Lágrimas de sangre

Tema en 'Historias Abandonadas Originales' iniciado por Main, 18 Septiembre 2011.

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    Aries
    Miembro desde:
    12 Agosto 2011
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    30
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    Lágrimas de sangre
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    5
     
    Palabras:
    270
    ¡Hola!

    Antes que nada, aviso que esta historia tiene por lo menos 4 años o más y tiene bastantes fallos (no duden en decírmelo cuando los vean), pero como fue la primera historia "seria" que empecé a escribir voy a compartirla por aquí...¡Espero que les guste!

    Prólogo

    Estoy aquí. Tumbada,mirando a la nada. O eso parece. Toda la vida recae sobre mi. Me siento estúpida. No percibo ningún olor, excepto el puro dolor. Ya nada me importa. Sólo quiero descansar, dormir. Dormir y olvidarme de lo ocurrido. Dormir y no despertar. Aquella llamada, me había condenado. Una llamada perdida en la que esperaba escuchar tu voz. Oírte reír. Oírte llorar. Pero no se produjo.
    El corazón se me rompe en mil pedazos como si se tratara de un delicado cristal. El agujero negro que yace en mi interior me está comiendo el alma. Los párpados me pesan. Me cuesta respirar. Lagrimas cristalinas invaden mis ojos y caen como gotas de lluvia. Aunque en mi interior sé que no es de dicha sustancia, me gustaría que fuesen densas, de sangre. El suave tic-tac del reloj de mi muñeca me indica que el tiempo pasa, muy lentamente. Caigo en el vacío, el vacío de mi mente. Ya no siento nada. Ya no recuerdo tu nombre.
    Me despido.
    Hasta siempre, ...


     
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    Aries
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    Título:
    Lágrimas de sangre
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    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    5
     
    Palabras:
    809
    Capítulo 1:
    Era un día muy caluroso a principios de junio. En estos últimos meses los rayos del sol habían hecho de mi casa un lugar más luminoso. Me encontraba sentada en la cama de mi habitación bastante sofocada y abanicándome con la palma de mi mano. Sabía que no daría resultado con respecto a su función: refrescarme; pero, de cualquier modo, continué haciéndolo.
    Tenía enfrente de mis ojos una carta escrita por mi hermano, en esta relataba que se encontraba bien y que me recibiría con gratitud el mes próximo en la exposición que iban a instalar en la plaza principal de la ciudad dónde vivo, Zaragoza. Mi hermano, Michael, estudiaba en la Universidad de la misma pero no él no vivía en casa, sino en una residencia y sólo nos visitaba cada dos semanas. Siempre he pensado que Michael tenía un gran potencial en cuanto a su vocación por la música, sin embargo sólo pensaba en este como un hobbie. Aunque a veces tenía algunas ideas alocadas y pensaba en tener un hermano rockero, sabía que esto era algo propiamente imposible pero aun así siempre tenía esa chispita de esperanza.
    Michael era muy alto y musculoso, medía al menos casi dos metros y según me contaba en sus cartas, - normalmente escritas por correo electrónico pero extrañamente esta vez se había atrevido con una carta clásica por correo normal- iba al gimnasio a entrenarse todos los días. Tenía muchas ganas de ver ese pelo moreno que él agitaba con sutileza y dedicación con aire despreocupado cada treinta minutos. A veces, me irritaba bastante cuando me quitaba mis cosas y no las colocaba en su sitio hasta su vuelta, no lo soportaba, me ponía histérica. Por suerte, últimamente no me había robado nada.
    Esta semana estaba muy agobiada, tenía los exámenes finales y debía prepararme, si no aprobaba las asignaturas este curso, no podría pasar a cuarto de la ESO. Tengo quince años y todavía no se que hacer en mi futuro, ni lo que realmente me gusta, ni si he nacido para alguna profesión. Pero eso no es realmente lo que me inquieta, llevaba dándole vueltas a un asunto que me había comentado mi madre, de pasar las vacaciones de verano en el campo. Ella estaba muy ilusionada pero, sinceramente, prefería ir cien veces con mi hermano al museo. La razón no era precisamente los mosquitos, ni las plantas, simplemente mi negativa se trataba del hijo de la amiga de mi madre, que también nos iban a acompañar. Este chico se llamaba Ismael y era un macarra mimoso al que me daban ganas de gritarle cada vez que se dirigía de esa forma tan grosera hacía mí. Pero aun sabiendas que eso me iba a ocurrir, acepté. No quería herir los sentimientos de mi madre, además, algunas amigas mías me iban a acompañar a la expedición.
    Cerré la carta, después de haberla releído otras seis veces. La introduje dentro del cajón de la mesita de noche, me incorporé de un salto y estiré mis músculos, agarrotados, algunos huesos incluso crujieron del esfuerzo de mi pose doblada. Salí de mi cuarto arrastrando los pies, estaba muy cansada pero aun así me dirigí al estudio y alcancé mi libro de Química. Lo abrí y me dispuse a estudiar. Me entretuve bastante durante un largo rato pero sin previo aviso mi madre llamó a la puerta del estudio para avisarme que la cena ya estaba lista y caliente. Me volví para atisbar el rostro de mi madre sin éxito porque ya se había retirado, me fijé en la ventana translúcida de la habitación que se situaba al lado del marco de la puerta. En el exterior se podía ver una preciosa puesta de Sol a pesar de que el cristal no era transparente. Los diferentes tonos y colores del bello paisaje me anonadaron durante cinco minutos, o eso había calculado. Inspiré profundamente y solté:
    - Ya estamos en verano.
    Ya era muy tarde cuando decidí acostarme. Toda la noche la gasté en pensar cómo sería mi estancia en el campo y qué me depararía en el futuro. Nunca me había quedado tanto rato reflexionando sobre eso pero no me asustó en absoluto cuando después de programar mi vida pensé en la muerte. Cuando iba a pararme a rumiar ese tema, mi cabeza calló pesadamente sobre la almohada sumida en un profundo sueño.
    Mañana sería un día muy largo.
     
