Título pendiente
Publicado por zakneifian en el blog El blog de zakneifian. Vistas: 369
Eran las cuatro y algo de la tarde de domingo. Domingo, un día especial, el ambiente es tranquilo, la gente prefiere descansar en sus casas y hasta los animales pareciesen que van en sintonía con la tranquilidad del día.
Íbamos regresando de la iglesia (como casi todos los domingos), como siempre mi padrastro manejando de una forma algo irreverente y yo con la cabeza recostada en el vidrio del coche viendo al vacío abstraído pensando en un noseque.
–Por suerte – pensé yo algo iluso en ese momento – la autopista va despejada así que vamos a alta velocidad sobre el seco y polvoriento pavimento y pronto llegaré a casa.
Regresé a mi mismo despertando del ensueño y decidí bajar la ventana ligeramente y ahí fue donde lo sentí; el sol acariciando con dulzura mi entumecida piel que fue azotada por el viento en un recordatorio de que estoy vivo. Enfoqué mi vista y mis ojos empezaron a recorrer con delicadeza todo lo que la ventana me permitiera observar en un vano intento de detallar el alrededor (puesto que por la velocidad, no podía apreciar tanto como quería), los árboles de vividos colores, las aves sobrevolando serenamente el cielo, los rayos de sol reposando sobre la falda de la montaña. En cuanto más detallaba la realidad, más sensibles se volvían mis sentidos que en sinergia con mis anhelos querían sentirse vivos.
Lenta pero profundamente, comencé a aspirar el aire que me llegaba de afuera, al punto que sentía mis pulmones en total funcionamiento y máxima capacidad, logrando percibir cosas que mi limitada visión no lograba. La frescura y vida del aire, ese inconfundible y liberador olor a naturaleza que todos hemos sentido al pasear en zonas verdes, las flores silvestres perfumadas de unas fragancias que ninguna marca reconocida de alto renombre ha logrado emular ni creo que logre. Fue en ese momento que con algo de melancolía por los años ya pasados recordé una frase “por pensar ansiosamente en el futuro, descuidan su presente, con lo que no viven el presente ni el futuro. Viven como si no fueran a morirse, y se mueren como si no hubieran vivido”.
De la misma manera, empiezo a afinar mi oído variando mi atención a la cantidad abrumadora de sonidos que usualmente oigo mas no escucho. El chocar de las hojas, el crujir de las ramas, toda una siseante melodía causada por el libre danzar de la brisa que puede darse el capricho de pasearse con sutileza por donde ningún humano ha podido. Sí, esa misma brisa que susurra sus secretos a todos los que desean escuchar en un momento de paz. Ese mismo céfiro que con amabilidad permite volar libremente a insectos y aves que armoniosamente acompañan orquestalmente con sus respectivas melodías que anuncian a la puesta del sol como el grillar y gorjear de grillos y aves respectivamente.
Con algo de tristeza, caigo en cuenta que pronto llego a mi destino, más feliz estoy de haber vivido el trayecto que tantas veces había visto sin llegar a observar, que de terminar de llegar y volver a la rutina. La rutina, esa secuencia invariable de acciones que poco a poco me vuelven a entumecer de lo que me rodea y gradualmente me hace ser un ente muerto en vida. Con ansias espero poder tener la oportunidad de volver a vivir, mientras tanto no me queda más que intentar apreciar otras pequeñeces que mi caprichosa mente decide ignorar y, (¿Por qué no?) en acto de reminiscencia ojear de vez en cuando este recuerdo en promesa de no olvidar que, no puedo dejarme morir ahogado en el entumecimiento de la rutina.
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