. Te aseguro que esta situación tampoco me hace enormemente feliz. -respire hondamente para tranquilizarme, mi garganta era un nudo.-pero ya no hablo de mi Kat, si no de mi madre, la felicidad de mi madre, después de lo que paso...se merece ser feliz, tengo que pasar a segundo plano.

    Ella miro al suelo unos segundos más antes de explotar.

    -¡Pero no tiene derecho a hacer eso! No puede llevarte a casa de un desconocido así por las buenas, solo por que supuestamente se haya enamorado de un completo desconocido y no quiero decir ya de su dinero...

    -Kat...no continúes, por favor.

    Le rogué, yo tampoco quería esto.

    Mi madre Débora de origen madrileño ahora viuda tras un accidente de coche recientemente se había enamorado de un hombre y ese hombre después de unos meses de conocerse le había pedido mi madre que fuese a vivir con él y ella como enamorada que era había aceptado gustosamente. Lo malo era que yo iba en el paquete también, no era que mi madre era una mala madre ni nada, solo que era un poco molesto que tan solo unos días antes de irnos a vivir a casa de un desconocido, me lo había comentado, pero conociendo a la loca de mi madre me lo podría esperar absolutamente todo de ella, incluso si su novio era un extraterrestre. Desde la muerte de mi difunto padre Robert que murió cuando estaba en la tierna edad de siete años, mi madre había cambiado completamente, le daban cambios bruscos de personalidad, a veces estaba contenta y a veces quería morirse y tanto quería morirse que había intentado suicidarse nada más ni nada menos que cuatro veces, todas ellas cortándose las venas en la bañera, por suerte o por desgracia suya siempre había llegado a salvarla.

    Por ese motivo, incluso ante mi propio enfado, quería que fuese mínimamente feliz con ese hombre. Y si eso incluía una nueva casa de un rico, tampoco sería tan malo, ¿No? Quién sabe, a lo mejor era bueno y cuidaba a mi madre como merecía.

    La vida era demasiado corta como para estar siempre en constante sufrimiento, asique por eso haría mi mayor esfuerzo para controlar mi ira y dejar a mi madre vida una vida medianamente feliz.

    Incluso si tenía que alejarme de Katerinka.

    Katerinka y yo hemos sido vecinas y...amigas durante prácticamente toda nuestra vida. Hemos estado siempre juntas, desde parvulario hasta ahora en el instituto. La una lo sabía todo de la otra, y sabía casi lo que pensábamos, sin decir palabra.

    Aunque realmente no sería una separación real, ni siquiera tendría que cambiarme de instituto, solo de casa, se sentía demasiado doloroso aun si seguíamos viéndonos todos los días, ya no podría ir con ella al colegio ni podría colarme a su habitación para dormir con ella y por eso entendía mejor que nadie el enfado de Katerinka, podía desquitarse y gritarme todo lo que quisiera.

    -No quiero que te vayas.

    La mire y ella me miro. Estaba llorando, pero giraba su cara para que no la viese, era demasiado orgullosa.

    Le cogí las manos con suavidad, no las aparto.

    -¿Crees que yo quiero? Por supuesto que no quiero, es lo que menos deseo en el mundo. Pero...tengo que hacerlo.

    Me dio un tierno beso en los labios.

    También era dolorosa la despedida por el hecho de que nos amábamos.

    -Podrás venir siempre que quieras Kat.

    Chasqueó la lengua.

    -Sola faltaría que no pudiese entrar. Siempre vas a ser una idiota Eva.

    Sonreí, con un poco de tristeza.

    -Me tengo que ir, esta noche tengo cena con mi nueva familia, que ganas...

    -¿Y el hombre ese tiene hijos o algo?-pregunto mientras ella pagaba los helados y nos retirábamos de la mesa y caminábamos hacia nuestras respectivas casas.

    -Pues...sí, creo que sí, tiene un hijo.-afirme agarrándome a su brazo delgado tras el jersey. Ella entorno los ojos.-¿No estarás celosa no?

    -Pues mira, si lo estoy, vas a estar en una casa con un chico.

    -Por dios Kat, primero de todo, me gustas tú, segundo que va a ser mi hermano y tercera es más pequeño que yo, creo que tiene doce...no, trece años. No estoy enferma.

    Katerinka se río con ganas, tanto que la gente nos miraba al pasar.

    -¡Ay,Eva! A los ojos de dios, una come coños no puede estar más enferma.

    -¡No lo digas de esa forma!

    Las dos nos reímos y esta vez no me importo si la gente nos miraba.

    Ahora no lo sabía, pero quizás este fue el último momento de alegría.




    Mi madre me había obligado a vestir el vestido más bonito que tenia y ella se había emperifollado más que nunca, por lo visto teníamos que causar una buena impresión.

    -Eva, por todos los santos del cielo, se amable con él y compórtate como una señorita, y hazte amiga de tu hermanastro, es un chico encantador.

    -¿A sí que él si te ha visto antes y yo no he visto a tu novio?

    Débora me agarro la cara con sus finas manos, me miro con sus ojos verdes potenciados con rímel, su cara redonda y llena de pecas enmarcado con pelo castaño muy rizado, labios gruesos, mi madre era muy guapa, era normal enamorarse de ella.

    -Cariño, no quería asustarse o presionarte de alguna manera. Solo se la buena chica que eres, ¿Vale? Eres una chica muy buena y tu padre y tu hermano que querrán como yo los quiero a ellos.

    Mi corazón se estrujo.

    ¿Qué le pasa?, ¿Mi padre y mi hermano?

    Esa no es mi familia, no podía. Sentía como si me estuviesen robando a mi madre.

    -Oh, el niño, Abel, es lo más adorable que hay, es súper inteligente y muy considerado para la edad que tiene, seguro que te gustara y su padre también.

    -Llegan tarde.-murmuré de mala gana.

    Toda esa situación era de lo más surrealista. Tenía que tragarme todas las ganas de levantarme e irme de este restaurante tan lujoso e irme a mi casa, mi verdadera casa, al lado de Kat y simplemente dormir.

    No quería un padre nuevo, mi madre había sido mi madre y mi padre, yo no necesitaba más. Yo ya había tenido un padre cariñoso y bondadoso, no quería un sustituto, por mucho que se esforzase o por muy amable que fuese el novio de mi madre, jamás podría competir con el amor de mi difunto padre en mi corazón, simplemente ya no había espacio para invitados, que para empezar, podrían ser pasajeros.

    Pero de nuevo, tenía que empujar estos deseos egoístas.

    Después de todo lo que ha tenido que pasar mi pobre madre, tantas, tantas cosas...y todo, por mi culpa.

    Así que tragaría lo que fuese, con tal de que mi madre sea feliz de nuevo y si eso incluía una nueva familia y una nueva casa, que así sea.

    Miré de reojo a mi madre Débora, se veía resplandeciente, una sonrisa adornaba sus labios gruesos y una extraña luz la iluminaba, era fácil enamorarse de mi madre, no solo por su belleza, que a sus treinta y siete años, seguía con una hermosura resplandeciente y llena de vigor, un cuerpo lleno de curvas muy bien definidas y una cara de muñeca con unos ojazos verdes y pecas alrededor del puente de su respingona nariz y unas pocas en el pecho descubierto. Pero no solo el físico le hacía justicia, Débora siempre, al menos antes más que ahora, era una mujer de un fuerte carácter, muy perspicaz e inteligente y una gran conversadora, por esos motivos era más que probable que cualquier hombre se enamorase locamente de ella.

    Di un suspiro, al menos espero que su novio valiese la pena. Que por cierto, he olvidado como se llama, ¿Cómo podía ser eso?

    Quise preguntárselo a mi madre, pero no me dio tiempo, un hombre estaba delante de nosotras con una sonrisa de disculpa pintada en la cara.

    Me pare a mirarlo fijamente y él solo se aclaro la garganta.

    Mi madre se levantó de un salto de la silla y se abrazó con aquel hombre, quien ya sospechaba quien era. Después de lo que parecieron unos interminables minutos abrazados el hombre él se separo y me miro fijamente.

    Madre se dio cuenta y enseguida nos presento.

    -Ah, ella es mi hija Eva-me presento dirigiendo una mano cálida en mi hombro.

    -Encantado Señorita Eva-suavemente cogió mi mano y deposito un ligerísimo beso en ella. ¿De qué siglo salía este hombre con tal galantería?-Yo soy Gabriel, tu madre me ha hablado muchísimo de ti.

    Asentí graciosamente con la cabeza, intentando ser todo lo cortés que podía.




    -Sin embargo, mi madre no me ha hablado tanto de ti.