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    Lágrimas de sangre
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    Total de capítulos:
    5
     
    Palabras:
    1418
    Capítulo 2:

    Me levanté y desprendí las sábanas de un brusco y violento tirón. No me molesté en recogerlas del suelo, hoy tenía un examen muy importante a primera hora y necesitaba llegar temprano al instituto. Bajé precipitadamente las escaleras ruidosas y estrambóticas y me dirigí a la cocina. Desayuné en silencio y me cargué a la espalda mi mochila. Solía ir caminando a mi instituto porque me entretenía ver la salida del Sol pero esa mañana tenía mucha prisa y sin darme cuenta corría para llegar temprano. Me detuve enfrente de mi instituto. ¡Vaya!, ¡Qué cerca estaba!, Siempre tardaba bastante en llegar... ¿Sería porque me distraía cavilando mientras caminaba? De cualquier modo también me sorprendió bastante quién me estaba esperando allí.
    Martín.
    Era un chico alto, rubio y de ojos verdes, estos me miraban de forma cautelosa. Sus pecas formaban una línea suave en sus mofletes y su nariz cerdical - así lo solía llamar a veces- resaltaba mucho.
    Este se dirigió hacía mí y me di cuenta de que cada segundo que transcurría mirándome a los ojos se ponía más colorado. Cuando ya estuvo a una cercanía prudente de mí y le miré directamente a los ojos, Martín apartó la mirada como si le hubiera proporcionado un fuerte manotazo y la situó en el suelo.
    -¿Quieres?, Ummm, dar... ummm- logró tartamudear- ¡dar una vuelta conmigo esta noche!- soltó como si las palabras fuera golpes para él.
    De repente sentí horror, vergüenza y estaba confusa, pero sobre todo me inundó una ola de pena.
    - Lo siento, pero tengo que estudiar..., mejor otro día- dije sin más preámbulos. Entonces, cuando dirigí mi mirada hacía sus ojos me di cuenta que le estaba saliendo unos pegajosos y líquidos hilos a ras de su nariz. Retrocedí un paso, asqueada, pero se los inspiró y se dio media vuelta para correr como si fuera una ardilla huyendo de su presa. No tuve tiempo de decirle otra vez que lo sentía y volvió a embargarme aquel sentimiento de pena.
    Di por terminada la desconcertante conversación y anduve hacía el aula dónde me esperaba la primera clase. Mis amigas, sentadas en sus asientos correspondientes, volvieron la cabeza al verme entrar y sonrieron ampliamente, con gesto de burla, todas al mismo tiempo. Me pregunté a qué venía tanto sarcasmo a buena hora de la mañana, alcé la vista para dirigirme al profesor pero no había llegado. Había tenido tanta prisa para nada. Caminé con un paso lento y pesado hacia mi pupitre. Me dejé caer sobre mi asiento con un sonido estridente y volví la cabeza hacia la puerta. Martín estaba entrando por la puerta fulminándome con la mirada. Oí unas risas alrededor de mí y supe que procedían de mis amigas. Al parecer, Martín se había desecho de sus "intrusos" sorpresa. Lesli se dirigió hacia mí, que se situaba a mi lado y respondió a la pregunta que me estaba formulando en la cabeza.
    - Que sepas que yo no quería, ellas me obligaron a escucharlo.
    Fijé mi mirada en su rostro. Lesli siempre tenía aquella expresión tranquilizante que hacía que a todo el que le rodeaba le diera una sensación de bienestar. Lucía unas gafas de color verde oscuro que contrastaban con el tono miel de sus ojos. Unos bucles ocres le descansaban sobre sus hombros, Lesli cambió de postura, incómoda. Me había quedado con la bocabierta, la cerré de inmediato, pero ya era tarde, Marina ya se había girado hacía atrás para charlar conmigo y me había visto. Sabía que ella era muy burlona en cuanto a estas cosas.
