Mimiko's past (2)
Publicado por Yugen en el blog ~NOIRLAND~. Vistas: 490
Es muy tarde para andar escribiendo, pero ya que... (?
Tal y como GL está haciendo el fic del pasado de Galeia, yo me propuse hacer estas pequeñas historias para contar un poco del pasado de Mimi. Entender de dónde viene un personaje y las cosas por las que ha pasado es esencial para poder comprender por qué hace lo que hace y por qué está donde está.
De modo que eso es lo que trataré de hacer aquí... explicar por qué y como Mimi es como es, por qué actua como actua y a qué se debe el desarrollo del personaje en sí.
Todas estas pequeñas historias estarán contadas desde el punto de vista de Mii-chan y no estarán entrelazadas entre sí (?
***
Delia & Matt
Matt era un tipo alto, rubio, con unos ojos verdes fríos y calculadores. Cuando nos conocimos una fría tarde de primavera en el jardín de la mansión yo tenía apenas seis años. Él contaba nueve. Era un chiquillo muy seguro y confiado a pesar de su corta edad. Hablaba con garbo, con cortesía, con una dicción perfecta y unas palabras ostentosas y rebuscadas.
—Mi nombre es Matt— se presentó con el puño en el pecho.—Matt Quartz.
—No hijo— lo corrigió la voz serena de una mujer castaña— Ahora eres un Honda.
Mamá acababa de morir y papá, buscando algún tipo de ayuda con la que sobrellevar mi crianza— cosa que no podía enfrentar debido a su extenuante trabajo—, se casó con una mujer hacía apenas seis semanas. Delia Quartz. Yo sabía que tenía un hijo, un chico de más o menos mi edad, y la perspectiva de tener alguien que me hiciese compañía durante las largas ausencias de papá en la mansión era lo único que lograba mitigar mínimamente el odio latente que sentía hacia ella.
Odiaba a esa mujer. La odiaba tantísimo. Desde el mismo día que la conocí. Su cabello largo, liso y castaño, no podía compararse en lo absoluto con la brillante, hermosa y resplandeciente cabellera rubia de mamá. Ese cabello que brillaba con luz propia reflejando los rayos del sol en cada hebra dorada así como su propio fuego interno; que resplandecía en su interior con la pasión de mil soles. Los ojos de esta mujer al contrario que los de mi madre lucían pétreos y acerados y sus manos, distando mucho de la gracilidad, suavidad y elegancia de las de mamá, eran ásperas, de uñas largas y afiladas. Yo siempre la vi como una bruja. Como un pokémon horrible y feo que de ninguna manera suplantaría jamás, ni por asomo, el lugar de mi madre.
¿No podía hacerlo, verdad? Esa vieja arpía no podía hacer eso. No podía aparecer en mi vida de la nada y ocupar el lugar de mamá. Su sillón, su cuarto… su cama. ¡Esa maldita perra no podía hacer eso!
Papá no hablaba mucho de ella. El poco rato que estábamos juntos, ocasiones muy señaladas, nuestras cortas charlas siempre giraban en torno a otros temas. Pero jamás la mencionaban. Tal era el punto, que estaba completamente segura de que él no la amaba de verdad. De que era solo una artimaña, una estratagema para mantenerme atendida y mimada mientras él estuviese fuera. Esa plebeya sería mi sirvienta, poco más que eso. Y me decía a mí misma ''Esta mujer horrible desaparecerá pronto. Pronto se irá la bruja. Papá no la quiere de verdad’’ Pero entonces el día de la boda llegó como un regalo recién salido del infierno. Y con aquel horrible y ostentoso matrimonio mis esperanzas se hicieron pedazos. Todo acabó. A partir de ahí mi idílico mundo se precipitó por inercia.