    Por supuesto mi madre enrojeció, pero Gabriel solo se rio con fuerza.

    Mi pequeño ataque por avergonzarlo había fracasado.

    Era elegante y encantador, y por mucho que no quisiera reconocerlo, excepcionalmente bello.

    Era altísimo, sobre el metro noventa, de piel morena y sonrisa espectacular, además para tener ya los pasados cuarenta años conservaba un espeso pelo negro sin prácticamente ni una cana, todo eso con una bueno tipo y sin ninguna barriga cervecera.

    Mi madre no tenía ni un pelo de tonta, se lo había escogido rico y guapo y con una aparente buna personalidad.

    ¿Cómo podría odiarlo así?

    -¿Por qué has tardado tanto cariño?-pregunto Débora sentándose de nuevo junto a mí.

    Gabriel solo hizo una mueca de cansancio. Ahora que lo pienso, tampoco me acuerdo en que trabajaba, solo me acuerdo en que manejaba mucho dinero.

    -Bueno, ya sabes como es mi trabajo, siempre tan llena de improvistos y de empresarios pesados. Vine en cuanto pude.

    Sonrío y le dio un tierno beso en los labios de mi madre.

    Solo me dedique a observar, quizás un tanto celosa de que pudiesen mostrar su amor tan libremente. Yo no podía hacer esas cosas, no podía besar a Kat cada vez que me apetecía, siempre a escondidas de ojos acusadores.

    Ah, Kat. Realmente te necesito en momentos como estos, idiota.

    -¿No ha venido Abel contigo amor?

    -Ah, no...él pobre esta tan agobiado, ya sabes cómo es, estudia y estudia sin parar y al final acaba agotado, lo deje en casa durmiendo.-explico mientras llamaba al camarero-pero seguramente se enfadara conmigo, en verdad tenía ganas de conocerte.

    -¿En serio?-murmure sin muchas ganas. Un hermanito empollón, dioses, me muero de ganas de verle...

    -Sí, en realidad creo que demasiadas, siempre ha querido un hermano...o hermana.


    La cena transcurrió con relativa normalidad, la verdad es que yo me aburrí un montón, claro que hacer de candelabro nunca es agradable para nadie. Además, Gabriel era incluso demasiado bonito para ser cierto y mostro cierto interés por mi vida y las cosas que me rodeaban, casi como si se preocupara por mí, en cierto modo, era un poco halagador. Pero en el fondo supongo que solo lo hacía para cumplir, ya que le tocaba portarse bien conmigo, si quería ganarse a mi madre.

    Pero una peque llama de la esperanza se encendió en mi pecho, quizás, solo quizás podría volver a tener de nuevo una familia de verdad.

    No sabía cuan equivocada estaba.



    Los días pasaron sin casi darme cuenta y cuando quise darme cuenta ya estaba empaquetando mis cosas en un montón de cajas de cartón. Era un tanto difícil poner una vida en unas cajas, dejar mi casa llena de recuerdos y verla vacía y desnuda como el primer día era un tanto doloroso, pero ese dolor no era nada comparado con el dolor de dejar a Kat.
    Casi podía sentir las lágrimas en los ojos.

    En realidad sentirse así, era totalmente ridículo. La seguiría viendo como siempre e incluso Gabriel me había dado permiso para que Kat viniese cuando quisiese.

    Decidí olvidarme de eso por un momento, había muchas cosas por hacer.

    Cuando por fin acabamos mi madre y yo, los de las mudanzas pusieron todas las cajas en los camiones, los muebles los vendimos, ya que en una casa de ricos estos muebles anticuados no valían la pena.

    Vi a Kat desde la ventana de la casa contigua a la mía. Su mirada era sombría.

    De alguna manera había decidido no venir a despedirse, supongo que era mejor de esta forma. La mejor despedida era no despedirse.

    Débora y yo subimos a un taxi por cortesía de Gabriel que presumía saber que estaba demasiado ocupado como para venir a buscarnos personalmente.

    En veinte minutos estábamos enfrente de una casa majestuosa y a la última moda.

    No sé cuán grande era, pero poseía un gran jardín delantero con muchos tipos de árboles ahora en cierta decadencia por culpa del invierno. La casa se podría clasificar como arte cúbico y con grandes ventanales en la parte delantera de la casa o mansión que ocupaba los tres enormes pisos.

    Por dentro también era muy moderna, todo en su gran mayoría blanco y negro, decorado con un gran sentido del gusto, todo tenia la pinta de ser la mar de caro.

    Gente rica, creo que no podre entenderla jamás.

    Una mucama de color, sonrisa apacible y algo más bajita que yo, que ya es decir, nos esperaba en el amplio recibidor.

    -Buenos días señora Débora.-saludo con amabilidad, nada fingido. Dirigió su mirada hacía mí.-usted debe ser la señorita Eva, ¿Cierto?

    -Sí.-conteste yo un poco tímida. Lo cierto es que me encontraba un poco cohibida, no sabía muy bien que hacer o cómo comportarme, era demasiado nuevo para mí y las cosas nuevas no solían soportarlas bien, siempre acababa estropeándolo a causa de mis nervios.

    -Perfecto-aplaudió- te enseñare tu habitación y te ayudare a colocar tus cosas.

    -Gracias.

    La mucama, llamada Irene me acompaño hasta mi cuarto. Ella era verdaderamente simpática y eso me relajo, me alegraba saber que no estaría completamente sola.

    Mi recamara, por así decirlo, era casi más grande que mi antigua casa. Estaba un poco vacía, solo constaba de un tocador rustico blanco y una gran, gran cama en la que perfectamente podían caber tres personas estiradas, un espejo que cubría toda la pared y al fondo del todo un armario.

    Entre unos cuantos hombres subieron todas mis cajas a mi cuarto. Y a partir de ahí me dedique a colocar todos mis libros, que eran unos cuantos, objetos personales con mucho valor incluido y básicamente el resto era ropa.

    Colocando mi ropa en una de las perchas escuche un suave carraspeo de garganta. Me gire y me encontré con algo...difícil de clasificar.

    Era un chico de unos trece años de edad que me miraba profundamente, con una mano detrás de la espalda y una en la boca, donde había tosido suavemente para llamar mí atención.

    Nos quedemos un rato silencio, simplemente observándonos.

    Para ser unos tres años más pequeño que yo, casi era de mi altura, solo unos centímetros me daban la seguridad de ser más alta. Este chico, era sumamente exótico, por así decirlo, comenzando con su pelo, que aparte de ser una melena despeinada, era su extraño color rubio, si era rubio, porque era tan rubio que era blanco. Su cara era un ovalo perfectamente pálido cremoso, enmarcado por su alocado pelo, sus ojos eran grandes para ser un niño y eran de color verde, pero no como los de mi madre, que eran más aceituna, los suyos eran más del color de la hierba, un verde brillante. Su nariz era pequeña y graciosamente respingona y sus labios casi o tan bonitos como los de una chica, llenos y con un agradable color rosado. Vestía lo creía ser un uniforme de un colegio muy prestigio, con una camisa blanca impoluta con una corbata azul de rayas y unos pantalones caquis conjunto con unos zapatos marrones.

    Era este niño con pinta de duende, ¿Era Abel?

    ¿Este niño anormalmente albino era hijo de Gabriel? Un hombre moreno, de cabello y ojos oscuros.

    No me di cuenta que estaba como hechizada cuando él me hablo, con voz muy seguro, a pesar de que sus manos temblaban ligeramente y sus mejillas estaban un tanto rojas.

    -¿Debes de ser Eva, cierto?-pregunto acercándose con dos pasos rápidos y me sostuvo las manos entre las suyas, estaban tan frías que tuve el impulso de apartarlas, pero pensé que sería de mala educación.

    Asentí con la cabeza, por alguna razón incapaz de hablar.

    -Encantado Eva, supongo que sabes quién soy, pero quiero presentarme.

    Alejo sus manos de las mías, que me alivio un poco, por razones inexplicable su presencia era algo...abrumadora. No me miraba con ojos de un niño de trece años, me miraba con los ojos de un adulto.

    -Soy Abel, el hijo de Gabriel, aunque eso ya lo sabes...-titubeo un poco, pero rápidamente conservo las fuerzas.- yo solo quería decirte que me gustaría, no, me encantaría que pudiéramos llevarnos bien. No te pido que me quieras como un hermano, al menos por ahora, pero sería maravilloso que tu estancia aquí con nosotros sea lo más feliz que pueda, daré mi mejor esfuerzo. Asique si necesitas ayuda en algo o necesitas de cualquier cosa, estaré más que dispuesto a ayudarte.