    -¿Le dijiste que sí?- preguntó señalándolo con el dedo índice.
    Tardé un rato en responder. Los ojos negros de Marina le brillaban con expectación, aun sabiendas que le iba a responder negativamente y un poco más al norte logré ver dibujada la figura de Sabrina mirarme con recelo.
    - No, yo... - logré responder.
    - Estaba claro que le ibas a negar fuera lo que fuese lo que te preguntara ese estúpido preguntón- interrumpió Emily.
    No me había fijado en que ella también se encontraba en nuestro círculo de conversación. Agitó con despreocupación su pelo largo y pelirrojo. Un gesto que me recordaba mucho a Michael. Sus ojos verdes se alzaron para mirar al techo como si ella no hubiera añadido nada. Emily era holandesa y se había mudado hacía ya, unos cuantos años. Marina la miró con suspicacia. El pelo liso, corto, que le caía gravitatoriamente detrás de la oreja y moreno me hizo recordar a Ismael, por lo que añadí sin pensármelo:
    -¿Vais a venir?, me refiero a la excursión en el campo- tras casi un minuto de silencio, proseguí- lo vamos a pasar muy bien, pero claro, si no queréis ir...- puntualicé- no os lo puedo negar.
    Concentré la vista en Sabrina que se encontraba un poco más adelante, estaba dos asientos al norte que Marina y al ser esta tan bajita la podía ver nítidamente. Sabrina me correspondió la mirada. Su pelo casi rubio recogido en una coleta se situó sobre su espalda y sus ojos color miel, al igual que los de Lesli me miraban con un brillo que jamás había visto antes en ella, era una suave mezcla entre pena y disculpa. Me lo temía. Sabrina se incorporó de su asiento y camino los pocos pasos que nos separaban de distancia. Descansó las rodillas en el frío y suelo y narró:
    - Lo siento, me voy de camping, no puedo. Pero… ¡No cambies de tema!, que hayamos obligado a escuchar la conversación a Lesli no significa que te puedas librar de contárnosla.
    -¡Ja!, Lo más asqueroso que le vio fue que ¡le empezaron a salir unos mocos!, casi se le caen al suelo, menos mal que se los ha limpiado- dijo con pasión Emily, sin esperar a que contestara a la propuesta que me había hecho Sabrina.
    No pude controlarme, unas carcajadas me salieron de los más profundo de mi ser. Todas me acompañaron con sus risas cálidas, incluso, algunos ajenos a nuestra conversación se empezaron a reír también. El ambiente de diversión se extendió por las cuatro paredes, hasta que la mayoría de la clase se reía sin saber el porqué. Pero este ambiente no duró mucho, porque enseguida apareció el profesor que estaba de guardia y eliminó la sensación tan placentera que teníamos. Se colocó enfrente de nuestros pupitres y anunció:
    - Sentaos en vuestro sitio.
    No sabía si era la barba, la edad o la altura lo que imponía respeto pero todos le obedecimos sin rechistar. Me di cuenta de que Sabrina, que se sentaba en la primera fila, se estaba agachando, pero no le di importancia.
    -¿Qué clase teníais ahora?- preguntó unos tres segundos después.
    - El examen de química- respondió un chico desde el fondo.
    - Vuestra profesora hoy no ha venido, tiene a un familiar en el hospital y está grave. Cuándo vuelva quiero que le digáis que... ¡Pero que hago dando explicaciones a esta panda de gamberros sin salida!- Estaba hablando para sí mismo, dio un rodeo con los ojos para controlarnos y al ver que no decíamos nada salió dando un portazo. Tras un largo minuto, gritos y víctoreos retumbaron por toda la clase. Todo el mundo se encontraba feliz menos alguien. Sabrina nos miro con cara de asco, la cara le brillaba y me di cuenta tras cuatro segundos transcurridos. Ese profesor tenía tendencia a escupir cuando hablaba y Sabri se encontraba en la primera fila.
     