Ver a papá besar a esa desubicada plebeya delante de mis narices fue descorazonador. ¿Qué pasaba con mi madre? ¿Cómo podía hacerle eso? Recuerdo los latidos de mi corazón, débiles, trémulos. Y mis manos temblorosas cerradas en puños, mientras mi rostro sombrío trataba de sonreír para todos… porque eso era lo que hacía siempre. Aparentar por fuera cosas que no sentía por dentro. Quizá el problema con mis emociones, mi incapacidad para controlarlas… para expresarlas adecuadamente… empezase ahí. Los hechos futuros solo acrecentaron esta conducta deshonesta.
—Papá, esa mujer... ¿va a quedarse mucho tiempo?
—Es tu madrastra, Mimiko— fue su respuesta. –Se quedará el tiempo necesario.
Madrastra. Una madre de pega, fea y mala… como la de los cuentos que me contaba mamá. A menudo me encerraba en mi habitación, sobre la cama de dosel… y los releía en solitario. Y pensaba que Delia encajaba perfectamente en esas descripciones. En esos cuentos maravillosos de princesas y príncipes azules en Rapidash alados. Delia era una mujer muy estricta, posesiva y avariciosa. No es como si yo tratase demasiado bien a la servidumbre, pero lo de Delia era reprochable y denigrante.
Yo sabía la verdad. Yo sabía lo que esa mujer hacía en mi casa. Esa bruja horrible solo estaba ahí porque disfrutaba enormemente los placeres y privilegios de la clase alta. Ni por asomo una mujer como ella, plebeya de nacimiento, que apenas si tenía donde caerse muerta, alcanzaría jamás tal grado de perfección por sí misma.
Y mi padre era incapaz de verlo. Esa mujer solo iba detrás del dinero, de los lujos... de aquellas cosas que su precaria y lamentable situación económica no le podía dar. Vivía una vida de reyes a nuestra costa, gastando, sobre-exigiendo. ¿Cómo una persona como ella había enamorado a un hombre como mi padre? Y mientras todo eso se sucedía, se desbordaba y se escapaba de mis manos como el agua… estaba Matt. El chico del garbo, de la cortesía… resultó ser un auténtico obseso del control. Jocoso y pervertido, a medida que crecíamos juntos en contra de mi voluntad, los hechos venideros solo empezaron a evidenciarlo. Tenía la osadía de compararse conmigo. De creerse un igual.
—¿Sabes? Eres muy linda, Mii-chan— me dijo una vez, tomando entre sus dedos uno de mis mechones dorados. — es una auténtica lástima que seamos familia…
Un escalofrío me recorrió la espalda. No supe si por su tono lascivo, ronco y profundo, por sus caricias aterciopeladas, por aquel apodo horrible y desfasado que no podía soportar o porque había supuesto que éramos familia. Quizás por todo. Me ponía enferma. Morboso. Maldito pervertido.
—¡Quítame tus asquerosas manos de encima!
Lo aparté de mí de un empujón, y después recuerdo que lo pateé con fuerza… con tanta fuerza que acabó cayendo de espaldas a un par de metros. Yo tenía doce años por ese entonces. Nunca me había sentido tan liberada. Ojalá hubiese podido seguir pegándole… porque quería hacerlo de veras. Liberar con él toda mi frustración, todo el odio que sentía hacia esa familia. Quería hacerlos desaparecer de mi vida para siempre… pero no contaba con los medios necesarios para ello.
—Solo era una broma, Mii-chan— me dijo después, entre risas ásperas— ¡Eres muy arisca, hermanita!
Hermanita. Hermanita… Arceus. ¿Cómo podía llamarme hermana un advenedizo usurpador como él?¡Jamás lo aceptaría como un Honda! Jamás podría siquiera verle como un igual… ¡mucho menos como mi hermano! Porque le odiaba, le deseaba la muerte… y por encima de todo aceptarle como mi hermano implicaría aceptar a Delia como mi madre. Y prefería perecer mil veces, rodeada de Caterpies y Weedles hambrientos antes que hacer algo tan indigno.
¿Agachar la cabeza ante personas cómo esas? ¿Dejar que se quedasen con todo? Quizás papá trabajase demasiado y no pudiese verlo...
Pero Mimiko Honda jamás caería tan bajo.
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