    En serio, ¿Un niño de trece años habla así? Todos los niños de trece años que he conocido en lo largo de mi vida están más preocupados en sacarse los mocos y levantar las faldas a las niñas que en cualquier otra cosa.

    Me sentía un poco afortuna de haberme tocado un hermanastro bastante agradable y no un imbécil.

    Sonreí un poco.

    -Supongo que debo de darte las gracias. Es un placer conocerte también.
    Levanto una ceja, un poco molesto o eso creía ver.

    -¿Supones?

    -No, no. Quiero decir...en realidad estoy feliz de estar aquí, más por mi madre que cualquier otra cosa pero...espero que este cambio tan brusco vaya a mejor. Tú también debes de estar contento por tu padre, creo que se quieren mucho.

    Él sonrió y su sonrisa de una forma muy rara me afecto.

    -Sí. Estoy muy contento por nuestros padres- "nuestros padres" que raro sonaba eso en sus labios.-aunque nosotros también tenemos derecho, quiero que seamos amigos, eso me haría aún más feliz.

    Me sorprendí ante su precoz petición, no sabía cuan "precoz" era él.

    -Eso estaría bien, vamos a pasar mucho tiempo juntos después de todo.

    Me senté en la cama, así él podía mirarme a los ojos con más facilidad. Se notaba que mi respuesta le complació gratamente y antes de que pudiese darme cuenta estaba agachado a mi altura colocando sus manos en mis hombros.
    Sin darme tiempo a reaccionar Abel poso sus labios sobre los míos.

    Ciertamente el niño de trece años y hermanastro mío me está besando. Estaba tan petrificada que mis brazos no lo empujaron.

    Cuando terminó simplemente se paro frente a la puerta y me dijo que era hora de cenar.

    Puse mis dedos sobre mis labios, sin saber qué hacer.

    No fue un beso de un adulto pero tampoco era el beso de un niño.

    Ahora no lo sabía, pero ese beso, marcó mi destino.


     
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    Escorpión
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    24 Enero 2010
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    Pluma de
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    13
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
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    Horror
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    2613

    Capítulo 2.

    Me lo quede mirando, con la mano en la boca.

    ¿Este niño, ni siquiera adolescente me había besado?

    De pronto mi genio surgió como un volcán en erupción. No entendía como podía estar tan risueño al hacer algo como esto, me preguntaba seriamente si a lo mejor esta era una de tas familia que para saludarme se daban un beso en la boca.

    Oh, por todos los dioses, al margen de quedar como una prejuiciosa, me negaba a besar a Gabriel o mi propia madre o a este niño en la boca solo porque sea una tradición o lo que sea. Solo que mí a veces estrecha mente se negaba en rotundo en hacer de nuevo algo como eso.

    Por eso estaba dispuesta a averiguar si este beso había sido cosa suya o algo de la familia.

    -Espera un momento, Abel.

    Le tome del brazo, que me di cuenta que tras la camisa era muy fino y delgado, cosa que me hacía suponer más que era un duendecillo.

    -¿Tú...porque has hecho eso?-tartamudeé y le solté el brazo, que sin darme cuenta supe que me daba miedo hacerle daño a ese bracillo de palo.

    Él me miro con el ceño fruncido y parpadeó varias veces, aparentemente sin comprender mi fácil pregunta.

    -No entiendo, ¿Qué he hecho hermanita?

    ¿Her...manita? ¿Yo?

    Estaba empezando a exasperarme, me estaba tomando el pelo o pensaba que era tonta o algo por el estilo.

    Puse mis manos en las caderas, cosa que siempre hacía cuando me enfada.

    -Primero, soy tres años mayor que tú, por favor, llámame Eva solamente, nada de hermanita. No somos hermanos. Y quiero que me digas porque me has dado ese beso.

    Sabía que a lo mejor estaba siendo borde o maleducada, pero tampoco tenía derecho a tratarme como se le diese en gana.
    Bajo los ojos, no podía adivinar si se encontraba avergonzado o molesto, pero no me importaba, no quería que me tomase como una idiota.

    -Quizás seas mayor que yo, pero para mí eres una igual. Quiero que tengas en cuenta, no me gusta que me traten como un niño, puede que en apariencia lo aparente pero te aseguro que no es así.

    Puso sus manos detrás de su espalda, su mirada era casi soberbia, sus ojos verdes brillaban. Y yo solo callé impresionada, casi parecía un profesor regañando a su alumno.

    Al ver que no decía nada continúo.

    -Y te bese...te bese porque solo tenía ganas de hacerlo.

    Comento tan ancho, casi desafiante y tuve ganas de darle una bofetada por su arrogancia.

    -Pero...-rodo sus del suelo de nuevo a mis ojos.-realmente lo siento por incomodarte, se que necesitas tu espacio y yo lo invadí sin más. Me disculpo por eso.

    ¿Y ahora que hacía yo? No sabía de dejarlo estar o continuar enfadad.

    Opté por dejarlo estar, estaba tan cansada que no tenía ganas de seguir discutiendo o enfadarme con él...además, una parte de mí no quería enfadarse con Abel. De alguna manera que no podía explicar me sentía anormalmente atraída por él y su característica forma de ser.

    -Está bien- suspire- pero no vuelvas hacer algo así.

    Abel sonrió y me dejo ver sus dientes blancos, que como no estaban perfectos y sin una sola caríe. No como yo, que de tanto comer chucherías se me había picado algún que otro diente. Los dulces eran mi perdición.

    -Bien, me alegra saber eso.

    Él tomó mi mano con delicadeza y me levantó de la cama.

    -Vamos a cenar.





    Era una sensación cálida.

    No era desagradable, no del todo. Todavía estaba reacia a sentirme de esta manera, al menos tan pronto.

    Cepille mi cabello castaño en el tocador de mi habitación y me mire al espejo.

    En mi vanidad, note que estaba un poco más guapa, quizás porque el color de mis mejillas estaba de color rosado y no de un blanco muerto o que mis labios estaban más rojos que nunca.

    A lo mejor, solo a lo mejor, el amor de una familia era milagroso.

    Pero esa diminuta felicidad desaparecía muy pronto, mas pronto de lo que hubiese querido.



    Me encontraba en clases, había pasado unos tres días desde que me había mudado y hasta ahora todo sucedía con aparente normalidad.
    Gabriel Y Débora estaban tan enamorados que no se escondían en hacérselo saber, Gabriel cada mañana la despertaba con una rosa y el desayuno y salían cada noche a cenar, madre no podía estar más dichosa. También Gabriel hacía un buen trabajo de padre, ayudándome en lo que me hacía falta y francamente preocupándose por mi comodidad contratando un chofer para que pudiese ir a la escuela como siempre. Yo personalmente agradecía tanta comprensión y amabilidad de su parte, pero llegar a clases con un coche y un chofer era vergonzante.

    Kat sentada detrás de mío me palmeó el hombro para llamar la atención.

    -¿Qué te pasa? Estas en las nubes-su tono era de preocupación pero luego adquirió uno de burla.-bueno siempre estás en ellas.
    Me giré disgustada.

    -Si te vas a reír de mí mejor vuelve a tus cosas.

    Esta vez sí qué se quedo perpleja, parpadeó un par de veces no creyéndose que yo le había contestado. Era normal que se quedase un poco sorprendida, jamás en los catorce años que nos conocíamos le había contestado de una mala manera, siempre era yo la que perdonaba todos sus caprichos y todas sus malas contestaciones.

    -Eva... ¿Qué demonios te pasa?

    Exactamente eso. Un demonio.

    Abel.

    Incluso aquí, en la lejanía de mi colegio podía sentir su mirada.

    A veces me asustaba. Sobre todo cuando desayunábamos, que era casi cuando más no veíamos y a la hora de la cena. Era un niño preocupantemente ocupado, se la pasaba o estudiando, me entere que sus notas eran todo matriculas, también se que practicaba esgrima y estudiaba violín y piano además de otras cosas que no sé.

    El caso es que cuando coincidíamos básicamente me comía con los ojos. Al principio pensé que eran paranoias mías pero cuando una vez mientras me comía mi bol de cereales de cada mañana, Abel, se sentó en frente mío mientras Irene le preparaba el desayuno, que consistía en tortitas con sirope de chocolate, por lo visto era un adicto al chocolate. Yo por el contrario me fascinaba la miel, pero ese no es el caso.
    Comiendo tranquilamente sin hacer demasiado caso a lo que ocurría a mí alrededor noté algo, los ojos de Abel que no se movían de mi rostro.
    Me empecé a sonrojar, ni siquiera tenía la decencia de bajar los ojos por haberlo pillado mirándome.