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    Lágrimas de sangre
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    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    5
     
    Palabras:
    2737
    Capítulo 3:

    Observaba a través del amplio y transparente cristal, las esbeltas figuras verdes que se extendían en el exterior. No estaba viendo realmente la vegetación del campo que se apreciaba borrosa debido a la velocidad del autobús, estaba cavilando, relajadamente, mientras Lesli dormía profundamente apoyada en mi incómodo hombro. No antes sin hablar de nuestra vida, amigas, clases, compañeras… hasta acabar hablando del maravilloso Rogbailer de Emily.
    Llevaba toda la semana inquieta. Solo había aceptado mi invitación, Les. La había convencido de una manera bastante arrastrada. Le había fijado mi mirada cansada en sus grandes ojos, le había puesto morritos y falsamente, pero aun así lo suficientemente convincente para que les se lo creyera, le pregunté con cada palabra bañada en tristeza. Para ella fue un sacrificio rechazarlo y , sabía que por compasión me había acompañado. Sabrina me había dicho hace días que no podía venir al campo porque se había apuntado a un campamento. ¡Así, tan de repente! Me resultaba raro que no me lo hubiera comentado antes pero no se lo reproché. Emily y Marina tenían un viaje pendiente en verano en el que extrañamente las dos no querían revelar su destino. Era evidente que se traían algo entre manos por eso asentí sin preámbulos ni vacilaciones. También se lo espeté a mi vecina, Melisa, que tenía un año menos que yo y en su defensa he de añadir que tenía una buena excusa: la habían castigado. Ni siquiera me molesté en preguntarle la razón. Sus expresivos ojos negros la delataban. Tenía la intuición de que había suspendido alguna asignatura y debía estudiar. Tampoco le pude ver mucho la cara cuando estuve hablando con ella, a causa de su preciosa melena morena y rizada que luchaba contra la ventisca. Aferraba la idea de que no me lo iba a pasar tan mal en el campo, no si sobrevivía esta “aventura” como lo denominaba mi madre, con Lesli.
    El autobús avanzaba cada vez con menos velocidad, hasta que este se detuvo por completo. El suave ronroneo del motor se apaciguó. Arremetí contra Les sacudiendo sus pesados hombros y esta se desperezó abriendo los ojos con sorpresa.
    -¿Ya hemos llegado? – susurró incrédula con voz ronca.
    No respondí puesto que la respuesta era obvia. Le indiqué con señas que se levantara para que pudiéramos salir del vehículo. Estaba cansada, no había dormido en toda la noche y tenía pensado descansar durante un buen rato. Me escabulliría hacia mi caseta, seguida de Les que tenía ojos cansados con unas púrpuras ojeras marcando sus ojos desorbitados. Necesitaba un soporte, no tenía el suficiente equilibrio para mantenerse a sí misma. La llevé a rastras en dirección norte, donde supuse que se encontraba el campamento pero una mano me detuvo.
    -Hola, ¿No se saluda?- rompió el silencio con voz áspera.
    Me dio un escalofrío y no precisamente por los violentos vientos que azotaban amenazándonos con llevarnos con él.
    Ismael.
    Era hora de no esconderme y dar la cara. Era el momento de conseguir que me tomara enserio por una vez en su vida, de no ser la niña inocente que había sido todos estos años. Imponer respeto, esa era la expresión.
    Me volví lentamente sin soltar el brazo con el que rodeaba a Les para que no se propinara contra la húmeda hierba. Le miré con desprecio, fulminándole con la mirada. Intenté parecer mayor que él, aunque Ismael apenas tenía un año más. Imité sus aires de suficiencia y cuando concurrí en que toda la farsa estaba bien montada proclamé con fría indiferencia:
    -¿Qué quieres esta vez, Ismael? –logré que su nombre sonara como si diera grima y aborrecimiento.
    -Nada, sólo quería darte la bienvenida.-replicó mientras agachaba la cabeza.
    Alcé una ceja. Me percaté de que escondía algo detrás de su espalda. Llevaba unos vaqueros viejos y con algunas roturas, desgreñados. Una blusa a cuadros y unos botines agujereados por la parte delantera. Le clavé mi mirada en los sus brazos, que se removían de forma incómoda. Subí mi mirada recorriéndole con esta y el se contuvo una carcajada. Sacudió su pelo castaño claro y descubrió lo que había encubierto con tanto afán, dando lugar a pie de un carpetita. La abrió emocionado y observé con horror lo que contenía.
    Se trataba de una foto, en la que se ilustraba mi cara cuando era más pequeña. Pero eso no era todo, una fina capa blanca y rosácea cubría mi rostro. Tenía las manos alzadas y una expresión llorosa. Mi pelo castaño y rizado estaba embarrado. Esa foto me la habían tomado en mi tercer cumpleaños. Sabía que se traía algo entre manos, sin más vacilación intenté agarrarla para destruir la prueba de un malvado crimen. Lo logré, extrañamente y suspiré con alivio. Hice una bola con la maldita foto sólo con una mano, puesto que todavía rodeaba con mi brazo por la cintura de Les.
    -¿Cómo es que tienes esa foto? –inquirí con voz potente.
    -No pasa nada. No importa –musitó. Se volvió y anduvo en dirección recta hacía un grupo de gente que conversaba al pie del gran autobús. Vi de refilón una sonrisa pícara dibujada en sus definidas fracciones. Era realmente guapo. Agh. No soportaba esa realidad por lo que no le di más vueltas. Les se había quedado dormida. Genial. Ahora me costaría más trasportarla hacía nuestra caseta. Debía de tener mucho sueño para quedarse en ese trance estando de pie.
    Me costó un buen rato conseguir llegar al campamento sin ninguna costilla rota. A Les le había dado por acomodarse y se había dejado caer en mis débiles brazos pero al lograr llegar a la entrada me detuve en seco dando lugar a un traspié antes de volver a recuperar el equilibrio. Me inundó la rabia y la impotencia, pero sobre todo un sentimiento de fracaso. No había cumplido con mi cometido: imponer respeto. El campamento estaba impregnado de la misma foto de antes: yo de pequeña manchada de tarta en uno de mis cumpleaños. Solté sin darme cuenta a Les que descansaba con respiración profunda hasta que esta se le cortó al sobresaltarse. Me di cuenta de mi error y le pedí perdón. Cuando ella aceptó mis disculpas salté como un lince, grácilmente para situarme dentro y arrojar todas las fotografías al suelo.
    -¿Esa eres tú?- peguntó Lesli con una mano en la boca.
    En ese momento no tenía tiempo de responder, necesitaba arrancar todas las fotos antes que el grupo irrumpiera en el campamento.
    -¡Ja!, ¡Ja!, ¡Ja!- rió con todas sus fuerzas mientras se retorcía en el frío camino de entrada.
    -Si, Lesli Honckof. Tú ríete. Bah. ¡Que más da! No voy a poder quitar todas estas fotos antes de que lleguen – articulé algunas frases, sin pensar.
    Lesli no habló y supuse que mi sarta de palabras sin sentido había funcionado. Me giré para ayudarla a levantarse, pero cuando me dispuse a hacerla una voz me frenó.
    -¿Quieres que te ayude a arrancar las fotos?
    Era un chico alto y tenía las manos introducidas en los bolsillos de sus anchos pantalones. Tenía la mirada gacha y mostraba totalmente al descubierto su corto, moreno y ondulado pelo. Su camisa blanca transparentaba sus músculos. Alzó la cabeza para mirarme y se sonrojó. Me di cuenta de que me había quedado boquiabierta y no sólo yo, si no también Lesli que se había incorporado. Su belleza irradiaba asombro por donde quiera que pisara.
    Cerré la comisura de mi mandíbula y me sonrojé, intenté por todos los medios evitar su mirada. Se acercó a los postes en donde colgaban mis fotos y me dedicó una sonrisa cargada de complicidad.
    -Soy Bruno. Yo también he venido a pasar algunas semanas aquí. – se presentó mientras me ayudaba a seguir arrancándolas.
    -Yo soy Selena y ella es Lesli- añadí rápidamente, como si me atropellaran las palabras.
    Dirigió una rápida mirada a Les y seguidamente otra a mí. No añadió nada más y se puso manos a la obra. Empezó a descolgar las miles de fotos y yo hice otro tanto de lo mismo. Sopesé la esperanza de conseguir arrancarlas todas sin dejar ninguna pista antes que llegaran. Lesli también nos ayudó quitando los carteles de la zona este.
    Me quedé helada, rígida y todavía con la mano alzada en ademán de continuar con mi misión pero no lo conseguí. No lo conseguimos, me auto corregí. Escuchaba unos pasos acercarse. Eran pasos pesados y la hierba crujía a cada pisada. Si mis instintos no se equivocaban de trataba de unas cinco o seis personas, más o menos. Me ruboricé desde las puntas de los dedos de los pies hasta mis pequeñas orejas. La sangre se extendió por mis mejillas, mayoritariamente y no fui capaz de volverme para distinguir a las personas que se acercaban pesadamente. Miré por el rabillo del ojo a Bruno, aquel chico que se había ofrecido amablemente a ayudarme, todavía seguía quitando los carteles sin percatarse del grupo que se dirigía a nosotros o tal vez, sin darle la menor importancia.
    Seguí paralizada hasta que oí una voz familiar detrás de mí. No conseguí oír lo que articulaba y me volví lentamente. Había intentado no pensar en ese momento, pero de algún modo, sabía que ocurriría. Ismael y su pandilla estaban en la entrada del campamento. Cuando ellos me miraron a la cara soltaron unas sonoras y grandes carcajadas. Algunos, al no aguantar el poder de la risa, se desplomaban al suelo sin parar de reír.
    Era la peor situación en la que me había metido en mi vida. Todavía.
    Se reían. Se reían de mí. Eso me dolió muchísimo. Nunca había tenido esa sensación en mi vida. Me sentía vulnerable y cada segundo que transcurría me volvía más pequeña e insignificante. Ya no me importaba esa estúpida foto, lo que verdaderamente me desgarraba el alma con un cuchillo fabricado con dolor eran aquellas risas. Debería de tener un aspecto terrible, sabía que mi cara transmitía cualquier mínima sensación.
    La adrenalina me subió por las venas y quise correr, correr hasta el autobús, que descansaba apoyado en el suelo al otro lado del campo pero no lo hice, me quedé allí. No supe el verdadero motivo por el que no corría, cada segundo allí era como un latigazo. Agaché la cabeza para intentar olvidar la imagen que estaba presenciando.
    -¡Callaos!, ¿No sabéis que le estáis haciendo daño?, ¿Os gusta ver sufrir a la gente?