    -¿Tengo algo en la cara? -pregunté apartándome el flequillo de la frente.

    -No en realidad, solo pensaba que estabas muy bonita en esta mañana.

    Sonrío con esa perfecta cara angelical y como Irene le puso el plato de tortitas en la mesa de la cocina, comió con su habitual armonía, con muchos modales como no, todo lo contrario de mí.

    Poniéndome a pensar era completamente distinto a él, si no su opuesto. Yo era un cero a la izquierda con las notas, si no fuera porque Kat me obligaba a estudiar hubiese repetido curso un par de veces y tampoco era buena en deportes, no tocaba ningún instrumento y no solía tener buenos modales, solo decía lo que pesaba a riesgo de quedar como una maleducada. Claro todo no era malo, soy una chica muy normal supongo que una de mis mejores cualidades es que soy una buena amiga de mis amigas y suelo comprender bastante a la gente, otra persona a parte de mí no podía comprender a la arrogante de Kat y ver qué muy dentro era una niña extremadamente dulce.

    Pero con Abel, era muy distinto.

    Él que era amable y servicial conmigo hasta el extremo, algo en él que no entendía en absoluto me hacía sentir escalofríos.

    Aún cuando un día después de clases llegue a casa llorando con los papeles de las notas en la mano, fui directamente al sofá recio del enorme salón y me derrumbé a llorar a cantaros.

    Lloraba porque había sacado en las notas pre trimestrales una clasificaciones bastantes horrendas, con más suspensos que aprobados. Mi madre definitivamente me iba asesinar, no, primero me torturaría y después me mataría.

    No note como una mano se poso en mi hombro y me voltee esperando ver la cara enfadada de mi madre, en cambio vi un rostro muy preocupado de Abel quien enseguida se agacho a mi altura y colocó sus manos frías en mis mejillas para que le viera directamente a esos fascinantes ojos verdes.
    No podía dejar de llorar.

    -Eva... ¿Por qué lloras?

    Me limpió las lagrimas que seguían rodando por mis mejillas con los dedos, si no fueras porque estaba llorando se podría decir que era más bien una caricia, después, sacó un blanco pañuelo del bolsillo de su pantalón para limpiarme mejor.

    Le entregue el boletín de notas y él las tomó.

    Le dio un rápido vistazo y suspiro, quizás él pensaba que estba llorando por una razón distinta y no por las notas.

    -Bueno son un poco malas...pero no tienes que llorar por eso.

    -¿Malas?-inquirí yo sarcástica- son monstruosas. Mamá me asesinara.

    Abel se quedo un rato en silencio meditando sobre la situación.

    -¿Débora sabe que existen estas notas pre trimestrales?

    -No. Han sacado esta normativa este año, son para ver vas en las asignaturas y eso.

    Murmuro un "vale" para si mismo y volvió su atención hacia mí.

    -Vamos hacer una cosa.-él cogió el boletín, lo doblo cuidadosamente y lo metió en el bolsillo.- estas notas nunca han existido.

    -¿Eh?-dije sin comprender. ¿Qué estaría planeando este muchacho?

    -Mira Eva, no le diremos nada a Débora sobre esto, así no se enfadara contigo. ¿De acuerdo? Pero a cambio tendrás que mejorar las notas y no suspender ni una.

    -Pero...pero...no sé si seré capaz, no soy muy buena estudiante.

    Abel sonrió de nuevo y me toco el pelo con cariño.

    -No tienes por qué preocuparte por eso Eva.

    Entonces hizo algo que me desconcertó por completo. Dobló su rodilla y tomó mis manos entre las suyas, cosa que poco a poco me estaba acostumbrando pero lo que me hizo temblar no fue eso, si no los ojos con los que me miraba estaban llenos de adoración y algo que no estaba segura de comprender.

    -Eva, te prometo que siempre y cuando digo siempre me tendrás a tu lado, cuando tú llores yo estaré de tu parte, nunca una mentira saldrá de estos labios para hacerte daño, por eso yo hago esto Eva, no engañaría a tu madre por ningún otro motiva que no seas tú.
    Me quede un poco sin aliento, cada vez pensaba menos que tan solo estaba en treces años de edad, si más bien parecía un pequeño caballero.

    A la par que me desconcertaba también reconocía que me hacía feliz.

    En estos momentos creo que era la cosa más adorable que había visto nunca y no pude evitar querer abrazarlo y así lo hice.

    -¡Gracias! ¡Gracias!

    Creo que se quedo petrificado y no era para menos, en mi estancia aquí no había sido muy cariñosa que digamos. Después de lo del beso de bienvenida me mostré un tanto recelosa, pero ahora supongo que nuestra relación había tomado un paso hacia delante.

    Poco a poco envolvió sus delgados brazos alrededor de mi cintura sin querer soltarme, ni siquiera cuando la puerta principal se abrió dejando ver a Débora y Gabriel felizmente cogidos de la mano, con varias bolsas de compra también.

    Desde que vino mi madre aquí solo vestía los vestidos y trajes más finos, por cortesía de Gabriel, que tontamente cumplía todos los deseos caprichosos de Débora.
    Solo esperaba que no se convirtiese en una snob imbécil.

    -Vaya, vaya, parece que se están haciendo buenos amigos.-exclamó Gabriel con jovialidad y una sonrisa picara. Abel se aparto un poco, pero no se separo, me atrevería a decir que incluso se veía molesto de tener que separarse.

    -¡Tenemos una buena noticia que daros! ¡Nos vamos tu padre y yo un fin de semana a Paris!
    ¿Para quién era la buena noticia? Los que se iban eran ellos.

    Y me dejarían dos días enteros...

    Con Abel.



     
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    VeckeFer

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    Bueno, la verdad es que no tengo palabras para describirte lo mucho que me gustó tu fic, si pudieses verme ahora te pondrías muy felíz!! Te juro que me EN-CAN-TÓ!
    La trama, la historia, las palabras, los pensamientos, todo es perfecto, es impresionante enserio! Vi tu fic en originales y lo empecé a leer con desinterés pero apenas en la tercer oración, la historia me atrapó. Ya quiero saber que pasará con Abel y Eva, tanto suspenso no lo aguanto.
    No se de donde sacaste a Abel peor me enacmoré de él, tengo 13, es perfecto jaja -- Me encantó tu fic, seguilooo
     
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    Phenomena

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    Capitulo 3

    Perséfone estaba muy quieta.

    No se había movido ni un ápice en varios minutos, mientras que el pequeño invasor no paraba de moverse de un lado para otro, intentando inútilmente escapar pero el infeliz roedor no era consciente de que su final estaba más cerca de querría.

    Cuando lo pelos de su cuerpo, llamados tricobotios, detectaron las vibraciones de los movimientos del ratón, esta se lanzó sin darle tiempo a reaccionar.
    Sus colmillos cargados de veneno fueron matando poco a poco el pobre roedor que imponente no podía luchar con mi tarántula Perséfone, ahora muy contenta por el suculento alimento que le había propinado.

    Deje de observar como Perséfone devoraba a su presa cuando escuche que la puerta de mi habitación se habría.

    Eva se encontraba detrás de la puerta todavía con su pijama de ranitas.

    Por fin, se había despertado.

    Desde que me desperté, sobre las ocho de la mañana, me había estado preguntando si debería o no despertar a Eva y decidí que quizás despertarla le molestaría ya
    que me había dado cuenta de que leía hasta altas horas de la noche. Asique la espere pacientemente hasta la hora de ahora, la una y media.

    -Has despertado-dije yo acercándome a ella pero al ver que se sobresaltaba me quede donde estaba.
    Río avergonzada peinándose con los dedos su lindo cabello despeinado.

    -Tenía la intención de levantarme antes.

    Sin darse cuenta, se quedo observando mi cuarto ya que hasta ahora nunca había entrado en el. Era un poco más grande que el suyo, aunque no estaba muy decorado o tan personalizado como su habitación, mis paredes estaban lisas y en las estanterías estaban llenas de libros, la cama era posiblemente lo que más llamaba la atención era alta y grande, cortinas de seda blanca colgaban en el dándole un aspecto un tanto gótico.

    -¿Qué tienes allí?-pregunto dirigiendo sus ojos a la jaula de cristal de Perséfone.- ¿Tienes una mascota y no me lo habías dicho?

    Parecía feliz hasta que llego a visualizar lo que se hallaba dentro de la jaula. Se congelo en el acto y grito.

    ¿Estaba asustada?

    ¿Le atemorizaban las arañas?