    Alcé la cabeza, Bruno se interponía entre ellos y yo. No me había dado cuenta pero los ojos se me habían hinchado y algunas lágrimas cristalinas corrían por mis mejillas. Me las sequé como pude con la manga de mi vieja blusa azul. No reparé en Lesli, que se había entristecido al verme de esa forma. Me pasó el brazo por los hombros intentando consolarme. No funcionó, como me suponía. Me sentía demasiado abatida para cualquier muestra de cariño. Sacudí mis pies, que se habían clavado en el sitio y con la vista gacha me dirigí hacia la caseta en la que estuviese inscrito mi nombre. Después de unos cuantos minutos la encontré, estaba en frente de una frondosa masa de árboles y arbustos. Entré y me tiré en la cama de la litera de abajo, la más cercana. Ni siquiera le había dedicado a Bruno un “gracias”, la voz se me había cortado y no podía articular palabra.
    Perdí la noción del tiempo. A mi parecer habrían pasado horas desde aquel momento. Lloraba silenciosamente mientras la almohada limpiaba mis lágrimas. Debería de estar húmeda. Me envaré y flexioné los mis músculos, había pasado mucho tiempo en una mala posición. Me encontraba sola en la habitación, no hallé a Lesli en ella, pero si se encontraba mi equipaje en la puerta. No había oído ningún en mis horas de ausencia. Me levanté pesadamente y me deslicé en dirección a la puerta que estaba entreabierta. Fuera estaba lloviendo y era una lluvia muy intensa, las gotas alicaídas caían precipitadamente contra la madera. Me estaba empapando, pero no me importó. Salí de la caseta y me senté en una de las escaleras a reflexionar. La noche se extendía ante mis ojos. La luna, desafiante y imponente, colgaba del cielo e irradiaba una luz azulada hacia la frondosa vegetación. Era una luna creciente pero muy hermosa, sin embargo, no pude disfrutarla. Rodeé las piernas con mis brazos y hundí mi rostro en el hueco que formaba mi rótula. Me pesaban tremendamente los párpados y notaba como las gotas de lluvia se estampaban contra mi espalda y el frío me calaba introduciéndose por mis huesos. Normal, sólo llevaba unos vaqueros y una final blusa de manga larga No era normal que lloviera en verano. Este sería un verano frío o puede que, simplemente se debiera a las montañas. Lo que estaba segura era de había varios microclimas. El repiqueteo de la lluvia pronto se fue extinguiendo y, lo que no noté es como me quedaba profundamente dormida.
    Me fui desperezando poco a poco. Un rayo de sol iluminaba mis ojos y me impedía abrirlos. Cuando este se desvaneció y puede hacerlo examiné dónde me encontraba. Era la misma habitación que el día anterior pero, un poco más cambiada. Un pequeño armario empotrado contra una esquina estaba abierto. Oteé las prendas que lo contenían y descubrí que eran mis ropas. Me hallaba en la cama de la litera más cercana al suelo. Intenté incorporarme pero los músculos no me dejaban, tenía un gran cansancio muscular. Sentí un cosquilleo por mis fosas nasales y, a continuación, estornudé estruendosamente. Alcancé un paquete de pañuelos que permanecía en una pequeña mesita de noche, a mi lado y me soné como puede ya que seguidamente empecé a toser y un intenso dolor de cabeza me impedía pensar con claridad.
    Percibí unos pasos rápidos y ligeros y me tumbé en la cama, en un intento de eliminar todos los dolores que mi propio cuerpo emitía con fuerza. Atisbé la figura de un joven en la entrada de la caseta, pero no estaba segura, quizá estuviera delirando. La silueta se acercaba en mi dirección y supuse que venía a saludarme.
    -Es posible que no te acuerdes de mí y por tanto, me presento otra vez. Soy Bruno – dijo, sentándose en un taburete cerca de mí –Tu amiga se ha tenido que ir a su casa…
    -¿QUÉ?-grité
    -Hmm… tu amiga se resbaló y rodó por la montaña descendiendo y… tubo algunos obstáculos a si que… tu madre se la ha llevado a urgencias -explicó con cierto recelo.
    -¿Lesli está bien? –pregunté con voz teñida de preocupación.
    -No lo sé, tenía muchas heridas superficiales cuando la vi entrando en el autobús –respondió pensativo.
    -Entrando en el autobús… -repetí -¿No has ido a la excursión? – le interrogué cambiándole de tema.
    Agachó la cabeza y con ella la mirada, la sangre le empezó a recorrer las mejillas. Se estaba ruborizando y, cuando no me lo esperaba alzó la mirada y me la mantuvo fija durante un largo minuto en el que, sin darme cuenta, yo también empecé a sonrojarme.
    -Quería quedarme contigo y cuidarte –susurró.
    No supe qué comentar, era una situación bastante incómoda. Después de otro largo minuto de juego de miradas él habló con voz monótona:
    -Deberías descansar, te veo luego.
    Bruno se irguió y apartó el sencillo taburete. Me dedicó un ademán de despedida pero yo le frené.
    -¡Espera!, no quiero que te vayas –exclamé.
    Comprendí que me tenía que haberme reservado aquel comentario. Quise taparme con la manta para que no lograra observar mi expresión en ese momento pero me contuve. Aguardé hasta que se volviera y me asegurara que volvería a verme, pero que en ese momento se tenía que marchar. Hundí mi cabeza entre las sábanas y fijé mi mirada en él. Se había girado y me sonreía ampliamente. No puede controlarlo, me contagió su feliz ambiente y le devolví la sonrisa.
    -Me quedaré hasta que te vuelvas a dormir –pronunció.
    -Para entonces ya habrán pasado muchas horas y seguramente te aburrirás de mí –proferí con un bufido.
    -Créeme, no me aburriría de ti ni aunque pasase encerrado contigo todo un siglo – inquirió con voz profunda.
    -Eso es imposible – añadí con los ojos abiertos como platos.
    -Nada es imposible –concluyó con otra sonrisa.
     