    Enseguida tape la jaula con una pieza de ropa que estaba colgada en la silla del escritorio, para así Eva no pudiese continuar visualizando lo que le había dejado de piedra. Me acerque a ella y coloque mis manos sobre sus hombros en un intento de que se tranquilizara y volviese en si.

    -Eva ya pasó.

    La frente de Eva tocó la curvatura de mi cuello el cual a sentir su respiración se estremeció y las ganas de abrazarla aumentaron, pero no quería asustarla más de lo que ya estaba, en cambio ella empezó a envolverme con sus brazos y entonces mis fuerzas se agotaron.
    Cada toque, cada abrazo o simplemente una rápida mirada me hacía enloquecer, mi cordura se iba muy lejos y las ganas de tenerla cerca de mí eran abrumadoras.
    Cruelmente quería que estuviese triste y llorara, quería que me necesitase tanto como yo a ella, quería limpiarle sus lágrimas pero también hacérselas salir para poder limpiárselas.

    No sabía que me pasaba con respecto a Eva, nunca había sentido por nadie algo tan profundo y decirlo también, tan oscuro.
    Pero eso ahora no importaba, Eva ya se había separado de mí y no quería mirarme.

    -Perdóname, realmente me dan pavor las arañas-se paso la mano por su flequillo todavía temblando un poco-no me traen buenos recuerdos.

    -No, perdóname tú a mí.-dije sacándola de la sala, no era buena idea quedarse-no sabía que te daban miedo, nunca hubiese permitido que vieses a Perséfone.

    -¿Perséfone? Me suene ese nombre.

    -Sí, era el nombre de la diosa del inframundo según la mitología griega.

    Sus preciosos ojos castaños se iluminaron de esa forma que hacía palpitar mi corazón salvajemente.

    -Me gustaría que me contases más.

    Esta era una buena ocasión para distraerla y no iba a desaprovecharla. Mientras ella se sentó en una de las sillas de la cocina yo iba preparando la comida, ya que Irene se había puesto enferma y llamó diciendo que hoy no podría venir asique me tocaba cocinar porque Eva no sabía cocinar gran cosa según ella me había contado además de que prefería que ella estuviese cómoda.

    -Perséfone era la hija de Zeus, dios del Olimpo y Deméter diosa de la agricultura, ella estaba recogiendo flores y jugando con otras ninfas cuando el suelo se partió en dos y el dios de inframundo Hades la rapto para convertirla en su esposa.

    -Vaya, que desafortunada.

    -Sí.-Asentí mientras seguía cocinando. Me gustaba esta sensación cálida, después del susto de antes me alegraba saber que lograba llamar su atención para tranquilizarla.

    -Deméter, afligida por la desaparición de su desafortunada hija, la tierra se secó, no habían más cosechas y los humanos se morían, por eso, Zeus decidió tomar medidas y reclamarle a su hermano la libertad de su hija. Hades, decidido a no perder a su Perséfone, la engaño haciéndola comer seis semillas de una granada, sabiendo que así tendría que volver a su reino durante seis meses y los otros seis con su madre Deméter en el Olimpo. De esta forma se creía que se formaron las estaciones, durante el tiempo que estaba con Hades la tierra padecía y cuando volvía con ella la tierra florecía de nuevo.
    Se quedo unos instantes reflexionando, su cremosa mano aguantando su mandíbula.

    -Pero, ¿Al final Perséfone se enamoró de Hades?

    Girándome hacía ella, que por fin, me miraba directo a los ojos, cosa que no solía hacer. Aunque no entendía porque nunca me miraba, era como si una barrera invisible la obligase a voltearme el rostro.

    -Nadie lo sabe a ciencia cierta, Eva. Hay versiones que dicen que ella misma tomo las semillas de la granada. Además, finalmente se convirtió en la reina del submundo.

    -No creo que yo me pudiese enamorar de alguien que me aleja de todo lo malo. Después de todo, el amor no debe de ser egoísta. ¿No?

    Por primera vez no podía ayudar a mi hermana.

    No sabía nada de amor, nunca había sentido ese sentimiento.

    Había experimento cosas que se aproximaban, como; el aprecio, la amistad, el cariño. Pero desde que mi difunta madre falleció, el amor era tan lejano que en mi interior ya no existía.

    -Por favor, come. No es gran cosa pero espero que te agrade.

    Le dije esto poniendo su plato de comida, que constaba de dos huevos fritos y patatas. Quería alejar este tema lo antes posible.

    Eva parpadeó sorprendida.

    -¿Tú no comes?

    Me senté en la silla justo delante suyo y cruce mis brazos.

    -No tengo hambre.

    -¡Tienes que comer!-exclamo, casi indignada por mi respuesta.-estas muy delgado, si no comes llegara el punto en que desaparecerás.

    Su respuesta me hizo gracia, que no puede evitar que mis labios se curvasen hacía arriba. Esta era una de las partes que más me gustaban de ella. Su sinceridad era irrevocable, nunca una mentira sale de su dulce boca, si estaba preocupada lo demostraba, si se encontraba enoja lo hacía saber y cuando estaba feliz...su risa se hacía sonar y eso causaba estrépitos en mi corazón. Ella era una persona verdadera, era bondadosa y bastante ingenua, más de lo que me gustaría.
    Era extraño, la sola idea de pensar de qué podían aprovecharse de la bondad de Eva...me enfermaba de una forma que no comprendía.

    -Comeré más tarde te lo prometo.

    Ella comió con bastante hambre, era de buen comer y no le hacía ascos a nada. Eso era bueno.

    -También,- inquirió con una ceja y con una patata en el tenedor señalándome como yo la veía comer.- me he dado cuenta de que duermes muy poco. Algunas veces,
    en altas horas de la noche, oigo pasos ir y venir de tu habitación. Tienes que descansar y alimentarte bien...

    Otra vez, estaba preocupada por mi salud, eso me complacía más que si durmiese diez horas seguidas o comiese mi plato preferido.

    -Te ruego que me disculpes si te he despertado. Lo cierto es que no duermo mucho, por razones que no entiendo, no suelo dormir más de cinco horas diarias.

    Hermana se escandalizo tanto que dejo caer el tenedor de su mano.

    -¿¡Solo duermes cinco horas!? Eso no es posible.-se paso un mano por el pelo, todavía sin creérselo- deberías de estar enfermo de lo poco que descansas y comes.

    -No te preocupes, te lo pido. A pesar de que obviamente no como ni duermo lo mismo que la media, tengo tanta energía de una persona normal. He sido así desde que era un niño de teta, no tomo pastillas para dormir porque en realidad, no necesito dormir más.
    Sus cejas se fruncieron y su boca era una línea recta. Agarro su plato ya terminado y tiro los restos a la basura.

    -Quiero que mientras yo fregó los platos, tú trates de tomar una siesta. No admitiré que no tengas sueño, te vas y te duermes, después de eso, te comerás un buen plato y me harás caso porque yo soy tu hermana mayor.

    Hermana mayor.

    Esas palabras sonaban demasiado bien proviniendo de ella.

    -Está bien, hare lo que me dices.

    Tumbado en el sofá rustico del comedor me esforzaba todo lo que podía para dormirme y de esta forma contentar a Eva, pero todos mis esfuerzos eran inútiles, por más que lo intentaba no conseguía relajarme y dormirme.

    Eso solo aumentó mis nervios. Quería dormirme y complacerla, pero obligarme a mí mismo a dormirme era un hecho poco probable. Era un fracaso absoluto y eso me frustraba, tanto que no me di cuenta de que Eva ya había terminado con su tarea y vino a verme.

    -¿No puedes dormirte?-pregunto sentándose a mi lado. -levántate un segundo y apoya tu cabeza en mi regazo.
    Sentir mis mejillas contra la descubierta piel de hermana mayor era algo que no podía describir, era cálido, como ella, y cuando su mano empezó acariciar mi pelo tuve que reprimir un gemido que era casi inevitable que saliese de mi boca.

    Lo que era peor.

    Esta escena me recordaba dolorosamente al pasado.

    Cuando todavía era humano.

    Acariciarme el cabello era tan familiar a mi madre que mi corazón se estrujo. Cuando todavía se encontraba en este mundo y yo sufría de terrores nocturnos, me colaba en su cama y le pedía dormir con ella.

    Supongo que Eva en algunos aspectos era como mi madre, una buena persona, todo lo contrario a mí.

    -Eres como un bebé ahora mismo.

    Se rió, pero poco importaba como luciese ahora, lo único que en verdad me importaba que estuviera aquí con ella. Peligrosamente cada vez la necesitaba más. Tenía miedo de que esto pudiese llegar a un punto donde no habría vuelta tras y me volviera totalmente loco.
    A pesar de mis pensamientos oscuros, las manos de Eva todo rastro de temor y poco a poco mis ojos inconscientemente se cerraron.