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    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    5
     
    Palabras:
    1714
    Capítulo 4:
    Aquella tarde había hablado con Bruno durante horas, tal como habíamos comentado. Cada vez que compartía una opinión con él me sentía muy a gusto y tenía más confianza. Poseíamos bastantes características en común: nuestros gustos musicales, literarios… incluso nos parecíamos algunos aspectos de nuestro carácter. Bruno me gustaba y me sentía muy cómoda hablando con él, pero eso no era suficiente para hacer mi estancia más amena. Ismael continuaba riéndose de mí, algo a lo que ya me había acostumbrado pero me molestaba profundamente. A la hora del almuerzo me solía tirar o esconder la comida, algo que Bruno intentaba solucionar con conversaciones, gritos, pero nunca daban resultado.
    Ya llevaba casi una semana conviviendo en el campamento. Aunque no había cobertura, nos llegaron noticias de que Lesli, que se recuperaba lentamente en una camilla de hospital, se encontraba mejor. Se había fracturado un tobillo y dos costillas, tuvo mucha suerte porque la caída resultó tremendamente violenta. Mi madre llegaría el último día para acompañarme y despedirse del grupo y sus amigas. Estaba muy ocupada consolando a la madre de Lesli y necesitaba espacio, según ella. No comprendía que era aquello a lo que denominaba espacio, puesto que ella fue la que me insistió en acudir. Sólo eran diez días de acampada y cada hora se desvanecía como por arte de magia al estar junto a Bruno.
    Compartía litera con una chica, que se había mudado de caseta tras el incidente de Lesli. Se llamaba Melanie y era muy simpática y no me atosigaba a preguntas sobre Bruno, como todas las chicas del campamento. Mis respuestas eran siempre las mismas: no, no estamos juntos; sí, es amable... Ella me dejaba vivir con mi propio espacio personal. También era muy comprensiva y si tardaba en presentarme para la hora en que teníamos que acostarnos, ella se dormía, sabía que me encontraría con Bruno y no dudaba en creerme cuando le daba explicaciones. Cuando hablábamos, sus ojos verdes siempre oscilaban de un lado para otro en señal de que nos estaban escuchando, pero a mí nunca no me importaba, sabía que eran las demás chicas del campamento, que querían averiguar más cosas sobre Bruno, pero Melanie y yo no hablábamos de chicos y eso las hacía vulnerables.
    Me encaminaba hacia la caseta de Bruno. Me encontraba con mucha energía y me urgía volver a sonreírle, de volver a mirarle. Corrí, ni siquiera reparé en la puesta de sol que se extendía a mi izquierda, me sentía desesperada si no lo veía pronto. Llegué en dos minutos y, jadeando, golpeé con mis nudillos en la puerta. Esperé medio minuto y abrí la puerta de un solo tirón. Lo vi allí, ajeno al mundo, sentado al borde de la cama y leyendo una novela en la que parecía muy interesado. Ni siquiera se había inmutado de mi impaciencia. Troté con paso ligero hacia su posición e indagué el tema del libro. Se titulaba “la noche está conmigo” pero no averigüé nada más. Permanecí sentada a su lado sin interrumpirle, debía de estar leyendo algún capítulo interesante del ejemplar. Cuando Bruno se percató de mi presencia exclamó:
    -Wow!
    -¿A qué te refieres con ese “wow”? –curioseé.
    -A todo lo que me rodea en este momento.
    No añadí nada más, Bruno solía hacer ese tipo de comentarios. Me enrojecí, como siempre y cambié de tema automáticamente.
    -¿De qué va el libro?
    - Buff, de muchas cosas y a la vez de nada. – respondió con sarcasmo –principalmente, va de una maravillosa historia de amor, pero los protagonistas tienen muchos obstáculos, como sus padres, que no aceptan la relación porque él es un asesino y pronto descubren que son primos. ¿Sabes? Creo que van representar esta novela – resumió con rapidez.
    -¿La van a rodar? ¡Vaya, qué gran estreno! –opiné.
    - Sí, Selena yo... quiero enseñarte una cosa –dudó.
    - Claro, ¿El qué? –Exigí.
    -¿Qué hora es? –Preguntó interesado haciendo caso omiso a mi cuestión.
    - Son las nueve y media –contesté advirtiendo la hora en mi reloj de muñeca.
    -¿Te apetece dar una vuelta conmigo esta noche? Quiero enseñarte algo –musitó con impaciencia.
    El tono en que me lo dijo, aquella frase... me recordó a Martín. Vi dibujado su rostro en mi mente y la removí para que desapareciera dicha imagen. Cuando me recuperé de la alucinación, asentí todavía sin ser consciente, y le sonreí.
    -¿Ahora? –aquella parecía una conversación compuesta solamente por preguntas.
    -Sí – dijo secamente.
    Me cogió de la mano, que era muy agradable puesto que era cálida y confortable y me arrastró fuera de su caseta, cerrando la puerta de esta con un suave chasquido. El campamento había sido sucumbido por la oscuridad. Observaba el paisaje mientras Bruno me dirigía. Nos adentramos en el follaje del bosque, que estaba justo enfrente de mi caseta. La vegetación era muy espesa y húmeda. No sabía qué nos encontraríamos, pues nunca introducido en la espesura. A medida que íbamos avanzando me invadía la incertidumbre. ¿Qué era lo que quería enseñarme? Miré a Bruno, pero él no me correspondió la mirada, tenia la vista fija en el cielo, y pronto comprendí por qué.