    Abel entre mis brazos era como la pintura de un querubín.

    Tan perfecto.

    Parecía tan blanco y etéreo, tan delicado y fino. Como una obra de arte, su pelo era tan irresistiblemente suave contra mis callosas manos, me atrevía a decir que ni siquiera Kat poseía un pelo tan envidiable, que ya es decir por su melena rubia era lo más visible de ella.

    Su rostro despejado de despreocupación era tan adorable, que quería achucharlo hasta dejarlo sin respiración.

    Y por alguna razón que no entendía me estaba sonrojando al mirarlo.

    En seguida me di una bofetada mental, no debía quedarme encandilada con la belleza de Abel ni por sus buenos modales, ni por la manera tan dulce y cortes con la que me trataba.

    Yo ya tenía a Kat, no necesitaba a nadie más.

    Con ese pensamiento, irracionalmente odié a Abel por apartar por un segundo mis pensamientos de Kat, la chica que amo, demasiado.

    Si no fuera por ella... ¿Qué sería de mí?

    Ella es la única que ha estado a mi lado en todo momento, incluso en aquella terrible y mortal época.

    Inevitablemente la tarántula de Abel, me había recordado a ese maldito día.

    El día en que...

    El timbre sonó.

    Con máximo esfuerzo levante con cuidado a Abel para no despertarlo y me dirigí a la puerta.

    Katerinka estaba tras de ella, con cara de pocos amigos.

    -¿Qué haces aquí?

    Ella frunció las cejas, remarcando su enfado evidente.

    -¿No te alegras de verme?-pregunto malhumorada pero también había un deje de tristeza en su voz.-he venido desde el quinto infierno para verte, ya que la señorita no se dignaba a visitarme.

    -No, claro que me alegro, pero me sorprende que hayas venido.

    Antes de que volviese a rechistar la abrace y ella no pudo resistirse a hacerlo, táctica infalible para hacerla callar. Estaba tan mona cuando se enfadaba, pero lo estaba más cuando su orgullo le podía.

    -A veces tengo la sensación de que no me quieres nada. Siempre tengo que estar detrás de ti para tener algo de atención-continuó abrazándome con tanta fuerza hasta que era doloroso.

    -Kat, no te entiendo.

    En verdad, no la entendía. Ella raramente se comportaba tan...agresiva, ni tampoco mostraba sus verdaderos sentimientos con tanta facilidad, en realidad, era yo la que siempre iba tras ella para que me contase que le pasaba, no a la inversa.

    Me soltó y pude contemplar su rostro tormentoso. Creo que le ha pasado algo, y no era algo bueno.

    -Ya no quedamos nunca.

    -Estaba estudiando. Ya sabes que tengo que mejorar mis notas.

    -¿Tú estudiando? No me lo creo. Además siempre me pides ayuda a mí.

    -Me está ayudando Abel.

    Creo que no debí decirle eso. Las perfectas facciones de Kat se contrajeron aun más.

    -Abel, Abel, Abel-repitió con burla- últimamente solo oigo ese nombre. No le conozco y ya odio a ese niño.

    -No hables así de él, es un niño muy bueno.

    -Sí, eso ya me lo habías dicho.-refunfuño.

    Era molesta cuando se enfada pero era peor cuando se ponía celosa, aunque siendo sincera, en su pellejo también lo estaría, por ese motivo era tan comprensiva con ella y se lo perdonaba todo.

    Me di cuenta de que a sus pies traía una bolsa grande de deporte.

    Se había escapado de su casa, otra vez.

    Esta vez en mis ojos no habría compasión.

    -¿Qué ha hecho?

    Kat miro hacia otro lado, con ojos vacíos. Bajo un poco el escote de su camisa, dejándome ver que justo encima de sus senos, había un torpe vendado lleno de sangre. Otra cicatriz para su colección.

    La madre de Katerinka, Anastasia, algún día caería bajo una telaraña, donde sería devorada.

    De eso me encargaría yo.


     
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    Ayy gracias, estuve esperando esto todo el día, enserio, cada cinco o diez minutos entraba a ver si ya lo habías subido... ME ENCANTA! adoro como anrras, al principio me maree un poco porque no sabía de quien se trataba y al principio pensé una cosa, después otra nose, me maree, después de caer en la cuenta de que era Abel lo volvía a leer y me imaginaba a Abel dormido... kyaaaa me encanta abel!!
    Seguíla porque soy tu FAN!!
     
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    Phenomena

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    Capitulo 4


    Estábamos en el baño, Eva me estaba curando las heridas en condiciones, eran peores de lo acostumbrado y ella no estaba nada contenta con eso.

    Pero sus manos, siempre serian gentiles conmigo.

    Eva curaría todas mis heridas, por dolorosas que fuesen.

    Gruñí de dolor, el desinfectante que me aplicaba Eva en mi herida escocía, se trataba de una larga raja en mi brazo derecho, a causa de las ataduras.

    Todos los viernes…era el mismo infierno.

    Humillación, vejación, abusos, torturas.

    Mi cuerpo profanado uno y otra vez, sin misericordia sin compasión. La codicia y la lujuria volvían locos a los hombres.
    No sé cuanto más cuanto más podría aguantar, estaba llegando a mi límite y si Eva no se encontraba a mi lado, creo que perdería la cabeza, si no lo había hecho ya.

    Supongo que ella no se da cuenta de cuánto depende de ella, de cuanto la necesito de que sin ella sumergiría a un completo estado de caos.

    -¿Qué te han hecho esta vez…?

    Eva pregunto lo mas suavemente posible, pero yo sabía que dentro suyo se encontraba totalmente rabiosa y que solo que controlaba por mí.
    Por supuesto que no le contaría nada, si supiese absolutamente todo lo que me hacen…

    -No es nada Eva.

    No dijo nada, solo continuo con su tarea de curarme, aunque en la venda del pecho fue sumamente cuidadosa tratando de no dañarme los senos, los cuales a muy a
    mi pesar al tacto de sus manos…se volvían sumamente excitados. Era a vergonzante no poder controlarme por un tacto tan simple, ni siquiera se podría llamar a eso caricia. Supongo que me han mancillado tanto que me he convertido en una pervertida.

    Eva se dio cuenta de que algo malo ocurría en mi cuando me levante del retrete y le di la espalda, dejándole ver una larga filera de moretones. Pero ella hizo algo inesperado, me obligo a dar la vuelta y me miró con esos ojos de pena suyos, que nadie en la tierra se podría resistir a ellos, entonces, se agachó a la altura de mis senos y coloco el más suave de los besos en mi pecho izquierdo, justo donde estaría el corazón y se quedo un rato allí, donde podía escuchar los ajetreados latidos de mi corazón.

    El impulso irrefrenable de abrazarla y tirarla al suelo para hacerla por fin mía era incontrolable. Pero ella era tan pura e inocente, que de seguro se asustaría de mí, de mi lado más oscuro y asqueroso. Lo último que deseaba es que Eva se asustara de mí.

    Pero después de todo, soy humano.

    Cambiaron las tornas, ahora ella estaba contra la pared, todo esto empotrándola contra ella, sin previo aviso la besé con violencia, lejos de los tímidos besos que nos solíamos dar. Le estruje los pechos pequeños y dio un grito de sorpresa.

    -Espera, yo…-murmuro con un hilo de voz, supongo que no quería hacer esto aquí, pero ahora mismo poco me importaba, la calle con otro beso.

    Mi monstruo interior estaba surgiendo de entre las cenizas, ese que está enterrado en cada uno de nosotros, ansioso por ser liberado, el monstruo de nuestra verdadera naturaleza, lo que en verdad deseamos hacer aunque las leyes de la sociedad diga que está mal.

    Ya ni siquiera me importaba si Eva no deseaba esto y empezaba a retorcerse para escapar.

    La puerta del lavabo retumbo tres veces.

    -¿Todo correcto Eva?

    Una voz tranquila al otro lado de la puerta, tan hermosa, que los cabellos de mi brazo se erizaron.

    No era una buena señal.

    Desde pequeña he tenido un sexto sentido, una especie de calambre, de aviso en mi cuerpo cuando algo no estaba como debía estar.

    Enseguida Eva calmo la voz y se soltó de mi apretado abrazo.

    -Sí. Todo está bien.

    Me puse la camiseta en el momento que descubrí que Eva iba abrir la puerta aunque yo no quería que lo hiciese, mi cuerpo entero bamboleaba de una extraña sensación, era una sensación de vértigo.

    Entonces, la puerta se abrió.

    Solo un niño.