    La luna, solemne, grandiosa y pura se alzaba con seguridad en el oscuro firmamento. Era una luna llena, la más grande que había visto, parecía que, si caminábamos unos metros, la alcanzaríamos.
    Habíamos dejado el bosque atrás y nos detuvimos al ver aquella belleza adornada con miles de estrellas.
    -¡Qué bonita! –Exclamó Bruno.
    - La luna hoy está preciosa –corroboré maravillada.
    - Me refería a ti –aclaró.
    Me ruborizé como nunca la había hecho y alcé la mirada. Me miraba con ojos tiernos y profundos. Sentí deseos de abrazarle y no soltarle jamás. Nunca pensé que una persona pudiera tener esa personalidad tan, tan inexplicable. Porque no podía explicarla, no tenía los términos exactos que la definiese. Era, supuse que se le podría considerar así, sencillamente perfecta.
    Mentalicé los momentos en el campamento con Bruno, los días con él se hicieron muy breves, pero intensos, a pesar de que llevaba muy poco tiempo con él, desde el primer momento sentí como si lo conociera de toda la vida, como si ya lo hubiera visto antes. Esa sensación se instaló en todo mi cuerpo como un caramelo de miel, la sensación te recorre todo el cuerpo.
    Siempre era tan sarcástico, en vez de abrazarle (lo que realmente sentía que debía hacer) le di una suave palmada en el hombro, como si me molestara su comentario. Él se rió y me cogió de la mano y, casi arrastrándome me llevó hacia el interior de aquel campo, por el que se extendía un brillante y pulcro lago en que se reflejaba la reina de la noche, la luna. Ésta proyectaba en el agua sus reflejos, el paisaje era precioso, sentí una sensación de familiaridad, aquella escena me relaja y todos mis temores o preocupaciones se esfumaban como si no existiesen. La hierba húmeda crujía tras nuestras pisadas. Bruno se sentó en un pequeño declive del terreno, indicándome con la mirada que le imitara. Me senté a su lado, todavía anonadada con la belleza de la luna. Bruno, me miró de soslayo y preguntó con un susurro:
    -¿Cuál crees que es tu misión en la vida?
    La pregunta me sorprendió, le contesté como si estuviese aislada, sumida en mis pensamientos, mirando el cielo, rodeado con estrellas, que parecían volutas alrededor de la luna.
    - No lo sé... todavía- acabé la frase con una cierta vacilación, pero ya me había dado cuenta que balbuceaba.
    Bruno calló, como si me dejara intimidad para reflexionar. Y, lentamente se tumbó en la espesa hierba extendiendo los brazos para estirarse. Permaneció en esa posición hasta que me tendí a su lado. La hierba húmeda crujió suavemente a causa de mi movimiento, el frío me calaba los huesos, a pesar de ser una noche de verano. Bruno notó mi ligero temblor y me rodeó con sus brazos. Me reconfortaba, me sentía segura y extrañamente me latía el corazón a mil por hora, como si deseara salírseme del pecho. Tras unos momentos de silencio, y no era aquel silencio incómodo, sino aquel que sentía complicidad, Bruno habló:
    - Yo quiero ser policía.- tragó saliva, como si fuese una confesión muy determinante, aunque, sí importante.- Siempre he querido serlo.
    No supe que responder, ni si decirle que yo no tenía claro mi futuro. Una sensación extraña me invadió el cuerpo: la curiosidad. ¿Porqué quería ser policía? No es que fuese una profesión muy importante... ¿No? Y... Llevar casi toda la vida queriendo serlo era todavía más insólito.
    -¿Porqué policía?- me atreví a preguntar, ni siquiera me di cuenta que esas palabras brotaban de mi boca, quizá estaba pensando en alto. Bruno rió silenciosamente, no dudaba que estaba soñando despierto, creando maravillosas imágenes en su mente.
    - Asesinaron a mi padre- fue lo único de dijo. Me sorprendió. Sus palabras no llevaban emoción, fueron gélidas, frías como el hielo. Me estremecí.
    - Mi padre también murió.- añadí. No me gustaban este tipo de situaciones, eso de dar el pésame... no es lo mío, quizás dije esto para arreglar la situación... o para que no se sintiera sólo en esa condición. -¿Ves todas esas estrellas? -continué- De pequeña mi madre me decía que los que fallecían se convertían en estrellas, por eso me gustaba tanto la noche, pensaba que nuestros seres queridos nos veían desde ese lugar tan especial de dónde se hallaban y me sentía arropada. Era inocente, veía el mundo como algo mágico. Nunca conocí a mi padre.
    - Vaya... que bonito – susurró débilmente, al mirarle me di cuenta de que sus ojos brillaban, me sonrió con ternura. Percibí una lágrima cristalina escapando y me emocioné. No reparé en que estaba llorando hasta que su dedo índice me limpió las lágrimas. Nos miramos intensamente. Apoyé mi cabeza en su hombro, en mi fuero interno le pedía perdón por mojarle la camisa. El suave vaivén de su pecho debido a la respiración me sumió en un profundo sueño.
     

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