    Al menos, a los ojos de una persona corriente.

    -Katerinka, él es Abel, mi…hermano.

    Una mano blanca se alzo y por acto reflejo la tome.

    Tan solo unos pocos segundos de contacto y casi me desmayaba.

    Una corriente eléctrica azoto mi cuerpo, el mal estaba en esa pálida mano. En el momento en que nuestras pieles se rozaron, algo oscuro, retorcido, sin alma, era lo que presenciaba, algo fuera de este mundo.

    Eva se quedo mirándome sin saber porque de repente me había callado, miraba a Abel, esperando a ver que pasaba tras unos segundos de total silencio.
    Un niño y un no niño.

    Esa mirada no podía ser de un niño corriente.

    -¿Se encuentra bien, señorita?

    ¿Por qué Eva no se da cuenta? ¿No puede verlo?

    Ojos verde brillante, me estaban mirando el alma, estaba descubriendo todos mis secretos, mis vejaciones.
    Abel estaba mirando, en una esquina, con el rostro de un ángel caído sin sentimientos.

    Lo estaba viendo. Mi alma y mi mente, todo, ya no había secretos. Él lo sabía, mi horror, el fruto de mi miseria, no se como, pero ese niño lo sabia aun cuando no habíamos intercambiado dos palabras.

    Recuerdos…sucumben mi mente destrozada.

    La sangre, el dolor, el miedo.

    El adiós a mi precoz inocencia.

    A cada grito de auxilia, un golpe. Adiós dientes de leche.

    Yo le miraba, miraba esos ojos verdes y ellos me observaban a mí, sin hacer nada, solo observando mi sufrimiento, disfrutándolo en silencio.

    Mi mente ya no aguantaba más.

    Me desplome en el suelo, inconsciente.



    Estaba blando debajo de mí, un olor a narcisos me rodeaba. Me gustaba esta sensación, era agradable y esponjoso, cálido, lo menos. Quería quedarme así más tiempo pero ese extraño seísmo de mi cuerpo no paraba, retumbaba en mi cuerpo una y otra vez, volviéndome casi paranoica.

    Abrí mis ojos, parpadeando poco a poco intentando acostumbrándome a la tenue luz que chocaba contra mis ojos.

    Sin duda esta no era mi habitación, la mía no era tan grande y tenía tan buen gusto a la hora de amueblarla, más bien lucia como una barraca. Pero eso no era lo que me inquietaba, Abel, esta frente la ventana, mirando la luna creciente con sus manos detrás de la espalda. Pose típica de la gente adulta y sabia.
    Su tranquilidad ponía mis nervios de punta.

    Ahora me daba cuenta de que había sufrido un desmayo. ¿Por qué?

    Me encontraba como en un estado de alucinación, sabía que lo que veía no podía ser real, aun así lo sentía en mis carnes, el miedo y la desesperación eran muy reales. Pero eso no explicaba que la sola visión de este angelical niño pequeño me había podido afectar de tal forma.

    -Veo que has despertado-su voz era un susurro-eso me calma mucho. Eva estaba muy preocupada por ti.

    Entonces se giro, dándome ver su perfecto rostro de preadolescente. Yo no podía tan siquiera hablar, aun me imaginaba en aquel cuarto…y el mirándome.

    -Quiero ver a Eva.

    -Está dormida.

    No hubo más explicación.

    Estuvimos un rato en incomodísimo silencio, lo único que quería era ver a Eva e irme de aquí, pero con él delante de mí no podía moverme. Decidió romper el silencio que habíamos creado.

    -Te desmayaste sin razón aparente. ¿Estás bien?

    -Perfectamente.

    Se acerco a mí, tanto que se tuvo que sentar en la espaciosa cama y su mano fría toco mis frente, eso solo provoco mas escalofríos y una incesante voluntad de alejarme.

    -No pareces tener fiebre...-sus labios tocaron de nuevo mi caótica frente-pero parece como si hubieses sufrido alucinaciones…
    Esa frase, el modo de decirla y sus ojos verdes brillantes, me contaban que era consciente de la alucinación que había tenida. ¿Pero cómo? ¿Cómo es posible?

    Tenía miedo y me aleje de él.

    -¡Tú! ¡No me toques! ¡Eres un diablo! ¡Tú me provocaste esa alucinación!

    Abel me miro confundido, como si esto no fuera con él.

    -¿Qué alucinación?

    - La de…¡Tú lo sabes bien!

    Me encontraba a punto de saltar de la cama e irme, pero me agarro de los hombros y en un anormalmente gesto sensual, susurro en mi oído:

    -¿Qué alucinación, Katerinka? ¿Qué crees que se yo de ti?...¿De las cosas que te hacen?

    Basta…basta por favor.

    Ya no quiero más.

    No quiero más dolor.

    Mi cabeza era una maldita locura, flashes venían a mí rápidamente, cada imagen un golpe severo. Me encontraba a un paso de la locura, si no escapaba de Abel pronto volvería a caer inconsciente sobre la cama a manos de este demonio.

    En un instante de coraje me levante de la enorme cama alejándome de él a pesar que en el momento en el que mis pies tocaron el suelo mis rodillas temblaron ante el dolor en el pecho. Las vendas no serian suficientes esta vez.

    -Esas heridas tienen realmente mala pinta. Quizás deberías ir a un medico.

    Escuche su voz detrás mio, si no fuera por todo lo que acabo de pasar podría decir que sonaba incluso preocupado por mi salud.
    Con un poco de esfuerzo fui caminando hacia la puerta intentando no girarme para no volver verle le dije:

    -Dile a Eva que la veré el lunes en clases.

    Risa suave, dulce y maligna.

    -Se lo diré.




    Me desperté un poco antes de lo que solía levantarme, intente volver a dormir pero me era imposible, pensar que Katerinka estaba durmiendo tan solo a unas cuantas habitaciones de distancia me ponía un poco nerviosa.

    Más, cuando ayer había actuado tan raro. Ella siempre había sido muy cuidadosa con temas como el sexo, siempre paciente y respetuosa conmigo, jamás me obligo hacer nada de lo que yo no me sintiese preparada.

    Tengo que reconocer que ayer me asuste un poco, a veces, muy de vez en cuando Kat se pone de esa forma tan agresiva, nunca sin forzarme a nada claro, pero el deseo voraz estaba en sus ojos. Sus ojos azules…se oscurecían y me cuerpo temblaba de pavor, cuando le daban estos brotes no se como debo actuar. A menudo me pregunto si es por mi culpa que ella se vuelve así de salvaje. Kat tiene una edad comprensible y llevamos juntas mucho tiempo.

    Tanto tiempo…

    Si, recuerdo el día que la conocí, teníamos a penas siete años las dos.

    Estábamos en primaria y una chica nueva en mi clase vino desde Rusia, yo no estaría muy al tanto, creo que ni siquiera la vi en aquel entonces. Pero fue a la hora del recreo, jugando con unas compañeras al balón, la pelota llego hasta un pequeño prado no muy lejos del patio de la escuela, fue en ese instante que la vi por primera vez. Ella estaba tranquilamente debajo de un árbol que le refugiaba de los rayos del sol a su lechosa piel, me acuerdo que mi primer pensamiento cuando la vi fue que parecía una muñeca de porcelana allí sentada con su ondulado peli rubio y sus ojos azules enmarcados por largas pestañas. Yo tonta que era y sigo siendo, me quede como una mema mirándola.

    Entre excusa y verdad me acerque a ella, prácticamente ni se inmuto de mi presencia pero yo soy muy tozuda y hasta que no me hizo caso no la deje, con gran valentía le pregunte si quería que fuésemos amigas, su respuesta fue clara y contundente.

    -Odio a los hombres.

    En el presente me rio por eso, ya que a mi madre le había gustado vestirme como un niño cuando era pequeña, incluso llevaba el pelo corto.

    En aquel momento quede muy tocada por aquella frase, insistí a mi madre a que me comprase un vestido y cuando accedió me presente ante Katerinka.

    -¡Yo…yo renuncio a los hombres!

    Ese fue el momento exacto donde empezamos a ser amigas y con el paso de los años más que eso.

    Con una sonrisa me levante directa hacia la cocina para prepararle el desayuno a Kat y Abel pero el olor a beicon me detuvo.

    Abel estaba en la cocina sartén en mano con un desayuno de huevos y beicon, solo dos platos sobre la mesa.

    -Buenos días hermanita.

    -Buenos días, Abel.

    Me senté despacio en mi sitio habitual y observe como cocinaba para mí de nuevo.

    -¿No se a despertado todavía Katerinka? Ella suele levantarse muy temprano.

    Abel puso los huevos en el plato y apago el fuego.

    -Me temo que Katerinka se marcho ayer por la noche.

    -¿Cómo?

    -Me pidió que te dijese que te vería el lunes en la escuela.

    Dicho esto se sentó enfrente mio y comenzó a comer. Sin embargo yo estaba más preocupada aun, después del susto de ayer desaparece por la noche, sin decirme nada.

    -No debes preocuparte, estará bien.

    -Pero…no comprendo que le pasa. ¿Por qué se desmayo?

    Abel dejo de comer para poder mirarme mejor, una sonrisa amistosa adornaba su rostro.

    -Ya habrá tiempo para preguntarle, preocuparse y no hacer nada es inútil. Ahora come o se enfriara.

    Tal y como me recomendó, me termine ese no muy sano desayuno y de nuevo tratando de compensar los esfuerzos de Abel para cocinarme fregué los platos.
    Entonces una pregunta me vino a la mente. Un día, mientras investigaba la casa por mera curiosidad y por qué era tan grande que al principio de perdía , pues en mi investigación vi que había una guardia la cual yo desconocía pero en el momento en que iba a entrar Gabriel, de una forma amable pero tajante me invito a no entrar dándome una excusa tan poco practica que ya no me acuerdo.

    Desde entonces he tenido esa curiosidad, he de decir que soy demasiado curiosa y siempre quiero saber más y más.

    Kat siempre a dicho que alguna vez me meteré en un lio por este defecto.

    Entonces, aprovechando que mamá y Gabriel están de fin de semana en Paris, decidí que esta era una muy buena oportunidad y conociendo a Abel seguro que estaría dispuesto a ayudarme con cualquier cosa.

    -Abel, me gustaría pedirte un favor.

    Él que estaba sentado aún donde comió mirando el ventanal, los claros rayos del sol le hacían su cabello incluso más blanco y aunque no podía ver sus ojos, sabía que en la luz brillarían aún más. Creo que no podría acostumbrarme nunca a esos ojos y mucho menos a su mirada.

    -No tengas reparo en decírmelo.

    Me seque las manos, haciendo todo lo posible para no mirarle a la cara.

    -Veras, sé que hay una guardilla y quisiera entrar pero por lo visto a tu padre no le pareció buena idea.

    Un silencio inundo el lugar.

    -¿Qué hay allí?

    -Nada, solo muebles antiguos y tratos viejos.

    -Quiero entrar.

    Algo frio me rozo el brazo, como para llamar la atención. En el momento en que me gire vi ese rostro angelical de piel espectral, sus ojos vivos, tanto que veía su alma. Realmente su cara puede ser neutra pero su mirada siempre le delatara.

    Entrelazo sus dedos con los míos.

    -Pues no se diga más.


    Antes de subir a la guardilla Abel encendió un fanal y me lo tendió.

    -Esta muy oscuro y no hay luces, será mejor que lleves esto.

    -Gracias.

    Lo agarre y con un poco de temor fui subiendo las escaleras. Eran unas escaleras en forma de caracol muy estrecha, no apta para vertiginosos. Cuando por fin llegue al final asome mi cabeza y como no vi nada deje el farolillo en el suelo y subí a la guardilla.

    Estaba oscuro pero el farol iluminaba lo suficiente para no que no me fuese dando con las cosas. Realmente Abel tenía razón, aquí arriba solo habían cosas inútiles y nada que llamase mi atención hasta que vi algo respaldado en contra de una pared, tapado con un sabana roñosa. Fui hasta ella ya queriendo saber que se escondía detrás y en un gesto rápido lo destape.

    A primera vista solo divise que era algo grande y plano, cuando acerque la luz comprendí de que se trataba de un cuadro, volví a acercar la luz y pude observar con detalle que había en el cuadro.

    Era un retrato de una mujer joven y muy bella, sinceramente hermosa. Su rostro era un perfecto ovalo de blancura cremosa, sus labios eran gruesos en el punto justo de un atractivo color rosado, el pelo era un o dos tonos mas rubio que el de Abel donde era ligeramente rizado pero realmente lo que me perturbaba eran unos ojos verdes muy parecidos a alguien…siendo realista, era la viva imagen de Abel versionada a mujer.

    Me encontraba tan sorprendida que no me di cuenta de que estaba a mi lado, mirando el retrato de esa joven mujer.

    -¿Quién es?

    -Era mi madre, Lydia.

    Oh, estos son temas peligrosos y muy sentimentales y no quería cagarla.

    -Entiendo…

    Gabriel tenia un gusto tiene un gusto muy dispar para las mujeres, porque con mi madre era completamente lo opuesto a lo que el dulce rostro de la mujer retratada en el cuadro.

    -Es muy hermosa, se parece mucho a ti.

    -Gracias, todo el mundo lo dice.

    Su voz era mas suave que de costumbre, también más despersonalizada, como si esto no le incumbiese. A lo mejor había dado con el punto flaco de Abel.

    -Se lo que quieres preguntar, no tengas reparos.

    Mi cara se ruborizó un poco, me daba vergüenza que fuese tan transparente para él, sin ni siquiera mirarme ya sabia que pasaba por mi cabeza y eso me frustraba.

    -¿Qué…que le pasó?

    Como él esperaba ya mi pregunta sabia que la respuesta estaría ya en su boca.

    -Tengo que decir antes nada, que mi madre mucho antes de conocer a Gabriel ella me concibió.

    -¿Entonces…?

    -Exacto, Gabriel no es mi padre biológico. Lydia tenía tantas ganas de ser madre que no pudo esperar a casarse que tomo la decisión de tenerme por inseminación.
    Lo que me contaba era algo chocante, no sabia como encajar eso.

    -Años mas tarde, cuando yo nada más tendría unos cinco años, mi madre conoció a Gabriel y poco tiempo después se casaron. No paso demasiado tiempo a que mi madre enfermara de una extraña enfermedad, desde bien pequeña a fue propensa a enfermarse porque sus defensas eran muy bajas, por lo tanto cualquier enfermedad con ella era el doble que peligroso. Pero aun sabiendo lo fuerte de esta enfermedad era, no quería perder su tiempo de vida en un hospital, si no conmigo y Gabriel. Un día, su cuerpo ya no pudo aguantar más y me dejo solo.

    Yo realmente no podía con estas historias, era de lágrima fácil.

    No pude evitar que se me escapase un sollozo.

    Fue cuando Abel dejo de contemplar el cuadro y dirigió su atención en mí.

    -No llores, no puedo soportar verte llorar. Suena egoísta, pero a veces los malos momentos son para que los buenos, sean mejores. Si nada de eso no hubiese sucedido yo nunca te hubiese podido conocer.

    -No digas eso, suena muy mal.

    -Si, ya no puedo evitar ser así.

    Con la misma delicadeza que siempre, me limpio el rostro esta vez con sus pulgares, que eran tan suaves como el pañuelo que suele utilizar. Incluso con los ojos cerrados, sabia que se estaba acercando, sonaba tan ridículo pero…aun que tuviese solo trece años parecía que realmente pudiese protegerme de cualquier cosa.
    Sus labios besaron muy levemente mis mejillas por donde había fluidos unas escasas gotas. Estaba avergonzada pero no lo evite y eso no fue un buena idea.

    Fue un beso muy liviano, si no llega a respirar sobre mi boca casi no me habría dado cuenta. Corto pero tan intenso que por fuerza me tuve que estremecer…un niño no podía besar de esta manera.

    Cuando se apartó no quería mirarle, era demasiado vergonzoso.

    Como él bien a dicho antes, Si nada de eso no hubiese sucedido yo nunca te hubiese podido conocer.

    ¿Por qué he tenido que conocerte?



     
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  7.  
    VeckeFer

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    Me encanta!! no dejas de sorprenderme, ¿enserio lo hiciste vos? me encanta, me atrapó tanto... Abel n_n me encanta, realmente no tengo palabras para algo así, ¿cuantos años tenés? no puedo creerlo, es simplemente impresionante, cuando vi que habías subido un capítulo nuevo me emocioné mucho

    Suena egoísta, pero a veces los malos momentos son para que los buenos, sean mejores. Que listo es Abel, me da que es un demonio o algo así pero me encantaaaaa!
    Seguilaaa, me encantaaaaa
    bye, besos, tu seguidora y fan n°1 (jaja)
     
  8.  
    marinamanaphy

    marinamanaphy Iniciado

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    he leído los 4 capítulos y me han encantado tienes mucho talento y la trama y personajes estan muy bien trabajados continualo pronto porque me he quedado con muchas ganas de saber como continuara :DDDDDDDDDDDDDD
     
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